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martes, 11 de octubre de 2016

Horacio Verzi: Y sé que vienen por mí


Horacio Verzi












Y sé que vienen por mí, que me lo hacen saber cada mañana, me avisan que vendrán más tarde, pero no mucho más tarde. Los cuervos. Pájaro o demonio, desde jovencita me inculcaron que ha sido asociado al “tentador” o a la muerte o se le ha visto como el encargado de llevar las almas al más allá, las lleva con todas las cosas que puede tener el alma, sufrimientos, tristezas, sueños, y un alma que no puede escapar a los sufrimientos, a la tristeza ni a los sueños es un alma condenada, y por lo tanto, deduje ya en aquellos años, necesariamente debe conducir aquellas almas que van a los infiernos. También cuentan confusas leyendas que si un alma tiene la posibilidad de retornar al mundo de los vivos, como lo hicieron Sísifo y Orfeo y Dionisos y Heracles y Odiseo, solo puede hacerlo si la conduce un cuervo, de lo contrario vagará en un cielo sin color, peor que el limbo, sin color el alma y sin color el cielo, y por lo tanto será la nada misma. Pero si mal no recuerdo ni Sísifo ni Orfeo ni Dionisos ni Heracles ni Odiseo fueron guiados por un cuervo de regreso al mundo de los vivos. Recuerdo, en cambio vivamente, que el domingo pasado, sobre el cielo del Vaticano unos cuervos atacaron a dos palomas que el Papa soltó como gesto esperanzador a su nuevo llamado a la paz en el mundo. Miles de fieles, atónitos, vieron a los dos cuervos que cayeron como rayos sobre las palomas, que se defendieron a duras penas y se alejaron más allá de la cúpula y de las que no se pudo saber el destino que corrieron. Los más optimistas quisieron creer que se salvaron, otros, quizá los resentidos y pesimistas, que no salieron bien paradas. Lo recuerdo no porque estuviera en la plaza, sino porque lo vi en la televisión y me pregunto si esos que veo no serán los mismos. Podrían serlo, pero al ver la manera en que la pareja da los saltitos, dados con prudencia, no me parece que sean portadores de malos augurios, todo lo contrario, aunque siento que vienen por mí. También recuerdo que fue considerado como el ave que entregó el conocimiento al hombre, y que por lo tanto es portador de ingenio, inteligencia y sabiduría, salvo que el conocimiento conlleve en su esencia el mal augurio. Forzosamente, es lógico, tengo que recordar que es el primer pájaro que se nombra en la Biblia, el que soltó Noé para saber si las aguas habían bajado, y también recuerdo que los cuervos llevaron carne y pan a Elías mientras estuvo escondido al este del Jordán, y que Jesús los pone como ejemplo “porque el alma vale más que el alimento, y el cuerpo que la ropa”, y les dice a gentes cubiertas de polvo y tierra y encallecidas que se fijen en los cuervos, “que ni siembran ni siegan, y no tienen bodega ni granero, y sin embargo Dios los alimenta”. Y si aparecen en la Biblia y si Jesús entendió que el cotejo con el cuervo advierte el peso de la providencia, Jesús también me habló a mí, me habló entonces, me habla hoy y no sé cómo ni cuándo, pero me seguirá hablando. Pero sé que vienen por mí.

lunes, 8 de septiembre de 2014

FERNANDO DENIS: LA ALUCINACIÓN DE ANTUÁN









Mucho se ha sabido sobre el poder mágico que tienen las palabras, sobre su efecto embrujador, sobre su soledad delirante y embriagadora, sus nahuales y chaneques manchados de bosques, de irritante asombro antiguo. Las palabras tienen para siempre un poder de inagotable belleza, de cóncava seducción,  y más allá de quién las retiene, o juega con ellas, o las escribe,  más allá del comportamiento de las palabras, el lenguaje las deja en las manos de aquellos que algunas veces no saben que ellas labrarán su destino: la soñada felicidad, aunque sea de manera efímera.  O también su maldición. 
     Antuán es la memoria alucinante de unas palabras cuyo eco recogieron algunos fantasmas de México. Desde la primera línea, esta novela delira en un fantasmagórico derroche de poesía y de soberbia lucidez. Más que una novela,  es el mágico poema épico de una secta, de una legión de amigos en torno al escritor francés Antonin Artaud.  Esas voces arrancadas a la piedra, encontradas en algún recodo del camino  al bosque natal, oídas en un sueño soñado en cualquier jardín de Oaxaca tras la noche del mezcal ardiente y el gusano, son el testimonio de una época, de un paisaje que creció con el culto a las grandes metáforas del inconsciente colectivo.   Cabada Ramos pluraliza la conciencia de un paisaje, sus vocablos, sus símbolos, sus muertos. Y narra el inenarrable destino mexicano de un hombre que hizo de su vida un teatro, una suerte de dramática lectura de su trasegar, de la imborrable herida de sus sentidos. Antonin  Artaud era un artista soberbio, envenenado, explosivo, irresponsable, maldito, genial. Decía: “El artista tiene un deber social que es dar salida a las angustias de su época”.  Su lenguaje solo sirvió para apaciguar su caída, su somera  incursión a infiernos personales, a ese múltiple, cosmogónico viaje interior del cual un día ya no podría volver. Sus fantasmas le cobraron un precio muy alto y lo pagó. El México de Rulfo lo recibió, le entregó algunos secretos.  Artaud escribiría después: “Nadie ha pensado hasta ahora en manifestar las fuerzas escondidas del alma de México, en enumerarlas, en reunirlas metódicamente”.  Su obstinada obra plantea  el gran vacío de su siglo, las muchas carencias que tenía, los agotadores  síntomas  de desarraigo espiritual, ese malestar contante que lo empujaba hacia el abismo, a la insondable búsqueda del papel y el lápiz, de los colores, de las tintas, del ácido de los grabados, de las tablas del escenario que confundió algunas veces con las luces del manicomio. Luchaba consigo mismo, con ese otro ser extraño que lo habitaba. 
        Antuán es un viaje alucinante a varias voces, un fresco narrativo  cargado de misterio y soledad, vestido con una prosa visual, enervante,  que parece ir tejiéndose en las hilanderas de  un sueño, destejiéndose en la acendrada voluntad de una interminable oscuridad mexicana. La palabra que entró por el puerto de Veracruz  se convertirá en una experiencia imborrable para las letras, no se borrará aquel que venía de Francia con una inteligencia  proverbialmente sensible a la crueldad, llena de matices,  saturada de una belleza perturbadora,  una belleza hechizada por el tiempo  y  a ratos trasnochada por una espantosa inteligencia. Entre claroscuros, sentimos los pasos que se pierden detrás de esa palabra efímera que promete el infinito. Percibimos  las confidencias, las retahílas, los desahogos de algún alma que todavía deambula por el sur; vislumbramos a lo lejos, tras la neblina de un cigarrillo encendido, el traqueteo luminoso de un tren donde nunca ha viajado una persona de verdad, sólo viajan palabras, recuerdos, los gestos de una máscara que recitaba poemas en las tumbas de Pere Lachaise. Lentamente nos volveremos cómplices de una gama de sensaciones que se convertirán en un clima, en una tempestad. Como si los alucinógenos de Artaud, sus chamánicas elucubraciones, sus espejos rotos  lograran alcanzar la conciencia histriónica del lenguaje,  los delirios de una lengua enferma, dopada, enervante, atiborrada de peyote, de hospitales.  André Bretón le dijo a Octavio Paz al oído, refiriéndose a Artaud: “Me conmueven el hombre y el poeta. Por ejemplo, su libro En el país de los tarahumaras es admirable pero me conturba su testimonio: ¿dónde termina la visión del poeta y comienzan las visiones deleznables de la droga?” 
     Si yo quisiera explicar esta novela de Cabada Ramos utilizando viejas metáforas, escogería las primeras palabras del texto “El uso y la contemplación” de su paisano Octavio Paz: “Bien plantada. No caída de arriba: surgida de abajo. Ocre, color miel quemada. Color de sol enterrado hace mil años y ayer desenterrado. Frescas rayas verdes y anaranjadas cruzan su cuerpo todavía caliente. Círculos, grecas: ¿restos de un alfabeto dispersado?”
      Abruptamente, de manera insidiosa, irreverente,  Antuán  se tomará por asalto a futuras generaciones de lectores.


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José Luis Cabada Ramos
  
   

jueves, 5 de diciembre de 2013

Novedad Editorial: Alejandra Mendé.













Melani Krämer – escultora: Julián llega a su casa en Avellaneda.
Lo hizo entrar hasta el jardín y le ofreció sentarse en un banco. “Enseguida estoy 
con vos ”, le dijo.
Entre tanto, Julián, observó los objetos exteriores. La mesa de cemento en la galería sostenida en una base del mismo material que parecía el tronco de un árbol gris, de hojas grises, y de eventuales flores grises.
- Preparo un termo de café y vamos al fondo, al taller – Le dijo
Hidalgo, caminó entre las sombras y los pliegues erráticos del jardín desconocido, hasta toparse con una montaña de restos de estatuas: brazos, dedos, piernas, cabezas, talones, pantorrillas, pelvis, ombligos, palmas, cuellos, pechos, torsos..., un montón de mutilaciones esculpidas. La falla mordiendo la estética y el hombre, buscando su signo en el vacío.
(Fragmento)





Alejandra Mendé Buenos Aires (1956) De 1997 a 2002 dirigió La Juntaluz, letra y arte, publicación cultural independiente. Fue miembro del consejo de redacción de OMERO poesía. Publicó ensayos literarios en diferentes medios. En 1997, en colaboración con Jorge Rivelli publicó Hebra Mojada (plaqueta ediciones rebus, colección cuadro conjetural ) y la obra de teatro Cuadro Conjetural. En 2001 publicó Laberinto Poético.
En la actualidad  coordina web de talleres literarios, de la Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares: literatierra. En 2007 Fue Jurado del Concurso Latinoamericano de Bibliotecología Fernando Baez.
Conferencias: III Bienal Nacional de Literatura Ramón Palomares, Trujillo. Charlas en la Feria del Libro, homenaje al periodista y cronista Leopoldo Villalobos,  Bolívar. Feria del Libro de Maturín, Venezuela. Publicó «letras cardinales» OMERO libros (2012) y «la obra del señor joyce»plaqueta OMERO libros (2013).

sábado, 9 de noviembre de 2013

Fernando Denis: Flor de Loto Historias desde Asia, de Juan Alfredo Pinto Saavedra.









 
 REGAR LA FLOR DE LOTO
                                                                          

Un libro que siempre he tenido de cabecera, Un bárbaro en Asia, de Henri Michaux, en la impecable traducción  castellana de Jorge Luis Borges, comienza así: “En la India nada para ver, todo que interpretar”.
     La India, uno de los territorios más poblados del globo,  es un país de misterios y de símbolos, donde la religión es una arte poética del espíritu. Una poética impresionante  donde confluyen las creencias,  las artes, su antigua arquitectura que parece moldeaba con palabras, y las costumbres de millones de indios que fluyen por sus calles como un río, como el Ganges que los baña. Para el latinoamericano es una suerte de hechizo entrar en esa fábula milenaria, en su música interior, en su magia que gravita en el aire que llega desde el incienso de los templos, desde sus intrincadas calles donde Gandhi camina todo el día,  donde vacas y elefantes confluyen entre automóviles por las grandes avenidas hacia todas partes, quizá hacia la mañana invisible donde aguardar la señal divina.    Más antigua que su historia, la India es un paraíso interior, sagrado, que marcha desde las orillas hacia la búsqueda de la esencia y deja de lado la contaminación del mundo exterior, que le es accesorio como un adorno. Por eso es el país espiritual. Sólo el espíritu puede reclamar la belleza del mundo, lo demás  incomoda. Laboriosos espíritus como el de Kipling o el de Tagoré, ambos premiados con el Nobel de Literatura, dan testimonio  de la vasta  universalidad  de un lenguaje poderoso, y acaso único en sus dimensiones, ambos provenientes  de la tierra como una semilla,  del núcleo de sus raíces, amparados en el color de la naturaleza, esperando su dictado, la tinta de sus paisajes, embriagados de la fe ancestral de su sangre primitiva.
       Flor de Loto  Historias desde Asia, de Juan Alfredo Pinto Saavedra, que aparece ahora en su versión inglesa (Stories of the Lotus), editado por Sahitya Acakademi, la academia de letras de la India, en una impecable traducción de Minni Sawhney (una linda intelectual de las lenguas, quien fue mi guía y leía con dicción indi mis poemas en inglés mientras buscábamos la sombra de Kipling en los callejones de Calcuta), es un fresco  narrativo que conjuga con pasión y lucidez la azarosa epopeya de un sueño latinoamericano en el continente asiático. Al igual que Michaux narrando su  bárbaro, su poético, su místico peregrinaje, Pinto traza con sutileza las costumbres y los credos de una región sobrecogedoramente extraña, plasma con delicado pulso las circunstancias de unos personajes que sufren el desarraigo social en ese continente ajeno, y se ven involuntariamente sometidos a las situaciones más diversas, algunas enfáticamente bellas como también dramáticas. A través una prosa franca y directa, como nos enseñara Hemingway,  y de una insospechada belleza de imágenes, el lector se adentra  en un portentoso crisol de aventuras digno de la mejor  tradición india, donde somos llevados subrepticiamente por los rincones más espeluznantes, también por otros de despiadado exotismo, acechado por el asombro de ese universo variopinto que a unas veces parece un sueño y otra veces no. Hay personajes inolvidables como Fiorella, tan hermosa como  la inolvidable Remedios de Gabriel García Márquez;  o Susana, la musa central de “Majira”, capaz de enfermar de belleza ante un color. “Majira”,  el primer relato que leí del libro,  abunda en prodigios desde las primeras líneas: “Había superado todas las enfermedades desde la infancia, excepto una, la adicción al color azul”.  Susana, la  ebria de esplendor, la que busca su destino entre los colores,  cuando entra al bazar de Samarcanda, uno de los  mercados más fabulosos del mundo, no parece que fuera a comprar algo sino que se internara entre los vendedores y las colmenas en busca de la sombra  de Tamerlán el Grande para pintarlo, para hacerlo suyo como todo lo que observa de manera fundamental; inmediatamente me veo obligado a recordar el amoroso verso de Borges: ·”Yo, el rojo Tamerlán, tuve en mi abrazo a la blanca Zenrócate de Egipto, casta como la nieve de las cumbres”.
      Una cadenciosa noche nos pusimos de acuerdo con Juan Alfredo Pinto  para ir a cenar a un bonito restaurante del Park Way de Bogotá. Esa misma noche abrió la carpeta anillada con su libro, que ya estaba en imprenta, y me dijo que leyera “Majira”, el relato por el cual tenía preferencia. Lo leí con mucho entusiasmo ignorando el bullicio de las mesas, y luego entendí  por qué  me lo hizo leer ahí mismo. La heroína del texto, Susana, una amiga suya que venía de Pamplona y estudió artes en la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá, tenía una percepción de la pintura, del color y su naturaleza fantasmagórica muy parecida a la que yo tengo cuando escribo mis poemas.  Me sentía bastante intimidado mientras me sumergía en los renglones de aquella prosa que fluía entre pinceles, sueños y dolores. Entonces supe que tenía el deber de ir a la India, el país donde  los colores encuentran su fundamento, donde palpitan la sombra y la luz de la historia del arte con un rigor casi metafísico. (Aquí me detengo, en esta línea, y miro al cielo, casi en la margen de la página como si estuviera en la orilla del rio sagrado, el Ganges).
        Octavio  Paz, poeta y ensayista mejicano que había encontrado su estética en el surrealismo, escribió un libro de ensayos,  enigmático y agudo,  Vislumbres de la India, también como resultado de su estadía en el país asiático. Cabe ahora citar una línea suya, un verso: “Un mundo nace cuando dos se besan “. Los dos que se besan pueden ser dos continentes, y esta es quizá la eclosión súbita que invadió poderosamente la sensibilidad del narrador de Flor de loto;  movido por la intuición, poseído  por su inquietante acerbo literario,  Juan Alfredo intenta de manera ensoñadora que dos continentes  se cortejen a través de la palabra, que el genio creativo logre que puedan fundirse. Al igual que Octavio Paz, Juan Alfredo también ejerce las labores diplomáticas de su país como embajador de la India,  y en ratos de soledad y ocio deja correr la tinta y describe el pavoroso asombro que ha ido embriagando su espíritu, lo perturba la belleza y sus cambios de ritmo y ha encontrado en la prosa un refugio encantador más allá de las escuelas literarias y de la academia.  Inquieto, merodea por las páginas de su libro como por una tienda de antigüedades, compra sueños en bruto, los pule y se los vende al que vive en una acera de la fábula, además les encima tesoros escondidos en el lenguaje, mitos esotéricos sobre el sexo y la música, y también cadenciosas imágenes escondidas en su mitología personal.  Sus personajes de alguna manera  me recuerdan a los de Marcel Schwob, quien también vivió poderosamente envenenado  de Oriente, de sus magias, su cultura lo envenenó, lo condeno a crear esas atmósferas espeluznantes y bellas, a reinventar la memoria de unos seres y a darles un verdadero destino para la literatura, seres que habitan los más intrincados laberintos del relato,  devotos de una pasión  o de una soledad que los empuja a ser testigos de su época bajo un trasfondo de hechizo, más allá de las palabras que los envuelven. 
       Estos relatos asiáticos que respiran el aroma de la flor que nace del barro y crece con la memoria de toda una civilización, son las “vidas imaginarias” de un presente histórico que envuelve la trasegada biografía del autor, es la versión del lector que escudriña en los pasos de una geografía que le ha sido otorgada, de un amanuense de los caminos, arrancada de diversos paisajes de Asia y que pertenecen a las reliquias de su memoria fatigada por los viajes. Pienso que  Kipling sería su lector más afortunado; o quizá a Jorge Luis Borges le hubiera arrancado una sonrisa antigua.  


Fernando Denis (CiénagaMagdalena, Colombia 1968). Ha escrito La criatura invisible en los crepúsculos de William Turner (1.997), considerado uno de los mejores libros publicados en Colombia durante el siglo XX, Ven a estas arenas amarillas (2004) y El vino rojo de las sílabas (2007). Su poesía ha comenzado a despertar interés dentro y fuera de su país, y su libro, La geometría del agua, publicado por Grupo Editorial Norma, presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires, y en Maguncia, Museo de papel, grabado y estampa de Argentina, se está traduciendo al inglés, al francés, al alemán, al ruso y al bengalí. Contemporáneos como William Ospina (Premio Rómulo Gallegos 2008), Juan Gustavo Cobo-Borda y José Ramón Ripoll coinciden en señalar que Fernando Denis es una de las voces actuales más originales en la poesía de América Latina. Se preocupa también por el paisaje exterior, como el que contienen las tonalidades de la naturaleza. Algunos de sus poemas se inspiran en las pinturas crepúsculares de William Turner. La cadencia y la sonoridad de sus poemas recrean imágenes, músicas y conceptos decimonónicos como el prerrafaelismo, corriente artística de la era victoriana que lo ha impresionado; en algunos poemas como los monólogos de sus personajes femeninos, las voces tienen mucha fuerza íntima. La embajada de Colombia en Delhi y la academia de letras de la India, Sahitia Akademy, editaron sus poemas en inglés y lo condecoraron como el poeta más representativo de su país y una voz literaria sobresaliente de las letras contemporáneas.










domingo, 22 de septiembre de 2013

Novedad Editorial: Carlos O. Antognazzi.










Carlos O. Antognazzi (Santa Fe, 1963). Ha publicado los libros Historias de hombres solos (Cuentos, 1983), Punto muerto (Cuentos, 1987), Ciudad (Novela,1988), El décimo círculo (Cuentos, 1991), Llanura azul (Novela,1992), Narradores santafesinos (Ensayo, 1994), Apuntes de literatura (Ensayos y entrevistas, 1995), Cinco historias (Nouvelles, 1996), Mare nostrum (Cuentos, 1997), Zig zag (Cuentos, 1997), Road movie (Cuentos, 1998), Inside (Poesías, 1998), Al sol (Cuentos, 2002), Arte mayor (Poesías, 2003), Los puertos grises (Novela, 2003), riverrun (Poesías, 2005), Señas mortales (Novela, Castalia, Madrid, 2005), Triplex (Nouvelles, 2008), Ahab (Poesías, 2009), Interludio (Cuentos, 2010), Leve aire (haikus, 2010), Las estaciones (Poesías, 2012), Sísifo (Cuentos, 2013). Obtuvo, entre otros, los premios «Alcides Greca» 1992 y 2007; XII Premio «Ciudad de Huelva» (España, 2003); VII Premio «Tiflos» Novela (España, 2004); «José Rafael López Rosas» 2009. En 2004 fue declarado «Ciudadano Santafesino Destacado» por el HCM de Santa Fe. Coordina Talleres literarios en Santa Fe y Santo Tomé.


martes, 8 de noviembre de 2011

Ignacio Fernández de Palleja: Horacio Verzi; El infinito es solo una forma de hablar.

Ediciones Yaugurú, 527 páginas, Montevideo, 2011.









Se podría comparar a la literatura uruguaya con un pueblo chico, de casas más bien bajas, donde todos se conocen, en el cual los límites se saben con bastante precisión. Está claro para todos quién anduvo con quién. Basta pararse en la esquina de la plaza para distinguir, tan claramente como el paisaje que rodea el poblado, todos los itinerarios, las formas de caminar o de andar a caballo. La memoria y el presente son la misma cosa. Ahora, ¿qué sería la novela de Verzi en esta geografía? La primera imagen que se viene a la mente es la de una pirámide, una que es absolutamente discrepante con el conjunto y dentro de cuyo interior anida misterios. En primer lugar por el tamaño, que ronda las quinientas páginas. En segundo lugar, por lo que se mira. En tercero, por la estructura narrativa. En cuarto, por la profundidad documental y conceptual, que la convierte en una novela de ideas. En quinto, o tal vez antes, por el ejercicio de la imaginación, que no olvida la racionalidad más extremada. En sexto, aunque conviene aclarar que los números son un recurso arbitrario, puede consignarse que se está en presencia de un libro que, combinando todo lo dicho anteriormente, le plantea al lector una serie de exigencias, que van desde lo sintáctico hasta lo filosófico.
La extensión deja de manifiesto, por contraste, la habitual brevedad de la narrativa uruguaya, confinada a la concisión o a la anemia por factores que seguramente trenzan lo comercial, lo secundario de la actividad literaria respecto a las obligaciones laborales, lo mínimo del propio territorio y su población o la creencia de que es así, las pocas páginas que piden los concursos que pagan y, por supuesto, la cobardía y la incapacidad, todo coadyuvando para generar una arquitectura achaparrada, una especie de liga amateur que se juega en canchas chicas. El hecho de escribir un texto maratónico es, por sí mismo todo un argumento, al que se le suma otro nada menor, que es la más absoluta divergencia temática respecto a la de los vecinos, ya que no existe ni una pizca de referencias locales. La ubicación geográfica más cercana es Petrópolis, en Brasil, y no se hace referencia a una sola de las discusiones bizantinas que se suelen gastar y reeditar por estas bandas. El eje que vertebra las historias está dado por la relación de Monique, una psiquiatra brasilera, con su paciente Eróthides, apodado Maluquinho, y los saltos en el tiempo y el espacio llevan a los últimos días de Giordano Bruno, a los tiempos del arrianismo, a la retirada después de la batalla de Cunaxa que consignara y en la que participara Jenofonte o a los días, no tan lejanos a estos últimos, en que se proyectaba la silueta de Alejandro Magno, todo sintetizándose en un palacete brasilero que recibe las visitas de Stefan Zweig en sus últimos días. En todos los casos, se encuentra profusión de datos históricos, detalles de las costumbres, análisis de las tácticas militares y, en general, un cuidado meticuloso a la hora de reconstruir la época que hace suponer una documentación apasionada y de largo aliento. Todos los detalles de la ubicación temporal confluyen hacia lo intemporal, hacia una disquisición ética, filosófica y hasta metafísica que constituye el ritmo respiratorio de lo enunciado. El edificio se construye a impulsos de una imaginación que arrasa las barreras de lo convencional y que se hace contundente tras los parapetos de un lenguaje sólido y consciente de sí mismo, uno que reconoce al metalenguaje  como una herramienta más para construirse.
Los personajes no están exentos de una construcción compleja y sus emociones no están descuidadas. Pero todos ellos, más que valer por sí mismos, laten al ritmo de lo esencialmente humano que atraviesa territorios, lenguas y coyunturas, para sublimarse en lo divino, lo infinito, sobre lo cual versa, como dice el título, todo el trabajo de este libro. Una vez instalado dentro del mundo de la novela, el lector recibe constantes zarpazos teológicos que seguramente han surgido de una prolongada acumulación de preguntas e intentos de respuestas por parte del demiurgo que mueve los hilos. Para quien esté firmemente atornillado a sus creencias, habrá incomodidad y cuestionamiento. El que busque respuestas, encontrará preguntas. Quien quiera facilidades, se encontrará en medio del desierto, caminando en repecho. Si se busca una mitología, se leerá mitografía.  Cuando se crea haber dado con símbolos herméticos que son el santo y seña de algunas comunidades, se encontrará el rostro de Jorge Luis Borges. No se le podrá dar una lectura unívoca a este libro. Probablemente no será objeto de excomunión, aunque es mucho más insidioso que algún gran vendedor internacional. Se ha publicado contra todo posible consejo comercial. Encontrará a algunos lectores que serán sus oasis y serán sacudidos por el sólido terremoto que insufla. Levantará el horizonte de lo posible o lo esperable en la literatura uruguaya, que es un pueblo donde inesperadamente brotó una pirámide.



Ignacio Fernández de Palleja (Treinta y Tres, Uruguay, 1978). Profesor de Español y Portugués. Colaboró con la revista “Iscariote” y sus textos breves fueron publicados en “La letra breve”  Actualmente, escribe reseñas  en el blog Club de Catadores. Administra  www.fernandezdepalleja.wordpress.com . En 2010, obtuvo una mención en el concurso de poesía de la Intendencia de Montevideo y el primer premio en un concurso de microcuentos. Permanece inédito y reside en Maldonado.

sábado, 22 de octubre de 2011

Elpidio Isla: Lanzamiento, Esas Mujeres de las que Hablo.











Isla apela al tono más potente y sugestivo de su narrativa, expuesto anteriormente en el libro de cuentos “Las lluvias cortas” y en las novelas “Mogambo”, “La ciudad de los sueños tristes” y “Floridablanca”. El autor, que vivió durante largo tiempo en Santa Cruz y es uno de los narradores más relevantes surgidos del sur del país, junto a Abeijón, Aracena y Angelino, ha creado una saga original y deslumbrante a partir de sus experiencias en la Patagonia.





Elpidio Isla (San Nicolás,  Buenos Aires, 1948). Escritor y periodista.  Ha publicado las novelas,  MOGAMBO (1988), LA CIUDAD DE LOS SUEÑOS TRISTES (1995) y el volumen de relatos LAS LLUVIAS CORTAS (1990). (Cuentos).
Textos suyos han sido incluidos en SUR DEL MUNDO, NARRADORES DE LA PATAGONIA (Ediciones El Patagónico 1992) y DE JULIO VERNE A OSVALDO BAYER: Los mejores relatos patagónicos (Ameghino Editora 1998), RELATOS PATAGÓNICOS: (Instituto Nacional de Fondos Cooperativos (1999) y RELATOS DE PATAGONIA: (Cántaro ediciones 2006).
 
Entre sus obras inéditas figuran: La mano del final (novela 1998); Y no es que un hombre no esté triste ( Novela 1999); Viaje conjetural de Simón de Alcazaba a la Tierra Leve (Novela 2000); El bar de las putas pobres (novela 2005); Un mar de penas (cuentos 2003) y Reciclados (novela 2007). Ha sido editado en diversas antologías nacionales e Internacionales.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Eugenia Prado: Objetos del silencio y otros textos.

Eugenia Prado


















 

Objetos del silencio
 (2007)
Mi adultez se construye desde una precaria lucha entre fuerzas antagónicas. Vivimos una infancia atrapada, cercados entre muros de habitaciones enormes, nuestra casa era una fortaleza sellada para el mundo. Despierto atrapado por deseos que desconozco, corro a encerrarme en el baño, con todo creciéndome entre las piernas, sin que nadie, ningún adulto lo advierta. Me quito el pijama, mis manos se deslizan por los muslos, el torso, los brazos, buscan estas manos hacia abajo muy cerca del ombligo recorren, incómodo tiemblo de aquello que pulsa y me agita por dentro, mi sexo palpita, reacciona, crece...

—el hermano menor—
Qué me haces que siento que me muero…
a mis nueve, tú tenías once, eras de los hermanos el mayor.
¿qué me haces, que siento que me muero? que me agoto y ya no puedo levantarme y la luz de la mañana me encandila y me pone tan triste, ¿qué me haces, cuando éramos tan niños? ¿por qué me duele ahora la idea que me sitúa como presa única de tus movimientos feroces?, ¿por qué me besas?, me besas tanto, ¿por qué lo haces con tanta insistencia? ¿por qué me tocas?, me chupas tanto, que casi me gusta cuando lo haces y la costumbre a tus hábitos me obliga a soñarte, te sueño en pesadillas con los ojos brillantes, repasando cada movimiento que me vulgariza de tu hostilidad, ahora de crecido entiendo lo que hacías, sé que poco a poco fuiste poniéndome todo esto en la cabeza, aún así te atreves a negarnos, niegas el placer del primer día, de nuestro primer día, y yo sin poder entender cómo podrías no privilegiar entre tus recuerdos el momento exacto de ese día, cuando tú y yo, atrapados frente al espejo, enceguecíamos bajo la fuerza de extrañas imágenes, pero todo cambió de un momento a otro y pude ver cómo te instalabas en mí con inesperada certeza, me revelaste el secreto de la verdadera fuerza, ese primer día, tú y yo nacíamos para la vida, descubriendo sueños que revolotearon en nuestras cabezas, sueños de cuerpos conmovidos, anticipando los deseos que dibujarían el cómo iría dándose todo entre nosotros, pronto nos amamos sin escape, confundidos y desnudos, repletos y cercados, nuestros cuerpos crecieron, mas uno siempre escapaba indistintamente bajo el consentimiento de una suerte de misterio, como si los ángeles del cielo hubiesen advertido nuestro intenso amor en el acecho de las pupilas dilatadas del que escapa, el espacio de la infancia se hizo sofocante cuando apareció definitiva y rotunda la presencia de nuestra madre, nuestro inmenso amor, amparado bajo sus miradas.

Criaturas de Dios
Algo más crecidos, juegan los niños sus experimentos. Despierta el más pequeño sus excitados juegos, las nuevas formas, los descubrimientos. Amanecidos los graves apetitos el mayor tarda. Duerme. Traspasar distancias. Desde lejos. Gruñidas sus doloridas ganas, su furia avanza. Entonces, empujar las ropas y salir furioso. Cama abajo y desgreñado. Enloquece. Muy noche, un cachorro corre y con apenas verlo se revuelca. Salta. Ladra, sus esforzados pelos, sus maliciosas ganas. Correr descalzo los sofisticados hábitos, cuando él, su furia empuja, patea y jala. Tiembla su placer largo, lento, y le pide sus perdones. Entonces, las estimulantes cercanías, los gemidos sordos, cuando excitados muerden, corren y hasta se revuelcan. Agitadas las orejas el cachorro amansa sus ladridos. Abiertas sus patas se resfriega y le pide sus caricias. Desatados los movimientos disfrutan a tirones. Entrecortadas risas, y otra vez el animal gimiéndole de vuelta. Las esparcidas ganas. Su fina raza. Agitado el amo de gemir sus babas. Se moja. Lame los enmarañados pelos avanzados de experiencias. Al escuchar los gritos el mayor despierta. Sale. Se arrima. Morder felices. Suavemente revolcarse de juegos encendidos y de olores sofocantes. Perturbados crecen. Contagiados de gritos y gemidos el animal muerde, lame, sus manchados cuerpos.

“Hembros”
Novela Instalación, Enero 2004

—tercera escena—
Nada creo hoy. Nada en este día. Purificación. Depuración. Miércoles Blanco. Serapis Bey arcángel de mi felicidad, —dicen— y ellos dicen, que el blanco existe y también Gabriel Ángel de la guarda, que me guarda de mi padre, que no cree que el blanco existe y que no sabe que yo no creo, y que odio, que odio tanto cuando me subyuga, cuando me somete. Mi padre golpea. Golpea sobre la madre que miente. Golpea con palabras sobre las hijas, cuando dice que la madre miente, que las mujeres mienten. —¡Todas ustedes mienten!— Los niños juegan y aprenden grabando y se mienten de todos estos mensajes la cabeza. Nada creo hoy. Nada en este día. Odio a mi padre y sus desordenados niños, de ideas grabadas con el fuego de los grandes y de todas sus instituciones. Purificación. Depuración. Miércoles Blanco. Serapis Bey Arcángel de mi felicidad.

—final—
Somos cuerpos estallados, atravesados por infinidad de flujos que nos pulsan y nos impulsan, tensionados y torcidos. Próximos desde corrientes opuestas, atraídos todos nuestros sexos entre laberintos sudorosos. Cuerpos que se rozan, hermosos, delineados y excedidos, elaborados en gimnasios, descarados y promiscuos, entre las ropas y el strech, agitados se aprietan, carnes saboreando los atributos de la cultura física y la belleza. Mecidos con otros y para otros, los cuerpos entre juegos prohibidos. Como dioses hermosos del olimpo, seducidos al compás de una música nada convencional en el consumo de precipitados hombres que se frotan. La sexualidad, es ahora nuestra mejor oferta, un asunto de los flujos ¿desde dónde éstos flujos estarían codificados? ¿desde dónde cortados contra fondos de cultura y de máquinas? Actuamos las pulsiones de esos flujos, recortados sobre fondos móviles, cambiantes, acechantes, amenazados, codificados y a la contraluz. Atrapados en reiteradas cadenas de sentidos idénticas e insignificantes, como imágenes inmutables, significaciones de este mundo de posibles, entre roles móviles, categorizándolo todo. Nadie está a salvo en estas estructuras. Otros mirarán con un único ojo, prediciendo los peligros, simularán sus cuentas regresivas, nos prepararán como sus elegidos y aceptaríamos si así pudiésemos sentirnos mejor, elegidos desde centros aparecidos de la nada para una consecuente desprogramación. Pero nada de esto hubiese sido posible, caen despedazados los muñecos, rostros desfigurados, totalmente desfigurados, recibimos esas señales. Un insecto se revuelca cerca de ojos enrojecidos. Pelos estirados como agujas, bordean famélicos pómulos. No hay razón más que la de avanzar cuando reconoces las imágenes impuestas e inmediatas, cuando tu rostro reluce estático, y el brillo impecable en tus dientes blancos, tan blancos. Musa incierta, hermoso hermafrodítico feroz, símbolo ad hoc para nuestra kitch age, respondiendo a las impuestas representaciones de paisajes familiares, imaginerías de padre y madre, fijaciones, regresiones, sublimándolo todo, hacia el inquietante vacío que nadie posee. Animando luchas miserables, ausencias, exclusiones recíprocas, los flujos se agotan, secados por el odio. Extrañas y dulces vibraciones inconscientes nos avanzan, hasta dar con otras finas y sutiles vibraciones.



Eugenia Prado (Santiago de Chile, 1962). Narradora, dramaturga.Ha dado a conocer en novela: El cofre (1987), Cierta femenina oscuridad (1996), Lóbulo (1998). En 2003 presenta Hembros: novela instalación, que se estrena en el Galpón Víctor Jara: Una instalación escénica plástica que propone la lectura del texto desde otros soportes, en que se exploran las interacción entre los oficios y las máquinas tecnológicas actuales. Luego, en el año 2005 estrena “Desórdenes Mentales”, obra de teatro dirigida por Alejandro Trejo. Su última novela “Objetos del silencio”, del año 2007 trabaja con secretos sexuales de infancia, tema poco explorado, en que sus personajes, víctimas y cómplices se instalan como resistencia contra el horror de volver a enmudecer.