jueves, 17 de septiembre de 2026

Horacio Verzi: 1 - The Sons of Blues

 

Editorial Yaugurú, Montevideo

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                


…Oouuhhh yeahhh… ¡Aquí están, aquí, aquí, yes, yes, yes, aquí los tienen!… Para el programa de esta noche nos interpretarán algunos números como Woke Up This Morning, Rock Me Baby, Don´t Burn Down the Bridge…, y también nada menos, ¡síííí!, nada menos que Hoochie Coochie Man…y As The Years Go Passing By… Oouuhhh… Help me!… Sí, sí, sí, sí… Sweet Little Angel… Aaaaooouuhhh yeahhh ─enfervorizado y sin complejos por su horrible dicción del inglés─, queridos compatriotas, así como lo oyen, pué… ¡Síííí!... Señoras y señores, chamaquitos, hermanos cooperantes: también tocarán I´ll Play The Blues For You, Baby Can I Make You Change Your Mind…?, Slow Blues in “G”, Got My Mojo Working, Every Day I Have The Blues, Honky Tonky… ─le preguntaron a Bruce La Point si esto último era un garito o una simbolización del quilombo que es a veces la vida, y entonces tuvieron que explicarle qué era un quilombo─ Sí, sí, sí, sí…, sons of joke…
Y tampoco se entendió lo que el presentador quiso decir con esta expresión, si fue dirigida al público o a los músicos o fue una traición del subconsciente. Pero, fuera lo que fuese, no one was joking. Porque fue en esa noche ─esa increíble negrura de lluvia─, noche escandalosa, enmarañada y absurda, con los murciélagos que se descolgaron de los rajados techos de Las Ruinas del Gran Hotel y revolotearon sin cesar sobre las cabezas de mil fanáticos, curiosos, intelectuales, marihuaneros y locos que esperaban a Billy Branch y su armónica de otro mundo, a J.W. Williams y su bajo, a Carl Weathersby y su guitarra y a Mose Rutues Jr con su batería, y soportaron las gotas y las gotitas que se filtraban por las grietas del cielo raso mientras todos aguardaban en una bulla tímida y sorda a que pasara el apagón que había dejado el temporal y pudieran verlos y escucharlos en esa vena clásica del blues de Chicago de los años cincuenta ─por eso Bruce experimentaba un orgullo especial─, uniendo el funk y el soul jazz con singular fineza, según le explicó luego la norteamericana a Vicente, que dicho sea de paso, se vieron por segunda vez junto a la jaula de los guacamayos el día del concierto, o sea un 24 de mayo de 1986 en el patio exterior del restaurante Los Antojitos, ocho horas antes de que aquella especie de Hamelin postmodernista los hipnotizara a todos con sus ágiles solos de armónica mientras los murciélagos, lejos de amedrentarse con Stormy Monday o con Crosscut Saw ni con la inolvidable interpretación que hizo Branch de Hoochie Coochie Man, lo acompañaron con sus piruetas aéreas y espirituales y prosiguieron infatigablemente dando vueltas por encima de su cabeza de mulato y sus ojos violetas que parecían mirar más allá de las carcomidas paredes del ex hotel y ver venir las notas que le llegaban desde la infancia por los muelles y mataderos de Chicago, las fusas y semifusas que pudieron sobrevolar las ruinas de Jinotega y Estelí, La Trinidad y León, que pasaron por encima de Madriz y Las Segovias y se colaron entre los “cachorros” que “a puro vergueo” peinaban las colinas de Matagalpa a Ocotal, en tanto soplaba sin parar como un poseso, un iluminado, aquella su pequeña armónica Rainy Nigth In Georgia, Five Long Years, Sweet Sixteen y Sweet Home Chicago ─que Bruce disfrutó tan especialmente─, todos ellos, todos: el Branch que llegó al istmo centroamericano después de realizar cientos de giras por el interior de los Estados Unidos, las dos Europas y México, y Weathersby, luego de haber acompañado con su guitarra a los más renombrados artistas del blues (B.B. Odom, Albert King, Bruce Benton y B.B. King), y J.W. Williams, que con su bajo estuvo junto a las estrellas Jimmy Reed y Bobby Rush y John Lee, y organizó los Chi-Town Hustlers como una banda de ritmos y blues allá por los años 70, y el percusionista Rutues Jr., que en 1982 se unió al The Sons of Blues fundado por Branch, y el propio Bruce La Point, que al tiempo que informaba a los latinos sobre los antecedentes realizaba su íntima verificación parcial del mundo carpenteriano estudiado en la Universidad de Berkeley (de Chicago había salido con sus padres hacia California a los quince años), y la norteamericana, “Alexandra la norteamericana”, que nunca se supo de dónde la sacó Bruce (se cree que también de California, de Palo Alto para ser más exactos) en momentos en que daba los últimos toques para completar su proyecto de informativos radiales para la Cadena Pacific, y que la casualidad la hizo intermediaria e interlocutora de recónditas impresiones de todas las gentes y todas las cosas que estuvieron presentes aquella noche de concierto: el cuarteto The Sons of Blues/Chi-Town Hustlers, los intelectuales, los periodistas, los alucinados fumadores, los agentes de la Seguridad del Estado, los snobs, los “contras”, los agentes de Inteligencia Militar y los de Contrainteligencia, el comandante Bayardo Arce, que también estuvo presente en la fantasmagórica noche del estreno sentado en primera fila entre dos hermosas jovencitas, en mangas de camisa y con jeans de mezclilla, los locos, los vagos, los porteros, los guerrilleros sin fortuna, los corredores de cien metros llanos en campos minados, los turistas, ¡sí, sí, que habían venido para ver la guerra!, que habían llegado para hallar Managua la Inhallable y pisar las coladas de lava del volcán de Masaya y la flor de Poro-Poro y beber traguitos en La Yerbabuena, los cooperantes, los internacionalistas, los traductores y las traductoras, los médicos de la entonces todavía República Democrática Alemana, las enfermeras francesas de Puerto Cabezas, los norteamericanos en proceso de desnorteamericanización con y sin complejo de culpa, los corresponsales extranjeros, los murciélagos, el apagón, las gotas que caían de los rajados techos del otrora Gran Hotel y el viento embolsado en el patio interior, durante la increíble, la escandalosa, durante la enmarañada noche, entre todos ellos, Alexandra la norteamericana le comentó a Vicente, que estaba sentado a su lado:
─¿No es lo real maravilloso?
Y Vicente, el mismo que antaño deambulara desde la Sierra de los Cuchumatanes, donde los indios mames con alborozo lo apodaran “el Mosquito”, hasta el archipiélago de Bocas del Toro, y que la noche del concierto conservaba en el rostro los rojos puntos que dejan lo zancudos del norte cuando pican, porque hacía algo menos de 24 horas había regresado de los frentes de batalla como corresponsal de guerra luego de cruzar en helicóptero, en camión y a pie el territorio de Zelaya Central, los ríos Grande de Matagalpa y el Prinzapolka en las inmediaciones de Limbaica, y las corrientes del Kuringwas y el Bambana y el Cucalaya, y atravesado la laguna de Karatá; que había vadeado el río Wawa desde la margen meridional, por la llanura de Yulu, para alcanzar más al norte las orillas del dorado Wangki, y que en las noches de Nueva Guinea por los meandros del San Juan fue hostigado por los alacranes y las arañas y los mosquitos de la malaria; que había documentado e informado al mundo acerca de diecinueve ataques de hostigamiento provenientes de los campamentos “contras” en Honduras, siete asesinatos, quince secuestros violentos, seis emboscadas, treinta y cinco violaciones aéreas y tres navales y diez infiltraciones por las tierras adyacentes al cabo Gracias a Dios y a la laguna de Gracias a Dios; que había seguido las pistas de Steadman Fagoth y Brooklyn Rivera ─esto lo sabe muy poca gente, pero tiempo atrás Vicente había logrado convencer al embajador norteamericano Negroponte y a otros mandos de la Agencia Central de Inteligencia en Tegucigalpa de que lo dejaran ir a Puerto Lempira, gracias a lo cual pudo estar presente cuando Rivera y Fagoth se enfrentaron a balazos en el “aserrinado” piso del bar y restaurante de Florinda Flores, Las Brisas del Karataska, circunstancia que más tarde le permitió infiltrarse por unas semanas en las filas de Misurasata y seguir las marchas de esta organización de miskitos, sumus y ramas alzados por las riberas del Río Grande y en las comunidades miskitas de Kara, Karawala, Sandy Bay, Sirpi, La Barra y Walpa, y sobre Laguna de Perlas y Tasba Pauni, frente al mar, y también entre los criollos de Marshall Point y Brown Bank, sin llegar a saber si la toponimia era herencia de los piratas ingleses del siglo XVII, de la incursión de los filibusteros yanquis que en junio de 1855 desembarcaron con William Walker o de los infantes de marina que en el ´26 llegaron a Puerto Cabezas a bordo de los cruceros Denver y Cleveland, y sorteado además las emboscadas tendidas por Rufino Wilson y Adan Artola─; Vicente, que se salvó de ser mordido por la barba amarilla cuando pernoctó en la aldea fantasma de Kum o cuando estuvo en los poblados de San Jerónimo, Esperanza, Leymos y la comercial Waspán, las tierras habitadas por ciento ochenta y dos mil mestizos, setenta mil miskitos, veinticinco mil negros, quince mil sumus, mil doscientos garífonos y mil ramas, las trochas abiertas por el desaparecido Eduardo Panting, cuya misteriosa muerte daría por mucho tiempo materia prima a periodistas y políticos; Vicente, que había brindado a diarios, semanarios y revistas más de medio millar de fotos que jamás se publicaron de los campesinos degollados y mutilados en las inmediaciones de las comunidades de Saupuca y Bilwaskarma, de Wasela y Anrís, que se había cruzado con 1,6 habitante por kilómetro cuadrado y atravesando una inmensa estepa verde sembrada de palma africana, y que además logró lo que no pudieron muchos, o sea amar y ser amado por una mairin uba pain (dicho en miskito por él debido a esa tendencia a registrar expresiones de la lengua del lugar en que se hallaba), capaz ella de escuchar en silencio su arte de fabulista; Vicente, que había leído las poesías eróticas de Juan Second, un ejemplar de colección que encontró en la bibliotequita particular de un pastor moravo, tendido sobre una hamaca amarrada de dos palmeras en las arenas de la laguna de Gracias a Dios, las mismas que en el pasado hollaron los bucaneros Dampier, Coxen, Sharp, Wrigth y Esquemeling, y por el increíble marinero, comerciante, maderero, corsario, descubridor, explorador, constructor de barcos, gran bebedor de ginebra y fundador de Bluefields, el holandés Abraham Blauveldt, y seguramente también por Olaudah Equiano, conocido como Gustavus Vassa el Africano, que junto al doctor Irving acostumbró a destilar ron de piña y embriagarse con los miskitos de la plantación que regenteaba cuando no los atormentaba enseñándoles las crueldades papales que se refieren en el Martirologio de John Fox, según cuenta en sus crónicas Gustavito, libro cuya edición príncipe de Londres había llegado misteriosamente a las manos del pastor moravo que Vicente conoció en Laguna de Perlas, y que lleva impreso el daguerrotipo con su efigie en plano americano nada menos; Vicente, que luego se divirtió con Bruce La Point reconstruyendo en la imaginación el tipo de vidorria que seguramente se dio este africano emancipado junto a los nativos costeños, e intercambió luego con Alexandra las impresiones acerca de los sentimientos que le dejó la lectura, toda una serie de referencias veladas a los deseos inmoderados y secretos de Vassa, por decirlo así, con un giro que se avenga a su prosa santurrona (“¿No ves en su rostro una sensualidad perversa?”, le decía); Vicente, que no hacía mucho incluso había podido discutir con los activistas Russell Means, norteamericano de largas trenzas, y el canadiense bigotudo Clem Chartier, y hasta con el propio Pitufo, un alzado miskito de la cordillera de Polaina, sobre la estrategia de la lukanka indígena, prestando ahora más atención al folleto del concierto y a las palmadas que efectuaban el remozado comandante Arce y las dos jóvenes que lo acompañaban para marcar el ritmo de la interpretación que estaban haciendo de City, Country, City  o del por siempre inolvidable Hoochie Coochie Man, entre cansado y triste, le respondió: 
─Más bien… lo real horroroso.
Esa, esa fue al fin la noche en que descubrió que no había renunciado a la voluntad de regresar, el momento en que, en lo secreto del alma, amor mío, sintió la “fuerza del regreso”.