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martes, 27 de enero de 2015

Mario Rivero: Salmo III


Mario Rivero




























Entra la mañana. 6 en punto. Y entonces se
apagan las lámparas. Suavemente,
los últimos copos de sueño se alzan.
Del otro lado –lo muy cercano todavía invisible–
las montañas como escollos de la visión, que separan,
los que marchan con sus pasa-montañas y sus tanquetas
que despiden un olor como de azufre, un olor a rayo.

La muerte nos pisa los talones, con ahínco.
Colombia tiene mares, tiene aguas, pero se baña en sangre.
Y no es fácil vivir en compañía de la Muerte,
su vientre es redondo, caliente, como el vientre de una mujer preñada.

La guerra, la ira-roja brilla,
en los ojos del hombre de uniforme.
En los ojos del hombre de paz.
Brilla en los ojos de todos por igual.

Fuego en los ojos,
fuego en las bocas,
fuego en las moradas.

Soplado desde ese aliento que los hombres
                                        llamamos Guerra,
enorme, cierto, el Terror, en traje de carnicero,
entra a los poblados. Al tañido de sangre,
clamamos para que este Cáliz pase.
Aunque nunca hemos sido por nadie escuchados.

¡Oh, la tristeza en la choza del agricultor!
convertida en un horno, que sofoca y abraza.
El fuego corre de prisa sobre el filo del viento.
Modela, de continuo, desde los oleoductos, una densa
columna funeral, por caminos de brasa.

Y ésta es la tierra que se repartirán echando suertes,
combatientes, cada uno con su cuadrilla.
—El salario del oprobio y del martirio—.
Una y dos y tres veces, no escapará a la zarpa
y al furor enemigo. Porque esta es la tierra,
que nos están cortando en trizas,
descarnando hasta el hueso, un territorio en vilo.
Marchan el uno contra el otro, —hermanos,
sin conocerse el uno al otro, —adversarios,
donde quiera que pisan.
Ojo por ojo y diente por diente, año tras año,
secuestran, torturan, ajustician,
a quienes esperan la llamada cabizbajos,
con férrea mano llamando a lista,
sin dar reposo al rostro del martirio.
Como aves de carroña, con ojos rojos, alían
violencia y provecho, los Mercaderes de la Guerra,
mientras todos los demás plañimos.

de los pequeños caseríos escapa el suspiro fantasmal.
El pequeño “por qué” sin respuesta.
En la evidencia de los hechos más allá de todo argumento.
—Quicio de una casa, base de un fogón, piedra de una cerca—.

La carretilla tumbada de costado.
El zapato tenis tirado allí, en el yermo.
Sin que a los hombres que somos en estos tiempos nos importe.
Sin que nos importe a los hombres que hemos llegado a ser en estos tiempos.

¿Qué importa el humo del sacrificio de tantos oscuros Abeles?
(aunque cualquiera puede estar comprendido en ese hombre).
¿El humo imperturbado que disuelve lo
                      construido con el sudor del hombre?

El salmo del esfuerzo perdido es el que compongo.
El lamento del brevo, del granado,
el manzano y el durazno chamuscados,
de los cuerpos ardiendo como velas.

La pena de este “Ahora” desde el “Siempre” del mundo.
El viento fratricida todo lo abate con su enormidad.
Y la voz se tiñe de pesar por Caínes y Abeles.
Niños- soldados, niños guerrilleros.
Solo chiquillos bajan   al Mundo-de-los-muertos.
Al lugar de la muerte sólo  los chiquillos vienen.
La sangre verde, manando en fuente, afrenta cada día,
a la Casa Materna, Casa de La Contienda.

¿Lo sabes tú? ¿Te inquieta?
¿Qué está ocurriendo bajo tu pie, muy hondo?
¿Qué está pasando ininteligible a tu  puerta?

En el adoquín de las ciudades.
En el lecho de las hojas,
el involuntario y el voluntario,
masacrados; ¿cuántos más? y ¿por qué?

El sol, con un algo de bueno, aún despunta sobre el campo baldío.
Alumbra la desierta vereda.
Amargas mujeres, madres y viudas, con los vestidos negros
dejan poblados. Se han ido…se han ido…
Las caras mudas vueltas hacia lo alto.
Cosechas, salud e hijos desaparecidos.
Ruinas… negro cascajo…cenizas de la tierra. ¿No lo ves?

Bajo las manos que nos lavamos, sentimos la compasión punzante.
Causa casi tristeza el poetizar. No obstante,
nos sumergimos en el arte que exorciza.
O rezamos plegarias que nos purifiquen.
Lejanos y sin pecado, sobre el agua revuelta,
al enemigo mismo pedimos auxilio.
Y al Gran Ojo Ordenador de Gentes
plañimos el perdón, por los reos del cielo.

Aparta la mirada.
Mira cómo asciende el humo negro.
Aparta la mirada.
Mira las roja llama cómo baila.
Marte baila con corona de fuego
la danza de la muerte y la condena.

¿Pero qué en las montañas de azul eternidad?
¿Quién y qué en los collados?
¿En los páramos llenos de llovizna?
¿Los hundidos en las neblinas, con nuestras ovejas?
Sólo armas, fuego, y polvo y hierro
abajo de las nubes, sobre las altas hierbas.
Y en lugar de las flores caseras —las de la nostalgia—.
La rosa, el jazmín, el clavel
la coca y la amapola, fumigadas,
barriendo el buen ozono del cielo.

Y lejos, a miles de kilómetros no hollados
las caras embozadas de los que ofician
como guardianes, en los turnos sin fin
sobre sus rehenes, con los semblantes afilados,
y astrosos, como anacoretas. Emparedados
en las entrañas de las peñas. Llevados allí
por galerías secretas.

Pertenecientes a esta generación del “Y a mí qué”
y del “ ¿Soy acaso yo el guarda de mi hermano?”
Nos servimos poco hoy unos a otros.
El otro muere en nuestra pupila indiferente.

Ya nadie sabe quién es su vecino —mientras no importune—.
Ni nos incumbe quién es el prójimo.
¿Qué lejos! ¡oh Señor! de Ti.  ¿Y en silencio!

Nos sostienen las palabras pronunciadas
en muy antiguos tiempos:
Sea  ahora Tu Misericordia. Para respiro.
Para consuelo.
Porque tuyo es  el Reino, el Poder y la Gloria
Venga a Nosotros Tu Reino. No escondas el Oído.
Restáuranos, ¡Restaña!
Señor de vivos y de muertos.

(de V Salmos Penitenciales -1999)


Mario Rivero (Envigado, Antioquia, Colombia, 1935- Bogotá, Colombia, 2009)  Poeta y crítico de arte. Fundó en 1972 junto a Aurelio Arturo, Fernando Charry Lara, Giovanni Quessep  y Jaime García Maffla, Golpe de dados, revista de poesía  que marcaría un cambio definitivo en la poesía colombiana del siglo XX.