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martes, 3 de diciembre de 2013

Fernando Denis: Poemas de Sonali Datta













La poesía es un viaje hacia noche, hacia el tiempo acumulado por la luz en la mente de una palabra, es el tiempo condensando todos sus ayeres en el oído de una caracola, es la soledad inmensa de un lenguaje que se busca en el tacto del mundo, en la cadencia de cada gesto del mundo.
Sonali Datta escribe poemas para encontrarse consigo misma en las cosas que nombra, se busca hondamente en cada pregunta, en cada instante en que las sílabas quieren alejarla de la soledad y el mito, se reencuentra en esa historia que germina desde sus pies, desde el barro y la semilla ancestral, celebra con lucidez su encuentro primordial con las cosas comunes, que para ella son sorpresa. Sus maestros, sus músicas, sus dioses, la danza de sus paisajes, su religión, su poesía contaminada de belleza antigua han moldeado su carácter y su intrínseca sensibilidad, ebria a ratos de la lengua de Cervantes, de su siseo imperioso, de sus ritmos calcados en las fronteras de Bengala. Estos poemas tienen un rigor intrínseco muy particular, un sondeo verbal cargado de intenciones, de cotidianidad, de inventarios, de reflexiones, y que intentan dilucidar en el amor, la vida y la muerte una búsqueda  estética, un consuelo o acaso una luz que refresque sus instintos y sus marcadas realidades, una luz a través de la celosía del conocimiento, a través de la mente de una palabra, la recalcitrante y ávida y feliz palabra que la salvará en el preciso instante en que la escritura se convierte en poesía y la mujer se convierte en cuerpo del lenguaje.

Fernando Denis


AMOR

Pregunto a veces: ¿Por qué estoy aquí?
Él dice: eres el resultado de amor.
Le pregunto: ¿Qué hago aquí?
Dice: has venido a celebrar el amor.
Vuelvo a preguntar: ¿Amor me dices?
 ¿En este mundo oscuro y caótico?
¿En esta pena enorme? ¿En esta crisis?
Sonríe y dice: Son los sufrimientos de amor.
Me confundo:
Entonces, ¿por qué estoy sola?
Me dice:
Sola no estás. El amor está siempre contigo.
Le pregunté:
¿Por qué voy a morir?
Respondió:
Para reverdecer tu amor.


MUERTE

Cuando nací supe que ella vendría.
He crecido con ella, y la he visto a cada paso.
Dijo:
Relájate, hija mí
Regocíjate. Vendré a tiempo.
Pero yo la olvidé.
Viajé  a través de las diferentes experiencias,
bebí el elixir de la vida,
y entonces ella vino. ¿Por qué vino?
Un montón de cosas aun me quedan por hacer,
aprender, saborearlo todo.
Dijo:
Hija, ahora estás cansada;
ven conmigo y descansa.
Grité :
No. Todavía no.
Pero tomó mi mano y
sentí perdida.


VIDA

Mi madre nunca estuvo complacida conmigo;
mi padre tampoco.
El amante se cansó de mí
y me abandonó.
Mis parientes me evitaron siempre
al igual que mis amigos.
A veces me enfadé en mis propias decisiones.
Aún vivo mi vida:
gano, pierdo, sonrío, lloro.
¿Quién dice que no me preocupo?.
No es fácil, amigo mío, pero inténtalo.
Ésta es la vida
y  sólo viene una vez.


Sonali Datta (Bengala, India, 1974) Poeta y docente en lengua inglesa y española. Ha traducido a diferentes autores al bengalí y al inglés.



martes, 19 de noviembre de 2013

FERNANDO DENIS: LA MUJER QUE SUEÑA EN LAS MURALLAS.






 
Fernando Denis
















  

                                                                               El fuego vive de la muerte del aire
                                                                                y el aire de la muerte del fuego; el agua
                                                                                vive de la muerte de la tierra, y la tierra
                                                                               de la muerte del agua.

                                                                                     Heráclito




ATRIO


Enciendo el fósforo que me guía en los laberintos del lenguaje, sigo su pabilo, la luz que al final habrá de fundirse con mis dedos, con mis palabras. Soy el centinela de estos parajes. Entro en el poema y hago mi ronda hasta que amanece. Vigilo las cuatro puertas. La mujer que sueña en las murallas dice que soy un duende, que puedo llevar las palabras en mis bolsillos  como monedas;  en vez de monedas siempre cargo versos de Virgilio.
   Entro en la noche, en sus símbolos, en la edad de la sombra y de la luz, merodeo por sus orillas, contemplo la belleza y el pavor de sus hogueras, voy tras la voz que bordea los acantilados, ebrio, sonámbulo, pues la distracción  prolonga el infinito, me detengo un instante en un pasaje de la biografía de la lluvia y trato de recordar el poema donde mueren todos los ríos.  Mueren los ríos, muere el tiempo, pero las palabras quedan intactas, empañadas en el cristal. Heráclito llora en la falsa orilla: “¿Cómo puede uno ponerse a salvo de aquello que jamás desaparece?”  Por eso vivo dentro del lenguaje. Tiendo mi carpa dentro de una palabra, en sus bosques preñados de fábulas, de ruiseñores, y como el viejo Eliot, leo casi toda la noche y bajo al sur en invierno.
 Soy testigo de la mujer que hace diamantes con las palabras, que inventa con cada sílaba los collares que llevan en sus cuellos los fantasmas, los dioses, las doncellas de los cuentos de hadas. He sucumbido a su canto. Las mariposas del recuerdo me intranquilizan, quisiera ignorar su esbelta desnudez bajo el agua del Caribe, donde he visto la geografía del lenguaje, la sensual, la terrible, la exacta erudición de los sentidos, la embriaguez absoluta que aún ignora el tacto, la cadencia de los hombres. No sé si la he soñado,  no sé si ella es la que sueña que yo la cuido desde que aprendí el idioma de las tribus del aire. Cada gesto suyo borra el universo, lo distrae. No es el amor, es algo anterior al amor, anterior a la mujer, su sueño antes de volverse carne, antes de volverse sal, antes de volverse piedra. Es su palabra ingrávida anterior al deseo de volverse cuerpo, labios, cabellos.
Soy el centinela. Desde hace algunas noches vigilo estos laberintos que compró esa mujer con las monedas que durante años iba recogiendo
en las fuentes.                                                                            




PRIMERA PARTE

  

LA MUJER DEL FUEGO

   

    Y mi nombre se confundió con el nombre del fuego
mientras cantaba con oro en la voz
el griego reflejo que Heráclito dejó en el agua.


  

                                                                                                                     Cambiando se descansa.
                                                                                                                      Heráclito





I

Estremecida por la luz de los grabados de la noche,
por su silencio, por la sed amorosa que crepita
en sus selvas, en sus runas de fuego,
en sus salamandras consternadas en mi sueño
de niña,
he bajado hoy a las murallas, hoy quiero hundir
mis secretos en las arenas,
el esplendor, el encanto y la música para quedar
desarmada, arrojar al mar incesante esa belleza
antigua que quema mi noche,
arrojar mi última moneda.

II

Salí de la noche, de su silencio, y a la noche pertenezco,
soy hija del milagro de la noche
y en su sombra irradian mis palabras.
Mi silencio es la voz de otra mujer que me acompaña.
El hechizo, el amor, la sed de esta hoguera
estremecen mis horas, mi clepsidra,
soy esa canción que al ocaso atraviesa los bosques
y baja descalza hasta las murallas.

Detrás de la piedra despierto a esta dulce maravilla,
al misterio de la luz, de la sombra: en sus páginas
escribo, detrás del silencio que me acompaña,
diluyo mis delirios, esta agobiante soledad 
que arde en todas las orillas, en el papel,
en mi cuerpo.

III

El mar intuye en mi mano la soledad de los astros,
mi tarot de adivina que barajan otras manos extrañas,
mi horóscopo indescifrable,  tímido, los símbolos
de este silencio anhelado por los arcanos,
y ya tantas veces leído por los planetas,
por las estrellas echando chispas 
en las constelaciones de mi sangre,
sus bocas radiantes en la oscuridad me susurran
el futuro

IV

He vertido con ansiedad dos milagros en la fuente
de San Diego: mis ojos verdes que han visto
con vehemencia los ocasos morir en esta esquina,
mis ojos que han visto el incendio milagroso
en las telas, en los grabados, que son gestos
de este silencio,
y al llegar la noche intuyen las cenizas del alba;
mis ojos afiebrados que son dos lunas hambrientas,
ensimismados, amasando el mito,
escrudiñando en los pliegues, en las cadencias,
en los umbrales de una historia que se repite
y que no es la misma. Mis ojos diluidos en la tormenta
con el verano enardecido de las ciénagas,
con el azufre candente, mágico de las cumbres,
y vago como una ola vestida con la túnica del color
de las auroras de la Ilíada,
casi imaginaria como una fábula,
y desde mi zarza luminosa leo en las líneas de la mano
de la noche.

V

El mar me desvela, rasga en la negrura las cuerdas
de sus maderas y sus metales, su silencio,
sacude las abigarradas lunas rojas del templo de agua:
veo el balido del otoño descendiendo por sus escaleras,
rodando por sus líquidos corredores, por la arena
fulgurante de sus balcones y sus recámaras
manchando del color de los labios de Medusa
el mármol amarillo.

VI

Observo el mar desde el ojo de un color de la llama,
desde mi faro, leo y releo la maravillosa enredadera
de sus hexámetros de agua,
la morena escritura dormida en los papiros de sal,
en papeles ajados por la luna que bajan como pájaros
hasta el silencio de la llama, a cada gesto de mi oído,
y subrayo esos versos antiguos con tizones
o con carbón de las minas;
la belleza helénica de sus estrofas salta hasta
mis oídos y me hiere.

VII

Siento las naves llenando de fiebre y de brillo
las estatuas de esta ciudad de piedra,
los molinos de viento de mi mente, la suave
embriaguez de mis sentidos, los bosques embrujados
del  insomnio donde soy forastera,
y con sueño en las manos, con hambre en los oídos,
con la ebriedad de este silencio más fuerte que yo,
que me obliga a arder en los bosques de la página,
tejo los escombros de un sol que se agita en mi pecho, 
tejo en los umbrales la madeja de esta poderosa
luz que me promete el infinito.

El mar es un milagro. 
Al  igual que el fuego, el mar tiene vida propia.
¿Cómo colmar la ansiedad, la sed de deshacerme
y renacer en una palabra y arder de nuevo?
Vine a hablarte del fuego y traigo una llama en mis labios.



Fernando Denis (CiénagaMagdalena, Colombia 1968). Ha escrito La criatura invisible en los crepúsculos de William Turner (1.997), considerado uno de los mejores libros publicados en Colombia durante el siglo XX, Ven a estas arenas amarillas (2004) y El vino rojo de las sílabas (2007). Su poesía ha comenzado a despertar interés dentro y fuera de su país, y su libro, La geometría del agua, publicado por Grupo Editorial Norma, presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires, y en Maguncia, Museo de papel, grabado y estampa de Argentina, se está traduciendo al inglés, al francés, al alemán, al ruso y al bengalí. Contemporáneos como William Ospina (Premio Rómulo Gallegos 2008), Juan Gustavo Cobo-Borda y José Ramón Ripoll coinciden en señalar que Fernando Denis es una de las voces actuales más originales en la poesía de América Latina. Se preocupa también por el paisaje exterior, como el que contienen las tonalidades de la naturaleza. Algunos de sus poemas se inspiran en las pinturas crepúsculares de William Turner. La cadencia y la sonoridad de sus poemas recrean imágenes, músicas y conceptos decimonónicos como el prerrafaelismo, corriente artística de la era victoriana que lo ha impresionado; en algunos poemas como los monólogos de sus personajes femeninos, las voces tienen mucha fuerza íntima. La embajada de Colombia en Delhi y la academia de letras de la India, Sahitia Akademy, editaron sus poemas en inglés y lo condecoraron como el poeta más representativo de su país y una voz literaria sobresaliente de las letras contemporáneas.














sábado, 9 de noviembre de 2013

Fernando Denis: Flor de Loto Historias desde Asia, de Juan Alfredo Pinto Saavedra.









 
 REGAR LA FLOR DE LOTO
                                                                          

Un libro que siempre he tenido de cabecera, Un bárbaro en Asia, de Henri Michaux, en la impecable traducción  castellana de Jorge Luis Borges, comienza así: “En la India nada para ver, todo que interpretar”.
     La India, uno de los territorios más poblados del globo,  es un país de misterios y de símbolos, donde la religión es una arte poética del espíritu. Una poética impresionante  donde confluyen las creencias,  las artes, su antigua arquitectura que parece moldeaba con palabras, y las costumbres de millones de indios que fluyen por sus calles como un río, como el Ganges que los baña. Para el latinoamericano es una suerte de hechizo entrar en esa fábula milenaria, en su música interior, en su magia que gravita en el aire que llega desde el incienso de los templos, desde sus intrincadas calles donde Gandhi camina todo el día,  donde vacas y elefantes confluyen entre automóviles por las grandes avenidas hacia todas partes, quizá hacia la mañana invisible donde aguardar la señal divina.    Más antigua que su historia, la India es un paraíso interior, sagrado, que marcha desde las orillas hacia la búsqueda de la esencia y deja de lado la contaminación del mundo exterior, que le es accesorio como un adorno. Por eso es el país espiritual. Sólo el espíritu puede reclamar la belleza del mundo, lo demás  incomoda. Laboriosos espíritus como el de Kipling o el de Tagoré, ambos premiados con el Nobel de Literatura, dan testimonio  de la vasta  universalidad  de un lenguaje poderoso, y acaso único en sus dimensiones, ambos provenientes  de la tierra como una semilla,  del núcleo de sus raíces, amparados en el color de la naturaleza, esperando su dictado, la tinta de sus paisajes, embriagados de la fe ancestral de su sangre primitiva.
       Flor de Loto  Historias desde Asia, de Juan Alfredo Pinto Saavedra, que aparece ahora en su versión inglesa (Stories of the Lotus), editado por Sahitya Acakademi, la academia de letras de la India, en una impecable traducción de Minni Sawhney (una linda intelectual de las lenguas, quien fue mi guía y leía con dicción indi mis poemas en inglés mientras buscábamos la sombra de Kipling en los callejones de Calcuta), es un fresco  narrativo que conjuga con pasión y lucidez la azarosa epopeya de un sueño latinoamericano en el continente asiático. Al igual que Michaux narrando su  bárbaro, su poético, su místico peregrinaje, Pinto traza con sutileza las costumbres y los credos de una región sobrecogedoramente extraña, plasma con delicado pulso las circunstancias de unos personajes que sufren el desarraigo social en ese continente ajeno, y se ven involuntariamente sometidos a las situaciones más diversas, algunas enfáticamente bellas como también dramáticas. A través una prosa franca y directa, como nos enseñara Hemingway,  y de una insospechada belleza de imágenes, el lector se adentra  en un portentoso crisol de aventuras digno de la mejor  tradición india, donde somos llevados subrepticiamente por los rincones más espeluznantes, también por otros de despiadado exotismo, acechado por el asombro de ese universo variopinto que a unas veces parece un sueño y otra veces no. Hay personajes inolvidables como Fiorella, tan hermosa como  la inolvidable Remedios de Gabriel García Márquez;  o Susana, la musa central de “Majira”, capaz de enfermar de belleza ante un color. “Majira”,  el primer relato que leí del libro,  abunda en prodigios desde las primeras líneas: “Había superado todas las enfermedades desde la infancia, excepto una, la adicción al color azul”.  Susana, la  ebria de esplendor, la que busca su destino entre los colores,  cuando entra al bazar de Samarcanda, uno de los  mercados más fabulosos del mundo, no parece que fuera a comprar algo sino que se internara entre los vendedores y las colmenas en busca de la sombra  de Tamerlán el Grande para pintarlo, para hacerlo suyo como todo lo que observa de manera fundamental; inmediatamente me veo obligado a recordar el amoroso verso de Borges: ·”Yo, el rojo Tamerlán, tuve en mi abrazo a la blanca Zenrócate de Egipto, casta como la nieve de las cumbres”.
      Una cadenciosa noche nos pusimos de acuerdo con Juan Alfredo Pinto  para ir a cenar a un bonito restaurante del Park Way de Bogotá. Esa misma noche abrió la carpeta anillada con su libro, que ya estaba en imprenta, y me dijo que leyera “Majira”, el relato por el cual tenía preferencia. Lo leí con mucho entusiasmo ignorando el bullicio de las mesas, y luego entendí  por qué  me lo hizo leer ahí mismo. La heroína del texto, Susana, una amiga suya que venía de Pamplona y estudió artes en la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá, tenía una percepción de la pintura, del color y su naturaleza fantasmagórica muy parecida a la que yo tengo cuando escribo mis poemas.  Me sentía bastante intimidado mientras me sumergía en los renglones de aquella prosa que fluía entre pinceles, sueños y dolores. Entonces supe que tenía el deber de ir a la India, el país donde  los colores encuentran su fundamento, donde palpitan la sombra y la luz de la historia del arte con un rigor casi metafísico. (Aquí me detengo, en esta línea, y miro al cielo, casi en la margen de la página como si estuviera en la orilla del rio sagrado, el Ganges).
        Octavio  Paz, poeta y ensayista mejicano que había encontrado su estética en el surrealismo, escribió un libro de ensayos,  enigmático y agudo,  Vislumbres de la India, también como resultado de su estadía en el país asiático. Cabe ahora citar una línea suya, un verso: “Un mundo nace cuando dos se besan “. Los dos que se besan pueden ser dos continentes, y esta es quizá la eclosión súbita que invadió poderosamente la sensibilidad del narrador de Flor de loto;  movido por la intuición, poseído  por su inquietante acerbo literario,  Juan Alfredo intenta de manera ensoñadora que dos continentes  se cortejen a través de la palabra, que el genio creativo logre que puedan fundirse. Al igual que Octavio Paz, Juan Alfredo también ejerce las labores diplomáticas de su país como embajador de la India,  y en ratos de soledad y ocio deja correr la tinta y describe el pavoroso asombro que ha ido embriagando su espíritu, lo perturba la belleza y sus cambios de ritmo y ha encontrado en la prosa un refugio encantador más allá de las escuelas literarias y de la academia.  Inquieto, merodea por las páginas de su libro como por una tienda de antigüedades, compra sueños en bruto, los pule y se los vende al que vive en una acera de la fábula, además les encima tesoros escondidos en el lenguaje, mitos esotéricos sobre el sexo y la música, y también cadenciosas imágenes escondidas en su mitología personal.  Sus personajes de alguna manera  me recuerdan a los de Marcel Schwob, quien también vivió poderosamente envenenado  de Oriente, de sus magias, su cultura lo envenenó, lo condeno a crear esas atmósferas espeluznantes y bellas, a reinventar la memoria de unos seres y a darles un verdadero destino para la literatura, seres que habitan los más intrincados laberintos del relato,  devotos de una pasión  o de una soledad que los empuja a ser testigos de su época bajo un trasfondo de hechizo, más allá de las palabras que los envuelven. 
       Estos relatos asiáticos que respiran el aroma de la flor que nace del barro y crece con la memoria de toda una civilización, son las “vidas imaginarias” de un presente histórico que envuelve la trasegada biografía del autor, es la versión del lector que escudriña en los pasos de una geografía que le ha sido otorgada, de un amanuense de los caminos, arrancada de diversos paisajes de Asia y que pertenecen a las reliquias de su memoria fatigada por los viajes. Pienso que  Kipling sería su lector más afortunado; o quizá a Jorge Luis Borges le hubiera arrancado una sonrisa antigua.  


Fernando Denis (CiénagaMagdalena, Colombia 1968). Ha escrito La criatura invisible en los crepúsculos de William Turner (1.997), considerado uno de los mejores libros publicados en Colombia durante el siglo XX, Ven a estas arenas amarillas (2004) y El vino rojo de las sílabas (2007). Su poesía ha comenzado a despertar interés dentro y fuera de su país, y su libro, La geometría del agua, publicado por Grupo Editorial Norma, presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires, y en Maguncia, Museo de papel, grabado y estampa de Argentina, se está traduciendo al inglés, al francés, al alemán, al ruso y al bengalí. Contemporáneos como William Ospina (Premio Rómulo Gallegos 2008), Juan Gustavo Cobo-Borda y José Ramón Ripoll coinciden en señalar que Fernando Denis es una de las voces actuales más originales en la poesía de América Latina. Se preocupa también por el paisaje exterior, como el que contienen las tonalidades de la naturaleza. Algunos de sus poemas se inspiran en las pinturas crepúsculares de William Turner. La cadencia y la sonoridad de sus poemas recrean imágenes, músicas y conceptos decimonónicos como el prerrafaelismo, corriente artística de la era victoriana que lo ha impresionado; en algunos poemas como los monólogos de sus personajes femeninos, las voces tienen mucha fuerza íntima. La embajada de Colombia en Delhi y la academia de letras de la India, Sahitia Akademy, editaron sus poemas en inglés y lo condecoraron como el poeta más representativo de su país y una voz literaria sobresaliente de las letras contemporáneas.










martes, 29 de octubre de 2013

Fernando Denis: El tigre de Borges.




Fernando Denis






Borges, un hombre ciego, cansado, lejos del tiempo y dado al infinito juego de los sueños, se mira en un espejo cuya habitación podría estar en una novela de Wilkie Collins o de Kafka. Es inconcebible que un hombre ciego pueda mirarse en un espejo, pero Borges está frente a éste y busca en su rostro el rostro de todas las personas que ha visto en el pasado.  

            Se halla sentado en un sillón; viste completamente de blanco. Inmóvil, fascinado, Borges no ve por los cristales de la ventana el alba que reverbera en los tejados. En la calle pasa un lechero, un perro de manchas negras ladra en una esquina. 

            El ámbito lo conforman una enorme biblioteca con todos los libros. No debe extrañarnos que todos estén llenos de notas y subrayados. Hay un escritorio de caoba, una enciclopedia británica y una carta sin despachar sobre el escritorio. Un busto de Domecq, el escritor, y una réplica de Gnei autografiada, dominan un rincón de la estancia. Borges sonríe, maravillado. El reloj de pared tic tac marca las seis. 

            La labor lo ha cansado, piensa que la realidad es mucho más pesada que los sueños, pero eso no debe distraerme, se dice. 

            En la primera planta, abajo, hay una sala grande con un gramófono, dos jarrones con dorados grabados chinos, un reloj de arena, un ajedrez de mármol, un cuadro del siglo XV del ilustre Amir Ibrahim Midis y una chimenea donde arden las últimas astillas de leña. En el centro, junto a la chimenea, sobre una alfombra donde hay dibujado un angustioso laberinto, reposa un tigre de bengala. Es un ejemplar hermoso, suave como el oro, de piernas fuertes y la mirada inocente de un niño. Está echado sobre la alfombra y duerme. 

           Borges se mira en el espejo. En su fantástica invención ha logrado concebir, entre los rostros que pasan por el incesante espejo, (esos rostros que forman su pasado unánime en la realidad, en los sueños y en los libros) uno que es asombroso, que se perfila en una tarde parecida al amor. No sé su nombre; es una mujer irlandesa o noruega, de rasgos finos, ojos grises y una sonrisa perfecta. Esta mujer es hermosa porque no la asociamos con nadie, sólo con su belleza. Parece de verdad. 

           “Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir. Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única. ¿De qué me servirán mis talismanes?” 

            Las mujeres borgesianas siempre me traen estos versos. El amenazado es, a mi parecer, un extraordinario poema. El amor es un peregrino cuya eternidad está en el pasado. La mañana que cae sobre aquella mujer se detiene. En el universo (en ese impreciso universo del amor donde todo ocurre fuera de tiempo) corren ahora todos los poemas para conjurar un momento. La ciudad empieza en los jardines, la noche empieza en el alma. Un sueño tiene sueño, pero Borges se pasea por un bosque; esta mujer que ha visto en el espejo lo acompaña. Se detienen en un banco de madera. Observan el cuadro de hojas secas, la hierba, la soledad abriéndose entre sus páginas, el río innumerable cuyas aguas inundaron nuestros sueños y la locura de Heráclito. Dos almas progresan aquella noche. El fervor de una caricia, o el roce de una boca son cosas que de vez en cuando abolen el universo. Este paisaje abarca dos horas antes que empiece a caer la nieve. La noche está atareada con los amantes y se dormirá con ellos hasta el próximo capítulo. 

          En la sala el fuego se ha extinguido. El tigre duerme soberbio, resplandeciente, inmortal. 

          El espejo es pequeño, del tamaño de su rostro. Borges había pensado en uno de cuerpo entero pero temió distraer la atención al verse las piernas. Su rostro ha adquirido una blancura mortal, tiene la palidez de un busto que vio en Boston. La mañana está en lo alto, el sol impetuoso. A medida que se oye el tic tac incesante del reloj, no cesan de pasar los rostros por el espejo: caras tensas, alegres, marchitas, adustas, inexpresivas; Nohora, Virgilio, Ulrika, Funes, Hernández, Elena, Lönrott, Platero Haedo, Ulises, un vendedor de Adrogué, un teólogo alemán, un orillero, un alquimista del siglo XIX, un poeta sajón, una chica en bicicleta que corre por las páginas de un libro olvidado, un actor. Este cortejo de caras que parece infinito lo ha demorado varios días. La soledad abarca varios siglos. Escasamente se puede ver el mundo desde un espejo sin que nos depare una felicidad o un horror. La emoción y el sueño que lo embargan en esa extraña gimnasia no demoran en desconcertarlo, pues un hacho fatal y peligroso se aproxima: en el espejo aparece un nuevo rostro, el rostro de un antiguo enemigo. Borges recuerda haber escrito un cuento breve sobre este hombre resentido. También recuerda con inusitada claridad haberle hecho daño cuando era niño. 

        Empiezan a escucharse unos pasos en la escalera, son pesados e irregulares. Borges no tiene miedo, pero se sabe ahora un pobre ser indefenso, igual que aquel niño que lastimó una vez. Ese hombre, ese sincero enemigo, no cesará nunca de buscarlo para cobrar venganza. Los pasos resuenan en el pasillo. “Tal vez el que se aproxima sólo sea un insólito personaje de Lovecraft que pretende asustarme”, se dice con una tímida sonrisa. Aparta la mirada del espejo y la fija en la puerta. Sabe que algo inconcebible está a punto de ocurrir. Ser atacado y muerto por un personaje que hayamos imaginado en un cuento es algo que supera a toda la literatura fantástica. La vez que el enemigo fue a visitarlo pudo salvarse de morir: en el instante crucial, Borges despertó para que luego el suceso pasara a la posteridad como un sueño o simplemente como ficción. 

         Pero ahora es distinto. El hombre no demora en llegar y la situación es tan real como la mañana, el escritorio, la carta (Querida, imprescindible María: he traducido los poemas de Aracne. Es excelente. Hay algo de Yeats en ellos, y de Kipling. También algo de ese amor que Helena legó a los griegos), los libros de la biblioteca y el espejo. Borges está inmóvil. Siente que el visitante está en la puerta, que su mano agarra el picaporte, que lo gira. Es una de las pocas veces en que entendió que el simple hecho de agarrar y girar un picaporte para abrir una puerta no era algo tan frívolo. Recuerda (ahora que su vida tan llena de años, tan lejos del tiempo, depende mucho de los recuerdos) a Virgilio, pues no le fue permitido entrar en el paraíso; piensa en la piedad, en la compasión que sintió Dante. Es uno de los pasajes más tristes de toda la literatura. Ahora no le importaría confesar que es cobarde, pero sabe que no implorará piedad. El hombre abre la puerta lentamente, entra en la habitación. A pesar de su edad, de sus avanzados años, se nota que el tiempo ha tenido compasión con él. Está recio, implacable. Tiene en el rostro esa lozanía de los que están acostumbrados a la espera. Se mueve con la ayuda de un bastón. De pie, en medio de la habitación, observa a Borges: lo mira con un rencor desmedido, tal vez deseando verlo morir lentamente en la agonía como las tardes en el mar. 

         El péndulo en la pared oscila su canción infinita, tic tac, pero es obvio que para estos dos hombres el tiempo se ha detenido. Borges no muestra el más mínimo signo de oprobio. Le parece admirable su rigor, su absurda invención, su insólito proceder como perseguidor y enemigo. “Ese hombre inverosímil ha leído a Wells, a Hawthorne, a Edgar Allan Poe. Cualquier escritor estaría interesado en conocer a este tipo.” Borges sabe que no hay manera de salvar su vida y se resigna a la unánime suerte de morir. Desde un comienzo supo que su destino sería literario. Piensa en Johnson, en Carlyle, en De Quincey, en Milton. “¿De qué me servirá ahora haberlos leído? Morirán conmigo”. Siente un extraño afecto, una especie de lástima por ese hombre que fuera suyo en un cuento ejecutado torpemente. 
El hombre saca el arma con decisión y dice con voz apremiante: 

—Ese espejo, Borges, te ha enloquecido. 

—Yo sólo puedo ver en el espejo —dice Borges con una teatral serenidad. 

—Los espejos traicionan a los hombres —sentencia el hombre mirando el espejo como otro adversario. 

—Ellos inquietan la realidad y nos privan de la inocencia. Cada vez que nos miramos en el espejo tenemos menos cosas que ocultar. 
        
         Dispara contra el espejo certeramente. Los pedazos de vidrio saltan volando del marco metálico y se desperdigan por el piso ajedrezado. En ese instante, la escena se esfuma. Todo deja de existir. 
En la sala el ruido del disparo despertó al tigre que soñaba. 


  
Fernando Denis (CiénagaMagdalena, Colombia 1968). Ha escrito La criatura invisible en los crepúsculos de William Turner (1.997), considerado uno de los mejores libros publicados en Colombia durante el siglo XX, Ven a estas arenas amarillas (2004) y El vino rojo de las sílabas (2007). Su poesía ha comenzado a despertar interés dentro y fuera de su país, y su libro, La geometría del agua, publicado por Grupo Editorial Norma, presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires, y en Maguncia, Museo de papel, grabado y estampa de Argentina, se está traduciendo al inglés, al francés, al alemán, al ruso y al bengalí. Contemporáneos como William Ospina (Premio Rómulo Gallegos 2008), Juan Gustavo Cobo-Borda y José Ramón Ripoll coinciden en señalar que Fernando Denis es una de las voces actuales más originales en la poesía de América Latina. Se preocupa también por el paisaje exterior, como el que contienen las tonalidades de la naturaleza. Algunos de sus poemas se inspiran en las pinturas crepúsculares de William Turner. La cadencia y la sonoridad de sus poemas recrean imágenes, músicas y conceptos decimonónicos como el prerrafaelismo, corriente artística de la era victoriana que lo ha impresionado; en algunos poemas como los monólogos de sus personajes femeninos, las voces tienen mucha fuerza íntima. La embajada de Colombia en Delhi y la academia de letras de la India, Sahitia Akademy, editaron sus poemas en inglés y lo condecoraron como el poeta más representativo de su país y una voz literaria sobresaliente de las letras contemporáneas.