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lunes, 21 de junio de 2021

Demian Paredes: Reseña Reunión de Extraños de Esteban Moore

 

Demian Paredes 







*Demian Paredes reseña en Hispamérica. Revista de literatura, nº 148 (2021), pp. 125-126


Esteban Moore, Reunión de extraños: Borges, Buenos Aires, el café, Jack Kerouac y otras cuestiones, Córdoba, Alción Editora, 2020.

Este volumen misceláneo de Esteban Moore —poeta, traductor y ensayista— contiene textos de los últimos tres lustros, provenientes de presentaciones, prólogos, artículos, y un trabajo inédito, referido a Inventando a Irlanda, la literatura en la nación moderna, de Declan Kiberd. Titulada por el editor Juan Carlos Maldonado, esta Reunión posee un hilo conductor, una preocupación constante del artista: su interés e indagación por la palabra, su producción, traducción, proliferación y consolidación en torno a autores, épocas y espacios, con tratamientos, enfoques, tonos y énfasis que varían de acuerdo al contexto en el que fueron surgiendo.
Así, se abre con “Borges, el escritor poeta”, ensayo donde Moore subraya el reconocimiento a Roberto Arlt por parte de Borges, repetidas veces, contra el planteo —bien establecido y algo maniqueo— del enfrentamiento literario entre dos bandos: “Florida contra Boedo”. Por el contrario, Moore sostiene que las corrientes literarias más que combativas, terminan siendo colaborativas. De ahí un planteo de orden general: “Las poéticas no se imponen unas a otras: interactúan, cooperan, se hibridan, como en las ciencias se fundan en aquello que las precede”. Moore defiende la tesis de que la poesía –como poética– constituye la médula de la escritura borgeana, y recupera un comentario de Jaime Rest, sobre cómo cada fragmento u obra aislada, en Borges, “se integran en un solo argumento sostenido”.
“El café porteño: espacio de la lengua cotidiana” se enfoca en la dinámica urbana,
en el intercambio y surgimiento de lo inesperado en la socialización cultural. Tal como pasó con Witold Gombrowicz, quien, varado en Buenos Aires, se propuso traducir, sin conocer el idioma local, su novela escrita en polaco. Llevando algunas páginas traducidas con esfuerzo, de la pensión al Rex, dice Moore: “se produjo un milagro propio de un café porteño. La mesa en la que trabajaban comenzó a ser rodeada por poetas, escritores, curiosos y algún parroquiano, que aportaban sus opiniones. Hubo días en que se reunía una pequeña multitud a su alrededor, por lo tanto, la versión argentina de Ferdydurke podría ser considerada el resultado de una tarea comunitaria, social y abierta a varias voces, sólo posible en un lugar público”. Otro texto referido al ámbito del café, observa su aporte al surgir de la voz —todas las letras— del tango, desde la conversación animada al soliloquio, del sentir al decir (y luego cantar).
“La escritura de la dorada eternidad, un legado trascendente” y “El ángel de las
musas” son introducciones a traducciones del propio Moore, presentando obras de Jack Kerouac y Gregory Corso, respectivamente. Sustentadas en documentación
fundamental (biografías y correspondencias), Moore expone, comenta y recrea “vida y obra” de los autores, enlazando sus biografías al contexto, con el desarrollo de sus propios proyectos literarios, etc., en aras de una mejor/mayor comprensión de la obra en cuestión.
Más allá del aporte de cada escrito, de su enfoque y tema particular, todo el volumen permite conocer y palpitar los ritmos de la literatura, y de la ciudad, como una cultura viva, abierta y plural. En permanente movimiento y cambio.




jueves, 10 de abril de 2014

Rodolfo Ybarra: NUEVAS BATALLAS, de WILLY GÓMEZ MIGLIARO.












Willy Gómez (1968), poeta y profesor de literatura, ha dirigido revistas de poesía como  Polvo Enamorado y Tokapus a inicios de los años 90, y publicado los libros: Etérea (Hipocampo Editores, 2002), Nada como los campos (Hipocampo Editores, 2003), Breve eternidad de Raymundo Nóvak (Hipocampo Editores, 2005), Moridor (Pakarina Editores, 2010) y Construcción civil (Paracaídas Editores, 2013). En esta ocasión, nos presenta Nuevas batallas (Arteidea Editores, 2013), un texto delicado de alta poesía con reminiscencias al neobarroquismo (o neobarrosismo) de Perlongher y Pedro Lemebel, quizás más emparentado con el barroquismo clásico de Severo Sarduy y José Lezama Lima: “La Tierra es clásica y el mar es barroco”.
Nuevas batallas, de Willy Gómez se adentra en el lenguaje, buceando en expresiones aparentemente inconexas o contradictorias, pero siempre dejando que la luz de la idea ilumine el verso: “Dentro de un estado descompuesto hay esperanza//Encubre imágenes deprisa/instauraciones que se extienden” (p. 11). La palabra se convierte en herramienta de cuestionamientos históricos a partir de la experiencia particular: “De regreso escribo un correo a Marga:/alguien debería acabar con tu dolor//Tal vez busco un país –respondió//Hacia esa composición de hielo se fueron nuestros amigos para iniciarse en un lenguaje sin carga alguna” (p. 15).
La poesía de Willy Gómez denuncia y se involucra con la economía, la historia; su belleza incluye una verdad que subyace en la interpretación: “Un país tiene su altar/ahora que hemos salido//de debajo del montón de un deshecho. Asciende//a vida nueva parece;//pero ciertas inundaciones sin significado ennegrecen sus orillas,//y asimilar el negro con ese corte tradicional de agua//es un sumergimiento. Perfecciona el sol en cada salida de paisaje//o una entrada a tu casa.//Encontraré repisas llenas de polvo,//periódicos de la república que Velásquez trabaja en serigrafía.//De nuevo ruinas.//El tiempo –dirás//Casi veinte años//una maquinaria de guerra desvió su lucha fundamentalista//a un allá que no era suya” (p. 17).
Asimismo, no quedan de lado las contradicciones internas del país-poema. Una crítica subyace detrás del texto, el paratexto y la hermenéutica que no necesitan de esfuerzos, porque el recuerdo es latente y la poesía fresca se derrama como un río posheraclitiano: “Pasamos como sueño y pradera. Un país se abría//sin conducción//frente a otro espectáculo violento” (p. 20). “Un hervidero entusiasma con su lenguaje.//Nuestro desplazamiento progresa. Ruego & canto//han sido desde siempre integraciones//con tapadas definiendo americanismos,//tal vez como una resistencia de replantear el lujo de la colonia” (p. 21). “Y al voltear vemos calles,//lo mismo que ayer cuando en un centro educativo//la Srta. Turner mostró algunas instantáneas de un país bombardeado”, “desde la construcción del nuevo ser iniciando sus batallas/o un medieval dividiendo territorios de un país/que después de la devastación política interna//prefiere estar conjugando sin sabores/o pesimismos más confusos que metafísicos” (p. 33). “algo de víctimas/hay heridas de un país en las cintas de embalaje/mientras escuchamos cierre de cajones/no me llaman a declarar la culpa copia un maquillaje decente/y huyo por los jardines de una calle” (p. 56).
Y el futuro inmediato, el no futuro, desarrollo o paz no cuaja y se desvanece como humo en el aire. No obstante, el poema es directo, no nombra al cuerpo del delito, pero nombra el arma; no le da un título al suceso ignominioso que se respira y arde en los ojos, pero describe la escena del crimen; se solaza y se enerva con detalles importantes y el estro poético siempre en guardia, siempre dispuesto a enfrentar la estética estatuaria (¿qué es el canon?) o atraparla en su concepto: “Qué tales momias,/cómo se levantan cerca de lo ganado./Crean sus empresas,/almacenes para ese discurso que ya no semeja con su rotura/lo des-/hecho./Significa//cuando toca claridad y su belleza cura desde el exilio” (p. 40).
En el caso peruano, y ahora me voy a permitir una enunciación políticamente incorrecta al decir que la guerra Interna fue más que un conflicto político-militar o una guerra intestina, pero que nunca dejó de ser barroca, ni tampoco después de finalizada (con los vencedores y vencidos), pues también fue lo que quedó: por ejemplo, las 4800 fosas comunes que hay en este país son un hecho barroco, tanto en su forma como en su número, lo mismo que los 80 000 muertos y los miles de desaparecidos. Lo mismo pasa, y ya de otro lado, con las 137 universidades que se fundan y refundan a lo largo del territorio patrio y que no sirven para nada o sirven de poco; o con los programas de televisión y el mass media en su conjunto, que no se cansa de difundir un discurso que ya todos conocemos. El maremágnum de culturas, subculturas y el bullicio entrópico de los demagogos, los partidos políticos cada vez más cerca del sicariato y nuestra historia como un guion mal hecho o un cadáver exquisito acromegálico que se va formando día a día, etc., todo ello hace que el poeta, un buen poeta como es Willy Gómez, acondicione el texto, sometiéndolo a un agiornamiento y a las nuevas formas, ética y estética, y nos entregue no la “explosión”, pero sí las esquirlas, esos pequeños detalles o Nuevas batallas para seguir en el frente de lo que hoy entendemos como poesía.

WILLY GÓMEZ MIGLIARO (Lima, Perú, 1968) Es autor de los libros de poesía Etérea (Hipocampo Editores, 2002), Nada como los campos (Hipocampo Editores, 2003), La breve eternidad de Raymundo Nóvak (Hipocampo Editores, 2005), Moridor (Pakarina Ediciones, 2010); Construcción civil (Paracaidas editores, 2013) y Nuevas batallas (Arteidea editores, 2013) Compilador del libro OPEMPE, relatos orales asháninka y nomatsiguenga (2009).



sábado, 9 de noviembre de 2013

Fernando Denis: Flor de Loto Historias desde Asia, de Juan Alfredo Pinto Saavedra.









 
 REGAR LA FLOR DE LOTO
                                                                          

Un libro que siempre he tenido de cabecera, Un bárbaro en Asia, de Henri Michaux, en la impecable traducción  castellana de Jorge Luis Borges, comienza así: “En la India nada para ver, todo que interpretar”.
     La India, uno de los territorios más poblados del globo,  es un país de misterios y de símbolos, donde la religión es una arte poética del espíritu. Una poética impresionante  donde confluyen las creencias,  las artes, su antigua arquitectura que parece moldeaba con palabras, y las costumbres de millones de indios que fluyen por sus calles como un río, como el Ganges que los baña. Para el latinoamericano es una suerte de hechizo entrar en esa fábula milenaria, en su música interior, en su magia que gravita en el aire que llega desde el incienso de los templos, desde sus intrincadas calles donde Gandhi camina todo el día,  donde vacas y elefantes confluyen entre automóviles por las grandes avenidas hacia todas partes, quizá hacia la mañana invisible donde aguardar la señal divina.    Más antigua que su historia, la India es un paraíso interior, sagrado, que marcha desde las orillas hacia la búsqueda de la esencia y deja de lado la contaminación del mundo exterior, que le es accesorio como un adorno. Por eso es el país espiritual. Sólo el espíritu puede reclamar la belleza del mundo, lo demás  incomoda. Laboriosos espíritus como el de Kipling o el de Tagoré, ambos premiados con el Nobel de Literatura, dan testimonio  de la vasta  universalidad  de un lenguaje poderoso, y acaso único en sus dimensiones, ambos provenientes  de la tierra como una semilla,  del núcleo de sus raíces, amparados en el color de la naturaleza, esperando su dictado, la tinta de sus paisajes, embriagados de la fe ancestral de su sangre primitiva.
       Flor de Loto  Historias desde Asia, de Juan Alfredo Pinto Saavedra, que aparece ahora en su versión inglesa (Stories of the Lotus), editado por Sahitya Acakademi, la academia de letras de la India, en una impecable traducción de Minni Sawhney (una linda intelectual de las lenguas, quien fue mi guía y leía con dicción indi mis poemas en inglés mientras buscábamos la sombra de Kipling en los callejones de Calcuta), es un fresco  narrativo que conjuga con pasión y lucidez la azarosa epopeya de un sueño latinoamericano en el continente asiático. Al igual que Michaux narrando su  bárbaro, su poético, su místico peregrinaje, Pinto traza con sutileza las costumbres y los credos de una región sobrecogedoramente extraña, plasma con delicado pulso las circunstancias de unos personajes que sufren el desarraigo social en ese continente ajeno, y se ven involuntariamente sometidos a las situaciones más diversas, algunas enfáticamente bellas como también dramáticas. A través una prosa franca y directa, como nos enseñara Hemingway,  y de una insospechada belleza de imágenes, el lector se adentra  en un portentoso crisol de aventuras digno de la mejor  tradición india, donde somos llevados subrepticiamente por los rincones más espeluznantes, también por otros de despiadado exotismo, acechado por el asombro de ese universo variopinto que a unas veces parece un sueño y otra veces no. Hay personajes inolvidables como Fiorella, tan hermosa como  la inolvidable Remedios de Gabriel García Márquez;  o Susana, la musa central de “Majira”, capaz de enfermar de belleza ante un color. “Majira”,  el primer relato que leí del libro,  abunda en prodigios desde las primeras líneas: “Había superado todas las enfermedades desde la infancia, excepto una, la adicción al color azul”.  Susana, la  ebria de esplendor, la que busca su destino entre los colores,  cuando entra al bazar de Samarcanda, uno de los  mercados más fabulosos del mundo, no parece que fuera a comprar algo sino que se internara entre los vendedores y las colmenas en busca de la sombra  de Tamerlán el Grande para pintarlo, para hacerlo suyo como todo lo que observa de manera fundamental; inmediatamente me veo obligado a recordar el amoroso verso de Borges: ·”Yo, el rojo Tamerlán, tuve en mi abrazo a la blanca Zenrócate de Egipto, casta como la nieve de las cumbres”.
      Una cadenciosa noche nos pusimos de acuerdo con Juan Alfredo Pinto  para ir a cenar a un bonito restaurante del Park Way de Bogotá. Esa misma noche abrió la carpeta anillada con su libro, que ya estaba en imprenta, y me dijo que leyera “Majira”, el relato por el cual tenía preferencia. Lo leí con mucho entusiasmo ignorando el bullicio de las mesas, y luego entendí  por qué  me lo hizo leer ahí mismo. La heroína del texto, Susana, una amiga suya que venía de Pamplona y estudió artes en la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá, tenía una percepción de la pintura, del color y su naturaleza fantasmagórica muy parecida a la que yo tengo cuando escribo mis poemas.  Me sentía bastante intimidado mientras me sumergía en los renglones de aquella prosa que fluía entre pinceles, sueños y dolores. Entonces supe que tenía el deber de ir a la India, el país donde  los colores encuentran su fundamento, donde palpitan la sombra y la luz de la historia del arte con un rigor casi metafísico. (Aquí me detengo, en esta línea, y miro al cielo, casi en la margen de la página como si estuviera en la orilla del rio sagrado, el Ganges).
        Octavio  Paz, poeta y ensayista mejicano que había encontrado su estética en el surrealismo, escribió un libro de ensayos,  enigmático y agudo,  Vislumbres de la India, también como resultado de su estadía en el país asiático. Cabe ahora citar una línea suya, un verso: “Un mundo nace cuando dos se besan “. Los dos que se besan pueden ser dos continentes, y esta es quizá la eclosión súbita que invadió poderosamente la sensibilidad del narrador de Flor de loto;  movido por la intuición, poseído  por su inquietante acerbo literario,  Juan Alfredo intenta de manera ensoñadora que dos continentes  se cortejen a través de la palabra, que el genio creativo logre que puedan fundirse. Al igual que Octavio Paz, Juan Alfredo también ejerce las labores diplomáticas de su país como embajador de la India,  y en ratos de soledad y ocio deja correr la tinta y describe el pavoroso asombro que ha ido embriagando su espíritu, lo perturba la belleza y sus cambios de ritmo y ha encontrado en la prosa un refugio encantador más allá de las escuelas literarias y de la academia.  Inquieto, merodea por las páginas de su libro como por una tienda de antigüedades, compra sueños en bruto, los pule y se los vende al que vive en una acera de la fábula, además les encima tesoros escondidos en el lenguaje, mitos esotéricos sobre el sexo y la música, y también cadenciosas imágenes escondidas en su mitología personal.  Sus personajes de alguna manera  me recuerdan a los de Marcel Schwob, quien también vivió poderosamente envenenado  de Oriente, de sus magias, su cultura lo envenenó, lo condeno a crear esas atmósferas espeluznantes y bellas, a reinventar la memoria de unos seres y a darles un verdadero destino para la literatura, seres que habitan los más intrincados laberintos del relato,  devotos de una pasión  o de una soledad que los empuja a ser testigos de su época bajo un trasfondo de hechizo, más allá de las palabras que los envuelven. 
       Estos relatos asiáticos que respiran el aroma de la flor que nace del barro y crece con la memoria de toda una civilización, son las “vidas imaginarias” de un presente histórico que envuelve la trasegada biografía del autor, es la versión del lector que escudriña en los pasos de una geografía que le ha sido otorgada, de un amanuense de los caminos, arrancada de diversos paisajes de Asia y que pertenecen a las reliquias de su memoria fatigada por los viajes. Pienso que  Kipling sería su lector más afortunado; o quizá a Jorge Luis Borges le hubiera arrancado una sonrisa antigua.  


Fernando Denis (Ciénaga, Magdalena, Colombia 1968). Ha escrito La criatura invisible en los crepúsculos de William Turner (1.997), considerado uno de los mejores libros publicados en Colombia durante el siglo XX, Ven a estas arenas amarillas (2004) y El vino rojo de las sílabas (2007). Su poesía ha comenzado a despertar interés dentro y fuera de su país, y su libro, La geometría del agua, publicado por Grupo Editorial Norma, presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires, y en Maguncia, Museo de papel, grabado y estampa de Argentina, se está traduciendo al inglés, al francés, al alemán, al ruso y al bengalí. Contemporáneos como William Ospina (Premio Rómulo Gallegos 2008), Juan Gustavo Cobo-Borda y José Ramón Ripoll coinciden en señalar que Fernando Denis es una de las voces actuales más originales en la poesía de América Latina. Se preocupa también por el paisaje exterior, como el que contienen las tonalidades de la naturaleza. Algunos de sus poemas se inspiran en las pinturas crepúsculares de William Turner. La cadencia y la sonoridad de sus poemas recrean imágenes, músicas y conceptos decimonónicos como el prerrafaelismo, corriente artística de la era victoriana que lo ha impresionado; en algunos poemas como los monólogos de sus personajes femeninos, las voces tienen mucha fuerza íntima. La embajada de Colombia en Delhi y la academia de letras de la India, Sahitia Akademy, editaron sus poemas en inglés y lo condecoraron como el poeta más representativo de su país y una voz literaria sobresaliente de las letras contemporáneas.










viernes, 6 de julio de 2012

Alberto Hernández: La Antología Presunta de Eduardo Llanos Melussa.


 

Eduardo Llanos Melussa











1.-
Una palabra se afilia a la conversación con el poeta chileno Eduardo Llanos Melussa: ironía, la que hace más evidente una inteligencia sutil. Podríamos afirmar que se trata de una ironía expresamente pedagógica cuando se entabla relación directa con el poeta.
Es un poeta casi inédito para los lectores del resto del continente, “descubierto” a través de Antología presunta (1976-2002), publicada en 2003 por  el Fondo de Cultura Económica, en la Colección Poetas chilenos/ Tierra firme. Libro donde aparece (aunque incompleto) el poemario Contradiccionario (1983), muy celebrado por los poetas Gonzalo Rojas y Enrique Lihn.
El lector se preguntará por qué una antología “presunta”. La respuesta nos la ofrece Niall Binns, quien abre el tomo con un prólogo enjundioso donde destaca el carácter de inéditos de los poemarios, excepto, precisamente, el ya mencionado Contradiccionario. Por supuesto, el trabajo de armar el libro fue labor del mismo autor, lo que hace más presunta la antología, toda vez que los libros permanecían guardados en un secreto tránsito de acomodo al mundo.  Pero también porque se trata, como señala en un texto inicial, del fondo contradictorio de su autor. De allí la inteligencia sutil (la sutileza es fina revelación en muy pocos autores) de Llanos Melussa que, gracias al X Encuentro Internacional de Poesía de la Universidad de Carabobo 2012, nos permitió conocerlo personalmente. Y también nos dotara de un ejemplar de su trabajo.
En efecto, Binns ha afirmado: “La contradicción aquí es claramente una dicción en contra, un rechazo racional, barbado de ironía, a determinados comportamientos sociales de los poetas”.  Para demostrar esta tesis aborda el poema “Aclaración preliminar”, primer texto del libro en el que deja sentada una poética que se advierte en toda su obra: “Si ser poeta significa poner cara de ensueño,/perpetrar recitales a vista y paciencia del público/ indefenso,/ infligirle poemas al crepúsculo y a los ojos de una amiga/ de quien deseamos no precisamente sus ojos;/ si ser poeta significa allegarse a mecenas de conducta/ sexual dudosa,/ tomar té con galletas junto a señoras relativamente/ deseables todavía/ y pontificar ante ellas sobre el amor y la paz (…) / entonces, entonces, no quisiera ser poeta”. 
2.-                                    
Los libros que contiene este periplo, mencionado ya Contradiccionario (1976-1983), son Disidencia en la tierra (1976-1988), La brasa y la brisa (1986-2000), Paisaje histórico (1984-1989), Prohibido estacionar (1992) y Cofre de Haikus (1988-2002).
La tradición poética chilena es de largo trayecto.  Versos que conversan entre ellos, hacen de Llanos  Melussa un representante que no deja dudas sobre su agilidad y esmero por  asentar que las palabras deben usarse para decir, para encantar, para doler  y hasta para desechar. Llano Melussa es un poeta cercano a Nicanor Parra. Heredero de una cultura donde la irreverencia asoma siempre su cuerpo, nuestro autor destaca porque, como afirma el prologuista, “la esencia de la humanidad son las contradicciones”.  Valga el ejemplo de “Clausura”:
“Bueno, bueno, lo reconozco: / como tantísimos adolescentes,/ yo también incurrí en imperdonables poemas/ para que la amada de turno suspirara en sus tardes/ de gripe/ (amada que era apenas un rostro ardiendo al fondo/ de un sueño). // Pero hoy que mis horizontes van ampliándose/ -limpiándose diría si hubiera suficientes micrófonos/ en torno-, / quisiera rehabilitarme como un hombre de buena/ voluntad/ y hacerme digno de mi propio lenguaje, / dignidad en cuyo honor clausuro este poema”.
Tono en el que el autor se somete al escrutinio del tiempo. Desdice y dice: va al pasado y retorna al presente con la carga de una humorada que se convierte luego en oficio. He allí el carácter indoblegable de quien no teme arrancarse los verbos de la piel y hacerlos parte de un texto donde viven y sobreviven la “gripe” y el poema. Porque el resfriado de una novia de la adolescencia jamás se olvida y hasta se convierte en leyenda urbana cotidiana, como todos los textos que en esta antología presuntamente existen. Y vuelvo a lo de presunta porque, en efecto, somos lectores presuntos dado el grado de peligrosidad de estos trabajos en los que Llanos Melussa provoca, conspira y se hace el loco a la hora de los cargos de conciencia. Es decir, el autor nos crea, nos inventa en la medida de su recreación (y re-creación): una suerte de mirada a un paisaje que se instala en el imaginario de quien abre estas páginas. Sí, es un libro donde el ser social y el ser político se confunden con el ser poético, con el gracejo de quien siempre se tropieza con el mundo y lo analiza con cabeza fría y muchas veces ahogada con una risita de medio lado. Existe una ética del decir. Existe una ética/ poética a la que somos sometidos, voluntaria o involuntariamente, los que osamos acercarnos a él, al poemario, a su presunción.  
3.-
Digamos de Disidencia en la tierra, juego donde Llanos Melussa contradice el título de Pablo Neruda, lo revisa y le da otra dimensión. La residencia se extravía y se confirma exilio, tortura, voz contraria, destierro, pérdida y hasta extravío. Muerte. En este espacio verbal el poeta habla desde el adentro y el afuera de una realidad que conmovió al mundo entero. La dictadura chilena sigue siendo un largo poema donde el dolor, el reclamo y la ironía produjeron textos como “Aviso clasificado”:
“Centro de inteligencia y prisión preventiva/ en vías de expansión a todo el territorio/ necesita contratar personal de apoyo/ en jornadas nocturnas, diurnas o vespertinas.// Se exige dinamismo, reserva, sangre fría, / olfato, patriotismo, buen oído y buen ojo./ Deseable posesión de vehículo propio,/ estudios de kárate y buena puntería.// Se ofrece buen sueldo, comisiones y viático. / Labor no rutinaria –con viajes de confianza/ dentro y fuera del país-. Carrera funcionaria.// Postular solamente los más interesados. / Enviar nombre completo, sin datos ni currículo: / de eso ya tenemos un registro exhaustivo”.  Queda en la lengua -y allá en el fondo de la memoria- una carga tan humana que deshace el oficio del soneto. El poema es –precisamente- el oficiante, el que advierte de todo lo que podría ocurrir y no ocurrir. El dolor es un largo y afilado poema como el mapa de Chile. Y así como es largo el territorio austral, así este poemario que deja un extraño sabor en la boca. Con estas palabras cierra el libro el poeta santiaguino: “Pero es cierto también que ahora, al balbucear/ y bucear en mis propias lagunas mentales,/ me sorprendo in fraganti a mí mismo proclamando/ ideales libertarios en un tono impositivo, igual/ que un almirante jubilado que se desgañita/ arengando a una tripulación inexistente,/ poniéndome y sacándome y poniéndome de nuevo/ la máscara del desenmascarador./ Así que ya no sé quién soy ni quien no soy/ y prefiero interrumpir aquí este verdadero-falso/ testimonio”. He aquí entonces una forma de desdecir o afirmar una sociedad que aún navega en la incertidumbre, que una vez hizo decir a Neruda: “Cadáveres dormidos que a menudo/ danzan  asidos al peso de mi corazón…”.
4.-
Entramos en el paisaje nacional con el primer texto de La brasa y la brisa. Justificación para volver a sus andanzas: el poeta reflexiona y juega. Al derecho y al revés. Dice: “Serenidad del cielo/ al atardecer, / como si Dios meditara/ bajando los párpados”, luego de esta hermosa tarjeta de presentación (“Chiloé”), en la que no cabe ironía alguna, Llanos  Melussa nos revuelve el agua verbal con “Pantano nocturno”: “Cierto: aquel pantano hedía/ insoportablemente. / Pero, suspendiendo un instante la respiración, / uno descubría que en su superficie/ también se reflejaban las estrellas” (y coloca el próximo verso al revés, como si lo viésemos en un espejo). ¿Cabe este pantano en Chiloé? Podría ser en la superficie. En el fondo, donde no caben todas las cosas, la belleza: la contradicción, elegante y provocadora, desnuda a quien se maquilla y por dentro está lleno de espinas. Para burlarse de él mismo (como debe ser), dispara: “Una larga experiencia/ me ha mostrado/ que una larga experiencia/ no sirve para nada”. O: “Luego de intentar/ una atenta reflexión/ veo que jamás he hecho/ una atenta reflexión”. Estas paradojas, esta suerte de trote aforístico, confirman la búsqueda de quien se cree perdido, extraviado en medio de un desierto. Para redondear, se larga con éste: “Después de observarme detenidamente/ sé que no puedo observarme detenidamente, / menos observar si me observo o no me observo/ y mucho menos hacerlo detenidamente”. Tesis, una vez más, puesta en evidencia: el poeta usa la contracción como una manera de deshacerse de la abulia reinante, de la oquedad de ciertas reflexiones. Para hacernos más fácil el atajo, el poeta chileno nos hace entrar en la poesía dibujada que en México Juan José Tablada practicó a su antojo, y que hoy Llano usa para enmarcar su talento poético y su ocio existencial, que en el fondo son lo mismo. Palíndromo y caligramas, haikus y demás experimentos se pasean felizmente por estas páginas que, para casi clausurarlas, terminan así: “Siempre y en cualquier parte/ escribir ha sido nadar/ contra la corriente. / Sólo que aquí se incluía/ la corriente eléctrica”. Si hacer poesía es lo más contradictorio del mundo, también –como decía Hölderlin- es el oficio más peligroso, tanto que la picana es una metáfora.
4.-
Paisaje histórico: cruces de palabras: “Miré s muertos de la patria mía”. Cruces y más cruces. Caligramas. Cruces, muertos, agonía, tortura. Cruces, hasta llegar a Prohibido estacionar, donde la descarga es la de un sujeto que habla de la poesía, de la ciudad, de las muchachas, de una taza de café y muchas miradas. Textos donde el país sigue siendo una borradura, un paisaje fresco, una cálida estación de voces. Y luego, Cofre de haikus donde el poeta muestra su capacidad lúdica. Poemas donde un niño juega con las palabras. Donde un adulto se hace esas mismas palabras.
 Así, al cierre, me atrevo a afirmar que este libro es un inmenso ars poética donde la misma poesía (¿y su más allá?), los afectos y la gente constituyen una atmósfera cuya densidad se condensa en un silencio que nos ahoga al leer el último verso.

Alberto Hernández, Sam Hamill, Esteban Moore.
Alberto Hernández (Calabozo, Guárico, Venezuela, 1952) Poeta, narrador y periodista v escribe la crónica de la literatura contemporánea a través de la reseña de los libros que hoy por hoy nos salvan del olvido. Egresado del Pedagógico de Maracay, Hernández realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar, en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio Juan Beroes por toda su obra literaria. Ha representado a su país en diferentes eventos literarios: Universidad de San Diego, California, Estados Unidos, y Universidad de Pamplona, Colombia. Encuentro para la presentación de una antología de su poesía, publicada en México, Cancún, por la Editorial Presagios.
Miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo. Se desempeña como secretario de redacción del diario El Periodiquito, de la ciudad de Maracay, estado Aragua. Mantiene el blog Puertas de Galina.







martes, 8 de noviembre de 2011

Ignacio Fernández de Palleja: Horacio Verzi; El infinito es solo una forma de hablar.

Ediciones Yaugurú, 527 páginas, Montevideo, 2011.









Se podría comparar a la literatura uruguaya con un pueblo chico, de casas más bien bajas, donde todos se conocen, en el cual los límites se saben con bastante precisión. Está claro para todos quién anduvo con quién. Basta pararse en la esquina de la plaza para distinguir, tan claramente como el paisaje que rodea el poblado, todos los itinerarios, las formas de caminar o de andar a caballo. La memoria y el presente son la misma cosa. Ahora, ¿qué sería la novela de Verzi en esta geografía? La primera imagen que se viene a la mente es la de una pirámide, una que es absolutamente discrepante con el conjunto y dentro de cuyo interior anida misterios. En primer lugar por el tamaño, que ronda las quinientas páginas. En segundo lugar, por lo que se mira. En tercero, por la estructura narrativa. En cuarto, por la profundidad documental y conceptual, que la convierte en una novela de ideas. En quinto, o tal vez antes, por el ejercicio de la imaginación, que no olvida la racionalidad más extremada. En sexto, aunque conviene aclarar que los números son un recurso arbitrario, puede consignarse que se está en presencia de un libro que, combinando todo lo dicho anteriormente, le plantea al lector una serie de exigencias, que van desde lo sintáctico hasta lo filosófico.
La extensión deja de manifiesto, por contraste, la habitual brevedad de la narrativa uruguaya, confinada a la concisión o a la anemia por factores que seguramente trenzan lo comercial, lo secundario de la actividad literaria respecto a las obligaciones laborales, lo mínimo del propio territorio y su población o la creencia de que es así, las pocas páginas que piden los concursos que pagan y, por supuesto, la cobardía y la incapacidad, todo coadyuvando para generar una arquitectura achaparrada, una especie de liga amateur que se juega en canchas chicas. El hecho de escribir un texto maratónico es, por sí mismo todo un argumento, al que se le suma otro nada menor, que es la más absoluta divergencia temática respecto a la de los vecinos, ya que no existe ni una pizca de referencias locales. La ubicación geográfica más cercana es Petrópolis, en Brasil, y no se hace referencia a una sola de las discusiones bizantinas que se suelen gastar y reeditar por estas bandas. El eje que vertebra las historias está dado por la relación de Monique, una psiquiatra brasilera, con su paciente Eróthides, apodado Maluquinho, y los saltos en el tiempo y el espacio llevan a los últimos días de Giordano Bruno, a los tiempos del arrianismo, a la retirada después de la batalla de Cunaxa que consignara y en la que participara Jenofonte o a los días, no tan lejanos a estos últimos, en que se proyectaba la silueta de Alejandro Magno, todo sintetizándose en un palacete brasilero que recibe las visitas de Stefan Zweig en sus últimos días. En todos los casos, se encuentra profusión de datos históricos, detalles de las costumbres, análisis de las tácticas militares y, en general, un cuidado meticuloso a la hora de reconstruir la época que hace suponer una documentación apasionada y de largo aliento. Todos los detalles de la ubicación temporal confluyen hacia lo intemporal, hacia una disquisición ética, filosófica y hasta metafísica que constituye el ritmo respiratorio de lo enunciado. El edificio se construye a impulsos de una imaginación que arrasa las barreras de lo convencional y que se hace contundente tras los parapetos de un lenguaje sólido y consciente de sí mismo, uno que reconoce al metalenguaje  como una herramienta más para construirse.
Los personajes no están exentos de una construcción compleja y sus emociones no están descuidadas. Pero todos ellos, más que valer por sí mismos, laten al ritmo de lo esencialmente humano que atraviesa territorios, lenguas y coyunturas, para sublimarse en lo divino, lo infinito, sobre lo cual versa, como dice el título, todo el trabajo de este libro. Una vez instalado dentro del mundo de la novela, el lector recibe constantes zarpazos teológicos que seguramente han surgido de una prolongada acumulación de preguntas e intentos de respuestas por parte del demiurgo que mueve los hilos. Para quien esté firmemente atornillado a sus creencias, habrá incomodidad y cuestionamiento. El que busque respuestas, encontrará preguntas. Quien quiera facilidades, se encontrará en medio del desierto, caminando en repecho. Si se busca una mitología, se leerá mitografía.  Cuando se crea haber dado con símbolos herméticos que son el santo y seña de algunas comunidades, se encontrará el rostro de Jorge Luis Borges. No se le podrá dar una lectura unívoca a este libro. Probablemente no será objeto de excomunión, aunque es mucho más insidioso que algún gran vendedor internacional. Se ha publicado contra todo posible consejo comercial. Encontrará a algunos lectores que serán sus oasis y serán sacudidos por el sólido terremoto que insufla. Levantará el horizonte de lo posible o lo esperable en la literatura uruguaya, que es un pueblo donde inesperadamente brotó una pirámide.



Ignacio Fernández de Palleja (Treinta y Tres, Uruguay, 1978). Profesor de Español y Portugués. Colaboró con la revista “Iscariote” y sus textos breves fueron publicados en “La letra breve”  Actualmente, escribe reseñas  en el blog Club de Catadores. Administra  www.fernandezdepalleja.wordpress.com . En 2010, obtuvo una mención en el concurso de poesía de la Intendencia de Montevideo y el primer premio en un concurso de microcuentos. Permanece inédito y reside en Maldonado.