martes, 27 de enero de 2026

EDUARDO D’ANNA: HACIA LA CONSTRUCCIÓN DE UNA TRADICIÓN LITERARIA

 

Eduardo D'Anna
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        

En los últimos años se han publicado ediciones que buscan dar a conocer integralmente la obra varios escritores rosarinos. Comentamos aquí tres de ellas, dos oficiales y una realizada en forma particular.

En 2000, siendo Elvio E. Gandolfo director de publicaciones de la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Rosario, se dio a conocer la “Obra poética y otros textos” , de Arturo Fruttero, puesta al cuidado de Osvaldo Aguirre. El volumen incluye el único libro publicado en vida por Fruttero, “Hallazgo de la Roca”, prácticamente inhallable, y varios poemas posteriores inéditos cuya existencia era conocida, pero que no habían podido ser leídos hasta ahora por el público. Incluye también dos textos, uno inédito y otro de carácter biográfico, publicado pero también casi inaccesible; y ensayos, notas y correspondencia, casi toda inédita. Se sabe que no llegaron a recopilarse aquí otros poemas tardíos, algunos ensayos inéditos (sobre Pedrotti, por ejemplo), y sus traducciones de poetas ingleses y franceses. El trabajo de Aguirre es prolijo y documentado, pero temo que el autor trata de facilitarse la existencia cuando afirma que “la obra de Fruttero no tiene ninguna relación con la propuestas de la Generación del ‘40 -en la que se lo podría situar por cuestiones cronológicas- ni reconoce antecedentes ni seguidores”.
Sin embargo, si nos tomamos el trabajo de estudiar la literatura de Rosario como conjunto (ya veremos los problemas que le ocasiona a Aguirre el no hacerlo), observaremos que la obra de Fruttero no sólo  posee rasgos de la Generación del ‘40, sino también vanguardistas, ya que este último movimiento se despliega en nuestra ciudad recién a partir de 1941, es decir, simultáneamente con aquélla. Se verá también que en esto Fruttero no es ninguna excepción, ya que son varios los poetas rosarinos que en ese momento se debatían entre una y otra sensibilidad, sin decidirse claramente por ninguna. El que sí adopta una línea original, porque escribe diez años antes y se las arregla para ajustar las cuentas con el modernismo él solo, es Fausto Hernández, pero Aguirre parece desconocer su existencia.
En noviembre de 2001 debía aparecer la “Obra poética y otros textos”, de Felipe Aldana, también editado por la Municipalidad, y en continuación de una política de difusión de los autores locales del pasado (está previsto también un libro con los poemas de Irma Peirano, en el que está trabajando Delia Crochet,  y sería la segunda vez que este organismo la edita). Para entonces Gandolfo había renunciado a su cargo, al parecer por razones personales (nunca se explicó). No habiendo ya incompatibilidad ética, y teniendo en cuenta que Gandolfo, según su propia confesión, “llegó a creer que la única forma de sobrevivir era la Municipalidad” (cfr. revista “Vasto Mundo” Nº 16, artículo ‘Rosarinien Kultur’), se vio, posiblemente, tentado de hacerse unos pesitos agregando un estudio suyo sobre el gran poeta, pese a que ya Aguirre se había encargado de prologar la edición, también a su cargo.
Desgraciadamente como ya dijimos, Aguirre es remiso a enfocar la literatura rosarina como conjunto, y en esta ocasión cometió el error de tomar como propios de Aldana unos quince poemas contenidos en un cuadernillo, sin mención de autor, existente entre sus papeles póstumos. El estilo y sobre todo su ideario poético son manifiestamente ajenos a Aldana, pero como Aguirre no sabe distinguir entre la poesía de los del ‘40, la vanguardista, y la de los que no tienen relación con una u otra, no supo descubrir que esas liras pertenecían a León Pérez, un amigo de Aldana que con el seudónimo de León Bet Amar, los publicó bajo el título común de “El mirador que se mira” en 1947, antes de emigrar a Venezuela.  
Aguirre se había abstenido de opinar específicamente sobre estos textos (al referirse a otros poemas también en algún momento dubitados, “Los poemas del gran río”, lo hace con responsabilidad y seriedad), pero Gandolfo, que cree tener muy calada la cultura de la ciudad, se hundió mucho más profundamente en el tembladeral: soltó bravíamente su intelecto, abundando en conclusiones como: “descubre el recurso último en él mismo”, “se asombra de la potencialidad de su boca”, “aparece un arrepentimiento, esta vez en retroceso hacia la emoción”, todo citando los poemas de Pérez. Claro está que a un vanguardista como Aldana, preocupado permanentemente en representar el mundo exterior, no podía caberle descubrir el último recurso en él mismo (si Aldana viviera, a Gandolfo lo mata, él que postulaba que la única forma de redención era la revolución de los hombres contra la injusticia), ni se asombraría de la potencialidad de su boca, que era justamente lo que él quería poseer. Pérez sí es un poeta del ‘40, como Irma Peirano, que elaboró la solapa de su libro, sosteniendo que un poeta no debe caer en “el rebuscamiento vano” ni “la palabra inútil”, o sea, quizás, en aquello que Aldana y los vanguardistas buscaban (y conseguían). “Búsqueda”, poema de Pérez, no “parece simbolizar la estética misma de Aldana”, como afirma patéticamente Gandolfo, sino, desde luego, la de Pérez.
Cuando la gente de la Municipalidad se dio cuenta, el libro ya estaba impreso, encuadernado, y por presentarse. Hubo que suspender todo. Con perseverancia casi oriental, Pedro Cantini, el nuevo director, hizo eliminar el artículo y los apócrifos, corrió de lugar algunas prosas que venían incluidas,  y rearmó de nuevo el volumen, que finalmente vio la luz un año después  (conserva, no obstante, el pie de imprenta anterior). Fueron sacrificados media docena de poemas y varias prosas sobre temas literarios, algunas de las cuales ya habían aparecido en la edición de 1977. Varias incoherencias en el aparato crítico no pudieron suprimirse.
Más allá de todo lo apuntado, no puede sino considerarse positivo la aparición de estos dos libros, que permiten conocer en amplitud dos poéticas indispensables para quien se adentre en la literatura de Rosario. En ese mismo sentido, “Palabras a mano” , tomo primero de los poemas escogidos de Hugo Diz, publicado en agosto de 2003 por Ciudad Gótica, una editorial rosarina que viene realizando un trabajo importante de difusión de autores locales con una calidad tipográfica y artística razonables, viene también a llenar una necesidad indiscutible: la poesía de Diz, como la de todos los poetas de su generación, es prácticamente inhallable para el lector que no hubiera tenido oportunidad de hacerse de los respectivos libros en el momento de su aparición, que para el caso se extiende por un período que va desde 1969 hasta 1983.
Pero las características de esta reedición plantean otro tipo de problema: tal como viene indicado desde el título, Diz no ha republicado todos sus poemas de este período, ha  practicado  una  selección, lo que equivale a una modificación indirecta de los textos elegidos, por creación de un nuevo corpus.  Además,  también  ha introducido  variantes  de  importancia.
El derecho del poeta a modificar sus versiones una vez que han sido publicadas ha generado buena cantidad de tinta. Es bien conocida la posición de Borges al respecto, a quien pareció ridículo que la publicación de un texto limite la posibilidad de corrección a su autor, cuando antes de ello la misma facultad no tiene límite alguno. ¿En qué cambia las cosas el hecho de dar a publicidad el texto?, se preguntaba. Pero el problema debe ser planteado en otro nivel. No se trata de que corresponda o no corregir textos ya conocidos del público, sino del intervalo temporal que media entre la publicación de la versión original y la corregida.
Diz ya había reeditado en 1976 sus tres primeros libros (“El amor dejado en las esquinas”, -título que desapareció ya entonces-, “Poemas insurrectos”, y “Algunas críticas y otros homenajes” -que pasó a ser “Algunas críticas, otros homenajes”-), oportunidad en que efectuó correcciones, pero ellas estaban aún dentro del clima espiritual que generó las primeras versiones. Hoy, por el contrario, transcurridos más de treinta años, la visión del poeta es demasiado diferente para soportar algo más que ligeros retoques. El resultado es que tenemos prácticamente un lote de poemas nuevos, y buena parte del público continuará desconociendo los poemas viejos.
Ello ocurre asimismo, aunque de manera menos evidente, en los libros que se recopilan a continuación de aquéllos. No podemos en este caso sostener que se trate de poemas “nuevos”, pero la nueva escritura respeta poco aquella original anfibiología y los inesperados barbarismos que caracterizaban al primer Diz. Proporcionemos un ejemplo: en ese memorable poema que es “Secuencias de mayo”, Diz había escrito al describir el asesinato de Bello, “dispara por disparar/tira por valentía”. Ahora, con el pudor que le da la experiencia y el oficio, Diz anota: “tira por cobardía”. Antes se generaba una oscuridad semántica molesta, que sugería magistralmente la complejidad de los hechos. Ahora, se consigna una obviedad.
Otras correcciones son inanes, y algunas, acertadas, por qué no. Pero queda sin entenderse demasiado el por qué de alterar una obra bien sólida, que aunque ya conlleva claro está cierta marca del tiempo, sale en lo general perfectamente airosa de ella.
En cualquier caso, no debe entenderse lo dicho como que el libro no valga la pena de leerse. Todo él, pese a todo, trasciende la personalísima impronta de esta lírica, una de las más importantes, no sólo de Rosario, sino de Hispanoamérica. Pero los eruditos, con tantas variantes, tendrán su buen trabajo cuando sea necesario contar con una lectura organizada. El estudio preliminar de Martín Prieto es suscitante. Hacía falta alguien de otra edad y otro lugar de la poesía, que se ocupara de la obra de Diz.
                                                                                                                                                                                                                                [Publicado en la revista Poesía de Rosario N.º 12, Rosario, 2003].
                                                                                                                                                                                                              Eduardo D’Anna (Rosario, 1947)  Poeta, narrador y ensayista.