Agustin Mazzini
UNA LUZ DESHABITADA
Grave,
como quien cae desde el reino de los muros
y da un último giro al escalpelo,
lo presentí.
Era tu humareda jadeante, tus temblores,
tus nidos de alfabetos lluviosos
cuando no pude guardarte en mis aguas desveladas,
en mis perfumes derribados
mientras bebías la cerveza que tu soledad busca con desesperación.
Miraste a la nada,
la nada no te miró,
y un hueco nace al pronunciar tu nombre;
un hueco lleno con licores ardientes:
ahora
soy esta rueda cansada de perseguir siempre la misma sombra,
pordiosero con olor a bestia;
ni siquiera escribo: tejo en la memoria jaurías,
a cualquier pregunta respondo
"está oscuro".
Desde vos
algo se ha posado para siempre en mí:
¿algo de sangre que se esparce olvidando,
algo que sopla sobre mis ojos dejándolos en sepia
a pesar de los puños congelados en la carne,
a pesar
de que sea yo este hombre sin luz
que recorre descalzo los trenes hasta quedarse dormido?
De nosotros hubieran dicho:
“Qué lástima esa fibra que comparten, esa fibra siniestra”.
“¡Revuelven hojas muertas de sed en los ataúdes!”
“¡Sus miradas impregnan de un sabor amargo todo lo que tocan!”
No importa,
vos volás con tus alas hechas de diarios amarillos,
yo hiberno cuatro siglos sobre un vestido de boda;
Yo,
tan agua que grita y humea,
vos,
tan fruta hermosa en medio de tu baile de máscaras,
sos una luz deshabitada.
No sé
cuántas veces te habrás acostado en una vida
con la esperanza de despertarte en otra diferente,
por eso
volvamos
a las curvas heladas de la madrugada,
dejemos esta danza del tabaco en el exilio.
Vayamos,
que la madrugada se vestirá de novia
y veremos cambiarse a las sombras de lugar,
por ejemplo,
tu voz tendrá sombra de leopardo
y el leopardo, de sol
y la vida, de gorrión que vuela bajo la locura
tan solitario…
Vamos,
que en la lucha entre el deseo y la realidad
crece el amor con su cabellera de ríos.
Sucio es
arrancarse pájaros del pecho por
vos:
cuchara de nieve
sostenida por una mano del cielo,
última luz salvada en el naufragio.
Miremos, hablemos, digamos,
o seguiremos siendo rota constelación
en la ajena historia que te contás a vos misma.
Buenos Aires, 18 de julio de 2025
***
Niño,
difícil es contar la historia de la noche.
Grandes cadenas en el tiempo murmuran
y hay que reconstruir el camino lejos de cualquier atisbo de cadáver.
Noviembre en tu ajada voz al decir.
Martes en ese vacío pedernal.
Niño,
doloroso será oírte:
los días son trajes interminables en cuerpos equivocados.
Con plegarias sinceras
sé que contarás, como puedas, la historia de la noche.
El resto somos muy caballo para escucharte.
Somos muy nieve en la palma de nuestros soles.
Niño,
no te enojes si me río de tus desafinadas lluvias;
te miro
y veo un abecedario sin viento,
la astilla de un árbol que no aprendió a morir,
un ramo de respuestas sin preguntas.
Balbuceá, de todas formas, esa historia:
hacé un muro con unas pocas lágrimas
y que tus huellas crezcan dando gritos
que hacen temblar el filo de la tierra,
a la hora en que tambalean las agujas
y los aromas, replegados, levantan tu opaco rostro.
Niño,
un delirio de luces febriles entra a tu sangre
para que te dediques al cráneo y me cuentes
que te repetís en el barro aunque sos arena,
te reiterás en la ceniza a pesar de ser corazón.
Ya hay por cada relámpago un cielo diferente:
esperamos que empieces a hablar.
Respirá profundo, buscate al principio de la escarcha.
No tengas miedo.
Niño,
algo de todo lo que nombres
hará su trabajo de nombrarte.
***
Al atravesar las aguas
que vuelven más whisky la mirada de la lluvia
me fui enamorando de los papeles de la nieve.
Poco a poco
me llenaron de fósforos usados,
me arrojaron a una orquesta de vidas que se rompen,
a un agrio fruto de mares que perdieron el Sur
y yo,
que desconocía la quemadura,
empecé a arrastrar carne desnuda por los tejados del amor.
Se llevaron mi alma a un rincón para arrebatarle sus grillos
y obligarla a que deje de dibujar sus tiernos garabatos.
Aquí,
equivoqué junio, la vida borró sus aromas,
me atacaron sin piedad pieles amarillas.
No importa quién soy:
un niño, un poeta;
lo entendí tarde:
en mi edad ya son las tres de la luna,
las dos del mar en todos mis silencios.
Hijo de la noche,
látigo en la sombra;
con cinco fantasmas por cada brote de luciérnagas,
soy
un animal
rogando que le acerquen un color para respirar.
AGUSTÍN MAZZINI (Buenos Aires, 1993), ha publicado, entre otros, los libros de poesía Poemas de Rue Parthenais (Difácil, Valladolid, 2021), El perfume de la flor tatuada (Eolas Ediciones, León, 2022) y los volúmenes Su corazón una moneda (Aguacero Ediciones, Tucumán, 2021) y Las edades de la lluvia (Pinap Editora, Buenos Aires, 2024). Ha recibido, entre otros, el Premio Nacional “Bustriazo Ortiz” Para Jóvenes Poetas, el XIX Premio Internacional de Poesía Joven “Martín García Ramos” y el III Premio Fundación MonteLeón de Poesía Joven. Finalista del I Premio Hispanomericano de Poesía “Francisco Ruiz Udiel”. Fue becado por el Ministerio de Cultura argentino en convenio con el Conseil des Artts et des Lettres du Québec para una residencia de creación en Montreal. Actualmente es director de la revista La poesía alcanza.