martes, 22 de julio de 2014

Arthur Rimbaud: El relámpago





Arthur Rimbaud, 1854-1891.




          

















      ¡El trabajo humano! explosión que ilumina
mi abismo de vez en cuando.

      “Nada es vanidad; ¿hacia   la   ciencia, y adelante!,
exclama el Eclesiastés moderno, es decir Todo
el mundo. Y sin embargo los cadáveres de los
malvados y de los holgazanes caen sobre el corazón
de los otros… ¡Ah!  rápido, un poco rápido; allá lejos,
más allá de la noche, esas recompensas futuras,
eternas… ¿las eludiremos?

     –¿Qué puedo hacer? Conozco   el trabajo; y la
ciencia es demasiado lenta. Que la plegaria
galopa y la luz brama… bien lo veo. Es demasiado
simple y hace demasiado calor; prescindirán de mí.
Tengo mi deber, pero me enorgullecería como muchos,
dejándolo a un lado.

      He malgastado  mi vida. ¡Vamos! Finjamos, holguemos,
¡oh piedad! Y existiremos divirtiéndonos, soñando
amores monstruosos y universos fantásticos, quejándonos
y combatiendo las apariencias del mundo, saltimbanqui,
 mendigo, artista, bandido, –¡sacerdote! Sobre mi lecho
de hospital, el olor del incienso retornó a mí tan potente;
guardián de aromas sagrados, confesor, mártir…

      Reconozco en todo esto la sucia educación de mi infancia.
¡Y qué!... Andar mis veinte años, si los otros andan veinte años…

      ¡No! ¡No! ¡ahora me rebelo contra la muerte!
El trabajo resulta excesivamente liviano para mi orgullo:
mi traición al mundo significaría un suplicio demasiado breve.
A último momento atacaría a diestra y siniestra…

       Entonces. –¡oh! – pobre alma querida,
¡la eternidad no se habría perdido para nosotros!





Versión castellana de Oliverio Girondo – Enrique Molina.

lunes, 21 de julio de 2014

O.W. de Lubicz Milosz: La extranjera





O.W. de Lubicz Milosz





























Yo nada sé de tu pasado. Has debido soñarlo.
—Sí, has debido soñarlo, de seguro.
Solo vislumbro tu rostro en la irisación grisácea
                       de la lluvia.
Noviembre sepulta el paisaje. Y mi vida.
Nada sé y nada quiero saber de tu pasado.

Tus ojos me hablan de brumosas ciudades últimas
que no he de ver jamás
y cuyos nombres jamás oiré en tu voz.
Noviembre cae sobre mi alma. Y también sobre
                       la llanura.
Yo te veo, oh desconocida, a través de un tiempo
                       Otro.

Son cosas, desde hace mucho muertas
—¡irremediablemente muertas!
músicas sofocadas, ajadas lujurias.
Podría asegurar que noviembre aguarda tras
                       la puerta.
Veo además vivir en tu pecho aquello que tu
                       corazón olvida.

Lejos, muy lejos de aquí está tu alma. Tu alma
                       extranjera
es una noche de bruma,
de bruma y de llovizna sucia sobre los arrabales,
donde la vida tiene el color frío de la tierra,
donde hay hombres que morirán sin haber
                       conocido el amor.

Tú ya me has encontrado en otro tiempo,
                       ¿recuerdas?
Sí, en un tiempo Otro, tristemente Otro,
en el país de los viejos libros y de las músicas
                       antiguas,
en el azul crepúsculo de una mansión tranquila
con ventanas letárgicas.

El fantasma de los vocablos que ya no recuerdas
o que quizá no pronunciaste
da a tu distante presencia un sentido demasiado
                       singular.
Yo descifro en el libro de tu silencio
tu historia muerta para siempre, aún para ti.

Mi desvaída razón es sólo un anhelo de lucidez,
un día de sol antiguo
sobre el sendero donde tu dicha se encontró con
                       tu dolor.
Quizá todo esto no ha ocurrido jamás,
pero si yo te  lo afirmase, tú te morirías de espanto.

Es cosa triste como día de invierno en los
                       suburbios
donde transita la muerte de la ciudad,
como enfermedad y desconsuelo en una casa de
                       prostitución,
como un ruido de  pasos en una morada extraña,
como el vocablo “antaño” cuando cae la sombra
                       sobre el mar.

Nada quiero saber de tu pasado. Veo
extinguirse el día,
el último día sobre tu rostro, sobre tus manos.
Déjame ignorar dulcemente los senderos
donde supo el azar conducirte hasta mí.

Encuentro otra vez en tus ojos realidades de
                       sueños,
de sueños soñados en un ya viejo tiempo
y visiones abiertas al sol de la vida.
En la penumbra envenenada de la lluvia
diríase que una eternidad concluye.

Yo reconozco en ti a seres misteriosos,
a viajeros con rumbo secreto
encontrados otrora en la bruma de las estaciones
donde todos los ruidos adquieren inflexiones de
                       adioses.

Te vuelves otras veces para mí una atmósfera
                       de feria
con sus luces lloronas y sus relentes
de enmohecimiento y vicio;
con su miseria y con el gozo enfermizo de sus
                       músicas.
Recuerdos de nostálgicos garitos
mezclánse entonces al caos de mi enervamiento.

Si yo intentase salir, si solamente cerrase tras de
                       mí la puerta,
dí, ¿qué harías?
Seria tal vez como si tus ojos no me hubiesen
                       conocido jamás.
El ruido de mis pasos moriría sin eco en la calle
y únicamente podría advertir la noche en tus
                       ventanas.

Es como si debieses abandonarme hoy,
en un de pronto y para siempre,
sin soñar en decirme de dónde vienes ni
                        adónde vas.
Llueve sobre los grandes jardines desnudos;
                         mi alma está aterida;
noviembre sepulta el paisaje. Y mi vida.


Versión castellana  del francés, Lysandro Z.D. Galtier.

Oscar Wladislas de Lubicz Milosz (Čareja, Lituania, 1877-Fontainebleau, Francia, 1939). Poeta,
 novelista y ensayista. Escribió la mayor parte de su obra en francés.


jueves, 17 de julio de 2014

Efraín Huerta: Desencanto al pie de un aparato telefónico






Efraín Huerta, 1981






















Esta Dama de Elche que todas las semanas
me dice que la llame la semana entrante,
de manera que cada semana es en mi leve hundimiento
como una catedral sin asesinatos, un estadio de fútbol
                                     /entre semana,
una nada hecha de ciudades adheridas a un futuro extenuante.

Me digo que así no se vale; que no se puede ni se debe;
que yo la hice bella, doblemente, triplemente bella
hasta la insensatez, para que ahora me salga
con una hilera de semanas como columnas dóricas.

Me revelo a mí mismo que la semana entrante no existe.
¿Existo yo o soy una ventana cerrada a piedra o lodo,
como mi propia, desencantada poesía?
¿Qué existe diariamente, mejor, semanaria y semanalmente?
Una mujer desnuda, un caballo salvaje,
un malentendido, un terremoto; ella, quizás,
existe debajo de mis brazos, como un libro ilegible.

Hembra salvaje, yegua de piedra, hechicera frente de mármol:
hinca las rodillas en un miércoles
y desátame, deshazme de la tortura
de marcar números idiotas y escucharte
decir esta semana de miedo que te llame
la aterradora semana entrante.


Efraín Huerta (Silao, Guanajato, 1914- Ciudad de México, 1982) Poeta. Entre otros títulos publicó: Absoluto amor,1935; Línea del alba,1936; Los hombres del alba,1944; La rosa primitiva1950; Poemas de viaje, 1953; Transa poética;1980;  Estampida de Poemínimos, 1985; Dispersión total,1986.


miércoles, 16 de julio de 2014

Raymond Carver: 2 Poemas






Raymond Carver




 

 

 

 

 

 

 

 

La buhardilla

Su cerebro es una buhardilla donde a través de los años
se han almacenado muchas cosas.

De tiempo en tiempo su rostro aparece
en las pequeñas ventanas de la mansarda de la casa.

El rostro triste de una mujer que ha sido encerrada
y olvidada.


Sala de autopsias

En esos tiempos yo era joven y la fuerza
de diez hombres habitaba mi cuerpo. Para
 lo que mandaran, eso pensaba.
Trabajaba en el hospital en el turno noche
y una de mis responsabilidades
cuando el forense terminaba su trabajo
era la de limpiar la sala de autopsias.
Ellos no tenían horario, algunas veces
terminaban temprano, otras demasiado tarde.
Y, dejaban objetos olvidados en la mesa de trabajo
construida para esas tareas en particular.
Un pequeño bebé quieto como una piedra
y más frío que la nieve. Otra vez un  negro corpulento
 de pelo blanco con el pecho partido al medio
todos sus órganos vitales
en una bandeja a un costado de su cabeza.
 La manguera derramaba agua.
Las luces colgadas del techo encandilaban.
Una vez dejaron sobre la mesa una pierna,
una pierna de mujer, pálida y bien formada.
Yo sabía para qué era la pierna,
en ocasiones los había observado.
A pesar de eso me quedé sin respiración.

Cuando regresaba a mi casa tarde en la noche mi mujer
me decía “Dulce, todo va a salir bien. Podemos permutar
esta vida por otra.” Pero, no era así de fácil.
Ella agarraba mi mano entre las suyas, con fuerza,
yo me reclinaba en el sillón y cerraba los ojos.
Yo pensaba en... cualquier cosa. No sabía en qué.
Yo dejaba que ella llevara  mi mano a su pecho.
En ese momento yo abría los ojos y miraba el cielorraso o el piso,
Entonces mis dedos se arrastraban hacia su pierna, tibia
y bien formada, que ante la más suave caricia temblaba
 lista para elevarse con delicadeza. Mi mente
estaba confundida y cómo decirlo  ¿sacudida?
No pasaba nada. Todo estaba pasando. La vida
era una piedra, moliéndose, tomando filo.  

  

Raymond Carver (1938-1988) Poeta y narrador.

sábado, 12 de julio de 2014

Reynaldo Sietecase: Vou-me embora







































Los poetas vuelan
por lo menos
algunos poetas vuelan
Carlos Miranda
mi amigo vuela

Egoísta
pretendo retenerlo
Tomarlo de la mano
Aferrarlo a la tierra
Se burla del intento
De un Salto se acerca
a Manuel Bandeira
a Drummond de Andrade
a Vinicius

Los poetas vuelan
por  lo menos algunos
Los que tienen de aire la ilusión
Los que saben reír y pensar
Los domadores de anfibios

Carlos  Miranda vuela
se va
y a mí me duele el corazón
la piel
la dentadura
saber de su destreza
de su apasionada levedad
de su infinita tristeza

Nos faltaban caipirinhas
que beber
Abrazos que cruzar
Sambas por descubrir
Libros que disfrutar

Bahiano de Serrinha
Marxista a lo Garrincha
Como Xango celoso
de justicia y verdad
estaba en guerra

Carlos Miranda vuela
mi amigo vuela
atraviesa el cielo azul
de Río de Janeiro
liviano como  el polen
saluda con la mano en alto y dice
Vou-me embora pra Pasárgada,
Lá sou amigo do Rei
Vou-me embora pra Pasárgada
Aquí eu não sou feliz”.

(de  Los Poemas, Ediciones en Danza, 2011)



N.A.:



 “Ya me voy para Pasárgada/ Allá soy amigo del rey/

ya me voy para Pasárgada/ Aquí yo no soy feliz”



Manuel Bandeira


Reynaldo Sietecase (Rosario, Santa Fe, 1961) Poeta, narrador, cronista y periodista. En poesía ha dado a conocer los siguientes títulos:  Y las cárceles vuelan  (1986); Cierta curiosidad por las tetas (1989); Instrucciones para la noche de bodas (1992); Fiesta rara (1996); Pintura negra (2000); Hay que besarse más (2005); Los poemas (2011).



Juana Guaraglia: Inauguración muestra.


Presentación: Poesía Completa, Javier Adúriz.


domingo, 29 de junio de 2014

Washington Benavides: A medida que puja…




Washington Benavides
























El señor tiempo tratando, inútilmente, de encontrarnos, Macedonio, más debo recurrir a la dispersa bibliografía sobre sus divertidos y patéticos pasos en el Zapallo que llaman Cosmos.

Usted, dispersando con una energía de labrador, su pensamiento. El suyo y el de todos los que alimentaron su cabeza despeinada. ¿Usted siempre fue viejo como lo muestran las fotografías y dibujos que intentan apresarlo? Claro que no.

Cuando usted y otros acólitos del misterio (el padre de Jorge Luis, entre otros) llevaron a cabo (y rabo) la cruzada libertadora del Paraguay; para fundar allí (me imagino) una república socialista utópica, y ante la coalición de ríos serpentarios, bosques del Wahalla y mosquitos como aviones, cedieron el terreno y regresaron a Santa María del Buen Ayre. Allí abandonó la abogacía. Según Ud., ella dijo:”Muchas gracias”.

Anduvo por el litoral de nuestro País, y allí (en Mercedes) conoció a una muchacha llamada Mecha que lo besó: Y,  un caballo que intentó montar en Pocitos lo mordió en el hombro: “Y casi me extrajo de encima. Qué animal paciente: tironeaba y seguía tirando, pero como era tan largo…entre los dos no conseguíamos salir de él.” Sobre su nacimiento, dispersó noticias contradictorias, pero la verdad es “El Universo o Realidad y yo, nacimos el lº de junio de 1874”. Nacer (no París) para Macedonio era una fiesta, tal vez, por ello, juega con nosotros a modificar sus fechas.
Ud. es un gran poeta. Escribió, cuando muere su esposa Elena de Obieta, un poema fundamental. Poema que según el crítico Roy Bartholomew “justificaría un país, una cultura”. Es verdad. Y olvidado durante años en una absurda lata de bizcochos:
                        “No eres, Muerte, quien por misterio
                                   Pueda a mi mente hacer pálida
                                   Cual eres. ¡Si he visto
                                   Posar en ti sin sombra el mirar
                                                                       De una niña!”
Y a la par, escribía: “Un paciente en disminución”, apólogo feroz, que
como otros Pasajes, integran el cauce sin cauce de la novela “Papeles de Recienvenido”: “El Sr Ga había sido tan asiduo, dócil  y prolongado   paciente del Doctor Terapéutica que ahora ya era sólo un pie….”
Desde muchacho lo leí. Vaya a saberse cómo!
Llegó a mis manos su libro de Poemas, editado en México, Editorial Guarania. Colección Nezahualcoyotl, 1953.
Y como dice su más adelantado discípulo (Borges) Ud. reunía, a los hermanos Dabove y a Jorge Luis, en una Confitería de la calle Jujuy, y allí ,como otros grandes maestros del pensar, su conversación bailaba del tango al Yo y al Idealismo.
Aquel muchacho del Norte que lo leyó como a una Nuevas Escrituras descubiertas, lo siguió leyendo y lo lee, hoy, con 84 años sobre el lomo. Sigue Ud. siendo un buen compañero de camino, vayamos a Santiago o Canterbury, al Bar de Guillama o al Estadio Centenario.
Y si revuelvo mis papeles en una lucha similar a la suya con el caballo de Pocitos, siempre lo reencontraré, taimado, lúcido, con su humorismo metafísico y su conclusión que “La Realidad y La Nada comulgan: El Yo, Materia, Tiempo, Espacio, son los faltantes en el mundo.”
Hasta mañana, Macedonio.

(Junio del 2014. Montevideo)

W.B., P.O.R., E.M.
Washington Benavides (Tacuarembó, Uruguay, 1930) Poeta, traductor y músico. Ha publicado, entre otros títulos: Tata Vizcacha (1955); El poeta (1959); Poesía (1963); Las milongas (1965); Los sueños de la razón (1967); Poemas de la ciega (1968); Historias (1970); Hokusai (1975); Fontefrida (1979); Murciélagos (1981); Finisterre (1985); Fotos (1986); Tía Cloniche (1990); Lección de exorcista (1991); El molino y el agua (1993); La luna negra y el profesor (1994); Los restos del mamut (1995); Moscas de provincia (cuentos, 1995); Canciones de Doña Venus (1998); El mirlo y la misa y Los pies clavados (2000).
Entre  los autores que ha traducido se cuentan: Guimarães Rosa, Oswald de Andrade, Carlos Drummond de Andrade y Affonso Romano de Sant’Anna.
Sus poemas y canciones han sido musicalizados y grabadas por: Alfredo Zitarrosa, Daniel Viglietti, Eduardo Darnauchans, Héctor Numa Moraes, Carlos Benavídez, Los Olimareños y Los Zucará.

Isaac Goldemberg: Poemas.





Isaac Goldemberg






















Casas

Todavía quedaban en la ciudad todas las casas.
Pero lo que menos quedaba era la casa del padre.
Él dijo que guardaría su casa hasta el último día de sus días.
Más tarde, mucho tiempo más tarde,
volvía del destierro para ponerles candado.
Y el hijo, sin que fuese suya, se quedó con la llave.
Tiempo hace que la casa  fue vendida al olvido.
Hoy el olvido tiene su llave, idéntica a la memoria del padre.
Esta será su tranca —dijo— mi memoria.
Más tarde, mucho tiempo más tarde, mudó su casa.
Pónganla aquí —dijo—donde estuvo la casa.


Wayno zapateado de Chepén a Santiago de Chuco


Ay vidita quién pudiera poder toda memoria
De mí de ti de todos nosotros ellos
Quién pudiera ay hacer con los pronombres
saltaran sobre su propia cáscara
Que cruzada de piernas se abriese nuestra vida
Y entrara morado y seco doblando dúctiles campanas
El pene del olvido chichesco y choclo
Ay memoria tan virgen tú en tus encajes blancos
cavando ardiente fosa
Al borde de la carne haces bailar injusta pala
Ay olvido sangre en retroceso imploras
flojamentecuerda  despacios adjetivos
Ay memoria tragaverbos y matapredicados
Háblame olvido cachero de los mudos
Cállate fría memoria de los sordos
¿No son ellos mancos cojos
los que al fuego meten pies y manos y aúllan
lobos por nombrarlos?
El grito primero del olvido nombró al fuego
La memoria dio su primer soplo por borrarlo9
Olvido pisa con taco fino nuestro cajón de muerto
Pañuelo en mano zapatea memoria nuestro clavo más flaco


Isaac Goldemberg (Chepén, Perú, 1945) Poeta, narrador y enayista. Entre otros libros ha publicado: Peruvian blues (2001) ;El nombre de padre (2001) ; Los autorretratos y las máscaras/Self-Portraits and Masks (2002) ; Golpe de gracia (2003) ;Los Cementerios Reales (2004) ;La vida son los ríos (2005) ;Tierra de nadie (2006).