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martes, 28 de enero de 2014

Samuel Vásquez: RAQUEL, HISTORIA DE UN GRITO SILENCIOSO.






 


El día en que decido escribir sobre Raquel, la pieza de teatro de Samuel Vásquez, tropiezo con la huella de nuestra desgracia cotidiana. Llevo el libro en la mano. Es liviano. Casi un opúsculo frágil. Pero es tanto el peso del drama de Raquel que se siente uno como un atlas cuya carga es invisible. Desciendo en la estación Parque de Berrío. Voy a las librerías del sector tras libros o revistas que me ayuden a delinear mejor las palabras de este texto. Hay un diálogo en Raquel que recuerdo cuando atravieso el parque: "-¿No oyes nada? -No. -Algo está pasando. -Sí, algo pasa. -Hay que actuar. -Sí. Hay que hacer algo." Entonces los veo. Construyen una especie de cerco que cualquier brazo fuerte desintegraría sin mayor problema. Me detengo para saber este silencioso mitin por qué protesta. Son todos ellos, o ellas más bien, personas mayores, ancianas para mejor decirlo. Sostienen fotografías de secuestrados y desaparecidos. Son sus esposos, sus hijas, sus hermanos, sus nietas, sus primos, sus amigas. ¿Dónde están?, pregunta esa escueta muchedumbre de muchos años. Devuélvanoslos, los queremos en casa, con nosotros, siguen diciendo. Y no gritan. No tienen altoparlantes. Y son demasiado viejos como para que sus voces se escuchen más allá del atrio donde están. Es una manifestación lábil. Pero la impresión es falsa. Hay algo en las miradas, en sus dolientes frases de murmullo que podría resistir la más fuerte represión, los alegatos más ruidosos o la indiferencia y el silencio más desalentador. Están ahí, al frente de la iglesia de La candelaria. Acaso porque es el sitio más central de Medellín. O porque Dios podría escucharlos mejor que las instituciones democráticas. Protestan cada semana. Piden que la pesadilla de ellos y de Colombia cese. Que la esperanza por fin llegue y su luz defina el rostro de Raquel y de todos los secuestrados y desaparecidos.


Raquel, historia de un grito silencioso no supera las 50 páginas. Es el relato conmovedor, y no la espectacular noticia, de un secuestro. Pero Raquel no está hecho de un discurso narrativo aunque haya en él unos eventos a los cuales el espectador asiste. Y no podría decir tampoco, con la débil confianza que esta expresión genera, que es una obra de teatro. Raquel es, por encima del andamiaje de las escenas con sus diálogos y monólogos, un poema. Su esencia se enraíza en la escritura poética. Los desgarramientos y los hallazgos íntimos de Raquel están forjados con esa sustancia imprecisa y vasta con que se hacen los sueños donde amor y odio, opresión y libertad, muerte y nacimiento se abrazan.
"Es difícil cantar entre los muertos", dice Vásquez en una de las entrevistas que se le han hecho. Pero acaso es más difícil hacerlo entre miles de secuestrados y desaparecidos que, en realidad, son muertos en vida. Por esto Raquel obedece a la más genuina necesidad del artista que intenta crear en tiempos oscuros. Raquel, que es una obra cimentada en el silencio, habla en un país donde lo esencial de su historia y sus dramas permanece callado.
La voz de Raquel es silenciosa. Es un grito interno. Un reclamo hecho desde el encierro. La dimensión de su protesta conduce a ese grito que persiste cada día y sale de todos los calabozos que podríamos señalar y de aquellos otros que la conciencia atormentada del escritor sitúa en cualquier coordenada física y espiritual de Colombia. Es un grito que, por su misma condición, remite al grito de Munch. Ese grito emblema de una época que apenas presentía el horror de  guerras que nosotros ya hemos bebido hasta la desolación y la impotencia. Raquel padece la agresión física. Padece otro martirio tal vez más atroz, el de saberse sola y completamente cercenada de su medio afectivo. Raquel es víctima de un conflicto político que le parece absurdo por el modo en que se manipula y sigue culminando en la intolerancia y en el uso de más violencia. Pero Raquel no sabe si será asesinada. No sabe si su familia pagará el dinero exigido. No sabe si tras su secuestro hay un engaño vil. Sospecha que su muerte no hará parte de ninguna causa honorable. Y que sus justicieros son resentidos muchachos, equívocos y opacos. Y, sin embargo, Raquel es capaz de decir en los instantes de más dolor: "La fe es una vieja leprosa que insiste en besarme".

La fe de Raquel evidentemente no es la patria. Para todos los secuestrados civiles que hay en Colombia, la patria es un sin sentido. Un campamento en el desierto, así define la patria un texto tibetano. La patria es la infancia siguen diciendo los viejos poetas. Ella habita, para Vásquez, la lengua. En "Calcado del silencio", una lúcida reflexión sobre el papel de la poesía en tiempos de guerra, Vásquez considera el castellano como el único sitio donde los colombianos no nos sentimos extranjeros. Una soberanía maravillosa, la lengua, dentro de un Estado criminal y una concepción de la nación que arrastramos como jirones vergonzosos desde que ella existe. Raquel, encerrada, reconoce en la palabra su mejor escudo. Ella es ese hogar que se edifica al borde de los abismos. Con ella Raquel se despoja de todos sus miedos para cubrirse de pronto con el velo de sus sueños.
"¿Mi palabra recobrará su voz algún día?", escribe Raquel al inicio de su diario. Y su última frase es: "He perdido mi sombra". Una pregunta que surge como esperanza. Una confirmación que mide la oscuridad donde habitan los secuestrados y la vigilia de quienes aún los esperan. Pero Raquel así pierda su sombra, ésta se engrandece con su palabra representada. El grito de Raquel es un resplandor de penumbra. Una dolorosa luminiscencia útil para quienes viven en geografías de horror.

Un teatro poético. Raquel lo es desde su puesta en escena, que está concebida como una pieza musical, hasta el diario de su protagonista cuyos fragmentos se nos leen. Un teatro poético. La expresión se convierte en un fantasma si quisiéramos rastrearla en el horizonte del teatro colombiano. Se podría decir, si separamos Los hampones de Jorge Gaitán Durán, que no existe entre nosotros. El nuestro ha sido, en su corta historia, un teatro adormecido por el costumbrismo, estremecido pero imaginativamente paralizado por los credos políticos de izquierda, caóticamente fragmentado por lo experimental. Un teatro, en fin, que ha ignorado uno de los principios poéticos sobre los que trabaja Samuel Vásquez: hacer un teatro que muestre lo invisible y haga posible su percepción.
Hacer poesía a partir de un acto insensato. La propuesta, sin duda, no es nueva. Es tan antigua como Homero, quien hace de la absurda guerra canto memorioso. Pero el logro de Raquel, por supuesto, no reside sólo en este rasgo. Su pálpito poético se presenta de manera dual. Por un lado penetra en un mundo donde todo está inmerso en el presagio, en la intuición, en el sueño, en el  temor, en la evocación; y, por otro, acude a un montaje en el que el director debe responder a las difíciles exigencias poéticas que supone la obra.
Acaso la principal sea la representación del silencio. Éste y no otro es el eje que sostiene a Raquel. Es la razón de ser de su atmósfera. Siete de sus escenas exigen del silencio toda su desnudez. Desde el inicio la obra, como experiencia leída y experiencia representada, se incrusta en el espectador desde esa otra cualidad del lenguaje que aquí realza la protesta y la acusación. Susan Sontag dice que entre las varias aplicaciones del silencio en el arte, existe la de ayudar al lenguaje para que logre su máxima integridad. Las palabras, los ambientes, los dramas se ponderan más cuando se entrometen en ellos largos silencios. En Raquel se sigue esta circunstancia señalada por Sontag: "A medida que disminuye el prestigio del lenguaje, aumenta el del silencio." Pero Vásquez también nos remite a Mallarmé. Como el poeta francés, piensa que es necesario que la poesía desbloquee con palabras una realidad atestada de ellas mediante la creación de silencios en torno a las cosas y a los hombres.
Por tal razón representar esta obra es tan difícil como tocar uno de esos movimientos lentos de Mozart, Schumann, Satie o Pärt donde es menester, para expresar toda la carga emotiva contenida en pocas notas, la mayor técnica posible. Pienso, por ejemplo, en la escena en que Raquel y plagiario se recelan. Pienso en esas cosas triviales que Raquel hace en la soledad de su encierro. Pienso en los diálogos minimalistas de los plagiarios: palabras de una sencillez aparentemente inofensiva, pero dueñas de una perplejidad que profundiza el drama no sólo de la secuestrada sino de quienes secuestran.
El de Raquel es un silencio que, al existir en escena, se palpa y se vuelve lacerante huésped del espectador. Raquel no sólo está a nuestro lado -en el auditorio es tomada por los plagiarios-, sino que puede ser cualquiera de nosotros. Somos nosotros quienes podemos vivir esa agria posibilidad de no saber, durante días, nada del cielo, nada de ese tiempo donde hay sol y luna. Raquel además habita, y tal es su logro más exasperante, la realidad del espectador desde una particular circunstancia: sugerir que el director del montaje es quien idea el secuestro. Un director que, por el juego del teatro mismo, espejo espantoso y magnánimo, puede ser también cualquiera de los espectadores.
Y es aquí en donde reside otro de los atributos de la obra. Mediante la intervención de actores y el director en escena, Raquel cumple un doble objetivo. Representa un secuestro y, al mismo tiempo, plantea una reflexión desgarradora sobre qué es hacer teatro en un país asediado por la locura de los hombres.

¿A qué quiere conducir Vásquez con este sagaz e incómodo artificio? Sin duda a que la pieza de teatro transcurre en escena y en el auditorio. A esa convicción estética de que el espectador debe ser el activo centro ineludible. Sin duda a que los desgarramientos, por accidentales que sean, son siempre de nuestra incumbencia. Sin duda a que el drama de los desaparecidos y secuestrados en Colombia es responsabilidad finalmente de todos nosotros.
Raquel no es una obra que se actúa para el silencio y el olvido, como cree uno de los plagiarios. Raquel sucede, se hace tiempo visible en la escena, para dar testimonio de algo irreversible que nos marca marcando así la historia. No es difícil concluir en qué consiste ese algo. Pero es el espectador quién habrá de definirlo en medio del estupor silencioso.

Raquel propone un doble silencio. Ese que hace del infortunio del otro una íntima realidad compartida por el espectador. Y no del todo secretamente, pero tampoco de manera escandalosa. Y está ese silencio ejemplar que a veces es necesario mantener cuando se pretende escribir sobre una de las grandes heridas que tajan a Colombia. En este sentido obras como Raquel apuntan a otra estética, a otro modo de observar, de nombrar lo que se llama periodísticamente la realidad nacional.
La presencia de Raquel es de una importancia suprema en la literatura colombiana. Frente a la fascinación espectacular que la violencia ejerce sobre nuestros actuales escritores, ante esa narrativa trivial en que se mezclan sicaresca y novela negra, al lado de esos planos personajes -el sicario, la miliciana, el paramilitar, el guerrillero, el mafioso, los altos mandos del ejército y la policia, los políticos, etc- que representan los males del país, Raquel airea y señala un camino. Y no sólo porque aquí se reclama la voz de la víctima, aquella que, como dice Claudio Magris, encarna la verdad pereciendo y desapareciendo de la historia, sino porque en la obra se plantea una problemática -la del secuestro- de un modo más complejo y más sugerente, más hondo y doloroso.

Pablo Montoya Campuzano


Samuel Vásquez

Samuel Vásquez: Poeta, dramaturgo, ensayista, músico y artista plástico.

Fue curador de la Bienal de Arte de Medellín, y Comisario de la Bienal de Pintura de Montevideo. Invitado a inaugurar el Museo de Arte Moderno de Cartagena con teatro, y el Museo de Arte Moderno de Medellín con pintura. Exposiciones en Colombia y el exterior en los años 60s y 70s. Incluido en la exposición Cincuenta Años de Pintura y Escultura en Antioquia, Suramericana de Seguros, Museo de Arte Moderno. Fundador y director del Taller de Artes de Medellín que congrega Teatro, Música y Artes Plásticas. Autor de seis obras de teatro, tres de ellas han sido puestas en escena en Venezuela, España y Cuba. Ha dirigido 17 obras de teatro. En 1992 le fue conferido el Premio Nacional de Dramaturgia por su obra EL SOL NEGRO, y una Beca Nacional de Creación del Ministerio de Cultura por su obra EL PLAGIO. Le fue otorgada Mención en el Concurso Internacional de dramaturgia Ciudad de Bogotá, por su obra RAQUEL, HISTORIA DE UN GRITO SILENCIOSO, producida por el Festival Iberoamericano de Bogotá, y editada por la Universidad de Antioquia. En 2005 le fue concedido el Premio de Ensayo Ciudad de Medellín, por su obra EL ABRAZO DE LA MIRADA. En 2007 le otorgaron Beca de Creación Ciudad de Medellín por su libro de ensayo PARA NO LLEGAR A ÍTACA. En 2010 le fue concedida la Beca de Poesía Ciudad de Medellín por su libro DIARIO DE LA ERRANCIA. En 2007 Museo de Antioquia le otorgó una distinción especial “por su labor para el desarrollo del Arte Contemporáneo en la Ciudad”. En 2011 la Universidad de Antioquia le concede el Premio Nacional de Cultura por Reconocimiento. La Revista Arcadia distingue su Antología de Poetas Colombianos “20 DEL XX” como el mejor libro de Poesía publicado en el Colombia en el año 2013.  Es Cofundador de la revista de poesía Prometeo y diseñador y coeditor de la misma durante algunos años. Miembro del Comité Organizador del Festival Internacional de Poesía, durante cinco años. Colaborador de Magazín Dominical (Bogotá), revista del CELCIT (Buenos Aires). Poemas y ensayos suyos han aparecido en libros y revistas de Colombia y el exterior, y fueron incluidos en las antologías de Poesía GOLPE DE DADOSVENGO A GOLPEAR A TU PUERTA,   MUESTRA ANTOLÓGICA DEL CONGRESO DE POESÍA EN LENGUA ESPAÑOLA, LA CASA SIN SOSIEGO,  BOCA QUE BUSCA LA BOCA, y Magazín Dominical -MEMORIA IMPRESA. Poemas suyos han sido traducidos al rumano, portugués, francés e inglés. Otras obras suyas: LAS PALABRAS SON PUENTES      QUE NOS SEPARAN (poesía); GESTOS PARA HABITAR EL SILENCIO (poesía); TÉCNICA MIXTA (teatro); EL BAR DE LA CALLE LUNA (teatro); NEGRET O LA IMAQUINACIÓN (ensayo); TRAZAS EN EL VIENTO (ensayo), MOORE, CHILLIDA, PICASSO (ensayo), LAS TAPIAS DE TÀPIES (ensayo), EL OLVIDO NOS DEFIENDE DE LA BELLEZA (testimonio), ECHAR LAS CARTAS (correspondencia), ERRATAS DE FE (ensayo), ANTONIO SAMUDIO (con Juan Manuel Roca – ensayo).

martes, 16 de octubre de 2012

Samuel Vásquez: Negret, Canto de Resistencia.




“Mariposa"(7 x 12 metros)
 Plaza de San Victorino, Bogotá, Colombia.





                                                                                        




Negret  ya cantó su canto.
Su voz es poderosa y su canción poesía.
No ha habido canto como éste que acrisole hondura y alegría en una misma voz.
En la fuente de su canto no abrevará la muerte.
Es este mismo brujo quien ha celebrado el sol para nosotros, y nos ha donado su luz que ilumina esta alba que no amanece, nuestro ya largo eclipse.
« ¿Qué arco iris es este negro arco iris que se levanta? »[i]
Ya creó sus trajes metálicos y el viento se dejó vestir, contento.
Ya soñó para nosotros, y nos dejó metales preciosos que no estaban antes en el mundo.
Ya nos regaló su magistral lección de independencia, elegancia y generosidad.
Hace unos años concluyó su obra, su obra que «necesitaría cien años más para decir lo que necesita decir».

 «Unos decían que era un loco. Otros decían que era un genio. Y yo era un escultor».[ii]

El silencio de sus manos me aturde.

Desde los años cincuenta del siglo pasado se activó un movimiento plástico que aceleró de manera notable el proceso del arte contemporáneo entre nosotros. Alejandro Obregón inició la pintura moderna en Colombia acogiendo como su temática esencial la geografía, la flora y la fauna de este país, mientras que Édgar Negret, entonces residente en New York, con sus “Magic Machines” (que debieron haberse traducido como “Máquinas Mágicas”) y sus “Kachinas”, cantando la estética y la magia de la máquina, fundaba la escultura contemporánea en Colombia y en América Latina, aspecto que no ha sido todavía estudiado, valorado y difundido en justa medida. Su no participación en los Salones Nacionales y exposiciones realizados en Bogotá durante sus años de New York, provocó que los comentaristas de la época no reseñasen la evolución de su obra durante esos años fundacionales, y no la ubicaran adecuadamente dentro del proceso del arte colombiano. Los historiadores recientes que homologan la Historia del Arte desempolvando periódicos, al no encontrarla allí reseñada, tampoco le dan el sitio que le corresponde por su anterioridad, su poética, su pertenencia, su significación y su influencia.

Su período de New York tan importante para la evolución de su arte, cuando adoptó el aluminio como soporte fundamental para sus obras, separándose de los materiales tradicionales usados hasta entonces en la escultura como la madera, la piedra, el bronce, el hierro, que usaban las técnicas de la talla, el modelado, el vaciado, la fundición, la fragua, la soldadura, mientras él creaba su obra cortando, doblando, curvando y amarrando con tuercas y tornillos, en un juego creativo bello y maravilloso. Imágenes de alta complejidad formal y constructiva donde la imaginación era loca, sostenidas con tuercas y tornillos con una exactitud de ingeniero y el detalle de un orfebre. Su período de New York tan importante para el arte latinoamericano, cuando junto con sus más cercanos amigos -Barnet Newmann, Louise Nevelson, Ellworth Kelly, Jack Youngermann-, realizaban su obra por fuera de los parámetros que el avasallante movimiento del Expresionismo Abstracto de Pollock y de Kooning imponía en ese momento, y que acaparaba toda la atención y despliegue de la prensa, de los dealers, críticos, funcionarios culturales y galerías. A pesar de ello Negret nunca se sintió tentado por adoptar para su obra los ismos de moda, y más bien se colocó del lado de una resistencia artística emparedada entre el Expresionismo Abstracto y el Pop Art en un momento, y entre el Expresionismo Abstracto y el Minimalismo un poco después. Resistencia artística que siguió practicando durante todo su ejercicio escultórico, y que es distintivo indiscutible del mejor arte colombiano y del mejor arte de América Latina. Sin embargo, a pesar de esa “marginalidad”, en las distintas exposiciones que hizo en New York siempre recibió críticas favorables hacia su obra. Críticas que tampoco han sido tenidas en cuentas por nuestros viejos y nuevos historiadores.

El gran fracaso de la crítica y la curaduría colombianas se evidencia en su incapacidad para ubicar en el contexto del arte latinoamericano a artistas colombianos fundamentales y significativos como Andrés de Santamaría (30 años anterior a Reverón), Édgar Negret (cuya llegada a New York es contemporánea de la llegada de Jesús Soto a París), o José Antonio Suárez.[iii] Críticos y curadores colombianos que nunca han sentido la necesidad de una reflexión profunda y sonriente que los lleve a la duda sobre unas normas estéticas y un lenguaje mimético que les han sido impuestos. Nunca han afrontado la urgencia de implementar un lenguaje que nombre otras realidades -ocultas o negadas-, porque ese lenguaje nominativo sería obligatoriamente poético, y ellos  desprecian la poesía a la que consideran un adorno innecesario.[iv] Es la arrogancia de los nuevos fundamentalistas de la academia de la vanguardia que para imponer su totalitarismo estético primero decretan la muerte de las vanguardias (ocultando su propia madriguera estética), de manera análoga como los neoliberales proclaman la muerte de las ideologías, para imponer globalmente su ideología retrógrada, neoliberal, de capitalismo salvaje.

El lenguaje de críticos y curadores post (que llegaron tarde al arte), entretenidos en demostrar que el ingenio de las variables es más importante que la aventura abisal de la creación, ofende. Su empeño en poner el divertimento al uso por encima del arte como epifanía que hace ver el encuentro ético entre autenticidad y belleza, insulta la inteligencia y la sensibilidad. No se han enterado de que ahora que la ética ha sido expulsada del Derecho y de la Economía, ha encontrado un hogar más cierto en la poesía y las artes. Críticos y curadores ocupados en probar que ponerle la C de Cocacola a la palabra Colombia es un acontecimiento fundamental del arte, más necesario y significativo que la obra de artistas como Édgar Negret, Carlos Rojas, Beatriz González, Óscar Muñoz, Doris Salcedo o José Antonio Suárez.

Pero ya los artistas han hablado. En cuántas y esclarecedoras conversaciones con Carlos Rojas me repetía la importancia de Negret en Latinoamérica y el  ejemplo e inspiración que siempre fueron para él su obra y su actitud. Ramírez-Villamizar decía en una entrevista al periódico El Tiempo (13 de octubre de 2002): «Cuando conocí a Negret, estaba enriquecido por esos dos años de experiencia con Oteiza, y todos esos conocimientos me los transmitió a mí, a su vez enriquecidos y elaborados por él. Ese encuentro fue importantísimo para mí y siempre lo consideré una de las cosas más maravillosas que me han pasado en la vida. Es el artista más original y más importante que ha existido en toda la historia del arte colombiano.» Jesús Soto y Sérgio de Camargo siempre reconocieron en Negret al gran plástico de Latinoamérica. El escultor vasco Jorge de Oteiza, uno de los más imaginativos teóricos del arte, ha dicho que «Negret es el más importante de los escultores en Latinoamérica y uno de los más grandes de la escultura contemporánea». Y críticos de afuera también han hablado: Juan Acha dice, «Sin lugar a dudas, Negret ha gestado una de las obras más importantes del arte Latinoamericano y de las más actuales y bellas de la escultura mundial»; Damián Bayón, «Edgar Negret es uno de los principales escultores de este tiempo. Que se trate de uno de los nuestros, no puede dejar de llenarnos de legítimo orgullo»; y Marta Traba, «es, no solamente el mejor escultor de Colombia, sino el mejor de América Latina y una de las grandes figuras de la escultura mundial». Y es que al revisar su obra y encontrar que entre sus navegantes, puentes, edificios, metamorfosis, vigilantes, escaleras, cascadas, Andes, quipus, máscaras, lunas y otras, hay más de treinta obras maestras, nos indica que, sin duda, estamos ante un artista genial. Le tememos a la palabra genial: el genio crea, el ingenio inventa. Negret no relata, no comenta, no describe, no grita, no exclama. Su obra no es derivativa, formal ni temáticamente. Negret nombra, es un creador, su escultura es inaugural: «poesía es un alma inaugurando una forma».[v] Suprime antecedentes y comparaciones y, a la vez, es un puente con la cultura occidental: «Cada arte al profundizarse se cierra en sí y se separa. Pero este arte se compara con las demás artes y la identidad de sus tendencias profundas la devuelve a la unidad».[vi] El mismo Chillida, después de hablar sobre sus Peines del Viento, sus Homenajes a la Tolerancia y su retiro obligado de la portería titular de la Real Sociedad por una lesión en la rodilla, me afirmaba, «el más importante e imaginativo escultor latinoamericano es Negret».
Así como reconocemos en Matta, Lam, Tamayo, Reverón y Torres-García los pilares de la pintura moderna en Latinoamérica, hay que señalar a Negret, Goeritz, Clark, Soto y Fonseca, como las piedras angulares de la escultura entre nosotros. Sin duda, Negret es para América Latina lo que Anthony Caro y Eduardo Chillida son para Europa. Y es precisamente un estudio comparado de la evolución de la escultura de Negret con sus contemporáneos europeos el que nos revela de manera nítida su vitalidad, significación y pertenencia:

-Primera escultura abstracta: Negret 1950, Chillida 1951, Caro 1960.
-Primera escultura en metal: Negret 1949, Chillida 1951, Caro 1960.
-Primera escultura policromada: Negret 1956, Caro 1960.
-Primera escultura sin pedestal, puesta directamente en el piso: Negret 1963, Caro 1960.
-Primera exposición individual: Negret 1943, Chillida 1954, Caro 1956.
-Premio de escultura en la Bienal de Venecia: Negret 1968, Chillida 1958.

Sólo que allá los escritores, los filósofos, las universidades, los directores de bienales, museos y encuentros de arte, la empresa privada y hasta los grises funcionarios públicos han estado atentos a reconocer, estudiar, cuidar, divulgar y adquirir sus obras, mientras acá nuestros burócratas culturales y curadores están conmocionados con el portentoso concepto que hay detrás de la C de Cocacola y, en un indisimulable tráfico de influencias, gastan una enorme e injustificable cantidad de dinero en obras y eventos carentes de sentido y significación que son un ignorante agravio para la misma gente del arte en un país pobre como el nuestro. «La verdad no se opone al error, sino a las falsas apariencias», nos dice Foucault. ¿No es una obligación de quienes detentan el poder económico, político y cultural haber adquirido desde hace mucho tiempo una serie suficiente y coherente de esculturas de Negret para que la gente del común pueda conocerlas, sentirlas,  estudiarlas y, de paso, haberle dado así el reconocimiento y la compañía que tanta falta le han hecho? ¿No es una obligación insoslayable de quienes detentan el poder económico, político y cultural no permitir que su enseñanza ejemplar se diluya?

Pero su lección no ha sido sólo poética. Ha sido, sobre todo, humana, ética. La ética no es un tratado, no es una técnica. La ética se hace evidente en la acción, en el obrar, en el hacer. «Ya no es sólo búsqueda estética, sino, también, encuentro ético. [...] Sólo el gran arte es ético. Surge desde su origen como una necesidad expresiva. Y su fuente -la fuente de la que se nutre- no es lo exterior sino lo entrañable. No lo extranjero sino lo íntimo. Surge del ser y se afirma creando su propio terreno y fundando su propia verdad».[vii] Sus raíces, profundas y vivas, no proyectan sombras. Y como un ser verdaderamente ético, el hombre y el escultor caminan abrazados por el mismo sendero. Por ello el refinamiento, la alegría, la ausencia de nostalgia, son las mismas en obra y hombre. La belleza de la obra es la misma del alma del hombre. Y la belleza no es albergue para los cobardes ni para los mediocres. Entonces, sin reato alguno, amamos la belleza porque «la reconocemos como lo que verdaderamente es, no la diosa anémica de las academias sino la amiga, la amante, la compañera de nuestros días».[viii]

Edgar Negret, Popayán1920-Bogotá, 2012, Colombia.




[i]  Atahualpa
[ii]  Negret
[iii]  Doris Salcedo sí tiene su lugar, pero no debe nada a nadie: es conocida internacionalmente por su propia capacidad de proyección.
[iv]  Un famoso director de teatro colombiano aconsejaba no leer poesía debido a su profundidad y complejidad: “medio poema es suficiente”, afirmaba sin vergüenza.
[v]  Jouve
[vi]  Kandinsky
[vii]  A. Montaña sobre Negret
[viii]  Camus

Samuel Vásquez (Medellín, Colombia, 1949). Poeta, dramaturgo, músico, pintor, crítico de arte y profesor de diseño, pintura, estética e historia comparada del arte contemporáneo en varias universidades. Fue curador de las bienales de arte de Medellín. Es fundador y director del Taller de Artes de Medellín, que congrega teatro, música y artes plásticas. Como director del grupo de Teatro del taller, ha puesto en escena quince obras, entre ellas, de Kafka, Beckett, Genet, Arrabal y de su propia autoría, como Técnica Mixta y El Bar de la Calle Luna. En 1992 le fue otorgado el Premio Nacional de Dramaturgia. Es autor de los libros: El sol negro (Teatro); Raquel, historia de un grito silencioso (Teatro); El abrazo de la mirada (Ensayo); Las palabras son puentes que nos separan (Poesía).

martes, 18 de septiembre de 2012

Samuel Vásquez: El Negro Billy, la dura Dignidad del ébano.



Billy













“La palabra negro
como la última risa parida de la inocencia
entre los colmillos del tigre”
Aimé Cesaire


La pertinaz presencia del Negro Billy  ha subrayado la oscuridad de Medellín: la de sus noches y la de su racismo. A la arisca y etílica sombra de la noche medellinense Billy agrega su sombra delgada, y sería casi invisible si su voz de asombro ante el arte verdadero o de imprecación contra la mediocridad y el fascismo no delataran su presencia. Billy es sinónimo de noche y durante el día la prolonga en su piel. Cambió su nombre bautismal y se quitó el apellido porque los consideraba una imposición blanca y nada negros. “Han robado nuestros nombres y sólo África podría volver a encontrar nuestros apellidos”.[1] 

Casi no se habla de los negros antes de su esclavitud. Casi no se habla de las culturas negras ancestrales. Es más necesario y fundamental hablar de la diversidad de culturas que de la pluralidad de razas. Las culturas negras constituyen una historia oscura que el blanco no tiene el menor interés de iluminar. La Historia Oficial es, aún hoy, exclusivamente blanca. Con gran ostentación de presunta magnanimidad se deslegalizó la esclavitud, pero somos prisioneros de un racismo vergonzante que es prolongación eufemística de la esclavitud misma. El blanco sólo acabó con la esclavitud cuando sus cuentas no le resultaron ventajosas, cuando la manutención del hombre encadenado costaba más de lo que producía. Entonces se abandonó al esclavo en una pobreza atestada de necesidades primarias, para que este nuevo hombre aceptara, en ejercicio de su precaria novata libertad, un trabajo esclavizante y barato que le urgía para su sobrevivencia.

Pero, indefectiblemente, a cada promesa hecha le ha seguido una amenaza. Tendrás trabajo si te humillas. Tendrás comida si te sientas aparte. Tendrás casa si la construyes lejos. Tendrás costumbres si imitas toscamente, y sólo toscamente, las nuestras. Tendrás dios si apostatas de tantos tuyos y aceptas al nuestro, al único, al verdadero, al dios blanco.
De manera reiterada los blancos hablan de humanidad… mientras tranquilizan el pulso para no errar el tiro. Había que deshumanizar al negro para poder atacarlo despiadadamente sin atentar contra la humanidad.
Occidente ha creído en su criminal misión: “helenizar a los asiáticos, crear una especie nueva, los negros grecolatinos”, los negros blanqueados. Les han quitado las cadenas de hierro y se las han cambiado por otras peores: las cadenas del miedo. El blanco está convencido de que el miedo ya ha quedado impreso en su información genética y que todo negro saldrá corriendo si lo asustamos debidamente. (Una inmensa mayoría de los cuatro millones de desplazados colombianos es negra, la más alta población de desplazados de la tierra). En el Congo les cortaban las manos, en Angola les sellaban las bocas, cosiéndolas, en Colombia les amputamos sus posibilidades, arrinconándolos.

El miedo los hace productivos. La vergüenza los vuelve silenciosos. Pero cada vez que la presión del silencio acumulado encontró una válvula, su dolor y anhelo de venganza estalló en música, en prodigiosa música. Los blancos arrinconan a los negros y de cada rincón brota una canción que ilumina su hermosa piel. “Pues ¿quién, si no, habría de enseñar el ritmo a un mundo muerto entre máquinas y cañones? ¿Quién, si no, proferiría el grito de los muertos y los huérfanos despertados en el nuevo crepúsculo? Decidme ¿quién, si no, devolvería a los hombres con la esperanza desgarrada el gusto de la vida? Nos llaman hombres del algodón, hombres del café, hombres aceitosos, hombres de la muerte. Pero nosotros somos los hombres de la danza cuyos pies sólo adquieren fuerza cuando golpean el duro suelo.”[2]  Si no hubiesen llegado a América con su ritmo y sus tambores, la música nuestra sería una lamentosa y mísera queja. Sin su influencia no existirían músicas tan ricas e importantes como la gozosa y variada música del Caribe, ni el inmenso jazz, ni la música brasilera, ni expresiones como las de Elvis Presley y Janis Joplin.
Con su música y su baile las amenazas y las prohibiciones palidecen. Si los negros no hubiesen hecho la gran música que han hecho y no hubiesen bailado todo lo que han bailado, ya habrían cobrado con un mar de sangre todas las vejaciones que les han infligido. Un verdadero mar rojo tendrían que atravesar los blancos en el camino a su tierra prometida que, según manifiestan, es toda tierra productiva. A nadie se ha obligado a odiar desde niños como a ellos. A nadie se ha obligado a temer tanto como a ellos. A nadie se ha obligado a desconfiar tanto como a ellos. Y este recelo se manifiesta “cuando personas de color y blancos sienten que no pueden confiar los unos en los otros a un nivel profundo, no porque sus experiencias hayan sido diferentes, sino porque las presuposiciones basadas en estereotipos harán que esas experiencias resulten incomprensibles y amenazadoras para el otro”.[3]

Las iglesias con su poder de enajenación de una justicia oportuna, han convertido toda esa rabia legítima en resignación, resignación que los negros han sublimado en hermosos “gospels”. Los mismos opresores que les impusieron la violencia  para someterlos son los que después han querido imponerles su no-violencia, precisamente cuando a los oprimidos les tocaba mover su ficha. A los negros americanos se les prohibió tocar sus tambores porque los blancos los consideraban un arma de liberación, y entonces crearon bellas y dolorosas canciones a capella. “Golpearemos el suelo con el pie desnudo de nuestras voces”[4]

            Los árboles del sur producen una extraña fruta
            Sangre en las hojas y sangre en la raíz
            Cuerpos negros se balancean en la brisa del sur
            Extraña fruta pende de los álamos

            Escena idílica del sur valiente
            Los ojos abollados y la boca retorcida 
            Aroma de magnolias, dulce y fresca
            De repente el pequeño olor de carne quemada

            He aquí la fruta para que los cuervos arranquen,
            Para que la lluvia recoja, para que el viento chupe,
            Para que el sol pudra, para los árboles goteen
            He aquí una extraña y amarga cosecha. 

canta Billy Holliday. El otro Billy, el cantor de Medellín, a quien se le ha negado todo lo que necesita y merece, canta:
            Aunque mi amo me mate a la mina no voy.
            Yo no quiero morirme en un socavón.
Y no fue a una mina ni a un estadio ni a una cocina, que son los escasos espacios que se les permiten a los negros que no renuncian a seguir siendo negros. Pero su talento musical, su privilegiada voz de bajo profundo, su cultura musical han sido menospreciadas, ayer y hoy. Es que un negro culto e inteligente es una afrenta para una sociedad blanca platera, ignorante e insensible. Una sociedad cuyo racismo se ha evidenciado, además, en el constante rechazo a la maravillosa música negra del Atlántico y del Pacífico, a pesar de la numerosa mano de obra que venía del Chocó y de que las mejores orquestas del Caribe colombiano[5] vivían, creaban y se presentaban simultáneamente en Medellín todas las semanas del año durante el nacimiento de la radio[6] y la industria fonográfica[7], y sin embargo los músicos antioqueños y la gente de Medellín prefirieron adoptar como su más importante influencia el blanco “chucu-chucu” venezolano para repetir y propagar una perniciosa plaga musical con toda su pobreza rítmica, armónica y orquestal. Mientras el sonsonete y la penuria de la música de Los Ocho de Colombia, Los Golden Boys, Los Graduados, Los Éxitos, Los Black Star (que no incluían ninguna estrella negra), gozaban de enorme éxito en sus discos y presentaciones, Crescencio Salcedo, abandonado de todo y de todos, vendía flautas baratas en las calles de Medellín y moría en injusta soledad.

Conocí a Billy a causa de un comportamiento suyo que, con el tiempo, ha llegado a ser parte indisoluble de su carácter. Teresita Gómez hacía un concierto en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia, como requisito para optar por su grado de pianista acompañante. Ella había elegido acompañar unas canciones negras que Billy, con su singular voz de bajo profundo, cantaría. A la hora en que debía empezar el concierto, Billy no se hacía presente. Con el Paraninfo repleto de un público que empezaba a ponerse nervioso por el retardo todavía leve, doña Margoth Arango de Henao, directora del Conservatorio por aquella época, me pidió que fuera por Billy al Conservatorio que quedaba tres cuadras arriba del Paraninfo. Le advertí que yo no conocía a Billy e inmediatamente me respondió, que no me preocupara, que cuando lo viera lo distinguiría. Troté las tres cuadras, y encontré a Billy haciéndose acomodar el corbatín de su smoking, con el que no acababa de sentirse cómodo. Lo apresuré, le aprobé la pertinencia y estética del  notable corbatín. Pero, la elegancia e impecable presentación de su smoking le estaba haciendo una mala jugada a sus zapatos, delatando su falta de limpieza. Apremié a un embolador que estaba cerca para que lustrara sus zapatos, y casi lo llevé a rastras las tres cuadras de vuelta al Paraninfo. El bello concierto comenzó con un asombro general ante la excelsa calidad de estos dos jóvenes músicos negros que empezaban su vida de artistas. En la mitad de la primera canción, Billy se arrancó el corbatín que había causado la demora del concierto. Desde mi butaca sonreía porque la causa de tanta demora había resistido apenas media canción. Desde entonces Billy no usa smoking, ni corbatín. Desde entonces Billy nunca ha llegado a tiempo a  ninguna cita, y jamás si esa cita es con la vejez, o con la natural pérdida de potencia en su voz, y menos aún si es con la muerte, como cuando aquella puñalada que recibió en el costado afectando sus pulmones mientras tocaba a media noche la puerta del Taller de Artes: sólo su perfeccionada técnica de respiración pudo salvarle la vida, tal como me lo dijo Juan Bernardo Penagos, el médico que lo atendió en urgencias de Policlínica.
Desde aquel concierto con corbatín en el bolsillo, Billy me ha regalado su amistad de carbón que esconde un diamante de lealtad.

A Billy  apenas se le ha concedido la atención de la curiosidad, la gracia del desgraciado, la simpatía de lo extraño. Todo este entorno sordo agrega valentía al valor de su decisión artística. Hace treinta años un icono de la literatura antioqueña me advirtió, con cierto aire de tango, que la voz de Billy ya se había apagado. Un cuentero de nadas afirmó categóricamente, en una revista de confundidas lenguas, que Billy nunca ha sabido cantar, y que el que sabía cantar era él mismo, el entrevistado de marras. Los pianistas que buscaba para acompañar sus canciones incumplían sus deberes: no ensayaban con esmero y cumplimiento: consideraban que estaban haciéndole un favor, una obra de caridad, otra despreciable manera de desdén a su talento.

En un concierto de Negro Spirituals que Billy realizaba en la Universidad Autónoma Latinoamericana en 1971, los estudiantes de esa universidad, creada para albergar a los estudiantes de izquierda perseguidos en otras universidades, sabotearon la presentación porque aquellas eran “canciones en el idioma del imperio”. Furiosas, dos personas, entre toda la masa de espectadores que colmaban la sala, se pararon desde dos extremos del teatro para defender voz en cuello esa música y a ese cantor, para explicar a gritos quiénes y en qué circunstancias se había creado aquella música, y qué sentido tenía que Billy las cantara: uno era Juan Manuel Roca, el otro era yo. Apenas nos miraban con la conmiseración que se concede a los orates. (Sólo en otra ocasión, cuando con el artista puertorriqueño Rafael Ferrer reclamé en vano la solidaridad de los escritores de Medellín ante la censura que la Bienal de Medellín le imponía a la obra de Leonel Góngora, me he sentido tan despreciado). Ese día nos conocimos, Juan Manuel y yo, en el camerino donde Billy había tenido que esconder su potente y sensible voz de los gritos analfabetas de ese público universitario. Luego salimos los tres a tomarnos unos tragos francos y sabrosos, para pasar ese otro amargo que nos habían hecho tragar aquellos estudiantes tan “conscientes” y tan celosos de su nacionalidad y de su situación colonial.
De esta manera le debo a Billy haber propiciado mi primer encuentro con el amigo con quien más risas he compartido, con el que he concelebrado la generosidad y la lealtad, con el que he logrado abrir espacios ciertos para otros,  con el que he resistido al miedo que esparce el terror oficial y mafioso que nos acecha, con el que me he burlado de la seriedad académica y defendido de la vanidad de presuntuosos escritores y artistas, con el que he podido conspirar alegremente contra la mediocridad intelectual y contra el fascismo y el estalinismo políticos. Porque, tanto como Oteiza, “amo las circunstancias que me incitan a conspirar”.   

Ante el agresivo menosprecio por su expresión, por su personal técnica de bajo profundo, y la dificultad de comprensión y compromiso de sus ocasionales músicos acompañantes, el Taller de Artes de Medellín conformó, hace doce años el BILLY TALLER 7, para asegurar la continuidad e investigación de su trabajo, y una puesta en concierto creativa. Por todo ello la investigación que hace el BILLY TALLER 7  sobre las músicas negras no es una investigación arqueológica, no se hace a manera de una disección de un cadáver notable, ni se causa, en lo que sería un comprensible complejo de culpa, para reconstruir o restaurar de manera exacta y mimética la música original de culturas maltratadas por el poder económico, político y cultural. Estas músicas son tomadas, en un acto amoroso, como un legado que ha sido desestimado, como una legítima herencia que nos enriquece sin necesidad de autorización expresa en testamento alguno. Una herencia que pervive, se manifiesta y enaltece en la enduendada voz de Billy.






[1]  A. Cesaire
[2]  Leopold Sedar-Senghor
[3]  Adrian Piper
[4]  Aimé Cesaire
[5]  En Medellín vivían músicos y orquestas como Lucho Bermúdez, Edmundo Arias, Los Hermanos Martelo, Crescencio Salcedo, al mismo tiempo que otros muchos venían a grabar sus discos como Clímaco Sarmiento, José Barros y Pedro Laza. Así mismo grandes músicos del Caribe venían a presentarse en los radioteatros de la ciudad: Bola de Nieve, José Antonio Méndez, Rolando La Serie, Celia Cruz, mientras la iglesia católica prohibía el mambo de Pérez Prado bajo la gravedad del pecado. Pero los músicos y el público de Medellín se mantuvieron impermeables y refractarios, y con sus ponchos y sombreros se regodeaban en las zonzas letras y músicas lacrimógenas de agrupaciones mediocres como el Dueto de Antaño.
[6]  Caracol y RCN nacieron y se desarrollaron en Medellín
[7]  Discos Fuentes se vino de la costa y se sumó a Sonolux, Codiscos, Discos Victoria y otros.



Samuel Vásquez (Medellín, Colombia, 1949). Poeta, dramaturgo, músico, pintor, crítico de arte y profesor de diseño, pintura, estética e historia comparada del arte contemporáneo en varias universidades. Fue curador de las bienales de arte de Medellín. Es fundador y director del Taller de Artes de Medellín, que congrega teatro, música y artes plásticas. Como director del grupo de Teatro del taller, ha puesto en escena quince obras, entre ellas, de Kafka, Beckett, Genet, Arrabal y de su propia autoría, como Técnica Mixta y El Bar de la Calle Luna. En 1992 le fue otorgado el Premio Nacional de Dramaturgia. Es autor de los libros: El sol negro (Teatro); Raquel, historia de un grito silencioso (Teatro); El abrazo de la mirada (Ensayo); Las palabras son puentes que nos separan (Poesía).