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viernes, 21 de marzo de 2014

Fernando Denis: LA SUAVE MEMORIA DE LOS VIENTOS.










La poesía  es la  búsqueda  de la primera palabra, de la primera voz,  de la primera piel escrita en la aurora del mundo; es el color de la especie dándole un sueño a la mirada, al agua vertical, a los espejos;  es el sonido que viaja desde un símbolo  hasta los aromas de un jardín  que lo recibe,  que lo guarda para siempre, y a su vez adquiere  la forma que le da ese símbolo. La poesía es la voz de la piedra hablando con la escultura que la habita, que corrige sus formas, su ciega infancia en las orillas de un bosque antiguo o en las riveras del sur o en la genealogía de un zafiro o de un ágata.  La poesía descansa en el fondo de sí misma y renace en cada suspiro de las sílabas, en cada gesto de la primera luz. Por eso con el primer suspiro del lenguaje nacemos todos y la poesía nos gobierna. 
             El mejicano del siglo, Octavio Paz,   al comienzo de su  hermoso  libro “El arco y la lira”, escribió para siempre: “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de  cambiar el mundo,  la actividad poética es revolucionaria  por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro”.  Quizá por eso mismo el  poema justifica cualquier circunstancia de la vida de un ser humano, lo salva de sí mismo y convierte su biografía en una mitología privada,  lo devuelve al sueño que lo mantiene vivo.
               Hay un cúmulo de músicas, un rumor de hojas que atraviesa el continente, en el poema de Florencio Salazar; es una especie de caracola que se acerca desde hace  siglos arrastrando con su sílaba el mar del Golfo de México, el mar interior y el mar que está en las palabras.
               Lleno de interrogantes sobre la soledad de las palabras, y su vago sentido común,  este libro  se abre como un crisol con un soplo  del Norte  y trae el canto del Quetzal, trae los matices de una lengua ancestral que le sirven para pintar el rostro de lluvia, la intrincada geografía de un sueño, su mapa trazado en la piel de alguna musa mejicana, y en su regazo, Florencio Salazar, el peregrino, el poeta, ese judío errante y amanuense, inicia su recorrido al igual que Dante en busca de algún tesoro, de alguna palabra escondida: 
                  Otra vez andar entre la selva y sus sonidos/ con la frescura de las murmuraciones líquidas/ entre el incendio solar y el resplandor nocturno”.
                     Estos versos  poderosos de “Viento de distintos lados”, intentan justificar el desenfreno de ese trasegar por los mundos que son uno solo,  recogidos en la mirada, en el núcleo central donde duerme el ángel, allí donde los vientos recuestan su cabeza, pensativos, tramando quizá la azul enredadera, el vespertino asombro donde Florencio desnuda su plegaria y espera el hondo, el insomne, el intenso murmullo de la hoguera  para leerse en su llama, y renacer de nuevo en una hoja en blanco, o en una hoja de laurel, como le gustaría que fuera su página, la otra piel que lo habita.
          El viento enciende sus flautas junto a los estanques, gira en torno a un patio de Chilpancingo, y el eco lo recoge Aurelio Arturo en su humilde cuarto del sur:

“He escrito un viento,  un soplo vivo
del viento entre fragancias, entre hierbas
mágicas;  he narrado el viento,
sólo un poco de viento”.

          En el siguiente verso que Aurelio Arturo no escribió, anochece. Para Marguerite Yourcenar la noche es ese lugar donde vuelve a ser posible todo el universo. Y es ahí donde los vientos recobran su nombre, los alisios,  los monzones, el siroco, los vientos anónimos que narran la biografía del pájaro que desciende a la conciencia del poeta, las ráfagas que iluminan su mente, los huracanes, los vientos planetarios que leen el tarot al llegar la noche, vientos que compraría Saint-John Perse  bajo el crepúsculo antillano. El sueño se disgrega bajo la vertical simetría de la lluvia, el verso se aferra a su madera como una guitarra, la que espera la mano de nieve y su instinto secular;  la que va por sedientos corredores de mármol  y abre todas las ventanas para que entre el oído del tiempo, ese otro fantasma que  siempre nos corrige, que siempre tiene la razón.
           Este verso resuena en todos los balcones:
            “…ansiedad y búsquedas pensadas/surgen del ritmo llorón de la guitarra”.
              Son palabras que vibran en el viento, sostenidas por cuerdas, como cometas de colores en la infancia, elevadas sobre el Gólgota con el hilo de Ariadna, o quizá con el hilo de la razón, aunque las palabras pierdan su equilibrio en la garganta. Otras veces el viento llora en un arpa, esa suave sonoridad reconquistada en la sombra por la mano ebria y desolada:
             “Al mirarte mis manos enfebrecen /en el arpa del viento /y el ansia se torna ardoroso sacudimiento”.
                El dolor de la madera bajo las cuerdas íntimas sacude el universo, lo distrae, lo envenena de una nostalgia antigua y bienhechora, capaz de albergar toda la soledad de Méjico y sus alrededores, la fervorosa humildad de sus rancheras y sus corridos.         El comercio íntimo de Florencio Salazar con la música, con la soledad sonora que traducen los vientos, lo libera y al mismo lo ultraja, lo obliga a tener un contacto más sutil con la realidad, le impone el candoroso ejercicio del lenguaje, la búsqueda inequívoca de su entronado yo en sílabas que sofocan el rigor de una sensibilidad abigarrada, soñadora, cargada con los mitos de la infancia, recogida en su Edipo y llevada con fluidez hasta la cólera del desierto, donde, con marcado acento, se puede pedir un vaso de agua. Gira el viento, el ave retira la forma de un color. Y mientras el poeta  sucumbe  a la frugal inteligencia de su noche, al rigor de su noche, mientras busca el  verso alado, la metáfora salvadora, el viento del sur, el Pampero, le trae noticias de Borges, de Macedonio Fernández, de Pablo Neruda,  y también gestos distantes del campanario, y aullidos y matracas y el rechinar de la rueda en la honda pesadilla, y el delgado silbido del desierto que lo regresa a esa pregunta inicial que jamás ha tenido respuesta: ¿Cuáles son mis palabras? ¿Con qué me defiendo?  Aquí vuelve a sentirse un estruendoso rumor de hojas: Octavio Paz toca todas las puertas, se asoma al vacío desde donde se origina la palabra, desde esa  orilla murmura:
              “El poeta no escoge sus palabras. Cuando se dice que un poeta busca su lenguaje no quiere decir que ande por bibliotecas o mercados recogiendo giros antiguos y nuevos, sino que, indeciso, vacila entre las palabras que realmente le pertenecen, que están en él desde el principio…”. 
             Y después,  nos recuerda que “las palabras del poeta son también las de la tribu, o lo serán algún día”.
             Florencio ha sufrido con humildad cada minuto de palabra interior, toda esta sed acumulada durante años, cada agobiante secreto no revelado, cada retórica intención de acercarse al idioma con el afán de ser recibido en su palacio verbal: no le es tan grave una desilusión amorosa como una desilusión del lenguaje. Y esto me recuerda un verso varias veces hermoso de Ezra Pound:
            “Y hasta en sueños te me has negado
              y sólo me has enviado a tus doncellas”
             Vientos de distintos lados” es el libro  de un hombre que reclama su porción de infinito al lenguaje, escrito a cuatro manos por la soledad y la añoranza, aunque una soledad ingrávida corregida por el ángel, y en cuyo pulso aún sueña despierto un paisaje perdido. Estos poemas suscitan una embriaguez interior, aunque no desdeñan los pormenores de una vida sedimentada por el esfuerzo y la cordura, plagada de una sensibilidad desconcertante, herida, estudiada y corrompida por la belleza, calcando las simetrías de un asombro que lo llama desde niño, que lo empuja a coleccionar instantes irrepetibles, a perdurar en esa sílaba que va y viene como el mar, como la memoria de los vientos.

      
Fernando Denis-Florencio Salazar