lunes, 21 de junio de 2021

Demian Paredes: Reseña Reunión de Extraños de Esteban Moore

 

Demian Paredes 







*Demian Paredes reseña en Hispamérica. Revista de literatura, nº 148 (2021), pp. 125-126


Esteban Moore, Reunión de extraños: Borges, Buenos Aires, el café, Jack Kerouac y otras cuestiones, Córdoba, Alción Editora, 2020.

Este volumen misceláneo de Esteban Moore —poeta, traductor y ensayista— contiene textos de los últimos tres lustros, provenientes de presentaciones, prólogos, artículos, y un trabajo inédito, referido a Inventando a Irlanda, la literatura en la nación moderna, de Declan Kiberd. Titulada por el editor Juan Carlos Maldonado, esta Reunión posee un hilo conductor, una preocupación constante del artista: su interés e indagación por la palabra, su producción, traducción, proliferación y consolidación en torno a autores, épocas y espacios, con tratamientos, enfoques, tonos y énfasis que varían de acuerdo al contexto en el que fueron surgiendo.
Así, se abre con “Borges, el escritor poeta”, ensayo donde Moore subraya el reconocimiento a Roberto Arlt por parte de Borges, repetidas veces, contra el planteo —bien establecido y algo maniqueo— del enfrentamiento literario entre dos bandos: “Florida contra Boedo”. Por el contrario, Moore sostiene que las corrientes literarias más que combativas, terminan siendo colaborativas. De ahí un planteo de orden general: “Las poéticas no se imponen unas a otras: interactúan, cooperan, se hibridan, como en las ciencias se fundan en aquello que las precede”. Moore defiende la tesis de que la poesía –como poética– constituye la médula de la escritura borgeana, y recupera un comentario de Jaime Rest, sobre cómo cada fragmento u obra aislada, en Borges, “se integran en un solo argumento sostenido”.
“El café porteño: espacio de la lengua cotidiana” se enfoca en la dinámica urbana,
en el intercambio y surgimiento de lo inesperado en la socialización cultural. Tal como pasó con Witold Gombrowicz, quien, varado en Buenos Aires, se propuso traducir, sin conocer el idioma local, su novela escrita en polaco. Llevando algunas páginas traducidas con esfuerzo, de la pensión al Rex, dice Moore: “se produjo un milagro propio de un café porteño. La mesa en la que trabajaban comenzó a ser rodeada por poetas, escritores, curiosos y algún parroquiano, que aportaban sus opiniones. Hubo días en que se reunía una pequeña multitud a su alrededor, por lo tanto, la versión argentina de Ferdydurke podría ser considerada el resultado de una tarea comunitaria, social y abierta a varias voces, sólo posible en un lugar público”. Otro texto referido al ámbito del café, observa su aporte al surgir de la voz —todas las letras— del tango, desde la conversación animada al soliloquio, del sentir al decir (y luego cantar).
“La escritura de la dorada eternidad, un legado trascendente” y “El ángel de las
musas” son introducciones a traducciones del propio Moore, presentando obras de Jack Kerouac y Gregory Corso, respectivamente. Sustentadas en documentación
fundamental (biografías y correspondencias), Moore expone, comenta y recrea “vida y obra” de los autores, enlazando sus biografías al contexto, con el desarrollo de sus propios proyectos literarios, etc., en aras de una mejor/mayor comprensión de la obra en cuestión.
Más allá del aporte de cada escrito, de su enfoque y tema particular, todo el volumen permite conocer y palpitar los ritmos de la literatura, y de la ciudad, como una cultura viva, abierta y plural. En permanente movimiento y cambio.




Rafael Felipe Oteriño: Zoom


 

Novedad editorial: Juan Carlos Escalante


 

miércoles, 2 de junio de 2021

Juan Manuel Roca: LA CASA SIN SOSIEGO (Palabra y Guerra)

 

Juan Manuel Roca















“Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”.
                                                                      José Eustasio Rivera
 

Crear arte en Colombia, y tomo la poesía como nombre genérico para él, muchas veces nos remite a la divisa que René Char dejó registrada para hombres de diferentes entornos y sociedades: “La lucidez es la herida más cercana al sol”.

Ejercer esa lucidez en medio de un país cruento, donde la guerra siempre viene después de la postguerra, no resulta propicio cuando ese mismo país parece fijo, como una bicicleta estática, a un paisaje de barbarie acrecentado por diferentes fases de la violencia: la partidista, la guerrillera, la de la delincuencia común, la del terrorismo de estado y sus eslabones paramilitares, la del narcotráfico... La masacre de hoy borra la masacre de ayer pero anuncia la de mañana.

El creador de poesía tendría que ser muy ciego para que todo ese entorno no se filtrara en su obra. Aunque hay quienes parecen habitantes del país de Catatonia. Son muchos los que operan a la inversa del hombre que come una alcachofa: éste la deshoja hasta encontrar su centro, su corazón. Los poetas en mención, por el contrario, le agregan hojas y hojas a ese centro hasta ya nunca percibir su aliento, su respiración. Por supuesto que la falsa y preconcebida poesía, que quiere a todo trance hacer el registro sociológico de la vida del país, anclándose en una mirada puramente historicista, ha dejado momentos de precaria realización, en los que cuenta más el qué decir que el cómo hacerlo.

La pregunta de Hölderlin, “¿para qué la poesía en tiempos sombríos?”, acá tiene unos matices particulares, lo que nos llevaría a un silogismo y a pensar que nunca tendría sentido la lírica en estos feudos. No voy a intentar, ni lo quisiera, hacer una vez más el diagnóstico de nuestra violencia. Trato, mejor, de señalar esta escindida razón de ser de la poesía en tiempos en los cuales está en crisis la palabra.

Esta doble condición parece antípoda: por una parte el deseo del canto en medio de la guerra, por otra la expresión poética ahogada dentro del caos y la crisis que jalona la falta de credibilidad en el lenguaje, cuando la palabra pan no reemplaza al pan, cuando la palabra libertad casi siempre está en boca de carceleros, cuando la palabra paz está deshabitada. Con la palabra paz, o con la idea de que impera la paz, nos estamos engañando “sólo porque todavía podemos salir a comprar el pan sin que nos acribille un tirador emboscado”, dice Hans Magnus Enzensberger ante las guerras civiles posteriores a la Guerra Fría. Son palabras, ojalá globalizadas, que debían tener fuerte resonancia en un país como Colombia donde, cada vez más, la guerra toca a nuestras puertas, cerca de los reductos urbanos en los que nos creemos a resguardo de una mayor barbarie.

Palabra en crisis

Por esa suerte de vasos comunicantes, casi siempre paradójicos, que hay entre la realidad más inmediata y la poesía que intenta trasgredir y ampliar la realidad, la crisis de la palabra resulta un difícil estímulo —riesgoso o delirante pero estímulo— para buscar el habla justa y las esencias que hay bajo su piel. Se trata de intentar un lenguaje que no sea cortina de humo a la manera de los políticos de tribuna, gentes de la contingencia inmediata que tienen el dudoso don de hacer espuria toda palabra.

Si nos adentramos un poco en la poesía colombiana del siglo pasado, a partir de la llamada generación del Centenario, podemos encontrar cambios estéticos en la manera de abordar uno de los temas más recurrentes en la vida republicana: la violencia. No en vano parece un lema, una divisa para el país, la frase de Rivera que encabeza este texto: “Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”, con la que comienza La vorágine, publicada en 1924. Pero aun en tiempos de los centenaristas, confundían la oratoria y la poesía. El tono altisonante de una y de otra retrasaron la entrada en la modernidad lírica de un país siempre a deshoras.

Decir que cada sociedad comporta su estética no es más que una tautología, una reiterada verdad. Acá la premisa de Walter Benjamin[1]: “Hay una esfera hasta tal punto no violenta de entendimiento humano que es por completo inaccesible a la violencia: la verdadera y propia esfera del entenderse, la lengua”, se intuye poco practicable. Las palabras que no se cumplen, los falsos entendimientos y acuerdos en nuestra vida política, son otra forma de la violencia. De ahí la eterna pregunta sobre el quehacer de la poesía en un medio de tal naturaleza ilegítimo e intolerante. Parece ser que la pregunta canónica del poeta romántico, “¿para qué poesía en tiempos sombríos?”, se respondiera a sí misma, como si fueran de la misma materia lo sombrío de todos los tiempos y la necesidad de oponerle, sin grandes ademanes optimistas o mesiánicos, el poema.

La poesía que en Colombia se ha referido a la violencia resulta menos estudiada que su narrativa. Pero hay muestras claras de ese registro desde la Colonia, como el poema “ cautiva”, de Torres y Peña, que escribía versos contra Simón Bolívar, a quien llamaba “fiera que aborta Venezuela”, y en las “Sextinas” escritas por indígenas paeces, donde se registra la violencia española y se elogia al Libertador. Me remito a este paraje tan lejano con el fin de señalar las diferencias al mirar el tema de las luchas violentas que desde la fundación del país nos han asolado. Violenta fue la forma como Luis Vargas Tejada pedía descuartizar a Bolívar para encontrar la paz, durante los sucesos septembrinos de 1828. Vargas, poeta y autor de sainetes teatrales y políticos, participó con otros poetas en la conspiración contra Bolívar. Así trazó sus versos:

Improvisación

(En la última junta que precedió a la conjuración del 25 de septiembre)

 
Si a Bolívar la letra con que empieza,

y aquella con que acaba le quitamos,

oliva, de la paz símbolo hallamos.

Esto quiere decir que la cabeza

al tirano y los pies cortar debemos,

si es que una paz durable apetecemos.

La guerra toca a la puerta

Suenan muy lejos los perdigones de esas guerras frente a las nuevas violencias, después del 9 de abril de 1948, cuando sube el calibre de las balas, pocas veces recogido en poemas. El poema de Jorge Artel, “El 9 de abril en Colombia”, cuyo título, de puro escueto parece noticioso, no resultaría particularmente memorable de no ser uno de los pocos escritos a la muerte del caudillo liberal. La vehemencia de sus versos, que señalan lo que Vidales llamó “la insurrección desplomada”, esto es, la falta de norte de la revuelta gaitanista, le otorgan a Artel una voz para ironizar sobre los líderes que, según su entender, “se cruzaban de brazos”: Eduardo Santos y Darío Echandía, son su blancos preferidos y, por supuesto, Mariano Ospina Pérez, son descritos con nombres propios en algo que podría llamarse poesía, de emergencia, aquel mandato individual o colectivo que obliga al poeta al habla sin mediar ni el reposo ni el rigor. Como si en su arrebato no recordara que casi siempre es más importante la mano que borra que la que escribe.

Entre los poetas que señalaron su hora de violencias, Darío Samper, miembro de la generación de Piedra y cielo, logró poemas de mayor fortuna, en ritmos cercanos a las coplas populares, donde se rastrean duras huellas de la violencia. Y lo mismo ocurre con Eduardo Cote Lamus, de la generación de Mito.

“Como si todos los Rivera, Nicanor, Eustaquio, los Granados/ don Ignacio juntos se mataran sin por qué;/ como si todos los niños no nacidos/ y esparcidos en la imaginación de las muchachas/ comenzaran a llorar; como si los árboles/ de pronto se volvieran horcas”. Así veía Cote Lamus la violencia desde una aproximación goyesca, en un poema, “Bábega”, que además es una evocación al hombre del campo. Cote Lamus era militante del Partido Conservador, como algún otro de los escritores de la revista Mito, pero su poema no resulta sesgado ni partidista. Registra allí la violencia de los años cincuenta, tratada por la novela hasta el punto de convertirse, a veces, en un mal endémico de la literatura colombiana.

Lo mismo hace Jorge Gaitán Durán cuando habla del guerrero: “Lleva la muerte en su espalda quien por amor debe morir/ O matar lo que ama, magnánimo en su pena/ Pues no busca olvido sino infierno./ Si el arma hunde en otro pecho, en su pecho la aloja,/ Mas la carroña no es suya sino definitivamente ajena”.

Héctor Rojas Herazo, el poeta que en su novela Respirando el verano traza una saga familiar con el telón de fondo de una de nuestras guerras civiles, decía alguna vez, en un gesto de hondo humanismo, que “ninguna gran idea merece un cadáver”, entre otras cosas, porque los muertos no tienen ideología y pasan a ser militantes del vacío.

Ya Luis Vidales había denunciado el espejismo de la paz donde se esconde el cuchillo: “Lejos, en las ciudades populosas, la paloma de la paz ponía huevos de víbora y había hecho su nido sobre el techo de Tartufo”.

Sí, ocurre que contra las lenguas del terror, la palabra poética, muchas veces sin pretenderlo, sin un acento programático, se opone al “empleo sin escrúpulos de la violencia”, aunque muchas veces sea ella misma, la poesía, una forma de la violencia transgresora de la realidad inmediata. Hablo, claro está, de la poesía insumisa, de la que está lejos de la hipnosis que sufren los poetas cortesanos, siempre alquilando la cabeza para comprarse un sombrero, siempre tras el mejor postor, que casi siempre es el mayor impostor; “cadáveres aplazados”, según el decir de Pessoa. Por algo, Samuel Vásquez dice que sobremuere “en este país que es paisaje, pero nunca patria” y que, a veces, agregamos, ni siquiera es paisaje, ante la imposibilidad del viaje a zonas vedadas por la guerra.

Las diferentes formas de la violencia no tienen ese carácter puramente físico que hacen los largos empadronamientos de muertos desde el trasunto de la historia y de la sociología. No es ese su único registro. También la educación, esa empresa tantas veces deformadora, es un estadio larvado de la violencia institucional, aunque no deja huellas tan evidentes como las de la guerra, tal como ocurre con la crítica sesgada y caprichosa, aquella cuya mayor carencia es su carácter “doctrinario”. Esa supuesta crítica, a veces peor que la ausencia total de ella, es otra cara de la violencia, tiene el acento paródico de la corte. Y a todas estas, “los disparos son la partitura del himno nacional”, diría un poema de Mery Yolanda Sánchez.

La lectura de la poesía colombiana desde el ámbito de la violencia lleva a pensar que no es sencillo para el poeta realizar su obra, tan llena de intuiciones, de alumbramientos muchas veces dictados por la esfera de lo irracional, para, a un mismo tiempo, volcarse hacia el ejercicio de una reflexión sobre su época. En el cuerpo de esta poesía ocurre a veces, como sucede con la plástica, que hay atmósferas abstractas de violencia, pero otras veces se establece una suerte de figuración. Atmósferas veladas, como las de Carlos Obregón: “Todo es la lucha, la violencia del sueño/ donde una fuerza ciega nos crece y nos integra/ en el rumor del bosque/ y en su lenta espesura hoy se escucha el viento/ venir desde más lejos, venir/ vivir la tierra, sus huesos siderales/ los héroes y los potros que marcaron las sendas”. O descarnadas atmósferas figurativas en las que José Asunción Silva habla de un recluta muerto: “Destrozada la cabeza/ por una bala de rémington;/ con la blusa de bayeta/ y la camisa de lienzo,/ un escapulario santo/ colgado al huesoso cuello/ los pantalones de manta/ manchados de barro fresco,/ y la sangre, ya viscosa/ pegándole los cabellos”.

Acá bien vale la pena preguntarse por el trato de lo social en el poema, ¿cómo hacer para que esa irracionalidad a favor, que algunos llaman inspiración o rapto poético, pase por una suerte de aduana del pensamiento y se pueda mirar un entorno, un rastreo de lo que nos ocurre en el otro? ¿Cómo creer en las voces que le piden a la poesía una única utilidad pública y programática, si muchas veces la utilidad de la poesía es de otro orden, de un orden que hace tangible lo intangible? ¿Cómo andar al mismo tiempo en dos orillas de la realidad? ¿Cómo moverse en medio de lo que Simone Weil[2] llama "una comunidad ciega", escindidos entre la realidad y el deseo? Se puede hacer una relación estrecha entre lo que señala la misma Weil: “cuando se sabe que es posible matar sin arriesgar castigo, ni censura, se mata; o por lo menos se rodea de sonrisas de invitación a hacerlo a los que matan”, y un poema de Omar Ortiz titulado "El espejo":

 

No es verdad que los ojos sean el espejo del alma.

Si tal ocurriera, los asesinos caerían fulminados

y nada sucede cuando el torturador cruza y se peina.

 

Es una clara alusión a esa "comunidad ciega" que no se reproduce en los espejos, que no es castigada por el reflejo de la culpa.

Si bien ya no se expulsa al poeta de La República de Platón, que en nuestro caso podría ser la república de Plutón, el disenso incomoda a los generadores de violencia, por una parte, y a los agentes de una supuesta paz, por el otro. El temor a la ambigüedad, a las verdades que no pertenecen al orden de lo comprobable, la falta de rigor científico y otros aparatos del concepto lógico que le enrostran a la poesía, es otra forma de violencia cultural, es decir, de imposición.

Cómo no señalar a estas alturas al elusivo, al evocador poeta del Sur, Aurelio Arturo. Los primeros poemas suyos, publicados a finales de los años veinte y comienzo de los treinta, son poemas que registran de manera lírica la violencia en Colombia. Su tono, sus no pocas atmósferas, los usos de un lenguaje transparente, son una suerte de umbral que anuncia su espléndida obra de Morada al sur. La recopilación que hizo Santiago Mutis Durán en un pequeño cuaderno titulado Primeros poemas, publicado en 1994, revela la preocupación que nuestro gran lírico tenía entonces por la suerte del país levantado en armas. Baladas como la dedicada a Juan de la Cruz Varela, el legendario guerrillero del Sumapaz, o como la “Balada del combate”, rematan con la “Balada de la Guerra Civil”.

Si me apresurara a decir dónde radica el poder transformador de la poesía, diría que está en lo que queda por fuera de lo ya visto, en lo que suscita la duda. El poema de Fernando Charry Lara, ya citado, "Llanura de Tuluá", es una larga pregunta sobre la muerte violenta vista desde un estadio amoroso. En su lenguaje hay una andadura entre dos orillas que crean una atmósfera de trágica belleza y la narración episódica de un hecho. Esas dos orillas se mezclan en una condición elusiva del lenguaje, en una sutil manera de pastorear silencios. Se trata de uno de los más intensos poemas de la violencia colombiana, que no hace concesiones a lo tópico, al lugar común, a una simbología de fácil recibo que en poetas como Carlos Castro Saavedra se hace en exceso repetitiva: "fusiles y luceros". Y no hay en esto una repulsa a la memoria, la desmemoria histórica es una forma de la violencia: mientras la memoria pone cimientos, la viga maestra, la techumbre a su casa, la desmemoria socava sus bases, pudre sus vigas, destecha lo que podría darle cobijo a una identidad.

Por eso el intenso poema de Emilia Ayarza, "A Cali ha llegado la muerte", sobrecoge. Hay allí una memoria de sangre y polvo, cuando el estallido de un camión de dinamita durante el régimen del general Gustavo Rojas Pinilla estremeció a la capital del Valle del Cauca: “La ciudad era un racimo de plomo derretido/ y la muerte le salía a bocanadas”.  

De alguna manera, lo que más impregna la poesía de la violencia en el pasado de Colombia es la muerte provocada por segmentos partidistas, liberales y conservadores. Ya esto no ocurre, porque como bien lo señala Enzensberger[3] en su lúcido ensayo “Perspectivas de guerra civil”, “en las actuales guerras civiles ha desaparecido todo vestigio de civilización. La violencia se ha desligado totalmente de las justificaciones ideológicas”. ¿No parece hablar del momento colombiano? Ahora, entreverados los conceptos de víctimas y victimarios, opresores y oprimidos, desvanecidas las orillas para la fundación de una tercera orilla del horror, la violencia nace de la lucha por un botín particular. Ante esto, el escritor, aturdido y perplejo, opera como el hombre incongruente que al ver su casa sucia y sabiendo que la van a quemar, duda entre limpiarla o luchar. Pero una cosa es la duda saludable y otra la impotencia castradora. Tal vez por esto, en la poesía colombiana, repito, hay atmósferas que van desde un expresionismo abstracto —poetas que esconden el tema pero no lo ignoran— hasta poetas figurativos que se vuelcan de manera más explícita; esto es, de la elusiva carga de violencia interior ya señalada en Carlos Obregón, a la descripción violenta en poemas como el de Cote Lamus.

En la más reciente poesía colombiana aparece la violencia al unísono con los cambios del tramado social. Así se filtra el tema de los sicarios; de esa forma pérfida de la guerra, ya no sólo en el campo, sino en las ciudades. Algo que me hace recordar el fragmento de un poema escrito por un niño de Medellín: "El mundo es grande para la guerra y pequeño para la vida". Dice un poema de la poetisa antioqueña Liana Mejía anunciando la abominable presencia de estos nuevos señores de vidas y de bienes:

Desde las alcantarillas

sicarios que se saben
cobradores de viejos

errores

asedian la ciudad. (“Desde las alcantarillas”)

Lejos de la ya un tanto resabida fórmula de la novela de sicarios en Colombia, que en buena parte se ha vuelto, al igual que cierto cine, una especie de complejo de Eróstrato, de éxito asegurado para el voyerismo de la violencia, los tratos del lenguaje, de la imagen y el distanciamiento de la crónica roja, hacen que el poema sacuda nuestra indiferencia sin un naturalismo de jergas y cuchillos. No le hace eco a aquello que señala Enzensberger: “La masacre se ha convertido en entretenimiento de masas. El cine y el video compiten por convertir al sicario, al secuestrador, al asesino, en héroe público”. El perverso trato de héroes que se hace de los sicarios, la sociopatía apoyada por los medios de comunicación que valoran un filme por el número de actores muertos después de filmado (Rodrigo D., no futuro o  La vendedora de rosas), la mitología exacerbada del terrorista y del mafioso, hacen diana en las mentes adolescentes que piensan con ironía que “tiene más futuro la semana pasada” y que por ello cultivan de manera fundamentalista una pasión por la muerte. “La espera de lo que vendrá —señala Simone Weil— ya no es esperanza, sino angustia”. Todo esto deviene en miedo. Ni qué decir del método facilista de la sicaresca antioqueña, la de los sicarios y sicarias de todos los tamaños y edades adosados a narraciones  a lo Rosario Tijeras.

Ese mismo miedo, que es una especie de hijo bastardo de las violencias, aparece en una buena lonja de poemas recientes: “La ciudad por entonces ardía en los puñales/ y el miedo se quedaba tras los pasos” (Luis Aguilera); “Miradme; en mí habita el miedo” (María Mercedes Carranza). De la misma Carranza ya registramos un poema que registra la muerte del político liberal Luis Carlos Galán y que resulta una suerte de pintura tenebrista.

Es el sobresalto, la irrupción del victimario que en Jaime Jaramillo Escobar asalta sus palabras: “Voy a dar la vuelta cuando ¡zas!, el hombre,/ me lo encuentro a boca de jarro, detrás de una columna,/ me está esperando para matarme, tiene el cuchillo en la mano/ me coge por la cabeza,/ en la ventanilla de los tiquetes no hay nadie,/ el asesino, tranquilo, me mira”. Se trata de la violencia urbana del extramuro, la de los nuevos asentamientos de gentes desplazadas cuyo temor es el otro. Es la atmósfera de terror que se recoge en “La balada de los pájaros” de Mario Rivero y que en uno de sus fragmentos habla de la “Medianoche de toque a muerto/ del tañido a sangre/ del hombre turbado en su sueño”. Pájaros era el nombre que se daba en los años cincuenta a los que hoy se llaman paramilitares: gavillas de asesinos amparados por algunos terratenientes y políticos. O la violencia registrada en los números fríos de las estadísticas, a los que Piedad Bonnett quita hibridez para hacerlos materia poética.

Nuestra larga guerra ya no tiene heroísmos ni grandeza, está lejos de cualquier épica, tanto de las gestas libertarias de Independencia como de una romántica y legendaria guerrilla que en el imaginario del país engloba el talante altivo de Guadalupe Salcedo al de Camilo Torres Restrepo. Quizá sea por esa falta de grandeza en la contienda que haya cierta actitud refractaria a cantar desde la épica.

En todo esto parecen ponerse de presente los vasos comunicantes que existen entre la realidad —no necesariamente como una forma de servil naturalismo— y el sentir individual, que a fuerza de necesidad se hace colectivo. “A la lectura de tanteo y falansterio”, de la que hablaba José Martí, le han salido autores que intentan no escamotear lo que tiene ocurrencia en sus conglomerados sociales. Si bien en Colombia siempre está en vilo la vida, como en pocas partes, sí es una aventura descabellada intentar una cultura orgánica en un país inorgánico, y a sabiendas de lo expresado por Borges acerca de cómo “la realidad no es verbal”, hay zonas jamás nominadas por la palabra a las que aspira a llegar la poesía.

La vertiginosa violencia que en los últimos años ha cambiado el perfil de esta nación nos obliga a algo casi siempre desdeñado en el medio, a una permanente reflexión. Si Hegel señalaba que el primer paso en la comprensión de algo está en negarlo, en verlo desde su negación crítica, a la violencia, que ya hemos empezado a llamar una forma de cultura, es posible negarla desde la afirmación del arte. Decía César Fernández Moreno que “la poesía se politiza en vez de poetizarse la política”, algo que como hecho programático podría resultar lamentable. Como lamentable resulta —valga la digresión— que se satanice la poesía política: adiós Ritsos, Hikmet, Char, Cesaire, Brecht, Vallejo y hasta Rimbaud, desde la orilla de los satisfechos.

La violencia en la poesía muchas veces está más bajo la piel del lenguaje, en las atmósferas y en los silencios, que en los enunciados directos, propagandísticos, de quienes adhieren a la idea de ser boca de partido. Pero es rastreable la violencia en la poesía no partidista ni panfletaria; como en los versos de un poema de Samuel Jaramillo que dan cuenta de la geografía de un país en acoso:

Odiamos a quienes nos regalan

con esta cosecha siniestra.

La poesía nos aproxima a esa pulsión entre la palabra y el morir. Aldo Pellegrini, el poeta y ensayista argentino que impulsó el surrealismo, decía que “como organismo vivo, toda cultura está expuesta a la ley de la evolución y de la muerte”. Si acá lo está a causa de los múltiples factores sociales que generan la violencia, resulta cierto que ella intenta crear sus defensas, su estado de alerta o de emergencia para vigorizarse e interpretar la realidad. La poesía ha dado cuenta de esto, quizá de manera no menos explícita que a través de quienes realizan una escritura testimonial o novelar, y como respuesta a una sociedad de viejo cuño. Y no por adentrarse en temas que para algunos aparecen como vedados a la lírica, es decir, por quienes creen ver en ella un aparato verbal distante de lo cotidiano, deja, en los casos que he citado y en otros momentos que se me escapan, de tener un rigor formal.

Nadie, desde la poética, querría señalar la violencia como si fuese un prontuario. No imagino a alguien pensando: voy a escribir un poema sobre la violencia en la lucha de clases o sobre la violencia del poder, uno más sobre las insurrecciones populares y la violencia revolucionaria, acá alguno sobre las guerras civiles, la delincuencia o el crimen organizado del narcotráfico. Sin embargo, es difícil que una de esas formas, o varias, no golpeen y se filtren en las preocupaciones de quien intenta una expresión artística. La crítica política sólo considera un balance de los contenidos, de sus fines. La poética piensa que una verdad mal dicha puede volverse mentira. Piensa, con Raúl Gustavo Aguirre, que “lo inexpresable también forma parte de la realidad del hombre”.

Pero no puede negarse que en la poesía colombiana se refleja el campo minado de nuestra violenta realidad, como ocurre en el poema “Los que tienen por oficio lavar las calles”, de José Manuel Arango:

 

Los que tienen por oficio lavar las calles

(madrugan, Dios les ayuda)

encuentran en las piedras, un día y otro, regueros de sangre

 
Y la lavan también: es su oficio

Aprisa

No sea que los primeros transeúntes la pisoteen.

 

El poeta, como los lavadores de calles del poema de Arango, ha madrugado en una visión franca del país y lo registra como una memoria en tiempos del olvido. El inxilio, el exilio interior, es posible que lo asedie, pero aún le queda el exorcismo del poema.

“Es un tiempo en que resulta aterrador estar vivo, cuando es difícil pensar en los seres humanos como racionales. Donde quiera que dirijamos la mirada veremos brutalidad y estupidez, tal parece que no hay otra cosa que ver: por todas partes un descenso a la barbarie, que somos incapaces de contener”, dice Doris Lessing en Cuando en el futuro se acuerden de nosotros.

Habría que agregar que si hay futuro, si hay quien se acuerde, si merecemos llamarnos nosotros, a lo mejor alguien pensará que a pesar de todo, y de ser tan inútil como el intento de descarrilar un tren atravesándole una rosa en la carrilera, la poesía se dio en tiempos aciagos, en tiempos de muerte y de letargo.

[1]              Walter Benjamin, escritor y filósofo nacido en Berlín en 1892. Se suicidó en 1940 en Portbou (España), tras ser detenido por paramilitares franquistas cuando huía con un grupo de perseguidos judíos.

[2]              Simone Weil (1909 – 1943), escritora, filósofa y revolucionaria francesa de origen judío. Luchó en la Guerra Civil española en el bando republicano escribiendo la legendaria columna anarquista “Durruti”.

[3]              Hans Magnus Enzensberger, poeta, humanista, nacido en Alemania en 1929. Quizá su más grande poema sea “El hundimiento del Titanic”.zo grande

(publicado en revista La Otra, México, 2021)

jueves, 27 de mayo de 2021

Carlos Mastronardi: LUZ DE PROVINCIA

 

Carlos Mastronardi (1901-1976)










                           





                                                                                                   a Eduarda Beracochea


Un fresco abrazo de agua la nombra para siempre,
sus costas están solas y engendran el verano.
Quien mira es influido por un destino suave
cuando el aire anda en flores y el cielo es delicado.

La conozco agraciada, tendida en sueño lúcido.
Da gusto ir contemplando sus abiertas distancias,
sus ofrecidas lomas que alegran este verso,
su ocaso, imperio triste, sus remolonas aguas.

Y las gentes de ahora, que trabajan su dicha,
los vistosos linares prometiendo un buen año,
las mañanas de hielo, los vivos resplandores,
y el campo en su abandono feliz, hondura y pájaro.

Las voces tienen leguas. Apartadas estancias
miden las grandes tierras y los últimos cielos,
y rumores de hacienda confirman lo apacible,
y un aire encariñado, de lejos, vuelve al trébol.

Gracia ordenada en lomas y en parecidos riachos.
En su anchura, porfían los hombres con la suerte,
y esperan suave fronda y unas tardes eternas
y los dones que piden a los cielos rebeldes.

Preparando cada uno los colores del campo,
capaz el brazo, justa la boca, el pecho en orden.
Para el ganado buenos pastajes y agua libre,
creciendo en paz la bestia, la tierra dando al hombre.

Lindo es mirar las islas. Una callada gente
en cuyos ojos nunca se enturbia el claro día,
atardece en sus costas o cruza con haciendas,
dichosa en la costumbre y en la amargura, digna.

La vida, campo afuera, se contempla en jazmines,
o va en alegres carros cuando perfuma el trigo
cortado, cuando vuelve la brisa a trenzas jóvenes
y el ocio, en la guitarra, menciona algún cariño.

Se puede, es un agrado, saludar la esperanza.
que suele quedar sola, y los medidos actos
del hombre que se afirma con la reja en la escarcha
o rige noche y día la marcha del ganado.

Cruzan como dormidos los troperos, al paso,
tras largas polvaredas; vuelven de las tormentas,
de los bañados cuando la provincia es del viento,
de unos campos ardidos por la luz veraniega.

Leguas, y en ese brillo la torcaz y el aromo,
pausado el movimiento del otoño flotante,
y luego auroras de agua, temporadas de sombra
y el tedio hacia las tardes que los vientos deshacen.

El inconstante cielo, las plagas vencedoras,
los nacientes sembrados que empiezan la alegría,
los anhelos atados a un destello del campo,
el riesgo, siempre hermoso, y el valor que no brilla.

Las revueltas de las manadas que arrecian libremente,
y después la incansable dulzura, la honda calma,
y el esplendor desierto donde se abisma el pájaro,
donde se pierde el claro vivir de las estancias.

Es bueno ver los hombres, allí, alegres de campo,
rigiendo altos motores, sudando entre las parvas.
Estas gentes descifran su futuro en el cielo,
y sus mansas acciones confirman bestias y albas.

Conocen duras penas y alguna vez la dicha,
entienden las tormentas, las promesas del campo,
los soles y los tímidos modales de esa tierra
de ocioso color suave.  (La he mirado despacio.)

Cariñosas distancias, favores del silencio,
poblados que hacia fuera relucen en jardines,
unas casas extremas y solas frente al llano,
cercos de fronda, huraña dulzura de unos lindes.

La siesta es un arrullo cansado en esa fronda
donde otra vez aquieto mis tardes de luz viva.
Rosas proporcionadas al poder del verano,
convocando muchachas aclaran más el día.

Por los pueblos, abiertos en yuyales que apuran
la campaña y la noche, lentas almas rehacen
unos sabidos rumbos que igualan toda suerte.
Sólo cambian los cielos y unos crespos tapiales.

Calles de intimidad sin nadie, olvido y sol,
y siempre unas bandadas atristando el oeste,
y ese vals en retreta, pobre encanto en la noche:
nos busca su florido pesar, su voz nos quiere.

Cuando el aire se duerme, llega un rumor de juegos
del arrabal, o acaso de unos queridos años;
y claras van entre árboles despaciosas mujeres,
festejando colores, arreglando algún gajo.

Busca cielo y riberas el ocio del domingo.
Conozco esas mañanas populares y agrestes.
La soledad se aviva de remos, de agua en fiesta,
y, esperanzando mozas, se lucen los jinetes.

La flor de la glicina sobre quietas morochas
miré en las hondas quintas.  Allí una luz incierta
reposa, y por sonoros maizales llega el viento
con el rumor quebrado de lejanas haciendas.

El ocaso desgana las voces, y algún hombre
queda en la brisa pura, bajo el cansado cielo.
La vida se apacigua contemplando la hora
distraída sobre aguas, sembrados y altos ceibos.

La tarde, ausencia y fuego, se pierde en los arroyos:
y allá están, los he visto, unos lacios juncales
que agravan de sombría delicia y de secreto
el verdor extendido, la dulzura incansable.

Estos serenos campos fueron selva y ternura
de cantos extrañados en los días sin hombres.
Después, las almas libres; me acuerdo que pasaban
con haciendas cerriles o ganaban los montes.

He vivido en las costas y anduve un año entre islas.
Las crecientes traían animales extraños
y la grata zozobra de escuchar agua brava
entre el clamor extremo de los campos ahogados.

Mecido cielo de árboles, luz de mi tiempo: vieron
la suerte de mi gente.  Yo estaba y lo querido.
Nuestro culto y nuestro ánimo era un hombre de afuera.
Las frondas  encerraban el vecindario antiguo.

Perdido pueblo, noches de ladridos y viento;
por los ranchos lejanos, miserables canciones,
el alba entre campanas y los mojados carros,
calles de luz más sola, la plaza como un bosque.

Con buen tiempo llegaban las noticias del campo
que animaron tertulias de señores felices
y un pájaro bastaba para alegrar el pueblo.
Luz agreste y cantada, la vida entre jazmines.

Recordando mi casa y unos queridos años
digo: era el agua próxima rumor en la roldana,
llegaba algún dichoso, las fiestas nos juntaban,
nuestro padre salía temprano a la campaña.

Tuvimos un gran árbol, para un barrio su efluvio.
Adentro iba una voz disponiendo esplendores
y en los patios duraba la sombra de los nuestros…
Entonces, los regalos venían de los montes.

La dicha entretuvimos mirando unas amigas.
Lentas, bajo sombrillas de colores, llegaban
a pasar con nosotros un cariñoso día
de manos ocurrentes y flores visitadas.

Son recuerdos.  Ese árbol queriendo todo el patio,
aquellos que no vuelven a su sombra, otras voces,
las tardes que venían oliendo a campo.  Lejos
quedaron, en la vida reservada de entonces.

Me alegré de jinetes que entraban siempre al alba.
Vi esquinas resignadas a un caballo y a un poste,
luz de rosales, calles con lunas más cercanas.
También vi guitarreros borrachos en la noche.

De lejos, en las fechas respetadas, venían
paisanos que orillaban las alegres reuniones.
Llegaban de los montes a embravecer las fiestas,
la mirada filosa y el destino en las voces.

Una vez se miraron y se entendieron dos hombres.
Los vi salir borrosos del camino, y callados,
para explicarse a fierro: se midieron de muerte.
Uno quedó; era dulce la tarde, el tiempo claro.

Yo saludé varones sufridos que agrandaron
los confines riesgosos de una hirsuta provincia.
Tras la hacienda bravía o en los montes quedando,
vivieron sin asombros sus penas y delicias.

El campo se ofrecía misterioso, y sus hombres
ganaron soledades, removieron la gracia
descuidada y ociosa de unas tierras tupidas,
la luz extraordinaria y ociosa de otras albas.

He cruzado sus leguas de alta fronda, y recuerdo
un sosiego de estancias perdidas en la dicha
y tormentas de pájaros obedientes al alba.
Era un agrado estarse contemplando esa vida.

En ceibales y costas quedan rumores de antes
y viene hasta mis noches como una queja antigua.
Persiste un rudo encanto que me despeja el alma,
entre arroyos ocultos y en las calladas islas.

Los ocasos devuelven al ayer.  Reconozco
luz de una tarde mía en las tardes de ahora.
Otra vez me convidan los silencios del campo
y un confín oscilante de linos me recobra.

Alabo estas distancias, que imperan con dulzura
y dicen que el olvido, bajo su fronda, es suave.
Suelo buscar, gustoso, su paz consecutiva,
sus aguas remolonas, su octubre, sus maizales.

Aquí un desamparado valor mueve a los hombres
desde la luz primera, que impone la hermosura.
Hay brazos que renuevan los colores del campo,
y destinos que en soles y nublados se buscan.

Hablo de mi provincia.  Vuelvo a querer sus noches,
sus recias claridades y sus albas de hielo.
Miro el cauce anchuroso de sus almas iguales,
su resplandor de espigas y su varón sereno.

De nuevo me convida la mansa luz agreste,
y el rocío en los huertos que guardan la frescura.
Me ofrezco a unos lugares de follaje y silencio,
al escondido tiempo de las quintas profundas.

Otra vez nos conducen las tardes pueblo afuera.
Por las costas cercanas –uno ausente- nos vemos
en los pastos tirados, sin apuro remando…
Suelo volver del monte, perdido, un grito espléndido.

Yo soy una alabanza de esa fronda que ampara
un vivir agraciado de secreto y sin mundo.
En su hondura, mi paso libre de horas, absuelto,
y en calles que se pierden junto a los campos mudos.

Vuelvo a mirar confines de abandonada gracia,
pueblos fieles al gesto de antiguas gentes muertas,
y piadosos lugares que halagan el recuerdo,
por donde se alejaba mi pena paseandera.

Vuelvo a ser de las noches, que hondamente me han visto.
Me acompaña una brisa de campo en esas horas,
cuando busco la extrema quietud, ruinosas tapias
y calles semejantes a mi destino, y solas.

Conozco unos lugares que enternecen mi andanza
y donde la provincia ya es encanto sin tiempo.
Frondas, callados pueblos, suaves noches camperas.
Soledad, hermosura: frecuencias de mi pecho.

Vuelvo a cruzar las islas donde el verano canta,
y un aire enamorado de esa extensa delicia
en cuya luz diversa y en cuya paz se anuncia
la querida, la tierna, la querida provincia.

Larga dulzura creada para entender la dicha,
durable rosa, quieto fervor, gajo de patria.
¡Qué mansa la presencia de la brisa en sus tierras!
¡Qué sonora en mi pecho la efusión de sus aguas!

Dulzura, sí, llaneza cordial, grato sosiego,
amplitud primorosa  y honor de la mirada.
En su anchura, el olvido reconoce a los suyos,
y en su tierno abandono mi persona se aclara.

¡Qué vistosas se ponen sus leguas cuando el aire
perfuma, y la tarde alza como dormidos velos!
Yo pondero esos campos, los nombra el afectuoso.
Mi corazón es dádiva de su amable silencio.

Siento una luz absorta y unos muertos rumores;
reconozco este ocaso perdido en los trigales,
y fuera de los años miro su gracia inmóvil,
su delicado fuego sobre los campos graves.

Luz absorta que viene del pasado, y me acerca
unos rostros, un pueblo y esa fecha rezada
en que anduve más solo por los patios silvestres...
(Un Septiembre elogiado con glicinas, estaba).

Este ocaso confunde mis tiempos. Vuelve un canto
siempre dulce. La dicha se parece a esta ausencia.
Quedo en la brisa, tierno de campo, libre, oscuro.
Una vez yo pasaba silbando entre arboledas.

jueves, 20 de mayo de 2021

Berks Bards Bardfest 2014 with Craig Czury

Thomas Stearn Eliot: La tierra baldía

 

Thomas Stearns Eliot (1888-1965)




 













 
                   
  

“Nam Sibyllam quidem Cumis ego ipse oculis meis vidiin ampulla pendere, et cum illi pueri dicerent: Σίβνλλα τί ϴέλεις; respondebat illa: άπο ϴανεΐν ϴέλω.”

Para Ezra Pound
il miglior fabro

 

I. EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS

Abril es el mes más cruel, hace brotar
Lilas en la tierra muerta, mezcla
Memoria y deseo, conmoviendo
Sordas raíces con lluvia primaveral.
El invierno nos mantiene el calor, cubriendo
La tierra con nieve que se olvida, alimentando
Una pequeña vida con tubérculos secos.
El verano nos sorprendió, llegando sobre el lago de 
                                                                      Starnberger
Con una ducha de lluvia; nos detuvimos en la 
                                                             columnata.
Y seguimos a la luz del sol, entrando al Hofgarten,
Y tomamos café, y hablamos una hora.
Bin gar keine Russin, stamm’ aus Litauen, echt deutsch.
Y cuando éramos niños, viviendo en lo del archiduque.
Mi primo me llevó a andar en trineo.
Y era aterrador. Dijo, María,
María, agárrate fuerte. Y hacia abajo fuimos.
En las montañas, donde te sientes libre.
Leía gran parte de la noche, e iba al sur en el invierno.

   ¿Cuáles son las raíces que se abrazan, qué ramas crecen
De esta basura pedregosa? Hijo del hombre,
No puedes decir, ni adivinar, porque sólo conoces
Un montón de imágenes rotas, donde el sol golpea,
Y el árbol muerto no da cobijo, el grillo no da alivio,
Y la piedra seca no da sonido de agua. Sólo
Hay sombra bajo su peñón rojo.
(Ven bajo la sombra de este peñón rojo).
Y te mostraré algo ni diferente de 
Tu sombra en la mañana andando tras de ti
O de tu sombra por la tarde subiendo hacia tu 
   encuentro:
Te mostraré tu miedo en un puñado de polvo.
                                                     Frisch weht der Wind
                                                     Der Heimat zu
                                                      Mein Irisch Kind
                                                       Wo weilest du?
`Me diste jacintos hace apenas un año:
`Me llamaban la niña de los jacintos’.
-Cuando ya volvíamos, tarde, del jardín de jacintos.
Tus brazos llenos, y tu cabello mojado, yo no podía
Hablar, y mis ojos fallaron, no estaba ni
Vivo ni muerto, no sabía nada.
Mirando al corazón de la luz, el silencio.
Oed’ und leer das Meer.

   Madame Sosostris, famosa clairvoyante,
Tuvo un mal resfrío, sin embargo
Es considerada por ser la mujer más sabia de Europa,
Con un mal mazo de naipes. Aquí, dijo ella,
Está tu carta, el Marino Fenicio ahogado.
(Esas son perlas que fueron sus ojos. ¡Mira!)
Aquí está Belladonna, la Señora de las Rocas,
Señora de las situaciones.
Aquí está el hombre con tres bastos, y aquí la Rueda,
Y aquí está el comerciante tuerto, y su carta,
Que está en blanco, es algo que ella carga a la espalda, 
Lo que me está prohibido ver. No encuentro
Al Colgado. Tema la muerte por agua.
Veo multitudes de gente, caminando alrededor en círculos.
Gracias. Si ve a la estimada señora Equitone,
Dígale que yo misma llevo el horóscopo:
Una debe andar con cuidado en estos días.

   Ciudad irreal,
Bajo la niebla marrón de un amanecer de invierno,
Una multitud fluía sobre el Puente de Londres, eran tantos,
Que no tenía idea de que la muerte destruyera a tantos.
Exhalaban suspiros, breves e infrecuentes,
Y cada uno fijaba la vista ante sus pies.
Fluían subiendo la colina y bajando King William Street,
Donde Saint Mary Woolnoth da las horas
Con un sonido muerto en el último golpe de las nueve.
Allí vi a uno que conocía, y lo detuve gritando “!Stetson!
¡Tú que estabas conmigo en los barcos en Mylae!
El cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
¿Ha comenzado a germinar? ¿Florecerá este año?
¿O la súbita helada perturbó su lecho?
 ¡Ah, mantén lejos al Perro, ese amigo del hombre,
o con sus uñas lo desenterrará!
¡Tú! hypocrite lectreur! -mon semblable-, mon frère!”


II.              UNA PARTIDA DE AJEDREZ

La Silla en que ella se sentaba, como trono bruñido,
Resplandecía en el mármol, donde el espejo
Alzado por soportes labrados de racimos de uva
Entre los que asomaba un dorado Cupido
(Otro escondía sus ojos tras el ala)
Duplicaba las llamas de un candelabro de siete brazos
Reflejando luz sobre la mesa, así como
El fulgor de sus joyas subía a su encuentro
En rica profusión vertidas desde estuches de raso.
De frascos de marfil y cristal colorido,
Imparables fluían sus extraños perfumes sintéticos,
Ungüentos, en polvo o líquidos; turbaban, confundían
Y ahogaban los sentidos con aromas que subían
Agitados por el aire fresco que refrescaba desde la 
                                                                     ventana,
Aumentando las prolongadas llamas de las velas
Cuyo humo se elevaba hasta el artesonado,
Conmoviendo el diseño de los techos labrados.
Ardían troncos marinos verde y naranja, enmarcados 
                                                                 por la piedra                
Coloreada, en cuya triste luz nadaba un labrado delfín.
Como una ventana que diera a la escena silvestre,
Sobre la repisa antigua se contemplaba
La mutación de Filomela, brutalmente violada
Por el rey bárbaro; pero allí el ruiseñor
Llenaba el desierto con inviolable voz
Y aún gritaba ella y aún el mundo busca,
“Yag, yag” a oídos obscenos.
Y otros podridos muñones de tiempo
Se mencionaban en las paredes; formas que miran fijo,
Sobresalían, se inclinaban, silenciando la estancia tapiada.
Rumor de pasos en la escalera.
A la luz del hogar, bajo el cepillo, su cabello
Extendido en puntos ardientes
Resplandecía en palabras, luego quedaba salvajemente quieto.

     “Estoy mal de los nervios esta noche. Sí, mal. No te vayas.
 Di algo. ¿Por qué no hablas nunca? Habla..
      ¿En qué estás pensando? ¿Pensando? ¿Qué?
  Nunca sé qué piensas. Piensa”.

      Pienso que estamos en el callejón de las ratas
donde los muertos perdieron los huesos.

      “¿Qué es ese ruido?”
                              El viento bajo la puerta.
“¿Y este otro ruido? ¿Qué hace el viento?”
                              Nada otra vez nada.
                                                      “¿No
sabes nada? ¿No ves nada? ¿No recuerdas
nada?”

                Recuerdo
Esas son perlas lo que antes eran sus ojos.
“¿Estás vivo o no? ¿No tienes nada en tu cabeza?”.
                                                       Pero
Oh oh oh oh ese Rag shakespeariano-
Es tan elegante
tan inteligente
“¿Qué haré ahora? ¿Qué voy a hacer?
Saldré como estoy y caminaré por la calle
Con el pelo suelto, así. ¿Qué vamos a hacer mañana?
¿Qué haremos?”
                                                       El agua caliente a las diez.
Y si llueve, un coche cerrado a las cuatro.
Y jugaremos una partida de ajedrez,
apretando los ojos sin párpados y esperando que llamen 
   a la puerta.

   Cuando desmovilizaron al marido de Lil. Le dije-
no me mordí la lengua,se lo dije yo misma,
ALPURATE POR FAVOR ES LA HORA
Ahora que Albert va a volver, arréglate un poco.
Querrá saber qué has hecho con el dinero que te dio
Para que te pusieras dientes. Sí lo hizo, yo lo vi.
Te los quitas todos, Lil, y te pones una bonita dentadura.
Lo dijo, lo juro, no soporto mirarte.
Y no puedo decir más, dije, y piensa en el pobre Albert,
ha estado en el ejército cuatro años, querrá pasarla bien,
Y si tú no se lo das, habrá otras, le dije.
¿Otras?, dijo. Probablemente, le dije.
Pues ya sabré a quién darle las gracias, me dijo, y se quedó 
   mirándome.
APURATE POR FAVOR ES LA HORA
Si no te gusta te aguantas, le dije.
Otras pueden escoger si tú no puedes.
Pero si Albert se larga, no será porque yo no te haya avisado.
Debería darte vergüenza, le dije, verte tan anticuada.
(Y sólo tiene treinta y un años).
No puedo evitarlo, dijo, poniendo cara larga,
Son las pastillas que tomé para expulsarlo, me dijo.
(Ya ha tenido cinco y casi murió del pequeño George).
El farmacéutico dijo que no pasaba nada, pero no he vuelto 
   a ser la misma.
Eres tonta de remate, le dije.
Bueno, si Albert no te deja tranquila, ahí está la cosa, le dije,
¿Para qué te casaste si no quieres niños?
APURATE POR FAVOR ES LA HORA
Bueno, ese domingo Albert ya estaba en casa, hicieron jamón cocido,
Y me invitaron a cenar para que probara lo rico que estaba.
APURATE POR FAVOR ES LA HORA
APURATE POR FAVOR ES LA HORA
Buenas noches Bill. Buenas noches Lou. Buenas noches May. Buenas noches Ta Ta.
Buenas noches. Buenas noches.
Buenas noches, señoras, buenas noches, dulces damas, buenas noches,       Buenas noches.


           III.            EL SERMÓN DE FUEGO

EL LECHO DEL río se ha roto; los últimos dedos de follaje
tratan de agarrarse y se hunden en la orilla húmeda. El 
   viento
atraviesa desoído la tierra marrón. Las ninfas han partido.
Fluye suave, dulce Támesis, hasta que mi canción acabe.
El río ya no lleva botellas vacías, papel de sánguches,
pañuelos de seda, cajas de cartón, puchos
ni otros testigos de noches de verano. Las ninfas han partido.
Y sus amigos, vagos herederos de ejecutivos de la City
—han partido y no han dejado dirección.
Junto a las aguas del Leman me senté y lloré…
Fluye suave, dulce Támesis, hasta que mi canción acabe,
Fluye suave, dulce Támesis, pues no hablo alto ni extenso.
Pero a mi espalda en un soplo frío oigo
El repicar de huesos, y las risitas de oreja a oreja.

Una rata se deslizó suavemente en la vegetación
Deslizando el vientre baboso por la orilla
Mientras yo pescaba en el canal sombrío
Una tarde de invierno tras la fábrica de gas
Pensando en el naufragio de mi hermano el rey
Y en la muerte de mi padre el rey antes de él.
Blancos cuerpos desnudos en el suelo bajo y húmedo
Y huesos echados en un desván seco y exiguo
Cada año revueltos sólo por pasos de rata.
Pero a mi espalda de tiempo en tiempo oigo
El fragor de bocinas y motores, que 
Llevarán a Sweeney a la señora Porter en primavera.
Oh brillaba la luna luminosa sobre la señora Porter
   Y sobre su hija
Se lavaban los pies en agua embotellada
Et O ces voix d’enfants, chantant dans la coupole!

Tuit tuit tuit
Yag yag yag yag yag yag
Tan brutalmente forzada.
Tereo

   Ciudad irreal
Bajo la niebla marrón de un mediodía de invierno
El señor Eugenides, el comerciante de Esmirna
Sin afeitar, con un bolsillo lleno de pasas
Código de Identificación Fiscal Londres: documentos a 
                                                                            la vista,
Me propuso en un francés demótico
Comer en el Cannon Street Hotel
Y pasar luego un fin de semana en el Metropole.


A la hora violeta, cuando los ojos y la espalda
Se levantan de la mesa, cuando el motor humano aguarda
Como un taxi resollando en espera,
Yo, Tiresias, aunque ciego, resollando entre dos vidas,
Viejo con arrugados pechos de mujer, puedo ver,
A la hora violeta, la hora del atardecer que se afana
Hacia su casa, y devuelve del mar al marinero,
La mecanógrafa en casa a la hora del té, prepara el 
                                                    desayuno, enciende
Su fogón y saca comida enlatada.
En la ventana, peligrosamente dispersas
Sus combinaciones de ropa interior, tocadas por los 
                                                  últimos rayos del sol,
Se apilan en el diván (de noche cama)
Medias, zapatillas, blusas y sostenes.
Yo, Tiresias, viejo de arrugadas tetas,
Percibí la escena y predije el resto:
También esperaba al huésped anunciado.
Él, joven forunculoso, llega,
Oficinista de una pequeña agencia, de mirada altiva,
Uno de esos subalternos tan arrogantes
Como sombrero de copa en millonario de Bradford.
El momento es ya propicio, imagina,
La cena terminó, ella aburrida y cansada,
Intenta atraerla con caricias
Que si bien no desea, ella no rechaza.
Sofocado y decidido, se abalanza de golpe;
Manos exploradoras no encuentran resistencia,
Su vanidad no requiere respuesta
Y da la bienvenida a la indiferencia.
(Y yo, Tiresias. todo lo he sufrido de antemano,
Escenificado en esta cama o diván,
Yo que me senté a los pies del muro de Tebas
Y caminé entre los muertos más hondos).
Concede un último, indulgente beso,
Y buscando su camino al encontrar las escaleras a 
                                                                  oscuras…

   Ella se vuelve y se mira un momento en el espejo,
Apenas consciente de la partida del amante;
Su mente deja pasar un pensamiento a medio 
                                                            formular:
«Bueno, ya está: me alegro de que haya terminado».
Cuando la encantadora mujer se inclina a la locura
Y camina otra vez por su cuarto a solas,
Se alisa el pelo automáticamente
Y pone un disco en el gramófono.

   “Me seguía esa música sobre las aguas”
Y a lo largo del Strand, Queen Victoria Street arriba.
Oh, ciudad, ciudad, a veces puedo oír
Junto a un pub en Lower Thames Street
El dulce lamento de una mandolina
Y el ruido y la cháchara de adentro
donde los pescadores beben a mediodía: donde los 
                                                                         muros
de Magnus Martyr albergan
inexplicable lujo de jónicos blanco y oro.

                        El río suda
                        Aceite y brea
                        Las barcas derivan
                        Con el cambio de marea
                        Velas rojas
                        Anchas
                        A sotavento, se mecen en el pesado mástil.
                        Las barcas barren
                        Troncos flotantes
                        Greenwich Reach abajo
                        Pasando la Isle of Dogs.
                                     Weialala leia
                                     Wallala leialala

                        Elizabeth y Leicester
                        Batiendo remos
                        La popa forma
                        Concha dorada
                        Rojo y oro
                        El agua picada
                        En ambas costas 
                        Viento del sudoeste
                        Lleva corriente abajo
                        Repicar de campanas
                        Torres blancas
                                               Weialala leia
                                               Wallala leialala

“Tranvías y árboles polvorientos.
Highbury me aburrió. Richmond y Kew
Me destrozaron. En Richmond levanté las rodillas,
Supino en el fondo de una estrecha canoa».

“Mis pies están en Moorgate y mi corazón
Bajo mis pies. Tras el suceso
Él lloró. Prometió “un nuevo comienzo”.
No hice comentarios. ¿Qué podría reprochar?”

“En Margate Sands.
No puedo conectar
Nada con nada.
Las uñas rotas de sucias manos.
Mi gente sencilla gente que no espera
Nada.
         la la

Vine entonces a Cartago
 
Ardiendo ardiendo ardiendo ardiendo
Oh Señor Tú me arrancas
 Oh Señor Tú arrancas

Ardiendo


IV.           MUERTE POR AGUA

FLEBAS EL FENICIO, a quince días de muerto,
Olvidó el grito de las gaviotas y la mar profunda y gruesa
Y las ganancias y las pérdidas.
                                              Una corriente submarina
Arrastró sus huesos en susurros. Al levantarse y caerse
Pasó todos los estadios de su edad y juventud
Entrando al remolino.
                                             Gentil o judío
Oh tú que giras la rueda y miras a barlovento,
Considera a Flebas, que fue tan alto y buen mozo como tú.



                V.          LO QUE DIJO EL TRUENO

DESPUÉS DE LA luz de antorcha, roja en caras 
                                                         sudorosas
Después del silencio escarchado en los jardines
Después de la agonía en los pedregales
Los gritos y los llantos
Prisión y palacio y reverberación
De trueno primaveral en montañas distantes
Quien estaba vivo está ahora muerto
Nosotros vivíamos y ahora estamos muriendo
con un poco de paciencia

   Aquí no hay agua sino sólo roca
Roca y no agua y el camino arenoso
Camino que serpea arriba entre montañas
Que son montañas de roca sin agua
Si allí hubiera agua nos sentaríamos a beber
En medio de la roca no puede uno parar o pensar
Seco sudor y los pies en la arena
Si al menos hubiera agua entre la roca
Muerta montaña boca llena de caries que no puede 
                                                                       escupir
Uno no puede aquí estar ni yacer ni sentarse
No hay siquiera silencio en las montañas
Sino seco trueno estéril sin lluvia
No hay siquiera soledad en las montañas
Sino muecas en hoscas caras que gruñen
en puertas de casas de barro con grietas
                                                                 Si hubiera agua
    Y no roca
    Si hubiera roca
    Y también agua
    Y agua
    Un manantial
    Una poza entre las rocas
    Si por lo menos se oyera sólo el sonido del agua
    No la cigarra
    Y hierbas secas cantando
    Sino sonido de agua sobre una roca
    Donde canta el zorzal ermitaño en los pinares
    Drip drop drip drop drop drop drop
    pero no hay agua
   ¿Quién es el tercero que camina siempre a tu lado?
Cuando cuento, sólo estamos tú y yo juntos
Pero cuando levanto la vista del camino blanco
Siempre hay otro caminando a tu lado
Escabulléndose envuelto en un manto marrón,
Lleva capucha y no sé si es hombre o mujer
—Pero ¿quién es ése a tu otro lado?

   Qué es ese sonido alto en el aire
Murmullo de maternal lamentación
Quiénes son esas hordas encapuchadas que pululan
En infinitas llanuras, tropezando en la tierra agrietada
Circundada por el horizonte plano
Cuál ciudad en las montañas
Cruje y se reconstruye y estalla en el aire violeta
Torres que se derrumban
Jerusalén Atenas Alejandría
Viena Londres
Irreal
   Una mujer estiraba su larga cabellera negra
Y arrancaba susurrante música de esas cuerdas
Y murciélagos con cara de bebés a la luz violeta 
Silbaban y batían las alas
Reptaban cabeza abajo por un muro ennegrecido
Y arriba en el aire había torres
Tocando campanas reminiscentes que daban las horas
Y voces que cantan en cisternas vacías y pozos exhaustos.

   En este hoyo agotado entre las montañas
A la tenue luz de la luna, la hierba está cantando
Sobre lápidas rotas, cerca de la capilla
Está la capilla vacía,hogar sólo del viento.
No tiene ventanas y la puerta baila,
Huesos secos no hacen daño a nadie.
Sólo un gallo había en lo alto del tejado
Co corocó co corocó
A una luz de relámpago. Luego una ráfaga húmeda
Trayendo lluvia

   Abajo corría el Ganges y las hojas mustias
Esperaban lluvia, mientras negras nubes
Se reunían a lo lejos, sobre Himavant.
La jungla se encogió, agachada, en silencio.
Entonces habló el trueno
DA
Datta: ¿qué hemos dado?
Amigo mío, la sangre sacudiendo mi corazón
La terrible osadía de un instante de rendición
Que ni una edad de prudencia podría reparar
Por esto y sólo por esto hemos existido
Lo que no se hallará en nuestros obituarios
Ni en recuerdos cubiertos por la araña benéfica
O en sellos rotos por el flaco abogado
En nuestros vacíos cuartos
DA
Dayadhvam: he oído cómo la llave
Gira en la puerta una vez y una tan sólo
Pensamos en la llave, cada uno en su prisión
Pensando en la llave, confirma cada uno una prisión
Sólo al caer la noche, rumores etéreos
Reviven un instante a un roto Coriolano
DA
Damyata: La barca respondió
Alegremente a la mano experta con vela y remo
El mar estaba en calma, tu corazón hubiera respondido
Alegremente, como invitado, latiendo obediente
A manos que controlan

                                                 Me senté en la orilla
A pescar, con la árida llanura tras de mí
¿Pondré al menos orden en mis tierras?
El Puente de Londres se está cayendo cayendo cayendo
Poi s’ascose nel foco che gli affina
Quando fiam uti chelidon —oh golondrina golondrina
Le Prince d’Aquitaine à la tour abolie
Con estos fragmentos que he puesto contra mis ruinas
Por qué, entonces, la Isla te va bien. Hieronymo enloqueció 
                                                                                  otra vez,
 Datta. Dayadhvam. Damyata.
                       Shantih shantih shantih



NOTAS SOBRE "LA TIERRA BALDÍA”

No sólo el título, sino el plan y una buena parte del simbolismo incidental del poema fueron sugeridos por el libro de la señorita Jessie L. Weston sobre la leyenda del Grial: De Ritual a Romance (Macmillan). De hecho, tan profundamente estoy en deuda, el libro de la señorita Weston aclarará las dificultades del poema mucho mejor de lo que mis notas pueden hacer; y lo recomiendo (aparte del gran interés del libro en sí) a cualquiera que piense que tal elucidación del poema vale la pena el problema. A otra obra de antropología estoy en deuda en general, una que ha influido profundamente en nuestra generación; Me refiero a la rama de oro; He utilizado especialmente los dos volúmenes Adonis, Attis, Osiris. Cualquiera que esté familiarizado con estas obras reconocerá inmediatamente en el poema ciertas referencias a las ceremonias de vegetación.
 
I. EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS

Línea 20. Cf. Ezequiel II, i.
23. Cf. Eclesiastés XII, v.
31. V. Tristán und Isolda, I, versículos 5-8.
42. Id, III, versículo 24.
46. No estoy familiarizado con la constitución exacta del paquete de cartas del Tarot, del que obviamente me he apartado para adaptarme a mi propia conveniencia. El hombre ahorcado, miembro de la manada tradicional, encaja en mi propósito de dos maneras: porque está asociado en mi mente con el Dios Colgado de Frazer, y porque lo asocio con la figura encapuchada en el pasaje de los discípulos a Emaús en la Parte V. El marinero fenicio y el mercader aparecen más tarde; también las "multitudes de personas", y Death by Water se ejecuta en la Parte IV. El hombre con tres pentagramas (un miembro auténtico de la manada del Tarot) me asocio, de manera bastante arbitraria, con el propio Rey Pescador
     60. Cf. Baudelaire:
"Fourmillante cité, cité pleine de réves,
"O' le spectre en plein jour raccroche le passant."
63. Cf. Inferno III, 55-57:
                                             "si Iunga tratta
          di gente, ch'io non avrei mai creduto
          che morte tanta n'avesse disfatta.
 64. Cf. Inferno IV, 25-27:
          "Quivi, segundo che per ascoltare,
          "non avea pianto, ma' che di sospiri,
          "che l'aura eterna facevan tremare."
68. Un fenómeno que he notado a menudo.
74. Cf. el Dirge en el Diablo Blancode Webster .
76. V. Baudelaire, prefacio de Fleurs du mal.

II      UNA PARTIDA DE AJEDREZ

77. Cf. Antonio y Cleopatra, II, ii, I. 190.
92. Laquearia. V. Eneide, I, 726:
dependiente Iychni laquearibus aureis incensi, et noctem flammis funalia vincunt.
98. Escena de Sylvan, V. Milton, Paraíso perdido, IV, 140.
99. V. Ovidio, Metamorfosis, VI, Philomela.
100.C o Parte III, I. 204.
115. Cf, Parte III, I. 195.
118. Cf. Webster: "¿Está todavía el viento en esa puerta?"
126. Cf, Parte I, I. 37,48.
138. Cf. el juego de ajedrez en Middleton's Women ten cuidado con las mujeres.

III       EL SERMÓN DE FUEGO 

176. V. Spencer, Prothalamion.
192. Cf. La Tempestad, I, ii,
196. Cf. Marvell, a su acogedora señora.
197. Cf. Día, Parlamento de las Abejas:
            "Cuando de repente, escuchando, oirás,
            "Un ruido de cuernos y la caza, que traerá
           "Actaeon a Diana en la primavera,
           "Donde todos la verán desnuda... "
199. No conozco el origen de la balada de la que se toman estas líneas: me fue comunicada desde Sídney, Australia.
202. V. Verlaine, Parsifal.
210. Las grosellas se cotizaban a un precio "transporte y seguro gratuito a Londres"; y el conocimiento de embarque, etc., debían ser entregados al comprador tras el pago del borrador de la vista.
218. Tiresias, aunque un mero espectador y no un "carácter", es todavía el personaje más importante del poema, que une todo lo demás. Así como el comerciante tuerto, se1ler de grosellas, se funde en el marinero fenicio, y este último no es totalmente distinto de Fernando Príncipe de Nápoles, así que a1l las mujeres son una mujer, y los dos sexos se encuentran en Tiresias, Lo que Tiresias ve,de hecho, es la sustancia del poema. Todo el pasaje de Ovidio es de gran interés antropológico:
. . . Cum Iunone iocos et maior vestra profecto est
Quam, quae contingit maribus,' dixisse, 'voluptas.'
Illa negat; placuit quae sit sententia docti
Quaerere Tiresiae: venus huic erat utraque nota,
Nam duo magnorum viridi coeuntia silva
Corpora serpentum baculi violaverat ictu
Deque viro factus, mirabile, femina septem
Egerat autumnos; octavo rursus eosdem
Vidit et 'est yestrae si tanta potentia plagae:
Dixit 'ut auctoris sortem in contraria mutet,
Nunc quoque vos feriam!' percusión anguibus isdem
Forma previa rediit genetivaque venit imago.
Arbitro hic igitur sumptus de lite iocosa
Dicta Iovis firmat; gravius Saturnia iusto
Nec pro materia fertur doluisse suique
Iudicis aeterna damnavit lumina nocte,
En pater omnipotens (neque enim Iicetinrita cuiquam
Facta dei fecisse deo) pro Iumine adempto
Scire futura dedit poenamque levavit honore.
221. Esto puede no parecer tan exacto como las líneas de Safófo, pero tenía en mente al pescador "longshore" o "dory", que regresa al anochecer.
253. V. Goldsmith, la canción en El vicario de Wakefield.
257. V. La Tempestad, como se ha indicado anteriormente.
264. El interior de St. Magnus Martyr es en mi opinión uno de los mejores entre los interiores de Wren.. Véase el demolillon propuesto de las iglesias de diecinueve ciudades: (P. S. King & Son, Ltd.).
266. La Canción de las (tres) hijas del Támesis comienza aquí. De la línea 292 a 306 inclusive hablan en tum. V. Guttetterd-mmerung, III, i: las hijas del Rin.
279. V. Froude, Elizabeth, Vol. I, ch. iv, carta de De Quadra a Felipe de España:
"En el aflemoon estábamos en una barcaza, viendo los juegos en el río. (La reina) estaba alonne con Lord Robert y yo en la caca, cuando comenzaron a decir tonterías, y llegaron tan lejos que Lord Robert por fin dijo, como yo estaba en el lugar no había ninguna razón por la que no se casaran si la reina lo deseaba."
293. Cf. Purgatorio, V, 133:
          "Ricorditi di me, che hijo la Pia;
          "Siena mi fe', disfecemi Maremma."
307. Confesionesde San Agustín: "A Cartago, entonces vine, donde un caldero de amores profanos cantaba todo sobre mis oídos."
308. El texto completo del Sermón de Fuego del Buda (que corresponde en importancia al Sermón del Monte) del que se toman estas palabras, se encontrará traducido en el budismo en traducción del difunto Henry Clarke Warren (Harvard Oriental Series). El Sr. Warren fue uno de los grandes pioneros de los estudios budistas en el Occidente.
309. De las Confesiones de San Agustín de nuevo. La colocación de estos dos representantes del ascetismo oriental y occidental, como culminación de esta parte del poema, no es un accidente.

          V       LO QUE DIJO EL TRUENO

En la primera parte de la Parte V se emplean tres temas: el viaje a Emaús, el acercamiento a la Capilla Peligrosa (véase el libro de la señorita Weston) y la actual decadencia de Europa oriental.
357. Este es Turdus aonalaschkae pallasii, el ermitaño-thrush que he oído en el condado de Quebec. Chapman dice (Manual de aves del este de América del Norte) "es más en casa en bosques aislados y retiros matorrales. . . . Sus notas no son notables por la variedad o el volumen, pero en pureza y dulzura de tono y exquisita modulación son inigualables." Su "canción de goteo de agua" es justamente celebrada.
360. Las siguientes líneas fueron estimuladas por el relato de una de las expediciones antárticas (me olvido de cuál, pero creo que una de Shackleton): se relató que el grupo de exploradores, en el extremo de su fuerza, tenía la ilusión constante de que había un miembro más del que realmente se podía contar.
367-77, Cf. Hermann Hesse, Blick ins Caos:"Schon ist halb Europa, schon ist zumindest der halbe Osten Europas auf dem Wege zum Chaos, f-hrt betrunken im heiligem Wahnam Abgrund entlang und singt dazu, singt betrunkend un himno no ejecutado. Ueber diese Lieder lacht der Burger beleidigt, der Heilige und Seher hárt sie mit Tr'nen."
401. "Datta, dayadhvam, damyata" (Dar, simpatizar, controlar). La fábula del significado del Trueno se encuentra en el Brihadaranyaka – Upanishad, 5, 1. Una traducción se encuentra en Sechzig Upanishads des Veda de Deussen,p, 489.
407. Cf. Webster, The White Devil, V, vi:
". . . se volverán a casar
Antes de que el gusano perforar su hoja de bobinado, antes de la araña
Haz una cortina delgada para tus epitafios."
411. Cf. Inferno, XXXIII, 46:
          "ed io sentii chiavar l'uscio di sotto
          all'orribile torre2.
Also F H. Bradley, Apariencia y Realidad, pág. 346.
"Mis sensaciones externas no son menos privadas para mí que mis pensamientos o mis sentimientos. En cualquier caso mis experiencias caen dentro de mis propias, cada esfera es opaca para las otras que la rodean... En para cada uno es peculiar y privado para esa alma."
424. V. Weston: Del ritual al romance; capítulo sobre el Rey Pescador.
428. V. Purgatorio, XXXVI, 148.
           ‘ Ara vos prec per cada vez valor
          'que vos guida al som de l'escalina,
          'sovegna vos a temps de ma dolor.'
          Poi s'ascose nel foco che gli affina.’ 
429. V. Pervigilium Veneris. Cf. Philomela en las Partes II y III.
430. V. Gerard de Nerval, Soneto El Desdichado.
431. Tragedia española de Kyd .
433. Shantih. Repetido como aquí, un final formal para un Upanishad. "La Paz que pasa el entendimiento" es una traducción débil del contenido de esta palabra.

          (Versión al castellano de América de Roberto Mascaró)


© SOLAZUL Ediciones, 2021
© de la traducción: Roberto Mascaró
 
N.del T.:Mi agradecimiento a Virginia Patrone por sus valiosas sugerencias sobre esta traducción
  

martes, 18 de mayo de 2021

Maria Lúcia dal Farra: poemas y una “aclaración”

 
María Lúcia dal Farra 




Aclaración

Que el talento más íntimo de la literatura consista en el apareamiento de una escritura con otra, en el alborozo de diferentes impresiones en el comercio de amor entre sí – ninguna duda. De ahí que se hable (para figurar tal facultad, así, tan intrínseca a las artes) en camadas sobrepuestas y abiertas en régimen de imantación y de vasos comunicantes, que dejan transparentar (estilizados y entrecortados) los fulgores y brillos extraños en un resultado único y particular que cada obra siempre es. La palabra de orden mora en el reconocimiento de la comunidad y es así que la poesía deja entrever, en su propio tejido, lo otro, el otro y aún muchos más: las variedades de linajes y lenguajes de que se compone – consistiendo ella misma en ese pequeño milagro: un personal prodigio colectivo. Es por eso que ningún artista se encuentra solo – su soledad es siempre poblada. Ciudadano de una nación tan populosa como aquella que sólo en su lectura es capaz de abrazar, el poeta (quiero creer) abre una rendija inquieta por donde se puede leer, in absentia, todo el arte.
Refiero esto a propósito de la naturaleza de los versos y de la dificultad personal de nominar el volumen que ahora presento. Como este señala directamente (en el título de los capítulos) la prevalencia de uno o de otro de sus pares (sustrayendo a los muchos que allí no están siquiera sugeridos, pero que en los poemas se infiltran subyacentes o en un estado de limbo), mi libro podría mencionarse como simples palimpsestos – en la exacta formulación alquímica en que los conocí en los reservados de la Biblioteca Nacional de París. Densidad de caligrafías anárquicas y en franca algarabía, llenando los más diminutos blancos de la página y cada ínfimo espacio del manuscrito (y a creer en el sentido histórico de las escrituras), disputando enseguida los más microscópicos segmentos libres entre una y otra línea – tales pergaminos acaban por resultar en una cerrada mezcla de incontables mensajes particulares, en un enmarañado espeso de todos los insondables residuos y demás que los forman engendrando y abarrotando a lo largo de los tiempos.
Pues es esta la naturaleza genuina de lo que aquí se expone: interpuestas personas y voces, parpadeos y ecos de lecturas, arrendamiento de tierras lejanas, simulacros de bienquerencia, embarullados hologramas y (con Rimbaud y Artaud) usurpaciones y perversos calcos – letras que (como se ve) sólo sobreviven empreñadas. Lo que convierte a esta obra en una morada dilatada, en un libro de simultáneos, en un compendio de partes (repárese en la insistencia de las dedicatorias), en pasto de colaboradores de muchas edades (a veces, hasta retros): en un –para hablar con y sin Drummond– mercado usado de almas.
Me socorro, por lo tanto, de una tripulación impropia, de segundas y terceras personas, cambiando y transfigurando (heterofágicamente) aquello que en ellas me seduce: para quedar encerrada, como diría la Sexton, en casa equivocada. De ese modo, puedo practicar una caligrafía que se inscriba en lo que permea, pero que busque (para recordar a Clarice) el eco del aire.
¿Novedad? Ninguna. Toda la literatura (todo arte) es como estos poemas: consustancial. Y el título de este libro podría ser cualquier otro o cualquier de estos muchos de los que me anduve valiendo para hablar al respecto. Me quedo con el que se sabe: alumbramientos; porque quiero para mí el regazo de Bandeira, y también porque, con ese vocablo, me es facultado sugerir deslumbramientos (el imán que me atraía a esas obras) y ofuscamiento: aquello que haya de deslumbrante en mi propia cantera. O sea: el lustroso título tiene la ventaja de designar (para embarullar al lector) tanto el peculio de luces latentes en las obras ajenas escogidas por mí cuanto la ilusión de vida propia de mis versos.
Y, como se trata de esclarecimiento, pido tan sólo que observen que, en cuanto a mí, me contento en ser apenas una mera pasajera de lumbres.
Maria Lúcia dal Farra


“Anne Sexton”
AL LECTOR, MI CANÍBAL INQUIETO

Cada palabra
(aquí)
se obstina en silencio.

Contigo devoro los frutos de la noche:
luna callada en agonía
alguna lluvia dispersa del lado boreal
polvo de estrellas profanando
lo negro.

Sólo nuestros dientes
brillan
hechos astros.


MIDIENDO FUERZAS

Con tu nervio apurado
(e insolente)
sube la enredadera
la viñeta de mi poema.

Sacudo con la mano
lo arbitrario del recorrido
y con la lapicera
altero el vocablo –
soberana.

Que un rayo deshaga
esa certeza
y siembre luz varia
donde la bifurcación florezca.


CANCIÓN PARA UNA CAMISA BLANCA
A Ipê Dourada

La camisa sacada del tendal
abre un hoyo
en la ropa blanca estirada.
Allí quién sabe
(a la noche)
la luz descubre
(con su foco)
los dolorosos telones de la ausencia.

En tanto eso
mis cabellos crecen como campos de maíz
sólo para acoger tu espantajo.
En tanto eso
exploro con las manos el grueso tronco del árbol
para abrazar en él

tu torso desnudo.


“Max Ernst”
ERNST

Visión de cima sobre terrenos baldíos
(geométricos y estériles)
meticulosos laberintos apenas allanados y limpios

desierto limitado por muros de coloración amena
ante la inmensidad azul –

propiedad privada para ningún habitante.

Es Max Ernst poblando su verso.


LAS PLÉYADES

Desnuda
(en el centro del dilacerado azul)
suspendida estoy apenas
por la espingarda de mi brazo
que da eje al mundo sideral
– dislocada cabeza

Aplacados de las lluvias
los horizontes se distribuyen
en persianas volátiles

en cuanto aguardo el restante relámpago
lo bastante para rellenar
la sombra acogedora de mi pubis.


“Rilke”
MUSA
A Ângela de Oliveira

Trabajo con los dedos
a tu antigua cara
porque es de ella que proviene
la permanente belleza.
Es como si se desviase el curso de la naciente
para de allí agotarse el caudal de miel –
la benéfica dulzura del incesante bautismo
que discierne en la piedra, en el agua, en el ramaje

la cerrada traba muda.


POÉTICA
A Lucas Dantas Lopes

De botánica todo lo ignoro
pero amo las plantas
y los árboles y las flores
y las abejas que las inventan
y el insecto a quien prestan color
y a la araña que les filtra (geométricamente) la luz,
la langosta, el escarabajo
la mariposa.

Ellos del mismo vegetal
estos contienen a aquellos –
son de ellos la arraigada memoria
la mala:
la muda
en el salto para otra esfera.

Es así como el pétalo gana alas.
Es así como vuela.


PUÑADOS PARA UN POEMA
Para Solange Rivas y la troupe de “Auras”

Todo lo que un poema debe tener:

furias aladas, laúdes,
profecías, cuerpo, inmoderaciones,
balaústres contra el tiempo,
gorjeos de lo imposible,
demonios –
vida, la más dolida.

Cacto cerrado en su espina
él te da meramente la flor roja
de su vientre de solitaria ardor.

¿Qué esperas? Haz de ella
tu dilema

– el tan esperado amor.


Poemas tomados de Maria Lúcia dal Farra, Alumbramentos, São Paulo, Iluminuras, 2011, pp. 15-16, 19, 20, 21, 91, 94, 101, 102 y 106.
Versiones: Demian Paredes, Buenos Aires, 2021.

* Maria Lúcia dal Farra (1944) nació en Botocatu, São Paulo. Profesora e investigadora universitaria, debutó en poesía con Livro de auras (1994), al que le siguieron Livro de possuídos (2002), Alumbramentos (2011) y Terceto para o fim dos tempos (2017). Un volumen de ficciones, Inquilina do intervalo, se publicó en 2005. Es autora de más de un centenar de artículos y ensayos, y de dos volúmenes de crítica. Su obra poética integra diccionarios y antologías literarias en Brasil y el extranjero, y ha sido objeto de trabajos de posgrado, maestría y doctorado.