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martes, 21 de septiembre de 2010

W. B. Yeats: Poemas

William Butler Yeats (1865-1939)Traducción Delia Pasini

















Bizancio

Las impuras imágenes del día se retiran;
la ebria soldadesca del emperador ya duerme;
cae la resonancia de la noche; canto de caminantes nocturnos
acompasa el gong de la gran catedral.
Una cúpula de estrellas o de luna iluminada
desdeña lo que es el hombre,
todo simple complejidad,
la furia y el lodo de las venas humanas.

Ante mí flota una imagen, hombre o sombra,
más sombra que hombre, más imagen que sombra;
pues el ovillo del Hades envuelto en lienzo de momia
puede desenredar el camino sinuoso;
una boca privada de humedad y aliento
bocas sin aliento puede convocar;
saludo a lo sobrehumano;
“muerte en vida” y “vida en muerte”, así lo llamo.

Un milagro, pájaro o dorada artesanía,
más milagro que pájaro o labor manual,
plantado en la rama dorada que estrellas iluminan,
puede, como los gallos del Hades, cantar,
o, por la luna amargado, en voz alta burlarse
con la gloria de un metal inalterable
pájaro vulgar o pétalo
y toda la complejidad del lodo y la sangre.

A medianoche por las veredas del emperador vuelan
llamas que ningún haz alimenta, ningún acero ha encendido,
ninguna tormenta agita, llamas nacidas de llamas,
donde acuden espíritus creados por la sangre
y donde la complejidad de la furia se aleja,
muriendo en una danza,
agonía de un trance,
agonía de llamas que no pueden chamuscar una manga.

¡Montado sobre el lodo y la sangre del delfín,
espíritu tras espíritu! ¡Las herraduras rompen la creciente,
las doradas herraduras del emperador!
Mármoles de la pista de baile
rompen furias amargas de complejidad,
esas imágenes que aún
frescas imágenes engendran,
ese mar desgarrado de delfines, ese mar atormentado de gongs.

1930
 De: La escalera de caracol y otros poemas


Lapislázuli
(Para Harry Clifton)

He oído que unas mujeres histéricas confiesan
estar hartas de la paleta y del arco del violín,
de esos poetas con su alegría eterna,
pues todo el mundo sabe, o saber debería,
que si nada drástico se hace
Aeroplano y Zeppelín saldrán
y como el rey Guillermito bolas-bombas lanzarán
hasta que arrasada quede la ciudad.

Todos su trágica obra representan,
por allí se pavonea Hamlet; allá está Lear,
aquella es Ofelia, ésa Cordelia.
Pero ellos, aun si ésta fuera la última escena,
el gran telón del escenario a punto de caer
y en la obra valioso su papel prominente,
no interrumpen sus versos para llorar:
saben que Hamlet y Lear son alegres
y su alegría transfigura tanto espanto.
Todos los hombres aspiraron, hallaron y perdieron.
Apagón total. Dentro de la cabeza arde el cielo.
La tragedia elaborada hasta su extremo;
y aunque Hamlet divague, Lear se enfurezca,
y sobre cien mil escenarios
las últimas escenas terminen a la vez
ni una pulgada ni un ápice ya no podrá crecer.

A pie llegaron, o embarcados,
a lomo de camellos, caballos, mulas y asnos,
viejas civilizaciones a la espada sometidas.
Más tarde, ellas y su saber fueron al tormento.
No ha perdurado ninguna labor de Calímaco,
que manipulaba el mármol como si fuera bronce
y hacía cortinados que parecían elevarse
cuando el viento marino barría los rincones.
Su larga lámpara formada como el tallo
de una esbelta palmera sólo duró un día;
todas las cosas caen y otra vez se construyen,
y quienes las rehacen conocen la alegría.
Dos chinos, seguidos por un tercero,
en lapislázuli están tallados.
Sobre ellos un ave zancuda vuela,
símbolo de longevidad;
el tercero, un sirviente, sin duda,
lleva un instrumento musical.

Cada decoloración de la piedra,
cada grieta o melladura accidental
parece un torrente o un alud,
o elevada ladera donde aún nieva,
aunque sin duda una rama de ciruelo o cerezo
endulzan la casita a medio camino
hacia donde suben esos chinos,
y me complace imaginarlos allí sentados,
sobre la montaña y ese cielo,
sobre la trágica escena que contemplan.
Uno pide melodías lastimeras;
hábiles dedos comienzan la melodía.
Sus ojos entre muchas arrugas, sus ojos,
esos ojos vetustos brillan de alegría.

1933


La deserción de los animales del circo

I
 
Buscaba un tema y lo buscaba en vano.
Lo busqué a diario, unas seis semanas o algo así.
Quizás al final, al no ser sino un hombre quebrado,
debo conformarme con mi corazón, si bien
invierno y verano, hasta que la vejez comenzó,
todos los animales de mi circo estaban en la función;
aquellos muchachos en zancos, esa carroza bruñida,
león y mujer y qué más sabe Dios.

II
 
¿Qué puedo sino enumerar viejos temas?
Primero aquel jinete del mar, Osin, de la nariz llevado
a través de tres islas encantadas, alegóricos sueños,
vana alegría, vana batalla, reposo vano.
Temas de un amargado corazón, o así parece,
que podrían adornar viejos cantos o cortesanas funciones;
mas, ¿qué importó si a cabalgar yo lo enviaba,
hambriento del pecho de su novia hada?

Y luego una contra-verdad llenó su drama.
La condesa Cathleen fue el nombre que le di;
ella, de piedad enloquecida, su alma había entregado,
pero el perentorio cielo intervino para salvarla.
Pensé que mi querida debía destruir su propia alma,
tanto el fanatismo y el odio la habían esclavizado.
Y esto engendró un sueño y muy pronto
dicho sueño tuvo todos mis pensamientos y mi amor.

Y cuando el hombre necio y ciego robó el pan
Cuchulain luchó contra el mar ingobernable;
misterios del corazón ahí; pero, cuando todo se ha dicho
ese mismo sueño me encantó:
personaje aislado en una proeza
para absorber el presente y dominar la memoria.
Los actores y la escena pintada mi amor se llevaron
y no esas cosas que ellos simbolizaban.

III
 
Esas poderosas imágenes por ser completas
crecieron en la mente pura, pero ¿dónde comenzaron?
Un montón de basura o desperdicios de una calle,
viejas teteras, botellas viejas y una lata rota,
hierro viejo, huesos viejos, trapos viejos y esa bruja loca
que maneja la caja. Ahora que mi escalera se ha ido,
debo acostarme donde todas las escaleras empiezan,
en la sucia compraventa de trapos y huesos del corazón.

De: Últimos poemas. 1936-1939

Adelanto de la antología bilingüe seleccionada y traducida por Delia Pasini para la Editorial Losada, Buenos Aires, 2010.



miércoles, 4 de agosto de 2010

Padraic Pearse: Yo soy Irlanda.








Versión Esteban Moore













Yo soy Irlanda:
Soy más vieja que la anciana de Beare.

Grande es mi gloria:
Yo fui quién parió a Cuchulainn el valiente.

Grande es mi vergüenza:
Mis propios hijos vendieron a su madre.

Yo soy Irlanda:
Estoy más sola que la anciana de Beare.







Padraic Pearse (1879-1916)
Patriota irlandés que participó durante la Rebelión de 1916 en la ocupación del edificio
de correos de Dublín; cuando la misma fue sofocada fue fusilado por los británicos.

sábado, 31 de julio de 2010

Paul Muldoon, poema.














Versión Esteban Moore.






Puerco espín


El caracol se mueve como una
embarcación aerodeslizable, sostenido
por el gomoso colchón de si mismo,
compartiendo su secreto


con el puerco espín, el que a nadie
habrá de contarle su secreto.
Nosotros decimos, puerco espín, salí
de vos mismo y nosotros te amaremos.

No te haremos ningún daño.
Sólo deseamos escuchar aquello
que tengas que decir. Queremos
que respondas a nuestras preguntas.

El puerco espín nada comparte, se encierra
en sí mismo. Nosotros nos preguntamos
qué es aquello que se obstina en ocultar.
¿Cuál será el motivo de tanta desconfianza?

Nosotros olvidamos al dios
bajo esta corona de espinas.
Nosotros olvidamos que nunca jamás
algún dios confiará nuevamente en este mundo.


Paul Muldoon (Portadown, Irlanda del Norte, 1951). Ha dado a conocer unos 30 volúmenes de poesía. Fue distinguido con los premios Pulitzer (EEUU) y el Premio T.S. Eliot (Reino Unido-República de Irlanda). Entre1999-2004, ocupó la cátedra de poesía de la Universidad de Oxford, actualmente enseña en la Universidad de Princeton donde asimismo preside el Lewis Center for the Arts.

viernes, 25 de junio de 2010

John F. Deane, Lejano País












versión Esteban Moore








Lejano país




1.


Nos contó — a Pushkin, Tolstoi, Gogol;
fuimos tártaros y cosacos, yo: Taras Bulba

al frente de hordas de guerreros con enormes bigotes
cabalgando las planicies, desaguaderos y montículos,
mis pantalones cortos, anchos como el mar Negro.

Bunnacurry la Ucrania
el río Stoney el Dnieper.


2.


Yo observaba sus pasos sobre el piso de mosaicos de la cocina,
las manos en los bolsillos, mirando hacia abajo;
él estaba atravesando las estepas de su imaginación,

su país albo, la inmensidad de las blancas tierras,
praderas brillantes, salones de baile, los siervos,
el poeta, batiéndose a duelo, al amanecer,

de pie bajo la red de sombra de las hojas,
la vela de sebo en su candelabro de cobre
trágicamente apagada.

3.


Durante años desempeñó sus tareas en una mesa rústica
cubierta de expedientes y documentos
mientras gentes acosadas, de manos encallecidas, ancianos,
acudían a él con formularios;

algunas veces sostenía una barra de lacre a la llama del fósforo
y observaba como caía pesada la gran gota de sangre.
Sus ojos glaseados por el polvo,
las largas piernas recogidas.


4.


Juntos descendimos sobre el asfalto de la pista,
él guardaba silencio, suplicante,

al fin en casa, llegar, apoyar la punta del pie, sostenerse
como Dédalo después de su aventurado vuelo;

anciano ahora, y lento, él trasponía
las corredizas puertas de vidrio de sus sueños,

sufriendo en los largos pasillos de la aduana la demora en el control de los pasaportes,

las preguntas acerca de las divisas, las pruebas de su identidad,
de que él era realmente quien pensaba que era y no otro.


5.


De día fuimos turistas, en un ómnibus para turistas,
observamos las glorias mecánicas de la Revolución.
Durante horas hicimos cola para poder ver al santo,
arrastrando despacio nuestros pies, como convictos,
rodeados por la formación de guardias armados;

descendimos, fuera de los alcances del sol, a una cripta,
donde yace Lenín, conservado, bajo el cristal, sus planes
para la reconstrucción del mundo congelados en su cabeza;
la habitación de un hombre muerto


pero no podrás tocar sus manos enlazadas
o colocar tus labios sobre la frente de alabastro.
Mi padre guardaba silencio, implorando; durante la noche
dio vueltas en la cama, escuche el ruido, emitió pequeños,
dolorosos, lamentos animales.


6.


Finalmente al amanecer en el aeropuerto
lo vi sentado, radiante,

bajo las iluminadas arañas de las palabras rusas
conversando con un viejo funcionario en su escritorio

que dejaba caer la sangre del lacre sobre formularios amarillos;
hablaron del tiempo, el tránsito, la nieve,

de Pushkin, Tolstoy, Gogol
de los palacios de verano y de invierno

que aún se mantienen erectos
y brillan como tortas de cumpleaños en su país albo.