viernes, 18 de abril de 2014

Charles Bukowski: elogio para una gran señora.





Charles Bukowski

















algunos perros que duermen
en la noche
deben soñar sobre huesos
y yo recuerdo tus huesos
y tus carnes
y toda tu belleza
en aquel vestido verde oscuro
y esos zapatos negros
de taco alto
siempre puteabas cuando
bebías,
tu cabello derramándose sobre tu cuerpo
y vos que querías explotar
salirte de aquello que te mantenía
prisionera:
recuerdos podridos de
un pasado
podrido, del que
finalmente
huiste
muriéndote,
dejandome a mi todo este
podrido presente;
has estado muerta
28 años
sin embargo te recuerdo
mejor que a todas
las demás;
vos fuiste la única
que comprendió
la futilidad de los arreglos
de la vida;
todas las demás sólo
se disgustaban por
cosas triviales,
se quejaban
sin sentido alguno
sobre tonterías;
Jane, a vos te
mató
saber demasiado.
aqui y ahora
elevo
mi copa
brindo
por tus huesos
que
este perro
todavía
recuerda
en sus sueños.

(versión Esteban Moore)








lunes, 14 de abril de 2014

Jorge Guillén: Tiempo de espera.




Jorge Guillén


























                                                          ‘Dios te salve, te guié y te dé alas,
                                                           padre polvo que vas al futuro.’
                                                                                                César Vallejo



1

Aquella antigua patria
debió afrontar la gran edad moderna,
que es un “un antiguo error”. Y no lo quiso.

Y emprendió un retroceso violento.
Años atroces, años de fracaso,
de fracaso esencial: una cruzada.

       Tiranía. Bienestar.
       Tantos coches por la calle
       justifican que no hable
       la voz libre de la gente,
       el espíritu viviente.
       Tiranía. Corrupción.

2

Nos sonroja nuestra Historia:
la época del secuestro.
Esa confusión de ideas
alcanza un grado siniestro.
Los criminales se crecen
inspirados por el estro
de la gran Revolución:
“el sumo derecho nuestro.”
Monstruo al fin el asesino,
que es ya fantasma de espectro.

3

                                                          On murder considered as one of the fine arts
                                                                                                                       De  Quincey

Españoles castizos,
absolutistas,
quieren llenar de muertos
sus grandes listas.
Todo muy serio.
Ya no hay lugar más grato
que el cementerio.

4

Muchísimos  asesinatos fueron
imprescindibles
para crear y mantener la base
del poder absoluto: el terror colectivo.

pero el asesinato no es negocio.
El hambre, siempre el hambre.

Tecnócratas al cabo de los años,
ingeniosos tecnócratas
inventaron remedios.

Y ante Dios y los hombres pudo justificarse
todo lo criminal y el poder absoluto.

Razón, la Economía. ¿Lo esencial será eso?

5

La vida avanza plural.
no según rigor de clave.
Inextinto el material.
Tiempo de espera. ¡Quién sabe!

6

¿El vivir de tumbo en tumbo?
“Soñemos, alma, soñemos.”
Inventemos vida y rumbo.

7

Un fondo inquisitorial
      -Disparate-
Y un autócrata moderno
       -No hay debate-
Forman un  solo caudal,
       río Orate
que aspira a ser río Eterno.

8

Y lúcido, pérfido, cáustico,
sin saber de miel ni laurel,
escoge la tabla de piedra
para inscribir: “Me soy muy fiel.”
Nadie más libre. Dictador.
¡Alabado sea el peor!

9

Una agonía muy larga.

En sus concéntricos círculos
una atención general

mezcla iracundias y cálculos,
augurios quizás de paz.

Otra vez asoma el alba.
Los gallos quieren cantar.

10

Muere el tirano, muere el tiranismo.
Los cómplices en duelo se lamentan
y se yerguen, tonantes, militantes,
y cada diez minutos
estalla un cañonazo
con fragor clamoroso,
que resume el terror de aquella historia.

Fragor, terror, final apoteosis
a la desesperada…

11

                                                           Manuel Azaña
                                                            In memoriam

Sucedió.
                 La paz victoriosa
con un  rigor de tiranía
se impuso a los vencidos —siempre.

La tiranía, sí, se acaba.
No hay régimen sin Vencedores.

Aquella guerra, sí, se pierde.

12

Estalló entonces el acontecimiento
después de cuarenta años implacables,
a los cuarenta en punto de la Historia.

Y se irguieron los más pisoteados.
Víctimas respiraron en las cárceles
a los cuarenta en punto de la Historia.

Se estremecieron cómplices solemnes,
crujieron uniformes con sus cruces
a los cuarenta en punto de la Historia.

Sonrieron al   sol los perseguidos,
sus lares restauraron los dispersos
a los cuarenta en punto de la Historia.

Se sintieron felices las palabras,
volaron por el aire más que pájaros
a los cuarenta en punto de la Historia.

Bajo la omnipotencia del Poder,
entre ritos y prósperos negocios
a los cuarenta en punto de la Historia.

¿O eran las cinco en punto de la tarde?
Eran años –cuarenta- fugitivos,
a los cuarenta en punto, punto, punto.

13

                                                  a Víctor Navarro


—¿Qué es una guerra civil?
—Matanza entre discrepantes.
Atención: cada viviente
podría ser fusilado
bajo el mismo crimen, único.
Pude yo también morir.


                                El pueblo español en pie de guerra
                                     contra sí mismo.
                                                            Juan Gil-Albert           

14

Época de gran mudanza.
            Por fin se avanza.
Hay grillos en una olla.
            Todo se embrolla.
De nuevo como otra vez.
             Qué pesadez.
La Historia de esa Península.
              Ínsula, ínsula.
Se ahoga en el agua el pez.

15

El bien y el mal siempre ju8ntos
ofrece el vivir humano.
Distinción capitalísima:
muchos son los incapaces
de asesinar a los hombres.
lector: no has matado a nadie.
Ni yo. Seremos amigos.

16

                                                                  “Ce mot espagnol me plaît à plusieurs visages:
                                                                  ‘Defiéndame Dios de mí.’”
                                                                                                       Montaigne, Essais, 3 XIII.

Lleguemos al momento por fin equilibrado.
Atrévete a decirte, español tan patriota:
                  defiéndame Dios de mí.

Ese eterno proceso en retroceso,
mientras se esperan músicas divinas,
no impide a un corazón lanzarse ileso
tras ti, oh Paz, y lo que tu combinas.

17

Después de tantos años de poder absoluto
fundado en el terror —mata, miente, corrompe—
y tan honda la crisis general de la época,
degradación confusa de todo lo supremo,
desesperados hay con rabia, con desánimo
sin una perspectiva que implique actividad.

Nunca simplifiquemos: nula visión abstracta
sin contacto preciso con las siempre complejas,
distintas realidades y sus contradicciones,
que admiten una ayuda de esfuerzo esperanzado,
hostil a ese abandono del cobarde suicidio.
¿Quién va creando la historia?
                                                         Retroceso no habrá.






Jorge Guillén (Valladolid, 1893- Málaga, España, 1984) Poeta, crítico y docente. Integrante de la Generación del 27. En 1938, durante la Guerra Civil Española, se exilió en los Estados Unidos de Norteamérica donde ocupó una cátedra en el Wellesley College y dictó seminarios en la Universidad de Harvard y en la Universidad de Puerto Rico; hasta su regreso definitivo a España en la década de 1970. Su labor poética fue distinguida tardíamente con los premios Cervantes (1976) y Alfonso Reyes (1977).
Su extensa obra reunida bajo el título de Aire nuestro es una intensa reflexión sobre la naturaleza, la historia y el destino del hombre.  Su obra podría considerarse un único poema, preciso, sencillo y despojado, en el que se destaca una variada intertextualidad, la sátira política y la condena moral. La primera versión de una de las secciones de Aire nuestro, Cántico, quizás la más conocida  y emblemática de su producción fue publicada por la Revista de Occidente en 1928 y constaba de 75 poemas; la final que incluyó 334 poemas fue publicada en Buenos Aires (1950).





     

Manuel Vázquez Montalbán: El Tres.




Manuel Vázquez Montalbán





















Sordas sibilas de saber tan triste
pusísteis plazo de muerte a la evidencia
y condenásteis la vida a no ser geométrica
si acaso una limosna de compasión
nadie sabe tu nombre ni pronuncia tu muerte
ni responden los nombres que musitas culpable
ni rezas palabras que te adueñen del tiempo

sólo cantas perplejo el desordenado horizonte

desorientado fuera de límites
perdida azotea entre el sur y  el mar
entre el norte y la tierra
                                          laberintos de hierro
lunes de guardar cementerios de pan
duro como el agua blanda la sal
si acaso remeros de piedra y afán
tienden estelas que no hay que seguir
buscar una muerte que deja vivir
perdida azotea entre el sur y  el mar
entre el norte y la tierra
                                          laberintos de hierro
lunes de guardar cementerios de pan
el siete no fue una fiesta
                                           el siete es dolor

Canta el petirrojo en diciembre
como en tiempo primaveral
florecen las violetas
aunque está temblando
¿sabes por qué mi amor?

siete los planetas siete
las perfecciones las esferas los niveles
                                                                    celestes
los pétalos de la rosa las ramas
                                                     del árbol cósmico
siete las moradas celestiales
cuatro los puntos cardinales
                                                   tres los ángulos celestes
siete las virtudes teologales
                                                    los colores
del arco iris siete los rayos de sol
seis  son los horizontes y uno el centro
siete iglesias siete estrellas siete dioses
siete sillas siete trompetas siete truenos
siete cabezas siete plagas siete copas
                                                                  siete reyes
siete los agujeros del cuerpo siete
los caminos que salen del corazón
el siete es macho y es hembra
el cuerpo la emoción la inteligencia
la intuición del espíritu la voluntad
el riesgo eternidad
                                 siete
los grados de la conciencia
                                               el siete es dolor


(de Ciudad, Colección Visor de Poesía, 1997)

Esteban Moore-M. Vázquez Montalbán















Manuel Vázquez Montalbán ( Barcelona, España, 1939- Bangkok, Tailandia, 2003 )

viernes, 11 de abril de 2014

Carlos Aldazábal: Poemas.




Carlos Aldazábal



















Eso que fuimos, que seremos


Empiezo por los ravioles:
entonces se hacían los pactos de familia,
los acertijos de mortero
que luego sazonarían las salsas.

La pimienta significaba un estornudo,
y estornudar una plataforma de lanzamiento.

Pero no hace falta llegar a la estratósfera
para saber cuándo empieza otra esperanza,
parecida al ayer pero en futuro.

Es que evoco de nuevo esa molienda,
aquel acto de fe, aquel almuerzo,
cuando los pactos cruzaban Orinocos
                                            ríos de salsa.

Pronto volverás, abuela,
a preparar los ravioles,
moliendo el mismo trigo
                  en el mortero.

Ahí estaré, carne de tus huesos,
cayendo en tobogán al precipicio
donde estarán tus manos para arroparme:

harina entre tus dedos,
satisfecho y feliz de ser servido
en la mesa final donde todo es memoria.


      Kandinsky


La cuestión aquí es la despedida:
un pañuelito que se agita despacio
y una acequia por las mejillas.

Toda despedida es un pequeño luto,
como el negro de tu falda
o aquella tarde de domingo a la luz de la lluvia.

Algo de nostalgia también hay:
no por el pasado, sino por el futuro,
camino perdido entre malezas,
profecía que nunca ha de cumplirse.

Luego está la canción,
sea grillo, vals o chacarera,
candombe, acordeón o pajarito:

ruido impertinente que suena en el cerebro
sin que nadie lo llame,
justo cuando el pañuelo se agita
y las acequias desbordan
la lluvia, tu falda y el domingo.

La canción:

línea de fuga a lo Kandinsky
que pretende elaborar sus teorías
trazando una espiral:

punto en expansión por donde escapa el tiempo. 



      Guacamayo


Tu máscara está pintada como un guacamayo:
eso te hace hablar más de la cuenta, y ese murmullo,
atrapado en la máscara, suele ser encantador.

A veces tu máscara alucina en la noche
como una balada irresistible entonada por hadas.
Otras veces, la presión del rojo la lleva a irradiar
un aire de vergüenza: es cuando yo acepto taparme la cara
con una bolsita de cartón, de ojos pintados y boca sonriente,
ideal para andar por una avenida transitada
                                                        sin ser percibido.

Sé que querés, pero yo no me atrevo a prestarte un espejo.
La ilusión es tan buena que aterra lo real,
como bien lo señala el verde de tu máscara.

Lo único que podría alterar tu escondite
es que tu máscara deje de ser máscara
para ser guacamayo. Y ahí te quiero ver:

vos sin máscara con una bolsita de cartón tapándote la cara,
paseando por la avenida con un guacamayo al hombro:
un aterrador efecto de realidad.

Pero por ahora tu guacamayo sigue siendo máscara
y te protege, incluso cuando caminás con ojos enamorados
y todas las bolsitas de cartón de la avenida
                                                se dan vuelta para señalarte.

Esto es cosa sabida:

no basta un arco iris para tapar las nubes
ni una bolsita de cartón para morir
                           con la sonrisa en la boca.

Por ahora tu guacamayo es tu máscara,
                                 y basta esa certeza.


Escuchando a Lou Reed


La canción de las cenizas
desgarra el aire con sus lamentos:
prédica de lo que será, de lo que fuimos.

Afino la sintonía
y la cortina que disimula la nitidez
se desvanece para sacarnos una foto:
vos con tu manía de lo verdadero,
yo con la imaginación de una vejez perfecta.

Cuando la canción de las cenizas se calle
todo volverá a su anestesia,
ilusión de eternidad, espejismo de lo durable.

Pero la canción de las cenizas volverá a sonar
               para acunarnos.

Confundidos en sus notas,
esparcidos en un mar a cuya orilla
arderá la hoguera de unos huesos
                  parecidos a nosotros.


Hamaca


Es que el misterio empieza con una sacudida,
un shock de sombra que estremece la escandalosa iluminación de la escena.
Otra probabilidad es que se sostenga en un zarpazo,
pero para eso el animal interior no debe estar amaestrado.
Al menos, algo de rugido debe conservar,
algo de toro enfurecido por la sangre.

Cuando digo “misterio” no me refiero solamente a tus ojos
o a la obvia pregunta sobre lo invisible,
salvo que lo invisible sea yo para tus ojos,
y ahí no hablamos de misterio, sino de olvido.

No: por misterio me refiero al estremecimiento, al vaivén,
eso que puede ser vals, aunque no solamente,
eso que puede ser sueño para despertar abrupto,
despertar de sirena, por ejemplo,
pero más de Odiseo que de ambulancia,

aunque para Ulises también hubieran sido misteriosos
esos colores rápidos, desatados al vaivén de la marcha,
al ulular de la luz contra la sombra, de la sombra contra la luz
                                  y viceversa.

¿Y si el misterio no empieza?

Eso es lo inexplicable.

Ni sombra, ni luz, ni animal interior, ni esperanza, ni sangre.

Sólo una calma chicha, sobradamente conocida por otros navegantes,
los que anhelaron el misterio antes que el olvido,
                pero recibieron el olvido,
los que esperaron la gotita de sombra en la luz centelleante,
                pero fueron encandilados por el sol:
atados a su mástil, aguardando sus sirenas sin la suerte del griego,
mientras el mar los ahogaba, sin hamacarlos nunca.


Pablo Queralt, Esteban Moore, Carlos Aldazábal
Carlos J. Aldazábal (Salta, Argentina,1974). Publicó los poemarios La soberbia del monje (1996), Por qué queremos ser Quevedo (1999), Nadie enduela su voz como plegaria (2003), El caserío (2007), Heredarás la tierra (2007), El banco está cerrado (2010), Hain, el mundo selknam en poesía e historieta (con ilustraciones de Eleonora Kortsarz, 2012) y Piedra al pecho (2013). Su poesía ha sido reconocida con numerosos premios, incluida en diversas antologías, y traducida parcialmente al inglés y al italiano.


jueves, 10 de abril de 2014

Mario Pera: El emisario de Dyaus Pitar.


Mario Pera



















¿Qué harás, Señor, cuando yo muera?
Soy tu cántaro (¿y cuando me quiebre?)
Soy tu bebida (¿y cuando me agrie?)
Soy tu traje y tu oficio;
conmigo pierdes el sentido.
Rainer María Rilke



Cada mañana,
cada Octubre de feria y procesión
rezos y símbolos sagrados evidencian que
el hambre y la sed no se marchan con una alabanza,
no te liberan
nunca,
del abrazo desnudo de la muerte.
Allí donde la ira de Dios duerme ahíta
y oscila
como una barcaza que muerde las aguas con frenesí,
dejo reposar tímidamente mi cabeza
deseando pausar tanto dolor,
tanta desolación
que con cada crepúsculo
camina a rastras,
encadenada
bajo el dintel de mi pecho.
¡Oh Padre!, tú lo sabes bien
he sido la oveja más obediente del rebaño,
tu hijo predilecto,
el ángel más pulcro y eficiente;
el canto que arrullaba a los cadáveres
cuando éstos despertaban hambrientos
picoteados por los buitres.
Incluso creé para ti
un paraíso guarecido
al interior de un duro roble,
lavé la sangre que tú esparciste
sobre las baldosas del edén,
¿y qué obtuve?,
¿cuál es mi recompensa?
Una retahíla de nonatos a quienes debo ahorcar
con una cuerda oxidada,
que tensa y estéril
azota las yemas de mis dedos.

Por ello, con cada sol cuento miles de cuerpos
que yacen tendidos en mi patio trasero
clamando venganza,
anhelando ser
la gota de ponzoña que me paralice;
el sable que
me fragmente y esconda
del amor de tus labios.

Es ahora que a ti acudo mi creador,
habiendo rendido mi entereza
permitiéndole descansar
a mi ego de ángel,
¿y cómo te encuentro?,
¿cómo es que me agradeces?
Observándome displicente sobre tu hombro
dándome la espalda y besando
a tu nuevo hijo querido:
Mashit;
y soy yo quien nuevamente
debe decidir la manera de ultimar
a aquellas ánimas sin carne,
y debe ejecutar fielmente
aquello para lo que tú usas finos guantes.
¿Qué he de utilizar entonces?
¿La espada?,
¿la seda?

Tras tantas muertes, ¡Oh Padre!,
puedo decir que por ti soy
hermano de la muerte.

  
Auto de fe

Qué soy que no puedo
separarme de mis huellas
ni despojarme de mi piel
para empezar a vivir en carne viva
este abismo que crece tan ciego
raíz de un arbusto
que se entierra en su muerte
sin saber que fluye
por los otros caminos del planeta
hundiendo su tiempo
en el tiempo de lo divino.

Extraño la vida.
El Pensativo dirá que me escondo tras la sombra
de un caracol hambriento
o tras el andamio                   ampliamente cansado
que mantiene en pie mi cuerpo
y avanza hacia atrás
con el corazón infartado de dolor, pero
toda flama arde por mi fuego
por mi ausencia
y besa conmigo este mundo
que ha nombrado con horror
¡mujeres de alegría tan distinta!
Como aquella que terminó por parirme
sin aceptar el consejo de su propia voz.


     

[sin título]*

(…)

Impedir que la hoja caiga
no como una hoja     
sino como un puñal,
no como un dolor
sino como un grito,
descolgarse como
sangre que brota de los huesos
imagen herrumbrada de un árbol que se hunde hacia sí mismo
que resbala desde su alma y arde,
bosque sin raíz,
caja de lápices que tras el verano
sigue la ruta de los charcos y se ensancha
ensancha
en          san          cha
en un viaje
vertical,
ardor que serpentea en el vacío y no se aleja
como el gemido de un diapasón que en el invierno
endurece la tinta y la palabra en nuestros dedos

Está todo perdido
Incluso este poema
en boca de los hombres

(…)

Y qué decir ahora,
qué dejamos al sendero
que nuestras huellas no evidencian
Qué ocultamos tan necesitados de perdón
entre burdeles, casonas e iglesias,
siempre con el gesto más agrio, más pulcro
y el placer del infiel
arrodillado en su cuerpo
como la verdad que corre
y avanza devastadora
montada sobre la negra voz de los hábitos

Mayor es aquí el dolor que en el mar
por cada cosa que abandoné a mi huida,
por todo lo que dejé caer de mi cabeza
siguiendo mis propias leyes
callado
en el desagüe

(…)

poesía
tierra en la tierra
llaga en la lengua
¿qué busco allí abajo?,
más abajo
¿qué busco?
¿La patria?          ¿El cuerpo?
¿qué nombres vienen de ti con ese hálito asesino?
Padre César
Padre Adán
Padre Westphalen
todos en el vacío del otro
en la humedad del único grito que late en su centro
me atraviesa y,
sin embargo,
el mismo barro imposible que se seca sin final
como el hedor de un sol eterno
que cava su calor apretado en mi frente

(…)

un grito que fue,
que será,
que se encostra en mi garganta y crece
como una estría que se desgarra en el silencio.
Lo diré otra vez,
hierve la tarde en mi ojo de esclavo y cuervo,
pues Lima es un cuervo
y nos desholla
Así se ha hundido esta enfermedad en mi cuerpo
amarrada a mis huesos como una cáscara en salmuera
quilla curva que abre los años y otros tantos días
de estar y no ser
como el aire espeso en el aliento
del orate
y las infinitas voces
que armaron este laberinto de edificios          jardines          plazas
y gente que se atropella, nace y muere entre niebla
nace y crece como raíz que se expande
y nunca se acaba

(…)


* Estos fragmentos pertenecen a un poema río inédito y aún sin título.





MARIO PERA (Lima, Perú, 1981). Escritor, diseñador gráfico y abogado. Ha publicado en poesía Preparaciones anatómicas (2009) y Ruido Blanco (2011) y, en ensayo, Fare l’America or learn to live in it? Italian immigration in Peru (2012). Ha sido editor del sello Magreb.