jueves, 24 de septiembre de 2026

Jaime Correas: Borges y Mendoza en un laberinto interminable

 

Jorge Luis Borges

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                


 
Aquí. Hoy

Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y del término, la caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo. 

Borges no podía imaginar que el soneto que había dejado correr aparecería en el bolsillo de un hombre asesinado en Medellín. Héctor Abad Gómez era un reconocido médico y defensor de los derechos humanos, decano de la facultad de Medicina. Después de que los sicarios paramilitares lo mataran a balazos el 25 de agosto de 1987, cuando su hijo llegó a donde yacía el cadáver en la calle Argentina rescató del bolsillo de la camisa dos papeles. Uno era la hoja con la condena a muerte de veinte personas, de las cuales diecisiete fueron ejecutadas. Pero también encontró ese soneto firmado al pie J.L.B. Luego, no sólo escribió una nota periodística reproduciendo el poema sino que lo hizo tallar en la lápida con la firma de Borges.

Casi veinte años después, en 2006, Héctor Abad Faciolince publicó un libro extraordinario sobre su padre titulado “El olvido que seremos”. Rápidamente se transformó en un suceso de lectores en Colombia y las ediciones se sucedieron. Inesperadamente, en 2007 apareció el estrambótico poeta Harold Alvarado Tenorio y le aseguró a Héctor que el poema no era de Borges, que lo había escrito él. Herido por la posibilidad de haber caído en una trampa, inició una pesquisa desesperada. Pero no tardó en encontrar inconsistencias en la versión del extravagante personaje. Al final Alvarado Tenorio, acorralado, le confesó: “Es cierto, yo no escribí el poema, lo escribió un tal Jaime Correas que vive en Mendoza, pero no quiere oír hablar del tema”. Fue así que Héctor me llamó por teléfono desde Berlín la tarde del 12 de agosto de 2007. Empezó diciendo: “No quiero que usted piense que yo estoy loco”. Y luego a borbotones desarrolló una historia increíble, cuyo origen remoto yo reconocí de inmediato hundido en mi memoria de estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo a fines de los 80. En medio de la agitación de su detallado y pertubador monólogo, lleno de violencia y engaños, se detuvo y me preguntó inquisitivo: “¿Usted escribió el soneto?” Lo alivié parcialmente: “No, el soneto es de Borges y lo publicamos junto a un grupo de compañeros de estudios con otros cuatro más, todos inéditos”. Casi sin dejarme terminar volvió a la carga: “¿Me lo asegura? Después de lo que está pasando ya no creo en nada, ni en nadie y para mí es muy importante conocer la verdad”. “Sí, créame, han pasado veinte años, pero reconocí de inmediato el verso que me citó: ya somos el olvido que seremos”. “¿Me ayudaría a demostrarlo?”, contraatacó. “Por supuesto”, respondí seco casi sin pensarlo. 

Recuerdo esos quince días posteriores al llamado como los más excitantes de mi vida intelectual. Iban y venían mails con detalles, novedades, suposiciones, pistas falsas y ciertas, personajes increíbles que entraban a los archivos clasificados de la inteligencia estadounidense o rastreaban los datos más insólitos, poetas de toda laya, víctimas y desencantados. Mi existencia comenzó a girar alrededor de la obsesión de aquel hombre salido de las sombras y ya no pude escaparme. 
La historia que nos tenía por protagonistas a Héctor Abad Faciolince y a mí parecía urdida por una mente generadora de ficción. Como la de Borges. Sin embargo, todos los detalles de lo que semejaba una novela eran totalmente reales.

Aquellos cinco sonetos inéditos nos habían llegado a través de un amigo de uno de nosotros que los había recibido a su vez de su amiga Franca Beer, que estaba casada con el pintor Guillermo Roux. Borges le había entregado los textos a ella. Se los había prometidos a un poeta francés para acompañar una entrevista que le había hecho en su departamento de la calle Maipú, mientras Roux lo dibujaba. La travesura hecha por Borges dio lugar a un largo hilo de Ariadna que lo volvió a traer a Mendoza de un modo inaudito.

En 1983 yo había conversado con él durante una mañana de sábado en la Galería del Este de Buenos Aires, a pocos metros del departamento de donde habían salido los sonetos. Iba a la Librería de la Ciudad a sentarse para conversar al azar con algún parroquiano. Un tío mío pidió a los encargados que me presentaran y fue así como me senté frente a Borges. Como le habían dicho que venía de Mendoza, se interesó en saber cómo estaban las acequias. Y de inmediato aparecieron recuerdos personales de interés hoy para nosotros: “Imagínese, -me dijo- yo, un hombre tan injustamente premiado, todavía sigo teniendo en primer lugar de mis preferencias el doctorado que me dieron en esa casi secreta Universidad de Cuyo. Fue el primero”. Pronto casi prescindió de mí para hilvanar sus propias perplejidades sobre la China y los elefantes, hasta que casi sin quererlo lo interrumpí para preguntarle por el gusto del ajenjo. Sin inmutarse, me informó: “Tiene un dejo a la menta, al hinojo. Pero, ¿por qué me pregunta eso?”. Le conté que estaba leyendo “Bajo el volcán”, la novela de Malcolm Lowry, y que el protagonista iba de borrachera en borrachera tomando ajenjo. “Me han hablado de ese libro, ¿a usted qué le parece?” Era su primer pedido de opinión y atropellándome las palabras le respondí que me gustaba bastante, pero que me aburría un poco. Borges se inquietó y con un amable enojo, como si lo hubiera ofendido, me amonestó: “Usted está muy equivocado, eso no puede ser, el único deber inexcusable de una novela es entretener al lector”. Fue el fin de nuestra conversación. Con cortesía sugirió que había llegado la hora de ir a almorzar. Pidió que lo acompañaran y se fue. Nunca terminé de leer “Bajo el volcán”, pero aprendí la mejor lección de mi vida de lector: una novela debe ante todo entretener al lector.

Con ese antecedente, cuando nos llegaron los poemas inéditos, imaginamos contactarlo y pedirle autorización para publicarlos con un prólogo suyo. Hacíamos unas antologías de poesías anónimas con nuestros propios poemas. Conjeturamos, con entusiasmo juvenil, que nuestro sello Ediciones Anónimos le simpatizaría. Pero los hechos se aceleraron y Borges murió en Suiza. 

Hicimos dos acciones en su homenaje. La primera fue iniciar la entrega de “Poesía Anónima 4” con la dedicatoria “A Jorge Luis Borges, in memoriam”, bajo un texto de una entrevista que le habían hecho en la Universidad de Indiana. Allí se leen otras de sus inolvidables lecciones: “Yo no prefiero una cosa en detrimento de otra. Amo a todos los países y a todos los escritores que he leído (y hay muchos que nunca he leído y que sin embargo me han influenciado). Soy discípulo del pasado, de todo el pasado. No creo en las escuelas. No creo en las cronologías. No creo en la necesidad de fechar los escritos. Pienso que la poesía debería ser anónima. Por ejemplo, si pudiera elegir, desearía que alguno de mis poemas, alguna de mis historias, sean reescritos y mejorados por otro para que perduren y que mi nombre sea olvidado, como lo será con el tiempo. Tal es el destino de todos los escritores.” Esa declaración parecía hecha a medida de nuestra aventura poética. 

La segunda forma de homenaje fue publicar sus inéditos en nuestros libritos. Para esa edición, sin valor comercial, hice una breve introducción fechada en Mendoza el 13 de noviembre de 1986. Está encabezada por una cita de T. S. Eliot, también premonitoria: “And all is always now”. Un verso que seguro le agradaba. Allí escribí: “Cuando este conjunto de poemas llegó a nuestras manos no era imposible suponer la inmortalidad del poeta. A principios de 1986 estos versos aparecieron mágicamente con la novedad de ser inéditos (al menos en libro). La idea inicial era comunicarse con Borges y pedir su autorización para publicarlos en una edición como la presente, pocos ejemplares y una distribución casi mano a mano.

“Los primeros meses de 1986 transcurrieron rápidamente, el establecimiento de Borges en Ginebra y luego su fallecimiento hicieron imposible el proyecto.

“La noticia, llegada por teléfono, fue una tranquila tristeza: ‘debemos entrar en la muerte como quien entra en una fiesta’ había escrito en uno de los poemas de Los conjurados, su último libro. Sus fechas quedaron fijadas: 1899-1986.

“Lo sucedido confirmaba que un poeta vivo no es igual a uno muerto. Siempre, frente a la poesía, existe la afirmación de un hombre vivo. Un extraño ser que en algún lugar está soñando.

“Borges nos regaló el placer de la lectura. Ahora es ya una ausencia, una sombra en el tiempo, es un nombre, unas fechas y unos textos, también algunas noches, el amor y tanto asombro. Queda una mañana compartida, una amable conversación y la extraña sensación de que no existe el olvido”.

La clave de la difusión del soneto que llegó al asesinado en Medellín estuvo en que enviamos aquella publicación a varios poetas importantes de los que teníamos las direcciones postales: Octavio Paz, Roberto Juarroz y José Emilio Pacheco, entre otros. Los poemas salieron en la prensa más prestigiosa mexicana y española. Los ecos de esas publicaciones llegaron a la revista colombiana Semana y el padre de Héctor los leyó como una suerte de poético testamento.

De toda aquella experiencia resultaron no sólo el maravilloso libro “El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince, al que Mario Vargas Llosa catalogó en 2010 como “la más apasionante experiencia de lector de mis últimos años”, sino su largo texto “Un poema en el bolsillo”, donde cuenta con amorosos detalles, fotos y mapas nuestra aventura conjunta. Forma parte de su libro “Traiciones de la memoria” de 2009. Y, también, mi novela “Los falsificadores de Borges” de 2011.

Quizás lo que acabo de contar sea uno de los últimos ecos resonantes de la relación de Borges con Mendoza hasta estas jornadas magníficas que estamos viviendo, en las cuales nuestro poeta vuelve a imponerse a nosotros con su presencia. 

Vale la pena entonces repasar algunas otras visitas suyas. Borges inició su contacto con la Universidad Nacional de Cuyo en 1940. Edmundo Correas, rector fundador un año antes, rememoró que se lo recomendaron cuando estaba en la organización. Se reunió con el posible postulante en el City Hotel de Buenos Aires y le ofreció $300 para encargarse de la cátedra de Literatura Española. La respuesta fue: “Es mucho, porque aquí solamente gano $180 en una biblioteca municipal, pero no puedo aceptar, no soy catedrático, no sé hablar, apenas escribo algunas cosas insignificantes”. Correas insistió, incluso agregó el ofrecimiento de la cátedra de Literatura Hispanoamericana para hacer más tentadora la oferta, pero Borges se mantuvo firme y replicó que, con seguridad, los alumnos lo silbarían. Correas no se dio por vencido y le ofreció hacer el ensayo de viajar a Mendoza y disertar sobre un tema que él eligiera. Borges le confesó que no conocía la provincia y ante el ofrecimiento de pasaje en avión o en ferrocarril, medio que le sugirió el rector, deslizó con sello inconfundible: “Creo -respondió sonriente- que el paisaje no es muy variado: unas veces se ven cuatro vacas y un caballo y otras veces, son cuatro caballos y una vaca”.

Dieciséis años después, siendo ya un notable conferenciante, viajó a Mendoza acompañado de su madre, doña Leonor Acevedo. Venía a recibir el tan mentado doctorado honoris causa.

Hace años mi maestra Emilia de Zuleta, ante mi interés por saber de aquel hecho que aparecía en la solapa de la edición verde de Obras Completas de Emecé, en las que tantos hemos leído a Borges, me entregó una nota manuscrita con su firma. Me aseguró que algún día sería historia y que quería dejármelo para que yo lo transmitiera: “Fue Félix ‘Grillo’ della Paolera quien sugirió la idea de conceder el doctorado ‘honoris causa’ a Borges. Amigo desde su juventud en Adrogué, fue también él quien le presentó a un talentoso boliviano, Marcial Tamayo, y a Adolfo Ruiz Díaz, quienes en colaboración escribirían Borges, enigma y clave.

“Borges siempre recordó ese primer Doctorado y dejó amigos en Mendoza adonde volvió en diversas ocasiones acompañado por su madre Doña Leonor Acevedo y posteriormente, por su primera esposa Elsa Astete Millán.

“El acto de la concesión de este Doctorado, para ser comprendido en su significación plena, debe ser situado en su contexto; se trataba de una reivindicación del escritor perseguido por el peronismo en el ciclo abierto por la Revolución Libertadora.”

El propio Della Paolera en 1999 en el diario La Nación dio una explicación política clave: “En 1956, un grupo de izquierda, con el argumento de que Borges no tenía un título universitario, quiso que le sacasen la cátedra de literatura inglesa. Yo conocía al decano de la Facultad de Filosofía, y le conté el caso. Lo nombraron entonces doctor honoris causa de la Universidad, y quedó habilitado para enseñar donde quisiera.”
Otro dato también importante es que fue “Grillo” quien le presentó a Borges a Marcial Tamayo y a Adolfo Ruiz Díaz, coautores de Borges, enigma y clave. El libro apareció el 11 de marzo de 1955, cuando todavía el futuro de Perón era incierto y publicar un libro sobre Borges no era lo más prometedor para un intelectual. Sigue siendo uno de los mejores libros sobre ciertos textos borgeanos. Se lo puede leer con admiración por su prosa y por la solidez de sus análisis que no han envejecido. Rodolfo Modern ha escrito que la participación de Tamayo fue “más que nada, de carácter simbólico”.

La figura de Ruiz Díaz, injustamente olvidada, toma vuelo en su relación con Borges. Adolfo fue un maestro clave para muchos de los que pasamos por sus cátedras. Tuve la suerte de cursar Introducción a la Literatura y Estética con él, además del seminario de licenciatura. Desplegaba con sus alumnos el encanto inigualable de su personalidad inteligente, seductora, cómplice. Es enorme nuestra deuda con él. No sólo por sus clases y su extraordinario libro, sino también por sus muchos artículos, varios de los cuales conservo dedicados. Son el testimonio de aquellas largas charlas en la facultad o en su estudio del callejón Delgado.

Amalia Ugo, esposa de Ruiz Díaz, fue testigo privilegiada de varios capítulos de esa larga amistad y contó: “Borges llegó a Mendoza en tren, en compañía de su madre, Leonor Acevedo. Esa mañana lo esperábamos, junto a varios escritores locales, en la estación San Martín.

-¡Maestro!- le dijeron. Y tras los saludos, le preguntaron qué estaba escribiendo.

-En el tren era difícil dictarle a madre -dijo-; pero he pensado algunas coplas, esas que parecen de todos y que ya debieran estar escritas.
Le rogaron que recitara alguna y Borges primero separó suavemente a su madre diciéndole: ‘Vaya para allá, madre, por favor’. Entonces dijo:

‘Hay en medio de la plaza 
del pueblo de Pehuajó
un letrerito que dice
la puta que te parió.”

Las risas distendieron los ánimos y se produjo el acercamiento cordial que quedaba trunco frente a Borges, debido a su respetada y temida intelectualidad. De allí -continúa Amalia- fuimos al Instituto de Lenguas y Literaturas Modernas en calle 9 de Julio. Dos alumnas buscaban algo en el fichero y al volverse, vieron a Borges. -¡Profesor Borges! -exclamaron efusivas y emocionadas. Al atardecer, realizaron el acto académico en el Decanato de la Facultad de Filosofía y Letras. Tras la parte protocolar, Borges agradeció: Hoy por la mañana, unos colegas que fueron a recibirme a la estación, me dijeron ¡Maestro! Y yo no soy maestro. Después, en el Instituto de Ruiz Díaz, unas alumnas me dijeron: ¡Profesor! Y yo no soy profesor. Y ahora me dan una mención universitaria. ¡Qué carrera rápida que he hecho! Voy a decirle a mis amigos que no pierdan el tiempo en Buenos Aires y que se vengan sin tardanza a Mendoza.”

Seguir la cobertura del diario Los Andes de aquellas jornadas nos revela una clave esencial de una relación que duró años. El sábado 28 de abril se publicó una extensa entrevista hecha por Antonio Di Benedetto. Meses más tarde daría a conocer su obra mayor, la novela “Zama”. Era un joven de 34 años, que luego de aquel encuentro fue invitado por Borges en 1958 a la Biblioteca Nacional a hablar nada menos que de literatura fantástica.
He registrado algunas otras visitas de Borges a Mendoza. En 1965 le hizo una larga entrevista en Los Andes Rodolfo Bracelli que se tituló, quizás con ironía dibedenettiana, “Un reportaje-novela a Jorge L. Borges”. Esa nota fue el germen del famoso libro“Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo” publicado por Galerna en 1979. 

También es interesante y está muy bien cubierta en Los Andes la visita de julio de 1969. Borges dio dos conferencias: “La pintura y las letras” y “El compadrito”. Vino acompañado de Elsa Astete Millán, fallida esposa de la que se separaría al año siguiente.

Queda pendiente una minuciosa pesquisa sobre los viajes de Borges a San Rafael, a la casona de Los Álamos, donde lo recibía su amiga Susana Bombal, tía de nuestro añorado Camilo, hacedor del laberinto y de sus hermanos, nuestros amigos Caro y Nacho, dos titanes en la conservación y difusión de ese legado que por la vía de su hermano les viene de Susana, quien, como sentenció Borges, con precisión:

Está donde haya música, en el leve 
azul, en el hexámetro del griego, 
en nuestras soledades que la buscan, 
en el espejo de agua de la fuente, 
en el mármol de tiempo, en una espada, 
en la serenidad de una terraza 
que divisa ponientes y jardines.
   
Para terminar este recorrido quiero que juntos veamos una imagen que encontré hace años de casualidad y que tiene un detalle que hoy, en el contexto de este encuentro, adquiere especial significado. No he podido encontrar esa foto en ningún otro lugar, salvo en la tapa del suplemento Primer Plano del diario Página/12 del domingo 25 de febrero de 1995. Allí se ve a un Borges anciano, sentado en su austera cama de hierro, en su habitación. Hay un tigre de porcelana. He leído que era azul y sobre la cabeza del felino pende un diploma, sin marco, que se puede imaginar apenas detrás de un vidrio. El escudo es inconfundible, es el de la Universidad Nacional de Cuyo, tan caro a quienes pasamos por ella, con el cóndor y la inscripción en el libro “In spiritus remigio vita”, felizmente traducido “en el espíritu aletea la vida”. He atesorado ese suplemento entre cientos de diarios, porque comprendí que esa foto nos demuestra sin dudas que muchos años después de aquel doctorado de 1956 Borges lo seguía teniendo entre sus recuerdos más preciados, tal como me confesó. Mientras terminaba estas palabras lo busqué porque, como otras veces, estaba traspapelado. Lo encontré, por suerte. Viendo la imagen, sentí la felicidad de volver a comprobar que el amor de Borges por esa casi secreta universidad a la que tantos le debemos tanto no era una construcción falsa de mi memoria sino una realidad inobjetable.

Borges: Jornadas, San Rafael, Mendoza, 2025.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                


JAIME CORREAS (Mendoza, 1961) Escritor y periodista. Licenciado y profesor en Letras de la UNCuyo. Publicó las novelas “Los falsificadores de Borges” (Alfaguara, 2011) y “Fraile Aldao” (Marea, 2022) y los ensayos “Cortázar en Mendoza. Un encuentro crucial” (Alfaguara, 2014), premio de Ensayo de la Academia Argentina de Letras (2015), y “Roberto Juarroz: la palabra necesaria. Creación y realidad en la Poesía Vertical” (libros de piedra infinita, 2025). Editó “Piedra Infinita” de Jorge Enrique Ramponi ilustrado por Carlos Alonso y traducido al inglés por Andrew Graham-Yooll (Bodega Zuccardi, 2016 y 2025). Ganó el Premio Konex de Edición Periodística (2007). Es miembro correspondiente de la Academia Argentina de Letras. Fue Director General de Escuelas de Mendoza de 2015 a 2019.


Novedad editorial: Patrice Nganang

 


jueves, 17 de septiembre de 2026

Horacio Verzi: 1 - The Sons of Blues

 

Editorial Yaugurú, Montevideo

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                


…Oouuhhh yeahhh… ¡Aquí están, aquí, aquí, yes, yes, yes, aquí los tienen!… Para el programa de esta noche nos interpretarán algunos números como Woke Up This Morning, Rock Me Baby, Don´t Burn Down the Bridge…, y también nada menos, ¡síííí!, nada menos que Hoochie Coochie Man…y As The Years Go Passing By… Oouuhhh… Help me!… Sí, sí, sí, sí… Sweet Little Angel… Aaaaooouuhhh yeahhh ─enfervorizado y sin complejos por su horrible dicción del inglés─, queridos compatriotas, así como lo oyen, pué… ¡Síííí!... Señoras y señores, chamaquitos, hermanos cooperantes: también tocarán I´ll Play The Blues For You, Baby Can I Make You Change Your Mind…?, Slow Blues in “G”, Got My Mojo Working, Every Day I Have The Blues, Honky Tonky… ─le preguntaron a Bruce La Point si esto último era un garito o una simbolización del quilombo que es a veces la vida, y entonces tuvieron que explicarle qué era un quilombo─ Sí, sí, sí, sí…, sons of joke…
Y tampoco se entendió lo que el presentador quiso decir con esta expresión, si fue dirigida al público o a los músicos o fue una traición del subconsciente. Pero, fuera lo que fuese, no one was joking. Porque fue en esa noche ─esa increíble negrura de lluvia─, noche escandalosa, enmarañada y absurda, con los murciélagos que se descolgaron de los rajados techos de Las Ruinas del Gran Hotel y revolotearon sin cesar sobre las cabezas de mil fanáticos, curiosos, intelectuales, marihuaneros y locos que esperaban a Billy Branch y su armónica de otro mundo, a J.W. Williams y su bajo, a Carl Weathersby y su guitarra y a Mose Rutues Jr con su batería, y soportaron las gotas y las gotitas que se filtraban por las grietas del cielo raso mientras todos aguardaban en una bulla tímida y sorda a que pasara el apagón que había dejado el temporal y pudieran verlos y escucharlos en esa vena clásica del blues de Chicago de los años cincuenta ─por eso Bruce experimentaba un orgullo especial─, uniendo el funk y el soul jazz con singular fineza, según le explicó luego la norteamericana a Vicente, que dicho sea de paso, se vieron por segunda vez junto a la jaula de los guacamayos el día del concierto, o sea un 24 de mayo de 1986 en el patio exterior del restaurante Los Antojitos, ocho horas antes de que aquella especie de Hamelin postmodernista los hipnotizara a todos con sus ágiles solos de armónica mientras los murciélagos, lejos de amedrentarse con Stormy Monday o con Crosscut Saw ni con la inolvidable interpretación que hizo Branch de Hoochie Coochie Man, lo acompañaron con sus piruetas aéreas y espirituales y prosiguieron infatigablemente dando vueltas por encima de su cabeza de mulato y sus ojos violetas que parecían mirar más allá de las carcomidas paredes del ex hotel y ver venir las notas que le llegaban desde la infancia por los muelles y mataderos de Chicago, las fusas y semifusas que pudieron sobrevolar las ruinas de Jinotega y Estelí, La Trinidad y León, que pasaron por encima de Madriz y Las Segovias y se colaron entre los “cachorros” que “a puro vergueo” peinaban las colinas de Matagalpa a Ocotal, en tanto soplaba sin parar como un poseso, un iluminado, aquella su pequeña armónica Rainy Nigth In Georgia, Five Long Years, Sweet Sixteen y Sweet Home Chicago ─que Bruce disfrutó tan especialmente─, todos ellos, todos: el Branch que llegó al istmo centroamericano después de realizar cientos de giras por el interior de los Estados Unidos, las dos Europas y México, y Weathersby, luego de haber acompañado con su guitarra a los más renombrados artistas del blues (B.B. Odom, Albert King, Bruce Benton y B.B. King), y J.W. Williams, que con su bajo estuvo junto a las estrellas Jimmy Reed y Bobby Rush y John Lee, y organizó los Chi-Town Hustlers como una banda de ritmos y blues allá por los años 70, y el percusionista Rutues Jr., que en 1982 se unió al The Sons of Blues fundado por Branch, y el propio Bruce La Point, que al tiempo que informaba a los latinos sobre los antecedentes realizaba su íntima verificación parcial del mundo carpenteriano estudiado en la Universidad de Berkeley (de Chicago había salido con sus padres hacia California a los quince años), y la norteamericana, “Alexandra la norteamericana”, que nunca se supo de dónde la sacó Bruce (se cree que también de California, de Palo Alto para ser más exactos) en momentos en que daba los últimos toques para completar su proyecto de informativos radiales para la Cadena Pacific, y que la casualidad la hizo intermediaria e interlocutora de recónditas impresiones de todas las gentes y todas las cosas que estuvieron presentes aquella noche de concierto: el cuarteto The Sons of Blues/Chi-Town Hustlers, los intelectuales, los periodistas, los alucinados fumadores, los agentes de la Seguridad del Estado, los snobs, los “contras”, los agentes de Inteligencia Militar y los de Contrainteligencia, el comandante Bayardo Arce, que también estuvo presente en la fantasmagórica noche del estreno sentado en primera fila entre dos hermosas jovencitas, en mangas de camisa y con jeans de mezclilla, los locos, los vagos, los porteros, los guerrilleros sin fortuna, los corredores de cien metros llanos en campos minados, los turistas, ¡sí, sí, que habían venido para ver la guerra!, que habían llegado para hallar Managua la Inhallable y pisar las coladas de lava del volcán de Masaya y la flor de Poro-Poro y beber traguitos en La Yerbabuena, los cooperantes, los internacionalistas, los traductores y las traductoras, los médicos de la entonces todavía República Democrática Alemana, las enfermeras francesas de Puerto Cabezas, los norteamericanos en proceso de desnorteamericanización con y sin complejo de culpa, los corresponsales extranjeros, los murciélagos, el apagón, las gotas que caían de los rajados techos del otrora Gran Hotel y el viento embolsado en el patio interior, durante la increíble, la escandalosa, durante la enmarañada noche, entre todos ellos, Alexandra la norteamericana le comentó a Vicente, que estaba sentado a su lado:
─¿No es lo real maravilloso?
Y Vicente, el mismo que antaño deambulara desde la Sierra de los Cuchumatanes, donde los indios mames con alborozo lo apodaran “el Mosquito”, hasta el archipiélago de Bocas del Toro, y que la noche del concierto conservaba en el rostro los rojos puntos que dejan lo zancudos del norte cuando pican, porque hacía algo menos de 24 horas había regresado de los frentes de batalla como corresponsal de guerra luego de cruzar en helicóptero, en camión y a pie el territorio de Zelaya Central, los ríos Grande de Matagalpa y el Prinzapolka en las inmediaciones de Limbaica, y las corrientes del Kuringwas y el Bambana y el Cucalaya, y atravesado la laguna de Karatá; que había vadeado el río Wawa desde la margen meridional, por la llanura de Yulu, para alcanzar más al norte las orillas del dorado Wangki, y que en las noches de Nueva Guinea por los meandros del San Juan fue hostigado por los alacranes y las arañas y los mosquitos de la malaria; que había documentado e informado al mundo acerca de diecinueve ataques de hostigamiento provenientes de los campamentos “contras” en Honduras, siete asesinatos, quince secuestros violentos, seis emboscadas, treinta y cinco violaciones aéreas y tres navales y diez infiltraciones por las tierras adyacentes al cabo Gracias a Dios y a la laguna de Gracias a Dios; que había seguido las pistas de Steadman Fagoth y Brooklyn Rivera ─esto lo sabe muy poca gente, pero tiempo atrás Vicente había logrado convencer al embajador norteamericano Negroponte y a otros mandos de la Agencia Central de Inteligencia en Tegucigalpa de que lo dejaran ir a Puerto Lempira, gracias a lo cual pudo estar presente cuando Rivera y Fagoth se enfrentaron a balazos en el “aserrinado” piso del bar y restaurante de Florinda Flores, Las Brisas del Karataska, circunstancia que más tarde le permitió infiltrarse por unas semanas en las filas de Misurasata y seguir las marchas de esta organización de miskitos, sumus y ramas alzados por las riberas del Río Grande y en las comunidades miskitas de Kara, Karawala, Sandy Bay, Sirpi, La Barra y Walpa, y sobre Laguna de Perlas y Tasba Pauni, frente al mar, y también entre los criollos de Marshall Point y Brown Bank, sin llegar a saber si la toponimia era herencia de los piratas ingleses del siglo XVII, de la incursión de los filibusteros yanquis que en junio de 1855 desembarcaron con William Walker o de los infantes de marina que en el ´26 llegaron a Puerto Cabezas a bordo de los cruceros Denver y Cleveland, y sorteado además las emboscadas tendidas por Rufino Wilson y Adan Artola─; Vicente, que se salvó de ser mordido por la barba amarilla cuando pernoctó en la aldea fantasma de Kum o cuando estuvo en los poblados de San Jerónimo, Esperanza, Leymos y la comercial Waspán, las tierras habitadas por ciento ochenta y dos mil mestizos, setenta mil miskitos, veinticinco mil negros, quince mil sumus, mil doscientos garífonos y mil ramas, las trochas abiertas por el desaparecido Eduardo Panting, cuya misteriosa muerte daría por mucho tiempo materia prima a periodistas y políticos; Vicente, que había brindado a diarios, semanarios y revistas más de medio millar de fotos que jamás se publicaron de los campesinos degollados y mutilados en las inmediaciones de las comunidades de Saupuca y Bilwaskarma, de Wasela y Anrís, que se había cruzado con 1,6 habitante por kilómetro cuadrado y atravesando una inmensa estepa verde sembrada de palma africana, y que además logró lo que no pudieron muchos, o sea amar y ser amado por una mairin uba pain (dicho en miskito por él debido a esa tendencia a registrar expresiones de la lengua del lugar en que se hallaba), capaz ella de escuchar en silencio su arte de fabulista; Vicente, que había leído las poesías eróticas de Juan Second, un ejemplar de colección que encontró en la bibliotequita particular de un pastor moravo, tendido sobre una hamaca amarrada de dos palmeras en las arenas de la laguna de Gracias a Dios, las mismas que en el pasado hollaron los bucaneros Dampier, Coxen, Sharp, Wrigth y Esquemeling, y por el increíble marinero, comerciante, maderero, corsario, descubridor, explorador, constructor de barcos, gran bebedor de ginebra y fundador de Bluefields, el holandés Abraham Blauveldt, y seguramente también por Olaudah Equiano, conocido como Gustavus Vassa el Africano, que junto al doctor Irving acostumbró a destilar ron de piña y embriagarse con los miskitos de la plantación que regenteaba cuando no los atormentaba enseñándoles las crueldades papales que se refieren en el Martirologio de John Fox, según cuenta en sus crónicas Gustavito, libro cuya edición príncipe de Londres había llegado misteriosamente a las manos del pastor moravo que Vicente conoció en Laguna de Perlas, y que lleva impreso el daguerrotipo con su efigie en plano americano nada menos; Vicente, que luego se divirtió con Bruce La Point reconstruyendo en la imaginación el tipo de vidorria que seguramente se dio este africano emancipado junto a los nativos costeños, e intercambió luego con Alexandra las impresiones acerca de los sentimientos que le dejó la lectura, toda una serie de referencias veladas a los deseos inmoderados y secretos de Vassa, por decirlo así, con un giro que se avenga a su prosa santurrona (“¿No ves en su rostro una sensualidad perversa?”, le decía); Vicente, que no hacía mucho incluso había podido discutir con los activistas Russell Means, norteamericano de largas trenzas, y el canadiense bigotudo Clem Chartier, y hasta con el propio Pitufo, un alzado miskito de la cordillera de Polaina, sobre la estrategia de la lukanka indígena, prestando ahora más atención al folleto del concierto y a las palmadas que efectuaban el remozado comandante Arce y las dos jóvenes que lo acompañaban para marcar el ritmo de la interpretación que estaban haciendo de City, Country, City  o del por siempre inolvidable Hoochie Coochie Man, entre cansado y triste, le respondió: 
─Más bien… lo real horroroso.
Esa, esa fue al fin la noche en que descubrió que no había renunciado a la voluntad de regresar, el momento en que, en lo secreto del alma, amor mío, sintió la “fuerza del regreso”.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                      

 


jueves, 3 de septiembre de 2026

Leopoldo Castilla: 3 poemas de Línea de Fuga

 

Leopoldo Castilla

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       




I

Si la línea de fuga pudiera ser alguien
una piedra
                una mosca
                                 un rayo
y no su lenta nieve
que devora  geometría.

A veces el obstáculo de un hombre
lo desea
     yergue
     deforma
lo curva
        y lo rompe  

el polvo, entonces,  
son esos puntos suspensivos
que se unen 
                 a la línea
que continúa
libre al fin
        huyendo
                   detrás de su comida.


III

¿Y la línea
que no tiene sombra
y arma este cuerpo
que no tiene cuerpo?

El mundo está atravesado
por ciertos elementos
que nunca estuvieron en el mundo

de ellos nos viene
la tentación de desaparecer.

Tal vez seamos
también grafía.

                      Sin sombra y sin persona
                      por una línea puede
                      fugarse un muerto.


XIII

¿Lleva cada pájaro
un segmento
o todo el dibujo de la bandada?

¿O no saben
y lo que vuela
es la línea que los atraviesa
y emigra 
            emplumada
                          sin final?

Siempre se va en leyenda
una bandada

Nunca vuelve en sí
no tiene donde 

                      no es  la misma la línea
                                                   cuando canta



LEOPOLDO TEUCO CASTILLA nació en Salta, Argentina en 1947. Ha publicado los siguientes libros de poemas: El espejo de fuego, 1968; La lámpara en la lluvia, 1971; Generación terrestre, 1974; Versión de la materia, 1982; Campo de prueba, 1985; Teorema Natural, 1991; Baniano, 1995; Nunca, 2001 (Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes); Libro de Egipto, 2002; Línea de Fuga, 2004; Bambú, 2004; y El Amanecido, 2005. En el año 2001 fue publicada una Antología del autor por el Fondo Nacional de las Artes. En 1999 publicó El árbol de la copla. Como narrador ha publicado: Odilón, 1975 y La luz naranja, 1984. Fue invitado por la Unión Soviética para escribir un libro que la Editorial Progreso de Moscú publicó en 1990, Diario en la Perestroika. También es autor de Nueva poesía argentina, 1987; Poesía argentina actual, 1988; La canción del Ausente, cuentos, 2006 y la novela El Arcángel, 2007. Recibió premios nacionales e internacionales. En el año 1976 fue perseguido por la Dictadura Militar y debió exiliarse en España. Poesía suya ha sido traducida al inglés, francés, italiano, sueco, portugués y ruso. Sobre su cuento La redada se filmó el largometraje homónimo dirigido por Rolando Pardo.© Escritores.org. Contenido protegido. Más información: https://www.escritores.org/recursos-para-escritores/19593-copias


martes, 25 de agosto de 2026

Rolando Revagliatti: Poemas de HABRÍA DE ABRIR

 

Rolando Revagliatti

                                                                                                                                                                                                                                                                     


 


Habría de abrir

Habría de abrir
como quien no quiere
como quien detesta

Habría de abrir
con impremeditada delicadeza
lo que no atinaría a repudiar

Habría de abrir
sin abrirse.


*

Abismo

Ni me asomé
y mucho menos me caí

Mi pertenencia a él
y en él mi residencia ininterrumpida

es rescatada
y aun sobrevalorada

por panegiristas
y detractores.


*

Adivinanza


No será quien dice ser
pero tampoco es su contrario

no odia exactamente
aunque decididamente no ama

y no será una vida verdadera la que vive
aunque derrocha mortalidad.


*

Al final


Siempre llego tarde al comienzo
aunque nunca
dejo de ser advertible
entre los primeros en llegar

a la convicción
al objeto
al fraude
al reconocimiento
a la derrota
al recelo
al éxito

al reiterado comienzo
al cual siempre
llego tarde.


*

Caen o recogen


Al coloquialismo
se le ha caído
una camelia
al suelo
y la recoge
con prisa

Es mucho después
cuando cae en la cuenta
de que mucho antes
había sido recogido
en la calle
por una camelia.


*

E insomnes


Los ansiosos
del Universo
confluimos
inercialmente
como pandilla
de zaparrastrosos.


*

Vidrios


Todos los vidrios rotos
todos los vidrios rotos de las ventanas
los vidrios de las ventanas
de todas las ventanas
de todas las ventanas los vidrios
rotos los vidrios de todas las ventanas

Por lo cual el sol en las ventanas
es recibido, si se quiere, roto.


*

Lo no todo

Que no lo diga todo
que se cuide

que todo lo que diga
sea lo no todo
que podría decir

y sea lo no todo
que podría
                 diciéndolo

no decir.


*

No son hámsteres

No son hámsteres
en las calles

sino hojas
de los árboles
en la noche

sopladas

y no

por el viento.


*

Dados

Así como
son infinitos
los olvidados

los dados al recuerdo
y los recordados
son finitos.


*

Evalúo

Me ha ido mejor
por fuera
que por dentro

Por fuera logré
meterme adentro
de lo que se trataba

Por dentro no he sido
más que alguien
que ha pasado.
 
*

Sapos que me comí

Sapos me comí
argentinos

Me comí sapos argentinos

Efectos me constriñen
fauces y costillas

El odio concomitante
es una excrecencia
un impuesto.


*

*Habría de abrir, Editorial Leviatán, Buenos Aires, 2023, 106 pág.


Rolando Revagliatti nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside. Ha sido actor, docente y psicoanalista. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos, relatos y microficciones y diecinueve poemarios. Todos sus libros cuentan con ediciones-e disponibles en http://www.revagliatti.com. En esta condición se hallan los seis tomos de su libro “Documentales. Entrevistas a escritores argentinos”, conformado por 159 entrevistas por él realizadas. Ha sido incluido en unas ochenta antologías de poesía, narrativa y dramaturgia de la Argentina, Brasil, Perú, México, Chile, Panamá, Estados Unidos, República Dominicana, Venezuela, España, Alemania, Austria, Italia y la India. Más de 1900 videos en los que ha grabado poemas y otros textos literarios de muy diversos autores se hallan en https://www.youtube.com/user/rolandorevagliatti/videos y en https://www.arcoiris.tv/fonte/Rolando%20Revagliatti/ -





                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                      

miércoles, 19 de agosto de 2026

Jeanne Molinier: La Nieta de Trotsky

                                                                                                                                                                                                                                                
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    Jeanne Molinier: “La nieta de Trotsky”


* Textos de  Tununa Mercado y Noé Jitrik para la contratapa de “La nieta de Trotsky”, de Jeanne Molinier / Juana Droeven (Buenos Aires, Voria Stefanovsky Editores).

La familia es el significante en torno al cual se organiza esta historia y tiene siempre una implantación geográfica y un asentamiento físico, una casa, que, paradójicamente, es el reducto simbólico más fuerte en el que se refugia un desterrado. Parece destinado a errar y, de pronto, se encuentra bajo techo, ha depositado su valija y siente que hay un respiro, que hay enfrente de él una ventana abierta. Así debió ser la llegada a la primera casa del exilio. Desterrados de Rusia, los Trotsky, llegaron a la Isla de Prinkipo, Turquía, y se instalaron en una casa que había encontrado Raymond Molinier. Esa casa junto al mar se convirtió en una verdadera usina de resistencia y de producción revolucionaria. Raymond Molinier fue un sostenedor imprescindible de esa estructura.
El libro de Jeanne Molinier, La nieta de Trotsky, dice que Molinier establece con naturalidad para los suyos una prodigiosa construcción, fantasía o delirio, es un fantasma a familia. El libro está lleno de peripecias, las de una joven que se yergue cada vez más sobre sus pasos, siempre libertarios, nunca medrosos. Tiene madre, pero ésta la abandona. El padre está siempre lejos pero provee, encauza, respalda. Su herencia es la vida que vivió: indeclinable trotskista, militante hasta el final de sus días. 
El saber literario está sin que se vea, en el arreglo de las personas del relato, que brota incontenible, es la escritura. Una escritura concisa, fina, con destellos poéticos. 
La nieta de Trotsky ya no es Trotsky, es Jeanne Molinier.

Tununa Mercado


Relato, novela, no voluntad testimonial, pero fuertemente ligado a una de las líneas decisivas de la forma que tomó el mundo en el siglo XX y cuyo significado todavía nos persigue y asedia. Indispensable.

Noé Jitrik


sábado, 8 de agosto de 2026

CHRISTOPHE MANON, PUERTA DEL SOL (Extractos) Traducción de Mariano Rolando Andrade

 

Christophe Manon

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              



Llegado a Perugia, Umbría, Italia, en julio del año de Cristo 2019,
tras las huellas de mis bisabuelos maternos,
con la ayuda de una beca de escritura
otorgada por el Instituto Francés,
de verdad les digo, durante mi estadía,
me vi sobre todo confrontado de forma desastrosa
a la soledad y a la angustia frente a mis propias infamias.
Había superado hacía ya mucho tiempo el meridiano de nuestra vida
y no sé bien lo que esperaba encontrar
en ese viaje lejano. Había partido de París
en un estado de agotamiento y de tensión
que nunca antes había conocido,
tras meses particularmente difíciles y laboriosos.
Partía hacia los infiernos, llevaba todo el mal
que había cometido en mi contra; en mi contra y en contra de los otros.
 Y había llegado a Perugia medianamente afectado,
al término de un largo y penoso periplo,
luego de numerosas vicisitudes,
retrasos de trenes, conexiones perdidas,
líneas ferroviarias cortadas entre Francia e Italia
a raíz de un desprendimiento causado por las inclemencias climáticas.

*

Intentaba escribir, pero al proyecto
para el cual había venido le costaba tomar forma.
Me lanzaba sobre una pista, y la abandonaba enseguida
por temor a perder el poco tiempo del que disponía.
Incluso los libros, los abría y los dejaba con turbación.
Las palabras no llegaban a mi entendimiento,
tropezaba con ellas como con pesadas piedras
que bloqueaban un sendero escarpado.
Se me habían vuelto completamente opacas
y no tenían ninguna resonancia en mi espíritu.
No veía en ellas más que un laberinto
indescifrable de símbolos de los cuales era
incapaz de percibir el significado.
Era como si hubiese sido condenado a errar
solo sin fin en esta ciudad donde vivieron mis ancestros,
como si estuviese perdido en uno de los círculos
del infierno cantado por Dante,
y no en el paraíso.
Estaba muy exaltado.
Caminaba rápido, más rápido que los fantasmas.
Rondaba las calles vestido de cilicio
y la cabeza cubierta de ceniza.
¿Por qué deambular una y otra vez
por caminos difíciles y penosos?

*

La muerte estaba por todas partes a mi alrededor,
y la vida perdida de los muertos que se convierte en la muerte de los vivos.
Eran órganos sexuales con calaveras,
cuerpos con calaveras,
los senos tenían calaveras como pezones.
En todas mis miradas, estaba la muerte.
Torrentes de sangre rezumaban de los muros
y corrían a través de las calles. ¿Por qué tanto pavor?
¿Por qué tantas bajezas?
Me acostaba tarde, embrutecido por el alcohol, me levantaba temprano.
Mis noches, aunque bien breves, eran muy agitadas,
llenas de crímenes y mutilaciones, de orgías de todo tipo,
mi sueño era sin cesar bruscamente
interrumpido. Me daba vuelta y volvía a darme vuelta
de espaldas, de costado, boca abajo,
aferraba mi almohada contra mí
en un abrazo a la vez doloroso y ferviente.
Así incubaba mi desasosiego.
Ya no estaba ni siquiera seguro de haber
conocido el calor de un cuerpo humano contra el mío.
Estaba hundido en este estado, lo recuerdo.

*

Morí en tres ocasiones.
Tres veces mientras recorría
las estrechas calles de Perugia
y atravesaba la Puerta del Sol,
suspendiendo un breve instante mi errancia
para contemplar desde lo alto de las escaleras
en la hora tranquila del crepúsculo el panorama
sobre la ciudad y la campiña circundante,
quedé deslumbrado por bellezas tales
que mi conciencia se desvaneció
fuera de ella misma
a tal punto mi exaltación me había vuelvo sensible
a la gracia y a los esplendores del mundo.
Mi deseo era tan ardiente, mi turbación tan grande,
que tres veces tuve el espíritu quebrado
y fui objeto de un súbito vértigo
que me hizo perder conocimiento ante la vista del cielo
encendido por vivos destellos que se enroscaban
en un torbellino de colores resplandecientes.
Era como si de repente el tiempo
y el espacio ya no tuviesen medida.
Y percibí entonces en mis oídos el eco
lejano de un canto de una inefable dulzura.
Era por así decirlo una lluvia
centelleante de notas de luz parecidas
a los astros que brillan en el firmamento.

*

Los monstruos, los espectros, los cuerpos atormentados y bajo suplicio
habían desaparecido tan bruscamente como habían surgido.
Ya no me sentía asediado por visiones lascivas.
El cielo ya no estaba repleto
de serafines y grifos,
ya no había lucha
entre los ángeles y los demonios.
Incluso los vencejos habían cesado
su vertiginosa coreografía.
Mi corazón latía de nuevo con normalidad.
El clima también había cambiado,
las nubes se habían disipado,
el cielo era ahora invariablemente azul.
El alcohol ya no tenía el mismo efecto.
Permanecía estupefacto, vagamente preocupado.
Sentía una inmensa tristeza,
me sentía profundamente desamparado.
¿Qué había pasado realmente?
¿Qué tempestad se había levantado de tal forma en mí?
¿Qué exaltación?
Una vida cambiante, múltiple, una inmensidad violenta.

*

Pero no creo haber sido víctima
de algún síndrome de Perugia,
un presunto shock estético
que sería en suma el mismo
más o menos que el que experimentó
Stendhal en Florencia cuando
se encontraba de rodillas
en un reclinatorio, la cabeza echada
hacia atrás para contemplar,
en la basilica Santa Croce,
el fresco de la cúpula
de la capilla Niccolini
pintado por Volterrano.
Todo hace pensar más bien
que me había embarcado
demasiado en el camino
que nos conduce directamente
más alla de las lágrimas
hasta la muerte.

*

Porque las distancias creadas
por el tiempo son infranqueables.
Corriendo atrás de fantasmas,
por más familiares que sean,
solo se atrapa viento, en el mejor de los casos.
Había venido sin embargo con mucho amor,
que no me fue de ningún auxilio.
“¿Raíces? Todo el mundo tiene raíces”,
dice William Carlos Williams,
eso no representa el menor interés.
Hay que dejar descansar en paz
a aquellos cuyo recorrido aquí abajo terminó
y no intentar saldar las cuentas del pasado,
bajo riesgo si no de agitar nuestros propios espectros.
Los muertos son insensibles a las historias,
no necesitan ser tranquilizados,
donde están ya nada los concierne.
Eso que removemos,
eso que buscamos obstinadamente,
eso sobre lo que investigamos sin descanso,
no son más que ensoñaciones, frágiles apariencias
desprovistas de cuerpo y de realidad
que solo interesan a los vivos.
Los muertos, ellos, no tienen historias,
al menos, creo,
ya no buscan tenerlas.

*

Solo los vivos reclaman historias
y las palabras que utilizamos
están animadas solo por nuestro deseo
de querer a todo precio despertar a los muertos
por su invocación sonora,
porque tememos ser al final
como ellos indiferentes al impenetrable
desorden de los acontecimientos.
Mantener desde luego el recuerdo,
pero no hay nada que restaurar,
nada de verdad que pueda ser reparado.
¿Conservar un registro, testimoniar? ¿Pero de qué?
En el fondo, las crónicas de los tiempos pasados
quizás solo son escritas para confirmar
nuestro propio sentimiento de existencia.
Y si a veces hacemos un alto,
si estamos tentados a veces
de darnos vuelta un instante
para echar una última mirada hacia atrás
sobre aquellos que amamos,
cuidémonos sobre todo de no permanecer
petrificados por lo que vemos, y procuremos
lo antes posible continuar por el mundo
la trayectoria que nos es asignada.

Extraído de Puerta del Sol, Editorial Yaugurú, Montevideo, 2026.



CHRISTOPHE MANON (Burdeos, 1971) ha publicado una veintena de libros, entre ellos Au nord du futur (Nous, 2016), Jours redoutables (Les Inaperçus, 2017), Testament, d’après F. Villon (Dernier télégramme/Bisou, 2020), Provisoires (Nous, 2022), Signes des temps (éditions Héros-Limite, 2024), Tout disparaîtra (éditions  Sun/Sun con el Museo Albert-Khan, 2024) y Élégies mineures (Nous, 2025). Es autor de una trilogía en Éditions Verdier: Extrêmes et lumineux (2015), Pâture de vent (2019) y Porte du Soleil (2023).
Cuatro de sus libros han sido publicados al español, tres de ellos traducidos por Mariano Rolando Andrade: El idio(s), (Cuadrivio Ediciones, México, 2019, traducción de Daniela Camacho), Testamento (Editorial Leviatán, Argentina, 2022), Al norte del futuro (Escarabajo Editorial, Colombia, 2023) y Puerta del Sol (Editorial Yaugurú, Montevideo, 2026). 
También se han publicado traducciones de sus poemas en las antologías Poblar la intemperie, 20 poetas contemporáneos de Venezuela y Francia (Fundación la Poetaca, Venezuela, 2023) y El gallo y la serpiente. Poesía francesa actual (Círculo de Poesía Ediciones, Mexico, 2023).


MARIANO ROLANDO ANDRADE (Buenos Aires, 1973) ha publicado Los viajes de Rimbaud (Editorial Vinciguerra, 1996), Canciones de los Mares del Sur (Buenos Aires Poetry, 2018), Aristas, relatos en los confines de Europa (Ediciones La Parte Maldita, 2021), Baladas de los Mares del Norte (Editorial Leviatán, 2023) y A pie con Stevenson y Rimbaud (Ediciones La Parte Maldita, 2026).
Como traductor, además de las obras ya mencionadas de Christophe Manon, publicó Poesía Beat (Buenos Aires Poetry, 2017), antología de 40 autores de la Generación Beat.
Como editor, se encargó de la curadoría de Luisa Futoransky: Los años argentinos (Leviatán, 2019), Luisa Futoransky: Los años peregrinos (Leviatán, 2022) y Luisa Futoransky: Los años Leviatán (Leviatán, 2025).


martes, 21 de julio de 2026

Novedad Editorial: Fernando Butazzoni, Máxima Pureza

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                «La línea recta no existe. La nada tampoco. Todo es curvo en el universo y contiene algo que nunca es lo que aparenta».

Pasta base, cocaína, puñaladas. Este es un libro feroz. Cada párrafo nos atraviesa como una herida. Máxima pureza habla del fracaso y cuenta historias de drogas y drogones. No se interesa demasiado en el tráfico, sino en las sustancias más vulgares y en los adictos más salvajes. Trata de amores y sueños. De muertes y vidas miserables. Del desprecio de unos y la indiferencia de otros.

En el relato, Montevideo no es una ciudad sino un laberinto de mugre y espanto. Quien quiera dormir sin sobresaltos no debería asomarse a estas páginas, reales como la vida cotidiana.

Butazzoni conoce la manera de vagar como un adicto sin futuro ni redención posible. «Cemento y roña», confiesa. Nunca sabemos lo que ocurrirá, salvo que será algo horrible. Sin asco ni vergüenza enlaza su propia historia con la de un amigo enganchado a la pasta base que durmió en la calle, comió restos de basura, recibió palizas, intentaron matarlo, se armó con una espada y quiso cambiar su destino.

«Es un despojo que nos arrastra con gritos y órdenes que provienen de algún rincón perdido de nosotros mismos, de la infancia o de antes, del útero o de antes, de los ancestros o de antes, de una cueva quizá, de una caverna donde aún no existía el verbo».                                                                                                                                                                                                                                                                   




Fernando Butazzoni (Montevideo, 1953) es escritor, periodista, dramaturgo y guionista de cine. Entre sus libros destacan Las cenizas del Cóndor, Una historia americana y Nosotros los vencidos, todos publicados por Alfaguara. Varias de sus narraciones han sido adaptadas al cine con singular éxito. Durante décadas su trabajo periodístico lo llevó a remotos escenarios para cubrir guerras, desastres ambientales y conflictos fronterizos, y también para investigar violaciones a los derechos humanos en el Cono Sur. Por su obra ha recibido numerosas distinciones en Uruguay y en el extranjero.