Páginas

lunes, 22 de junio de 2026

Miguel Ángel Zapata : Poemas para violín y orquesta

 

Miguel Ángel Zapata
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     





MORADA DE LA VOZ

A José Durand


El sol alumbra la ciudad y el cielo cae a lo lejos. Es cuando salgo a caminar por las calles y me pierdo entre los inmensos arboles de Woodland. Me protejo con un pequeño paraguas de las briznas del otoño, llevo chaqueta azul y zapatillas de tenis. Estas brisas te pueden hacer escribir poemas que reproduces en la pantalla de tu mente, y aparecen y desaparecen en una o dos cuadras como espejismos verdes. Por eso trato de entender la caligrafía de las hojas regadas por los suelos, la placidez de los robles que vigilan las casas y dan sombra a los viandantes que en los días de sol salen a vivir al aire libre. Pero todos huimos cuando el sol no tiene conmiseración de nadie e incendia todas las calles durante los veranos que son de fuego por estar muy lejos de las aguas del Pacifico. 

2

Salgo a caminar diariamente por estas anchas calles para olvidarme de todo y de nada, solo para sentir el sol otoñal sobre la piel, ese solcito que no lastima los sueños ni los poemas que se te presentan en fila por los aires, los ves ya construidos en el papel sin ninguna coma como edificios llenos de ventanales, y toda la gente mirando desde el vacío su altura y su andamiaje sin poder entender la arquitectura, los ladrillos, los adobes lentos que levantaron el poema. Caminas para volar y sentirte solo en un país desconocido, y para que puedas leer sus hojas amarillas por el tiempo. Para que entiendas que las temporadas son sabias mensajeras del poema, y que tu vieja ciudad no tenía otoño ni te fue propicio escribir ya que las palabras se entrecortaron y la emoción se perdió entre la niebla espesa y sus abismos, entre los malecones donde creciste amando el idioma que escondía su luz.

3

Hoy sales a ser ave. Toda la tarde has estado leyendo poemas de Theodore Roethke, maquinando el pensamiento que deseas escribir sobre sus vuelos, los poemas que quisieras escribir como él para satisfacerte, colmarte con la benigna y sana envidia, ahora que esta delgada tranquilidad te fascina y puedes leer las hojas de la calle, limpiar tu jardín y prender el fuego de la casa, reír con las niñas y ser el rinoceronte feliz, rey de toda la jungla. Por eso sales a caminar cada día para que los árboles comprendan tu silencio, el ocio que da frutos en este continuo movimiento, dando saltos ágiles contra el viento que mece al mundo, imaginando la dulzura del amor bajo los ficus, comiendo una manzana en cada interludio de besos.

4

Salgo alado a sobrevolar la ciudad. Eres el pájaro chismoso que otea las tiendas y los parasoles de los bares, los bosques de gente agolpándose ante la novedad del día. Desde arriba brillan los edificios, una fosa verde se siente al amanecer, en todos los polos crecen las ramas enormes recubriendo el paisaje. Entonces piensas en los elevados pinos de Tahoe y la apacible sensualidad de Albinoni que tanto te hacía llorar de alegría, y puedes ver nuevamente a los venados desfilando con sus cornamentas en alto, todos bajo el cielo todopoderoso, pisando las hojas amarillas, el sol que es tu sol con todos los árboles empecinados en darnos consuelo eterno.
 
5

¿Cómo cerrar el día sin haber escrito una letra? ¿Cómo retirarse a dormir si la pluma de ave reclama su vuelo cuando todos duermen? Solo basta oír el aire que silba para borrar el ritmo de lo narrado, dejar salir al alma y el espíritu a recoger los lirios, las huellas de las sombras que cubren la visión del gallo en la madrugada, bailar en el Oráculo y ser esclavo de tus propios hechizos, pez henchido que sale a flote una y otra vez cuando el sol alumbra la ciudad, y sales en busca de la respuesta que te aprisiona y que encuentras en la calle, cuando estas lluvias precipitadas te muestran la morada de la voz.


E L  A I R E
(Robert Bly)

BIENAVENTURADO el canto que viene del aire articulado, el
laúd que recoge las sílabas del alma y las dispone para nosotros
sobre los campos.

De ahí a cosechar la selva, en el mar o en la ciudad la pupila de
la voz como un oboe enamorado. Sin la música el aire no calienta,
no circula el agua en su centro, el cristal no se ve en la fuente.

Bienaventurado el canto del sinsonte, los globos de los niños en
un día de sol cayendo libremente por las plazuelas, los veleros se
pierden tras las olas se marchan, nunca dejan huella sobre la
arena.


ALHUCEMAS DE WILLIAM CARLOS WILLIAMS

El olor a limpio a través de la ventana, alhucemas sahumando el paisaje de la casa, golpes de máquina dando forma al poema de los yates, al mundo que rebota exhausto en la flor del sahumerio. Al sonar las campanas, las aguas verdes flotan y entra un olor a limpieza por la ventana, las ideas con el salmo de los dioses: flores amarillas cambiadas por cortinas blancas, el sol que se opaca en la tarde, la jarra de cristal donde leo estos versos luego de alumbrar un nuevo niño: el temor de caer con el mundo, me refugio en las hojas de los pobres, en los hospitales solitarios, en tu cintura, tus rodillas, en la hierba que crece hasta tus tobillos.


CUADRO SINCRÓNICO

El sol del verano 
para un arte 
poética del amor. 
Sonido de viola 
bajo la arena:
un
cuerpo de mujer 
sobre las espumas 
del mar brillándome
el pensamiento.
 

(POEMAS PARA VIOLÍN Y ORQUESTA se publicó por primera vez bajo los auspicios de Premià Editora, México 1991. Agradezco la generosidad sin límites de Fernando Tola de Habich, editor de la colección, quien fue además poeta e historiador de nota.  Ahora, después de 35 años aparece en Lima (Ediciones Códice de Poesía) esta segunda edición con una nota introductoria de Carlos Germán Belli)  



MIGUEL ÁNGEL ZAPATA, poeta y ensayista peruano, es una de las voces hispanoamericanas más destacadas de las últimas décadas, y sin duda un referente ineludible de la poesía en lengua española actual. Sus poemarios y antologías han aparecido en diferentes países del mundo, especialmente en el ámbito de habla hispana. De entre sus títulos recientes destacan Poemas para violín y orquesta (Códice, 2026, 2da edición),  Escribo caminando. Antología poética 1983-2025 (Pre-Textos, 2025),  El florero amenaza con hablar (2024), y Un árbol cruza la ciudad (2019). De sus últimos ensayos destacan Usted no sabe cuánto pesa un corazón solitario. Ensayos sobre poesía (2023), y Trilce. Ensayos (2023). Ha preparado ediciones críticas y florilegios de autores como César Vallejo, Carlos Germán Belli, Blanca Varela, Mario Vargas Llosa o Antonio Cisneros, entre otros. Su obra ha sido traducida a numerosos idiomas. Por su trayectoria, ha merecido premios como el Latino de Literatura (2011), el Premio Nacional Enrique Anderson Imbert (2023), o la Medalla José María Eguren (2025). Ejerce la docencia como catedrático de literatura hispanoamericana en Hofstra University, Nueva York. Dirige Códice-Revista de Poesía.