martes, 29 de julio de 2014

John Berryman: Algunos Cantos del Sueño y El Destino de Henry






John Berryman (1914-1972)



    





















1

Henry malhumorado  ocultó      el día,
sin calmarse Henry mostró su enojo. Yo entiendo
su punto de vista,  un intentar ponerle fin a las cosas.
Era el pensamiento de ellos que pensaban que
 podían hacerlo que transformaba a Henry en maligno y lejano.
Pero él debió haber salido y haber hablado.

Todo el mundo como una amante de lana
alguna vez pareció estar del lado de Henry.
Luego sobrevino  un partir.
Desde entonces nada cayó como pudiera o debiera.
No entiendo cómo Henry, abierto  a la fuerza de lado 
 a lado para que todo el mundo lo viera,  logró sobrevivir.

Lo que él tiene para decir ahora es una larga
maravilla que el mundo puede soportar y ser.
Una vez en un sicomoro yo estaba feliz
todo en la altura de su copa, y entonces canté.
Duro contra la tierra firme se desgasta el fuerte mar
y vacías crecen todas las  camas.

4

Llenando su compacto y delicioso cuerpo
con pollo a la paprika, ella me miró
dos veces.
Desfalleciendo con interés, le devolví  hambrientas miradas
y sólo el hecho de su esposo y  otras cuatro personas
impidieron  que me lanzara sobre ella

o caer ante sus pequeños pies gimiendo
‘Sos la más sexy por años de noche
que los ojos aturdidos de Henry
han gozado, Esplendor. Yo avancé sobre
(desesperanzado) mi spumone.  Sr. Bones: rellenado,
el mundo está, de jovencitas que son alimentadas.

—Negro cabello, cutis latino, enjoyados ojos
miran hacia abajo….  el cerdo a su lado    festeja….    ¿Sobre qué maravillas
está sentada ella, allí?
El restaurante zumba.  Ella podría estar en Marte.
¿Dónde salió todo mal?  Debiera existir una ley contra Henry.
—Señor Bones:  la hay.

14

La vida, amigos es aburrida. No debemos decir eso.
Después de todo, el firmamento destella, el gran mar suspira,
nosotros mismos destellamos y suspiramos,
y además mi madre me dijo siendo niño
(repetidamente) ‘Si confiesas alguna vez estar aburrido
significa que no tienes

Recursos Internos.’ Concluyo ahora que no tengo
recursos internos, pues estoy sobrecargado de aburrimiento.
Las gentes me aburren,
la literatura me aburre, especialmente la gran literatura,
Henry me aburre con sus problemas y quejas,    
tan malas como las de aquiles,  

quien ama a las gentes  y el arte intrépido que a mí me aburren.      
Y las sosegadas colinas, y la ginebra, se parecen al tedio
y de algún modo un perro
se ha llevado a sí mismo y su cola considerablemente lejos
dentro de las montañas o el mar o el cielo, dejando
atrás:  a mí, truhán.  

     1- En minúscula en el original, minimizando la alusión al hijo de Tetis y Peleo.

 
 46

Yo estoy, afuera. Un pánico increíble reina.
La gente a los puñetazos  aporreándose unos a otros sin misericordia.
Los cocktails están hirviendo. Helados
cocktails están hirviendo.  Cuanto peor  se sienta alguien, lo peor
tratado será. Los tontos  eligen tontos.
Un hombre inofensivo en un cruce de calles susurró: “¡Cristo!”

Esa palabra, así hablada, afectó la visión
de, cuando  al día siguiente cuidando el paso se dirigen al trabajo, tenderos
que fueron y les fueron recetados  anteojos.
Disfrutaron ellos entonces una apariencia de amor y orden.
El sonido y el olor del milenio flotando en el aire —uno, uno—eh, eh…
Sus anteojos les fueron quitados, y ellos vieron.

El hombre ha emprendido la más trascendental de las labores,
son fin.1 Buena suerte.
Yo mismo caminé en el funeral de la ternura.
Siguieron otras muertes. Entre las últimas,
como la memoria de un hermoso coito,
fue: Do ut des .2

[1] Su final.
2  Doy para que des.

67

No opero con frecuencia . Cuando lo hago,
las personas toman nota.
Las enfermeras muestran su asombro. Ellas pálidas.
El paciente es devuelto a la vida, o algo así.
La razón por la que no hago esto más a menudo (yo cito)
es:  tengo un vivir para fracasar —

debido a mi mujer e hijo — para mantenerlos alejados de mi salario.
-Mr. Bones, eso yo lo veo.
Ellos por estas cirugías sólo le agradecen a Ud. ¿qué?
no le pagan las  —Correcto.
En pocas ocasiones ha sido Ud. tan comprensivo.
Ahora existe  asimismo una dificultad con la luz:

Yo estoy obligado a realizar en la completa oscuridad
cirugías  extremadamente delicadas
sobre mi yo.
—Sr. Bones, Ud. aterroriza a mí.
No es de extrañar que no le paguen. ¿Habrá de morir Ud.?
—Mi
                    amigo, más luego tuve éxito.

El destino de Henry

Todos los proyectos fracasaron, en la tarde de agosto
estaba acostado y se maldijo y maldijo a los suyos
como lo hizo el muchacho de Housman.1
Una brisa a veces llegaba allí. La quemadura de sol producía comezón.
Su esposa había salido a hacer los mandados. Suspiro y se rascó.
Las niñas pequeñas estaban jugando con el teléfono.

Ellas querían dulces, los que él les dio.
Su alma entera se retorcía con la flema.
El sol se quemaba descendiendo.
Fotografías suyas desesperado inundaron el pueblo
o ciudad. Guardó luto por sus muchos amigos, o algo así..
Las niñas pequeñas estaban jugando con el piano.

Aplastó el cigarrillo apagándolo.  Lo aplastó a él apagándolo
sorprendiendo a Dios, al fin, en un parpadeo de tiempo.
Su alma fue enviada.
Adressat unbekant.2 Las niñas pequeñas  con un grito
le dieron la bienvenida  al deslumbrante paquete. En rima oficial
el veredicto oficial fue: fallecido.

[1] Alusión a El joven de Shropshire, de A.E. Housman.
2  Dirección desconocida.

(Versión y nota Valeria Malrossa-Esteban Moore)
  

John Berryman nació en 1914 y murió en 1972. Se suicidó arrojándose desde el puente de la avenida Washington que atraviesa el  río Mississippi conectando las llamadas ciudades mellizas de Minneapolis y St. Paul, en el estado de Minnesota. La crónica del suceso publicada en diversos periódicos locales da cuenta de algunos pormenores y opiniones acerca del hecho: “Berryman no cayó en el agua, lo hizo sobre la base de una las columnas que sostienen el puente… es extraño pero sus anteojos permanecieron puestos… no murió en el acto… seguramente no supo elegir el sitio desde donde lanzarse hacia las aguas, como lo han hecho otros suicidas”. Su muerte es el último capítulo de la vida de un hombre que se propuso una renovación de la poesía contemporánea en lengua inglesa.
Luego de finalizar sus estudios secundarios se inscribió en la Universidad de Columbia, Nueva York, donde bajo la guía del poeta y crítico literario Mark Van Doren (1894-1972) se vuelca decididamente hacia la creación poética, publicando sus primeros poemas en importantes medios como el Columbia Review y The Nation. Se graduó con honores y se trasladó a Inglaterra, donde en la Universidad de Cambridge se sumergiría en la tradición literaria inglesa, particularmente en la obra de William Shakespeare. Allí conoció a T.S. Eliot, Dylan Thomas, W.B. Yeats y  W.H. Auden. Años más tarde reconocería que tanto Yeats como Auden fueron figuras importantes en el desarrollo de su propia poética.
En 1939 comenzó su carrera docente  en la Universidad  de Wayne (Chicago, Illinois),  fue editor de poesía en The Nation y reunió sus primeros poemas, que fueron incluidos en  Five Young American Poets (1940). Posteriormente  publicó Poems (1943) y The Dispossesed (1948) que obtuvo el premio Shelley, otorgado por la Sociedad de Poetas de América. En los años siguientes Berryman  publicaría una biografía psicológica: Stephen Crane (1950) y se establecería como un referente crítico y académico. Escribió sobre  la obra de William Shakespeare, Henry James, F. Scott Fitzgerald,  Robert Lowell,  Christopher Marlowe,  Monk Lewis, Walt Whitman, Theodore Dreiser,  Saul Bellow y Ezra Pound.
La revista Partisan Review da a conocer en 1953 su extenso poema dedicado a la poeta puritana de la época colonial norteamericana Anne Bradstreet (1612-1672): Homage to Mistress Bradstreet, reeditado en un volumen individual en 1956. Este complejo poema consta de cincuenta y siete estrofas de ocho versos rimados cada una, y está dividido en cinco secciones: la invocación a la poeta muerta, un monólogo de la poeta, un diálogo entre Berryman y la poeta, un segundo monólogo de la poeta y finalmente el cierre del poema en la voz de Berryman. La crítica celebró este texto augurando que posibilitaría nuevos rumbos para la poesía norteamericana; el poeta y crítico Robert Fitzgerald lo consideró el poema de su generación; otros sostuvieron que a partir de este libro Berryman se había convertido en una de las figuras centrales de la literatura de su país.
John Berryman, que ya  había recibido diversos reconocimientos, entre ellos el premio del National Institute of Arts and Letters (1950) y una beca Guggenheim (1952), dictó en estos años clases en las universidades de Washington, Cincinnati y en el programa de poesía de la Universidad de Iowa. De esta última institución fue exonerado sin honores debido a sus recurrentes borracheras y varios arrestos por perturbar la paz pública. Sin embargo, su  alcoholismo no le impidió ser, en las palabras del poeta Philip Levine, un profesor “brillante, intenso, articulado”. También, durante breves períodos, trabajó en las Universidades de California (Berkeley) y en la de Brown (Rhode Island).
Desempleado debido a su alcoholismo su suerte parecía echada. Sin embargo, sus amigos el novelista Saul Bellow y el poeta y crítico Allen Tate intercedieron ante las autoridades de la Universidad de Minnesota en Minneapolis, consiguiéndole una cátedra en el departamento de Humanidades. Tate había solicitado para él en primer lugar una posición en el departamento de Literatura. No obstante,  éste le habría sido negado debido a las discrepancias que otros ‘profesores-poetas’ mantenían con Berryman en el campo de la creación poética. La mudanza a la ciudad de Minneapolis reviviría dolorosas circunstancias que lo atormentarían durante toda su vida adulta,  producidas por el suicidio de su padre, quien  había nacido allí.
Es en  Minneapolis donde  comienza a escribir Los cantos del sueño (The Dream Songs). Este  poema largo,  considerado así por el propio autor, que con el tiempo llegará a sumar 385 partes, es un rotundo punto de inflexión en su obra, una divisoria de aguas que lo distancia de su anterior formalismo. En 1964 se publicó la primera serie,  titulada 77 cantos del sueño, que causó cierto revuelo en los medios literarios. En la ocasión Berryman confesó que su modelo fue otro gran poema norteamericano, el extenso Canto a mí  mismo de Walt Whitman. 
Los cantos del sueño formulan una poderosa declaración contra el lugar común, en primer lugar de la poética tradicional, de la idea implícita en la lírica de la existencia de una voz única. En ellos la voz, el yo poético, se fractura, se multiplica, asume una pluralidad de voces. Entre poema y poema la temática varía, esquizofrenia, psicoanálisis y vodevil; en este proceso una voz es reemplazada de continuo por otra, produciendo, si se quiere, textos ruidosos, volubles y dramáticos.
 La figura central es Henry, a quien no pocos han considerado el alter ego del poeta, opinión rechazada con vehemencia por Berryman. A pesar de ello, el autor no pudo negar que el discurso de su personaje se alimenta de su propia y lacerada personalidad y los temas que lo obsesionaron intensamente: el suicidio de su padre, una libido incontenible, la blasfemia,  el alcoholismo y el psicoanálisis. 
El poema, sostuvo en una entrevista otorgada al Paris Review, “se desarrolla a partir de mis observaciones de las experiencias de Henry, su medio y sus asociados, en parte debido a mis lecturas teológicas.” Henry es un truhán,  un norteamericano de mediana edad que habla de sí mismo en primera, segunda y tercera persona. La comisión de pecados capitales no despierta en él ningún sentimiento de culpa. Debido a ello, su amigo el Sr. Bones, otro personaje central, representando de algún modo lo que podríamos denominar una conciencia social, en ocasiones le llama la atención, intenta corregir su comportamiento. A Henry tampoco le molesta no ser ‘políticamente correcto’, se burla de la poesía amorosa tradicional,  parodia distintas costumbres establecidas, y como un Al Jolson de la poesía, imita el modo de hablar de la comunidad afroamericana; cuestión que muchos relacionaron con una forma oculta de racismo. Asimismo, Berryman utiliza diversos aspectos de los estereotipos del teatro de variedades, elementos de la alta cultura y de la cultura popular, del blues y del jazz, para definir el tono y la prosodia de su personaje.
En 1968 dio a conocer Su juguete, su sueño, su descanso (His Toy, His Dream, His Rest). Este volumen culmina el ciclo de Los cantos del sueño y fue reconocido por su desenfado con el premio Bollingen y el National Book Award. En su discurso de aceptación de la última de las distinciones recibidas explicó su estilo iconoclasta de la siguiente manera: “Los cantos del sueño son una manifestación de mi hostilidad hacia todas las tendencias visibles tanto en la poesía norteamericana como en la inglesa.”
En la opinión de Robert Lowell Los cantos del sueño son desconcertantes y difíciles de comprender, pero, sentenció, “cuando no te hacen llorar, te harán reír, y eso es una novedad”. Dijo asimismo que Berryman era un exponente típico de su generación, una generación estudiosa, henchida de nuevas convenciones.”
Si bien Berryman compartía con sus contemporáneos la actividad académica y la investigación, su actitud ante la poesía lo diferenciaba de ellos. Él no buscaba el éxito, discípulos o una cátedra universitaria; todo esto le había sido otorgado por lucidez y talento. Las recurrentes crisis nerviosas, las prolongadas internaciones (a razón de una por año en el hospital local) debido a su alcoholismo, no pesaron en el balance general. Tampoco tuvo demasiada importancia la alteración de las buenas costumbres y del orden público, ya sea en la sala de profesores o en los bares de Minneapolis. Quizás porque Berryman perseguía más que el éxito, la portada de una revista o los premios literarios la gloria misma. Y comprendió que para alcanzarla debía hallar una voz, alterar la sintaxis convencional de la lengua, abolir el lugar común e integrar las diversas variantes lingüísticas del habla coloquial. En cuanto a su sintaxis, ésta parece adoptar la fórmula utilizada por los guionistas de ciertas películas como las de  Tarzán o aquellas en las que aparecen pieles rojas, en las que los personajes hablan en una lengua que se pretende primitiva o alteran los  términos del enunciado.
 En su ensayo El hombre de letras en el mundo moderno, su amigo Allen Tate se pregunta qué debería hacer en nuestro tiempo el escritor, y contesta: “…debería reconstruir para su época la imagen del hombre, y debería difundir modelos por medio de los cuales otros hombres puedan poner a prueba esa imagen, distinguiendo lo falso de lo verdadero.” Su mayor responsabilidad, agrega, “… es la vitalidad del lenguaje…distinguiendo la  diferencia  entre la mera comunicación y el redescubrimiento de la condición humana…” Ésta fue la apuesta de John Berryman, que llevó adelante con la colaboración de Henry y el Sr. Bones.









lunes, 28 de julio de 2014

Charles Simic: Belleza



















Te lo estoy diciendo, esta era la cosa real, la misma que ellos
echaron a patadas de la Estética, le dijeron que no existía.
O sí, inocente criatura, indefinible, inefable, y tantas otras cosas.
 Me gusta tu delantal negro, tu nuevo peinado de muchacha china. También
me gusta dormir la siesta, el vino bien enfriado, la reyerta entre  filósofos.
               Qué alegría, que felicidad nos das cada vez que  estirás tu cuerpo
sobre el mostrador para agarrar nuestro dinero, así podemos atrapar  el aroma
de tu aliento. Has estado comiendo galletas con sésamo y salame con ajo,
divina criatura.
                Cuando escuché al viejo Plotino decir algo acerca de que “cada alma
deseaba poseerte”, le respondí con una mirada obscena y me fui corriendo
 a casa para desenvolver y besar el rosado jamón que cortaste para mí con
tus propias manos.


Charles Simic (Belgrado, Yugoslavia, 1938, actualmente, Serbia)   Poeta, ensayista y docente universitario .Emigra a Estados Unidos en 1954.  En el presente un importante representante de la poesía a en lengua inglesa, a la que le suma un bizarro y extraño humor.  

martes, 22 de julio de 2014

Arthur Rimbaud: El relámpago





Arthur Rimbaud, 1854-1891.




          

















      ¡El trabajo humano! explosión que ilumina
mi abismo de vez en cuando.

      “Nada es vanidad; ¿hacia   la   ciencia, y adelante!,
exclama el Eclesiastés moderno, es decir Todo
el mundo. Y sin embargo los cadáveres de los
malvados y de los holgazanes caen sobre el corazón
de los otros… ¡Ah!  rápido, un poco rápido; allá lejos,
más allá de la noche, esas recompensas futuras,
eternas… ¿las eludiremos?

     –¿Qué puedo hacer? Conozco   el trabajo; y la
ciencia es demasiado lenta. Que la plegaria
galopa y la luz brama… bien lo veo. Es demasiado
simple y hace demasiado calor; prescindirán de mí.
Tengo mi deber, pero me enorgullecería como muchos,
dejándolo a un lado.

      He malgastado  mi vida. ¡Vamos! Finjamos, holguemos,
¡oh piedad! Y existiremos divirtiéndonos, soñando
amores monstruosos y universos fantásticos, quejándonos
y combatiendo las apariencias del mundo, saltimbanqui,
 mendigo, artista, bandido, –¡sacerdote! Sobre mi lecho
de hospital, el olor del incienso retornó a mí tan potente;
guardián de aromas sagrados, confesor, mártir…

      Reconozco en todo esto la sucia educación de mi infancia.
¡Y qué!... Andar mis veinte años, si los otros andan veinte años…

      ¡No! ¡No! ¡ahora me rebelo contra la muerte!
El trabajo resulta excesivamente liviano para mi orgullo:
mi traición al mundo significaría un suplicio demasiado breve.
A último momento atacaría a diestra y siniestra…

       Entonces. –¡oh! – pobre alma querida,
¡la eternidad no se habría perdido para nosotros!





Versión castellana de Oliverio Girondo – Enrique Molina.

lunes, 21 de julio de 2014

O.W. de Lubicz Milosz: La extranjera





O.W. de Lubicz Milosz





























Yo nada sé de tu pasado. Has debido soñarlo.
—Sí, has debido soñarlo, de seguro.
Solo vislumbro tu rostro en la irisación grisácea
                       de la lluvia.
Noviembre sepulta el paisaje. Y mi vida.
Nada sé y nada quiero saber de tu pasado.

Tus ojos me hablan de brumosas ciudades últimas
que no he de ver jamás
y cuyos nombres jamás oiré en tu voz.
Noviembre cae sobre mi alma. Y también sobre
                       la llanura.
Yo te veo, oh desconocida, a través de un tiempo
                       Otro.

Son cosas, desde hace mucho muertas
—¡irremediablemente muertas!
músicas sofocadas, ajadas lujurias.
Podría asegurar que noviembre aguarda tras
                       la puerta.
Veo además vivir en tu pecho aquello que tu
                       corazón olvida.

Lejos, muy lejos de aquí está tu alma. Tu alma
                       extranjera
es una noche de bruma,
de bruma y de llovizna sucia sobre los arrabales,
donde la vida tiene el color frío de la tierra,
donde hay hombres que morirán sin haber
                       conocido el amor.

Tú ya me has encontrado en otro tiempo,
                       ¿recuerdas?
Sí, en un tiempo Otro, tristemente Otro,
en el país de los viejos libros y de las músicas
                       antiguas,
en el azul crepúsculo de una mansión tranquila
con ventanas letárgicas.

El fantasma de los vocablos que ya no recuerdas
o que quizá no pronunciaste
da a tu distante presencia un sentido demasiado
                       singular.
Yo descifro en el libro de tu silencio
tu historia muerta para siempre, aún para ti.

Mi desvaída razón es sólo un anhelo de lucidez,
un día de sol antiguo
sobre el sendero donde tu dicha se encontró con
                       tu dolor.
Quizá todo esto no ha ocurrido jamás,
pero si yo te  lo afirmase, tú te morirías de espanto.

Es cosa triste como día de invierno en los
                       suburbios
donde transita la muerte de la ciudad,
como enfermedad y desconsuelo en una casa de
                       prostitución,
como un ruido de  pasos en una morada extraña,
como el vocablo “antaño” cuando cae la sombra
                       sobre el mar.

Nada quiero saber de tu pasado. Veo
extinguirse el día,
el último día sobre tu rostro, sobre tus manos.
Déjame ignorar dulcemente los senderos
donde supo el azar conducirte hasta mí.

Encuentro otra vez en tus ojos realidades de
                       sueños,
de sueños soñados en un ya viejo tiempo
y visiones abiertas al sol de la vida.
En la penumbra envenenada de la lluvia
diríase que una eternidad concluye.

Yo reconozco en ti a seres misteriosos,
a viajeros con rumbo secreto
encontrados otrora en la bruma de las estaciones
donde todos los ruidos adquieren inflexiones de
                       adioses.

Te vuelves otras veces para mí una atmósfera
                       de feria
con sus luces lloronas y sus relentes
de enmohecimiento y vicio;
con su miseria y con el gozo enfermizo de sus
                       músicas.
Recuerdos de nostálgicos garitos
mezclánse entonces al caos de mi enervamiento.

Si yo intentase salir, si solamente cerrase tras de
                       mí la puerta,
dí, ¿qué harías?
Seria tal vez como si tus ojos no me hubiesen
                       conocido jamás.
El ruido de mis pasos moriría sin eco en la calle
y únicamente podría advertir la noche en tus
                       ventanas.

Es como si debieses abandonarme hoy,
en un de pronto y para siempre,
sin soñar en decirme de dónde vienes ni
                        adónde vas.
Llueve sobre los grandes jardines desnudos;
                         mi alma está aterida;
noviembre sepulta el paisaje. Y mi vida.


Versión castellana  del francés, Lysandro Z.D. Galtier.

Oscar Wladislas de Lubicz Milosz (Čareja, Lituania, 1877-Fontainebleau, Francia, 1939). Poeta,
 novelista y ensayista. Escribió la mayor parte de su obra en francés.


jueves, 17 de julio de 2014

Efraín Huerta: Desencanto al pie de un aparato telefónico






Efraín Huerta, 1981






















Esta Dama de Elche que todas las semanas
me dice que la llame la semana entrante,
de manera que cada semana es en mi leve hundimiento
como una catedral sin asesinatos, un estadio de fútbol
                                     /entre semana,
una nada hecha de ciudades adheridas a un futuro extenuante.

Me digo que así no se vale; que no se puede ni se debe;
que yo la hice bella, doblemente, triplemente bella
hasta la insensatez, para que ahora me salga
con una hilera de semanas como columnas dóricas.

Me revelo a mí mismo que la semana entrante no existe.
¿Existo yo o soy una ventana cerrada a piedra o lodo,
como mi propia, desencantada poesía?
¿Qué existe diariamente, mejor, semanaria y semanalmente?
Una mujer desnuda, un caballo salvaje,
un malentendido, un terremoto; ella, quizás,
existe debajo de mis brazos, como un libro ilegible.

Hembra salvaje, yegua de piedra, hechicera frente de mármol:
hinca las rodillas en un miércoles
y desátame, deshazme de la tortura
de marcar números idiotas y escucharte
decir esta semana de miedo que te llame
la aterradora semana entrante.


Efraín Huerta (Silao, Guanajato, 1914- Ciudad de México, 1982) Poeta. Entre otros títulos publicó: Absoluto amor,1935; Línea del alba,1936; Los hombres del alba,1944; La rosa primitiva1950; Poemas de viaje, 1953; Transa poética;1980;  Estampida de Poemínimos, 1985; Dispersión total,1986.


miércoles, 16 de julio de 2014

Raymond Carver: 2 Poemas






Raymond Carver




 

 

 

 

 

 

 

 

La buhardilla

Su cerebro es una buhardilla donde a través de los años
se han almacenado muchas cosas.

De tiempo en tiempo su rostro aparece
en las pequeñas ventanas de la mansarda de la casa.

El rostro triste de una mujer que ha sido encerrada
y olvidada.


Sala de autopsias

En esos tiempos yo era joven y la fuerza
de diez hombres habitaba mi cuerpo. Para
 lo que mandaran, eso pensaba.
Trabajaba en el hospital en el turno noche
y una de mis responsabilidades
cuando el forense terminaba su trabajo
era la de limpiar la sala de autopsias.
Ellos no tenían horario, algunas veces
terminaban temprano, otras demasiado tarde.
Y, dejaban objetos olvidados en la mesa de trabajo
construida para esas tareas en particular.
Un pequeño bebé quieto como una piedra
y más frío que la nieve. Otra vez un  negro corpulento
 de pelo blanco con el pecho partido al medio
todos sus órganos vitales
en una bandeja a un costado de su cabeza.
 La manguera derramaba agua.
Las luces colgadas del techo encandilaban.
Una vez dejaron sobre la mesa una pierna,
una pierna de mujer, pálida y bien formada.
Yo sabía para qué era la pierna,
en ocasiones los había observado.
A pesar de eso me quedé sin respiración.

Cuando regresaba a mi casa tarde en la noche mi mujer
me decía “Dulce, todo va a salir bien. Podemos permutar
esta vida por otra.” Pero, no era así de fácil.
Ella agarraba mi mano entre las suyas, con fuerza,
yo me reclinaba en el sillón y cerraba los ojos.
Yo pensaba en... cualquier cosa. No sabía en qué.
Yo dejaba que ella llevara  mi mano a su pecho.
En ese momento yo abría los ojos y miraba el cielorraso o el piso,
Entonces mis dedos se arrastraban hacia su pierna, tibia
y bien formada, que ante la más suave caricia temblaba
 lista para elevarse con delicadeza. Mi mente
estaba confundida y cómo decirlo  ¿sacudida?
No pasaba nada. Todo estaba pasando. La vida
era una piedra, moliéndose, tomando filo.  

  

Raymond Carver (1938-1988) Poeta y narrador.