Páginas

lunes, 24 de febrero de 2020

Adriano Eysen: Poemas





Adriano Eysen

















Instante

Tu desnudez
me corta hecho cuchillo

y tu calor
contrarresta como el mar
y avanza en mi pecho.

En la calle, sobre los tejados
algunos gatos pardos
encienden amores nocturnos.


Cicatriz de silencio

Un fósforo dentro de la noche
raspa el rostro
oscuro del hombre.

Y un murciélago
cicatriza el silencio
que se retuerce dentro del niño.

El hombre y el niño
son dos puñales
que cortan mi piel.


Paisaje visto desde la ventana

La ciudad es un puñal
que amanece rasgando
en el pecho del hombre
huellas de automóviles.

Y filetes de sol
rasuran los párpados de los transeúntes
que vomitan
sus primeras angustias.

La ciudad es una navaja
que sangra al hombre
donde moran dioses
y antiguos demonios.


El obrero malabarista

El obrero se balancea de un lado a otro
entre caños y andamios
y sus herramientas
borran el silencio del fin de la tarde.

De lo alto, la voz se choca
con los automóviles que pasan
bajo un mirar desatento
que viene a posarse en frías columnas.

El obrero escenifica la caída
en los escombros de los pensamientos
en cuanto sus manos ásperas
levantan ladrillos para proteger a otros hombres.


Paso del tren

Me recojo en el silencio
para tantear mis angustias
y un tren prosigue en mí
dejando de lado los breves años
que saltan de los engranajes.

Me acuesto, y la máquina sigue.
Tren que pasa y ya en la plaza
los adioses sin avisos
tardan sobre los caminos
y se funden los herrajes.

Tren sin carga, lento tiempo
y algún lamento
de antiguas mañanas
que arden en este cuarto.

[de Cicatriz do silêncio, Bahía, 2007]

Versiones: Demian Paredes, Buenos Aires, 2020.


Adriano Eysen (1976), nacido en Bahía, es poeta, crítico y profesor universitario. Entre otros
proyectos, participó de una Colección de Cuentos de Machado de Assis, y otra de Poesías de Carlos Drummond de Andrade.
Publicó, entre otros títulos, Imagens de Sertão na poética de Castro Alves , Cicatriz do silêncio, Assombros solares y A lírica da ausência na poética de Álvaro de Campos e Mário de Sá-Carneiro.



-->

sábado, 15 de febrero de 2020

Damário Dacruz: Poemas



Damário Dacruz






















Caja negra

Soy un hombre.
Por lo tanto,
más que palabra.

No pronuncio
el sentimiento
sólo como palabra.

Lo que fue dicho
al atardecer
no se confirma
en la madrugada.
Lo que fue visto
en el sueño
no se confronta
con la realidad.

Soy un hombre.
Por lo tanto,
una sorpresa.


Vuelo certero

Cada
pájaro
sabe
la ruta
de retorno.

Cada
pájaro
sabe
la ruta
de sí.

Cada
pájaro
en la ruta
se sabe
pájaro.


Olé

Cuando en la arena
un toro me mata
no me socorran,
pues nadie socorre
al toro cuando lo mato.

                                      [de Hombre revelado ]

Pronóstico del tiempo

¡Ningún
día es triste!
Somos nosotros que llovemos
a la hora errada.


Navegante

De mí
exijan poco...

Pues el tiempo
que me queda
es una loca búsqueda
de cómo atravesar
EL SOL...

                                       [de Tiempo reinscrito]

Versiones: Demian Paredes, Buenos Aires 2020.



Bahía, EPP, 2003
                                                                


Damário Dacruz (1953-2010), poeta y fotógrafo, nació en Salvador de Bahía. Se graduó en Periodismo y obtuvo un posgrado en Comunicación. Recorrió más de 20 países, fotografiando y escribiendo. Por ambas actividades recibió premios. Creó “Pouso da Palavra”, espacio de arte y cultura en la ciudad de Cachoeira.
Publicó, además de varios volúmenes de poesía, más de 30 pósters-poemas, con más de 100.000 ejemplares vendidos. Algunos títulos de sus libros: Todo risco, o ofício da paixão, Observatório central, Vela branca, Re(sumo), O amigo e o poeta.



lunes, 10 de febrero de 2020

Yehuda Amichai: La piedra del Amén







Yehuda Amichai






















Sobre mi escritorio hay una piedra con la palabra Amén
                                                      escrita sobre ella
un fragmento triangular de piedra de una lápida de un cementerio judío
                                                     destruida hace ya muchas generaciones.
Los otros fragmentos, centenares y más centenares,
fueron esparcidos aquí y allá desordenadamente, un gran anhelo,
                                                      un deseo sin fin, los invade:
el nombre de pila en la búsqueda del apellido de la familia,
la fecha de muerte que brinde el lugar de nacimiento
                                                      del hombre muerto,
el nombre del hijo  que  desea localizar el nombre del padre,
la fecha de nacimiento que  busca reunirse con el alma que desea
                                                      descansar en paz.
Y hasta tanto no se hayan hallado una y otra
no alcanzarán el descanso perpetuo.
Únicamente lo logra esta piedra que descansa en calma sobre mi escritorio
                                                     y dice “Amen”.
Pero ahora con amorosa bondad un buen hombre, un hombre triste,
limpia cada una de las  manchas de cada fragmento, los fotografía, uno por uno,
los coloca ordenadamente sobre el piso de un gran salón,
reconstruyendo  la lápida, hace de ella nuevamente lo  que fue,
                                                     pedazo a pedazo, fragmento a fragmento,
como la resurrección de los muertos, un gran rompecabezas. Un juego de niños.
Amén. Así sea.


 Versión Esteban Moore: de la versión del hebreo al inglés de Chana Bloch.

Yehuda Amichai (Würzburg, 3 de mayo de 1924 – Jerusalén 22 de septiembre de 2000)
-->

  



Héctor Schmucler: La inútil memoria de Funes [1]



Héctor Schmucler





La historia que Borges relata en “Funes el memorioso” podría ser anotada como un relato meramente fantástico si no fuera por dos precisiones incluidas en el texto: al comienzo subraya el carácter sagrado del verbo recordar; hacia el final, insinúa que es dificultoso pensar cuando la memoria es pura acumulación de datos. Ireneo Funes, el personaje uruguayo del cuento, desde muy joven podía “saber siempre la hora, como un reloj”. Luego de sufrir una caída del caballo que montaba quedó tullido y dueño de una memoria prodigiosa que le permitía recordar todo, absolutamente todo lo que llegaba a su conocimiento o percepción. Sus recuerdos de un día podían fijar exactamente lo ocurrido en cada fracción de segundo de ese día, pero no le hubieran alcanzado 24 horas para narrar las mismas horas de una jornada: a veces los hechos se producen más veloces que el tiempo necesario para describirlos. Funes, en su inmóvil postura, elaboraba proyectos descomunales y que resultaban inútiles para el común de los seres humanos. Imaginó, por ejemplo, una sucesión de nombres que reemplazarían a los números de acuerdo al sistema numérico acostumbrado. Para cada número, un nombre constante: el 7013 sería “Máximo Pérez” y el 7014, “El ferrocarril”. Infinita cantidad de nombres debería dar cuenta de infinitos números posibles. Ireneo también había inventado la forma de establecer un “inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo”. Metáfora del insomnio, según Borges, “Funes el memorioso”, leído a la luz de “El Aleph”, lo es también de la negación de lo humano que implica la aspiración de recordar todo, de registrar en alguna parte la totalidad del mundo. Nietzsche, de quien el cuento de Borges podría ser una larga cita, había prevenido que es posible vivir casi sin recuerdos (y vivir feliz). Es imposible en cambio vivir sin olvidar, postula Nietzsche. “Hay un grado de insomnio –se lee en Consideraciones intempestivas–, de rumiación, de sentido de la historia, que anula la vida y termina por destruirla, se trate tanto de un hombre, de una nación o de una civilización”.
Recuerdo e información Hace más de medio siglo, en su cuento de 1944, Borges aludía a este presente en el que todo, transformado en impulsos electrónicos, puede ser almacenado simulando una memoria perfecta del mundo, una memoria idiota, como la de los soportes informáticos, que acumulan información pero no recuerdan. La posibilidad de registrar todo, sin embargo, simula el saber y esta presunción es glosa frecuente en nuestros días. Diez años antes, en Coros de la Roca (1934), T.S. Eliot preguntaba: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?, ¿dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?”. Y Borges, en “Funes…”: “Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”. El insomnio, esta imposibilidad de dormir, de “inutilizar” el tiempo, es la enfermedad buscada de un mundo –el nuestro–, que se enorgullece de eliminar las pausas, que abomina del tiempo no productivo, que ha instalado como ideal el funcionamiento perfecto (como un “reloj”) y que ha transformado ese ideal en destino. Las máquinas y Funes no saben qué recuerdan; sobre todo no saben por qué privilegiar un recuerdo y no otro. Cualquier moralidad, cualquier ética que sustente la existencia humana, sin embargo, radica en esta capacidad de elegir qué recordar, es decir, qué no olvidar. El mundo de la memoria humana habita el encantamiento, donde no hay lugar para los homogéneos detalles que almacenan los sistemas informáticos. “Funes el memorioso” es previo, por supuesto, a la difusión de los ingenios computacionales. Pero el valor del uso de la memoria –el recordar, la grave responsabilidad de saber qué recordar– es tan viejo como la conciencia del mundo. Mnemósine, la memoria, divinidad y abstracción en el mundo griego, es la encargada de suprimir toda desmesura, todo trastorno en el orden del universo que pone en peligro la continuidad del mundo. En la tradición judeo-cristiana la memoria es fundante. Nada obliga tanto al pueblo judío como la indicación de recordar. Zakhor, el término hebreo que alude a este mandato, es más bien un imperativo que una descripción. El “¡recuérdate!” bíblico es, sutilmente, un complemento del olvido. Olvidar todo aquello que no insista en que hubo una Alianza y que esa Alianza obliga a ser de una determinada manera. No olvidar para que el recuerdo guíe la acción de cada día. Recordar todo, como si todo fuera igual, como si todo mereciera la pena de ser recordado, es exactamente lo mismo que olvidarlo todo. Es la desmesura que los dioses griegos no toleraban. Funes, el memorioso Funes, como las máquinas, como los seres humanos confundidos con y por sus máquinas, son parte de esa desmesura, de ese insomnio nietzscheano del que Borges, tal vez, quiso desprenderse.



[1] Artículo publicado originalmente el 19 de agosto de 1999 en La Voz del Interior, Córdoba.   

De La memoria, entre  la política y la ética (textos reunidos de Héctor Schmucler, 1979-2015). Edición al cuidado de Viviana Papalini. Estudio preliminar a cargo de Hugo Vezzetti. Ediciones CLACSO.


-->

domingo, 9 de febrero de 2020

Mariano Rolando Andrade: Poemas





Mariano Rolando Andrade





























El último

Cuando todos huyeron o murieron,
cuando la casa del pastizal y el ciruelo inclinado
volvieron a quedar en su maldita soledad,
quedó un último habitante,
un superviviente final,
vagando por las calles horas y horas
regresando a la noche
rasgando la chapa de la puerta
aullando susurrando hablando
en el desconocido idioma de los sobrevivientes.

Su presencia desafiaba a la casa,
a sus maldiciones, a su dolor,
la omnipresente negrura
que brota de las entrañas de lo maldito
y devora lo que se aventura en ella.
Su presencia ya no era bienvenida,
aunque él, maldito mil veces también,
no sabía huir, no sabía morir,
como tampoco sabía
que todo aquello era ineluctable.

¿Cuánto tiempo vivió así,
ignorado y desafiante?
¿Cuántos días, cuántos años,
la enfermedad y la desgracia
durmieron en algún cuarto
sin prestarle atención?

Hasta que una de las dos despertó,
alguna recordó el olvido y fueron por él,
y lo encontraron
tumbado en el fondo de la casa.
Se metieron en sus tripas,
lo llenaron de podredumbre y pestes.
Le enrostraron su desfachatez,
el sacrilegio de traer a la memoria
a los muertos y los prófugos.
Solo quedó decretar su final.


Las telas

Tan nítidos, los cuartos soleados
de los años de piel tersa
se llenaron de telas,
capas de presuntos recuerdos
a los ojos sin brillo de Lola.

Vagar por los espacios vacuos
en la longitud de las horas
para detenerse en el vano
a vivir un doble crepúsculo
del que apenas sabía.

Y los nombres huyeron lejos.
Y las épocas y los días confluyeron.
Como las telas multiplicadas
hasta convertir a la casa entera
en un borroso cristal de lluvia.


Pedernera

Se tambaleaba al final de sus días
que ignoraban casi todos
salvo el último amigo el único
que intentaba devolverlo
a los tiempos en que partían
al amanecer —¿o era al ocaso?—
desde Temperley a los bosques
en la pampa de Brandsen.

Hijo del ferrocarril, Pedernera.
Se tambaleaba y nadie lo veía
de su boca no salía queja
solo el silencio del cuerpo roto
que él conocía y también
su último, su único amigo,
y algunos otros vislumbraron
sin coraje para acompañar.

En la casa del pastizal sin ciruelo ya,
hijo del ferrocarril, Pedernera
saludó una tarde de verano
a esos que lo dejaron ir
antes de que realmente partiese,
y al ocaso —¿o era al amanecer?—
huyó de Temperley a la pampa
como si no hubiese muerte.


Mariano Rolando Andrade (Buenos Aires, 1973). Escritor, poeta, traductor y periodista. Actualmente reside en París.
Ha publicado la novela Los viajes de Rimbaud (Editorial Vinciguerra, Buenos Aires,1996), la antología bilingüe Poesía Beat (Editorial Buenos Aires Poetry, 2017) y el poemario Canciones de los Mares del Sur (Editorial Buenos Aires Poetry, 2018). Acaba de editar y prologar Luisa Futoransky: Los años argentinos (Editorial Leviatán, Buenos Aires, 2019).
Fue seleccionado en la antología de poesía Buenos Aires no duerme (Eudeba, Buenos Aires, 1998) y ganó el Premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional (RFI) a mejor cuento en lengua francesa (2001). Su obra ha sido incluida en la antología Atlas de la Poesía Argentina (Editorial de la Universidad de La Plata, Argentina, 2018) y Poetas en el Cosmovitral (Ayuntamiento de Toluca, México, 2018).
Ha sido invitado a festivales de poesía y lecturas en Argentina, México, Perú y Marruecos. Colabora en revistas literarias de América Latina y sus poemas han sido publicados en Argentina, México, Colombia, Chile, Venezuela, España, Francia y Marruecos, y traducidos al francés, el italiano y el árabe.