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domingo, 23 de febrero de 2014

Robert Lowell: Recuerdos de la calle Oeste y de Lepke



Robert Lowell





























Sólo doy clases los martes y leo, soy un ratón de biblioteca
en piyamas recién salidos cada mañana del secarropa,
y ocupo toda una casa en la “casi nunca apasionada
calle Marlborough de la ciudad de Boston”,
donde incluso el hombre
que revuelve la basura en los contenedores
del callejón trasero, tiene dos hijos, posee
una camioneta , un ayudante
y vota por “los republicanos”.
Yo tengo una hija de nueve meses de edad,
suficientemente joven para ser  mi nieta.
Al igual que el sol ella amanece en su piyamita
                                                      rosa flamenco intenso.

Estos son los tranquilizados cincuenta, y yo ya he cumplido
los cuarenta. ¿Debería arrepentirme de mi tiempo de siembra?
Fui un católico O.C. en llamas e hice mi maníaca proclama,
 acusando al estado  y al presidente,  luego
esperé  en un calabozo mi sentencia, sentado al lado
de un muchacho negro con ensortijadas hebras de marihuana
                                                            /en su cabello.

Condenado a un año,
caminé sobre los techos de la cárcel de la calle Oeste, un
espacio no más largo que la cancha de fútbol de mi escuela,
y vi el río Hudson  una vez al día a través  de la ropa  agitada
por los vientos, tendida en las azoteas y de los amarronados
edificios de departamentos,  blanqueándose a la intemperie.
En mis caminatas discutí afiebradamente temas metafísicos
con Abramowitz, un tipo cetrino, amarillento (“en realidad bronceado”)
un pacifista peso  mosca,
muy vegetariano,
usaba sandalias de soga y suela de yute
y prefería la fruta caída.
Él intentó convencer a Bioff y Brown,
los proxenetas de Hollywood para que adoptaran su dieta.
Ellos, peludos, musculares, suburbanos,
vestidos en trajes color chocolate con sacos cruzados
se hartaron y le dieron una paliza que lo dejó azul -negro.

Yo estaba tan alejado del mundo que nunca
había escuchado hablar de los Testigos de Jehová.
“¿Sos  un O.C.? Le pregunté a otro preso, un  pájaro de cuenta.
“No,” me contesto, “Soy T.J.”
Él me enseño a tender la cama como lo hacen en los hospitales,
me señaló al Zar Lepke, miembro del Sindicato del crimen,
quien de espaldas y en camiseta hacía tiempo
en la lavandería,  doblando y apilando toallas
o caminando lentamente hacia una celda aislada
llena de objetos  prohibidos al preso común:
una radio portátil, una cómoda, dos banderitas americanas
entrelazadas con una palma pascual.
Fláccido, calvo, lobotomizado,
flotaba tímidamente, tranquilo,
en ese territorio donde ninguna reconsideración
 por agonizante que fuera 
lograba estremecer  sus pensamientos, concentrados en  la silla eléctrica,
que pendía como un oasis en su atmósfera
de conexiones perdidas…   

(Versiones Esteban Moore – Vanesa Malrossa)


Robert Lowell (1917-1977).