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domingo, 14 de junio de 2026

Osvaldo Rossler: Jorge Luis Borges

 

Osvaldo Rossler

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          



       Borges, desde su juventud, supo que el poeta máximo es el que inventa un idioma o, al menos, el que ordena con el más renovado grado de lo sensible todas las excelencias pasadas y presentes del idioma, y de la suma logra un nuevo límite de expresividad. Esta secreta aspiración mueve a unos y a otros ¿pero a quiénes, en suma, les está dado renovar o transformar desde el fondo el lenguaje? ¡Cuántas virtudes y hasta cuántos azares son necesarios para alzanzar tal hazaña! Casi todos repiten, hurgan con varia fortuna en el arsenal de las más prestigiosas lecturas y sólo unos pocos enriquecen con un tono, con un énfasis —y esto es bastante— el hecho literario básico que anida en el pasado.

       Podríamos pensar que Borges no pretendió fines como los propuestos. Sus primeros libros muestran a un sensitivo que busca describir antes que interpretar. Buenos Aires es el motivo general, el vínculo que determina a casi todo poema. El poeta, nunca compilador grosero de lo real sino sujeto que testimonia su gradual experiencia entre las cosas, procede por reconocer por partes el ámbito donde ha nacido. Surge así no el conjunto caótico, indeterminado, sino aquellas particularidades, esos pequeños universos de la calle, del patio, del zaguán, del baldío, tan fáciles de querer por ser abarcables, por íntimos y, por ende, de ser reconocidos con palabras.

               El tono familiar que invade los versos tolera con holgura divagaciones sobre el espacio y el tiempo, sobre el ser y no ser, como asimismo esos recuerdos que invocan el pasado glorioso de algún antepasado comprometido en la guerra de la independencia o en las luchas internas de la patria. Una coherencia interior, tan pendular como lo exige el tratamiento vario de la realidad, producto de la educación con su secuela de hábitos y de valores, liga con naturalidad al gustador de calles solitarias con el lector de Berkeley y Schopenhauer; el amor a la pampa con la execración de Rosas; la curiosidad por la mitología y la cosmogonía con la emoción que determina el rasgueo de una guitarra; la mención del amigo con la devoción del bisabuelo cuya audacia fue la costumbre de su espada.

       Humildad y prestancia, sencillez y orgullo coexisten o se enfrentan, dotan de gamas personales a una poesía habitualmente clara y que sin ser efusiva puede llegar a conmover. No se advierten renovaciones profundas de lenguaje que el ultraísmo, movimiento bajo el cual Borges inscribe sus primeros entusiasmos, no estaba en condiciones de suministra. El verso no se sujeta a rimas y rigores métricos, y en esa libertad, que exhibe con una decorosa discreción, cabe apuntar su más grato resultado artístico. Donde se advierte el mayor aporte de originalidad, y esto se acentuará con el crecer de la obra y asumirá su máximo esplendor en los relatos, es en los juegos de la imaginación que, por la delicada estructura metafísica con que se envuelven, seducen al lector a la manera de una magnífica novelería sobre la suerte del destino humano.

        ¿Juegos o inmolaciones, devaneos mentales o exposición de un drama? Aquí los términos no se oponen, confirman las verdades alternadas con que se gesta el arte. Porque hay una fruición por las palabras, por los lujos que exige la materia literaria, pero esto no hace más que apuntalar la seriedad de fondo, el desarrollo grave de los contenidos.

         Hay un horror en Borges por la muerte, que la afición por la ironía o por la conjetura disfrazan momentáneamente. Las concepciones cíclicas de la existencia, la devoción por simetrías y fórmulas matemáticas, símbolos son, adornos otras veces, salidas apremiantes en casi todos los casos con que diluir esa obsesión primera, que cuando se establece en uno gira por los espejos, anida en calles y aposentos, coarta la libertad de los actos, arrastra a la alucinación, convierte a cada cosa en un enigma, invita a elaborar, entre el dolor y el sueño, nuevas teorías sobre el tiempo.

         La muerte último drama que nos convoca a todos, es lo que torna heroica cada existencia, lo que convierte a cada vida en un destino poético: La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos conmueven por su condición de fantasmas, cada acto que ejecutan puede ser último;  no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. (“El inmortal”)

        Este párrafo corresponde a un relato, pero su clima poético es notorio. En estos fragmentos decididamente líricos, dispuestos a lo largo de ensayos, cuentos o divagaciones se hallan a mi entender, las más afortunadas palabras de Borges. No limitado en estas ocasiones por la cadencia rítmica del endecasílabo, el pensamiento se hila con soltura, la forma conceptual encuentra su espacio más propicio, la erudición gravita menos. Se asiste, entre otras excelencias, a una delicia de enumeraciones: Hechos que pueblan el espacio y que tocan a su fin cuando alguien se muere pueden maravillarnos, pero una cosa o un número infinito de cosas muere en cada agonía, salvo que exista una memoria del universo, como han conjeturado los teósofos . En el tiempo hubo un día que apagó los últimos ojos que vieron a Cristo; la batalla de Junín y el amor de Helena murieron con la muerte de un hombre. ¿Qué morirá conmigo cuando yo muera, que forma patética o deleznable  perderá el mundo? ¿La voz de Macedonio Fernández, la imagen de un caballo colorado en el baldío de Serrano y de Charcas, una barra de azufre en el cajón de un escritorio de caoba? (“El testigo”)

        Las explicación de una teoría se plantea con símbolos, con ilaciones de la fantasía. La agrupación de las palabras en prosa o en verso es algo incidental, el hecho imaginativo que las inviste es permanente: El tiempo es la sustancia de lo que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges. (“Nueva  refutación del tiempo”)

       No hay otra solución que el apelar al sueño organizado de la literatura. Sueño como tensión, como ejercicio. Así, escribir tendrá más forma de ahondamiento que de fuga, y todo se convertirá en materia o aspiración de poesía. El orbe borgiano de este modo se ordena como un todo artístico. Una conciencia lúcida preside desde la iniciación cada momento verbal, cada recreación de autores y de libros, cada una de las adquisiciones de la personalidad, y por estar no sólo el verso sino cada comentario, cada análisis, cada argumento de destinos humanos realizados con una tal ansia de verdades y de síntesis de medios, sin olvidar al hombre que se nos revela por instantes en toda su desnudez, puede decirse de esta obra que es como un acto poético en torno de la literatura. Vive de ella, trabaja con sus episodios, extrae de su complejidad categorías. Urde una imagen con su historia.


       En un época en la que el oficio literario como actividad teñida de intelectualismo, ha sido escarnecido por sus propios creadores en nombre de la aventura, delos sueños, o de un mandato social, Borges nos reconforta con una franqueza nada exenta de coraje: Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me ha ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra. (Epilogo de “El hacedor”)

          Quien descubrió su mayor felicidad al amparo de los grandes textos puede decir sin sombra de arrepentimiento, con la llaneza de quien se identifica ante los colegas que lo honran por un premio obtenido: …me crié en un jardín, detrás de un largo muro, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses. Añadirá: suelo pensar que esencialmente, nunca he salido de esa biblioteca y de ese jardín. Qué he hecho después, qué haré sino tejer y destejer imaginaciones derivadas de aquellas.

       ¡Timidez, cobardía, pobreza de la voluntad frente a las posibilidades de una existencia más abierta a los azares y a sus consiguientes riesgos? De pronto, la sospecha puede asaltar a algún observador. ¿Construir palabras no será el fruto mezquino del ocio y de la comodidad? ¿Cuál es, entonces, la raíz moral del hecho de escribir? Pero no. Que la sinceridad de nuestro autor no nos convierta en cómplices de esa actitud que juega a la literatura como una actividad o fin que no se bastan a sí mismos. Ante las pruebas de un destino realizado, ese jardín y esa biblioteca vividos como un límite, en vez del juicio negativo o del desdén ¿no deben merecer más bien aprobación y simpatía por haber sido los ámbitos y las reverencias que posibilitaron el dichoso desenlace de una vocación? Porque además, este hombre cuya tarea fue escribir algunos libros, sabe muy bien, como ninguno, de la precariedad, la contingencia que rodea a cualquier gesto o idealidad forjada por los seres. Ningún enigma queda revelado con el mecanismo de las frases; sólo unos artificios, unas pequeñas glorias. Borges no se consuela totalmente con esa eternidad que finge la belleza y eso lo precipita al solo deleite de ser nadie, al culto de lo anónimo. Se muestra ajeno, incluso, a los resultados de su propio hacer; no advierte autonomía en esos vínculos que ordena, al punto que coloca a modo de introducción, en una de sus antologías, estas palabras: Si las páginas de este libro permiten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tu el lector de estos ejercicios y yo su redactor.

       Siempre el azar, hasta en ese orden intimo y aparentemente legislado por la voluntad que entraña la faena de hacer versos. El azar o el no azar, porque este vivir nuestro, real e ilusorio, infinito y fugaz que fluye con el tiempo, muestra sobre la piel del mundo y de sus hechos la presencia de un dios o de unos dioses, de un espíritu eterno que condiciona y estimula las acciones de la criatura humana. En esta cadena de contradicciones toda realidad es el reflejo de otra excelsitud, dimana de un orden cuya entonación platónica se advierte claramente en estos dos versos:
          A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires
          La juzgo tan eterna como el agua y el aire.

          La Fundación Mitológica de Buenos Aires

     Este poeta, que en su juventud no mereciera de Lugones el juicio elogioso, la aprobación que, en cambio, fuera prodigada a otros compañeros, desdén o indiferencia que acaso sintió siempre  y lo llevó en su madurez a elaborar sonetos que reparasen los desmanes de  la juventud: acaso porque la práctica deficiente importa menos que la sana teoría. Este voraz, profundo observador del espectáculo de la literatura; este lector y original interprete de la filosofía idealista, de Platón a Hume, de Spinoza a Leibniz, más alla de sus convicciones o de sus descreencias puede hacer suyas las palabras últimas del viejo, atormentado Swift, que el propio  Borges recuerda en una de sus prosas: Soy lo que soy. Así caminará por la ciudad natal, o por los arrabales que fija la memoria y, hombre como cualquiera, héroe de su leyenda, dirá, repetirá: Soy lo que soy.

     Borges, en fin, no es un fantasma, sino ese ser ya claudicante, enceguecido, que veo dirigirse en esa hora del ocaso ciudadano hacia la plaza San Martín. Borges es ese cuerpo que tropieza, esa figura intransferible, ese bastón, ese concreto paso que avanza cada día por la calle Florida, con aire absorto y a la vez atento, complejo y simple, temeroso y seguro; ése que simplemente está como los otros y debe responder por unos sentimientos, por unas costumbres, por la memoria de unos nombres, por el amor a unas casas. Así se advierte —se lo advierte— real y puede devolverse a todo el universo de su desventura. Entonces será igual construir o no correspondencias, laberintos, esa poesía que como la vida de los hombres, es inmortal y pobre.

(Convergencias, Osvaldo Rossler, editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1976)

OSVALDO ROSSLER (Buenos Aires, 1925-2004) Poeta, letrista, cantor, periodista y ensayista.
























































































































 

lunes, 8 de junio de 2026

Guillaume Apollinaire: 5 poemas

 

 Guillaume Apollinaire

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            



UNA NOCHE

Un águila descendió de este cielo blanco de arcángeles  
       Sosténganme
¿O dejarán a esas lámparas temblar por mucho tiempo?
      Recen recen por mí  

La ciudad es metálica y es la única estrella  
      Ahogada en tus ojos azules  
Cuando los tranvías pasaban luces pálidas brotaban  
      Sobre pájaros con sarna  

Y todo lo que temblaba en tus ojos de mis sueños  
      Que un solo hombre bebía  
Bajo luces de gas rojas como una falsa oronja  
      Oh vestida tu brazo se acurrucaba  

Mirá al actor sacándole la lengua a los obedientes
      Un fantasma se suicidó  
El apóstol cuelga en la higuera y babea lentamente
      Juguemos pues con este amor a los dados   

Campanas de claro sonido anunciaban tu nacimiento  
                               Mirá  
Los caminos florecen y las palmeras avanzan  
                               Hacia vos.


 EL PUENTE MIRABEAU

Bajo el puente Mirabeau pasa el Sena  
Y nuestros amores  
¿Hará falta que lo recuerde?  
La alegría siempre siguió a la pena.  

      Viene la noche suena la hora  
      Pasan los días y sigo acá  

Las manos en las manos cara a cara sigamos  
Mientras debajo  
Del puente de nuestros brazos pasa  
De miradas eternas la ola agobiada  

      Viene la noche suena la hora  
      Pasan los días y sigo acá  

Como esta agua que fluye
Se va el amor se va el amor  
Cuán lenta es la vida  
Y violenta la Ilusión  

      Viene la noche suena la hora
      Pasan los días y sigo acá  

Pasan los días también las semanas  
Ni tiempo pasado  
Ni amores regresan  
Bajo el puente Mirabeau pasa el Sena

      Viene la noche suena la hora  
      Pasan los días y sigo acá
                                                              1913

EL VIENTO NOCTURNO                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       
Las cimas de los pinos crujen al chocarse  
Y sentimos el lamento del austro   
Y cerca del río con voces triunfales   
A los elfos reír al viento o vociferar a las ráfagas  
Atis Atis Atis encantador y descuidado  
De tu nombre en la noche los elfos se han burlado
Porque el viento gótico bajó uno de tus pinos   
A lo lejos huye el bosque como una antigua armada
Cuyas lanzas oh pinos se agitan al girar  
Los pueblos a oscuras meditan ahora mismo  
Como las vírgenes los viejos y los poetas   
Y no despertarán ante el paso de nadie   
Ni cuando sobre sus palomas caigan los gipaetos

                                                                                  1913



LAS VENTANAS

Del rojo al verde el amarillo muere 
Cuando cantan los loros en los bosques natales 
Abatís de pihis
Hay un poema por hacer sobre el pájaro que sólo tiene un ala 
Vamos a mandarlo por teléfono 
Traumatismo gigante 
Hace llorar los ojos 
Ahí una bonita joven entre jóvenes turinesas 
El pobre joven se sonaba la nariz en su corbata blanca  
Levantarás la cortina 
Y verás que se abre la ventana  
Arañas cuando las manos tejían la luz 
Belleza palidez insondables violetas 
Trataremos en vano de tomar un descanso 
Se comenzará a medianoche 
Cuando se tiene el tiempo se tiene la libertad 
Caracoles Rapes múltiples Soles y el Erizo de mar del poniente  
Un viejo par de zapatos frente a la ventana 
Torres  
Las torres son las calles  
Pozos 
Pozos eso son las plazas  
Pozos 
Árboles huecos que albergan mulatas errantes 
Mestizos cantan canciones hasta morir 
A las mestizas pardas 
Y la oca cuá-cuá trompeta al norte 
Donde los cazadores de ratones  
Raspan las pieles  
Reluciente diamante 
Vancouver  
Donde el tren blanco de nieve y luces nocturnas huye del invierno 
Oh París 
Del rojo al verde el amarillo muere  
París Vancouver Hyères Maintenon New York y las Antillas  
La ventana se abre como una naranja 
El fruto hermoso de la luz


OTOÑO ENFERMO

Otoño enfermo y adorado
Morirás cuando el huracán sople en los rosales
Cuando haya nevado
Sobre los huertos

Pobre otoño
Morís en blancura y en riqueza
De nieve y frutos maduros 
Al fondo del cielo
Los halcones planean
Sobre cándidas nixes de cabellera verde y enanas
Que nunca han amado

En las lindes lejanas 
Los ciervos bramaron

Y yo amo oh estación yo amo tus rumores
Los frutos que caen sin que nadie los levante 
El viento y el bosque que derraman
Sus lágrimas en otoño hoja a hoja 
                          Las hojas 
                          Que uno pisa
                          Un tren 
                          Que avanza
                          La vida
                          Que pasa

                                                                            1913


Extraídos de: Guillaume Apollinaire, Alcools, Gallimard, Paris, 1984, y Guillaume Apollinaire, Calligrammes, poèmes de la paix et de la guerre, 1913-1916, Mercure de France, 1918. Versiones de Adrián Bollini.

Guillaume Apollinaire. Poeta, escritor, teórico y crítico de arte francés. Nació en Roma el 26 de agosto de 1880. Fue uno de los grandes renovadores de la poesía francesa de principios del XX y un ferviente difusor y teórico de vanguardias artísticas como el cubismo, el fauvismo y el orfismo. A su pluma también se atribuye la invención del término “surrealismo”. Entre sus obras poéticas, destacan Alcoholes (1913) y Caligramas (1918). Combatió voluntariamente por Francia durante la Primera Guerra Mundial. Murió a causa de la gripe española en París, el 9 de noviembre de 1918.

Adrián Bollini. Nació en 1988 en Bragado, Provincia de Buenos Aires. Poeta y traductor. Publicó por Alción Editora (Córdoba) los libros de poesía Escritos de Dédalo, Sísifo y Pandora (2009), Ascética de Heuzek (2015) y Poesía genealógica 2006-2021 (2022). Tradujo a Paul Valéry, Ezra Pound, Roger Gilbert-Lecomte, Dino Campana, Charles Cros, Germain Nouveau, Tristan Corbière y Robert Frost, entre otros. Administra junto a los hermanos Guillermo y Andrés Romero von Zeschau el sitio web Navis fracta – Literatura y Arte.


miércoles, 3 de junio de 2026

Esteban Moore: EL FILETE PORTEÑO

 


 
                                                                                                                                                                   



La datación histórica del nacimiento del filete es difusa. El inicio de esta práctica, la  de adornar los carros de carga,  que se transformaría con el correr del tiempo en una expresión artística urbana propia de la ciudad de Buenos Aires, comenzó en algún momento, en los últimos años del siglo siglo XIX  y los albores del  XX.  

El paso de los años le sería pródigo, convertiría este oficio, ya centenario, en uno de los símbolos de nuestra cultura ciudadana, que por su característica eminentemente decorativa y su contenido, se diferencia claramente de la tradición  que en este campo  se lleva a cabo en otros países.

Distintos testimonios sostienen que fue  en una fábrica de carros, en la época en la que éstos se pintaban de un gris uniforme, al igual que los carros municipales, que un pintor decidió cambiar el color de uno de ellos.  Esta audaz modificación fue aceptada  inmediatamente por los usuarios y el público en general.

La innovación en el color de la pintura fue seguida luego por la realización de los primeros recuadros en carros y jardineras de panaderos, en los que se incluyeron filetes de distintos espesores, medidas y colores. A partir de este momento los carros ya no sólo llevarían en sus flancos inscripciones con el nombre de sus dueños o de las empresas propietarias. Entra en escena una forma artística compleja, que muestra una simetría perfecta, la acertada coordinación de los distintos elementos ornamentales, de los colores y una combinación de los claros y oscuros. 

El filete más tarde se enriquecería con el agregado de los detalles  de  la gráfica del papel moneda argentino, de los ornamentos arquitectónicos,  y de  la letra gótica. Estos elementos decorativos se complementaban con imágenes de flores, paisajes,  aves, animales, retratos de Carlos Gardel, escenas del turf y en algunos casos reproducciones de la Virgen de Luján. 

De raíces fundamentalmente populares, este arte aplicado engalanaría, luego de la desaparición del carro, otros medios de transporte y carga más modernos como: el colectivo y el camión.  

De su condición de arte aplicado pasará posteriormente al caballete, rescatado por distintos artistas. Esperamos que en un futuro cercano este arte popular porteño pueda recorrer nuevamente las calles de Buenos Aires. Y que lo haga en los medios que fueron fundamentales en la difusión del trabajo de los maestros fileteadores: el colectivo y otros medios de carga.                                                                                                                                                                                                                                             
El fileteado en los medios públicos de transporte fue prohibido por una ordenanza (SETOP 1605/75), actualizada en 1985 y derogada en 2006.                                                                                                                                                                                                  
Anteriormente el gobierno de la época había colocado un disco giratorio, de grandes proporciones, en el obelisco con la leyenda: “El silencio es salud”. Toda una definición.

En la actualidad el porteño de a pie puede observar que las unidades de distintas líneas de colectivos, con recorridos distintos, ha sido pintadas del mismo color: azul. Medida que confunde a aquellos que a la distancia los identificaban por su color, ya que el número correspondientes a cada una de ellas es visible a corta distancia. 

Y en sus laterales todas llevan la misma ilustración. Unos trazos curvos  con la pretensión de ser un filete. Pero que poco y nada tienen que ver con la tradición creativa y la representación de símbolos y sentimientos que realiza el filete porteño, inspirándose, en diversos aspectos de nuestra cultura popular.