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lunes, 12 de octubre de 2020

Gabriel Jiménez Emán: EL HOMBRE ABSURDO, LA FILOSOFIA REBELDE DE ALBERT CAMUS





La idea de un mundo absurdo, de una existencia absurda o una realidad absurda siempre han tenido cabida dentro de mí. Desde que comencé a escribir y a observar el mundo, la idea de contrariedad, paradoja o ambigüedad surgieron coetáneas o compañeras de aquella: leí textos del absurdo como los de Alfred Jarry o Eugene Ionesco; novelas absurdas como las de Samuel Beckett y Franz Kafka; poemas absurdos como los de César Vallejo o cuentos absurdos como los de Virgilio Piñera; observé cuadros absurdos como los de René Magritte o  Max Ernst o películas absurdas como las de Luis Buñuel; pero nunca leí razonamientos absurdos tan diáfanos como los de Albert Camus en su obra El mito de Sísifo (1942), donde el escritor francés de origen africano nos pasea por el mundo del absurdo casi sin dejarnos respirar.
Dueño de una las prosas más bellas de la lengua francesa, (que aun en las peores traducciones se disfruta), Albert Camus está ubicado como hombre y como escritor en el corazón de la filosofía pura. Sus novelas, ensayos y artículos respiran y transpiran ideas como si éstas fuesen connaturales con el ritmo de su prosa, y nos abisman e inquietan tanto como pudiera inquietarnos la prosa de un Nietzsche,  que es la prosa más tersa de la lengua alemana. Esta belleza implícita en su manera de escribir es un arma de doble filo, porque jamás logra herirnos con sus dagas sino que nos motiva desde el centro del mismo filosofar, sin que para ello tenga que crear categorías o sistemas.
Ello es lo que hace justamente en El mito de Sísifo: crear un espacio para la sensibilidad absurda, abarcándola desde varios puntos de vista. Por ejemplo, Camus nos dice que no hay espectáculo más bello que el de la inteligencia en lucha con una realidad que la supera: se trata del espectáculo del orgullo humano, que es inigualable. La presencia constante del hombre ante si mismo es un espectáculo. Para el absurdo no hay mañana; el hombre absurdo es el hombre-tiempo: rechaza la añoranza. Esta razón lúcida que comprueba sus límites y que reconoce sus razones al término de ese camino; para el hombre absurdo el hombre no es racional o irracional, sino irrazonable. El hombre razona, quiere ser  fiel a la evidencia que la obra estimula, y esa evidencia es lo absurdo; hay un divorcio entre ser que desea y mundo que lo decepciona. El libro está repleto de ideas de este tipo, dichas de distintas formas. Arranca, de modo inesperado, desde la figura de Don Juan, seductor ordinario y superficial que no cree en el sentido profundo de las cosas, y por tanto es un héroe absurdo. Lo que no puedo negar, lo que no puedo rechazar, eso es lo que importa. Puedo negar todo, menos el caos del presente, el infierno del presente, la vida no tiene sentido pero debería tenerlo, aunque en el fondo, si bien lo vemos, se la viviría mejor si no lo tiene.
La idea del absurdo está asociada también a la de rebelión, que Camus ha abordado y desarrollado ya en su libro El hombre rebelde. La rebelión adquiere entonces un valor filosófico, pues la rebelión metafísica extiende la conciencia a lo largo de la experiencia. Dentro del rango del amor, Don Juan ha elegido no ser nada; el amor es esencialmente deseo, ternura e inteligencia: Don Juan es incapaz de amar y termina en un convento (lo contrario, acoto del Casanova italiano que amaba a todas las mujeres y terminó loco). Se hunde y reconoce que no hay pasión sin lucha, poniendo el ejemplo del joven Werther (el célebre personaje de Goethe) que se suicida por el amor imposible de Carlota.
Lo comprensible es aquello que puedo tocar, e incluso puedo negar todo, menos esa fractura entre el mundo y el espíritu. Para Camus, la conciencia perpetua  renovada entra en la vida de un hombre, y encuentra su fractura en el presente: el presente es un infierno, en cierto modo. Es arduo hablar sobre las cosas a las que alude Camus en este libro, sin usar sus propias palabras y sin usar sus giros verbales tan precisos, con ese estilo suyo tan delicado, pero es el que dice las cosas más terribles. Si la vida debe tener un sentido para vivirla, y se la viviría incluso si no tiene sentido: he ahí la naturaleza de lo absurdo.
Por otro lado, la posición filosófica el absurdo sería la rebelión, ya que la rebelión metafísica extiende la conciencia a lo largo de la experiencia. Cuando habla de la comedia, nos dice que esta es el espectáculo donde queda atrapada la conciencia y que el hombre, inconsciente, se precipita a la esperanza, mientras que el hombre absurdo comienza ahí donde termina el hombre inconsciente. Son, ciertamente, ideas filosóficas. Cuando se refiere al Actor, nos dice que éste cumple un destino absurdo en la medida en que representa otras vidas. El actor vive una gloria efímera que pronto se convertirá en polvo, Es una gloria engañosa la que vive: hace nacer y morir al ser sobre las tablas de un teatro, ese es un buen ejemplo de absurdo. Cuando el actor se asemeja al viajero, símbolo de lo perecedero, pues aquél no se ejecuta ni se perfecciona sino en la apariencia. En todo caso lo que importa no es una vida eterna, sino una permanente vivacidad.
Estas son sólo algunas de las ideas, torpemente transcritas, de las desarrolladas por Camus en este libro, que impacta por la rotundidad de sus imágenes, las cuales giran en torno a otras como aquella del Individuo que se define mas por las cosas que calla que por las cosas que dice; el individuo se torna marginal; para el individuo absurdo no valen las causas victoriosas sino las causas perdidas, pues éstas exigen “un alma certera”. Para Camus el amante, el comediante y el aventurero encarnan el absurdo; la grandeza de aquello que ejecutan está en la protesta (la rebelión) y en el sacrificio sin porvenir, pues una revolución se realiza siempre contra los dioses.
Prometeo sería, entonces, el primero de los angustiados “modernos”. La revolución de los pobres no es sino un pretexto para hacer una revolución. El hombre es su propio fin. La inteligencia (o la lucidez) es preferible al genio; la inteligencia domina ese desierto con fe en el que nos regodeamos, que muere al mismo tiempo que el cuerpo; sin embargo él tiene una libertad, y esa libertad consiste en saberlo. Entonces, el sabio sería el hombre que vive de lo que tiene y no aquel que aspira a algo, o especula sobre aquello que no tiene.
Existe, pues, una rebelión absurda, como homenaje que el hombre ejecuta a su propia dignidad, y este vendría a ser el goce absurdo por excelencia. Hace una alusión a Nietzsche cuando el gran filósofo alemán nos dice que “tenemos al arte para no morir de verdad.” Siempre tenemos el rostro de nuestras verdades, y el hombre absurdo no necesita explicar ni realizar nada sino disentir y describir cosas: sí, solamente describir: esa es la sola ambición del pensamiento absurdo. Tenemos, pues, que dentro del universo  magnífico (y pueril) del creador, la obra de arte no es un refugio de lo absurdo sino que ella misma es un fenómeno absurdo, y no ofrece solución al mal del espíritu. Y es por eso que para Camus, en el fondo, no habría una oposición clara entre arte y filosofía. Se trata, ciertamente, de un punto muy polémico; para el escritor francés el arte expresa una sola cosa bajo distintas formas; el artista y el pensador lo hacen de su obra una ósmosis, un solo problema estético y esta idea es nueva; se produce una exigencia total entre el artista y su obra; por supuesto el mundo no es nada claro; si lo fuera, no existiría la obra de arte.  Para Camus toda gran obra es esencialmente filosófica, porque a fin de cuentas pensar es sobre todo crear un mundo. Los grandes novelistas son novelistas filosóficos, y si no, son sólo novelistas de tesis; en el creador la ética es una rigurosa confidencia; en este orden de ideas, y aunque se trate de Kant, es un creador porque inventa sus propios personajes, esencialmente porque todo principio de explicación es inútil. Camus entonces nos dice que hay una felicidad metafísica de la defensa de la absurdidad del mundo y que la rebelión absurda es un homenaje que el hombre tributa a su dignidad.
En el fondo, el mal del espíritu no tiene solución, no ofrece respuesta alguna. Llega Camus al extremo de afirmar que, consciente de esta gratuidad, la rebelión no debe suscitar la esperanza y que en el mundo ficticio la conciencia del mundo real es más fuerte; en la creación, la más eficaz de todas las escuelas es la paciencia y la lucidez.
Se trata en El mito de Sísifo de un abigarrado conjunto de ideas, expuestas con una claridad que podemos calificar de crispante, basadas buena parte de ellas en el mito griego de Sísifo, personaje que se halla condenado de por vida a levantar y arrastrar una pesada roca hacia una cima; trabajo en el que gasta sus fuerzas y su tiempo, un trabajo penoso que le agobia. Cuando al fin ha conseguido llevarla hasta arriba, debe arrojarla otra vez cuesta abajo por el abismo. Sísifo entonces es el ser que se dedica a no acabar nada: ese es el precio que debe pagar por las pasiones que ha tenido en su existencia: es un personaje trágico pero con una conciencia de ello; es un bandido y a la vez un sabio prudente aunque esté encadenado a la muerte, es un trabajador inútil de los infiernos. Pero es también por excelencia el héroe absurdo, porque a la par de estar encadenado a la muerte, es un apasionado por la vida; se encuentra agazapado en las guaridas de los dioses y a la vez constituye un momento revelador de la conciencia. El destino le pertenece y la roca es su casa. Entonces el hombre absurdo, cundo contempla su tormento, hace callar todos sus ídolos. Pero para expresar el absurdo, para hacerlo ver, hay que ser coherente, usar un edificio bien estructurado de ideas y de palabras. Entonces Albert Camus pasa luego a ilustrar su idea del absurdo con un breve acercamiento a la obra de Franz Kafka. En la filosofía moderna, lo trágico está unido a lo lógico y a lo cotidiano, y Kafka ha descubierto esto. Gregorio Samsa es un viajante de comercio y no le preocupa sino lo que su jefe va a reclamarle al ausentarse de su trabajo, más que el hecho de haberse convertido en un insecto monstruoso. Mientras en El castillo los detalles de la vida cotidiana vuelven a ganar terreno hasta hacerse infinitos, interminables: nada termina, todo recomienza, al alma sigue indagando.
Las consideraciones de Albert Camus sobre el escritor checo son filosóficas en la medida en que lo conectan con una concepción  absurda del mundo. Y a esta concepción se interpone la idea de esperanza. Comienza Camus a decir que el arte de Kafka consiste en obligar al lector a releer, que la ausencia de desenlaces en su obra supone explicaciones, pero éstas no se revelan con claridad y obligan al lector a releer constantemente: surgen varias posibilidades de interpretación de diversas lecturas. Kafka lleva a cabo una obra llena de símbolos. En El proceso, Joseph K es acusado pero no sabe por qué. Quiere defenderse, le nombran abogados, lo juzgan, lo condenan y él apenas se pregunta por qué. Lo llevan a un arrabal, lo degüellan y antes de morir, el condenado dice solamente: “como un perro”. Joseph K nunca se sorprende; nada le asombra. Y esa falta de asombro es una contradicción y es sobre todo un signo de lo absurdo. En El castillo Camus ve la aventura individual de un alma en busca de su gracia, y le reclama a los objetos que les revelen su secreto real, y a las mujeres los signos de Dios que duermen en ellas; mientras que en La metamorfosis existe la imaginería de una ética de la lucidez: el hombre se convierte en monstruo, en una bestia, sin esfuerzo alguno. Kafka se convierte en el maestro de estas oscilaciones permanentes entre lo natural y lo extraordinario, el individuo y el universo, entre lo cotidiano y lo sobrenatural. En la condición humana, nos recalca, hay una absurdidad fundamental, y al mismo tiempo una grandeza implacable. He aquí el punto nodal de la separación entre el alma y el cuerpo, entre los goces de éste y las intemperancias de aquella. En este sentido, el absurdo en Kafka “se expresa mediante lo lógico, y nunca exagera cuando desea expresar este absurdo, que procede con la mayor precisión y mesura; lo trágico se torna natural, casi sosegado.” 
Para expresar el absurdo, Kafka debe ser coherente, éste debe ser descrito con lujo de detalles. En El proceso la carne triunfa, la desesperación, la rebelión respira todo el tiempo. ¿Dónde entra aquí la esperanza? El proceso plantea un problema que resuelve El castillo bajo una forma científica. El proceso diagnostica y El castillo imagina un tratamiento. Pero el remedio que se propone en él no cura. Lo único que hace es que la enfermedad entre en la vida normal. Ayuda a aceptarla, dice Camus. Recordemos que desde la aldea es imposible comunicarse con el castillo. K no consigue el camino. Cientos de páginas emplea Kafka para describir diligencias, astucias, rodeos, mientras K se empeña en ejercer su oficio de agrimensor.
Camus llama a los personajes de Kafka “autómatas inspirados”. Son unas metáforas de nosotros mismos, privados de diversiones y entregados a la humillación de los dioses. Aquí, Camus pone a Kafka a competir con Kierkegaard: aparece la esperanza. Cuanto más trágica es la situación, más provocativa se hace la esperanza. Lo absurdo en El proceso es más conmovedor que en El castillo. La conclusión es que hay que haber escrito El proceso para escribir luego El castillo.
En este sentido, Kafka, Kierkegaard, Chejov y los filósofos existencialistas (incluyendo al propio Camus) se hallan orientados hacia lo absurdo. Y descubren un gran grito de esperanza. “La esperanza se introduce por medio de la humildad”, dice Camus. En la parte final del ensayo Camus asoma esta idea en Kafka, diciendo que éste niega a su Dios la grandeza moral, la bondad y la coherencia, pero para arrojarse mejor a los brazos de lo absurdo, aceptándolo. La esperanza estaría entonces en escapar a esa condición; el pensamiento existencial está repleto de esperanza, similar a la del cristianismo. Sin considerar propiamente absurda la obra de Kafka, dice que ésta ha sabido simbolizar el paso de la esperanza a la angustia y de ésta a la sensatez.

Gabriel Jiménez Emán (Caracas, 1950). Escritor venezolano destacado por su obra narrativa y poética, la cual ha sido traducida a varios idiomas y recogida en antologías latinoamericanas y europeas. Vivió cinco años en España y ha representado a Venezuela en eventos internacionales en Atenas, París, Nueva York, México, Sevilla, Salamanca, Buenos Aires, Santiago de Chile, Santo Domingo, Ginebra y Quito. En el terreno cuentístico es autor de varios libros entre los que destacan Los dientes de Raquel (La Draga y el Dragón, 1973; Monte Ávila Editores, 1993), Saltos sobre la soga (Monte Ávila, 1975), Los 1001 cuentos de 1 línea (Fundarte, 1980), Relatos de otro mundo (1988) Tramas imaginarias (Monte Ávila, 1990), Biografías grotescas (Memorias de Altagracia, 1997),  La gran jaqueca y otros cuentos crueles (Imaginaria, 2002), El hombre de los pies perdidos (Thule, España, 2005), La taberna de Vermeer y otras ficciones (Alfaguara, Caracas, 2005), Había una vez… 101 fábulas posmodernas (Alfaguara, 2009). Ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Municipal de Narrativa del Distrito Federal, el Premio Romero García de Narrativa del Consejo Nacional de la Cultura y el Premio Nacional de Narrativa Orlando Araujo y el Premio Solar de Ensayo de la Fundación de Cultura del Estado Mérida (Mérida, 2007) por el libro El espejo lúcido y el Premio Nacional del Libro (Cenal, 2004). 
En el campo novelístico nos ha ofrecido La isla del otro (Monte Ávila, 1979), Una fiesta memorable (Planeta, 1991), Mercurial (Planeta, 1994), Sueños y guerras del Mariscal (Comala, 2001; Ediciones B, Bruguera, 2007; Campaña Nacional de Lectura, Quito, Ecuador, 2008), Paisaje con ángel caído (Imaginaria, Yaracuy, 2004), Averno (El Perro y la Rana, 2007), Limbo (El perro y la Rana, 2017), El último solo de Buddy Bolden (Menoscuarto Ediciones, España, 2016). Sus libros de ensayos literarios son Diálogos con la página (Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1984), Provincias de la palabra (Planeta, Caracas, 1995), El espejo de tinta (Fondo Editorial Ambrosía, Caracas, 2008) y Una luz en el camino. Fundamentos de ética para adolescentes (Biblioteca Básica Temática, Caracas, 2004), Espectros del cine (Cinemateca Nacional, Caracas, 1998), El Contraescritor (El perro y La rana, Caracas, 2008), La palabra conjugada (Fábula, 2016), Mundo tórrido y caribe. Literatura y cultura en Venezuela (Fábula, 2019). 
Como poeta es autor de los libros Materias de sombra (Premio Monte Ávila de Poesía, 1983), Narración del doble (Fundarte, 1978), Baladas profanas (La oruga luminosa, 1993) y Proso estos versos (Círculo de Escritores de Cojedes, 1998), Historias de Nairamá (Fondo Editorial del Caribe, Anzoátegui, 2007). Balada del bohemio místico. Obra poética 1973-2006. (Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2010), Solárium (Casa Nacional de las Letras, 2015) y Los versos de la silla rota (Fábula, 2018). 
Ha realizado una amplia labor como investigador y antologista, entre  cuyas obras se encuentran: Relatos venezolanos del siglo XX (Biblioteca Ayacucho, 1989), El ensayo literario en Venezuela (La Casa de Bello, Caracas, 1988), Mares. El mar como tema en la poesía venezolana (Banco Unión- Ateneo de Caracas, Premio ANDA, 1990), Ficción Mínima. Muestra del cuento breve en América, (Fundarte, Caracas, 1996), y antologías literarias con sendos estudios sobre Víctor Valera Mora, Luis Fernando Álvarez, John Lennon y Bob Dylan, Brian Patten, Baica Dávalos, José Lezama Lima, Vicente Huidobro, Ludovico Silva, Salvador Garmendia y Adriano González León. Es traductor de poesía de lengua inglesa y editor independiente. Dirigió la revista y las ediciones Imaginaria, dedicadas a lo inquietante y lo fantástico y la revista Imagen en el Ministerio de Cultura, es Coordinador General de la Fundación “Elisio Jiménez Sierra” y director de Fábula Ediciones (Coro, Venezuela). Organiza desde hace ocho años el Festival Internacional de Poesía Palabra en el Mundo desde el Estado Falcón. Recibió en 2019 el Premio Nacional de Literatura correspondiente a 2016-2018.
En 2019 obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Venezuela por el conjunto de su obra.




miércoles, 6 de julio de 2016

Gabriel Jiménes Emán: WILLIAM SHAKESPEARE / OCHO SONETOS







Gabriel Jiménez Emán







La vida amorosa de William Shakespeare es un enigma. Todo en ella resulta poco claro. Aparentemente, se prendó de una muchacha en su juventud y no fue correspondido por ésta; entonces se refugió en el afecto de una mujer ocho años mayor que él, Anne Hathaway, con quien se casó a los dieciocho años, más por despecho y compromiso (“para reparar un desliz juvenil”, según documentos de la época) que por verdadero amor. Con ésta tuvo tres hijos, Sussana y los mellizos  Judith y Hammet; éste último murió cuando apenas contaba once años de edad.
El tema amoroso tiene en Shakespeare, sin embargo, uno de sus motivos centrales tanto en  tragedias y comedias como Antonio y Cleopatra y Romeo  y Julieta  o Trabajos de amor perdidos como en sus Sonetos de amor, que comienza a escribir desde 1593 hasta 1599, llegando a la cifra de 154 sonetos, finalmente editados en 1609 por Thomas Thorpe. Antes, en 1592 publica los poemas Venus y Adonis y La violación de Lucrecia, dedicados ambos a Henry Wriothesly, conde de Southampton y barón de Tichfield. En la dedicatoria de este último poema dice: “Lo que he hecho os pertenece, y lo que haga también os pertenecerá, como porción de todo cuanto os he dedicado.”
En la dedicatoria de Venus y Adonis (1592) anota, al dedicar el poema al Conde de Southampton (su tema, sin embargo, según explica James Joyce, puede ser la seducción ejercida por Anne Hathaway sobre él): “Considero mi actitud valiosa si vuestro honor queda satisfecho, y esto me compromete a obtener el mayor beneficio posible de mis horas de ocio, hasta lograr homenajear a Vuestra señoría con un trabajo de mayor valía. Pero si el primogénito de mi invención resulta deforme, lamentaré el haber elegido tan notable padrino; y nunca volveré a cultivar tan árido terreno por temor a recoger una mala cosecha. A vuestro honorable juicio lo encomiendo y a vuestra gracia para deleite de su corazón, el cual espero responda siempre a vuestros deseos más íntimos y a las esperanzas  más llenas de expectación del mundo.”
Casi con toda seguridad, William se enamoró del barón Henry Wriothesly y –haya consumado con él o no una relación carnal o erótica—veía en él algo más que a un noble virtuoso o un amigo fiel, lo cual es algo totalmente posible. También se ha hablado de una famosa “Dama oscura” objeto de destinatario de estos Sonetos; pero el mismo Shakespeare se prestó a oscurecer el destinatario real invirtiendo las siglas (W.H) y sumiendo el asunto de nuevo en el misterio. Sea como fuere (si lo pensamos bien, puede ser las tres cosas), los poemas han permanecido como unos de los más hermosos de la literatura inglesa. Yo he intentado un tímido ejercicio personal de traducción al castellano conociendo del riesgo que esto implica, más por realizar un divertimento personal con el lenguaje, que por creer que mis humildes versiones puedan dar una idea de la música interna que poseen en el idioma inglés.




I

De las hadas deseamos aumentar la belleza
Para que la belleza de la rosa nunca pueda morir
Y si entonces el fruto más maduro debe por el tiempo perecer,
Su tierna espiga logre conservar.

Pero tú, unido siempre a tus propios ojos radiantes
Alimentas la llama de tu luz con la combustión de tu propia substancia,
Llevando la carencia allí donde está la abundancia
Enemigo de ti mismo, demasiado cruel con tu propia dulzura.

Tú que eres ahora el fresco ornamento del mundo
Y único anunciador de la brillante primavera
Dentro de ti mismo repudias el capullo de tu contento
Y, avaro inmaduro, despilfarras todo en tu mezquindad.

Ten piedad del mundo, o si no, glotón como eres,
Para comer lo que al mundo debes,  te unirás a la tumba.


II

Cuando cuarenta inviernos asedien tu frente,
Y caven profundas zanjas en la extensión de tu belleza
Tu ración orgullosa de juventud, tan admirada ahora,
Será un vestido hecho girones, tenido en poca monta:

Entonces le será preguntada qué se hizo toda su belleza,
En donde está el tesoro de sus lúbricos días,
Y nos dirá que ahí, dentro de sus mismos ojos hundidos
Está la vergüenza que todo lo devora, y la alabanza inútil.

Todo esto fue para ser nuevo otra vez,
Y encuentro que, cuando estés viejo,
Tu sangre estará aún caliente, aunque la sientas ya helada.


III

Mírate en ese espejo, y dile al rostro que contemplas
Que ahora es tiempo de que esa cara forme otra,
Que si ahora no renueva tu fresca compostura
Defraudarás al mundo, dejarás a una madre sin bendecir.

¿Dónde está ella que siendo tan hermosa y en cuyo seno virgen
Desdeña el cultivo de vida marital?
¿O es él un insensato que quiere ser la tumba
De su propio amor, para detener la posteridad?

Pero si vives para no ser recordado,
Muere soltero, y que tu imagen muera contigo.


IV

Derrochador de encantos, ¿porqué malgastas
En ti solo la belleza que te han dejado como herencia?
El legado de la naturaleza no es dar, si no prestar
Y sincera como es, presta siempre a aquellas que son libres.

Entonces, hermoso avaro, ¿por qué abusas
Del generoso regalo que se te ha dado para dar?
Usurero sin ganancias ¿porqué empleas
Tan gran suma de sumas, para no poder vivir?

Para tener comercio contigo mismo
A ti  y a tu propio ser seduces.
Y ahora, cuando la naturaleza te llama para que te marches,
¿Qué aceptable ajuste de cuentas puedes rendirle?

Tu no usada hermosura debe ser sepultada contigo,
Y ella, ya gastada, vive para ser tu ejecutora.


V

Esas horas, que con gentil trabajo forjaron
Ese hermoso semblante donde iban a habitar las miradas
Hicieron el papel de tiranas
Privando de hermosura aquel sublime encanto.

Así el incansable tiempo lleva al verano
Hacia un horrible invierno y allí lo confunde,
La savia se congela con el frío y las hojas lustrosas se pierden por completo,
La belleza se recubre de nieve y hay desnudez por todas partes.

Entonces no queda ninguna destilación del estío,
Un líquido cautivo en muros de cristal,
El efecto de la belleza neutralizado con belleza,
Que no dejaría recuerdo alguno de aquello que se ha ido.

Pero las flores destilaron, aunque halladas por el invierno,
Apenas perdieron su apariencia: su dulce esencia vive aún.


VI

Entonces no permitas que la áspera mano del invierno
Mutile en ti al verano, antes de ser destilado
Perfuma algún pomo, atesora algún sitio
Con el tesoro de la belleza, antes de destruirse a sí mismo.

Nos es práctica de usura prohibida
La que paga por voluntad un préstamo que nos hace felices;
Eso es para ti alimentar a otro como tú,
O diez veces más feliz, si procrearas diez por uno:

Diez veces tú mismo serías más feliz de lo que eres,
Si diez de esas diez veces fueses reproducido:
Luego ¿qué podría hacer la muerte si al partir tú
Te habrás sobrevivido en tu posteridad?

No te empecines contigo mismo, eres demasiado hermoso
Para ser conquista de la muerte y hacer de los gusanos tu heredad.


VII

¡Mira! En el oriente cuando la luz graciosa
Levanta su encendida cabellera, cada ojo
Rinde homenaje al espectáculo de su aparición,
Sirviendo de miradas su santa majestad;

Y ya escalada la abrupta cúspide hacia el cielo
Como un joven fuerte en la mitad de su vida,
Aún dorado en su belleza por los ojos mortales,
Esos que aún le acompañan en su dorada peregrinación;

Mas al llegar a la alta pendiente y estando el carro fatigado
Como una edad enfermiza, él abandona el día,
Los ojos, antes fieles ahora están convertidos
En lenta carrera, y miran en otra dirección.

Así tú, que vas por ti mismo hacia tu mediodía,
Morirás sin ver visto, a menos que decidas procrear un hijo.


VIII

Música para ms oídos ¿porque oyes tú la música tan tristemente?
La dulzura no tiene guerra con la dulzura. La alegría se deleita en la alegría
¿Por qué amas aquello que no recibes felizmente
O recibes con placer aquello que te enoja?

Si la concordia cierta de sonidos bien entonados
Casados por armonías ofenden tus oídos,
Estos no hacen sino reprenderte dulcemente, a ti, que confundes
La sencillez con las partes que debiste llevar.

Advierte cómo las cuerdas, y el dulce maridaje con otras
Percuten una a una en un orden recíproco,
Semejantes al Señor, al niño y a la madre feliz,
Y todos cantan en nota placentera:

Su canto sin palabras, que aún siendo muchos cantos parecen uno solo,
Entona esto para ti: “Tú solo de nada probarás”.


[Traducción y nota de Gabriel Jiménez Emán]


Gabriel Jiménez Emán (Caracas, Venezuela, 1950)Narrador, poeta, ensayista y traductor.

martes, 6 de octubre de 2015

Gabriel Jiménez Emán: NIHILISMO Y CRÍTICA SOCIAL EN ALLEN GINSBERG


Allen Ginsberg




 

I

Hay dos figuras referenciales en el mundo de Allen Ginsberg: Walt Whitman y Vachel Lindsay. Ambas sembraron en él nutrientes para construir una poética alimentada con las mejores fuentes de rebeldía en los Estados Unidos. A Whitman lo encuentra cien años después en los pasillos de Un supermercado en California hurgando entre frutas, duraznos, el neón, las penumbras y los corredores con maridos o bebés, donde de paso se topa a García Lorca junto a las sandías. Ginsberg puede pintarnos a Whitman, viejo solitario y crápula, hurgando entre las carnes en el refrigerador y mirando de reojo a los muchachos del almacén. En este poema en prosa – donde Ginsberg se identifica con la homosexualidad de su maestro--  recorre con él el supermercado probando golosinas, y después fuera del local van ambos por las calles solitarias soñando con una América perdida. En este poema hay una prefiguración de otro que no por casualidad tiene el título de América: nación inmersa en la “guerra humana” que usa la bomba atómica y sobre la que el poeta se pregunta: “América, ¿por qué tus bibliotecas están llenas de lágrimas? / Me disgustan tus locas exigencias (…) Tu maquinaria es demasiado para mí / tú me hiciste querer ser un santo”.
            En Vachel Lindsay se inspiró Ginsberg para recorrer Estados Unidos leyendo sus poemas ante grandes auditorios, e intentando recuperar la condición de bardo de multitudes, de trovador acompañado de música y gestos teatrales, como lo hacía Lindsay yendo de casa en casa y diciendo sus poemas a cambio de comida o alojamiento. A Vachel le dedicó un poema “A Lindsay”, donde al final le ve sentado con sus tirantes en una cama: “la sombra de tu mano levanta una pistola sobre tu cabeza / tu sombra cae sobre el piso”, dice de modo conmovedor.
            Ginsberg y sus amigos del grupo Beatnik, (Ferlinghetti, Kerouac, Burroughs, Kesey y Corso, entre otros, no todos necesariamente escritores) emularon esta actitud de bardos públicos que combinaban su nihilismo con la crítica social en un momento tan decisivo para la cultura del siglo XX como la década de los años 60 en el siglo XX, en que la política bélica de las potencias y las megacorporaciones de Estados Unidos estaban causando estragos en el mundo (lo cual no cesa hoy, y es por ello, entre otras cosas, que están tan vigentes), los beatniks coparon entonces la escena con sus actitudes contestatarias, rebeldes y bohemias que motivaron y movilizaron no sólo a numerosos jóvenes de su país, sino de varios países americanos y europeos donde su radio de influencia se dejó sentir, especialmente en Francia y en América Latina. Venían los beatniks de admirar a los músicos de jazz (negros que habían logrado una expresión a contracorriente de la cultura blanca) y luego pasarían a formar parte de una serie de movimientos donde se destacan los hippies, el underground, los happenings, el camp, el action painting, la experimentación con drogas (que dio origen al arte psicodélico y al pop, y no a una mera drogadicción), el rock ácido y el cine francés de la nouvelle vague irían todos ellos a constituir un movimiento contracultural donde participaban movimientos filosóficos o psicológicos como el marxismo, el existencialismo, el budismo oriental y el psicoanálisis en autores como Jean Paul Sartre, Albert Camus, Theodore Rozack, Herbert Marcuse, Norman Brown, Alan Watts o Susan  Sontag. Tales experiencias atentaban contra la cultura institucional (rígida, heredada, diseñada y difundida por los mass media para que nada cambiara) y a la postre vendría a definir el mercantilismo aupado por el capitalismo, la dominación ideológica llevada cabo por el cine de Hollywood (al cual los beats llamaban disneynisación) y el uso de una tecnología desenfrenada, propiciadora del consumismo.
Justamente, Allen Ginsberg se convierte en uno de los adalides de esta nueva actitud, expresada  a través de sus desenfadados versos torrenciales, enumeraciones delirantes y un brillante coloquialismo, imperfecciones deliberadas que llevan implícitas una crítica al arte “hecho” o “equilibrado” que ostentan los perfeccionismos formales europeos como el clasicismo, el simbolismo y luego el modernismo hispanoamericano. En 1955, Ginsberg publicó su Aullido en Inglaterra y al año siguiente en San Francisco, donde se deja llevar por una marea de asociaciones libres de la mente, por un caudal que puede ser violento o estridente (aunque diferenciado del surrealismo) pero también musical y encantatorio, poblado de prosaísmos vigorosos que implican todos ellos una tensión. “Estoy contigo en Rockland / donde las facultades del cráneo ya no admiten los gusanos de los sentidos (…) Estoy contigo en Rockland / donde golpeas en el piano catatónico que el alma es inocente e inmortal y no debería morir impíamente en un manicomio armado.”
Asimismo, Ginsberg deja ver lo más desnudo de su condición judía en Kaddish y otros poemas (1960),  libro donde a partir del lamento por la muerte de su madre, hace una descarnada autocrítica donde predomina una visión caleidoscópica de la realidad que incluye descripción de calles, establecimientos, estaciones, oficinas, carreteras, bahías y paisajes de todo tipo; recurso que le permite la identificación plena de lugares determinados, y con ello la precisión de un topos muy suyo (Ginsberg nació en New Jersey en 1926) pero también una condición mental interior: “Polvosos sacos de correo llenándose / 1948 N.Y. octava avenida fue / o cuando Peter conducía el camión / de corres 1955 / desde el anexo rincón / resplandor de luces brillantes en el parabrisas / temblor de adrenalina en los hombros (…) No será ocioso anotar que Ginsberg, antes de estudiar en Columbia, fue portero, cafetero, marino y reseñador de libros en la revista Newsweek. También un activo fotógrafo y memorialista de su generación, con varios libros de fotografías editados. Muchas de éstas fueron expuestas en el Museo Whitney de Nueva York en 1995, dentro de una gran exposición que se dedicaría al revolucionario grupo. Otros libros suyos que debemos mencionar son Espejo vacío (1960), Sándwiches de realidad (1963) y Noticias del planeta (1969). El poeta dejaría de existir en 1997.
Creo que le debemos a este poeta el haber realizado una crónica alucinante de la realidad, una lectura transfiguradora que es a su vez una mirada lúcida y crítica de su país, con todo lo que ésta logra cuando desnuda desde conflagraciones bélicas hasta la vida en tugurios, burdeles y aventuras amorosas y existenciales, experiencias con drogas en textos que pueden parecer letanías, evocaciones o constituir en si mismos imágenes abigarradas de ciudades que revientan en su paradoja de lujo y miseria, de placer y muerte, de amor y de horror.

II

En el año 1985 estuve en Roma, Italia, asistiendo a un Festival Mundial de Poesía en Villa Borghese, junto a los poetas venezolanos Carlos Contramaestre, Ramón Palomares y Enrique Hernández D’ Jesús. Había escritores de diferentes nacionalidades. Entre los muy conocidos que recuerdo estaban Juan Gelman, Alberto Moravia, Allen Ginsberg, Gregory Corso (a quien Ginsberg salvó de la locura por medio de la catarsis poética) y Leroy Jones (Amiri Baraka) a quienes me acerqué un rato para charlar con ellos. Saludé a Ginsberg y a Corso; recuerdo que Corso libaba frenético de una botella de whisky y me ofreció un trago, que inmediatamente acepté. En cambio Ginsberg aspiraba extasiado un cigarrillo de marihuana; al rato subió al escenario pero no a leer sus poemas, sino a tocar el banjo. Acompañó con el instrumento a un grupo de jazzistas y cantantes country, y lo hizo muy bien.
En el fondo, los beatniks fueron unos trovadores que decían a la gente sus poemas o canciones, como lo habían hecho Whitman o Lindsay, y como luego lo harían Bob Dylan, John Lennon o Tom Waits; en América Latina serían Víctor Jara, Violeta Parra, Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, Alí Primera, Ismael Rivera, Juan Luis Guerra o Rubén Blades; en España Joan Manuel Serrat o Joaquín Sabina; en Francia Georges Moustaki y en Canadá Leonard Cohen. En fin, cantautores, trovadores y jazzistas influirían en un buen número de escritores y músicos en varios países; en Venezuela los ecos de Ginsberg y los poetas beat se hacen notar en la poesía de Víctor Valera Mora, Caupolicán Ovalles, William Osuna, Jorge Nunes, Julio Valderrey, Gabriel Jiménez Emán, Benito Mieses y Antonio Robles, entre otros. En el fondo, a quienes hacemos caso omiso de los convencionalismos cívicos y de las poses de poetas “exitosos” laureados o premiados por academias (incluyendo al aburrido Premio Nobel, al que Jean Paul Sartre rechazó con toda razón) le debemos algo a Ginsberg, principalmente por haber tuteado a nuestro abuelo Whitman e invocado al entrañable García Lorca, pero también por incluir en su lista nada menos que a Mahoma y a Cristo: los acercó a todos ellos a nosotros y con ello nos aproximó también a una actitud más fresca y sincera de apreciar la literatura; a ser más humanos y auténticos en el momento de asumir nuestras responsabilidades personales,  sino con el objeto asumir un compromiso social como agentes históricos que somos,  renunciando a los clisés e imposiciones del poder, y poder despojarnos de prejuicios para vislumbrar, con mayor ecuanimidad, caminos más libres de transitar la condición humana.


G.J.E, E.M., Caracas 2015
Gabriel Jiménez Emán (Caracas, 1950), escritor venezolano destacado por su obra narrativa y poética.Los dientes de Raquel (La Draga y el Dragón, 1973), Saltos sobre la soga (Monte Ávila, 1975), Los 1001 cuentos de 1 línea (Fundarte, 1980), Relatos de otro mundo (1988) Tramas imaginarias (Monte Ávila, 1990), Biografías grotescas (Memorias de Altagracia, 1997), La gran jaqueca y otros cuentos crueles (Imaginaria, 2002), El hombre de los pies perdidos (Thule, España, 2005) y La taberna de Vermeer y otras ficciones (Alfaguara, Caracas, 2005) Había una vez…101 fábulas posmodernas (Alfaguara, 2009) y Divertimentos mínimos. 100 textos escogidos con pinza (La parada literaria, Barquisimeto, 2011), Consuelo para moribundos y otros microrrelatos (Ediciones Rótulo, San Felipe, Estado Yaracuy, 212), Cuentos y microrrelatos (Monte Ávila Editores Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, Caracas, 2013), Gabriel Jiménez Emán. Literatura y Existencia. Valoración Múltiple de su obra Varios autores (Imaginaria, San Felipe, estado Yaracuy, 2013).
En el campo novelístico es autor de La isla del otro (Monte Ávila, 1979), Una fiesta memorable (Planeta, 1991), Mercurial (Planeta, 1994), Sueños y guerras del Mariscal (Tres ediciones: Sueños y guerras del Mariscal, Ediciones B, Bruguera, Caracas, 2007; Sueños y guerras, Fondo Editorial Eugenio Espejo, Quito, Ecuador, 2010; Sueños y guerras, Alba Bicentenario, Narrativa, Editorial Arte y Literatura, La Habana, Cuba, 2012)), Paisaje con ángel caído (Imaginaria, 2004) y Averno (El Perro y la Rana, 2007).
Sus libros de ensayos literarios son Diálogos con la página (Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1984), Provincias de la palabra (Planeta, Caracas, 1995), Espectros del cine (Cinemateca Nacional, Caracas, 1998), El espejo de tinta (Fondo Editorial Ambrosía, Caracas, 2007), Una luz en el camino. Fundamentos de ética para adolescentes (Biblioteca Básica Temática, Ministerio del Poder Popular para la Cultura, Caracas, 2004), El contraescritor (Editorial El perro y la rana, Caracas, 2008) e Impreso en la retina. Crónicas de un adicto fílmico (Universidad Experimental de Yaracuy, San Felipe, Estado Yaracuy, Venezuela, 2010).
Es autor de los libros de poesía Materias de sombra (Premio Monte Ávila de Poesía, 1983), Narración del doble (Fundarte, Caracas, 1978), Baladas profanas (La oruga luminosa, San Felipe, Estado Yaracuy, 1993) y Proso estos versos (Círculo de Escritores de Cojedes, 1998), Historias de Nairamá (Fondo Editorial del Caribe, 2007), Balada del bohemio místico. Obra poética 1973-2006 (Monte Ávila Editores, Caracas, 2010).
Ha realizado una amplia labor como investigador y antologista, entre cuyas obras se encuentran: Relatos venezolanos del siglo XX (Biblioteca Ayacucho, 1989), El ensayo literario en Venezuela (La Casa de Bello, Caracas, 1988), Mares. El mar como tema en la poesía venezolana (Banco Unión- Ateneo de Caracas, Premio ANDA, 1990), Ficción Mínima. Muestra del cuento breve en América, (Fundarte, Caracas, 1996), Noticias del futuro. Clásicos literarios de la ciencia ficción (Fundación Editorial El perro y La rana, 2010), En Micro. Antología del microrrelato venezolano (Alfaguara, Caracas, 2010). Es traductor de poesía de lengua inglesa y editor independiente. Dirige la revista y las ediciones Imaginaria, dedicadas a lo inquietante y lo fantástico. Dirige Imagen. Revista latinoamericana de Cultura, publicación del Ministerio del Poder Popular para la Cultura (Caracas, Venezuela, 2013).
Vivió cinco años en Barcelona y ha representado a Venezuela en eventos internacionales en Atenas, París, Nueva York, México, Sevilla, Salamanca, Oporto, Buenos Aires, Santo Domingo, Ginebra y Quito. En el terreno cuentístico es autor de






lunes, 7 de abril de 2014

Gabriel Jiménez Emán: POEMAS DEL SÁBADO EN EL BAR DE LA ESQUINA.




Gabriel Jiménez Emán
























Yo que me creía

Yo que me creía un gran poeta
Que me creía un hermoso imbécil con barba
Que me creía un sol cotidiano
Ahora me asomo al cuarto cerrado
De mi espíritu
Y veo peces dormidos bajo el agua
Veo pájaros perdidos en la noche blanca
Veo a mis ojos aparecer en la puerta de mi alma
Considero también la posibilidad de irme por el cielo
A beber cervezas con los amigos al lado de aquella nube
Que me hace guiños detrás de la mejilla de Dios

Rasurado

Rasuro mi piel con la maquinilla que ha rasurado tus piernas
En la mañana deslizo la hojilla jabonosa por los poros de mi cara
Y siento ahí la piel de tus piernas
Suavemente la resbalo y ella narra la historia de mi piel
La historia de tus piernas en mi rostro
La narración de la ternura en mis bigotes
En mi barba en mi nuca que se alebresta
Cuando pasa de nuevo otra vez mojada
Del agua salada de las lágrimas de mis ojos
Que han pasado por la piel
De tus piernas

El día se asoma

El día se asoma a mí
A ver un trozo de calma
Se asoma a mi ventana a cantar
Con los árboles de la mañana
Con los pajaritos que engullen pétalos y gusanos
Tragan sobras de pescado
El día quiere devorar toda la música
De mi pobre tocadiscos que se ha puesto a cantar
Como un barítono
El  día bendito me hace un guiño
Para que le siga por los despeñaderos de las horas
Y yo por supuesto
Acepto su descabellada invitación

Bar

En el bar de la esquina
La silla traquetea resbala
                                               chorreando sol por la boca
                                               chorreando claridad por su ojo memorioso
Los hilos perdidos en el recuerdo del otoño insomne
Los ojos masticaban la soledad
Se atragantaban de un azul dejado por los rincones
Donde la música salía agazapada dando saltos de rana

Se inicia de una vez la tenida en la barra donde las lenguas
Juegan ardientes con las llamaradas de la costumbre
Con los pies pegados a la tarde inmaculada
Especialista en moldear realidades intangibles
Bar barra bar testigo ciego de todos estos días
Dios del ron del aguardiente y de las cervezas boquiabiertas
Botellas con los cuellos repletos de sueños amarillos
Caracas atolondrada en su cielo borracho
Paris a lo lejos ahogada en su propia alma color vino
Tralalí tralalá agüita dulce bocanada de sustos mañaneros
Desde esta hermosa resaca
Que juega con la marea de adentro

Hola Bukowsky

Dónde aprendiste a boxear así Barfly
Dónde aprendiste la técnica del insomnio
Ese delirio conducido al escaño Hemingway
Al escalón Lowry al rango Dylan Thomas
Te seguimos como perros fieles Charles
Te hacemos estallar en la madrugada urbana
Como el Chino Valera como el viejo Caupolicán o el atarantado Pepe Barroeta
Y los despatarrados pintores Edgar Giménez Emiro Lobo Ricardo Domínguez
Que nos derribaron a patadas limpias y dulces
Con un pie en el estribo directo hacia el abismo
Caídos cada uno con un padrenuestro en la frente
La mariposa de Bukowsky en los labios
Y su verbo feroz cargado de esperanza

Perder

Perder. Perder el tiempo
Perderse en el cruce de caminos
Gastar las horas no remendar nada
No tener tan sólo desear
No poseer tan sólo ocupar un espacio en el camino
O delirar en el patio donde desperdiciamos la brisa ciega
Perder ahí el tren o el andén
Perder la billetera en el abismo del callejón
Perder un amor sublime es esencial para el hallazgo
Para situarse de lleno en la vía que no va a ninguna parte
Perder el sentido
Perderlo todo de un solo golpe

Gabriel Jiménez Emán (Caracas, Venezuela, 1950). Poeta, narrador y ensayista. Obra publicada q.v. posts anteriores.