martes, 15 de diciembre de 2020

Gonzalo Rojas: Jorge Luis Borges

 

Gonzalo Rojas (Lebu, 1916-Santiago, Chile, 2011)






Absurdo, inmerecido, que este viejo aprendiz venga a decir lo suyo en la ocasión habiendo para ello tantos poetas, sin excluir letrados tantos que siempre sabrán más. Ni alabanza −entonces− a Borges para qué, ni menos uno de esos juegos de hermenéutica pobre para hablar de lo inhablable. Borges es uno único y su sistema imaginario es uno, y leyó el Hado por nosotros. Son tan pocos los que lo hicieron antes en el español de nuestro siglo. De repente Darío, Vallejo, Huidobro –por qué no−, Neruda el de Residencia, y Paz últimamente, que también tuvo pacto fundador, y, claro otros que no figuran en el canon inmediato. Nunca habrá habido en nuestra América otro escritor que muriera de resurrección.


Con arrimo y sin arrimo, como diría Juan de Yepes, quiérase ver en el caso un parco balbuceo en el centenario del incesante resurrecto, y nada más. Aunque sí, algo: el registro compartido del caos progenitor en las dos primeras vertientes visionarias: Fervor de Buenos Aires el 23 y La miseria del hombre el 46. Dos canteras distintas naturalmente. Novalis lo dijo limpio: “al fondo de todo poema se vislumbra el caos”. Lo que pasa es que Borges no hace sino crecer, como los alerces, y además no está muerto, ¿qué va a estar muerto Borges?


Alguna vez habré leído que el tobe hamletiano se amarra etimológicamente con el vocablo bhou, del germánico antiguo que significa por su parte crecer. De modo que, cuando somos, más bien crecemos.


Todo crece con el ritmo. El alerce, por ejemplo; ese árbol previo al diluvio que únicamente germina en  los austral del Nuevo Extremo, y no muere. Casi no muere. ¿Saben cuánto es, en tiempo de reloj, lo que se demora este moroso hasta llegar a ser en plenitud de árbol? ¡Dos miul quinientos años! Vivacidad como la suya, perseverancia en su ser, spinozamente hablando. A menudo hablo con ellos allá abajo en esos bosques del Reloncaví. Lo muy curioso, ¿sabían ustedes?, es que el alerce resiste todo como el poeta: las tormentas, el hambre. Y, aún bajo el cataclismo, algo perdura de él: non omnis moriar, como dijo el viejo Horacio. No me moriré del todo.


Caso  concreto, con la prueba científica que corresponde: hay un islote recién nacido que parece un gigantesco antifaz y que está situado en Bahía Foster al sur del sur de Chile. Emergió con la erupción de un volcán el 4 de diciembre de 1967 y vino al mundo, al cabo de no sé cuántos milenios de hundimiento, con un solo vestigio arbóreo impresionantemente intacto. El peritaje de Alemania dijo: alerce. Los poetas no mueren: quedan encantados. Eso lo dijo Guimaraes Rosa.


La palabra poética es, por esencia, un athanaton sperma, una semilla perdurable, el más peligroso de los bienes que le fue dado al hombre para que dé testimonio de lo que él es, y encarna como por azar en una obra abierta a múltiples lecturas, inabarcable e infinita.


Concentrémonos de una vez en nuestro Borges poeta. Lo leí tarde en las cuerdas estrictas dela lira pero lo que entreleí temprano en Sur y otras revistas que llegaban difíciles por el correo andino: artículos, versiones del inglés, del alemán, notas fílmicas, reseñas deslumbrantes. Algo de aquella prosa me fascinaba: la concentración expresiva, el humor. Estoy hablando del 38, año de mis 20 años. Ya Fervor de Buenos Aires, Luna de Enfrente, Cuaderno San Martín iban y venían, y nosotros ajenos a esos grandes ejercicios. Andábamos en otros que nos eran más próximos: en Huidobro, el más ventilado del país, en Mistral, la posesa de las materias, y entre uno y otro Pablo andábamos: el pedregoso de Licantén y el de Temuco en plena Residencia, y — claro — en nuestro Vallejo por  lo trílcico y balbuceante del misterio. Y todavía en Eguren y Ramón López Velarde. Y en Pound y en Eliot, eso sí. Y —lástima — además en las ortodoxias vanguarderas: dadaísmo demodé, surrealismo libresco. De mirón fui a parar al grupo Mandrágora de la que se ha hecho un mito, pero lo cierto es que el Mapocho no daba para Sena. El que faltó fue Matta, el único de genio que cambió Santiago por París desde el 34. Aquí en la Urbe de Buenos Aires, la imantación surrealista tuvo luz propia con Aldo Pellegrini y poetas-poetas de verdad: asimismo en el Perú con César Moro, Emilio Adolfo von Westphalen, Jorge Eduardo Eielson. (Ah, y otra cosa: del 27 español, apenas nada: Lorca, Alberti, átomos de Cernuda.)


La primera que nos dijo que había Borges en el mundo fue una mujer: María Luisa Bombal, que escribió La última Niebla y La Amortajada en el fulgor de Buenos Aires. Después entró su nombre junto con el de Alfonso Reyas y Pedro Henríquez Ureña y ya no pudo nada el desconocimiento y la ignorancia de mis paisanos.


Aún recuerdo la versión de su obra al francés por Roger Caillois en 1952, quien fue mi lúcido maestro en la UNESCO cuando fui escritor becario allí, pero sólo en 1960 se me dio su palabra poética en El Hacedor: y de ahí en adelante  con adhesión creciente. Leyéndolo y releyéndolo llegué a la identidad del tres en uno de su portento imaginario y me atuve al juicio de que todo se cumple en él en una misma trama enigmática: sus ensayos se leen como cuentos, sus cuentos son poemas y sus poemas nos hacen pensar, como si fueran ensayos.


Cuando el fatídico 73 de los chilenos fui a parar a Rostock que fue mi primera estación de exilio, puerto del Báltico en cuya universidad intenté dictar un seminario  sobre el pensamiento de Borges. Se me preguntó qué método emplearía, instándome a que sólo me atuviera al dialéctico marxista de aquellas ortodoxias, a lo que naturalmente me negué. La Volkspolizei pudo más, como en todos esos institutos académicos más totalitarios que científicos. “Borges es la figura mayor del idealismo”, fue el dictamen. También yo pasé a ser un enemigo y nunca tuve alumnos, lo que llevó a la doble asfixia: el exilio y la destitución, como quien dice dos tiros cruzados contra el mismo pellejo por anarca y partidario de la intemperie. La libertad se paga pero también la sumisión. Nunca fui el hombre de la adhesión total y mi apuesta incluye la perdida. Eso lo supo Borges el airoso.


La pregunta se impone, ¿quién que es no es borgesiano en la medida que fuere? Yo lo vengo siendo desde niño como tantos y he inventado a mi Borges insólito y perplejo, imaginación y coraje desde los primeros papeles, ese olfato escéptico, la conciencia del límite. ¡Será cosa de tono o de talante, lo alemanes dicen stimmung! Por eso cuando empecé a dialogar con su palabra creí recobrar otro diálogo más hondo conmigo mismo. Raro el contagio  de un alumbrado a otro, en cuanto a uno —a mí, en este caso— le parece haber venido con el influjo antes de leerlo. ¿O el pacto viene de más lejos? Lo que quiero decir es que yo también tuve —mala o buena — la intralectura de mi Borges poeta y llegué tarde al trato con su ejercicio genial aunque reconozco que a lo mejor fui un bórgico avant la lettre en cuanto estuve desde mis primeros papeles por el fervor y el desapego a la vez desde una óptica del distanciamiento, y la gloriola se me dio siempre menesterosa. Aunque por cierto amé hondo  las vocales, las sílabas de las que está hecho el mundo, y el ritmo, el frescor del ritmo del que algo supo Darío, padre y maestro mágico al que Borges veneró, más allá de las naturales diferencias. Al paso, excusen la mención del gran mestizo que jamás fue forastero aquí en Buenos Aires. Que lo digan si no dos grandes libros suyos del otro 96, quiero decir del otro siglo: Prosas Profanas y Los Raros. ¿Qué pasa hoy con él, a dos metros del 2000, en este plazo obsceno de consumismo y fanfarrias? Lo leen, no lo leen, pero la pregunta es otra: ¿a quién se lee? Vocales: ¿qué será eso? Sílabas ¿qué será? Lo acusan de todo al fundador: de viejo-retro  y fuera de uso ¡y eso que apenas llegó a los 49!: de silvestre. De elocuente lo acusan, de enfático y sonoro, ¡los afónicos míseros! De sobredosis de cántico. Oiga el que tenga orejas, pienso yo. Pero es tal el estruendo publicitario y vergonzante que ya nadie oye a nadie en el carrusel. No es que la palabra misma esté en tela de juicio, como dijo Vallejo: “¡Y si, después de tantas palabras, no sobrevive la Palabra!”: lo que pasa es desidia y liviandad ante el oficio, y literalmente no hay oficio. Borges lo tuvo como nadie.


Se me dirá por qué tanta disipación en la efeméride que parece exigir pauta más prolija. Es que prefiero la ventilación para honrar a quien nos diera tanto aire en este mundo. Y, ya en el orden de lo efímero, lo irrisorio son las efemérides. Esta misma, por ejemplo. ¿Quién no cumple cien años a cada instante? Porque el juego es ése: de repente estamos aquí, de repente no estamos. Él lo dijo una vez con alta conjetura: “¿Qué habrá soñado el Tiempo hasta ahora que es —como todos los ahoras, el ápice?” ¡El instante, el instante! La intuición del instante que hiciera a Goethe estremecer: “Detente: eres tan bello”. No es reparo a la lucidez de algunos críticos, pero no siempre funciona la metódica; menos en un caso como éste. Está escrito que los poetas entran limpiamente en los poetas, y no por servidumbre; antes bien por natural desafío, pasando por encima de los padres. Los leen mal —como afirma Harold Bloom— para repristinar el juego. Todo eso en el vaivén de la tradición y la invención. De ahí que las claves y los atisbos de los poetas sean más de fiar que los informes clínicos de  los expertos llamados críticos. Habré leído cien estudios sistemáticos sobre la popesía de Borges, pero los memorables son pocos: “El arquero, la flecha y el blanco” de Octavio Paz; “Borges el poeta” de Guillermo Sucre; los estudios mayores de Ana María Barrenechea, los de Rafael Gutiérrez, Emir Rodríguez Monegal, Saúl Yurkievich, Jaime Alazraki, Fernando Charry Lara y últimamente, un enfoque singular de Beatriz Sarlo sobre el Borges de la primera hora. Uno que nombro entre los objetantes y los disidentes es Enrique Lihn que también dijo que Darío es un poeta de segunda clase y Borges un gran poeta y un pésimo versificador. Desabrido y todo siempre habrá el movimiento pendular de las adhesiones y rechazos, pero —como la poesía se defiende sola y se explica desde su propio ejercicio— dejemos que suba y baje, o que se retire como las mareas para volver a la vivacidad de su equilibrio. Leamos una líneas de Harold Bloom en el recuento caudaloso de El canon Occidental (¿no será un abuso ese designio enorme?); allí dice “De todos los autores latinoamericanos de este siglo, es el más universal. Exceptuando a los escritores modernos más poderosos —Freud, Proust y Joyce—, Borges tiene más poder de contaminación que casi ningún otro, aunque aquellos tengan más talento y su obra sea de mayor alcance. Si lees a Borges a menudo y con atención, te vuelves un tanto borgiano pues leerle es activar una conciencia de la literatura en la que  él ha ido más l ejos que ningún otro”. Esta conciencia a la vez visionaria e irónica es difícil de describir, y es seguro la que más me atrajo en el maestro, por consonancia espontánea. Claro que también soy huidobriano, rokhiano, mistraliano y —por encima de eso— vallejiano, y —¿por qué no?—  dariano. Y es que todos venimos de todos y no hay originalidad sino concierto. La originalidad es improbable. Fue lo que me hizo escribir hace algún tiempo estas líneas que me atrevo a leer como un saludo a Borges. [Gonzalo Rojas lee aquí el poema ‘Concierto’].


Excusen el desvío hacia el ejercicio personal  y hacia esta especie de metamorfosis de lo mismo. Soy larvario y me demoro, y además me repito, y me hartan, más allá del hartazgo, las impaciencias de la escritura y por lo visto las del éxito. Es que todo es nuevo. Para el oficio de poetizar desde el asombro, todo es nuevo.


Otra cosa que habré dicho otras veces en cuanto al registro de influencias por demás necesario en mis interminables mocedades es ésta: Vallejo me dio rl despojo y cierto balbuceo en dialogo con mi asma y mi tartamudez y desde ahí el descubrimiento del tono; Huidobro acaso el desenfado; Neruda cierto ritmo respiratorio que él aprendió en Whitman (tan caro a Borges) y en Baudelaire, pero yo gané el mio desde la asfixia. ¿Y Borges? El rigor, l’ostinato rigore que dijo Leonardo. Y el desvelo. Un desvelo al que se llega sin prisa, por incesante crecimiento.


Casi todo es otra cosa y Borges atizó rn mí la perplejidad y el desapego, que iban conmigo desde las infancias. No era nada, no quería ser nada, pero quería ser. Igual que ahora a los 80 y más, en esta suerte de reniñez. Octogenario y finalista, aunque no terminal, hago mía su frase que escribiera el 61 al ordenar su Antología Personal: “Me atengo a mi pobreza pero no me abate ya que me da una ilusión de continuidad”. Y es que a lo absoluto se llega por la desposesión, por el ascetismo, y hay que ir dejando quereres, como dijo Juan de Yepes, el rey de la poesía del idioma.


Además tuve una formación estricta como la suya y atendí por las dos orejas simultáneas el ejercicio de leer y especialmente de releer: 1) por la izquierda l’esprit nouveau y las vanguardias, y 2) por la derecha las clasicidades áureas. Así en la punta de mi cabeza de muchacho se me dio otra ventilación, otra síntesis. 


Fui asimismo memorioso invulnerable y el Nadie de la Odisea fue un encantamiento para mí. “Por culpa de nadie habrá llorado esa piedra.” Tendría, todo lo más, unos 12 años cuando mi profesor alemán Guillermo Jünemann copió en el pizarrón la entrada de la Ilíada traducida por él la noche anterior. Repetiré esa primera estrofa que me tocó las médulas como dice Quevedo: 


Las iras canta del Pélida Aquiles,

oh dea, iras fatales que arrojaron

al pueblo aquivo en cuitas mil, y al orco

mil almas de capeones poderosos,

sus cuerpos a los canes por despojo

y por festín a carniceras aves.

¡Tal se cumplió de Jove la sentencia

desde el momento que en contienda fuerte

lucharon, de los hombres el caudillo,

Agamenón, y el esplendente Aquiles!


Pienso que he sido fiel a esa ritmicidad y por añadidura a la palabra de Borges. Se entenderá que mi trato con él discurre largo desde e l zumbido hondo de  los griegos inmortales —lo parmenídeo y lo heraclíteo— a este hoy que se atreve con las galaxias, es decir de unos físicos a otros físicos que apuestan como aquellos que parecen remotos a la imaginación más allá de las necesarias exactitudes. ¿Quién no sabe que la física nueva está transida de poesía. 


Cosas que me impactaron además:

la preocupación por el tiempo eternidad en Borges. ¿De qué nos disfrazamos cuando escribimos que no sea de tiempo?

el frescor de una sintaxis liberada, con eje en la oralidad. También en Rulfo, ese otro genio del continente, la oralida es clave;

la dispersión y al mismo tiempo  la urdimbre; de donde el empleo reiterado de la enumeración caótica, y Whitman, Whitman, Whitman;

su desdén ´por las vanguardias y las modas que se arrugan;

la fascinación del laberinto;

su insistencia en Quevedo, “homme de lettres”;

su pudor en la celebración del amor, tan ajeno al descaro;

la conciencia crítica del lenguaje y el encantamiento de lo insólito: “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho”.



Acepto el contagio y reconozco la presencia necesaria de este “miglior fabbro”  que vino y no se ha ido, al que le debemos otro milenio de diamante.


¿Y el libro? Pienso en él pero también en ese otro libro que vamos escribiendo entre todos: el del instante y el de las galaxias que excede a toda imaginación; a la de los poetas y de los físicos, que es la misma.


Lo que he amado al  libro, lo he respirado, y lo he vivido en ejercicio desigual; unas veces como naciendo página a página, línea a línea, sobre todo en el caso de la poesía visionaria, del pensamiento jónico o de la física de hoy, y otras también como desnaciendo. El tiempo fluye en ellos —en los libros— como ese río incesantemente resurrecto de que nos habla Heráclito. Me gusta el ruido del papel cuando rasgo esas hojas donde alcanzo a oír todavía el arcángel de papiro, pero me consta que mucha lectura envejece la imaginación del ojo, y nunca he confundido información con sabiduría.


Volviendo a lo del ojo, lo que me importa es ver, transver, intraver, hasta la videncia. Así, desde niño, fui un comelibros insaciable hasta el amanecer, pero no se me secó el “celebro” como dicen nuestros paisanos —que son de suyo cervantinos—, antes bien la poesía se me hizo conducta y —mucho más  genealógico que lárico— asumí el desafío fundacional que me enseñó Sarmiento. El hombre es hijo de sus obras y uno mismo va hilando su propio libro, de la contemplación a la acción.


Cuando pensamos con pensamiento sobre el libro en nuestra América, senos aparece Borges como de golpe, ese animal mitológico de nuestras letras que ni por un momento se nos ha muerto. Él creía hasta en la evidencia en el paraíso-biblioteca y así lo dijo tantas veces. Lo vio todo, lo leyó todo por dentro, y la biblioteca del padre fue su gran juego desde niño. Después —ciego y todo—  lo siguió viendo todo. Porque no fue un bibliófilo, ni ese letrado memorioso que tanto admira el Mundo , sino algo más, un vidente. “Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres”, apuntó esa vez el 24 de mayo de 1978. Y agregó: “Le debemos tanto a las letras. Yo he tratado más de releer que de leer. Creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído. Se habla de la desaparición real del libro. Yo creo que es imposible, aseguraba. ¿Qué son las palabras acostadas en un libro? ¿Qué son esos símbolos muertos? Nada absolutamente. ¿Qué es un libro si lo abrimos? ¿Un cubo de papel y cuero, con hojas? Pero si lo leemos ocurre algo raro: creo que cambia toda vez”.


Y nosotros cambiamos, si somos. Eso lo agrego yo.


Sí. Leamos el Mundo. Releámoslo de Homero a Borges. Esos dos ciegos saben más.


Conferencia Buenos Aires, 1996.

Publicado en Todavía, reunión de textos en prosa, FCE, México, 2015.



 




lunes, 14 de diciembre de 2020

Eucanaã Ferraz: poemas

 

Eucanaã Ferraz










En aquel instante


Amor sólo viene más tarde, amar

sólo viene después, amor es cuando

todo se fue, vendrá en el próximo

tren, tal vez el año que viene;


todo será, por ahora, presentimiento,

presagio, cheque en blanco del bien

gratuito para después de pagos abultados 

tributos de desamor y de nada.


¿Amarnos comienza en el fin? ¿Amor

se escribe al revés? Roma,

sin embargo, no abrirá palacios sino,

quién sabe, el próximo feriado.


Moroso, es después de todo pronto

el amor, cuando, tardíamente,

ya no damos por nada o

damos sólo tiempo al tiempo.



Se va a llamar alegría


La alquimia la química la fábula la sílaba:


cualquier mendigo transformado en Midas

hiciese al pan volver al grano el grano a la espiga

la espiga a la plantación la cabellera al viento

a la garganta retornar o no en un vómito invertido

convertido entonces en la quintaescencia de la aquiescencia

en signo que se exhibiese como insignia de la simetría

entre el amor y el disgusto a la manera de hermanos

siameses en armonía de hermanos-alegoría y de ellos

la fácil traducción fue eso: uno cualquiera de nosotros

transformado en Midas, imagine, todas las heridas

transmutadas en orquídeas y en los escombros

y en los ranchos y sobre los viaductos patrias

surgiesen bañadas en el oro de las antiguas iglesias

ahora sin Dios sólo química la alquimia de la fábula


transformada en alegría.


[de Sentimental (Companhia das Letras, 2012)]



Cualquier otro nombre


Horror de este cielo azul por descuido azul

porque siempre azul porque lo hicieron así

y lo largaron allá azul porque lo olvidaron

por desamparo azul-nudez que nadie vio

el voto protege de la ausencia de Dios

bajo el nombre de Dios –nombre que no cesa–

en nombre del cual todo nombre es ultraje desorden

vagando por calles bombardeadas nubes

de polvo bajo un cielo sin mancha.



Y de la tierra abandonada


Graznan en bandada soldados

marchando por las calles.


Sus botas funestas

aplastan la luz y el agua.

En sus pasos pesa la sombra

de las alianzas rotas.


Graznan en bandada soldados

pisando en vano las palabras.


Las casas huyen de miedo

mordiendo el polvo de las fronteras,

y de la tierra abandonada

brotan solamente soldados.


El suelo es los uniformes, y piedras

donde afilar sus armas.



Escalera


De transformarse el amante en la cosa amada

se transforma el pescador en pez o capitán

en arma en piano o pianista en desastre

quién sabe se convirtió en luz en lo libre

alto van de la escalera

y como ella en espiral

se transforma en madrugada la novia

en ácido el químico en magia lo mágico en libro

el bibliotecario en poeta el poema el poema en agua

y por virtud de mucho imaginar hoy sólo vos

gracia – de ver en mí la parte deseada.



Gracia


Millones de palabras derramadas inútiles

pero tu rostro no; árboles tumbados libros

partidos todo se vende pero tu rostro no;

sangre de ciudades y niños pero tu rostro

sigue limpio; en cada canto un enemigo;

en tu rostro no; rostro donde no cabe

la guerra; rostro sin hermano; tu rostro

tu nombre lo dice.



Te


Desobedeciendo al viejo destino, gusté de ti

sin que me lo pidieses. Y dancé soñé canté

reí. La eternidad duró varios días, pero

de lo que imaginábamos, menos

de lo que yo pediría.


Ahora, es necesario que me mates. Yo te lo digo

una vez: quiero que me mates. Y pido más,

que sobre el difunto dances sueñes cantes

rías para que sobre el suelo no revolotee nada

menos que tu alegría.



1

Al instante de cortar

el vuelo de la esperanza; instante-espanto

así haya sido previsto; decir la despedida

hiela la garganta; sólo nos resta oír

como si no fuese insoportable doler.


En el instante siguiente cortar el teléfono y agarrar

con la mano trémula el corazón que se nos cayó a los pies.


[de Escuta (Companhia das Letras, 2015)]



Versiones: Demian Paredes, Buenos Aires, 2020.


Eucanaã Ferraz (1961) es profesor de literatura brasileña. Es autor de los poemarios Dessasombro (2002), Rua do Mundo (2004), Cinemateca (2008) y Retratos com erro (2019), entre otros, y de libros infantojuveniles. Editó libros de Vinicius de Moraes (Poesia completa e prosa de Vinicius de Moraes, 2004, Livro de sonetos, 2020), Sophia de Mello Breyner Andresen (Coral e o utros poemas, 2018), y de Caetano Veloso (Letra só, 2003).

Desde 2010 es Consultor de literatura del Instituto Moreira Salles, donde elabora publicaciones, exposiciones, debates, cursos y espectáculos. Edita, con André Vallias, la revista on line “Errática” (www.erratica.com.br).

En Argentina, Marea Editorial publicó la antología realizada por Ferraz El mundo no es chato. Antología textual, de Caetano Veloso.


Horacio Spinetto: Patrimonio Porteño

 


jueves, 10 de diciembre de 2020

Alberto Hernández: LOS POEMAS CIEGOS // BORGEANAS

 

Alberto Hernández



 



 







 

LA BIBLIOTECA


En algún sueño habita la destreza de quien ha abierto un libro

Y ha fijado los ojos en todos los que abundan en la memoria

Y hacen del silencio una antigua casa abandonada.


Los libros solos 

Empujados por las sombras

Se abren al dolor y dejan que el mundo los fecunde

Con las historias y los nombres de los olvidados.



LA PRIMERA METÁFORA ES EL RÍO 


Un ojo secunda la constante del río. Quien lo mira

Alisa el agua y sumerge en su vigor toda la fuerza de la orilla.


El río piensa mientras corre

Y el hombre que intenta atajarlo se rebaja al baño

Al mismo que Heráclito intentó en dos ocasiones:


Decir río es desviar su curso, activar el milagro de saberlo vivo.



UN JARDÍN POLVORIENTO


Una ciudad sin cielo y sin pájaros aéreos

Una ciudad perversa y desteñida

Antigua o rugosa como un sapo

Una ciudad perversa bruja abandonada

Y un rosal reseco cubierto por el polvo

La mirada de una anciana sobre una taza humeante.





EL CADENCIOSO TIGRE


Sobre el lomo vibrante de la fiera, el horizonte.

Desde sus garras o en ellas se cifra el miedo

Que habrá de llegar con su mirada.


El mito

Y la arrogancia de su sonrisa 

En el poema que habrá de devorarnos.


 

LA DEBIDA VENGANZA


Un hombre cruza el desierto y lo extravía.

Mira su rostro en un oasis y se desconoce.


El desierto lo embarga lo estremece 

Y  una daga de acero brilla en las vísceras

De quien intentó saberse el horizonte. 


 

NI SIQUIERA SOY POLVO


Yo era quien no

Y arena de los Llanos

De los ríos


Dejo de ser

Frente al cielo encumbrado


Aquél que era

Ya es mucho

En la piel polvorienta

Del insomnio.


 

UN GRAN CABALLO BLANCO DE OJOS DORMIDOS

PARECE LLENAR LA MIRADA


El símil sobre el lomo de la bestia, como luna hambrienta sobre la noche corva. Los cascos disimulan el temblor del miedo, la pezuña que hurga en las entrañas. La imagen del poema se adentra en la pupila ciega y recrea una maldición, un libro abierto bajo la panza arterial del animal, que no es blanco.

Es bruma.



 EL DELICIOSO TIEMPO DEL ESPEJO


¿Encubre sabores o aromas

El azogue que habla y nos reclama?


Ciego de algún ojo o de los huesos

El espejo secunda la agonía

Del que sabe de muertes y de ascensos

Del que ignora la razón de ser de los olores.



LAS VOCES DE LA LENGUA CASTELLANA


El legado. La herencia. La tarea de saberse en apellidos. La genealogía y las palabras. El diccionario enterrado en el yo de quien sublima la fábula y el mito.

Y no era él, así lo dice y concita una historia, el recuento a veces excesivo de sus genes y sangre.


Una biografía desde los versos y hasta en Silesius no saberse parte del consuelo por no haber sido sino de un eco, de un sonido vibrante, de un sueño interrumpido.



LA BRÚJULA INCESANTE


No sabe el viento de puntos cardinales.

Pero sí del horario de los árboles

Del giro recurrente de los frutos

Cuando las ramas hablan.


Y no descansa la aguja

Que intenta mencionar

Un lago

Un río o el universo

Extraviado en los ojos de algún gato.



UN HOMBRE MUERTO


Cuántas puñaladas para caer al suelo

La mano que asesina dice una palabra

Quien muere desangrado

Con los ojos puestos en un muro

Encuentra los símbolos del miedo


Y así

La historia   un relato tan violento


Un puñal abandonado entre las rocas.



EL DIÁLOGO Y LA DUDA


Un sabio habla con una piedra

Las ruinas del Partenón

Encubren las respuestas

Las que el sabio no entiende


La piedra circunstancia del cielo

Inicia el diálogo y el fin.



UN INCESANTE ESPEJO QUE SE MIRA


Un espejo agobiado por los años

Emerge del rincón más oscuro de la casa

Se aproxima al río

Tiznada la corriente

Voraces habitantes en el fondo

El espejo se arriesga

A mirarse en el agua


Una vez más el río se detiene

Y dos rostros descubren el silencio



EN EL ALBA DUDOSA


Se cree que amanece:

Una palabra detiene el fluir de la luz



EL QUE ACARICIA A UN ANIMAL DORMIDO


Todos

Los que hemos sido perros

Gatos o alacranes

Ansiamos

La mano sobre el lomo



EN EL DESIERTO / ACONTECE LA AURORA


Ávido el ojo ciego

Inventa el día imposible


 

DREAMTIGERS


El terrible rugido de la bestia

En la delicada arcilla de los sueños.



EL CUERPO ESTRICTO


Bajo todos los astros advertidos

La mujer que miro

Arrima sus carnes al deseo


Sideral es su sencillez

Peligrosa su estirpe



EL TESTIGO


Ya estás muerto

Sobre la grama seca

La historia no tiene nada que decirte


En su lengua fría

En sus ojos apagados

No hay evidencia alguna



EVERYTHING AND NOTHING

Nunca he existido

Las veces que he sido imaginado

Ha sido para robustecer la idea

De que nunca he estado aquí



BORGES Y YO 


El ciego viene hacia mí. De su tumba en Ginebra los huesos escaldados, la mirada opaca como el cielo invernal cegado por un lago

El poeta se aproxima y me mira con todos los ojos que trae de la muerte


Somos él, yo invisible,

Él porfiado como una nube


Sordos ambos

Ciegos ambos


Nos deshacemos de los últimos ratos de la realidad


Borges me conmina a detenerme

Entonces su cuerpo

Se devuelve en medio de la niebla

Y sin mucho esfuerzo,

Se hace humo



EL TRÁGICO UNIVERSO


El país 

El arrugado mapa

Sus ríos y lagos agotados

El cielo sin avisos

Sin presencia

Sin cielo

El país que no ha sido

El pequeño país

Enceguecido


Y una tumba

Solitaria y muerta

Como el aire


  

EL AGUA CIRCULAR


Un río sin destino

Un lago mudable

Y el agua

Siempre renovándose



LA DUDOSA RUINA


Quienes la habitaron

Ya no tienen nombre ni recuerdos

Un patio central

Un reloj desgastado

Pero siempre hay un pájaro

Y a veces llueve

 


TWO ENGLISH POEMS


Se olvidan palabras   las palabras

Amargas muy amargas las palabras

Se recuerdan heridas

 “Words, any words, your laughter…”

Voces o gritos  sonidos y susurros

Que nos nombran o nos borran


Una palabra es suficiente

Para alejar la luna


Es frecuente que la soledad

Se nombre y se desligue

De las tantas certezas olvidadas.



LAS CRUELES HOJAS


Ese íntimo cuchillo poeta Borges

Es íngrima y esdrújula masacre


Esas páginas duras  peligrosas

Se anulan con la sangre

Cicatrices heridas puñaladas

Tinta y poema

Degradación y muerte


 

EL OTRO


Ese que pasea entre brumas

Soy yo

El que lo sigue para matarlo

También soy yo

A ambos  miro

A ambos  calumnio


(Selección de Los Poemas Ciegos: Borgeanas; prólogo José Pulido Ediciones Pavilo, España, 2020)



Alberto Hernández (Calabozo, estado Guárico, 1952) Poeta, narrador, ensayista y periodista. En poesía ha publicado, entre otros títulos: La mofa del musgo,  Maracay, (1980); Amazonía (1981); Última instancia (1985);  Párpado de insolación  (1989); Ojos de afuera  (1989); Nortes (1991); Intentos y el exilio (1996); Bestias de superficie (1998, traducido al árabe por Abdul Zagbour); Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (2001); Tierra de la que soy (2002,  Latin American Writers Institute Eugenio María de Hostos Community College of CUNY,Universidad de Nueva York); Nortes/ Norths (2002,  Latin American Writers Institute Eugenio María Hostos Community College of CUNY, Universidad de Nueva York);  Poesía en tránsito (2008); Puertas de Galina (2010); 70 poemas burgueses ( 2014); Objetos poemados/ Poemas sin objeto ( 2019). 

Miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo. 

 

 

 




Pintura Porteña