jueves, 17 de octubre de 2019

Esteban Moore: Soldados y religiosos poetas en el proceso revolucionario de la independencia





En 2016 conmemoramos los argentinos el Bicentenario de la Declaración de la Independencia, sancionada y firmada por los diputados reunidos en la ciudad de San Miguel de Tucumán, el 9 de julio de 1816. Las circunstancias en las que debieron sesionar fueron azarosa y categóricamente adversas. 
Las tropas de Fernando VII, nuevamente en el trono desde 1814,  habían logrado sofocar los distintos intentos revolucionarios en Nueva Granada y Venezuela, Simón Bolívar  se hallaba exilado en Jamaica bajo la protección de la corona británica  y en el Alto Perú el ejercito patriota había sido derrotado en Sipe Sipe (noviembre de 1815).  Jornadas particularmente difíciles. Los habitantes de la incipiente república vivían un presente cargado de oscuros presagios en el que aún nadie estaba en condiciones de  predecir los resultados de la guerra que se libraba con España, que hacia comienzos de 1816, había recuperado el dominio de sus colonias en América del Sur, salvo los territorios  de la Argentina, Uruguay y Paraguay.
No obstante, los integrantes del “pueblo independiente de América del Sur” —así lo denominó Simón Bolívar en 1816[1] — no abandonaron sus sueños y esperanzas. Hombres y mujeres que “…con la espada, con la pluma y la palabra”[2] salvaron “La libertad naciente / de medio continente.”[3]
La espada, nadie puede dudarlo, fue la encargada de doblegar  a los ejércitos invasores, pero ésta no habría logrado su cometido sin el auxilio de la pluma y la palabra que difundieron las nuevas  ideas, las que en barbecho desde antes de la Semana de Mayo, en nocturnas reuniones conspirativas,  cuidadosamente fueron templando y afilando el acicalado acero.
 En estos encuentros se debatirían también los textos  de autores divulgados por la Enciclopedia (1751) como Diderot, d’Alembert, Voltaire y Rousseau, autor  este último de El contrato social (1762) que fue traducido por Mariano Moreno y publicado en La Gaceta  (1810). La traducción en aquellos tiempos tuvo un papel relevante en el campo del pensamiento. Manuel Belgrano, traductor, entre otros autores,  de François Quesnay  (Máximas generales del gobierno de un reyno agricultor, 1794) y de Benjamin Constant  (Bosquejo de Constitución, 1814); manifiesta  en el prólogo a su versión de la  Despedida de Washington al pueblo de los Estados-Unidos (1796), dada a conocer en 1813: “El ardiente deseo que tengo de que mis conciudadanos se apoderen de las verdaderas ideas que deben abrigar si aman la patria y si desean su prosperidad bajo bases sólidas y permanentes me ha empeñado a emprender esta traducción en medio de mis graves ocupaciones”.
En lo que concierne a la literatura la traducción tuvo  un protagonismo central en el desarrollo de nuestra tradición literaria. Entre aquellos que la ejercieron no podemos olvidar al  poeta  y periodista argentino José Antonio Miralla (Córdoba, 1790-Puebla de los Ángeles, México,  1825), revolucionario que a partir de su estancia en Lima, Perú (1812), ciudad de la que fue expulsado por su ideario liberal, vivió en Colombia, Venezuela y Cuba.  En La Habana fue  uno de los fundadores del periódico Argos con el firme propósito de contribuir a la liberación de  Cuba –su obsesión–  y los territorios del Caribe de la dominación española. Miralla fue  “… uno de los valores más serios  del período revolucionario. Dueño de una sólida cultura adquirida irregularmente, según se lo permitió su vida de vagabundo y luchador, había estudiado además de las disciplinas teológicas seguidas en Córdoba en su adolescencia, y de la medicina estudiada en Lima, jurisprudencia, matemáticas e idiomas, hablando y escribiendo con corrección varias  lenguas…”.[4]  Sus traducciones del francés, italiano e inglés,  fueron un claro acto de apropiación, introduciendo nuevas y renovadas formas poéticas en nuestra lengua. Particularmente el espíritu de síntesis y la elegancia formal de poetas ingleses y franceses de su época, enriqueciendo la producción de los autores locales, en un momento en que ya  primaba la necesidad de constituir una literatura de perfiles propios, una que no rechazara los aportes e influencias  de variado origen. 
Si debemos atenernos a un orden cronológico, es indudable que los poetas  y escritores de la Independencia hicieron su aparición en nuestro  panorama cultural a partir de las invasiones inglesas a la región del Río de la Plata. En noviembre de  1807,  luego de la rendición en Buenos Aires de las fuerzas británicas comandadas por el teniente general John Whitelocke, Vicente López y Planes, que en aquella ocasión como capitán del Regimiento de Patricios empuño la espada en  defensa de la ciudad,  escribió El triunfo argentino que subtituló ‘poema heroico’. En este texto que lleva un epígrafe del autor de La Eneida y fue dedicado a Santiago Liniers y Bremond, gobernador y capitán general de las Provincias del Río de la Plata, el autor celebra la gesta y el valor de las tropas porteñas y la  composición de las mismas:        


Buenos Aires os muestra allí sus hijos:
allí está el  labrador, allí el letrado,
el comerciante, el artesano, el niño,
el moreno y el pardo; aquestos solo
ese ejército forman tan lúcido.
Todo es obra, Señor, de un sacro fuego,
que del trémulo anciano al parvulillo
corriendo en torno vuestro pueblo todo
lo ha en ejército heroico convertido.

(Fragmento)[5]

Estas líneas destacan una de las características esenciales  de las fuerzas  que con osadía y valor obtuvieron una indudable victoria sobre las tropas profesionales de una de las potencias imperiales de la época: aquellos que las integraban provenían de todos los sectores de la sociedad.  Hombres que luego de las acciones bélicas de julio de 1807, comenzaron a imaginar las posibilidades de su poder y la confianza en sus propias fuerzas.  Si bien el gentilicio “argentino” y la palabra “patria” se destacan en el poema, no se puede obviar que el mismo fue dedicado a la máxima autoridad en representación de la corona  española en la ciudad en esos días. No se advierte en sus versos animosidad alguna hacia España. Sin embargo, pocos años después López y Planes adoptaría una posición muy distinta y beligerante  en su  Marcha Patriótica (1812)  que habría de convertirse en nuestro Himno Nacional (1813). En ella califica  a los integrantes de las fuerzas españolas  de ‘fieras’ y ‘tigres sedientos de sangre’:

Marcha Patriótica

Sean eternos los laureles
que supimos conseguir: 
coronados de gloria vivamos,
o juremos con gloria morir. 

¡Oid, mortales!, el grito sagrado:
¡libertad!, ¡libertad!, ¡libertad!
Oíd el ruido de rotas cadenas
ved en trono a la noble igualdad.
Se levanta en la faz de la tierra
una nueva gloriosa nación.
Coronada su cien de laureles,
y a sus plantas rendido un león.

Sean eternos los laureles, etc.
 
De los nuevos campeones los rostros
Marte mismo parece animar. 
La grandeza se anida en sus pechos
a su marcha todo hacen temblar.
Se conmueven del Inca las tumbas,
y en sus huesos revive el ardor,
Lo que vé renovando a sus hijos
de la Patria el antiguo esplendor. 

Sean eternos los laureles, etc.

Pero sierras y muros se sienten
retumbar con horrible fragor. (bis)
Todo el país se conturba por gritos
de venganza, de guerra, y furor.
En los fieros tiranos la envidia
escupió su pestífera hiel. 
Su estandarte sangriento levantan
provocando a la lid más cruel. 

Sean eternos los laureles, etc.

¿No los veis sobre México y Quito
arrojarse con saña tenaz? (bis)
¿Y cuál lloran, bañados en sangre
Potosí, Cochabamba, y La Paz?
¿No los veis sobre el triste Caracas
luto, y llanto, y muerte esparcir?
¿No los veis devorando cual fieras
todo pueblo que logran rendir?

Sean eternos los laureles, etc.

A vosotros se atreve argentinos
el orgullo del vil invasor.
Vuestros campos ya pisa contando
tantas glorias hollar vencedor.
Mas los bravos que unidos juraron
su feliz libertad sostener
a estos tigres sedientos de sangre
fuertes pechos sabrán oponer.

Sean eternos los laureles, etc.

El valiente argentino a las armas
corre ardiendo con brío y valor:
El clarín de la guerra, cual trueno
en los campos del Sud resonó.
Buenos Ayres se pone a la frente
de los pueblos de  la ínclita unión.
Y con brazos robustos desgarran
al ibérico altivo león.

Sean eternos los laureles, etc.


San José, San Lorenzo, Suipacha,
ambas Piedras, Salta, y Tucumán,
la colonia y las mismas murallas
del tirano en la banda Oriental.
Son letreros eternos que dicen:
aquí el brazo argentino triunfó;
aquí el fiero opresor de la Patria
su cerviz orgullosa dobló.

 Sean eternos los laureles, etc.

La victoria al guerrero argentino
con sus alas brillantes cubrió.
Y azorado a su vista el tirano
con infamia a la fuga se dio.
Sus banderas, sus armas, se rinden
por trofeos a la libertad.
Y sobre alas de gloria alza el pueblo
trono digno a su gran majestad.

Sean eternos los laureles, etc.

Desde un polo hasta el otro resuena
de la fama el sonoro clarín.
Y de América el nombre enseñando
Les repite, mortales, oíd:
Ya su trono dignísimo abrieron
las Provincias Unidas del Sud.
Y los libres del mundo responden
al gran pueblo argentino salud.

Sean eternos los laureles, etc.[6]
V. López y Planes


Las creaciones poéticas antes de ser impresas en hojas sueltas, folletos o libros eran leídas por sus autores, los considerados cultos lo hacían en reuniones sociales en las residencias  de familias influyentes, los de raigambre popular lo hacían en los vivaques o campamentos militares. Tal es el caso de Bartolomé Hidalgo que nació de padres argentinos en Montevideo (1788) y falleció en Morón, provincia de Buenos Aires (1822).  Él es el  primer poeta culto, coplista, guitarrero y cronista en verso,  que adopta el lenguaje y los temas populares, por ello se lo considera  uno de los fundadores de la poesía gauchesca. Sarmiento lo destaca como “el creador del género gauchipolítico”.  Martiniano Leguizamón en una temprana recopilación de su producción lo define como “el primer poeta criollo del Río de la Plata.”
Durante las invasiones inglesas  combate en la batalla Del Cardal en las afueras de Montevideo  y años más tarde participaría del  Éxodo del Pueblo Oriental bajo las órdenes del general José Gervasio de Artigas.  Es en este período que comienza a escribir sus Cielitos de intenciones épico-líricas, batalladores, para entretener y levantarle  el ánimo a las tropas y milicias en la campaña y luego durante el segundo Sitio de Montevideo, donde estos se cantaban frente a los muros de la ciudad sitiada. Defendió las ideas independistas a ambas márgenes del Plata y, en 1811,  las autoridades en Buenos Aires por su actuación lo homenajean declarándolo ‘ciudadano Benemérito de la Patria’. En 1818 decidió radicarse  en Buenos Aires donde continuó sosteniendo la causa de la emancipación. En esta ciudad da a conocer  varios trabajos, entre ellos, su Dialogo entre dos paisanos — Jacinto Chano y Ramón Contreras— que reunidos en San Miguel del Monte,  provincia de Buenos Aires,  comentan la situación política y los resultados de la revolución en  sus primeros años.  Su obra  lo emparenta con quienes serían sus sucesores Hilario Ascasubi, José Hernández y Estanislao del Campo, entre otros;  Jorge Luis Borges y Pedro Henríquez Ureña destacan  su labor en una antología fundamental de la literatura argentina.[7]
Manuel Mujica Láinez[8], nos deja  en 1960 una acertada descripción del panorama poético de aquella época: “El pueblo quiso expresar su ansia de independencia, su afán de llegar a la mayoría de edad. En los salones los caballeros lo tradujeron con la académica majestad de odas y de himnos, sin abundar los trapos fastuosos. Pero bajo  las enramadas la canción de esperanza tuvo que ser distinta. Unos y otros decían en realidad lo  mismo, aunque con vocablos diversos. Hoy, a un siglo y medio de distancia, vemos avanzar el séquito de los poetas revolucionarios, de los enlevitados portaliras que  corona el laurel, como una ceremoniosa procesión. Con ella  se enlazan y enredan fraternalmente los guitarreros de ojos aindiados y mugriento chiripá.” Composiciones populares y fundacionales que el tiempo se encargaría de rescatar, como el ‘Cielito de la independencia’, y otros en los que nos refiere sus deseos, esperanzas en el amanecer de la libertad, la paz y la unión solidaria del plata.







          “Cielo, cielito y más cielo,
cielito, siempre cantad
que la alegría es del cielo,
del cielo de la libertad.
……..

Cielito, cielo festivo,
cielo de la libertad,
jurando la independencia
no somos esclavos ya.
……..

Cielito, cielo dichoso,
cielo del Americano,
que el cielo hermoso del Sur
es cielo más estrellado.
………

Cielito, cielo y más cielo,
cielo del corazón,
que el cielo nos da la paz
y el  cielo nos dala  Unión.

(Fragmentos)[9]

Juan María Gutiérrez (1809-1878)  —“…el más completo hombre de letras que hasta ahora ha producido aquella parte del nuevo Continente.”, según Marcelino Menéndez y Pelayo[10]— sostiene en su artículo,  ‘La literatura de mayo’ : “Bien recompensado será quién se acerque curioso a los orígenes de nuestra literatura nacional y contemple el hilo de agua que surge de la pequeña fuente, convirtiéndose en río caudaloso a medida que la sociedad se organiza bajo formas libres y que la multitud se transforma en pueblo […] Nuestros poetas han sido los sacerdotes de la creencia de Mayo.”[11]
El 15 de noviembre de 1810 la Gaceta  da a conocer en sus páginas  Marcha patriótica, el que es considerado el primer poema cuyo fin fue el de incitar los sentimientos revolucionarios de la población.  Su autor, el soldado,  poeta y pianista aficionado, Esteban de Luca,  lo compuso como una pieza destinada al canto y desde sus primeros versos pueden apreciarse con claridad sus intenciones:

La América toda
se conmueve al fin,
y a sus caros hijos
convoca a la lid;
a la lid tremenda.
Que va a destruir,
a cuantos tiranos
la osan oprimir. [12]

(Fragmento)

Durante las invasiones inglesas  tuvo una  activa participación en la defensa de la ciudad, por su valor y temple frente al enemigo fue nombrado subteniente de bandera del Regimiento III de Patricios.  Posteriormente en 1816, fue designado director de la Fábrica de Armas del Estado.  El lugar y la importancia de Esteban de Luca en la sociedad y luchas de su tiempo pueden deducirse de una carta que el 3 de abril de 1822, el general José de San Martín, le envió desde Lima: “Compañero y paisano apreciable: No es esta la primera vez que Ud. me favorece con sus  poemas inimitables: no atribuya a mi moderación esta exposición, pero puedo asegurarle que los sucesos que han coronado esta campaña no son debido a mis talentos (conozco bien la esfera de ellos), pero sí a la decisión de los pueblos por su libertad y al corazón del ejército que mandaba: con esta especie de soldados cualquiera podía emprenderlo todo con suceso.  Quedo celebrando esta ocasión que me proporciona manifestar a Ud. mi reconocimiento, y asegurarle es y será su muy afectísimo paisano y amigo.”[13] En mayo de 1824, regresando de una misión diplomática a la corte del Brasil, el barco que lo transportaba naufragó durante una tormenta en aguas del Río de la Plata. El autor de La martiniana, poema dedicado a la gloria de las armas de la revolución, murió ahogado en las oscuras aguas y su cuerpo nunca fue recuperado.
Poetas  que empuñaron las armas,  soldados que atendieron el llamado de Erato y Calíope, frailes y presbíteros que brindaron apoyo espiritual a los patriotas en los campos de batalla; asociados en la difusión de  los ideales libertarios  y participando activamente en la gestación de la futura república.
Entre ellos se destacan Pantaleón Rivarola (1754-1821),  profesor de filosofía, capellán militar y poeta.  José Agustín Molina (1773-1838), religioso que  ocupó importantes funciones en la iglesia, nos brinda  en su poema La jornada del Maypo, prueba de su compromiso personal con los ideales de mayo.

 “Las armas de mi patria alegre canto,
  sus combates, sus triunfos sus victorias,
  sus esfuerzos, su celo ardiente y santo 
  por romper las cadenas vejatorias,
  que la han ajado y oprimido tanto.”  [14] 

(Fragmento)

 Desde los primeros días de la revolución otro de los clérigos que defendió con fervor las ideas independistas fue fray Cayetano José Rodríguez (1761-1823), profesor de teología y filosofía en el convento de San Francisco, poeta y periodista. Fue amigo de Mariano Moreno y dirigió la Biblioteca Pública de Buenos Aires –actual Biblioteca Nacional-  fundada por aquel. Su  Canción patriótica en celebración del Veinticinco de Mayo de 1812 es muy directa al respecto:

“A las armas corramos, ciudadanos.
 Escúchese el bronce y óigase  el tambor.
 convocando a la lid generosa
 a nuestros hermanos en alegre reunión.
…..
Tomad pues el fusil, ceñid la espada, 
argentinos leales y valientes, 
quede la libertad asegurada.” [15]

(Fragmentos)

Entre estos hombres de la iglesia que se dedicaron a las letras y el periodismo se destaca Francisco de Paula Castañeda (1766-1832), miembro de la orden franciscana, profesor de teología en el convento de la Recoleta donde fundó una escuela de artes y oficios.   Ramón Díaz incluye varias de sus composiciones en La lira argentina,[16] entre ellas su Romance endecasílabo, que lleva la siguiente nota introductoria: “Cantado en el pago del Pilar, por un mozo aseado que punteaba perfectamente la guitarra, tenía buena voz y se producía con suma gracia.” Palabras que adelantan el tono  festivo, celebratorio, que adoptará el poema para narrar las proezas y victorias de los ejércitos patrios en  América del Sur. El primer sexteto,  describe los gestos propios del  cantor popular: 






           “Junto a un ombú morrudo y sauce tierno
de mi guitarra  templo el instrumento,
y aunque me apura el frío del hibierno
con agua sacra ordeno ya mi acento:
yo canto en melodías a lo vivo
la patria orlada de laurel y olivo.”

(Fragmento)

Castañeda explica en el segundo sexteto, el por qué de la elección de un metro ajeno a la poesía popular en el Río de la Plata: 

“Canto a la patria en verso nunca oído 
 en Chascomús, ni en toda la frontera, 
donde la copla corta siempre ha sido, 
porque  nos traían siempre de carrera:
 pero aflojaron ya los maturrangos …”[17] 

(Fragmento)


Refiriendo que al momento de publicar este texto (mayo, 1820) ya las fuerzas españolas “aflojaron”, estaban en retirada y que el hombre de letras podía dedicarle más tiempo y trabajo a los productos de su imaginación. Sin embargo, él apelará para difundir sus ideas en las luchas políticas de la época a medidas más breves (heptasílabos, hexasílabos, octosílabos) de uso común en la poesía popular. Él sabía utilizar las formas métricas con eficacia y su pluma venenosa era proclive a la creación de ingeniosos juegos de palabras para referirse a sus opositores. De los teros (Teru-teru), ave que hace del engaño su defensa, pone sus  huevos en un sitio y canta en otro, deriva el término “teruleque” para referirse a los indignos, que a pesar de la palabra dada,  cambian de cabalgadura en medio del río.  A los que hacen carrera destruyendo las glorias que no le pertenecen los bautiza “anchopitecos”, término que según Bernardo Canal Feijóo  se compone de  la contracción de la palabra quechua anchui (retírate) y de piteco (mono), significando: “retírate mono”. Los “anchopitecos” dice el propio autor son aquellos que: “desean que toda autoridad caduque, porque solo así pueden parecer autoridad; si son militares, se llenan de envidia contra los que han hecho algo, y con el ¡Ay! ¡Ay!, solfeando, rebajan el mérito para tener ese mérito; si son diplomáticos, ¡Ay! ¡Ay!, para que  les toque el turno aunque todo lo lleve el diablo; si son tinterillos, ¡Ay! ¡Ay!, para acomodarse en una secretaría, en la dirección de un teatro o en el teatro de alguna imprenta, aunque el público reniegue y se ahorque de rabia.”[18]

 “Chimungo no parece
terule – terule- teruleque
 después de corrido,
 y muchos aseguran 
terule – terule- teruleque
 que estaba en su nido”

 y,

Yo como buen mostrenco
 ancho, anchopi, anchopiteco
destino los chimingos
 a palenque y palenco
 ancho, anchopi, anchopiteco
 porque son muy lulingos.”[19]  

(Fragmentos)

Entre las espadas que adoptaron la pluma para pregonar su compromiso con el proceso revolucionario e independista no podemos dejar de mencionar a Juan Crisóstomo Lafinur (1797-1824)  y a Juan Ramón Rojas (1784-1824). El primero de ellos participó  en las campañas del ejército del Norte y luego ejerció la docencia en Buenos Aires, donde dictó las clases de filosofía en el Colegio de la Unión del Sur, cargo que debió  abandonar debido  a su ideología liberal. Se trasladó luego a Mendoza y posteriormente a Chile donde murió. Es el autor de la oración fúnebre que en la catedral de Buenos Aires leyó Valentín Gómez en las exequias del general Manuel Belgrano, cuyas líneas finales vibran con intensidad: 

“Viva en nosotros tu oración sagrada
 como el fuego de Vesta; orgullo sea 
de las divinas letras; pesadumbre  
de los tiranos; ornamento digno
de la patria; que al héroe honra mil veces,
más que mármoles, bronces y cipreses.” [20]

(Fragmento)


Juan Ramón Rojas estudió en el Colegio de San Carlos y  participó en la defensa de Buenos Aires (1806), integró el cuerpo de Patricios en el sitio de Montevideo y luego fue trasladado al regimiento de granaderos a caballo, creado por el general San Martín. En la derrota  de Sipe-Sipe, comandó un escuadrón de dicho regimiento, al frente del cual cargó varias veces contra el enemigo intentando infructuosamente  detener su avance demoledor.
A su regreso a Buenos Aires se dedicó al comercio y las letras. Aquí mantuvo una estrecha relación con los poetas  Esteban de Luca, Juan Cruz Varela y Bartolomé Hidalgo. Asimismo,  fue uno de los fundadores de la Sociedad del Buen Gusto en el Teatro, organización que a través de este medio se proponía difundir las reformas sociales. Defendió con entusiasmo la revolución y fue un apólogo del ideario de mayo y de la actuación de Mariano Moreno. De los acontecimientos revolucionarios, de los grandes hechos de la guerra de la independencia, nos ha dejado en sus odas guerreras vívidas imágenes y páginas ilustrativas acerca del sacrificio y valor de aquellos hombres que participaron de aquella  epopeya. 
José E. Rodó conjetura que es Buenos Aires la que: “…mantiene con sus tribunos, con sus publicistas, con sus poetas, la propaganda, el nervio de la revolución.”[21] El centro urbano donde  confluirían patriotas procedentes de distintos puntos del país y América para continuar el proyecto de los hombres de mayo. Entre ellos el cubano Antonio José Valdés (1780-ca 1833),  docente, editor y poeta, quien residió en esta ciudad entre (ca 1814-1817), donde ejerció el periodismo, animado por el impulso de independizar toda la América de la “nación hispana”.[22]
La obra de estos poetas, escritores y traductores que actuaron en aquellos tiempos épicos, fundacionales, es la piedra basal sobre la cual se erige “una nueva cultura, unas nuevas costumbres, nuevos usos y nuevos giros expresivos…”.[23]      
     
Hilario Ascasubi



[1] José Luis Busaniche, Historia argentina, n.pág.382, Taurus, Buenos Aires, 2005.
[2] Leopoldo Corretjer (Barcelona, España, 1862-Buenos Aires, 1941), Himno a Sarmiento.
[3] Carlos Javier Benielli (Mendoza-1878- Buenos Aires, 1934), Marcha de San Lorenzo, ca 1902.
[4] Fermín Estrella Gutierrez y Emilio Suárez Calimano, Historia de la literatura americana y argentina, Kapeluz, Buenos Aires, 1940.
[5] La lira Argentina ,colección de piezas poética, dadas a luz en Bs As durante la Guerra de Independencia, Edición crítica, José Luis Barcia, Academia Argentina de Letras, Bs As, 1983.
[6] La Lira Argentina, op. cit., pag. 4.
[7] Jorge Luis Borges, Pedro Henríquez Ureña, Antología clásica de la literatura argentina, Buenos Aires, 1937.
[8] Manuel Mujica Láinez, Bartolomé Hidalgo, Los porteños, Elefante Blanco, Buenos Aires, 1998.
[9] J.L. Lanuza, Coplas y cantares,  Emecé ,1952-M.M.Láinez, Los Porteños, Elefante Blanco, Bs As, 1998.
[10] M. Menéndez y Pelayo, Historia de la poesía argentina y uruguaya,  Buenos Aires, 1943.
 [11] Juan María Gutiérrez, Historia y crítica, Biblioteca Ayacucho,  Caracas, Venezuela, 2004.
[12] La Lira Argentina, op. cit., pag. 4.
[13] Olga  Fernández Latour de Botas, Esteban de Luca,  Revolución en el Plata, Emecé, Buenos Aires, 2010.
[14] La Lira Argentina, op. cit., pag. 4.
[15] La Lira Argentina, op. cit., pag. 4.
[16] La Lira Argentina, op. cit., pag. 4..
[17]  Godos, españoles.
[18]  Francisco de Paula Castañeda, en El despertador  teofilantrópico, Buenos Aires, 1820.
[19]  La Lira Argentina, op. cit., pag. 4.
[20]  La Lira Argentina, op. cit., pag. 4.
[21] José E. Rodó, La tradición intelectual argentina, El mirador de Próspero, Barreiro y Ramos, Mvd, 1958.
[22] Op. cit. nota 5.
[23] Juan G. Guillermo Gómez García, en De la poesía y elocuencia de las tribus de América, J.M. Gutierréz, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 2006.