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jueves, 14 de octubre de 2021

Juan Sasturain: TINTAS CARGADAS de Horacio Spinetto






 
Spinetto no miente. Probablemente ensaya, prueba, intenta y tira –de apuntar y de desechar- tantas veces como sea necesario hasta que (lo que hace, lo que queda) sea cierto. Es que esos chinos traidores –el papel y la tinta, digo- no te dejan mentir. Y no hay pacto que valga con ellos: es así o no es. Te lo ponen siempre en blanco sobre negro. Que de eso se trata. Spinetto lo sabe y se la banca. Pero cabe borronear algunas salvedades.  

En una secuencia de El estado de las cosas de Win Wenders -larga conversación en la barra de un bar de Lisboa- el veterano Sam Fuller, que hace de sí mismo devenido personaje, le explica a alguien que a pesar de que en el mundo real las cosas tienen colores, a la hora de hacer cine, el blanco y negro es más verdadero. La cita vale, salvo error u omisión. Y el viejo artesano salvaje lo dice en blanco y negro, claro.
Otra de película: Alberto Breccia solía contar que había aprendido el valor plástico del blanco y negro mirando cómo componía Eisenstein. No recuerdo si era Iván el Terrible o La conspiración de los boyardos, una de esas históricas. El encuadre del ejemplo era la puerta de un castillo con dos guardias armados a los lados. Una luz lateral partía la imagen en dos: sol y sombra. El soldado de guardia al sol tenía uniforme oscuro; el del lado de la sombra, blanco. Sergei lo hizo, y el Viejo lo aprendió.

En los dos casos, la negación del realismo especular y la evidencia del artificio necesario, construcción de un verosímil expresivo a través del simulacro. Cómo conseguir un efecto estético de verdad que remita / evoque / cite pero no copie el referente “real”, que funciona sólo como disparador o memoria subyacente compartida. Digo: una calle de Sitges apuntada en ojotas, Puente Alsina visto por el Flaco Morán con Pugliese, las siluetas de Bouvard & Pécuchet contadas por Flaubert.

Salvadas las salvedades, decanta lo que sabe y hace saber Spinetto: en la representación de imágenes, el uso del blanco y negro no es una limitación sino una elección u opción expresiva de pleno derecho que suele conllevar, por la economía de medios que supone, una feroz exigencia, un desafío. Una tortura china, se podría decir, calzada a veces de gloriosas Medias negras, en su caso.

Y un borrón conceptual para apuntar: cierta perspectiva equívocamente “enriquecedora” suele llevar al absurdo y a gestos de flagrante estupidez. Así, ahí está Turner -no William, el inglés que imaginaba tormentosos cielos marinos sino Ted, el impune cosmetólogo yanqui que “maquilló” el cine clásico para la pantalla chica- poniéndole color a The Big Sleep de Howard Hawks, entre muchas otras joyas del cine negro; y ahí se republica hoy el Ernie Pike de Pratt y Oesterheld coloreado por manos anónimas que Spinetto –retratista de un Pratt en modo hurón con permiso y sentido- amputaría sin vacilación con metafórico serrucho. Burradas, Sancho: no saben lo que hacen.

Para final, sólo cabe borronear otra persistente nebulosa de prejuicio a disipar: los materiales en juego –consabidos chinos traidores: la tinta y el papel- no son medios “menores” con respecto a –supongamos, seamos viejos- el óleo y la tela. Tampoco los instrumentos mediadores. Cuando la pluma o el pincel se mojan, como el dedo impregnado de sangre derramada que deja en el inicio de los tiempos con piel y uña la marca en la pared, saben que no hay vuelta atrás y caen con gesto irreversible (puro pulso y pulsión) a dejar marca imborrable en el papel fiel, ávido e ingrato ante la duda.
Escribir, firmar y dar formas en el mismo gesto –caligrafía y dibujo, escritura y representación- son avatares de un solo salto al vacío lleno de sentidos presentidos pero desconocidos todavía. Como dados, como marcas de lluvia en la tierra seca, como yemas sobre la piel que tatúan sin horadar, el pincel y la pluma de Spinetto encuentran lo que acaso no sabían que buscaban.  
Ni vista previa, ni ensayo o bosquejo, ni apunte privado. Nada de eso. La tinta sobre el papel es el primer ademán irreductible, el gesto sin vuelta atrás que sólo cabe asumir como señal de entrega abierta. Sólo la marca más pura, arriesgada y poderosa. La que vale.
Que un paisaje encuentre su forma y expresión en el despliegue libre de una caligrafía que figura la marca de identidad, como acá sucede, es prueba –si cabe- o al menos gesto elocuente de que Spinetto es –simple y difícilmente- un artista. No miente, vuelvo a decir.
Gracias por eso.

  Buenos Aires, 2021.