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sábado, 22 de octubre de 2011

Elpidio Isla: Lanzamiento, Esas Mujeres de las que Hablo.











Isla apela al tono más potente y sugestivo de su narrativa, expuesto anteriormente en el libro de cuentos “Las lluvias cortas” y en las novelas “Mogambo”, “La ciudad de los sueños tristes” y “Floridablanca”. El autor, que vivió durante largo tiempo en Santa Cruz y es uno de los narradores más relevantes surgidos del sur del país, junto a Abeijón, Aracena y Angelino, ha creado una saga original y deslumbrante a partir de sus experiencias en la Patagonia.





Elpidio Isla (San Nicolás,  Buenos Aires, 1948). Escritor y periodista.  Ha publicado las novelas,  MOGAMBO (1988), LA CIUDAD DE LOS SUEÑOS TRISTES (1995) y el volumen de relatos LAS LLUVIAS CORTAS (1990). (Cuentos).
Textos suyos han sido incluidos en SUR DEL MUNDO, NARRADORES DE LA PATAGONIA (Ediciones El Patagónico 1992) y DE JULIO VERNE A OSVALDO BAYER: Los mejores relatos patagónicos (Ameghino Editora 1998), RELATOS PATAGÓNICOS: (Instituto Nacional de Fondos Cooperativos (1999) y RELATOS DE PATAGONIA: (Cántaro ediciones 2006).
 
Entre sus obras inéditas figuran: La mano del final (novela 1998); Y no es que un hombre no esté triste ( Novela 1999); Viaje conjetural de Simón de Alcazaba a la Tierra Leve (Novela 2000); El bar de las putas pobres (novela 2005); Un mar de penas (cuentos 2003) y Reciclados (novela 2007). Ha sido editado en diversas antologías nacionales e Internacionales.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Elpidio Isla: Otra estafa en nombre de la poesía.

Elpidio Isla












El filósofo Daniel Dennett ya advierte de lo peculiar que es la poesía (como lo son los microcuentos, los haikus o cualquier otra construcción escueta y rápida de crear y por tanto susceptible de reproducirse en grandes cantidades y con pocas exigencias: el hecho de que una novela tenga 200 páginas ya constituye una exigencia, porque muchos no tienen la paciencia de juntar tantas letras. Dennett cita a uno de los fundadores de la inteligencia artificial, John McCarthy, que en cierta ocasión sugirió que la red de correo electrónico revolucionaría la poesía. Ya que sólo unos cuantos poetas pueden ganarse la vida vendiendo sus poemas debido a que los libros de poesía son volúmenes de pocas páginas y caros, comprados por un número escaso de lectores, si los poetas difundieran sus poesías por Internet, por ejemplo a un precio de diez centavos el poema, entonces muchos poetas podrían ganarse la vida.
Lo que no predijo McCarthy es que ningún amante de la poesía querría leer miles de archivos electrónicos repletos de poemas. Los amantes de la poesía, acaso, exigirían filtros que cribasen la avalancha de obras: se fijarían si una editorial lo avala, si tiene críticas positivas, etcétera, y finalmente el lector acabaría adquiriendo pequeñas cápsulas de poesía, tan pequeñas como los delgados volúmenes tradicionales que antes consumía. Nada habría cambiado. Porque los filtros nacen espontáneamente. Por otra parte, este agregado es mío, “sucede que dada la cantidad excesiva y asfixiante de poetas podría calcularse que con que sólo los poetas pagaran diez centavos por poema, todos podrían vivir de esta especie de impuesto poético, aunque este cálculo falla en cuanto sabemos que ningún poeta soporta leer a otro y menos pagar, aunque sea diez centavos, por un poema que no fuera suyo”.
Así pues, la poesía se debe vender muy cara y muy selectivamente o no tiene sentido como tal, como el caviar. Con una diferencia: el caviar realmente escasea y es costoso de conseguir. La poesía, no. La poesía abunda pero la comercializan como escasa y elitista. Y ésta es la primera prueba que refrenda mi opinión de que la poesía, máxime la poesía con rima y métrica, es un artefacto especulativo fuera de las fronteras de la verdadera literatura. Un juego de feria con mucha pirotecnia que cuenta, contradictoriamente, con el aval de la elite intelectual.
Pero más que cuestionar la poesía, mi intención es cuestionar la rima, el ripio. Cierto que los recursos estilísticos de la prosa y hasta de las obras divulgativas también empañan el mensaje. Cierto que la cadencia de las oraciones puede llegar a ser muy persuasiva, como lo es la melodía de una canción, animándonos o entristecernos sin usar ni una sola palabra. En ese sentido, rima y retórica son herramientas equivalentes.
Pero siempre me ha parecido que la rima es un elemento mucho más artificioso que el resto de los recursos que se usan para reforzar la imagen de un texto. Porque la rima busca, sobre todo, disfrazar y desnaturalizar el texto recurriendo para ello a la musicalidad más obvia; siempre demasiado consciente de sí misma. Y ya no digamos cuando hablamos de sonetos y otras construcciones de alambicada métrica. Es como creerse especial porque has escrito una historia usando 30 veces la palabra “astrolabio”. O como aquel extraño poema en latín del alemán Christianus Pierus titulado Christus crucifixus, cuyos mil versos estaba compuestos por palabras que empiezan por C (Currite, castalides. Christo comitante camanae...). Para la hermenéutica puede tener algún interés, pero no para contar historias o transmitir sensaciones y/o emociones.
Muchas rimas son un alarde puramente técnico. Parece que prima encontrar la palabra que encaje en la métrica y no que encaje en lo que se quiere transmitir: puestos a elegir en igualdad de condiciones de rima, el autor escogerá la palabra que más sintonice con el mensaje del texto, claro, pero esta situación suele ser rara, así que, al haber escasez de posibilidades de palabras que rimen, el autor rechaza un mayor ratio de expresividad en aras de que técnicamente la rima se produzca. Como si entonces el poema fuera una descripción pormenorizada de las características de un motor y no la descripción del lujurioso y endiablado ruido que produce ese motor y cómo es capaz de desplazarnos a 200 kilómetros por hora. La rima, pues, se me antoja la parte aburrida, academicista, exegética, de pasatiempo de la literatura. Curiosamente la rima, en prosa, se considera cacofónica y un defecto imperdonable; curioso, ¿no?
La poesía rimada (y ya no digamos las rimas complejas) debería figurar incompleta en los periódicos, junto al autodefinido y el sudoku, para que el lector la completara. O debería formar parte de una colección de curiosidades lingüísticas, como que la cama se llame cama y la cómoda se llame cómoda, siendo más cómoda la cama que la cómoda.
Por esa razón y no otra el ripio es un recurso tan propio de la publicidad más ingenua: “del caserío, me fío; Colgate el mal aliento combate; Rexona, el desodorante que no te abandona; el frotar se va a acabar”. Y hasta es un elemento imprescindible de cualquier baño público; sin ir más lejos leí el otro día el siguiente grafito: “Amar sin ser amado es como limpiarse el culo sin haber cagado”. Precioso.
Un ejercicio donde prevalece tanto la técnica, el formato y los engranajes sobre los demás elementos literarios no es literatura sino otra cosa. Ripios publicitarios, mensajes para estampar en una camiseta, eslóganes rimados, canciones de verano, las tan en boga batallas verbales de raperos.
Para que no todo sea negativo, aportaré una visión halagüeña de la poesía. Transmitir ideas con la poesía no es una tarea fácil, y más todavía bajo las rígidas exigencias de la métrica. Como dice el filósofo Daniel Dennett a propósito de la construcción de un soneto:
Tan pronto como terminamos el primer intento de una línea, tenemos que revisar muchas de las otras líneas y esto nos obliga a abandonar algunas de las excelencias conseguidas con dificultades y así sucesivamente, dando vueltas y más vueltas, buscando una forma global correcta o tratando de hallar la mejor forma posible.
Esta artificialidad en la forma, según el matemático Sanislaw Ulam, podría ser una fuente de la creatividad en lugar de una rémora:
Cuando era niño me di cuenta de que la función de la rima en la poesía consistía en obligarnos a encontrar lo no obvio a causa de la necesidad de hallar una palabra que rimase. Esta necesidad fuerza nuevas asociaciones y casi garantiza desviaciones de cadenas de rutina o de pensamientos encadenados. Paradójicamente se convierte en una suerte de mecanismo automático de originalidad.
La poesía, pues, como catalizador de la creatividad. Pero entonces que sea una herramienta privada del autor para superar el bloqueo creativo y no un alarde de ingenio en sí mismo. Y que no sólo se alabe la métrica, sino también los textos con muchos “astrolabios” en su haber. A no ser que, ay, se pretenda cristalizar una enseñanza más fácilmente recurriendo a la musicalidad (como un mantra adormecedor, un discurso zombi, una paremiología simplificada, un dogma,), como la que oí una vez en una película de Almodóvar, cuando aún era un cachondo y un costroso: “Hagas lo que hagas, ponte bragas”. Pero Almodóvar no hablaba en serio.

Elpidio Isla (Comodoro Rivadavia, Chubut,  1948) Narrador y periodista. Ha publicado las novelas  MOGAMBO (1988); LA CIUDAD DE LOS SUEÑOS TRISTES (1995) y un volumen de cuentos  LAS LLUVIAS CORTAS (1990). Integra las antologías: SUR DEL MUNDO, NARRADORES DE LA PATAGONIA (1992), DE JULIO VERNE A OSVALDO BAYER: Los mejores relatos patagónicos (1998), RELATOS PATAGÓNICOS: (1999) y RELATOS DE PATAGONIA: (2006).  Textos suyos han sido adaptados  para el teatro.
Elpidio Isla se ha desempeñado en distintas etapas de su vida como dependiente en un almacén de ramos generales, trabajador petrolero, soldador de tubos de acero, esquilador de ovejas, alambrador, vendedor de libros a crédito, empleado judicial y  agente de prensa.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Elpidio Isla: Acerca de las lecturas de Poesía

Elpidio Isla









POETIC ANIMAL PLANET

Muchas veces nos preguntamos por qué la poesía no tiene, como en otros países del mundo, el prestigio social o la inserción popular de Chile o Perú por ejemplo. Podríamos hablar de cuestiones políticas o sociales o meramente poéticas. Pero me voy a tomar la libertad de creer que parte de la responsabilidad la tienen las “lecturas de poesía” en bares o lugares ad hoc. Esta costumbre viejísima, anacrónica, decadente, insoportable a esta altura de la historia, deberá ser erradicada en beneficio de la poesía misma. Quisiera que los poetas y los músicos trabajaran juntos, pero no para ponerle música a poemas escritos hace años.  Trabajar juntos (de acuerdo a mi criterio) es crear en conjunto poesía y música, como si fuera un género nuevo. Esto crearía ámbitos nuevos de trabajo y tal vez se podría recuperar ese ámbito de transmisión de la poesía que languidece entre el tedio y la pobreza imaginativa.

Bruno se hace algunas preguntas para las que los poetas no tienen respuesta, lo que no está mal, partiendo de que ningún poeta tiene respuestas para nada, sólo preguntas. No se lee poesía, es cierto pero Bruno se queda algo corto: en nuestro país NUNCA SE LEYÓ POESIA al menos con la intensidad de otros lugares donde la poesía Y LOS POETAS gozan de un gran prestigio social. Por estas tierras argentinas hay lugares donde los poetas gozan de “algún prestigio” me refiero al NOA y esto debido a que por aquellos lados los poetas se han juntado a los músicos logrando una asociación más o menos ilícita que les permite compartir peñas, fogones y festivales. Esto no ocurre en Patagonia por ejemplo y voy a cometer una infidencia que no es tal pues se trató de un hecho público; en el último Encuentro de escritores patagónicos de Pto. Madryn en algún momento hubo un chisporroteo pues los músicos se quejaron de que una vez que los poetas agarraban el micrófono preferían morir electrocutados antes que largarlo.  Los poetas (duchos en estas lides) respondieron con rapidez en los mismos términos, afirmando que los músicos se atornillaban a las sillas y los poetas terminaban la noche al borde del colapso atragantados con sus poemas y el vino NO APTO para seres humanos normales. La cosa, por supuesto, no pasó a la categoría de conflicto armado pero marca una cuestión como para tener en cuenta: a los poetas les seduce la idea de leer sus poemas, no importa donde, ni cuantos lo están escuchando, si están en medio del desierto, o pataleando en la boca de cocodrilo del Nilo y sólo hay una ambición mayor: mueren por leer sus poemas A OTROS POETAS los que normalmente no los escuchan, pues están palpitando el momento en sean ellos los que ocupen el sitial del lector. Me atrevo a decir que no hay un poeta EN EL MUNDO que SOPORTE a otro poeta leyendo sin que:
1)      Comente lo mal que lee el otro.
2)      Manifieste que: “este cuando empieza a leer no termina más”
3)      Diga al de al lado: “Esto de las lectura de poemas ya no va más, es un anacronismo”
4)      “Debe haber unas treinta personas”
5)      Yo vine porque es mi amigo pero yo dejé de ir a lecturas hace bastante tiempo.
6)      Siempre vienen los mismos
7)      Debieran fijar no más de 10 minutos por poeta. Yo estuve en una lectura en México o  
          Uruguay o Colombia o Katmandú (nadie podrá probar nunca la veracidad de la 
          afirmación) donde había un coordinador y te cortaban el micrófono si te pasabas los diez 
           minutos que te habían asignado.
8)      Son diez para leer. Este ya lleva 25 minutos y no afloja.
9)      25 minutos por diez son más de cuatro horas, así no se puede
10)   Esto va  a terminar a las cuatro de la mañana
11)   Neruda leía para el carajo.

Pero en el momento en que le toca leer a él, se abalanza sobre el micrófono y lee de corrido, tartamudea y se ahoga durante 50 minutos (son las tres y media de la mañana) pela un manojo de hojas A4 que siempre se calcula en más de 25 páginas y deletrea hasta que los mozos le sacan la silla porque se quedó solo y necesitan barrer. Después de que le cortaron el micrófono lee otros veinte minutos sin advertirlo y cuando no tiene espacio para un sólo segundo más, pide que le dejen leer el ultimo poema, pero la intuición poética no le falla esta vez, como ha quedado solo, descubre que los mozos pueden asesinarlo y tirarlo en un zanjón sin que nadie se interese por él. Recién entonces se va dejando claro que por ese lugar no vuelve ni loco.
Un capítulo aparte merecen “los poetas que se escabullen cuando ya han leído”. Si uno es observador los ve cuando comienzan a analizar el campo por cual planean huir: hacen un  mapa del salón, ubican las mesas y las sillas y trazan un mapa mental de la situación y se agazapan esperando el momento en que el otro: respire, de vuelta una página, tome agua (o lo que tenga) o muestre alguna vacilación que les permita arrancar sin mirar al de la mesa de lectura y pasar raudamente hacia la puerta de salida. Establecen las coordenadas y desaparecen. Si son sorprendidos en mitad del camino dirán:
a)      Salgo a fumar un pucho
b)      Es que el calor aquí te mata
c)       Estoy muerta de frío
d)      Es que mañana tengo un día …
e)      AQUÍ PUEDEN AGREGAR OTRAS EXCUSAS PARA ESCAPAR DE UNA LECTURA DE POEMAS CUANDO HEMOS LEIDO NOSOTROS.
Después de una hora cualquiera puede encontrarlos cenando a una o dos calles del lugar de los acontecimientos o dándose en un bar hasta quedar saludablemente borrachos esperando la próxima lectura. Juro que una vez vi a un poeta que se había escapado con dos compinches, leyéndoles poesía a otros resignados parroquianos en un bar a tres cuadras de donde ellos (los prófugos) no habían soportado la lectura de sus colegas.
Una última reflexión, yo creo que a las lecturas de poemas asisten: poetas, poetas en formación, poetas en deformación permanente, niñas poetas en la edad justa en que sus calidades poéticas no suelen ser lo más importante, siguen las poetas no tan niñas, a las que ya se empieza a juzgar sus valores literarios y poetas a las que se juzga únicamente por sus valores literarios y sólo se las acepta si son grandes poetas. En este último caso, si no son poetas geniales, no existe la piedad para ellas; serán apartadas hacia los rincones más alejados y abandonadas a su suerte. Como si fueran ancianos esquimales de “El País de las sombras largas” de Hans Ruesch, serán olvidados en el desierto ártico porque sus dientes ya no sirven para sobar el cuero que abrigará a la familia en el invierno. Esta es sólo una parte del duro mundo poético en el que sobreviven sólo las especies más adaptadas a la dura lucha. Hay una cadena alimenticia en la cima se encuentran los grandes popes a los que nadie intentaría comerse, de allí hacia abajo todos sirven de alimento al inmediatamente superior. Esta norma se repite invariable a lo largo del mundo poético.
 En sus praderas veremos a suaves y poéticas gacelas huir de los leones devoradores de frescas carnes trémulas. Las grandes manadas poéticas, hoy en extinción, pastan inocentes, de su destino de viejos poetas solos y arruinados, lejos del reconocimiento que llegará a unos pocos, no siempre con méritos para ocupar ese lugar. En los peores charcos rezuman algunos cocodrilos, ellos parecen editores siempre al acecho de algún distraído, es que la poesía no se vende nada les dirán y se los devorarán implacables y certeros. Las jirafas con sus largos cuellos poéticos miran el mundo desde muy alto y todo parece serles ajeno, aseguran que su poesía hermética no es para cualquiera y tal vez tengan razón, pero no olvidemos: existen víboras poéticas, roedores de la poesía ajena y también hienas y otros carroñeros que viven de los cadáveres insepultos que la poesía suele arrojar a un lado del camino.


Elpidio Isla ( San Nicolás,  Buenos Aires, 1948). Escritor y periodista.  Ha publicado las novelas,  MOGAMBO (1988), LA CIUDAD DE LOS SUEÑOS TRISTES (1995) y el volumen de relatos LAS LLUVIAS CORTAS (1990). (Cuentos).
Textos suyos han sido incluidos en SUR DEL MUNDO, NARRADORES DE LA PATAGONIA (Ediciones El Patagónico 1992) y DE JULIO VERNE A OSVALDO BAYER: Los mejores relatos patagónicos (Ameghino Editora 1998), RELATOS PATAGÓNICOS: (Instituto Nacional de Fondos Cooperativos (1999) y RELATOS DE PATAGONIA: (Cántaro ediciones 2006).
 
Entre sus obras inéditas figuran: La mano del final (novela 1998); Y no es que un hombre no esté triste ( Novela 1999); Viaje conjetural de Simón de Alcazaba a la Tierra Leve (Novela 2000); El bar de las putas pobres (novela 2005); Un mar de penas (cuentos 2003) y Reciclados (novela 2007). Ha sido editado en diversas antologías nacionales e Internacionales.



viernes, 23 de julio de 2010

Elpidio Isla, Esas Mujeres de las que Hablo.




















¿Dónde andará mi padre sin su cuerpo?
Emily Dickinson


LA MUERTE HARRINGTON FUE TEMA DE CONVERSACIÓN DURANTE algún tiempo. Los desocupados, los peones y los comerciantes opinaron sobre la cuestión, porque la muerte del gringo Harrington se presumía desde varios meses atrás.
Un día alguien le dijo al gringo que Moreira lo iba a matar. El gringo le comentó una noche a un amigo que Moreira quería matarlo pero, por más que se rompía la cabeza, no recordaba tener ningún asunto pendiente con él.
—Pero por las dudas ando armado —dijo palpándose la cintura. El amigo le contó a su mujer que Moreira iba a matar a Harrington y la mujer se lo contó a la maestra. Pasaron algunos días: el 25 de mayo la maestra hizo en la escuela un discurso muy emotivo y dijo —Que no era posible alimentar el odio entre argentinos porque todos estamos protegidos por el sagrado manto celeste y blanco de nuestra bandera— Como Moreira era chileno quedó afuera de la intención pacifista de la docente. No obstante la Comisión de madres instó la intervención del Comisario que citó a Moreira y le dijo: —Vos querés matar al inglés, pero eso está en contra de la ley. Así que dejate de joder y todo va andar bien —Lo único que Moreira pensó en ese momento fue que esto le pasaba por culpa de Harrington. Cuando el Juez de Paz lo llamó, el resentimiento hacia el tipo que le causaba tantos problemas fue en aumento. El cura fue muy duro en su sermón. No nombró a Moreira pero a todos les quedó muy claro a quien se refería cuando habló del amor al prójimo y dijo, con mucho dramatismo ―No matarás―. La cosa siguió por algunas semanas hasta que Harrington se convenció que Moreira lo mataría y Moreira supo que mataría a Harrington.
Una tarde, el mismo día que el tren trajo un piano donado a la escuela por el Ministerio de Educación y Moore estaba plantando los cortavientos por el lado del río, Moreira y Harrington, se cruzaron. El gringo lo increpó: ―Así que vos vas a matarme, chilote concha de tu madre ―Moreira pensó por un momento que nunca se le había ocurrido tal cosa pero por puro instinto tironeó del cuchillo y mientras el otro manoteaba el revolver lo mató de varias puñaladas.
Moreira se entregó y fue condenado. Ocho años después enfermó de apendicitis, del depósito de encausados pasó al Hospital, cuando el médico le dijo que, en realidad no tenía nada grave y que todo se solucionaría con una pequeña operación Moreira le preguntó: ―¿Me van a cortar? ―El médico le dijo que sería un pequeño corte —A mi no me corta nadie —dijo― y se mantuvo callado. El médico intentó explicarle pero Moreira permaneció en silencio hasta que lo devolvieron a la sala.
La situación de Moreira empeoró, sentía muchos dolores y la pierna paralizada. Los médicos decidieron operarlo; cuando lo llevaban al quirófano saltó de la camilla y se tiró desde el quinto piso —¡A mi no me corta nadie!—dicen que gritó, antes de saltar hacia el vacío gris del patio.

HARRINGTON HABÍA DEJADO UNA VIUDA y dos hijas: Edda y Brenda. El tren continuó llegando y quince años después de su muerte, en una mañana, bajó de la locomotora un hombre joven: vestía pantalones de trabajo, gorra gris y un displicente par de clípper verdes, provistos por el ferrocarril a sus maquinistas, levemente torcidos sobre la nariz.
A partir de ese día Julián Maldonado llegó cada semana durante los siguientes dos años y esperó la madrugada siguiente para volver llevando la misma locomotora. Nadie le prestó demasiada atención, pero tiempo después visitaba la casa de la viuda de Harrington y especialmente a Edda la hija menor del muerto, con la que empezó una relación. Un maquinista no era un mal partido.
El muerto había dejado una casa bien arbolada y construida de chapas inglesas con pisos de largos tablones de pino bien estacionado. Tenía además, un sistema de agua que fluía por desnivel hacia la cocina dando la sensación de que la casa tenía agua corriente. El pequeño terreno de unas diez hectáreas de buena tierra: la casa con la ilusión del agua corriente, algunos frutales, las dos hijas, la mujer, la leyenda del suicidio de Moreira, que no había dejado nada, sólo el terror recubierto por la necia valentía de su segunda y definitiva muerte. Todo esto formaba parte del legado recibido por la viuda y sus hijas. La larga monotonía de los años de trabajo y la falta de cargas en el ferrocarril, hicieron que la llegada de Julián fuera un acontecimiento para la familia. Pasado un tiempo Julián ya no necesitó quedarse en la pieza de la estación y se instaló en la casa donde pasaba los fines de semana.
Las leyendas comenzaron a superponerse: la primera ocultaba otras, como las capas de una cebolla: el maquinista ya no era el novio de Edda sino también el amante de Brenda y más tarde de su madre. Otras habladurías afirmaban que Julián Maldonado era un hijo que Ciriaco Moreira había abandonado y ahora volvía por lo que el muerto había dejado.
La gente podía comprender que se rompiera un compromiso y luego de un tiempo se estableciera otro, pero lo que encendía la imaginación de los vecinos era que el maquinista pudiera mantener relaciones con las tres mujeres. El compromiso era una promesa admitida por la madre y en este caso por la hermana mayor que eran las tutoras naturales, desde la muerte del padre, pero ¿Quién admitiría el compromiso de la hija mayor? La madre no podía hacerlo, más cuando ella misma aparecía como la tercera mujer en el asunto.
El romance no tenía ningún antecedente y seguramente tampoco lo tendría en una ciudad importante. Esto le daba al pueblo un aire cosmopolita que encantaba a algunos y horrorizaba a la mayoría. Pudiera ser también que Edda no supiera la verdad de los hechos entre las dos mujeres y su prometido. Pero todas eran conjeturas. El nacimiento de Elisa puso un breve paréntesis. El apellido de la niña fue Harrington. Elisa tuvo una madre, que a su vez tenía una madre a la que llamaba mamá o sea que Elisa llamó, como todas las mujeres de la casa, mamá a la viuda, que era en realidad, su abuela y ella amó al mismo hombre ausente que todas las mujeres de la casa. Un hombre que, en el mejor de los casos, había aparecido fugazmente por allí. Esa fue la única imagen masculina que la niña conocería en todo esos años. Las cosas se mantuvieron así, hasta que en 1978, el ferrocarril anunció que cerraba el ramal.

LA CARA DEL MUCHACHO HABRÍA ENVEJECIDO durante todos estos años pero eso nadie podía certificarlo porque para el pueblo Julián Maldonado era un desconocido: un hombre que no tenía rostro ni nervios, ni sustancia; sólo un apellido: Maldonado, aquel que había recibido malos dones, era una imagen que una vez por semana recorría el camino hasta la casa, demasiado temprano, para que alguien se detuviera a observarlo, sosteniendo la valija de cartón y los clípper verdes cubriéndole los ojos.
Y aquí comienza la última leyenda: el ferrocarril dejó de funcionar, el jefe de la estación y algunos peones se marcharon, otros se convirtieron en desocupados o peones de campo. Las mujeres, no demostraron ninguna alteración en sus costumbres. Elisa Harrington siguió concurriendo a la escuela y ellas continuaron trabajando la tierra. Haciendo almácigos y podando los frutales, que ese año se cargaron como nunca. Durante el invierno la cocina volvió a llenarse de los olores de las frutas maceradas: dulces y jaleas; azúcar y ollas de cobre para cambiar por carne, sal, especias, harina y arroz. Telas y zapatos para Elisa. Todo lo que no produjera la casa vendría de afuera, como aquel hombre que había llegado a la casa hacía más de diez años y que no había permanecido allí, sino era para concebir a la niña, en alguna fugaz noche de la Patagonia.
Una vez al año los frutales recién florecidos, sorprendían a los vecinos con todas sus ramas y sus hojas encajadas en los troncos añosos de las varas traídas por Harrington de El Bolsón unos años antes. Los árboles lo habían sobrevivido y sobrevivirían a su mujer, a sus hijas. Tal vez a la niña y quizá a sus hijos.
Para algunos Julián decidió no volver a Comodoro esa semana y ya no lo hizo nunca. El lunes su renuncia llegó a la oficina por correo, pero el ferrocarril no la aceptó y lo despidió por haber abandonado un tren en medio de un recorrido, a partir de ese día, nadie volvió a verlo. Una de las leyendas contaba que las mujeres lo habían sometido de tal manera que el aceptaba sin poner reparos esa situación de esclavitud consentida. Si él mantenía relaciones con todas las mujeres de la casa es cosa que no podía saberse.
Otra versión decía que durante el invierno, poco antes del nacimiento de Elisa, Julián Maldonado había muerto. La muerte se adjudicó a una neumonía o a la caída en una acequia. Alguno deslizó que lo habían matado las mujeres, esto tampoco se supo.
Pero lo que no apareció nunca fue el cuerpo de Julián, ni vivo ni muerto. Sea cual fuere la causa de su desaparición las mujeres se encargaron de ocultarlo por muchos años.
Para otros el maquinista no había existido nunca. Sólo era parte de las habladurías del pueblo. Un novio de la pequeña Edda que había aparecido y de la misma forma se había esfumado, dejándole una niña que no había querido conocer. La realidad fue que el maquinista desapareció a los pocos meses de haber ingresado a la vida de las mujeres. La forma en que lo hizo quedó sellada en un pacto que las mujeres nunca rompieron y la niña siempre creyó que su padre había muerto, por una neumonía, el invierno antes de que ella naciera. Eso explicaba el apellido de Elisa. Nunca pudo ser reconocida pues su padre ni siquiera había llegado a verla.
Sin embargo muchas personas dijeron haber visto al maquinista ir de la estación a la casa con su gorra, sus pantalones grises y su clípper tapándole la cara. Esto antes que el ferrocarril levantara el ramal; en 1978 apareció otra leyenda: cuando las mujeres se enteraron que Edda estaba embarazada supusieron que Julián se haría cargo del problema, es decir que se casaría con Edda. Podría quedarse en la casa y trabajar con ellas. No verían bien que se mudaran con Edda a Comodoro y Brenda y su madre quedaran solas. Otra posibilidad era que el siguiera trabajando en el ferrocarril y vivieran en la casa esta forma no cambiaría para nada la vida de todos. El fin de semana siguiente Julián llegó y encontró un ambiente festivo que lo sorprendió. Las mujeres habían cocinado como para una fiesta y abrieron una botella de vino que Harrington había guardado para alguna ocasión especial que no iba a contarlo entre los celebrantes. Cuando se sentó a la mesa las mujeres le dijeron que Edda estaba embarazada y se entretuvieron detallando las alternativas que habían imaginado para la felicidad que les esperaba a todos.
Julián permaneció en silencio, la conversación fue bajando en entusiasmo hasta convertirse en un susurro molesto. Esa noche Julián no pudo dormir y las mujeres permanecieron atrincheradas en la habitación de la madre, planeando un futuro inimaginable esa misma tarde. En la mañana todo estaba tranquilo, ya nadie habló, la madre se mostró comprensiva —Todo se solucionará y por el momento no es necesario seguir hablando del tema—dijo.
Julián viajó esa madrugada y no volvió. Cuando lo hizo habían pasado dos meses y dijo a las mujeres que no volvería más Porque la empresa había decidido trasladarlo a otro destino y que el no haría nada por cambiar las cosas. Este era su último viaje. Esa noche durmió en la estación y en la madrugada del otro día, se fue en el mismo tren que había venido.

LAS MUJERES SE SENTARON TODA ESA TARDE en la habitación que daba hacia el este. Del otro lado golpeaba el persistente viento que ponía taciturnos a los hombres del galpón, contratados para remover la tierra y sembrar alfalfa, podar los árboles o recoger las primeras cerezas. Durante todo el día escribieron cartas. Pidieron entrevistas: con el gerente de personal del ferrocarril, con el Juez de Paz y con un abogado de Comodoro. El Juez de menores las recibió una tarde en la ciudad y ellas contaron su historia.
Habían recibido a Julián en su casa como novio de Edda, que ahora estaba embarazada. Al poco tiempo mantuvo relaciones con su hija Brenda y hasta con ella misma. Eran felices las tres y ellas suponían que él también lo era. Todas sabían lo que sucedía pero no les importaba. Nunca compartieron la cama, pues ellas eran mujeres decentes. La hija era de Julián y que era como si todas fuesen la madre y no les importaba quién llevara el embarazo. Venían a poner todo esto en conocimiento del juez de menores pues Maldonado las había dejado desamparadas, a ellas y al hijo por nacer, venían reclamar que el volviera y se hiciera cargo de las tres, porque ellas eran las madres de su hijo; no les importaría si él quisiera quedarse con alguna de ellas. Todas estarían de acuerdo, pero debería volver a la casa. El juez las escuchó con sus ojos que parecían los de una persona que ha regresado recientemente de un viaje, dijo que hablaría con Edda, después lo haría con la madre y la hermana mayor.
Edda sintió en las articulaciones un aleteo leve, como cuando se asomaba a un espacio vacío. El juez se entretuvo con unos papeles. Ella miró los lomos de los libros austeros, alineados como soldados, en los estantes y pensó que allí estaba encerrada toda la justicia de los hombres sería muy bueno que la injusticia también tuviera sus libros, aunque tal vez, fueran los mismos.
El hombre la miró y ella dijo: —No es verdad. —y se quedó callada.
—Todo lo que usted diga aquí es reservado, nadie se enterará nunca de lo que me diga. Será un compromiso entre usted y yo —la voz del juez la tranquilizó.
—No es verdad. Julián no se acostaba con ellas. —y volvió a callar. El juez le dijo: —continúe por favor —y ella contestó: —no tengo más nada que contar.
Tiempo después nació Elisa y ellas iniciaron un juicio por filiación: hubo audiencias y citaciones, pero allí quedó todo. Las mujeres continuaron con sus cartas y sus entrevistas, a espaldas de la niña que crecía. Pasaron más de diez años. Una tarde recibieron una notificación del juzgado: el juez había desechado definitivamente la pretensión de que Julián volviera con ellas, pero lo condenaba a hacerse cargo de los alimentos de la menor. Los que debería hacerse efectivo cuando, Julián Maldonado, pudiera ser hallado para poder hacer efectiva la condena. Nunca pudieron encontrarlo: despedido del ferrocarril había dejado la zona sin destino conocido.

PASARON OTROS DIEZ AÑOS. Ese verano los frutales estuvieron recargados y cuando se preparaban las ollas de cobre y el azúcar doraba el fondo de los recipientes, una mujer bajó del ómnibus que se detenía tres veces por semana en el hotel donde los trabajadores y los desocupados perdían el tiempo sentados alrededor de las mesas de material plástico oscuro. La mujer se instaló en el hotel y preguntó por la chacra de Harrington. Esa misma tarde tomó el único taxi del pueblo y recorrió el camino que alguna vez hiciera su padre.
Pidió hablar con Elisa, mientras el taxi esperaba, ambas tomaron por un camino de tierra, que bordeaba la casa por el oeste, debajo de una sólida hilera de álamos levemente inclinados. Era una mujer joven, que seguramente no conocería nada sobre el trabajo de la tierra, ni de frutas, ni de los inviernos, ni tendría los recuerdos de los días iguales puestos prolijamente uno tras otro como la hilera de árboles debajo de los cuales caminaban. Aunque vestía con sencillez sus zapatos y sus ropas se encendían contra los árboles, increíblemente verdes, en esa época del año. Permaneció en silencio, como si no encontrara las palabras adecuadas; pensaba que había hecho más de cuatrocientos kilómetros en ómnibus y que allí se respiraba un aire increíblemente limpio.
—Pero no es eso de lo que vine a hablar —dijo abruptamente —Yo vine para decirle que soy la hija de Julián Maldonado.
Elisa no comprendió. La imagen de Julián Maldonado no tenía para ella una correspondencia física concreta ¿Quién era en realidad Julián Maldonado? ¿Cuál era la forma que adquiría el nombre en su mente?
—No sé quién es ese hombre —dijo— y permaneció en silencio: la mujer le contó entonces que su padre, Julián Maldonado, había fallecido unos meses atrás. Entre sus papeles aparecieron unas viejas citaciones judiciales. Así se había enterado de que tenía una hermana. Su padre mantuvo la situación en secreto. Ella tenía otra familia. Quería saber lo que había pasado. Por eso estaba allí. Su madre había muerto cuando ellas eran muy pequeñas y tampoco sabían mucho de su padre, pues las había abandonado mucho antes de morir su madre.
¿Un padre? la vida para Elisa carecía de hombres. Los hombres sólo eran peones o comerciantes ajenos a su vida. Seres, en todo caso, que perdían su tiempo en el bar donde arribaban los colectivos. Nunca había tenido un padre, ni siquiera tenía el recuerdo de un padre hasta la aparición, de esta mujer, que venía a entregarle el recuerdo de un padre. No un padre concreto, simplemente imágenes que no eran propias y que venían a introducirse en su vida después de haber permanecido en lugares desconocidos. Pero en realidad ¿Qué era ella? Una persona que deliberadamente desechaba la idea de conocer algo sobre el que la había engendrado. Acaso estaba destinada a no amar ni siquiera un tenue recuerdo de aquel que había caminado ese mismo lugar, respirando ese mismo aire limpio que ahora hinchaba los pulmones de esta, que decía ser su hermana y que había andado más de cuatrocientos kilómetros para compartir con ella una noticia que causaría pesadumbre, en el alma de cualquiera, menos en la suya.
—Mi padre murió hace muchos años, en este mismo lugar— dijo para aventar los pensamientos que la acercaban a la forastera que decía ser su hermana. La mujer permaneció en silencio mientras volvían hacia la entrada donde esperaba el coche. Unos metros antes de llegar Elisa dijo: —Si usted tuviera razón ¿De que me serviría saberlo? ¿Qué agregaría a mi vida, por qué tendría yo que saber algo que la gente que amo ha intentado ocultarme durante toda mi vida? ¿No les causaría un dolor irreparable poniendo en la vida actual algo que ellas decidieron enterrar hace más de veinte años?
—Pero ¿Y usted? —dijo la mujer.
—He pasado la vida fingiendo que no comprendía. Ellas: mi abuela, mi tía y Edda han pasado sus vidas siendo mi madre. Un juego perverso si usted quiere. Pero ese hombre las condenó a ustedes a vivir solas, sin siquiera una madre. A mí, en cambio, me dejó tres madres porque yo no fui la hija de Edda Harrington. He sido la hija de las tres mujeres que me han dado todo lo que podían darme. Ellas han armado una historia haciéndome ver que no tenían ninguna intención de hacerlo. Cuando yo era niña me preguntaba ¿Y si les digo que yo se que sólo Edda es mi madre? ¿Y si supieran que he leído esos papeles que esconden y dicen que tengo un padre en alguna parte? Pero no lo hice, ni antes ni ahora. Este juego tiene reglas que todas cumplimos, incluso ese hombre que usted dice que fue mi padre. Si yo las hubiera quebrado siendo una niña, hubiera provocado otra historia. No sé si mejor o peor, pero distinta, para nosotras y para ustedes. A mi me resultaba divertido pensar que ellas también disfrutaban del juego y esto hace que hoy me sienta bien. Es una forma adulta de agradecimiento. Adulta y algo malévola. Pero es lo único que tengo para ofrecer. Su padre, o el mío, me destinó, en todo caso, a ser una sencilla campesina y es lo que soy y no quiero ser otra cosa. Soy una mujer criada en un pequeño pueblo. No importa cuanto de progreso pueda usted ver en nuestras calles. Ni la escuela secundaria, ni la ruta asfaltada cambian nada. Todavía crecemos hacia adentro, somos una comunidad cerrada. Somos elementales: ¿Cómo es tu casa? Dímelo y me dirás cuanto has trabajado. Las avutardas pasan y nos dicen, todavía, de la primavera y el otoño. Para los vecinos, cualquiera que esté fuera de la zona es un extraño. ¿Sabía que hasta no hace mucho tiempo en el hotel no le daban alojamiento a ningún desconocido que llegara después de las diez de la noche? Mi familia son mis madres, o mejor dicho mi madre son ellas. Me criaron y debo ser leal. Alguna vez decidieron guardar un secreto y no seré yo quien rompa las normas. La gente como nosotros odia los cambios porque tenemos la certeza que nos dañarán. Los cambios siempre vienen de afuera y producen dolor; yo puedo afirmar que es así. No se cómo seguirá la historia a partir de hoy. Alguien vino un día y cambió todas las reglas del juego que mi familia había jugado toda la vida. Pero veinte años después reaparece esa misma persona o su reencarnación y dice que viene a devolverme un padre que quebrantó las reglas, pero fue lo suficientemente cobarde como para morirse primero. Es decir, al morir volvió a huir por segunda vez. O sea, usted me ofrece, no un padre sino el recuerdo de un padre y no me interesan: ni el recuerdo de un padre cobarde, ni la realidad concreta de unas hermanas que no conozco. Perdóneme que no le agradezca. Pero mi madre estará inquieta, ellas se ponen nerviosas ante todo lo nuevo. En lo que a mi respecta, mi padre falleció, en este lugar, de una neumonía, antes de que yo naciera.
La mujer no dijo nada, abrió la puerta del taxi; miró como si buscara a alguien y se metió en el aire detenido de la tarde.


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