lunes, 30 de agosto de 2010

Delia Pasini, poemas.



Delia Pasini
























Un buen comienzo

Un buen comienzo es el de una claraboya
por donde pasan pies alados, vistos desde abajo.
Pies convertidos en alas, susurrando entre los vidrios
que el sol colorea a medida que transcurre el día.
Otro buen comienzo es una lancha paralela a la costa
que arrastra a un muchacho barrenando el agua
mientras un caballo corre por la arena y se pierde
antes de llegar al muelle abandonado.
De buenos comienzos están llenos los cuentos
con las fauces abiertas ni bien nos asomamos.
También las novelas. “si una noche de invierno un viajero”
es mi comienzo favorito. Viajar siempre me sosiega.
Acaso decir: ““Los pasajeros quemaron un tren
en la ciudad adormecida” no sea un buen comienzo.
Menos aún si hay niebla y las siluetas se entrevén borrosas.
Las luces de neón hacen perder encanto. La basura derramada
no es comienzo para alegrar a nadie.
El zorzal canta de madrugada. Ése es un buen comienzo,
si el rugido del león lo acompaña y los aviones todavía
no han encendido los motores.



Mater Dei

Eugenio nombra a Gounod y se resiste a entrar
a ese pasaje para él obsesivo. Callejuela con arcadas
de piedra que dan a una escalera gris y persianas
amarillas entreabiertas.
Cielo azul pastel, paredes encaladas
y la silla vacía junto a una puerta cerrada.
Algún farol se encenderá por la noche.
La mirada choca contra el blanco, obligada
a transponer el umbral. Del otro lado
quizás haya luz, oscuridad, mesa tendida, mezquindad,
rutina, tedio u olor a comida.
Del otro lado pueden avivarse presencias o
descansar la nada su inmortalidad.
El punto de fuga es la pared blanca.
Tal vez, se abra otro pasaje hacia un costado.
De este lado la cama blanca paralela a la
ventana desde donde se divisan techos y mansardas
con un ciprés fuera de lugar.
De este lado il fratello Fernando y sus brazos
que sostienen, entregan y se funden en el amigo enfermo.
Brazos que quieren ser otro, brazos que son este hermano
disipando el temor, trayendo a esta orilla – todavía-
al cuerpo vulnerado.
Fernando cuenta su predicación.
Tres parábolas del Evangelio de Lucas.
“No temas, pequeño rebaño”.
Oleadas sobre las sábanas,
obstinándose en precipitar
la disolución de ese vivir en letras.
Ya antes arremetieron contra otro lecho.
Esta vez no lograrán hacerlo zozobrar.
Quedará el altar donde se incrusta una piedra andina,
otra del Éremo, lo judaico con el mundo griego,
la virola de un salero y las inscripciones romanas. Cada detalle
una historia, cada historia el sentido.
Al recibir el legado, aceptamos la gracia.
Junto a ella, el desamparo de la materialidad
de un cuerpo enfermo, con la lucidez aferrada
al pudor de las buenas maneras.
Civilizado modo de prevalecer, de solapar la bestialidad
en ese espíritu que los ingleses llaman también mente,
uniéndolos, porque así intelecto y sentimiento se preservan.
“No mirar para atrás”, dice el médico.
Inútil explicar que esas fotos tomadas en
claroscuro de una tarde invernal dividen mi cara en dos
mitades, como si salud y enfermedad se repartieran mi
lado izquierdo y mi lado derecho en amable rivalidad.
Tenía los ojos tristes y la barbilla temblorosa.
¿Acaso ya sabía mi espíritu-mente la batalla que
mi cuerpo se aprestaba a librar?

“No debo cerrar los ojos”, dice Eugenio.
El blanco detiene los excesos, limita y enceguece.
El blanco es la luz del sol cayendo a pico sobre la cabeza,
los ojos turbios, desenfocados, encandilados por el resplandor.
El blanco es asepsia y despedida.
Las palabras de un enfermo contienen su revelación.


De: Los Giocondos (inédito)



 
Delia Pasini. Nació en Buenos Aires. Poeta y traductora. En poesía ha dado a conocer: Un decir se repite entre mujeres (1979); Los peces de ceniza (1984); Adiós en el original (1985); Títere sin cabeza (1991); De artes y oficios (1998) y Parábola de ciegos (2005.
Ha traducido entre otros autores en lengua inglesa a: Lewis Carroll, Oscar Wilde,  Jane Austen, Christopher Marlowe, Robert Louis Stevenson, Charles Dickens y William Butler Yeats.
Es secretaria de redacción de la revista de poesía  El Jabalí y colabora con diarios y revistas del país y el exterior.







jueves, 26 de agosto de 2010

Ricardo E. Molinari, Oda a un soldado.

Ricardo E. Molinari (Buenos Aires, 1898-1996)





















A veces la patria duele tristemente, igual que una veste
    sucia y ardida;
la juventud es lo útil,
lo entrañable ofrecido al error.
Otros son los que llevan las hierbas, el humo de la historia,
los laureles, el orgullo de las familias.
Por allí, quedará alguna madre tirando de la pobreza.
Aguaitando por una puerta.
¡Ninguna razón vale un hombre muerto!

Yo me entiendo con mis enemigos bebiendo un vino,
u oyéndoles cantar. ¡No quiero la sangre de un congénere!,
ni su pobre tierra, su ropa trabajada, ni su mujer,
   que se quedan mirando tanta luna,
   el gran espacio, y siempre olvido.

Los otros recibieron los campos y pusieron estacas,
los árboles espinosos, los alambres,
y marcaron las haciendas chúcaras, y los demás,
   el abandono, las voces deshechas, y  los perros.
Y en las salas llenas de ancianas damas que hablan
   de la patria, del honor, de la gran estancia
    que es la nación, arrogantes,
que nunca limpiaron una venda ni lloraron
    a los degollados tirados
a un bañado, al cangrejal hambriento,
pasan la vida.

A los argentinos nos gustó la sangre,
    terminar pronto y llevar los ojos al horizonte,
a la infinita sombra del ocaso,
a la limpieza de estar vivos todavía,
y apagamos la llama de los fogones con la bota,
y la flor maldita con la montura.

Y allá en Dolores, quedó la cabeza de Castelli,
   volteando en el vacío,
y el viento trotaba por los cuartos perdidos,
   silbando.
En la plaza de Tucumán hay una piedra
   y unas letras, allí estuvo la de Marco Avellaneda,
con la noche acantilada en sus cabellos,
aturdida y sola.

Tantas veces he pensado en esto, en los días
   y sombras de “Los Talas”.

               En Tucumán
               quise yo a una moza,
               en Tucumán.

               Dormidos mis ojos
               la miraban,
               en Tucumán.

               Ya no iré nunca
                más al norte,
                a Tucumán.

               ¡Nuestra Señora
                guarde de ella
                en Tucumán.

Estoy sentado junto a un árbol, debajo de un cielo nítido,
y oigo en el viento, los pareceres que nadie percibe
   ni apresa  entre los pastos y en el polvo andado de las huellas.

Otros vendrán con sus discursos, la banalidad de la palabra,
   peinaditos, percudidos o limpios, a mandarnos,
   y con sus fantasmas a confundirnos,
   y no habrán escuchado nunca
una guitarra sureña sobre tanto despego amargo, o visto
   unos pájaros grises volando altos por la melancolía.
   ¡Andar a caballo!
¡Atendido unos patos gritones cruzando la cerrada y deseosa
   noche de las planicies!

Unos pájaros.

¡Y a mí ya nada me importa! Dios sea para siempre alabado!

                                                               Bella Vista, invierno del 63.
  

Diego Roel, poemas.

Diego Roel























Las Puertas del Aire


            En este último lugar de reunión
             todos andamos a tientas
            y evitamos hablar.  T.S.Eliot


Me paro aquí,
en este declive de las horas.

Me quedo quieto y contemplo
la permanente mutación.


Alguien quemó los puentes,
dispersó las cenizas.


Ahora nado entre un abismo y otro abismo,
me aproximo al lugar del nacimiento,
al luminoso tajo del lenguaje.

No tengo nada que decir.

Yo sólo espero
un giro del aire en mi cabeza.


En este baile de máscaras
ya nadie habla con nadie.

Nadie dice esto es una línea, un punto, un círculo,
una esfera que transita, que golpea y cae,
se levanta y huye.

Nadie dice esto es una estrella, un río,
la imperceptible huella de los días.

Ya nadie nombra, nadie.

Escribo como quien salta o ríe o tiembla.

Hablo de lo que se repliega,
           de lo que muerde y sangra.

Observo la lenta irrupción de lo Real.


Y me pregunto
qué palabra, qué ademán o resplandor
nos sostiene y suelta.

Qué nos retiene aún aquí.


En esta última curva
me quedo quieto y espero.

Apenas muevo una mano,
un pie.

Respiro al borde del naufragio.


Las luces tejen y destejen
la primera sílaba del Sueño.


En este carnaval de las imágenes,
busco aquello que se mueve,
                       que se desliza y salta.

No tengo hacia dónde ir.


El menor gesto nos aleja.
 

Por eso
voy hacia donde nacen y mueren
los colores y las cosas.

Abro los ojos y las manos,
entreabro las Puertas del Aire.

Pronuncio una palabra silenciosa.


Sí, me quedo quieto y contemplo
el último giro del planeta.

Sólo queda una señal perdida.

Una señal, un cuerpo,
                  un alma en embrión.




Las Voces del Viento me dijeron:

Hay una Voz detrás de tu voz,
hay un Camino más allá del vocablo.

Hay una Voz y un Camino.


Del libro Las variaciones del mundo,  2010.




Diego Roel, nació en Temperley, provincia de Buenos Aires, en 1980. Publicó Padre Tótem/Oscuros Umbrales de revelación (Libros de Tierra Firme, 2004); Diario del insomnio (Libros de Tierra Firme, 2005); Cuaderno del desierto (Libros de Tierra Firme, 2007) y Las variaciones del mundo (Ediciones El Mono Armado, 2010).

Walther Espinal, poemas.



Walther Espinal, Medellín, Colombia



















12

Escenas de parque navideño
la niña arroja maíz
y en el piso rebotan los granos.
Este diciembre explosivo en los barrios
desde el café el transeúnte observa
las iglesias con huéspedes de espaldas.
Mañana luminosa en que el sol quema
y con tiras de viento
como un papagayo
sigue los pájaros que copulan en espiral.
Los que evocamos y no están
en estos 31 días.
Arriba
en Santa Elena
los ojos de poeta
esplenden.
Diciembre como un gallo
picoteando en la acera.

Escenas de parque navideño
filas para todo
un banco el supermercado la comunión
como un arabesco
como la cola de un ratón
la fila de la gente.

Abrazos para esta despedida Sagitario
las risas vuelan como mariposas
tras la diana
como flechas.


dios oculto

el dios
que en los sueños desnuda los temores
con el martillo del absurdo da en el clavo

él que se tiende como un tapete
y pende como la seda
y en el árbol de mi corazón anida

sentado en las gradas con el frío silbando
observo cómo la colegiala acaba su helado

por las puertas de este amor nadie entra
excepto el dios de los días grises y celebrados
el aliento sibarita para mi cansancio

como tabla de naufragio ante su hechizo
me apoyo

***

De niño las pilatunas tenían lugar en el cementerio contiguo
había que tocar la última tumba de la galería
con la muerte trepada en el árbol
dadivosa con las travesuras.
Pero vas creciendo y la muerte baja del árbol y se acerca
observa en tu pupila el número.

Después el turno fue para los muchachos
que entraban al cementerio a esconderse temiendo por sus vidas
precipitando el lecho para su cadáver.

El jardín que finge ser el cementerio para los parientes
que nos dejan solos y se dice que perduran
en el recuerdo brumoso.

Aprisa por la orilla de la vida desfilamos al interior de la noche
la muerte con el lápiz retiñendo la lista.

De niño por las lápidas de la galería San Pablo corría
inquieto por el eco
eso mismo que los muertos dejan en mi puerta
en mi ventana donde apenas los entreveo atento.

Ars mantis 2

La hechicera entre su mano agita
mi suerte y apela
al dios de bastos y la copa.
Filósofo onanista
sin aleph
la escucho
como si fuera Dafnis con arrugas.
Y vaticina
que la poesía profundiza
en el dolor
que Rimbaud era un mago
y el verbo esta piedra.
Que la magia augura
el bien
para mi herbario.

El barrio dice que la hechicera anida
en el árbol maltrecho
del parque infantil.
No la he visto volar
pero su escoba mantiene
limpias a sus hijas.
Alquila el infierno
a préstamo, en comodato.

 

Abuso de soledad

El abuso
de soledad
es una embriaguez muda
un dios de cera
que ilumina

En la vía
el semáforo
como un cíclope
de ojo rojo

Y la música
que en el café aúlla:
amor
llevado
a mi mesa
en plato solitario

El abuso
de soledad
es un cuaderno
con margen
doble línea



Walther Espinal nació en Medellín en 1980. Realizó estudios de filosofía y letras en la Universidad de Antioquia. Ha publicado los libros de poesía La danza de Narciso (2009) con el que obtuvo una mención en el XX Concurso Nacional Universitario de Poesía Universidad Externado de Colombia y El pirata y otros poemas (2010). En su ciudad tuvo contacto con varios talleres literarios. En 2010 fue invitado al XX Festival Internacional de Poesía de Medellín.

José Manuel Maldonado Beltrán, poemas.

José Manuel Maldonado Beltrán, Aguadilla, Puerto Rico.





















Una proporción exacta y verdadera
A Michel Beauchamp

La igualdad y el sufrimiento
engarzan en una exuberante
proporción inversa
como la tierra y la mar
el sol y la sombra
y algunos amores


Cosmonautas
A Eduardo Casar

Me gusta hablar
con mis amigos
cuando bebo

aguantan
la misma marea

desembocan
en el mismo naufragio


Tiempos difíciles

Han llegado las lluvias
comienza la gran tarea
de atesorar el sol.


Cultivar asombros

Mala cosa
cultivar asombros

¿acaso no es la tierra
un horno encendido
de palabras
y la lluvia un litoral
consecutivo?

Umbral

No despiertes
sigue soñando
que has soñado
despierto.




José Manuel Maldonado Beltrán
Profesor universitario puertorriqueño nacido en Almería, España. Filósofo y poeta. Fundador de las revistas internacionales El Cuervo y Luciérnaga. Es autor de diferentes trabajos y libros de filosofía: Invitación al pensar filosófico; Invitación al pensar lógico; Humanidades: El asombro de los siglos ; Poder y pensamiento; Del imperio al pontificado y El sentido de los humano, volumen I y II. En poesía ha publicado los poemarios De mares y de sombras (con la poeta argentina Anamaría Mayol); Este dificil oficio de amarte y el Prodigio de amarnos. Recientemente ha dado a conocer una versión anarquista del Tao Te King.

sábado, 21 de agosto de 2010

Andrei Codrescu, poemas.

Andrei Codrescu. Versiones Esteban Moore






















Crímenes


cuando
los
ángeles beatísimos
cometen crímenes
estas acciones
son transferidas
al corazón de DIOS
lugar
en el que hallarán
en amplia sucesión
crímenes antiguos
de
otras
épocas
esperando pacientemente
que algo
              suceda

Guillotina


en francia
extraña celebración
sostienen la cabeza
separada del cuerpo
               sangrante

la exhiben
ante  los ojos del pueblo.

los balbuceos
de esa cabeza
no serán anotados
en los expedientes
ni alimentarán
la pluma de los escribas.

el pueblo olvida
el pueblo no acostumbra recordar.

Libros

la muerte
me cubre con su fino polvillo.
yo amo los gruesos libros viejos.
ellos se parecen
a los obesos cuerpos gastados
que despiertan del sueño
cubiertos de huellas dactilares
surcados por el caracol
que deja rastros babosos
                                 brillantes.

yo deseo leer
del mismo modo que amo:
saltando de espejo en espejo
igual que una gota de aceite
más y más lejos de mi muerte.
pero debo aclarar que dios
por razones diversas
nos entrega para propio uso
libros gordos cuerpos gordos
y si no es por medio de metáforas
qué puedo decir de estas imágenes
                                   que me asedian.





Andrei Codrescu. (Sibiu , Rumania,  1946) Poeta, ensayista,  novelista y guionista. Autor de más de una veintena de libros de poesía.  Dirige un programa de poesía en la Radio Pública Nacional y desde 1981 reside en los Estados Unidos. En la actualidad es considerado un poeta norteamericano.







Ogden Nash, El político.







Ogden Nash.Versión Juan Roe.




El político

Observá al político, la autopreservación
es, sin duda, su máxima ambición.
Él prospera en el distrito capital
donde es enviado por el elector y su ideal.

Ya sea nombrado o elegido
se considera por Cristo ungido.
En efecto, la unción se dilata en él, tan espesa
que ya nunca más podrás sentarte a su mesa.

Él ha desarrollado un sexto sentido
para sobrevivir del gasto estatal.
Pues en un quehacer normal
se hallaría totalmente desnutrido.

Sus actividades son siempre provechosas
de las cuales el favor no es la menos bondadosa.
No cambiaría a su madre por un diamante
si sospechara la presencia de un informante.

Logra siempre multiplicar sus votos
tomando el dinero de muchos para unos pocos
mientras explica que cada centavo que recaude
irá definitivamente al bolsillo de un pobre.

Puede pertenecer a cualquier partido, eso si, democrático,
pues el vive en un feudo dramático;
pero a sola excepción de su nombre
estos hombres son todos el mismo hombre.


Frederic Ogden Nash (1902-1971). Poeta, guionista, autor de varios musicales. Se destacó por sus rimas no convencionales y sus poemas humorísticos que publicaba semanalmente en diarios y revistas .

Juan Diego Tamayo, De oficios y esencias.

Juan Diego Tamayo




















DE LA POSESIÓN

No admito que nadie tenga lo que yo no tengo. Siempre he querido poseerlo todo. Me he querido quedar con todo lo de todos. Las riquezas todas son mías. Mías todas las joyas. Mía la piedra de la corona. Mía la fortuna y los caudales de oro que habitan en el orbe. Son mías las prendas de los otros. Mías hasta sus miserias y llantos. Lo quiero todo. Lo busco todo sin importar la finalidad ni los medios. Todo tiene que ser mío. Mío el tiempo y sus vicisitudes. Mía la música y sus calmas. Mía la angustia y su metafísica consumada. Mía es la noche y sus vientos de presagio. Mía la soledad y sus palomas ignoradas. Mía la rosa y sus espinas felizmente clavadas en mis ojos porque la belleza del dolor también tiene que ser mía. Las dudas se acuestan a mi lado para que les pertenezca. Las mañanas y sus auroras de rocío plácido llegan a mí y me hacen su dueño y señor. Lo tengo todo. Y mis palabras son el baúl donde guardo todo lo que me pertenece. No busquen la llave. Nunca la tendrán. También las llaves son mías. Como son mías las hojas de todos los bosques. Como mía es el agua y sus contornos. Como mío es el cielo con sus diamantes estelares. No busquen lo que no les pertenece. No intenten llegar a lo que es mío. No sé si por derecho propio o no. Lo cierto es que me pertenece. Lo poseo todo y quiero aún más poseerlo todo. No importa si es bello o feo. Eso no está en mis valoraciones. Porque mía es tanto la llaga del mendigo como el dejo de la zozobra. Mío es el vino en la reunión y mía la llama del candelabro que deja crecer sus barbas hasta la consumación. Mías las monedas de todos los imperios. El oro del sol en brazos de los árboles. La tristeza anegada de las trompetas mía es. Y el pensamiento lúcido y abyecto que han trazado los siglos. La espada de sangre y la tinta de amores las guardo en mí como una súplica tardía. Todo me pertenece: el granizo de la tormenta, el hacha del verdugo, la sangre de las rosas. Sobre castillos de azúcar levanto mi reino de las posesiones. Digo a todos que todo me pertenece. La miel del olvido, la caricia de los amantes en los puertos, la neblina de la incertidumbre, las palabras que flamean como flores en el horizonte. Esto, todo, también es mío. Mío hasta este adiós que borra el aire…

DE LA TEJEDORA

Mientras tejo, canto. Mi vida ha sido tejer a cada hora y a cada instante. He tejido el follaje de los bosques en las noches más sombrías y caóticas. He tejido la gracia de las olas y en sus crespones me he demorado más que una mala sentencia. He tejido palabras que refulgen como diamantes de ignotas bailarinas. Mi vida ha sido tejer. Y mientras tejo canto la dicha y la desventura de los hombres. Canto el nacimiento de las cosas: del agua, de las piedras, del fuego que en su crepitar me acompaña haciéndome coro. Canto para no olvidar el porqué de las cosas. Y mientras canto tejo y destejo el rumbo de los marinos, los avatares de los guerreros, la penumbra que palpa el ciego. Mis manos se llenan de hilos multicolores para tejer el arco iris. Mis manos se enredan en la trama de los días que viene con su luz de primavera. Y cuán difícil es tejer la lluvia, la que así mismo repite mis canciones que arrullan hasta alcanzar el más plácido de los sueños. Hilo y urdo la trama finísima. Represento historias sobre la tela. Admirable es mi arte como admirable mi canto. De mi telar cuelga la aurora y sus colores que agradarán la mirada de los hombres. Esta noche mientras canto como el murmullo del arroyo espero terminar de tejer una estrella. El cielo no admite los vacíos. Mientras canto bordo los amores de los dioses y de los hombres. Represento la trama humana y divina y por entre mis manos la celebración de la ventura y sus desgracias. Tan arduo me ha sido tejer la sangre de las batallas como los besos de los enamorados. Soy la tejedora. La que con sus hilos urde la trama de la vida. Y mientras canto tejo y destejo el silencio de la incertidumbre. Hilo palabras que como ramas crecen hasta el más allá. Cuán grato me ha sido tejer la ceniza, el canto de las aves, una hoja temblando en la tarde solitaria. Cuán grato que mis hilos aviven el resplandor del mar en la tarde. Hilvano ahora mis recuerdos. Bordo la memoria de mi ser. Mientras tejo, canto. Soy la tejedora. La filigrana del mundo. Espero no dar nunca la puntada final.

DEL ACTOR

Tengo todos los nombres y ninguno. Cada gesto mío es el reflejo del otro que no se sabe. Represento el trasegar incierto de los hombres y su paso por el mundo. Me muevo en los tinglados del drama y de los sueños. Quienes me ven, unas veces ríen y otras lloran. Soy el fiel reflejo de lo que viven y de lo que pasa por sus mentes. Sobre el tablado del mundo dejo caer la furia de un dios, las dudas de un hombre o la ciega sabiduría del destino. Mi vida ha sido descubrir y representar la esencia del hombre. En su metafísica y en su absurdo. Represento la conciencia del mal, del dolor, del amor, del poder. Me he adentrado en los recodos más abyectos del ser. Mi espada ha sangrado con decoro. He bebido la pócima del amor interrumpido. He llevado con orgullo la corona del poder efímero y terrible.

Ya pronto saldré a escena. Me espera ser el actor de mi propia tragedia. Me representaré como lo he hecho tantas veces con otros personajes. Igual no importa. También he sido el arlequín de las fiestas. El idiota que cuenta la historia del mundo. El infame geómetra que abandona el amor por encontrar la cuadratura del círculo. Pronto saldré al tablado. ¿Moriré en el primer acto? ¿Seré el odiado por el público? ¿El admirado por la vivaz multitud que hoy viene a verme? He sido todos los hombres y ninguno. Lo repito. Ya saldré a escena. Afuera un público incierto me espera con su mirada inquisidora. Pronto me quitaré la máscara. No sabré quien soy.

DEL JUGADOR

No me canso de tirar los dados de la vida. A cada golpe puede resultar la ventura o el infortunio. Mi vida ha sido enaltecer el azar. Me veo en la baraja de los días buscando lo que sin certeza se me ha perdido: desesperanza, angustia, desconsuelo. Pero también un inconmensurable deseo de que por fin el azar sea generoso conmigo y pueda así alcanzar lo que he perdido en tantas y tantas horas en las que tiento las probabilidades.

Me digo que he pasado las horas arañando el infortunio. He visto hombres salir de este lugar sin nada. Han perdido hasta su nombre. Y el pasado ni siquiera lo pueden recuperar. He visto seres asustados porque la suerte los ha abrazado y a quien abraza la suerte, también lo asalta la desgracia. Perdidos caen como un tronco viejo y seco en la locura. Caen para no volver a tener nombre. Para no volver a tener nada. Sólo el silencio y el camino incierto que se ilumina con el amanecer. Pero yo he perdido y he ganado. Y esto lo he sentido también con el amor. El mismo que me rompió el cristal de las ilusiones. El mismo que me partió el corazón de la baraja incierta y despiadada con el olvido y el adiós. Así mi vida cae como estos dados. Se agita como la baraja de esta vida mi vida. Sin que sepa ya nada de nadie. Sin que pueda volver a ver el sol. Sólo con el frío de la noche tentando sin clemencia al azar. Tentando una y otra vez la ruina, la desgracia, la ambición. Dejándome llevar por el humo de los números. Por la sangre turbia de las cifras. Por la impaciencia del triunfo o la desgracia gélida y repentina.

Así pasan mis días. En la penumbra de la suerte. En la incertidumbre del azar. En el orden aleatorio de las fuerzas del destino. Así mi vida cae como estos dados que buscan el golpe de gracia que me separará de la vida misma. La suerte está echada.

DEL OLVIDADO

Soy el olvidado. Aquel a quien ya nadie nombra. Aquel que está en el rincón del tiempo buscando una palabra cercana. Buscando con quien hablar fugaz o interminablemente. Pero ya nadie me llama. Todos me han olvidado. Ya los olvido poco a poco a todos. Estoy en el ostracismo. No sé porqué me olvidaron. Ya lo olvidé. Me dejaron sólo con mis vocablos de primavera. A cada hora trato de recordar las facciones de quienes me rodearon. Rostros fuertes como robles. Rostros suaves como la seda del imperio. Nada ni nadie volvió a llamarme. Ya estoy en este rincón mirando el mundo y sus calamidades. Mirando el mundo como quien pone el ojo en un calidoscopio. Todo cambia. Menos yo: el olvidado. El dejado en la crin de la soledad. Mascullando palabras insensatas. Escupiendo silencios de grima. Sé que fueron otros tiempos en los que célebre fui. Tuve un nombre. Tuve un sitio. Tuve lo que tenía que tener. A mí llegaron todos. A mí todos me buscaron como si fuera la salvación para sus almas. Ofrecí el pan a los hambrientos. Di a beber el vino en la fiesta de mis aniversarios. Entonaron todos los cánticos de la celebración eterna. Ofrecí cenas majestuosas acompañadas de danzarinas traídas de pueblos remotos y milenarios. Arlequines hicieron sus taumaturgias para mis anfitriones. Mujeres de cabellos rubios tocaron el arpa hasta el amanecer como si acariciaran la bruma. Ofrecí regalos: joyas, monedas acuñadas con mi rostro, jarrones decorados… Todo lo ofrecí a sabiendas de lo efímero que es la vida y de la contundencia que viene con el tiempo. Pero ya olvidé la noche o el día en que todos partieron. Ya olvidé ese momento de la misma forma como olvidé que alguna vez hice gala de la riqueza, de la bondad y de la alegría. Ahora, sentado en este rincón, sólo hablo conmigo y me digo que también me olvido.

DEL RELOJERO

Doy cuerda a los relojes del mundo. El tiempo me tiene envuelto en su sonido de eternidad. Cuándo llegará mi hora. Lo he preguntado una y otra vez. Desde el primer momento en que di rumbo a las horas, las que para unos han sido lúgubres, las que para otros han representado una manera de sentirse eternos. Voy dando cuerda a los relojes del mundo. Y todos me miran con desconcierto. Detenidamente se quedan mirándome como si fuera el verdugo o el salvador que desde esa pequeña maquinaria recuerda a todos la brevedad de su paso por estas tierras agrietadas.

Nunca me he preguntado si he sido justo o no. Tampoco tendría por qué hacerlo. No encuentro nada más justo que el tiempo. Nunca me he preguntado dónde está la ruptura de la continuidad que lo define. Esa es su esencia. El tiempo con sus barbas largas, larguísimas, no se hace preguntas. Sólo fluye. Hila sus frases de piedra sutil mientras los demás hombres aceitan su maquinaria danzante. Todos van de prisa. De un lado a otro los veo a todos moverse presurosos queriendo alcanzar lo inalcanzable: acaso un mendrugo de eternidad; acaso un poco del pasado mismo que los arrastra hacia un final inconquistable.

Nada me separa del pasado, del futuro o del presente. Estoy, lo sé, en un mismo punto cumpliendo la función asignada: dar cuerda a los relojes del mundo. Por lo que no me atraso. Por lo que no me adelanto. Estoy en la hora fijada. Siempre estoy fijando la hora. Siempre estoy en el centro mismo del tiempo. Dando cuerda a los relojes y recordándoles a todos que él es el único que no se detiene. Que fluye. Que fluye. Que fluye. Acuérdate, acuérdate, acuérdate: él es tu único amo, dueño y señor. Y yo seguiré moviendo su maquinaria hasta que me llegue mi hora.

DEL MÚSICO

Me tocó en gracia la música. Agito las cuerdas de mi violín para que la tristeza tenga un lugar en el viento. Voy de un lado a otro tañendo el instrumento que me regala la compañía del tiempo. Horas, días, eternidades en las que me entrego al sonido en todas las formas y manifestaciones. Días en que paso la mano por el piano, como acariciando las perlas que penden del cuello de la amada. Días en que la trompeta está sonando como si titilara una estrella. Días en los que mi mano toca las cuerdas de la guitarra con la misma suavidad con que se separa el agua. Otras veces me detengo a escuchar los timbales de una vieja sinfonía y los escucho retumbar como un dios que se despierta para continuar su labor. De cuando en vez escucho la caída del agua y siento los resplandores plácidos de una palabra que se acerca al silencio. De las flores entiendo su música de colores y festivos vaivenes. Un torrente de música soy. En gracia me tocó ser músico. Me tocó entender las melodías de las tardes, la armonía de la piedra cayendo al agua. También disfruto del ruido de las calles y sus avenidas. El ruido de los carros. Los pitos que me recuerdan las urgencias sin nombre. Escucho los murmullos de las personas en los parques. Murmullos que parecen hablar con las palomas en un secreto lenguaje de maíz y soledad. Escucho el giro agónico de los columpios en los parques. La gritería infantil que parece espantada por un payaso de pesadilla. Absorto escucho los campanarios que parecen siempre evocar como el tiempo todas las muertes. Nada sé del silencio. En mí y afuera todo suena. La sangre de mis venas suena como el mar enfurecido en la tormenta. Mis entrañas suenan como la caída del polen. A todo sonido me entrego esperando descubrir la armonía secreta que inunda el universo. Todo lo toco para escucharlo con la emoción de quien descubre su imagen tras los espejos. Todo lo escucho. Todo en mí suena. Mientras tanto voy silbando la síncopa de mi vida y templando las cuerdas del destino.

DEL PEREGRINO

Perdí mi lugar el día en el que los muertos se metieron en mis sueños y me mostraron el rigor de la pesadilla. Desde entonces voy de un lado para otro. Tengo un pie en el día y otro en la noche. He trasegado por lugares insospechados. Sólo sé decir la palabra adiós en todas las leguas. He visitado mares furiosos con sus olas de monstruos. He dormido al arrullo de los arreboles. Me he arropado con el rocío. Calles y calles he recorrido en donde misteriosamente llueve. Voy por el mundo como un viento que en secreto decide fatigas y temblores. En cada paso borro las huellas. En cada paso deshago el pasado. Dejo infortunios, alegrías, clamores. He respirado todos los aires. Desde lo pútrido hasta las más exquisitas fragancias. Perfumes de amor que mi memoria evoca en una sonrisa. He visitado lupanares. Cantinas sórdidas llenas de humo y enrevesadas conversaciones. He llegado a puertos misteriosos donde hombres bañados en salitre levantan las redes de la espera. He mordido la fruta amarga del sueño. He acariciado el duro sereno del amanecer. Voy de un lado para otro. Siembro olvido y recojo esperas. La vida me regala sus pelusas inciertas de poder volver al lugar que me pertenece. Habito horas de espera en las que nadie llega. Habito recuerdos amargos. Habito la dulzura de poder volverte a ver. Habito las encrucijadas de la noche. Los ruidos del viento que me arrullan y me acechan. A nadie digo mi nombre porque no lo tengo. He perdido la esperanza y sólo me resta escupir en la piedra del olvido. Nunca fui. Nunca nadie por mí preguntó. Voy de un lado a otro. Perdido. Incierto entre las multitudes que mueren súbitas como el soplo del olvido. Así también soy el olvidado, el signo de una palabra errante y tosca unas veces, y otras tantas, alegre. Voy por el mundo deshaciendo los humos de la nostalgia y sembrando dudas e incertidumbres. A nadie llamo. Nadie me llama. Estoy en el rincón más austero de las presencias. Apenas puedo llevar mi cuerpo que tengo pegado al camino. Todos las puertas para mí están abiertas. Todas y ninguna. Desde todas las ventanas me veo pasar. De todos los balcones cuelga mi nostalgia. Reclino mi cabeza en el vacío de los tiempos. He escrito con mis pasos el libro de mis viajes. He cifrado la soledad y la compañía. La incertidumbre y el rencor. Ya pronto llegaré a mi destino. Las horas fijan su blanco. Me río en el lecho del olvidado.

DEL ESCRIBA

Mientras escribo me escribo. Soy el que ha gastado horas eternas con la tinta de la noche para dejar en el papel del día la memoria de los hombres. He escrito sobre el desierto y cada punto final es un grano del mismo. Líquidas han sido las letras que del mar hablan y de angustia cada vocablo cuando del olvido se trata. Algunas veces soy la grafía distante que juzga. Otras, la letra que enaltece el amor. Casi nunca la que al hablar de lo justo se trata. En mí están todos los alfabetos y he ensayado horas enteras complejas caligrafías que me traen de incógnitos pueblos. Con sangre he escrito sobre cruentas batallas. He celebrado el triunfo de la muerte. He celebrado con la savia de los árboles de primavera la consagración de la vida. Soy la grafía estelar. La grafía de tantos y tantos tiempos que ya en ella me pierdo. He escrito epístolas de dolor, de rechazo, de sentencias. La más de las veces mi mano tiembla. En algunos momentos mi mano se solaza con lo que escribo y me siento como si acariciara una paloma perdida. He dado orden a obtusos pensamientos. He reordenado los astros y sus movimientos. He asistido a la asamblea donde hombres confabulan contra otros por el poder. La muerte me dicta también sus arbitrios. Oficiante de antiguos alfabetos soy en esta habitación en penumbra. Sólo el candelabro me acompaña y con su luz escribo un horizonte mejor para las generaciones futuras. Escribo ahora, poseso de las sílabas, escribo sobre la piedra del sacrificio. Así la escritura. La letra que me acompaña pule mi sangre como si de un diamante se tratara. Escribo con sangre, con la misma que he visto correr, como ríos de tinta, en las batallas, con la misma sangre que le he arrebatado al ocaso malva, con la misma con la que pondré punto final a estos folios con los que escribo mi vida.


Juan Diego Tamayo Ochoa. Medellín, 1968. Licenciado en Lingüística y Literatura (U. P. B). Magíster en Filología Hispánica. (Instituto de la Lengua Española de Madrid)Ha publicado el libro de poemas: “Los Elementos Perdidos” ( Poemas. 1986- 1998). Cofundador del Festival Internacional de Poesía de Medellín. Ha sido invitado a diferentes Festivales Internacionales de Poesía. Ha realizado diversos talleres de Poesía y apreciación Poética. Poemas suyos han aparecido en las revistas especializadas de poesía: Prometeo, Misterio Eleusino, Imago, Punto Seguido, Isla de Barataria…Tiene inéditos los libros de poesía: Palabra Espejo. Trazas del Bosque. A una Ciudad.

viernes, 20 de agosto de 2010

Crónica del XX Festival Internacional de Poesía de Medellín, Julio 2010. Lauri García Dueñas









La crónica tardía del XX Festival Internacional de Poesía de Medellín
   Lauri García Dueñas. 


Todo empezó hace algunos meses cuando recibí la noticia por correo electrónico de que sería invitada al Festival Internacional de Poesía de Medellín. Mi reacción fue al principio de incredulidad porque yo decía eso de “algún día me invitarán a Medellín”, pero creía que esa invitación llegaría hasta muchos años después, cuando la experiencia hiciera cuajar más mis poemas y mi oficio se agudizara. Pero el honor me llegó pronto y había que asumirlo.

Ir al festival de Medellín, para un poeta, es como la graduación del colegio, es como para un boxeador conocer a Mike Tyson o para un niño mirar entrar por la chimenea a Santa Claus. Así me sentí yo.

Gracias a esa “buena estrella”, que no es tal, sino más bien el cúmulo de gente que cree en mí y en mi poesía, conseguí el pasaje México-Bogotá-México y llevé en mis destartaladas maletas algunos ejemplares del poemario “un error espectacular atravesado por avenidas e hipopótamos líquidos”, diseñado por Karla Aguirre y que contiene algunos de los extractos de “el tiempo es un texto indescifrable”, más otros poemas que consideré los más adecuados para leer frente a las centenares de personas que escucharían ávidamente a los cien poetas del mundo de 58 países que llegamos este año a la ciudad de quebradas limpias y cielos despejados.

Volé desde México D.F. a la 1.35 a.m. y llegué a Bogotá a las 6.35 a.m. del 6 de julio. A bordo de su jeep, la poeta colombiana María Tabares, poeta del megáfono, amiga entrañable, me esperaba.

Parte fundamental de mi aventura poética colombiana fue ser recibida por esta mujer de 52 años, quien dejó su carrera de publicidad para ser “escritora siempre” y quien me ha enseñado que eso significa levantarse todos los días, servirse el café, escribir, escribir y pulir y creer. Y entender, como dice la poeta más joven de Colombia – Mari Zapata de 15 años- que las mujeres que se dedican a escribir no tienen edad.

Luego de dos días para que Bogotá nos empapara, de comer ajiaco y otras delicias que empezarían a sumar en los kilos que subí en Colombia, aferrada a la ferviente convicción de que no pagaría un avión para ir a Medellín –acostumbrada a viajar hasta 27 horas seguidas al interior de México- me fui a la terminal y me preparé para las diez horas de autobús, sinuosas, mareantes, que me llevarían a mi destino.

La emoción crecía, a cada curva de la carretera que me acercaba a Medellín.

Llegué justo a tiempo al hotel, Luis Eduardo Rendón –uno de los titánicos organizadores de este encuentro maravilloso- me dio las primeras indicaciones, aventé mis maletas en la habitación, me eché agüita y me subí en un taxi con Jesús, Cristina, y la poeta colombiana Tatiana Mejía.

Hablé sin parar, como suelo hacerlo cuando estoy nerviosa, mientras acelerábamos en la avenida oriental en dirección al cerro Nutibara.

Lo que viví ahí esa noche superó cualquiera de mis sueños o expectativas. Al llegar, me senté en el escenario junto con los poetas que al pasar los días se convertirían en mis amigos.

Reconocí a Ophir Alviárez, de Venezuela, quien me presentó a Gustavo Pereira, uno de los grandes escritores de su país. A un costado platicaban los cubanos Oscar Cruz y Domingo Alfonso y se me apareció el carismático dominicano Rei Berroa, gran poeta y ser humano, a quien ya había escuchado leer en El Salvador.

Al frente, unas cinco mil personas habían llegado para escuchar poesía. Empezó la lluvia y la mayoría del público permaneció incólume. Las parejas se abrazaban, las familias se cubrían bajo amplios paraguas. El agua no restó el entusiasmo ni cesaron los aplausos cuando los poemas gustaban.

Salvo el poeta francés Jean Clarence Lambert (1930) que se endiosó en el micrófono y no lo soltaba, la noche fue maravillosa.

El culmen llegó cuando le tocó la hora de leer al poeta ruso, varias veces propuesto al Premio Nóbel, Yevgeny Yevtushenko (1933). El público guardó absoluto silencio, y el escritor acostumbrado a recitales multitudinarios en Moscú, cautivó a Medellín con el poema de la primera mujer que amó, viuda febril, y lo que sucede en el país de más o menos.

“Vivo en el país llamado Más o Menos,
dónde,
muy extrañamente,
no hay ningún partido oficial llamado ‘Masomenosista’…
donde ellos
leen a nuestros escritores clásicos… más o menos…”

Mucho menor que él, la inglesa Caroline Bird (1986), encantó con su poesía explosiva y tierna, bomba molotov de hadas masturbándose.

Y así inició la maratón poética de diez días, que me llevaría a dar ocho recitales, seis en Medellín y dos en municipios, aprender de los grandes escritores, performanceros, músicos, traductores y dramaturgos, que leyeron a mi lado y a los que conocí en las pláticas de pasillo, en las inolvidables noches de rumba o en las tardes de café y cerveza.

De todos quisiera hablar acá pero no me alcanzaría el papel. Bromeando con el también poeta, actor y traductor, Walter Artieda, le decía que iba a escoger mi top ten poeta del festival, lo cual sería injusto, porque fui atravesada por demasiada fascinación en esos días y porque mis percepciones, mi cabeza y mi corazón fueron puestos patas arriba más de diez veces en esos diez días.

Hablaré entonces de algunos de ellos porque hablar de cien es mucho. Comentaré no por orden de importancia, sino de memoria.

Viví pues constantes y mágicos descubrimientos, respiré aire nuevo para mi creación, me apasioné. Hay poemas que escuché en Medellín que todavía me siguen resonando dentro.

Escuchar a Yevgeny Yevtushenko cambió mi vida. Más allá de su aire esquivo, y de que no pude platicar con él porque siempre estaba rodeado de fans, comprendí que la poesía cuando es sencilla y habla del mundo es importante y contundente. Fue inolvidable su lectura de “Mi bandera roja” en el Jardín Botánico. La gente lloró, al escuchar ése y otro poema de una abuela indigente peruana. Yo también lloré.

Otra de las grandes lecciones de esos días es que la fuerza de la poesía mundial palpita dulce, agitada, comprometida y desquiciada en las gargantas de sus jóvenes poetas. Aparte de destacar el trabajo de Bird, creo que por lo menos una vez en la vida hay que escuchar a Julien Delmiere (Francia, 1977) cuyo poema “Rojo”, dedicado a Medellín en clave de rap, es uno de los delirios más hermosos que escuché:

“Recuerdos de antes de la aurora
cuando yo no era todavía
sino una lluvia de misterio, un escalofrío sobre la tierra
un fragmento de elemento –un montón de sentimientos
no verdaderamente definidos
una parcela de infinito…”


Teresa Colom (Andorra, 1973) quien a pesar de que no se quedó a todo el festival, dejó, a los que pudimos oírla, la belleza de las belugas, esas ballenas del Ártico, la elegancia de su forma de recitar y el rumor de su voz descansada que atravesaba como un cuchillo punzante el estómago: “Un león parece un león. Una araña parece una araña. Pero detrás de los ojos de un hombre te puede estar mirando cualquiera. Me han dicho palabras que se enredaron al cuello y han serpenteado en mis cabellos. A menudo he parecido más feliz de lo que era. Las sonrisas atraen el veneno de las serpientes”.

Andrea Cote (Colombia, 1981) Una aparición pálida de ojos transparentes y dulces. Me regaló su poemario China Town, a toda hora, una cajita de fideos poéticos que tengo sobre la mesa de noche para cuando los necesito: “Soy la punta de la estrella, y la cosa de papel que cae desde el aire en los aniversarios, el autor de la teoría de que el espíritu es el hueso que no se puede roer. Soy las ganas de romperse y decir algo…”

Por supuesto, Ophir Alviárez, poeta venezolana que acaba de publicar “Ordalía o la pasión abreviada” con el Fondo Editorial del Caribe. Desde que la conocí en Oaxaca en 2006, me gustó la energía femenina que emana de sus poemas como si fueran vidrios rotos, una especie de intrincado misticismo, su aliento antiguo, la denuncia de todo aquello que aplasta a las mujeres y su defensa desde el cuerpo.
 

Oscar Cruz (Cuba, 1979) Su poema “La derrota” me volteó las entrañas: “Uno no se mata por el amor de una mujer, escribió Césare Pavese en su Diario, a manera de adiós, después de llamar a varias putas. uno se mata porque un amor, cualquier amor, te revela tu desnudez, tu miseria, y tu nada. horas después se suicidó, en la misma habitación donde lloraba. es esto lo que importa tal vez: ni el mundo, ni las putas, lo recuerdan”.

Walter Espinal (Colombia, 1980) y “La balada del motel”, para nuestra generación de acostones en hoteles de paso: “Cogidos de la mano entramos como a una tarde de domingo. Y pronto las ropas cuelgan del perchero que no espabila con las acrobacias sexuales. Aquí la vela del amor riega esperma y luego se apaga. El deseo como un león sigue los pasos/ríe/ me considera su hermano. Pago entonces la balada del motel para el amanecer o el rato. Y yazgo/miro al techo/huele a flores/y de costado/por el espejo/contemplo su espalda”.

También tuve el honor de conocer a tres grandes maestros que recuerdan el significado de esa palabra: Homero Aridjis (Mexico, 1940); Piedad Bonett (Colombia, 1951) y Gustavo Pereira (Venezuela, 1940).

De Aridjis: “… que no hay mayor esplendor del gris que cuando la luz lo platea. Su respiración profunda es una exhalación… Y Dios vio que era bueno que las ballenas se amaran y jugaran con sus crías en la laguna mágica”.

De Bonett: “Significa que amo la curvatura de tu nuca, la momentánea luz del ojo, las doce vértebras dorsales y las cinco lumbares que imaginan las yemas de mis dedos. y tu hígado azul, el cráneo que encierra el cerebro que encierra/esa palabra/que quisiste decir y no dijiste/y tu miembro, que sueña su memoria/y el arco de tu pie/y la pequeña luna de tus uñas/y el ruido de tus vísceras que libran sus pequeñas batallas cotidianas”.

De Pereira, “Somari del viaje de regreso”: “Yo tendré algunos años en el 3002 y serán muchos para ti pero no demasiados en el vuelo de regreso. No habrá más años sino en el cuaderno donde escribo/ tu nombre para el olvido. No habrá ni siquiera un minuto para soñarte/ porque ayer habré despegado para siempre/ y tú serás tan vieja que no podrás derramar una lágrima/ y tan llena de escombros que apenas te sentirás vivir”.

El poema que más me gustó del festival fue el dicho en la clausura por John Agard (Guyana, 1949) el cual hablaba de cómo el ser humano debería de aprender de la vaca, que no siente envidia porque otras de su especie comen un pasto más verde que ellas, ni por eso hacen la guerra. “¿Mujes el mensaje?”, concluía el poeta.

Lina Castro, de Cuba, me invitó a leer, de la antología del festival, el poema “De la tejedora” de Juan Diego Tamayo (Colombia, 1968), y quedé impresionadísima, por suerte también lo leyó en la clausura: “… tan arduo me ha sido tejer la sangre de las batallas como los besos de los enamorados. Soy la tejedora. La que con sus hilos urde la trama de la vida. Y mientras canto, tejo y destejo el silencio de la incertidumbre…”

El poeta, baterista de jazz y actor, Jules Deelder (Países Bajos, 1944) fue uno de los personajes del encuentro, seguido en todo momento por los camarógrafos de la televisión de su país, sin bajarse sus trajes de dandy y su ceño fruncido.

“El poema es primicia. Derrota demoledora de equipo de cricket femenino. Equipo de cricket femenino otra vez aniquilado. Equipo de cricket femenino barrido del campo de juego. El poema a nadie obliga. El poema es un suspiro de alivio. Un taxi lleno de chinos. El poema es poesía”.

Uno de los poetas que tuvo mayor arrastre popular fue el nadaísta Jotamario Arbeláez (Colombia, 1940) con versos claros, cómicos y cotidianos que incluían a su mujer cambiándole la marca del whiskey mientras él creía que tenía cáncer, o la lista de sus varias mujeres de nombre Claudia.

Me conmovió el erotismo, el retrato vital y la fuerza de la poesía de Héctor Fagot (Colombia, 1961), además que siempre recitó de memoria, viendo al público a los ojos: “Ayer visité el barrio de la infancia/ y en la misma cuadra, de pie/ el brazo derecho pegado al viejo poste/ cerrados los ojos/ pronuncié el antiguo talismán de la alegría/ y salí a buscar a los amigos…”

Mención especial en mi corazón, la pulida y delicada poesía del conocido Esteban Moore (Argentina, 1952), lamentando no haber podido ir a sus talleres de poesía beatnik, por coincidir con mis lecturas y la semifinal del mundial (lo sé, soy lo peor pero fue un honor brindar con él en el bar del hotel -varias veces- y leer en la misma mesa) Su poesía, impecable: “Aquellas palabras del momento y aquellas otras que no supieron salir de tus labios. Han pasado los días y tantas noches y sabrás que siempre ha sido demasiado tarde”.

Otro honor para mí fue leer con el consagrado paraguayo Carlos Villagra Marsal (1932), y escuchar sus poemas políticos y de celebración a la naturaleza: “Un pájaro raspa el cielo equívoco de la atardecida”.

Me salvé, casi no platico con Udo Kawasser (Austria, 1965), también coreógrafo, que montó con bailarines de Medellín una pieza de danza animal llena de percusiones. Por suerte, también bailé con él: “¿De dónde sólo escombros de corteza ese silencio de las formas?”.

Me gustó mucho el poema leído en la clausura por Lasse Söderberg (Suecia, 1931) y Ángela García (Colombia 1957), pareja en la vida real, quienes se conocieron justamente en Colombia y se dedicaron mutuamente un diálogo erótico leído a dos voces.

Y la hermosa Imtiaz Dharker (India, 1950) pidiendo por la protección de la humanidad: “Protege la leche. Protege al niño que la bebe. Protege al seno y cólmalo. Protege a la mujer. Protege el esperma. Protege al hombre. Protege la semilla. Protege los naranjos. Protege a estos para empezar. Si me ofreces tu mano. La tomaré. Una, dos o tres, de ti. Tomaré todas las ayudas que pueda”.

Domingo Alfonso (Cuba, 1935). Inolvidable maestro quien nos habló de los grandes poetas de Cuba, de su generación, en un aula magna de la Universidad de Antioquia y dejó subrayada su carta de presentación. “No me gusta la vulgaridad ni la estridencia”, dijo.

“Esta mujer y yo terminamos. Ahora, dejando el desorden de las sábanas, Hemos mirado por la ventana hacia la calle. Un poco a la derecha/ Unos obreros componen una enorme valla/ Que dice: Todos con boinas rojas a la Plaza de la Revolución. Ella se vuelve al interior del cuarto de hotel. Yo miro sus nalgas color de tinta de imprenta. Siento lo que los hombres normales ante tal espectáculo: Doy gracias a quien corresponda por encontrarme vivo”.

También fue un gusto conocer a Nathalie Handal (Palestina, 1969), sobrina del fallecido comandante comunista salvadoreño Shafick Handal, cosa que me enteré por su boca en el parqueo del hotel. Bella y comprometida con la denuncia de lo que ocurre con sus compatriotas en la franja de Gaza. Su poesía citadina dicha en voz suave en su español adolescente y creciendo: “El viejo chino en la tienda de alimentos naturales en la 98 con Broadway me dice que la lluvia tiene muchas vidas…”

Cómo olvidar a my friend, Obediah Michael Smith (Barbados, 1954), con quien compartí dos lecturas, mi inglés tartamudo, dos comidas, un par de cervezas Club Colombia, sus confesiones al estilo Lolita de Kubrick, una caminata por el centro de Medellín, las imágenes de Botero y la admiración por su hermosa y erótica poesía:

“todo es robado, de veras/ el sol tardío sobre el mar/ mi intento por capturarlo/ por saquear esta tarde/de agosto.

Y al gran y elocuente Rei Berroa (República Dominicana, 1949) y sus poemas de paz,: “Si la paz se vistiera de paloma/dicen los expertos en humanos/con una sola paz nos bastaría/para darle sus alas a la tierra/haciendo del humano una paloma. No es mucho pedirle/a la paz o a la paloma”.

Mis aplausos para el gringuísimo Bob Holman (1948), también inolvidable con su rostro rubicundo, su sombrero, y la capacidad de hacer reír a mandíbula batiente a centenares de personas con sus poemas y una caja.

La guatemalteca Carolina Escobar Sarti (1960) con quien leí en el Teatro de la Librería Panamericana, y hablamos de nuestros vecinos países, algunos amigos en común, de periodismo, de su edad –que no aparenta- , sus hijos, la poesía, el amor y la vida.

“Expulsada del paraíso/ por acamar las mies/ por arrebatarle el lado oscuro a/ la colmena/por tenderse dichosa/sobre su lomo arqueado/ y despuntar/aún temblando.”

Casi se me olvida Jenny Tunedal (Suecia, 1973) porque aunque me la encontré casi todos los días, en casi todos los pasillos, le quedé debiendo una buena conversación. Me pareció la Björk del festival, vi su libro en la muestra, pero estaba en sueco. Su ser me desató una enorme simpatía y profunda curiosidad. Ahora, porque lo leí en la antología, sé que también es periodista -como yo- y que reflexiona sobre la soledad –también como yo.

“La pregunta que erróneamente se plantea, o la carencia de ésta da origen a una nueva soledad. A una solitaria furia. Esto también puede tener su origen en que nadie ha encendido tu fuego”.

No hubiera conocido a todas estas voces, sin que un ejército de unas doscientas personas de la Corporación de Arte y Poesía Prometeo, encabezada por el poeta Fernando Rendón, organizaran este festival, padre de los festivales de América Latina y el mundo. Y por alguna desconocida y agradable razón, me invitaran.

El lema: “El destino del hombre es un solo ritmo celeste”. La consigna, cambiar el mundo a través de la poesía. Un Premio Nóbel alternativo y varios premios internacionales bien merecidos a los prometeos a lo largo de ¡20! años. Impecable la organización, el público lo mejor de todo.

La clausura el 17 de julio en el Cerro Nutibara de nuevo. La lluvia todavía más recia. Unas cinco mil personas escuchando poesía, conmovidas.

Publicadoen WWW.Laurigarcialuciernaga.blogspot.com

Lauri García Dueñas


Lauri García Dueñas. San Salvador (1980). Escritora y periodista. Ha publicado La primavera se amotina" (2005) traducida al catalán para la antología "Panamericana" que incluye el trabajo de jóvenes poetas americanas nacidas luego de 1976, su trabajo también ha sido incluido en las antologías "Mujer Rompe tu silencio" (El Salvador, 2005) y "Conjuro de Luces" (México, 2006). Participó en el II Festival Internacional de Poesía (El Salvador, 2003),  en el XIV Encuentro Internacional de Mujeres Poetas en el País de las Nubes (México, 2006) y en el Sexto Festival de la Lectura Paseo de La Reforma (México, 2006). Sus trabajos literarios, periodísticos y académicos han sido publicados en periódicos y revistas de El Salvador, Nicaragua y España.