lunes, 12 de octubre de 2020

Demian Paredes: “Cuatro notas sobre el poeta Enrique González Parra” y breve selección de poemas

 

Enrique González Parra








Se destacan en la poesía de Enrique González Parra (Michoacán, 1951) la observación y la razón poéticas. Una "razón", por lo tanto, no-instrumental, ni meramente comunicativa-utilitaria, sino, por el contrario, expresiva, sensible, creativa-creadora, en combinación con una aguda mirada, detallista por momentos, atenta a las contradicciones y paradojas. En ¿A dónde van los pájaros? se puede apreciar una hábil, sutil e inteligente capacidad de protagonizar o de presenciar, de escuchar, de recordar e imaginar; destilando, con breves versos, pequeños poemas. En ellos se "narran" acontecimientos: una voz y su circunstancia (en la casa, en la calle, en un café, en viaje…) en torno a los ajetreos cotidianos de la vida, al deseo y a la memoria; episodios que suelen derivar en alguna "conclusión" u observación, generalmente irónica o autoirónica. Otros poemas recuerdan anécdotas familiares y de infancia: el discurso autobiográfico, con sus vivencias y experiencias particulares (el poeta como lector de Borges en "Oferta", o la típica conversación telefónica con una persona remota convocando a reunirse con antiguos amigos para recordar épocas escolares en "La llamada"). Algunos ponen de relieve temas "abstractos" y reflexivos, como "Fuga": "Huir/ olas adentro/ por el líquido tibio,/ batiente,/ lleno de resplandores/ que de pronto se opacan", y originales objetos, como en "Diccionario": "Oí de un diccionario/ que sólo recopila/ palabras olvidadas". Y hay apenas unos pocos que acuden a la metáfora, especialmente aprovechada para rematar con humor -generalmente con cierta mordacidad- algún final. Como en "Control de plagas", donde se menciona lo que dicen los expertos en la materia sobre las cucarachas: sin cabeza pueden vivir "hasta por cuatro días"... ¡como los enamorados! -estos últimos, incluso más-; y en "Tarde", donde se pronostica a una señora "muy mayor", tras un cruce casual, el destino de una taza -cualquiera- de té: finalmente romperse, hacerse trizas. Luto ineluctable.

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Enrique González Parra no desdeña para nada el humor, entonces: con él, en su poesía, se dan la ironía y la risa -incluso por momentos- tragicómica, ante las circunstancias de la vida, y especialmente ante el final de esta: la muerte, sea la propia (venidera) o la de un acontecimiento familiar o de amistades. El inevitable deceso, más temprano o más tarde, que deberá afrontar cada ser humano: tema/preocupación permanente de las comunidades y civilizaciones, desde las antiguas a la "moderna" nuestra, y, claro, también de poetas y artistas, y además, en particular, de la cultura mexicana, ya desde su tradicional Día de Muertos. En el terreno de la poesía se podría mencionar a José Carlos Becerra en "El azar de las perforaciones", a Gabriel Zaid en "Tumulto", a Jaime Sabines en "Algo sobre la muerte del Mayor Sabines", a Manuel Calvillo en "Libro del emigrante", a Margarita Michelena en "La desterrada", entre tantos y tantas más (Amado Nervo, Octavio Paz, Xavier Villaurrutia, Carlos Gorostiza, Elías Nandino…). Sin ninguna duda, los libros de Enrique González Parra forman parte de esta cultura, de esta tradición; es una dimensión fundamental-fundante de su poesía. En ¿A dónde van los pájaros? se encuentran, por ejemplo, "A pulso", "Redondilla" y "Bajo el agua". También "Agencia", donde se puede solicitar un servicio: con los tratamientos estéticos correspondientes se adecenta a cualquier muerte que haya tenido el atrevimiento de instalarse sobre un cadáver. Otro es "Abismo", recuerdo de infancia sobre una sensación o pensamiento inquietante en torno a la "invitación" de un hondo pozo, con agua, a saltar dentro suyo. Está también "Se busca", donde se trata la muerte/ desaparición individual en torno a la colectividad. "Fosa", donde se pregunta por un presente donde hay restos: una calavera, una tibia, analizada por los forenses, y se las contraponen -con una pregunta- con el ayer de la vivencia habitual, entre vecinos. "Luto", que alude a la muerte de un perro doméstico. Y "Sin ruido", a la propia: "a mí me va tomando/ la sigilosa/ por los pies."

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La experiencia, la vida toda decanta, y el poeta canta. Y afrontando "el drama estético del creador", como lo llamara Eduardo Lizalde. No escribir poesía como una "cosa ociosa", meramente repetitiva, sino depurando y precisando cada uno de los versos. La poesía de Enrique González Parra pertenece a esta clase: despojada, apela a la concisión. Hay marcas, puntos de partida, referencias autobiográficas (como en "Corto", donde camino a un velorio un cartel indicador en un andén sirve para cruzar o mimetizar una dimensión con la otra, o en "Primo", donde el parecido con el pariente vuelve a alterar las dimensiones establecidas: "me vi difunto/ en otro cuerpo"), pero el remate del poema, la tendencia a la generalización, deviene en reflexión y en alguna clase de conclusión, no necesariamente "concluyente". No casualmente, hablando de un libro anterior de González Parra, Antonio Deltoro escribió acerca de "la sequedad de una mirada iluminadora", que incluso llega "al filo del aforismo". Por otra parte, el tiempo, lectura e interpretación del poema potencialmente no tienen fin: el "mensaje" y sus efectos, surgidos de la combinación, polisemia y ambigüedades de las mismas palabras, expresiones, parafraseos, y la interacción de distintos "sistemas" que pueden hallarse dentro de casi cualquier poema (léxicos y semánticos, fonéticos, gráficos, espaciales, etc.), lo configuran como un objeto textual, un generador de discursos, multidireccional, abierto a todos los sentidos. Aun si en algunos poemas se puede percibir que se piensa, escribe y habla desde la soledad, la voz del poeta se dirige, de cualquier modo, al mundo. Es decir, a quien se anime y encare su lectura. Es posible apreciar varias veces en González Parra un movimiento que va de lo particular a lo general; de un punto a la inmensidad de las cosas, al modo de la conformación, por sumatoria y acumulación, de las constelaciones… Allí se encontrarán, una y otra vez, las huellas de la vida que la poesía mira.

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¿A dónde van los pájaros? es el quinto poemario de Enrique González Parra, donde la sucesiva reaparición de las aves a lo largo del libro funciona como una apelación a -y una muestra de los sentidos, a lo recibido, pero también a lo presentido, imaginado y proyectado (en un poema, unos pájaros "inesperadamente/ alzan todos el vuelo/ y traspasan la luz/ como cuchillos"). Este libro sucede a Ajena geografía (1987), Como el que deja un cuerpo (2009), Mi padre y otros muertos (2013) y El rastro del prodigio (2016), los tres primeros publicados en México y el último en España. En todos ellos también el deseo y la mirada casual o más o menos escrutadora recorren geografías, momentos e historias (véase el humor en "Y punto", o "Bolero", con sus truncados anhelos, en el presente volumen). Y cada cual con sus características: Ajena geografía (nos) trae la palabra "rastro" varias veces, cual búsqueda o interrogación de un primer poemario, aun con tanteos, con felices logros -incluyendo una sección autobiográfica titulada "Siete apuntes porteños en la dictadura"-. Como el que deja un cuerpo comienza a delinear con mayor precisión los temas de González Parra: la anécdota familiar y la perteneciente a "la Historia", con el humor puntuando y acentuando finales. Mi padre y otros muertos apela nuevamente, como ya anuncia desde el título, a las vivencias propias del pasado, donde se balancea y reevalúan las experiencias, donde se dan cita la anécdota y la observación irónica y hasta cáustica, varias veces en diálogo posmortem con la figura del progenitor masculino. Y El rastro del prodigio se organiza en sus "secciones" desde el color -actuando desde la mirada directa y también desde la metáfora-, donde la voz poética se reconcentra nuevamente, desarrollando sus temas con un lenguaje delicado, sucinto, preciso.
Ahora, en Argentina, desde la provincia de Córdoba, gracias a la editorial Alción, la voz de este poeta comenzará a circular por el país -surcando el cielo: cada poema, un pájaro en vuelo-, y es de esperarse que pronto, más ampliamente, por los demás países del Cono sur.

Demian Paredes
Septiembre de 2019

“A modo de epílogo” para ¿Adónde van los pájaros?, de Enrique González Parra, volumen próximo a publicarse por Alción Editora.




Identidad

Hoy volví a platicar
con Guillermo
en su hijo póstumo;
las mejillas
repetían los hoyuelos
que su padre lucía en el salón
medio siglo antes;
y la misma sonrisa
que le ganaba voluntades.

El hijo,
que jamás vio a Guillermo,
reprodujo ante mí
pasmosos ademanes
de quien no lo moldeó
con su presencia diaria.

Hay sin duda un azar
del que apenas sabemos
y, creyendo ser únicos,
volvemos a meternos en las carnes
de cualquier bisabuelo
al que no conocimos ni en retrato.


Truco

Se corre el maquillaje
aunque no llueva
ni broten lágrimas.

Del hombro
resbala la correa
que sostenía
una mochila, un bolso.
Sin los botones,
¿cómo llevar una camisa?

Faldas
y pantalones,
quien no los asegure
los verá dar en tierra.

Es inútil
colmarlo de amuletos:
el cuerpo está desnudo.


Control de plagas

De acuerdo
con entomólogos
y peritos
en manejo de pestes,
una cucaracha,
perdida la cabeza,
puede sobrevivir
hasta por cuatro días.

¡Cuánto más
-y quién dudalos
enamorados!


Metamorfosis

Un viejo
de barba blanca,
mejillas rojas
y perfil aguileño,
se acomoda un gorro
de lana en la cabeza,
calza a mitad
de la nariz sus lentes
con aros de oro,
saca de la mochila
una torá enorme
arropada en un lienzo
y la lee tan impávido
que no logro advertir
si tiene devoción
o sueño.

Ha erigido un santuario
al lado mío.


Buenos Aires

La luz se pasma
sucia y fría
como plata oxidada.

Mientras bebo café,
al otro lado del cristal
se arremolina gente
bajo árboles sin hojas.
Traen paraguas, abrigos;
en su prisa, se estorban.

Ajeno a sus afanes,
al ciclo de sus estaciones,
veo sus zapatos
enlodados, hundirse
en la boca del metro.
Una nostalgia
de repente me oprime:
en cosa de tres días
quedará lejos
esa prisa que hoy pasa ante mis ojos.