| Raymond Carver |
Hechizo
Entre las cinco y las siete esta tarde
estuve recostado en el canal del sueño. Unido
a este mundo nada más que por la esperanza,
dando vueltas en una corriente de oscuras imágenes.
Fue en estas horas que las condiciones meteorológicas
sufrieron una metamorfosis, enloquecieron.
Aquello que había sido vil y raído, pero comprensible,
se transformó en algo hinchado y
irreconocible. Algo totalmente malvado.
Mi abatido ánimo, no necesitaba nada de esto.
Era lo último que deseaba sobre la tierra.
Por lo tanto, reuniendo todas mis energías
decidí empujar el mal tiempo
enviarlo costa abajo a un río muy lejano que conozco.
Un río capaz de controlar el mal tiempo.
¿Y si el río debe huir hacia terrenos
más altos ? Dale algunos días.
Ya hallará su camino.
Entonces todo volverá a ser como antes. Lo juro
esto no será más que un mal recuerdo, si llega a eso.
Sí, a estas horas la semana que viene ya no recordaré
lo que sentía mientras escribía esto.
Habré olvidado que una tarde dormí mal,
que tuve ciertas pesadillas, para despertar a las siete de la tarde
mirar el cielo tormentoso y, después de ese primer sobresalto—
recuperar el coraje. Pensar largamente y con intensidad
acerca de lo que quiero, lo que puedo dejar de lado
o enviar a otro sitio. ¡Y luego hacerlo!
Sí. Utilizando palabras y signos.
Vigilia
Ellos esperaron todo el día la aparición del sol. Finalmente,
en las últimas horas de la tarde, como un príncipe bondadoso
éste se mostró por unos pocos minutos.
Resplandeció en las alturas iluminando la pradera que se extiende
al pie de las montañas detrás de la casa prestada que ocupaban.
Luego las nubes se cerraron nuevamente.
Ellos estaban suficientemente felices. Pero, toda la tarde
las cortinas tuvieron gestos melancólicos,
flotando frente a las ventanas abiertas. Después de la cena
salieron al balcón. Donde escucharon a las aguas estrellándose
en las rocosas márgenes del río y, aún más cercano,
el crujido de los árboles, el suspiro de las ramas.
El pasto crecido prometía susurrar eternamente.
Ella estiró sus dedos y le acarició el cuello.
El tocó suavemente las mejillas pálidas de la mujer.
Luego de todos lados aparecieron murciélagos acosándolos.
Decidieron entrar en la casa. Cerraron las ventanas. Mantuvieron
su distancia. Observaron la lenta procesión de estrellas,
advirtiendo, de vez en cuando, el vuelo de esas pequeñas criaturas
frente al rostro de la luna.
La relampagueante velocidad del pasado
El cadáver alimenta la ansiedad en aquellos hombres
que creen en el juicio final, y en aquellos que no.
André Malraux
Enterró a su esposa, que murió en la
desdicha. Y, él en la suya,
se refugió en la galería de la casa, desde donde observaba
la puesta del sol, el surgimiento de la luna.
Los día aparentemente pasaban, solo
para regresar nuevamente. Como en un sueño en el
que uno piensa, esto ya lo soñé.
Nada, que habiendo llegado, permanecerá.
Con su cuchillo peló una manzana.
La blanca pulpa, el cuerpo de la manzana,
se oscureció,
y viró del marrón al negro, frente a sus ojos.
El rostro gastado de la muerte.
La relampagueante velocidad del pasado. (versiones Esteban Moore)
Raymond Carver (Clatskanie, Oregon, 1938 - Port Angeles, Washington, 1988)
Referencias q.v. posteos anteriores.