miércoles, 3 de junio de 2026

Esteban Moore: EL FILETE PORTEÑO

 


 
                                                                                                                                                                   



La datación histórica del nacimiento del filete es difusa. El inicio de esta práctica, la  de adornar los carros de carga,  que se transformaría con el correr del tiempo en una expresión artística urbana propia de la ciudad de Buenos Aires, comenzó en algún momento, en los últimos años del siglo siglo XIX  y los albores del  XX.  

El paso de los años le sería pródigo, convertiría este oficio, ya centenario, en uno de los símbolos de nuestra cultura ciudadana, que por su característica eminentemente decorativa y su contenido, se diferencia claramente de la tradición  que en este campo  se lleva a cabo en otros países.

Distintos testimonios sostienen que fue  en una fábrica de carros, en la época en la que éstos se pintaban de un gris uniforme, al igual que los carros municipales, que un pintor decidió cambiar el color de uno de ellos.  Esta audaz modificación fue aceptada  inmediatamente por los usuarios y el público en general.

La innovación en el color de la pintura fue seguida luego por la realización de los primeros recuadros en carros y jardineras de panaderos, en los que se incluyeron filetes de distintos espesores, medidas y colores. A partir de este momento los carros ya no sólo llevarían en sus flancos inscripciones con el nombre de sus dueños o de las empresas propietarias. Entra en escena una forma artística compleja, que muestra una simetría perfecta, la acertada coordinación de los distintos elementos ornamentales, de los colores y una combinación de los claros y oscuros. 

El filete más tarde se enriquecería con el agregado de los detalles  de  la gráfica del papel moneda argentino, de los ornamentos arquitectónicos,  y de  la letra gótica. Estos elementos decorativos se complementaban con imágenes de flores, paisajes,  aves, animales, retratos de Carlos Gardel, escenas del turf y en algunos casos reproducciones de la Virgen de Luján. 

De raíces fundamentalmente populares, este arte aplicado engalanaría, luego de la desaparición del carro, otros medios de transporte y carga más modernos como: el colectivo y el camión.  

De su condición de arte aplicado pasará posteriormente al caballete, rescatado por distintos artistas. Esperamos que en un futuro cercano este arte popular porteño pueda recorrer nuevamente las calles de Buenos Aires. Y que lo haga en los medios que fueron fundamentales en la difusión del trabajo de los maestros fileteadores: el colectivo y otros medios de carga.                                                                                                                                                                                                                                             
El fileteado en los medios públicos de transporte fue prohibido por una ordenanza (SETOP 1605/75), actualizada en 1985 y derogada en 2006.                                                                                                                                                                                                  
Anteriormente el gobierno de la época había colocado un disco giratorio, de grandes proporciones, en el obelisco con la leyenda: “El silencio es salud”. Toda una definición.

En la actualidad el porteño de a pie puede observar que las unidades de distintas líneas de colectivos, con recorridos distintos, ha sido pintadas del mismo color: azul. Medida que confunde a aquellos que a la distancia los identificaban por su color, ya que el número correspondientes a cada una de ellas es visible a corta distancia. 

Y en sus laterales todas llevan la misma ilustración. Unos trazos curvos  con la pretensión de ser un filete. Pero que poco y nada tienen que ver con la tradición creativa y la representación de símbolos y sentimientos que realiza el filete porteño, inspirándose, en diversos aspectos de nuestra cultura popular.