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martes, 27 de enero de 2015

Fernando Denis: EL MUNDO SEGÚN MENANDUS CORREA





M.C. Autoretrato

A Amparo Correa

La pintura es tiempo congelado, es río de Heráclito detenido en la frente, es la luz invocando el destino de los elementos, la metáfora infinita bordeando los espejos: adentro hay un viento dormido.
La pintura reclama su porción de miseria y de esplendores para escribir la biografía del mundo, habita su casa de fuego y su refugio es una pupila.  A cada instante un asombro nos acecha, un milagro. La belleza es fantasmal, imprudente, peligrosa, y nos hace cómplices de una conspiración infinita. En su libro Van Gogh, La Vida, Steven Naifet y Gregory White Smith glosan en un fragmento memorable sobre la vida del pintor:
“Nadie había vagado por senderos más misteriosos que Vincent. Había empezado como marchante de arte con escaso éxito, optó por el disparatado intento de hacerse sacerdote al sentir una inconstante vocación de misionero, hizo una incursión en la ilustración de revistas y, por último, tuvo una carrera de pintor tan brillante como corta.  En ninguna de estas actividades se plasmaba de un modo tan espectacular el corazón volcánico y desafiante de Vincent como en el ingente número de cuadros que se iban amontonando sin que nadie los mirase, en los armarios, desvanes y habitaciones de sus parientes, amigos y acreedores”.
Anocheció en el poema. Llovía el agua del olvido, y en el sueño un duende de las cuatro estaciones  templaba su arpa.  A esta hora cargada de presagios,  los sentidos eran taladrados por el sentido común. La lluvia era un alma  iridiscente, salida del invierno, y que subrayaba con lápiz las frases venidas de un paisaje donde ya los astros arrojaban  sus barajas, sus monedas, sus arpones. El aquel camino que iba hacia todos los azules de aquel  invierno,  cada vez más viejo, cada vez más ajado por la escarcha y por el  extravío,  junto al estanque donde naufragaron barcas e imperios, yo vi al pintor de barba y sombrero: se llamaba Menandus Correa.  Siempre se hallaba en franca discusión con su ángel. Estaba envenenado de cosas del otro  mundo que le servían para dialogar con los colores.  Era soberbio, tempestuoso, de mirada penetrante detrás de los cristales de sus gafas, y acostumbraba a merodear por las orillas de todas las cosas.  Es más, siempre vivió en la orilla, nunca entró de lleno en el mundo. Cojeaba ligeramente por las aceras y miraba al cielo como quien consulta un mapa. Era un ser prodigioso, perturbado por la belleza, acechado por el fantasma de Van Gogh. Sus amarillos lo volvieron loco.
Cuando aún era un muchacho que estudiaba artes en Cali, Menandus compartía un cuarto con William Ospina y vendía alfombras en las calle. Yo lo conocí en Bogotá, donde fuimos los mejores amigos del mundo. Fue aquí donde me presentó a William, que aún no era un escritor importante, había publicado un  poemario que muy pocos habíamos leído,  Hilo de arena. Recuerdo esos poemas meticulosos, cargados de imágenes antiguas, de episodios verbales bastantes memorables. Como este poema:

 EL ESPEJO

Una región del muro está hechizada.
Sólo el ojo lo sabe.
Un cristal incansable paso a paso repite
las rectas sombras que la tarde desplaza.
Terriblemente dócil, no desdeña
la vertical sinuosa de una hormiga extraviada
y al fondo de sus cámaras
también crecen las plantas.
A veces miro ese país extraño
cuyos hombres no tienen más lenguaje que el gesto,
ese país sin música.
Sé que no puedo ser ese hombre que me mira,
sé que a él no lo alcanzan el temor ni la idea.
Cuando la noche apaga las letras y los ángulos,
en su país de eclipses él no te ama.



 

M.C. Eldulce jardín encantado de Charito


Menandus admiraba tanto a Van Gogh, que aprendió su trazo y además su idioma. Varias veces fue  Holanda, a ver sus obras al museo, con plata que ahorraba con la venta de sus cuadros. Menandus era un tipo que venía de una época que no era la suya, pues vivía alucinado, tenía una capacidad de asombro impresionante, recitaba poemas de Gaitán Durán, recitaba poemas en francés  de Rimbaud y de Baudelaire. También le gustaba escribir ideas, hacer bocetos, dibujos, viajar, aprender idiomas, era un gran conversador. Sobre todo un peculiar conversador de cafetín, como en París. Alguna vez en el Café Automático me dijo: “En París decían que Truman Capote  era el terror de las cinco de la tarde”. Otra día  entró al mismo Café una muchacha que parecía sacada de un cuadro de Dante Gabriel Rossetti. Le dije: “Menandus, mira esa muchacha tan bonita”. Me respondió. “No es que sea bonita, es que parece de verdad”.  Menandus hablaba así, como si el remedio para la vida cotidiana fuera inventarse una frase insospechada en cada situación. Era realmente una deidad de la sociedad post moderna hecha de palabras asombrosas. Lo distraía mucho el ritmo de la naturaleza, sus espejismos, y miraba todo a su alrededor con una cordial severidad, como acentuando los detalles, los gestos, los cambios, los matices del día y de la noche.  Al igual que Van Gogh, Menandus hubiera sido un gran escritor.  Era demasiado expresivo. Demasiado elocuente. Tanto la vida como la muerte eran para él conceptos que tenía que ver con el arte.  La vida de Manadus Correa estaba hecha de trazos, de líneas, de atmósferas, de figuras, de climas, de objetos que otras veces eran palabras. El trazo de sus dibujos estaba acentuado poir una inocencia fabulosa.  hSé que vivió cada minuto de su vida más intensamente que cualquier otra persona. Sus problemas eran verdaderas catástrofes cósmicas. Incluso hasta el color más tenue le dolía. Y casi siempre esas especulaciones dolorosas que conmovían su espíritu creativo,  era borradas momentáneamente por la simple sonrisa de una muchacha. Los gestos de una mujer los convertía en un mito. Menandus perteneció a una civilización antigua, anterior a nuestro siglo XX, y su alma era recorrida por el escalofrío de una selva oscura como la de Dante. Amanecía en sus cuadros, en ellos dormía durante la noche. Aprendió a pintar para albergar en su obra, para abrir su carpa en cada uno de sus trazos y allí ponerse a leer sus libros, escribir sus cartas, corregir su diario. Su universo personal era inagotable como impredecible.  Sus pasos recorrían pasadizos distintos al nuestro aunque lo viéramos bajo el mismo sol.  Laberintos, escaleras, círculos, los trazos que se apaciguaban en su mente, o que la confundían, pertenecían a una dimensión más exacta para el arte que para la vida. Por eso su arte era superior a su vida, por eso vivía para la sed de los colores, para llenar de sueños esas figuran que danzaban en sus lienzos, que vivían en sus cuadros como una civilización de criaturas que vinieran de lejos a visitarnos de vez en cuando. Lo movía la creación, la búsqueda de esa originalidad que caracterizaba su esencia. Jugaba a la vida real pero no vivía en ella. Sabía que en la historia del arte los actos no son gratuitos, y que ocasionalmente era visitado para recibir la revelación. La musa, el ángel, los fantasmas, el duende, los presagios, la demasiada lucidez.  Cuando se reía yo sentía que se reía en el siglo XIX de algún chiste contado por Gauguin.  Menandus era un visitante que vino a vernos desde un país donde los colores son criaturas amables, vistosas y demasiado inteligentes. Y siempre tuvo la misma edad, la edad del color. Su tiempo no se media por la cronología de los seres humanos, se media por los cambios emocionales del color. La biografía de Menandus Correa empieza y termina en la mirada. Ahora recuerdo las palabras de Octavio Paz: “La perspectiva es un artificio destinado a darnos la ilusión de la tercera dimensión. Euclides estableció el principio básico: el campo de la visión es una pirámide cuyo cúspide es el ojos del espectador”.  El ojo de Menadus estaba en su corazón hambriento, en esa sed interior que lo trabajó durante tantos años y que lo empujó a esa incesante búsqueda de sí mismo a través de los misterios de la imagen. Su genio, su lucha, la tenaz incomprensión que le tocó sufrir, y pero también el legado de su obra serán testimonio para las generaciones futuras, será la fantasía de mucha gente que no lo vio, será la metáfora de una aparición que anduvo por estas calles dando tumbos hhentre los trazos narrativos de su pintura  y la desesperada historia que ahora tiene voz entre sus amigos y sus colegas. Menandus perdurará en nosotros como una gran marea, como un huracán impetuoso que pasó por aquí cargado con colores imposibles.
Aquí está el poema que publiqué en mi libro La geometría del agua:

M.C. Autoretrato con sombrero





















MENANDUS

    Hay un recuerdo entregado a la fiebre, a la noche
entre sus negros arbustos, y una bella arqueología de barro
emergiendo de tus manos diáfanas.

Despacio, debajo del siglo de Van Gogh, arde
el último girasol, el más estimado color amarillo
sangrando junto a los rotos zapatos de un campesino de Arles.

Y poco a poco, emergiendo del aire enfermo,
una oxidada luna va devorando las orillas del autorretrato,
y él murmura en la sombra
que entre el lápiz y el papel
hay un sendero que conduce al pozo donde el azul piensa
en el violeta,
donde la que dibuja en los espejos
esconde sus bodegones y sus fantasmas.

Menandus Correa