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sábado, 19 de octubre de 2019

Esteban Moore: Daniel Freidemberg; la espesura de lo real






En un trabajo sobre Lo espeso real (1996), tercer libro de Daniel Freidemberg, Nicolás Rosa hacía notar la importancia que “la predicación de lo real” adquiere en la poesía de este autor. “¿Cómo enunciar lo real?”, se preguntaba Rosa. “Analizar lo real, lo real y sus muestras en la vida de todos los días es imposible. Lo real quizá pueda ser predicable -la predicación de lo real en esta poesía es su energía mayor- pero no puede ser demostrable. Sólo puede ser señalado, indicado, mostrado de soslayo. La predicación de lo real -la predicación de la materia en su faz religiosa- no es un predicado de la sustancia adjetiva sino una predicación de la substancia insólita de lo real absoluto, aquello que está allí y que nos provoca, nos incita, pero que siempre se nos escapa.” Está allí y se nos escapa, y uno de los principales impulsos que mueve a esta escritura es el trabajo de dar cuenta de los intentos por acercarse a algo que nunca se va a alcanzar. El propio Freidemberg, en una entrevista, decía “no confundimos la poesía con la vida, pero cuando alcanzamos a vivir lo que el poema atrapó de la vida para que se vuelva poema… Bueno, esa es una experiencia que me gusta mucho. A mi poesía, en todo caso, nada la anima tanto como la ambición imposible de tocar o capturar algo a lo que nunca va a llegar, y el enorme placer de jugar esa apuesta. Es una apuesta de antemano fracasada pero muy disfrutable en sí misma, y llena de la energía o la fuerza que recibe de ese mundo inalcanzable”.
Esa tentativa, que asomaba en algunos poemas de Diario en la crisis (1986) y se define en Lo espeso real, se volverá dominante y obsesiva en los dos libros siguientes, Cantos en la mañana vil y En la resaca, de 2001 y 2007, y en toda la poesía escrita por Freidemberg desde fines de los años 90, excepto algunas letras de canciones. Pero nada de eso aparecía en su primer libro, Blues del que vuelve a casa, de 1973, notoriamente identificado con lo que se conoció como el “coloquialismo argentino de los años sesenta”: una poesía animada, vivaz, sostenida en la sucesión de imágenes con alta carga metafórica, tendiente a establecer una relación de simpatía con el lector y a producir cierto impacto emotivo, que suponía entender a la vida, sobre todo a la vida cotidiana, como una sucesión de acontecimientos asombrosos. Hacer poesía, para quienes la entendían así, consistía en una habilidad para producir ciertos efectos: un clima “maravilloso”, algún tipo de encanto. Y, por esos medios, acceder a una actitud de voluntaria ingenuidad, a la que se veía como una capacidad de sorprenderse y establecer así un contacto más íntimo con el mundo.
Freidemberg ya estaba apartándose de esa tendencia cuando sobrevino en la Argentina el golpe de Estado de 1976, y con él un cambio en las condiciones culturales y los horizontes subjetivos que obligó a replantear todo. A Diario en la crisis, escrito durante esos años, Freidemberg lo consideró “el resultado de la dificultosa búsqueda de alguna palabra que tuviera consistencia o valor en un paisaje mental arrasado. Me refiero al tiempo de la última dictadura, cuando no veía cómo ni dónde encontrar palabras que no estuvieran degradadas, o que no fueran una mera cobertura del horror: ahí, en esa búsqueda, es que fui aprendiendo una relación con las palabras que es la que, puedo decir, funda mi escritura, la de hoy”. En esa relación, la fe en la palabra ya no era posible, y a las significaciones de las palabras y las cosas había que encontrarlas, o reinventarlas.
Tratando de describir el resultado de esa búsqueda, en un comentario a Diario en la crisis Daniel Samoilovich escribió que, aunque asumen algunos temas y sistemas dilectos de la poesía de los sesenta, en particular “el humor, la narración, el símil con el lenguaje periodístico, alguna tonalidad del tango”, en esos poemas aparece algo nuevo, diferente, poco usual, y lo encuentra “en primer lugar, en la falta de ostentación. La no solemnidad y el eclecticismo de las citas culturales –otros dos rasgos sesentistas– son aquí sencillamente un punto de partida, no de llegada; la melancolía, algo que se impone solo, no una exhibición de méritos”, a lo que agrega “cierto despojado sentido trágico (que) va ganando los poemas del libro central [Diario en la crisis está compuesto de cuatro partes que Samoilovich llama “libros”], haciéndose más intenso hacia el último, “Arte dificultosa”. Allí se vuelve precisamente más dificultosa la lectura, más quebradiza la sintaxis. Los versos se cortan preferiblemente en artículos, disyunciones, preposiciones; privilegiando a través del corte de los versos precisamente los elementos más neutros, más indiferentes del idioma. Freidemberg aumenta el peso de lo que por sí mismo nada significa. Estos acentos sobre lo no-significante quitan dramatismo a la escena: a través del artilugio, ella se queda más desnuda, se vuelve más propicia a que la emoción del lector se desencadene sin causas aparentes.” Lo que a la vez implica “una liberación en el sentido rítmico”: “El efecto doble –menos acentos semánticos, más música– se corresponde con un sujeto poco inclinado a señalarse a sí mismo o a idealizar a los otros, en primer lugar porque son pocos sus puntos sólidos, sus seguridades.”
Lo espeso real parte de esa base y la complejiza, introduciendo a veces oraciones más largas y con más subordinadas, más juegos sonoros y rítmicos, referencias más difíciles de desentrañar, bastantes citas de otros autores que Freidemberg incluye en el texto sin recurrir a comillas o itálicas, a veces con modificaciones, así como referencias a poemas de otros autores (Borges, Gustavo Adolfo Bécquer, Vallejo, Rainer Maria Rilke, San Juan de la Cruz, Wallace Stevens, Garcilaso de la Vega), no como guiños para un público “cultivado” sino como componentes del mismo mundo espiritual del que forman parte las experiencias personales o los productos de la imaginación. Ya en Diario en la crisis habían aparecido así aludidos Almafuerte, Gardel y Lepera, Woody Allen y Blas Pascal, pero procedimientos de este tipo aparecerán aun más, y con más insistencia, en los dos libros que siguieron a Lo espeso real, sobre todo en el de 2007, En la resaca, que también reelabora poemas y temas de los libros anteriores de Freidemberg, a través de un procedimiento que Diego Bentivegna denominó “autocita”. Vinculado a éste, otro rasgo singular que aparece en Lo espeso real, aunque ya había asomado en cuatro poemas de Diario en la crisis, es la presencia de dos o más variantes de un mismo poema, o de versos o fragmentos o frases que se repiten en varios poemas, en cierto modo –como lo señaló alguna vez el autor– como un desafío o una burla al requisito de singularidad absoluta que suele exigírsele a cada texto, pero también estableciendo, de hecho, la posibilidad de cotejar las distintas variantes y establecer así un juego entre las lecturas, o de entrelazar entre sí los poemas.
Esto tiene que ver, para Bentivegna, con “la búsqueda de una poesía con la consciencia de su propia condición, de una escritura que se sostiene en la exhibición de sus procedimientos como forma de desnaturalizarse. Uno de esos procedimientos –que atraviesa por cierto toda la producción de Freidemberg, pero que se presenta con fuerza más palpable en los poemarios de su madurez (Lo espeso real, Cantos en la mañana vil)– es la autocita. Otro, en conexión con el anterior, es la repetición de versos que cifran en pocas palabras una concepción de la escritura como máquina de percibir (“Agradecido por el modo en / que se posa la luz”). Es, a menudo, una repetición que se expande de poema en poema, dentro de un mismo poemario, y que nos pone como lectores ante sintagmas desagregados, separables de los marcos oracionales que les sirven de soporte: sintagmas demarcados, que plasman trayectorias intratextuales y que, del mismo modo que las citas, desarman la idea de poema como forma cerrada y autosuficiente. Ambos procedimientos, cita y repetición, son maneras de hendir la palabra, de marcar el poema como un hueco, de sacarlo de su eje y volverlo otro. Así, se lo extraña. Se lo desnaturaliza, si se quiere, arrancándolo de una voz y de un tono, de erradicarlo de una respiración, para evidenciar, en cambio, su condición material de trozo escrito, para subrayar su condición marcada, que es también, si se lo piensa en relación con algunas de las más altas experiencias poéticas del siglo, su forma de cruzarse con lo real más que de expresarlo o representarlo.”
En cierto modo ese cruzarse con lo real, casi absteniéndose de expresarlo o representarlo pero sin dejar de tenerlo en cuenta, se radicaliza y alcanza un punto extremo en Cantos en la mañana vil, ya a partir de las primeras siete líneas: “No hay nada, sólo cosas.// No hay nada, las cosas tampoco.// Oír afuera un rodar de las cosas/ a la hora en que va a amanecer,/ oír un gasto que avanza.// Algo se ha roto o nunca estuvo, ¿era el alma?/ Cosas que ruedan, ahí afuera, no hay nada.” Ahí Fogwill, al escribir sobre ese libro, percibió una “metafísica atea”: “Cosas, cosas. Aunque sean cosas inexistentes, son lo único que se ve colgando desde el hang over contemporáneo. Se sabe cómo son las cosas,  cada una  con su función, su precio y su disfraz de objeto material, para humanos, y no por los humanos. Ninguna es  objeto de misterio, de terror, de hambre, ni de sed, y si pueden provocar un deseo de apropiación no despiertan acecho ni caza, sino un moderado espíritu de transacción: si descubro lo bueno, consulto el saldo de mi tarjeta de crédito y sonrío. Parecería que las cosas así no valen la pena, simplemente la acentúan. Es la pena de la muerte del alma.”
Sobre todo en la tercera y última parte de ese libro, Fogwill advertía “una polirritmia de heptasílabos, pentasílabos, endecasílabos partidos y simetrías interrumpidas para dar con toda la música que está al alcance de quien sólo cuenta con la pluma, el papel y su respiración doméstica y urbana. La música: hacer literatura para organizar el mundo, si no en sentidos, ahora que ya no queda nada, en maneras de organizar la nada.” “Si nombro la, si le/ doy nombre a la nada,/ hago literatura.”, dice uno de los últimos poemas, y en varios de los textos que siguen se repite esa última frase, y Fogwill lo destacaba: “’hago literatura’ enuncia un heptasílabo autorrefencial del poeta y crítico literario Freidemberg. Parecería una obviedad de La Boheme ("io sono un poeta..!") si no estuviese sostenida por esta crónica de un despertar a la mañana vil: ya no está el poeta para crear, cambiar, o interpretar las cosas, sino para sino para inventarse géneros, maneras de tolerar el mundo con todo su vacío, esa pared.”
Fernando Molle, a su vez, notó en Cantos un apartamiento de la tendencia poética que en la Argentina se conoció como “objetivismo” y a la que Freidemberg estuvo parcialmente vinculado durante los diecinueve años en los que integró el equipo de la revista Diario de Poesía: “Más concentrado y medular que sus obras anteriores, y por tanto más potente, Cantos en la mañana vil retoma la exploración de ‘la espesa selva de lo real’ pero de un modo menos elusivo. Esto obliga a Freidemberg a adoptar una forma más libre y despojada. Si bien algunas premisas del objetivismo —la síntesis entre pensamiento y percepción, y la vinculación entre materia y trascendencia— siguen marcando al autor de Diario en la crisis; en Cantos en la mañana vil hay un uso superador del objetivismo, casi ironizado. ‘No hay nada, sólo cosas./ No hay nada, las cosas tampoco’: los dos primeros versos del libro son una declaración de principios; el poeta ya no puede limitarse a describir un lavarropas con la ilusión de que ese decir le acredite alguna trascendencia. El problema es más difícil. Si el lenguaje se gastó, para seguir hablando habrá que hacerlo entre comillas. Freidemberg, en su libro más logrado, reformula su apuesta. Una apuesta que, lejos de morir en el altar del trascendentalismo en oferta de tanto poeta intrascendente, no renuncia a la profundidad ni a la búsqueda de una palabra que, de su precariedad, obtiene peso y consistencia.”
Otro rasgo en la poesía de este autor que se inicia en Cantos en la mañana vil lo describió así Fogwill: “es un poema hecho con un libro de poemas. Ha de haber criterios para asignarle género, pero no es algo suficientemente acordado. En mi lectura, se trataría de un libro compuesto por tres poemas extensos, pero como cada uno de los tres está dividido en números, piezas unitarias con una extensión no mayor que el espacio de una página, no faltará un lector que prefiera llamar ‘poemas’ a esos fragmentos, ni alguna antología que integre a alguno de esos fragmentos numerados como muestra de ‘poemas’ del autor.” A partir de ahí, Freidemberg no volverá a escribir poemas “sueltos”, sino, según él declaró, “series de poemas, o poemas largos compuestos por muchas unidades menores, que pueden ser poemas o no, y no por una elección sino porque no encuentro otro modo de hacerlo”. Así, En la resaca está compuesto por doce series, cada una con el nombre de un mes del año, pero los poemas o las partes de las series aparecen entreverados: “En una suerte de diario poético”, escribió Diego Colomba, “el libro entremezcla poemas —breves en su mayoría— que llevan el nombre de los meses del año. Esto permite dos recorridos de lectura. Uno, que facilita una primera aproximación a los textos, consiste en seguir a lo largo del libro los poemas de un mismo mes. De este modo, se hace más evidente el juego de reescritura que los poemas llevan adelante. En algunos casos, dicho juego supone una nueva disposición sintáctica de componentes léxicos utilizados desde el comienzo de cada serie; en otros, cambiar pocas palabras entre un poema y otro o focalizar la mirada en un detalle de un poema que dispara una nueva variación; a veces, implica la suma de datos nuevos a la escena inicial de una secuencia. El otro recorrido de lectura, más potente —y complejo a primera vista—, es el que propone el mismo orden de la obra, que entreteje las doce series de manera irregular hasta el final.”
Carlos Schilling apuntó a ese respecto: “La dicción entrecortada de Freidemberg, a la vez firme y tartamuda, parecida a la de Juan José Saer en El arte de narrar y comparable a una voz corroída por el humo, avanza a través de la larga serie de poemas, todos titulados con nombres de meses, y más que componer variaciones de distintos temas –la visita al padre enfermo, el paisaje marino del sur de la Argentina, las reflexiones sobre la poesía y el sentido del mundo– lo que hace es generar una materia verbal con densidad propia, freidembergiana, una materia que casi puede tocarse con los dedos para comprobar su consistencia.”
También en Cantos son muchas las citas tácitas: Paul Valery, Ungaretti, Dylan Thomas, T.S. Eliot (su frase “go, go”, es utilizada insistentemente en este y el siguiente libro de Freidemberg) y, otra vez, San Juan de la Cruz, que también será varias veces retomado en En la resaca, donde el procedimiento de la cita y la autocita es incrementado y exasperado, recurriendo, entre otros, a Ezra Pound, John Lennon, Jorge Manrique, Juan Gelman, César Aira, Raúl Scalabrini Ortiz, Alejandra Pizarnik, Leónidas Lamborghini, Pier Paolo Pasolini, Raúl González Tuñón, Charles Baudelaire, Dante Alighieri, entre otros, y, sobre todo, e insistentemente, en muchos poemas, Borges. Diego Colomba advirtió que “la obra insiste sobre una serie de motivos ya presentes en libros anteriores: basura en las calles, autos que pasan, el tránsito devenido fauna urbana, las diferentes manifestaciones sensibles de la lluvia, diálogos al borde de la catástrofe afectiva. Es así como ‘Mayo’, el primer poema del libro, retoma los versos con que se inician viejos poemas como ‘Lo espeso real’ y ‘La zona’. Cotejarlos permite entender algunas de las preceptivas poéticas de ‘En la resaca’: ‘¿La lírica?, eso que/ llaman «yo»,/ tomarlo/ y arrojarlo a los perros’. Freidemberg ha recuperado escenas ya compuestas y las ha despojado de lo que a la luz de su actual economía poética resultan expresiones altisonantes del yo, ha podado adjetivos redundantes, locuciones demasiado efusivas, pero sobre todo ha sometido a los textos a una fractura sintáctica que dota a su trabajo de una reconocida impronta saereana, obsesionada por la problemática relación entre las palabras y las cosas.”
Según Schilling, “la ilusión de una materia prima, todavía no afectada por cualidades ni cantidades, como quería Aristóteles, precursor de todo realismo, se traduce aquí en una especie de materia última, ya usada, ya gastada, ya despojada, inerte en el ciclo final de la entropía y, sin embargo, todavía, latente. Freidemberg lo dice así: ‘Enamorado para que/ no duela sin un buen motivo/ el deshacerse sin final/ de la materia restringida/ donde se estrella el corazón/ como las olas de una mar/ que viene y viene porque sí’. Lo que regresa en la resaca, lo que dejan las olas del mar o las metafóricas de la memoria, es la lección de su insistencia obstinada. ‘...Una/ y otra vez, el mundo/ se vuelve a fundar,/ una y otra vez, hay/ que, aunque no/ se pueda, nombrarlo’.”


Daniel Freidemberg (Resistencia (Chaco, 1945) Poeta, ensayista y periodista. En poesía ha publicado: Blues del que vuelve solo a casa (El Escarabajo de Oro, Buenos Aires, 1973), Diario en la crisis (Liros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1986, 2ª edición: 1990), Lo espeso real (Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1996), La sonatita que haga fondo al caos (antología personal, RIL Ediciones, Santiago de Chile, 1998), Cantos en la mañana vil (Paradiso, Buenos Aires, 2001), Noviembre (plaquette, Zorra Poesía, Buenos Aires, 2006), En la resaca (Paradiso, Buenos Aires, 2007, 2° edición, coedición entre Paradiso y el Ministerio de Educación de la República Argentina, Buenos Aires, 2014), Sonidos de una fiesta ajena (antología personal, Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2012). Poemas suyos integran numerosas antologías de poesía argentina o latinoamericana publicadas en Buenos Aires, México, Madrid, París, Barcelona, Santiago de Chile, Sao Paulo, La Paz, La Habana, Caracas y Ginebra.
Ensayo y crítica: La poesía del 50 (Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1982), La palabra a prueba (Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, 1993) y Cómo se escribe un poema (en coautoría con Edgardo Russo, El Ateneo, Buenos Aires, 1994). Compiló y publicó una veintena de antologías de poesía y es autor de ensayos introductorios para una decena y media de libros, además de las mencionadas antologías. Ensayos suyos sobre temas literarios fueron incluidos en catorce  libros, entre ellos Atípicos en la Literatura Latinoamericana (1996), La irrupción de la crítica (1999), Argentina Fin de Siglo (2002), Literatura argentina. Identidad y globalización (2005), Por Tuñón (2005), Tres décadas de poesía argentina (2006), Fogwill. Literatura de provocación (2011) y Neobarroco y otras especies (2012).
En 1986 integró el grupo fundador de la publicación trimestral Diario de Poesía, de cuyo Consejo de Dirección formó parte hasta su desvinculación, en 2005. Desde 1981viene desarrollando una vasta producción crítica en revistas y suplementos culturales de la Argentina. En 2014 recibió el premio La Rosa de Cobre que la Biblioteca Nacional de la Argentina otorga a la trayectoria poética.







martes, 8 de octubre de 2019

Daniel Freidemberg: Poemas





Daniel Freidemberg




























No se tienen noticias de Néstor Martins


                  I

Y es posible que en este momento,
                                                    de su cuerpo
se estén desprendiendo pedazos
cada vez más chicos,
—pedazos tibios, compactos, doloridos—
pedazos iracundos que ruedan
y que van desprendiendo, a su vez
más y más pedacitos
hasta entrar
              en silencio
en el polvo dorado
de las últimas hojas que caen de este otoño.

Tal vez recorra ahora las raíces
con sus cuatro golpeados retazos de ternura,
sienta golpear la lluvia
                                  a través de sus costillas,
sienta el sonido en general
              de nuestras cosas
                           grandes o pequeñas,

mientras su nombre anda por el invierno
con nosotros.

                  II

Tal vez ahora mismo
alguien,
              de pronto
esté alzando la mano,
una gran mano abrupta,
apriete bien su corazón
con esa mano
y grite,
y grite,
ante el gran desconsuelo de la muerte,

alguien
golpee las paredes de la muerte
y él,
desde cada rincón
                       de sus pedazos
                       la golpee,
y alguien,
     muerto de frío,
     triste,
     vecino
     o fugitivo
sienta
         cómo su nombre
por el invierno
                      anda,

en contra de la muerte
con nosotros.


(Blues del que vuelve solo a casa, 1973)


Luces que a lo lejos

Viejos dibujos de las ramas:
hojas
     no quedan
-se volaron-
ni
  sombras que añorar
ni
  plata en los bolsillos

nada hay
     (sólo gestos
     como venidos de otros gestos
     "tres o
     cuatro palabras"
     que el viento no pudo arrasar)

Esto hay: el
fuego en la cocina
el
  poco de amor
que sobrevivió a la intemperie
(y entre la lentitud de la nostalgia
uno
se preguntaba a qué volver)

Todo el cansancio se ha juntado
(es un punto)
el dolor estalla como sol
(despacio las
hojas
vuelven a caer
como creando el
aire en que se mueven)

Uno quisiera juntar todo
hacer
     algo con todo: un
humo que
     nada pueda apagar
Bajo el burlón
mirar de las estrellas
uno se atreve a preguntar
por el capítulo que viene

y es alto el cielo y
no hay respuesta

Ahora se acerca la
    cercanía de las cosas
la concordancia de un lugar
que
   tal vez siempre estuvo ahí

alguien
-ahora-
silba o
      se mueve tras los vidrios
como empañados de algo
que
   ya no importa qué es


¿Es este el paso?

Eugenio Montale se murió
hace algo más de un mes.
Antes dijo lo suyo y también calló
un montón de otras cosas.
¿Qué sino todo lo callado
sostiene estas imágenes
que giran ahora entre los hechos
como moscas? En esta habitación la luz
espesa es, y confusa: se puede mantener
abiertos los ojos y pensar.
¿Qué forma, al caer, como círculos de agua?
¿Qué hasta tocar las cosas y
volver? "Aquí hubo un hombre", digo, siento el
peso de las palabras
-algunas- en el alma.
¿Qué ondas hacen al hombre entre los
hechos que
zumban, asisten, no explican nada?

(Diario en la crisis, 1986)


Mirada de perro

Urdía el rumor de una mujer la calma
una mujer
         que contaba los ángeles del cielo
como si condensara el mundo en sí
y yo era como un perro a la siesta, mirando
                  el sucederse de las cosas
que ah sí estallaban sí y también
       sabían recomponerse
       como diciendo "a ver qué pasa"

y eran los días y las noches, y era
   la nitidez de una naranja al sol
   como diciendo "una naranja"
   "¿Sí?" dice la mujer pregunta "¿naranja?"
   "Sí" dice el coro
                                      ¿Sí?
Ni ella ni yo lo comentamos, ni ella ni yo
   sabríamos alcanzar
                                    ciertas palabras
tal cual los ángeles del cielo que ah estallaban
   al roce de un cambio de luz
y eran caídas plumas de ángel que
         los dos juntábamos
                como diciendo "algo a juntar"

Y esa es la historia ¿esa es la historia? un hombre
   a su manera ordena el caos
           que resplandece ante sus ojos
y la mujer cuenta los ángeles, los hace danzar
           al ritmo de sus lentos modos
           como reflejos de oro lento en las nubes
           que anuncian tormenta
Y ella sospecha
               que entre ángeles y perros
hay un secreto que debe descifrar
     "todo ángel es terrible" dice,
  quién sabe si al perro o a mí.


Lo espeso real

Ahora que fuimos expulsados,
gracias a Dios, del Paraíso,
se largó a llover
un agua débil que se alarga
en redes de grisura y música.
"Esto" dijiste "no debía ser así"
pero es así. Más que
maneras de filtrar la luz, más que
armarle al alma un orden suave
de lo que se presenta ¿pasos?
¿algo así como pasos? ¿un
              lento acercarse
del fondo de la materia a los ojos?
¿a algo que mira detrás de los ojos? "Ya
no vamos a volver", te dije, pensaba "esta es mi casa",
"lo que se mueve -pensé- afuera y adentro es lo mismo".
"Estás pensando demasiado", dijiste, y mirabas
esa otra agua, la de mis palabras,
también cayendo, quebrándose también
contra la piedra de todas las cosas,
ni transparente agua ni opaca, agua de aire confuso.


La zona

"Ahora que fuimos expulsados,
gracias a Dios, del
Paraíso" dije
sobrevolado por
una tristeza
como agua estancada

-agua que refleja
los tonos del crepúsculo
(en franjas negras y naranjas)

agua
que a ratos temblaba
al fugacísimo paso de un insecto
(¿no ves ahí correrse los
pequeños círculos, los ves?)-

y acaso miré
la masa de aire en torno
por donde avanzaban
penosamente las palabras
como si dieran por perdida
su competencia con lo real

y acaso escuchabas:
tu mano giró
como una bailarina de aire sobre sí
o como si modelara algo en la nada y
bajó
en un planear de hoja de otoño en calma
bajó
mano en sí exacta en calma
tal vez dispuesta o resignada ya a posarse en
un girón
de materia del cosmos

"¿lo comprendés?", dije, y
creí oír cantar
ya no sirenas, no, sino el
roce o contacto
entre tu mano (un modo
particular de la materia) y
aquella escena en general

"Todo está bien" dijiste o
dije y
pensé
que estábamos aún
en la zona vaga
de la que no podríamos ya salir:

tierra de nadie y ecos
de ajenas batallas,
molestias de estómago, despertar
confuso en la noche y
tantear
tratando de recordar dónde estaban las cosas,
suspirando al tocarlas.


No ángel, no héroe volador, no albatros...

No ángel, no héroe
volador, no albatros:
hoja de diario arrastrada
como pañuelos de
la civilización
devueltos al orden de las cosas.
Tienda de todo lo que no es,
trazo del alma de lo real
sobre el paisaje neblinoso
del primer día del año
desierto ya y recomenzado
en la ciudad que es como el mar.


Como la moneda tirada en la calle...

Como la moneda tirada en la calle, como la
moneda gastada y
               variada en color,
como eso que antes era una moneda y hoy
pregunta por nosotros.
La historia está por empezar, los temas
contra esa escena se apelmazan
y no hay tristeza ni alegría especialmente, no hay
                   sino formas durando
que esa moneda ya no compra ni paga.
Ella está aquí para otra cosa
y eso nos basta, digo yo.

(Lo espeso real,1996)


Cosas / Oír / Rodar

i

No hay nada, sólo cosas.

No hay nada, las cosas tampoco.

Oír afuera un rodar de las cosas
a la hora en que va a amanecer,
oír un gasto que avanza.

Algo se ha roto o nunca estuvo, ¿era el alma?
Cosas que ruedan, ahí afuera, no hay nada.

ii

Así es que empieza la mañana: no con
una explosión, con un bostezo.

Así es que otra vez todo se puso a rodar.

"Y no entres manso en eso que viene, rabiá",
subía el ruido de lo que rodaba, y entré

iii

Cerrando ahora la puerta
del ascensor, buscando
la llave de la calle, mirando el tránsito:
“perdí los años que iban a venir”

"Ahora estoy libre", pensé por un
momento,
como quien cae al agua de la mañana lo pensé.            

iv

Viene el verano, viene con
dolor de huesos,

viene con su estopa.

Sentado, en el recuerdo, frente a un mar
siempre recomenzado, escribo

no con palabras
sino con sombra de palabras, filtraciones
de un turbio noviembre.

v

"Amor", he escrito, yo no estoy acá.
Amor se escribe en otro lado.

vi

Entre el crujido urbano, entre el
venirse atrás del alma

Escribo contra lo mejor de mí

Para decirle que se cuide, que
no se vaya aún,
que lo que llega ante los ojos
es grande y crece como pasto en las ruinas
de lo que se llamaba el corazón

vii

Ahora, con el calor
que avanza,
tratando de aclarar un poco
las acumulaciones de la mente
oigo tu voz por el teléfono
como quien piensa "algo hay"
o "dónde estás"

y la mañana afuera es agua espesa, orín,
luz que hace mal

Espero, quiero decirte, estés a salvo
de los asedios de este mundo y otros.

viii

Sol, además, ahí afuera eso, el sol,
que sube afuera de nosotros
Ya no es lo que llamábamos "el sol"
ni "la vida" es la vida

¿Y entonces qué habla por esta boca, la muerte?
¿Qué sobreimprime al sol esa palabra "sol"
qué alumbra o hace como que alumbra ahí?

ix

"Alguna cosa que esté bien", iba a decirte
o "pasarán por sobre mi cadáver"

Me preguntaba para qué escribir

Y no es que espere que respondan,  escribo

"Tal vez aún crea" iba a decirte,
pero algo se callaba atrás

x

"Atrás, atrás", como decía el pájaro.
¿Atrás de qué?
En realidad decía "váyanse"

Ventajas de la mala traducción:

yo miro atrás a ver quién habla.

xi

No es que alguien hable, es que
lo quiero ver,
es que no entiendo que las cosas callen

es decir cosas qué hago afuera

xii

"Afuera, afuera" dicen las palabras.
"Afuera", me preguntan, “de qué”
No las escuches, yo me fui

xiii

Si la poesía, si la
pura sensitiva sale
a molestar, dejala

No es que esté bien ni mal: el alma
se deja hacer para durar

Anda en la pura duración
a falta de otra cosa, el alma

xiv

¿Y esa otra duración, el sol
irrealizando la pared, el ruido urbano?

“Irrealizando” escribo “la pared”, escribo “el ruido”,
escribo “el ruido, la pared ¿y qué?”

 “Ahora” escribo, “y en la hora
                       en que lo niegue una vez más”,
escribo como quien
salió a perder: “no hay nada” escribo “que perder.
No hay nada más que cosas, no hay nada”.

xv

"No hay nada", dije, dispuesto a perder,
iba sin alma,
en medio de la mañana, entre los ruidos

(Cantos en la mañana vil, 2001)


Diciembre (V)

Y algo que tiembla, algo que
no sabe qué hacer,
                           la sombra
de la rama del fresno en
la pared.

Diciembre (VI)

No sabe qué hacer
la sombra
de la rama del fresno en
la pared.

Agosto (VI)

No tiene sonido ambiente la escena, una voz
puertorriqueña o colombiana va dando detalles
para entender qué es eso: gente arremolinada
alrededor de acero retorcido y polvo, gente
que gesticula ante la cámara,
mal afeitada gente oscura, y carne
que están cargando en este momento, humana,
en otro lugar del mundo, en directo.

Febrero (VII)

Todo termina, todo empieza,
cae la tarde sobre todo,
todo se aleja entre las luces,
que uno no puso, que ahí están.
Correspondencias irresueltas,
torvo murmullo atrás del ser;
frescos racimos de la carne,
fúnebres ramos al final
y un gran silencio, un gran silencio,
al que no aprendo aún a entrar,
ese callarse de las cosas
que al fin y al cabo no son yo
(raro callarse el de las cosas
que al fin y al cabo no son yo).
Canto lo que entra en nueve sílabas:
el mundo frente al corazón.

Noviembre (XVIII)

Y las cigarras, papá, el olor fuerte a nafta de la chata
ya vieja, la chata, despacio, a los tumbos
por la calle de tierra. Tabaco negro y jabón de afeitar,
pocas palabras de tu parte, ninguna de la que pueda acordarme,
el sol encima, no este que aplasta, el de entonces,
a dónde íbamos, no puedo recordarlo. ¿A acá, a donde estamos?

Noviembre (XIX)

Nunca le hablé de las cigarras, pero
tampoco le importaban. No puedo decir, en realidad,
de qué hablábamos. Las manos en el volante, el tambalear
de toda la chata al salir del asfalto. Eso que miro
con tubos en la nariz, es mi padre, tratando
de decir algo, ¿a quién? ¿a mí?, la frente, las sienes
iguales a las del espejo, una enorme carne pálida.

Mayo (XIX)

y algo en el viento, un rebote
de lo oscuro en la luz,
húmeda aún, ahí posada en las cosas.

Mayo (XX)

Y algo en el viento, ¿cenizas? No, un
Resonar de la noche
                           contra la luz, las paredes de luz
de la luz. O sí, cenizas, sí, cenizas, cenizas.

Mayo (XXI)

Venida, la luz,
a posarse en las cosas.

Abril (XIII)

¿La lírica?, eso que
llaman “yo”,
tomarlo
y arrojarlo a los perros.

Abril (XIV)

Tomarlo con
delicadeza
y arrojarlo a los perros.

 Abril (XVIII)

Los que, esos que
lirízanse,
como sexo a
sí mismos
ante espejo,
los que elevábanse,
los que elabismo,
los que loabsoluto.

¿Y a la hora de
pagar las cuentas, qué?
¿Y a la hora de cobrar?
¿Y a la de lavar
prendas inconfesa-
blemente sucias?
¿Y a la hora de
todo está dicho? ¿A
qué agregar
más ruido al ruido?

¿Y después de
ya sabemos qué cosa,
qué poesía?

Poesía del
todo está dicho, del
no está dicho en
lo dicho, del
no sé. Del
todo está dicho y
qué, del
ruido. De
mirar el ruido y
escribir
atrás o adentro, o
por encima
del ruido, con
ruido, en el
mundo del
ruido, y
qué.

Real

I

Real es lo que
resiste,
ahí
donde el
ángel
precario
que te habita
patalea enojado.

Real es lo que
responde
lo que no preguntaste.

II

Real es lo
que resiste, hay
un mundo en
el mundo

y un zapato
dos
zapatos
y un hilo naranja

ya sin naranja

ya sin nada que atar.

III

Real es
lo que
no da paso

o lo da,

lo que
no espera
que lo pienses:
           
“futuro” y
“pasado”, esas
palabras
endurecidas  por
el aire invernal,

letras
pintadas
en la vidriera
de la mente,

ceden.

Y la mañana
se termina y
al rato oscurece
fuera de todo
lo que
tengas que decir

y todo lo que
va a venir
tarde o temprano
etcétera.

La mano que
dejó la taza
tiembla al
anotar
esa palabra
que después va a tachar.

La mano que
dejó la taza
y al lado la taza
y una pantalla
que acá se abre
como el mundo
pero no es el mundo.

Bombas racimo y
fósforo blanco:
eso es el mundo,

y hojas caídas
del diario de ayer

y el canto del
siniestro pájaro
de las madrugadas
cuando ya no
puede ser tarde
ni alcanza a ser temprano,

y el sabor del arándano
y la tibieza de una piel.

Real es lo que
resiste, a
quién
le importa el
nombre
que vayas a darle:

eso que
viene y
se inter-
pone, entre
vos y la vida
es la vida.
        
Cuerpo en
el aire que
resiste el aire
que lo resiste,
materia en
gloria
de existir:

eso que viene a
darte a ser
en el mundo
lo que
sos de mundo.

¿o no
sos
mundo?

(Materiales, inéditos)


Daniel Freidemberg (Resistencia,Chaco, 1945) Poeta,  ensayista y periodista. En poesía ha publicado: Blues del que vuelve solo a casa (El Escarabajo de Oro, Buenos Aires, 1973), Diario en la crisis (Liros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1986, 2ª edición: 1990), Lo espeso real (Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1996), La sonatita que haga fondo al caos (antología personal, RIL Ediciones, Santiago de Chile, 1998), Cantos en la mañana vil (Paradiso, Buenos Aires, 2001), Noviembre (plaquette, Zorra Poesía, Buenos Aires, 2006), En la resaca (Paradiso, Buenos Aires, 2007, 2° edición, coedición entre Paradiso y el Ministerio de Educación de la República Argentina, Buenos Aires, 2014), Sonidos de una fiesta ajena (antología personal, Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2012). Poemas suyos integran numerosas antologías de poesía argentina o latinoamericana publicadas en Buenos Aires, México, Madrid, París, Barcelona, Santiago de Chile, Sao Paulo, La Paz, La Habana, Caracas y Ginebra.
Ensayo y crítica: La poesía del 50 (Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1982), La palabra a prueba (Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, 1993) y Cómo se escribe un poema (en coautoría con Edgardo Russo, El Ateneo, Buenos Aires, 1994). Compiló y publicó una veintena de antologías de poesía y es autor de ensayos introductorios para una decena y media de libros, además de las mencionadas antologías. Ensayos suyos sobre temas literarios fueron incluidos en catorce  libros, entre ellos Atípicos en la Literatura Latinoamericana (1996), La irrupción de la crítica (1999), Argentina Fin de Siglo (2002), Literatura argentina. Identidad y globalización (2005), Por Tuñón (2005), Tres décadas de poesía argentina (2006), Fogwill. Literatura de provocación (2011) y Neobarroco y otras especies (2012).
En 1986 integró el grupo fundador de la publicación trimestral Diario de Poesía, de cuyo Consejo de Dirección formó parte hasta su desvinculación, en 2005. Desde 1981viene desarrollando una vasta producción crítica en revistas y suplementos culturales de la Argentina. En 2014 recibió el premio La Rosa de Cobre que la Biblioteca Nacional de la Argentina otorga a la trayectoria poética.