martes, 12 de agosto de 2014

Juan Luis Panero: Poética


Juan Luis Panero






















                                   –La duse en Piazza Cavour-
                                   (Festival de poetas, Roma 85)


Robert Creeley habla, inteligentemente, de su poesía
y Darío Bellezza despotrica contra los poetas extranjeros
—los invitados a este curioso festival—
mientras afirma la supremacía de los poetas romanos,
o sea de él mismo —pequeña polémica provinciana—.
Pero allí, en el escenario no está la poesía, no lo estará nunca.
La poesía la traes tú, en esta noche tórrida de final de julio,
sin saber nada de mí, ni siquiera que escribo,
sentada a tus ochenta años, con el pelo cuidadosamente teñido,
tus medallones, tu pequeño gato en una jaula
y tus manos al aire recitando a D’Annunzio,
en la terraza de este bar desierto de la Piazza Cavour.
Sé que esperas, mientras me cuentas hermosas mentiras,
que te pague esta copa, que te regale unas liras,
lo que no sabes, no lo sabrás nunca,
es hasta que punto me has hecho feliz.
“Me decía D’Annunzio”, repites, inventas, recitas
y se escuchan sus versos en la plaza en silencio,
mientras el camarero retira ya las mesas.
Fingida Duse de esta noche loca,
mascarones de proa, riéndonos tú y yo,
sin querer me has traído, de verdad,  la poesía,
con su mezcla de fábula y  sueño, de fantasmas y fracaso,
con su oscura verdad que nunca se define.
Fingida Duse, muchas gracias por todo,
brindemos por D’Annunzio esta última copa,
ahora que se pierde en el aire el eco de tu voz
y a través de los árboles llega un poco de brisa.
Que nuestras voces roncas de tantas carcajadas
y tu rostro de magia, de pasión y de farsa,
nos expliquen un poco este absurdo destino,
este extraño conjuro que afirma que aún vivimos.

(de Galería de Fantasmas)

Juan Luis Panero (Madrid, 1942-Gerona, España,2013) Poeta,  periodista y antólogo. En 1997 se publicó en Barcelona su Poesía Completa.

sábado, 9 de agosto de 2014

Luis Bacigalupo: Poemas



Luis Bacigalupo


























PALOMAR


                             En el mundo que se deshace, lo que él quisiera salvar

                                        es lo más frágil: ese punto marino entre sus ojos y el

                                       sol poniente.



       Italo Calvino

I

No nos satisfacen con sólo mirarnos,
son mujeres de un lunar azul en las comisuras.
Esperamos de ellas ansias y resolución,
una espera inquieta contenida bajo la lengua,
en el ombligo escarnecido de la infancia.
Es lo ya vivido en una existencia que aún
no ha tenido lugar
y no se puede explicar sino por el torso de un idiota
que se babea yendo y viniendo sin intención
de dejarse domesticar el sexo.

El vientre hundido bajo la pendulación del dios
que lo atrae y lo repele en su ineficacia
insiste en formular la pregunta acerca
del vacío ontológico de sus tripas.
Mas
a la sombra de una emanación se duerme,
es su deber,
y ello lo impele al conocimiento
como a la sombra del árbol del despierto.

Hay vacío y escarpaduras y un abismo sin forma
y la palpitación de un corazón desposeído,
la impronta de una deriva de fe.

Los espíritus moderados no están sujetos
al sufrimiento que deja el vivir en el morir.
La rueda incesante, la carne rosada,
el saber dogmático pero apetitoso.
Estos mismos espíritus no ingieren habas
que no guiados por un principio pitagórico,
escatológico.

Es momento de beber incorregiblemente
y disipar la acritud de la miel,
mudar el gesto inconveniente y permanecer
embriagados en dios
en el reflujo nocturnal que no tiene por causa
un manjar misógino ni la supresión gradual
de los apetitos.

Ser eso, y no la indigente copia de una vulgaridad
y eso otro
en la indolencia de arrastrarnos sabiéndolo hacer
y haciéndolo naturalmente,
espontáneamente.
No basta sólo con saberlo,
es el hacer en el estar al punto
de dejarnos morir en el vivir,
en el anonadamiento de un vivir hueco,
de un vivir en la extinción del reptil
que ya jamás habrá de cambiar la piel
habiendo sido eso, y apenas eso.


II

Del modo en que nos retiramos de las cosas
así permanecemos en ellas toda vez que regresamos.
Y en el amor, que es un estar en el corazón
y asirse a una corriente de quietud
y reflejarse
como en el espejo translumínico de esta noche
que retorna bajo el impulso de un clamor,
se refleja un resto de día.

Despejado el destino
se vislumbra al fin la aurora que carece
de color y aspira a una expansión
que la niegue,
que no se aferre al porvenir
como la mano al puño, que es su potencia
y su debilidad.

En el laberinto de los sentidos nos perdemos
mientras nos quede algo de disolución
y esa ignorancia ignota del sabio
siempre más perspicaz que el tonto que ignora
su necedad.

Entonces,
no estábamos justamente allí,
de pie, en la orilla, junto al señor Palomar
que miraba y todavía mira una ola.



SER OLA


Resiste ola el instante de tu muerte
los labios que sellan tu resignación
las faldas del humor alzadas
sobre un deseo que no ha llegado a nacer.

Resiste sin resistir tu impulso
en la imperiosa quietud de tu impulso.
Resiste el rumor supremo de tu espuma
la disparidad de tus formas volubles
en su inminencia, estallido y declinación.

Se es ola toda una existencia
estallada en su duración.

Entre un abrir y cerrar de ojos está la eternidad.

Felicidad
o brisa apenas suspendida
en la aspersión de la sal.

Que así sea y
también
que así deje de ser.



EL CÍRCULO ENCANTATORIO


Estamos a oscuras
porque conviene a quienes aún creemos permanecer
en vista de que la luz decolora las telas.
Permanecer sedentes en el amor
porque además conviene a la oscuridad
si es que alguien ha de morir de ella
o de una permanencia en vías de cambio.

Mal suena en el seno insonoro del sueño
exhortarlo por encima del hombro,
allí, donde un discurrir degrada la noche en nombre.

Conviene
al deseo de quienes aún creen en el amor
todo en vista de que la luz decolora las telas
los pliegues del cuerpo han de permanecer así
porque conviene también a la oscuridad
análoga a una permanencia en vías.

En cambio
mal suena en el seno insonoro de la garganta
exhortarlo por encima del hombro
cuando discurre un sueño sin emisión.

Rueda una meditación sin manillar.
Rueda y declina. No,
no se resiste. No es una templanza
suspendida en la hora que cae
sobre el tejado de un mundo sin testigos.
Yermos
concedidos a petición de unos muertos
para cultivar el rosal protervo de la repetición.

Porque conviene que el alma permanezca a oscuras
en vista de que la luz insonora de las telas
declina bajo un risible discurrir.

Victoria, victoria del amanecer.
No ha logrado la noche sofocar la luz que decolora
el porvenir
bajo la hora que cae sobre los tejados rotos.
La letra rota. Dónde. Estando ya lejos de aquí,
ya demasiado lejos de allá.
Y aunque prosiga estando mucho más lejos aún
propiamente en la prosecución del eco,
en el círculo encantatorio del eco...



REPORTA UNA DICHA AMARGA


La autoridad de un cuerpo desmembrado
en la vorágine del giro alienado,
en la encrucijada paralizante
cuando doblar la esquina no es posible
no es permeable a la verdad
resulta, digamos, permutable.

Cuando
al incorporarnos del sofá dejamos
de ser quienes entonces fuimos
mucho antes aun de apoltronarnos
en él.

Se dio así, debida, indebidamente
pero nadie ha caído en la cuenta
sino más tarde que temprano
entre el antes de dormir y el después
precisamente de ello.

Caídos de bruces al piso braceando
entre el antes y el después.
De la cama precipitándonos,
zahiriéndonos las rodillas al trepar
en forma perpendicular a la trinchera
para no morir,
la cobarde dicha a salvo
y el pellejo, sí,
de toda esquirla,
luego,
quiera Dios no vuelva a ocurrir.


AMOR A LAS FORMAS


Enteramente las formas se esparcen
a dado el caso aparecen cuando
nada dice que fuera a ocurrir lo contrario

alegría de un fatigoso viaje que
sedienta muere
por haber muerto en otra vida

todo cuanto se quiera y mucho más
ay dolor
ay verdad no menos dolorosa
de esta suerte avergonzada
dulce renta
anhelada hasta morir
osar amar
iseo
dolor ardor
verdad si cruenta
transida

luna amanecida en el erial
tan por encima del sol
y tan por debajo de mí
vida
con sus remedos de luz
y sus defecciones

cuando el sol que asoma
su rubor
en mí muere
con la alegría
de una alegoría ínclita.


POR UN ARTE SENTIMENTAL


Dudo que las osamentas de los perros luzcan
piedras preciosas.

En un baldío a la sombra de un nogal
bajo la misericordia cristiana de las horas
no he visto más que moscas.

Perlas viciosas en el escote trasero de un arte
cuyo fuego fatuo destella en su noche más inspirada.

Es razón del juego artero y su farsa combinatoria
propiciar la astucia de eludir lo equino del pescante
por inspiración y por resaca
ya que viene a quedarse entre los vivos
de pagarse rescate poco antes de morir
en el retrete de una representación que parodia
un retablo.

Perro de riña con el corazón pulido como azogue
y los dientes  partidos en medio de una diatriba
sin torneo ni retorno.

Pulsado en el fuera de sí y del mundo
pimpollo
es un primor pertenecer a él
aunque me pertenezca en su rotación y
traslaticia traza humana
mundana delicia de un orbe a secas
antediluviano.

Repetir no
yo no repito
desde una visión del mundo planisferia
cuyo digno rollo puede ser retirado del armario
de la dirección donde
he pasado las horas más perturbadoras de mi infancia
siempre
en muy grata compañía.


LOS HAMBRIENTOS


En ese campo pastan los hambrientos
con la caída del sol, bajo las estrellas,
cuando despunta el alba, encendidos
por el filamento del mediodía,
pastan allí en todo momento, fatigados
pero sin claudicar, pastan incluso cuando la
extenuación los echa en tierra y el sueño
los sume en un lago muerto.

Así son los sueños de los hambrientos
que no cesan de pastar.
Carecen de memoria de saciedad
por lo que abundan en un hambre eterna.

Es un campo rico en pastos blandos
y pastos duros
pero los hambrientos no hacen distinción.

Los pastos de ese campo crecen
en igual proporción en que son cortados
por la voracidad hambrienta de los hambrientos.

El pasto allí nunca escasea.
Que se den por contentos los hambrientos
(jamás por satisfechos)
y que pasten por siempre en paz.
El buen pastor vela
por realización sempiterna de sus pasturas.


ZORZAL


Cabe la posibilidad de no morir ahora
que suena esta obra de Part.
Pero también la de morir lenta o súbitamente.
Dormirse. Serenarse. Disolverse.
Cabe la posibilidad de no escucharla
esa obra de Part,
en todos sus
aspectos. Sus murmullos,
sus fraseos,
los balbuceos de un propósito feroz.
Oír atento o adormecido
pero concitando indistintamente
la apertura a un silencio del cual
nada convenga agregar ni quitar.
Puede que una aceptación,
acaso tampoco eso.

Pero la negación de esta obra de Part
es una entre tantas posibilidades
de morir o no hacerlo sino diferida,
postergadamente.
La audición de la negación de esta
obra de Part
me conduce a Pergolesi.
Su espectro inaudito alcanza
una extensión imposible de discernir
en todos sus aspectos.
Pero siempre cabe la posibilidad de
no escuchar una sonata de Bartók
y optar por la Sinfonía Simple de Britten
o el canto de un zorzal.


Luis Bacigalupo nació en Buenos Aires en 1958. Es poeta, narrador y editor. Ha publicado en poesía Trogloditas (1987), Yo escribía un poemita (1988), El relumbrón de la claraboya (1989), Madagascar (1989), Las purpurinas (1989), El océano (1992) y Elíptica del espíritu (1995); en narrativa, la novela Los excomulgados, precedida por La deuda (2000).



sábado, 2 de agosto de 2014

Dionisio Ridruejo: 2 Poemas




Dionisio Ridruejo






















Una Carta

Existen estadísticas. Sabemos
cuántos  corazones humanos se paran por minuto.
Y vivimos  en paz. También al nuestro
le llegara su hora.
Pero estamos metidos en el salón de  espejos
donde el mundo se hace.
En cada espejo afirma y nos afirma
y lo afirmamos. Cuando alguno quiebra
o se desluce repentinamente,
hay un largo vacío de tiniebla
como cuando la luz se apaga en un discurso
y lo disuelve.
Ha llegado la hora y no ha llegado.
El espejo abolido abre otra galería
que da hacia lo irreal y el mundo queda
como suspenso. Pronto reanuda
su imperio. Están los otros y hasta alguno
nuevo para volvernos al oficio
que no consuela lo que pierde.
Porque quedamos empañados, vueltos,
en un vapor de niebla,
hacia la galería tan profunda como el dolor,
tan rica de fantasmas como la vida misma
ya casi por entero desovillada en nuestros pasos.
Caminando por ella,
recreando sus escenarios con relieve sordo,
se va embotando lo que fue punzante
como la sobrecarga del latido
que se abulta en la soledad del sufrimiento
y se hace ya desgana de volver al presente.
Se endulza a más dolor,
a dolor apiadado,
volviendo la cabeza con los ojos llovidos,
llevándonos a hablar con nuestros muertos.


El Miedo Americano

La noche imaginada
es porosa y con bocas
de Colt y parpadeos
de ojos tácitos. Tiene
sus casas recogidas en madera
de desierto con perro. Y hay crujidos
de arboleda  y serpiente
en un acecho negro.
¿Es verdad? ¿El cuchillo,
la bala, el puño sordo,
el grito de muchacha violada
que expira, el paseante hecho despojo
y ahorcado  con su   cinto,
los millones de manos, de pupilas,
de pasos redoblantes, de centellas
con sangre, son del  sueño?
Era día    luciente
y un tumor cerebral atado a un rifle
subió  ala torre y explotó dejando
media milla de muertos.
El motor que hace pausa y roba al niño
necesita la luz. Voy caminando
por esa esponja del terror unido
al “¡Qué más da!” que traigo
desde lejos, incrédulo.
No veo más que brazos
de árbol amigo y luz en lejanía,
y solo escucho las respiraciones
sosegadas llegando por un aire
de perfume y caricia
que sostiene las pálidas estrellas.



Dionisio Ridruejo (Burgo de Osma, Soria, 1912-Madrid, España, 1975) Poeta y cronista. Publicó en poesía: Plural y singular, 1935; Primer libro de amor,  1939; Poesía en armas,  1940; Fábula de la doncella y el río, 1943; Sonetos a la piedra, 1943; En la soledad del tiempo, 1944; Poesía en armas, 1944; Elegías (1943–1945), 1948; Hasta la fecha (Poesías completas), 1962; Cuaderno catalán,  1965; Casi en prosa,  1972; En breve, 1975.

martes, 29 de julio de 2014

John Berryman: Algunos Cantos del Sueño y El Destino de Henry






John Berryman (1914-1972)



    





















1

Henry malhumorado  ocultó      el día,
sin calmarse Henry mostró su enojo. Yo entiendo
su punto de vista,  un intentar ponerle fin a las cosas.
Era el pensamiento de ellos que pensaban que
 podían hacerlo que transformaba a Henry en maligno y lejano.
Pero él debió haber salido y haber hablado.

Todo el mundo como una amante de lana
alguna vez pareció estar del lado de Henry.
Luego sobrevino  un partir.
Desde entonces nada cayó como pudiera o debiera.
No entiendo cómo Henry, abierto  a la fuerza de lado 
 a lado para que todo el mundo lo viera,  logró sobrevivir.

Lo que él tiene para decir ahora es una larga
maravilla que el mundo puede soportar y ser.
Una vez en un sicomoro yo estaba feliz
todo en la altura de su copa, y entonces canté.
Duro contra la tierra firme se desgasta el fuerte mar
y vacías crecen todas las  camas.

4

Llenando su compacto y delicioso cuerpo
con pollo a la paprika, ella me miró
dos veces.
Desfalleciendo con interés, le devolví  hambrientas miradas
y sólo el hecho de su esposo y  otras cuatro personas
impidieron  que me lanzara sobre ella

o caer ante sus pequeños pies gimiendo
‘Sos la más sexy por años de noche
que los ojos aturdidos de Henry
han gozado, Esplendor. Yo avancé sobre
(desesperanzado) mi spumone.  Sr. Bones: rellenado,
el mundo está, de jovencitas que son alimentadas.

—Negro cabello, cutis latino, enjoyados ojos
miran hacia abajo….  el cerdo a su lado    festeja….    ¿Sobre qué maravillas
está sentada ella, allí?
El restaurante zumba.  Ella podría estar en Marte.
¿Dónde salió todo mal?  Debiera existir una ley contra Henry.
—Señor Bones:  la hay.

14

La vida, amigos es aburrida. No debemos decir eso.
Después de todo, el firmamento destella, el gran mar suspira,
nosotros mismos destellamos y suspiramos,
y además mi madre me dijo siendo niño
(repetidamente) ‘Si confiesas alguna vez estar aburrido
significa que no tienes

Recursos Internos.’ Concluyo ahora que no tengo
recursos internos, pues estoy sobrecargado de aburrimiento.
Las gentes me aburren,
la literatura me aburre, especialmente la gran literatura,
Henry me aburre con sus problemas y quejas,    
tan malas como las de aquiles,  

quien ama a las gentes  y el arte intrépido que a mí me aburren.      
Y las sosegadas colinas, y la ginebra, se parecen al tedio
y de algún modo un perro
se ha llevado a sí mismo y su cola considerablemente lejos
dentro de las montañas o el mar o el cielo, dejando
atrás:  a mí, truhán.  

     1- En minúscula en el original, minimizando la alusión al hijo de Tetis y Peleo.

 
 46

Yo estoy, afuera. Un pánico increíble reina.
La gente a los puñetazos  aporreándose unos a otros sin misericordia.
Los cocktails están hirviendo. Helados
cocktails están hirviendo.  Cuanto peor  se sienta alguien, lo peor
tratado será. Los tontos  eligen tontos.
Un hombre inofensivo en un cruce de calles susurró: “¡Cristo!”

Esa palabra, así hablada, afectó la visión
de, cuando  al día siguiente cuidando el paso se dirigen al trabajo, tenderos
que fueron y les fueron recetados  anteojos.
Disfrutaron ellos entonces una apariencia de amor y orden.
El sonido y el olor del milenio flotando en el aire —uno, uno—eh, eh…
Sus anteojos les fueron quitados, y ellos vieron.

El hombre ha emprendido la más trascendental de las labores,
son fin.1 Buena suerte.
Yo mismo caminé en el funeral de la ternura.
Siguieron otras muertes. Entre las últimas,
como la memoria de un hermoso coito,
fue: Do ut des .2

[1] Su final.
2  Doy para que des.

67

No opero con frecuencia . Cuando lo hago,
las personas toman nota.
Las enfermeras muestran su asombro. Ellas pálidas.
El paciente es devuelto a la vida, o algo así.
La razón por la que no hago esto más a menudo (yo cito)
es:  tengo un vivir para fracasar —

debido a mi mujer e hijo — para mantenerlos alejados de mi salario.
-Mr. Bones, eso yo lo veo.
Ellos por estas cirugías sólo le agradecen a Ud. ¿qué?
no le pagan las  —Correcto.
En pocas ocasiones ha sido Ud. tan comprensivo.
Ahora existe  asimismo una dificultad con la luz:

Yo estoy obligado a realizar en la completa oscuridad
cirugías  extremadamente delicadas
sobre mi yo.
—Sr. Bones, Ud. aterroriza a mí.
No es de extrañar que no le paguen. ¿Habrá de morir Ud.?
—Mi
                    amigo, más luego tuve éxito.

El destino de Henry

Todos los proyectos fracasaron, en la tarde de agosto
estaba acostado y se maldijo y maldijo a los suyos
como lo hizo el muchacho de Housman.1
Una brisa a veces llegaba allí. La quemadura de sol producía comezón.
Su esposa había salido a hacer los mandados. Suspiro y se rascó.
Las niñas pequeñas estaban jugando con el teléfono.

Ellas querían dulces, los que él les dio.
Su alma entera se retorcía con la flema.
El sol se quemaba descendiendo.
Fotografías suyas desesperado inundaron el pueblo
o ciudad. Guardó luto por sus muchos amigos, o algo así..
Las niñas pequeñas estaban jugando con el piano.

Aplastó el cigarrillo apagándolo.  Lo aplastó a él apagándolo
sorprendiendo a Dios, al fin, en un parpadeo de tiempo.
Su alma fue enviada.
Adressat unbekant.2 Las niñas pequeñas  con un grito
le dieron la bienvenida  al deslumbrante paquete. En rima oficial
el veredicto oficial fue: fallecido.

[1] Alusión a El joven de Shropshire, de A.E. Housman.
2  Dirección desconocida.

(Versión y nota Valeria Malrossa-Esteban Moore)
  

John Berryman nació en 1914 y murió en 1972. Se suicidó arrojándose desde el puente de la avenida Washington que atraviesa el  río Mississippi conectando las llamadas ciudades mellizas de Minneapolis y St. Paul, en el estado de Minnesota. La crónica del suceso publicada en diversos periódicos locales da cuenta de algunos pormenores y opiniones acerca del hecho: “Berryman no cayó en el agua, lo hizo sobre la base de una las columnas que sostienen el puente… es extraño pero sus anteojos permanecieron puestos… no murió en el acto… seguramente no supo elegir el sitio desde donde lanzarse hacia las aguas, como lo han hecho otros suicidas”. Su muerte es el último capítulo de la vida de un hombre que se propuso una renovación de la poesía contemporánea en lengua inglesa.
Luego de finalizar sus estudios secundarios se inscribió en la Universidad de Columbia, Nueva York, donde bajo la guía del poeta y crítico literario Mark Van Doren (1894-1972) se vuelca decididamente hacia la creación poética, publicando sus primeros poemas en importantes medios como el Columbia Review y The Nation. Se graduó con honores y se trasladó a Inglaterra, donde en la Universidad de Cambridge se sumergiría en la tradición literaria inglesa, particularmente en la obra de William Shakespeare. Allí conoció a T.S. Eliot, Dylan Thomas, W.B. Yeats y  W.H. Auden. Años más tarde reconocería que tanto Yeats como Auden fueron figuras importantes en el desarrollo de su propia poética.
En 1939 comenzó su carrera docente  en la Universidad  de Wayne (Chicago, Illinois),  fue editor de poesía en The Nation y reunió sus primeros poemas, que fueron incluidos en  Five Young American Poets (1940). Posteriormente  publicó Poems (1943) y The Dispossesed (1948) que obtuvo el premio Shelley, otorgado por la Sociedad de Poetas de América. En los años siguientes Berryman  publicaría una biografía psicológica: Stephen Crane (1950) y se establecería como un referente crítico y académico. Escribió sobre  la obra de William Shakespeare, Henry James, F. Scott Fitzgerald,  Robert Lowell,  Christopher Marlowe,  Monk Lewis, Walt Whitman, Theodore Dreiser,  Saul Bellow y Ezra Pound.
La revista Partisan Review da a conocer en 1953 su extenso poema dedicado a la poeta puritana de la época colonial norteamericana Anne Bradstreet (1612-1672): Homage to Mistress Bradstreet, reeditado en un volumen individual en 1956. Este complejo poema consta de cincuenta y siete estrofas de ocho versos rimados cada una, y está dividido en cinco secciones: la invocación a la poeta muerta, un monólogo de la poeta, un diálogo entre Berryman y la poeta, un segundo monólogo de la poeta y finalmente el cierre del poema en la voz de Berryman. La crítica celebró este texto augurando que posibilitaría nuevos rumbos para la poesía norteamericana; el poeta y crítico Robert Fitzgerald lo consideró el poema de su generación; otros sostuvieron que a partir de este libro Berryman se había convertido en una de las figuras centrales de la literatura de su país.
John Berryman, que ya  había recibido diversos reconocimientos, entre ellos el premio del National Institute of Arts and Letters (1950) y una beca Guggenheim (1952), dictó en estos años clases en las universidades de Washington, Cincinnati y en el programa de poesía de la Universidad de Iowa. De esta última institución fue exonerado sin honores debido a sus recurrentes borracheras y varios arrestos por perturbar la paz pública. Sin embargo, su  alcoholismo no le impidió ser, en las palabras del poeta Philip Levine, un profesor “brillante, intenso, articulado”. También, durante breves períodos, trabajó en las Universidades de California (Berkeley) y en la de Brown (Rhode Island).
Desempleado debido a su alcoholismo su suerte parecía echada. Sin embargo, sus amigos el novelista Saul Bellow y el poeta y crítico Allen Tate intercedieron ante las autoridades de la Universidad de Minnesota en Minneapolis, consiguiéndole una cátedra en el departamento de Humanidades. Tate había solicitado para él en primer lugar una posición en el departamento de Literatura. No obstante,  éste le habría sido negado debido a las discrepancias que otros ‘profesores-poetas’ mantenían con Berryman en el campo de la creación poética. La mudanza a la ciudad de Minneapolis reviviría dolorosas circunstancias que lo atormentarían durante toda su vida adulta,  producidas por el suicidio de su padre, quien  había nacido allí.
Es en  Minneapolis donde  comienza a escribir Los cantos del sueño (The Dream Songs). Este  poema largo,  considerado así por el propio autor, que con el tiempo llegará a sumar 385 partes, es un rotundo punto de inflexión en su obra, una divisoria de aguas que lo distancia de su anterior formalismo. En 1964 se publicó la primera serie,  titulada 77 cantos del sueño, que causó cierto revuelo en los medios literarios. En la ocasión Berryman confesó que su modelo fue otro gran poema norteamericano, el extenso Canto a mí  mismo de Walt Whitman. 
Los cantos del sueño formulan una poderosa declaración contra el lugar común, en primer lugar de la poética tradicional, de la idea implícita en la lírica de la existencia de una voz única. En ellos la voz, el yo poético, se fractura, se multiplica, asume una pluralidad de voces. Entre poema y poema la temática varía, esquizofrenia, psicoanálisis y vodevil; en este proceso una voz es reemplazada de continuo por otra, produciendo, si se quiere, textos ruidosos, volubles y dramáticos.
 La figura central es Henry, a quien no pocos han considerado el alter ego del poeta, opinión rechazada con vehemencia por Berryman. A pesar de ello, el autor no pudo negar que el discurso de su personaje se alimenta de su propia y lacerada personalidad y los temas que lo obsesionaron intensamente: el suicidio de su padre, una libido incontenible, la blasfemia,  el alcoholismo y el psicoanálisis. 
El poema, sostuvo en una entrevista otorgada al Paris Review, “se desarrolla a partir de mis observaciones de las experiencias de Henry, su medio y sus asociados, en parte debido a mis lecturas teológicas.” Henry es un truhán,  un norteamericano de mediana edad que habla de sí mismo en primera, segunda y tercera persona. La comisión de pecados capitales no despierta en él ningún sentimiento de culpa. Debido a ello, su amigo el Sr. Bones, otro personaje central, representando de algún modo lo que podríamos denominar una conciencia social, en ocasiones le llama la atención, intenta corregir su comportamiento. A Henry tampoco le molesta no ser ‘políticamente correcto’, se burla de la poesía amorosa tradicional,  parodia distintas costumbres establecidas, y como un Al Jolson de la poesía, imita el modo de hablar de la comunidad afroamericana; cuestión que muchos relacionaron con una forma oculta de racismo. Asimismo, Berryman utiliza diversos aspectos de los estereotipos del teatro de variedades, elementos de la alta cultura y de la cultura popular, del blues y del jazz, para definir el tono y la prosodia de su personaje.
En 1968 dio a conocer Su juguete, su sueño, su descanso (His Toy, His Dream, His Rest). Este volumen culmina el ciclo de Los cantos del sueño y fue reconocido por su desenfado con el premio Bollingen y el National Book Award. En su discurso de aceptación de la última de las distinciones recibidas explicó su estilo iconoclasta de la siguiente manera: “Los cantos del sueño son una manifestación de mi hostilidad hacia todas las tendencias visibles tanto en la poesía norteamericana como en la inglesa.”
En la opinión de Robert Lowell Los cantos del sueño son desconcertantes y difíciles de comprender, pero, sentenció, “cuando no te hacen llorar, te harán reír, y eso es una novedad”. Dijo asimismo que Berryman era un exponente típico de su generación, una generación estudiosa, henchida de nuevas convenciones.”
Si bien Berryman compartía con sus contemporáneos la actividad académica y la investigación, su actitud ante la poesía lo diferenciaba de ellos. Él no buscaba el éxito, discípulos o una cátedra universitaria; todo esto le había sido otorgado por lucidez y talento. Las recurrentes crisis nerviosas, las prolongadas internaciones (a razón de una por año en el hospital local) debido a su alcoholismo, no pesaron en el balance general. Tampoco tuvo demasiada importancia la alteración de las buenas costumbres y del orden público, ya sea en la sala de profesores o en los bares de Minneapolis. Quizás porque Berryman perseguía más que el éxito, la portada de una revista o los premios literarios la gloria misma. Y comprendió que para alcanzarla debía hallar una voz, alterar la sintaxis convencional de la lengua, abolir el lugar común e integrar las diversas variantes lingüísticas del habla coloquial. En cuanto a su sintaxis, ésta parece adoptar la fórmula utilizada por los guionistas de ciertas películas como las de  Tarzán o aquellas en las que aparecen pieles rojas, en las que los personajes hablan en una lengua que se pretende primitiva o alteran los  términos del enunciado.
 En su ensayo El hombre de letras en el mundo moderno, su amigo Allen Tate se pregunta qué debería hacer en nuestro tiempo el escritor, y contesta: “…debería reconstruir para su época la imagen del hombre, y debería difundir modelos por medio de los cuales otros hombres puedan poner a prueba esa imagen, distinguiendo lo falso de lo verdadero.” Su mayor responsabilidad, agrega, “… es la vitalidad del lenguaje…distinguiendo la  diferencia  entre la mera comunicación y el redescubrimiento de la condición humana…” Ésta fue la apuesta de John Berryman, que llevó adelante con la colaboración de Henry y el Sr. Bones.