lunes, 18 de junio de 2012

Pablo Queralt: Poemas.






Pablo Queralt






















quien no conoce la cólera no vivió
como esa bandada de zorzales que cruza
el cielo como sin destino detrás de la lluvia
la ruta del sol la de siempre después de la siesta

estalla el canto del gallo con la misma fe
da la vuelta al mundo se alimenta de poesía
como los rostros de Carpani en esa fuerza obrera
de los vasos de vino vacios en almacenes ese suave
                                                                       humo

en otro lado de la ruta andando a los balazos
rompiendo la paz del campo de manzanillas
mis ojos piden paciencia ya la luz será azul
sobre los pastos en oleadas volando

en la caída silenciosa después del estampido
de garzas en el inmenso cielo a la tarde
cuando se van los turistas en ese aire fresco
de la vuelta en los camiones cargados de naranjas

escuchando en la Spica los resultados de los partidos
las notas del mirlo que se borran como un libro inédito
perdido en este lado de la luna este camión mugroso
con sus últimos nocturnos y una dulce llovizna en la noche perra
  

 ** **

9

cuando la casa cae desflecándose como una mente
que no puede sostenerse con sus buracos por el peso
del trote y levantás otra pared con que sangre que barro
despertás del retorcijón tragando luz entre las naranjas

del cielo mientras los árboles van anocheciendo allí
quedan tus amigos en la puerta de sus casas sus narices
con el motor de sus vidas frente al río en los límites de
la posibilidad ya todo estaba diagramado y yo me encierro
                                                                  en esta cápsula

en este mar paraguayo con mi odalisca de patio
el día de verano que salimos a nadar mar adentro
y cuando paré ya no estabas más todo era agua

y sol apunté al norte y a la noche llegue a la playa
nunca más te ví, los brazos eran plastilinas que no
cedían al temblor seria tarde por que los chicos estaban
                                                                  durmiendo.
                  
 ** **

7

esos instantes que sacan el azul
del cielo escucho sus cisnes hasta
el silencio de oro en el talión del brillo
ese mar respirando encima del secreto de la otra orilla.


El universo venía ahí
como un vals en su marea
siempre descubriendo algo

en el mapa de las yemas
al ras de esa vida mientras
ocurre la realidad


la sed del día en su agua
como una llanura una forma
de amar o ponerle peros a esa
agua que quien la encuentre entenderá.
   

 ** **


8

el ruido de las puertas
en el hotelito las palabras
del libro sobre el sol en los tejados

la música de cage que no está en ese latido
como aves flotando sobre nosotros en la cama

mi corazón secándose día  y noche en sus venas
hasta encontrar la calma que te estoy ofreciendo
una oscuridad aprende a vivir en nuestras vidas

llena de palabras nuestros pasos en un lenguaje
que nos deja en el silencio con su horizonte de bruma.


** **

pollo al champignon lomo
a la eduardo séptimo al marsala
escalopes revuelto gramajo
chernia salseada con hierbas
y crema de espárragos todo
por error o por sorpresa
puede perderse

pero alguien lo guarda en su libreta
de recetas a través de los años

y se sostiene pero cuidado con
que esté todo el tiempo allí
puede borrarse


hay algo más en esos
instantes que estás distraído
en que todo el pueblo bebe pisco

como una interrupción
que te lleva a comprender
como se van dando las cosas

amen, momento precioso


como ruge tu fuerza tu apetito
si te das permiso para disfrutar


comer como algo del eros

que te dice este es tu momento
tu parada

como si todo hubiera vuelto
a su comienzo

seguís insistiendo en tu mismo
idioma tus manzanas tus comidas
expandiendo tu interior


y fluís
en el peso del color
del aire

hasta que el agua te llega
y esa masa se extiende en espiral
en exceso

como cuando le decís algo
a alguien
que hace que nadie quiera
acercarte más a vos

y no te invitan
y volvés al espejismo de la casa
de esa palangana esa serie desaparecida


otras comidas fuertes
para pasar el mal trago
momento momentos momentos
cuánto ruido ruidos que soledad

y otro avance en la letra pequeña

ossobuco con salsa de pimientos
al vino tinto calamares rellenos
polentas gratinadas con guiso de rabo

zapallos azucarados de postre con crema batida
cognac
y al dormir


viene y se va
de vuelta a la vida
de la calle

esos velos
que no calman
nunca la sed

cociná cociná cociná

lo que hiciste hacélo ahora todo al revés


y ahí ponés los huevos
en el agua como a un niño en la cuna

los huevos poché de gallina de campo
que pasea al aire libre
rojos anaranjados

y escuchás la música amarilla de los tomates
y la panceta en la sartén

mientras molís la pimienta y ya las
arvejas y las habas blanqueadas
en manteca con los espárragos trigueros
(delicia del jardinero)
que construís en tu garganta

cordero cordero en cebollas
para mi amiga que me visita
esta noche
cantar de los cantares

ah necesitaba ver toda esta
luz del color de la naturaleza

pondré la mesa las sillas
de plástico
el mundo quedara afuera
haciendo ruido con el viento

 

 Pablo Queralt  (Buenos Aires, 1955) Poeta. Ha Publicado, entre otros títulos:
Cansancio de lo escrito(2001) ,  Un seductor mañana (2004), poema de la nieve (2009), Escribí mi nombre (2010) y 89 golpes y un whisky (2010).




  

sábado, 16 de junio de 2012

Alberto Hernández: Esteban Moore, El avión negro.









1.-
Juan Domingo Perón es imaginado en un poema que vuela sobre la ilusión, sobre una ciudad que vive los avatares de un tiempo que se repite diariamente en las vidrieras de las grandes tiendas porteñas. En el hedor que despide la basura de la ruidosa y crecida Buenos Aires,  Juan Domingo Perón rebota entre las vértebras de un poema que Esteban Moore compone desde las vísceras de una vieja nave aérea, desvencijada por el  óxido de los años, pero no borrada del todo de la fiebre de quienes aún piensan que el mesías uniformado bajará por una escalerilla a salvarlos de la insania política de los días más cercanos a estas horas.
El 2 de diciembre de 1964, el pueblo argentino soñaba con ver llegar al caudillo en un pajarraco oscuro que aterrizaría  y volcaría felicidad sobre las miles de cabezas que ansiosas aspiraban a regresar a los primeros tiempos del general. Pero el tal avión no era negro, se trataba del vuelo 991 de Iberia, el cual fue detenido en el aeropuerto de El Galeao por las autoridades brasileñas, por instrucciones del presidente Arturo Illia. La Operación Retorno se quedó congelada en el tiempo, en un poema que roza los deseos de aquella gente recostada de un mito.
El poema de Esteban Moore, contenido en el tomo del mismo nombre, El avión negro, Papel Tinta Ediciones, Buenos  Aires, 2007), reflexiona sobre este hecho y aborda detalles familiares que le dan más fuerza evocativa a la historia. Este poema conversado, como casi toda la poesía de Moore, repasa el libro de historia de aquella nación que aún se debate entre el apellido del militar y la modernidad democrática.
La memoria del niño que era Moore se explaya en el texto desde el bar de Ferraresi, donde iba con el abuelo. Allí hilvanó las raíces del texto sentado “en una mesa frente a las carameleras / y a cambio de buenos modales/ --estarse quieto y mucho silencio-/ me dejaba pedir la Bidú y el helado que pudiera consumir” (…) Fue allí/ donde por primera vez escuché hablar/ del avión negro/ ---Si---fue ahí---podría jurarlo (…) Hoy a décadas de distancia mientras espero para cruzar una calle/ en una Buenos Aires/ -crecida –sucia- ruidosa/ el avión negro es ya un acontecimiento anecdótico/ pero es también esa pregunta nunca contestada…
El poema anida en el mito, recobra la sintaxis de esos días de sueños, de ensueños e ilusiones aún no superados.
2.-
La poética de Esteban Moore hinca en detalles del pasado, desde un yo que se amplía y se reconoce en la sonoridad de unos versos bien respirados.  El ojo del poeta hace un inventario de los eventos que lo marcaron en la niñez, en la adolescencia, en ese pasado que se hace hoy en el tono y la acentuación de la lectura. La voz curiosa de Moore relata desde la atmósfera de los secretos familiares, desde las sombras y las luces de sus antiguas casas, desde los nombres que cuelgan de la memoria. Precisamente, en “Viejos papeles” hay una fotografía color sepia, un cuadro en el que aparecen palabras y objetos escondidos: “Un sábado por la tarde/ dedicado a la limpieza de la baulera a poner en orden trastos viejos/ descubrí entre unas cajas de cartón un paquete/ envuelto en papel madera/ atado con grueso hilo de cáñamo/ oscurecido ---empolvado por el tiempo”. Tiempo y espacio, historia y lugares donde la mirada de Moore se estaciona, se hace historia, verso, poema en prosa.
En el poema “Fotografía” es mucho más evidente lo afirmado arriba. La imagen tiene doble contenido: la imagen misma, la descripción de los personajes y la nota que en el reverso se puede leer en dos idiomas. El poeta se recrea en esta instancia y seduce al lector al acercarlo a la mirada, al rostro de una anciana y de una niña. El pasado como sustancia viva del poema.
Un paisaje se congela en la voz de quien lee lentamente: “Mirá eso, pronto no lo volverás a ver”: quien transita por estos versos hace un viaje por costumbres que ya no existen. Trazos largos donde se siente el deseo de darle una respiración profunda a la lectura. Se siente el tiempo hasta la llegada del futuro en el último verso. El túnel del tiempo rodea cada poema, lo exalta, lo hace presente. “Los chacareros”, los agricultores, los campesinos…los arreadores: el color local y universal de hombres que hacen del silencio un modo de “vigilar el maizal”. Personajes como “El turco de la bolsa”, quien pasó toda la vida en una esquina  vendiendo “beines, beinetas, hebillas, hilóz, agujaás y otras baratijas”, hasta que desapareció y se hizo leyenda, memoria colectiva, dolor en la ausencia: “Allí/ jornada tras jornada –pasaba largas horas/ siempre de pie –en posición casi marcial/ esperando a su posible clientela// Siempre lo vimos con la misma casaca militar…”. Un personaje lejano como en una fotografía, pero presente en la mirada del poeta reflejada en el lector.
3.-
La lectura vuela, viaja, se desliza por la geografía afectiva de una ciudad: Buenos Aires entrega “Los boliches”, “Los cines”, el “Restorán Los vasquitos”, un “Tiempo de cosecha”, la “Crónica de estos días”, y así hasta una “Carta a Marco Polo/ Venecia”. En estas líneas la vida y la muerte tienen lugar: la tortura y sacrificio de Alejandro Javier, a quien llamaban “Bocha”. La panorámica de la memoria hace de estos espacios parte del mismo rito urbano: las ciudades engendran, paren y abortan sus locuras y bellezas. Esteba Moore elabora un discurso que cuenta, relata –como una conversación entre amigos- la historia de su barrio, de su patio, de su ciudad, de su mundo. Y lo hace consciente de que la historia se debate entre el mito, la estupidez  y la tragedia. Entre la paradoja y un largo poema que habla consigo mismo.
Un avión cruza el cielo del poema y libera al posible lector de las sombras que marca su vuelo.  



Esteban Moore (Buenos Aires en 1952). Poeta y traductor. En poesía  ha publicado: La noche en llamas (1982); Providencia terrenal (1983), Con Bogey en Casablanca (1987), Poemas 1982-1987 (1988), Tiempos que van (1994), Instantáneas de fin de siglo (Montevideo, 1999, Mención Honorífica, Premio Municipal de Poesía de Buenos Aires), Partes Mínimas (Mar del Plata, 1999), Partes Mínimas y otros poemas (Buenos Aires, 2003. Segundo Premio Fondo Nacional de las Artes), Partes Mínimas uno-dos (2006) y El avión negro y otros poemas ( Buenos Aires, 2007, Fondo Metropolitano de las Artes y las Ciencias). En 2004 el Fondo Nacional de las Artes publicó una selección de su obra, Antología poética, en la Colección Poetas argentinos contemporáneos. Ha realizado la traducción de diversos autores de lengua inglesa: Lawrence Ferlinghetti, América desierta y otros poemas, Colección de Obras Representativas de la UNESCO (Ediciones Graffiti/Unesco, Montevideo Uruguay, 1996); James Laughlin, Los poemas de amor, (Editorial Martín, La Pecera, Mar del Plata, Argentina, 2001); Craig Czury, Tecnología Norteamericana y otros poemas (Papel Tinta Ediciones, Buenos Aires, 2003); Charles Bukowsky, Una de las más ardientes y otros poemas (Ediciones Laberinto, México, 2004);  Lawrence Ferlinghetti, Los Blues de la procreación y otros poemas (Alción Editora Córdoba, Argentina,  2005) y Lawrence Ferlinghetti, La vida sin fin (Editorial Arquitrave, Bogotá, Colombia, 2005). Sam Hamill: Ojos bien abiertos y otros poemas, (Editorial Universidad de Carabobo, Valencia, Venezuela, 2006). Asimismo ha publicado en diarios y revistas traducciones de: Raymond Carver,   Dylan Thomas, Allen Ginsberg, W.H. Auden, Jack Kerouac, John F.Deane, Gregory Corso, Gary Snyder, Bill Berkson, Anne Waldman, Andrei Codrescu,  Seamus Heaney,  Wallace Stevens y Dylan Thomas, entre otros.   Entre sus otras publicaciones se cuentan:  Primer Catálogo de Revistas Culturales de la Argentina (Ediciones Revista Cultura, auspiciado por la  Secretaría de Cultura de la Nación y la Federación de Revistas Iberoamericanas., Buenos Aires, enero 2001) y  Librerías de valor patrimonial de Buenos Aires, realizado en colaboración con Horacio Spinetto (Dirección de Patrimonio, Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, diciembre 2003).Coordina talleres privados y en instituciones. Entre otros cursos y seminarios ha  dictado La poesía de la generación Beat: sus poéticas y su legado, Escuela de Poesía de Medellín, Festival de Poesía de Medellín, Colombia (2005); Ezra Pound: neoclasicismo y vanguardia Encuentro de Escrituras, Instituto de Profesores, Maldonado, Uruguay (2006) y Allen Ginsberg: una nueva sensibilidad, Universidad de Carabobo, Valencia, Venezuela (2006). Ha participado los festivales de poesía: Montevideo, Uruguay (1993); Medellín, Colombia(1995-2005-2010); Valencia, Venezuela (2006).Fue invitado en 1990 a la escuela de poesía The Jack Kerouac School of Disembodied Poetics, fundada por Allen Ginsberg, donde inició un proyecto de traducción, a la Schüle fur Dichtung in Wien, Viena Austria, donde expuso  sobre poesía y traducción (1994). 
Colabora con publicaciones del país y del extranjero. Su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, italiano, alemán, lituano y portugués e incluida en diversas antologías





















James Joyce: Bloomsday, Biblioteca Nacional.


miércoles, 13 de junio de 2012

Alberto Hernández: La utopía verbal.


Alberto Hernández













 

El paraíso en cuestión

                                       El escritor, como amo, ama la lengua, pero lo que ama no es
                         la lengua abstracta sino la lengua del corazón, el cuerpo de la lengua,
                                     la sustancia adherente, inseparable ya de sí mismo, por donde
                                                                              se deslizan sus máscaras y desvelos.
                                                   Sabor y saber de la lengua. María Fernanda Palacios.


Signada por la presencia de José Lezama Lima, Palacios recurre a una definición particularmente visible, “el cuerpo de la lengua es una sustancia adherente”, porque al señalar la poesía recurre al cuerpo tocado de la lengua, donde reposa el verdadero fundamento del  imaginario, la utopía desenterrada, el espejo del paraíso verbal.
Desde esta orilla, apostamos entonces al cuerpo de la lengua cuando expresamos, no el manido concepto de identidad, sino la propensión a ser de quien “hizo” un idioma. Desde la duermevela del monje benedictino Gonzalo de Berceo, quien jamás supo de dónde provenía su afán, aunque el amor místico haya sido posible por el rigor impuesto en medio de una sociedad ritualizada por el Santo Oficio o el oficio de los santos. Para Berceo la tierra y el cielo estaban unidos a través del corpus de la revelación divina, de allí los imaginarios místicos refundados hoy por el fragmentarismo del yo y la esencia corporal del Otro, en nuestro sincretismo esquemático (la antropología también se asume utópica), en este mestizaje que es un cuerpo indefinido aún, porque nuestra ¿identidad? sólo existe en la intratabilidad de su propio cuerpo, sólo posible en la lengua.
Palacios se vale de Bergamín para sustentar y sustanciar la presencia del isotopismo, el reflejo: “el verdadero diálogo, como la caridad verdadera, empieza por uno mismo: porque uno mismo es dos”. La lenga nos espía, nos somete a un tercero: somos dos y en medio está la lengua. Es decir, somos otros porque la lengua nos coloca en un sitio, en un extremo, en un contrario que se encuentra con otro que podría hacerse su igual. Ser solos en la inmensidad de los sonidos, en este desierto lleno de signos y símbolos metamorfoseados, significa estar al borde de un precipicio donde el ruido es lo más cercano al silencio.
En este continente donde el curso de la voz se comporta muchas veces como un extravío, el paraíso está en cuestión. Somos vocablos diferidos, en constante revisión. Solos como estamos en el poema, en el relato, en el gran lienzo de nuestra historia, nos topamos con ese intruso que nos interroga, la lengua, el Otro, concebido como el reflejo donde nos miramos siendo un nosotros, pero destinados a borrarnos.
La lengua castellana nos ha definido a través de su permanencia, de su renovación constante. Lagarto que cambia de piel, la lengua nos cambia, nos quita el nombre, lo difiere. Nos hace un otro en permanente exilio. Hablamos –a pesar de todo- como los conquistadores. Estamos más cerca de la vieja España que los propios españoles de hoy. Sin embargo, la lengua se ha revitalizado por la presencia de las emergentes necesidades culturales. Comienza a disiparse el paraíso donde abrir la boca era pronunciar un universo mágico, distinto al racional europeo. Somos el correlato de los antiguos textos perdidos en la utopía de Thomas Moro. Somos, en definitiva, ese Otro extraviado en permanente búsqueda de una palabra que nos ubique. Que sepa ubicarnos en algún tiempo, en un espacio abierto donde podamos verle la cara a Dios o revelar la presencia de los tantos dioses nuevos, encontrados bajo las piedras de la tierra inesperada. Adánicos al fin, procuramos el poema o el relato que haga el verbo aún no encontrado.
Hechos de varios barros, poseemos todas las máscaras, los desvelos de los fantasmas que aún transitan por la lengua heredada. La poesía, el imaginario de la pérdida, la culpa sembrada desde nuestro muy terrenal génesis, surcan con denuedo la voz imaginada, el vocablo del paraíso perdido, puesto en cuestión para no recobrarlo, pero al menos para saber que venimos de él, mudos o maravillados por el verdadero sortilegio de la creación. O de la tragedia.

La palabra que nombra, la que borra
                                                     
                                                         A través de España, las Américas recibieron en toda
                                                   su fuerza a la tradición mediterránea. Porque si España
                                               es no sólo cristiana, sino árabe y judía, también es griega,
                                                              cartaginesa, romana, y tanto gótica como gitana.
                                                                                El espejo enterrado, Carlos Fuentes.

Nunca advirtió el padre Gonzalo de Berceo, que su esfuerzo, su afán por alcanzar el eco de Dios, lo iba a convertir en iniciador de una lengua que luego correría la suerte de crecer y multiplicarse, y enrumbar los misterios de un pensamiento, los reflejos de la conversación diaria y la forma de concebir el mundo a través de una arquitectura verbal llamada cultura hispana. Tampoco se imaginó este monje que sus desvelos, -en franca relación con las luces y las sombras- lo harían el primer poeta de la lengua castellana.
Pero más, que esta lengua sería espacio para otras lenguas que aportaron palabras y colores, climas y silencios. De allí –como todo crecimiento- que no la afecte la irrupción de un castellano mestizo, que contiene la voz de muchos “alguien”, que estuvieron por allí juntando sonidos, llegados de otros tumultos sangrientos, hasta hacerse una misma entonación, el mismo texto, hoy sembrado en América como transfiguración, cuyo referente seduce constantemente la producción literaria de nuestra contemporaneidad. Digamos que el tiempo es la dádiva de la eternidad, en la notoria presencia de las cenizas de Jorge Luis Borges.

1.-
Tomemos un poco de aire y miremos a nuestro alrededor, hacia atrás. Validos de la magia, la superstición, la poesía y el crimen, la alquimia verbal, dioses desconocidos o deidades invisibles, el hombre creó los sonidos para entenderse y extenderse, prolongarse, mutarse, cambiar de piel.
La mirada comenzó a hablar, a darle forma a lo inaudible, a lo que no se veía, a lo oculto, a ciertos objetos, a fenómenos aún incomprensibles, a su forma de hacer las cosas la divinidad, las bestias y ciertos sujetos que miraban diferente. Se aproximó a la fogata y penetró en un mundo que le confió susurros extraños, verbos, chasquidos, lamparazos interiores, inflexiones, caídas de la voz en el vacío. Tomó con torpeza la piedra y la sobó con detenimiento. Sabía lo que tenía entre los dedos, un sonido sólido, un golpe, pero también el silencio que oculta la piedra. Su nombre piedra. Y entonces comenzó a acariciar la superficie de la roca. Su garganta produjo un rasguño, un ruido, un gruñido, un desprendimiento cartilaginoso, un temblor. Un antiquísimo secreto emergió de su cuerpo, mucho más allá del cuerpo, de lo incomprensible. El sonido se acomodó a la tierra. Tocó con casi dulzura, con extrañeza más, las marcas del objeto que tenía frente a sus ojos. El universo en una mano. Dijo de nuevo sin saber lo que hacía, porque la noche, el día, el calor, el frío, la vigilia, el desvelo, el hambre y la soledad lo obligaron a conocer la cosa que tocaba, la que otro podía pronunciar y de cuyo eco él se hacía parte desconocida.
Y entonces repitió y le agradó. Nombró, por primera vez regresaba al silencio de la piedra, al nombrarla. Y al callar, la borraba. Le daba cuerpo y espíritu a un objeto que servía sólo para interrogarse. Pero también la desaparecía al silenciarla. Al darle nombre existieron la piedra y él. Porque al nombrar se nombraba él mismo, siendo otro. Al decir él, se reafirmaba y se interrogaba. Se nombra con el nombre de otro.
De allí, ¿cuántas lenguas hablamos? ¿Cuántos castellanos? Venimos de voces cristianas, moras y judías, grecolatinas, cartagineses. Hemos sido multiplicados por la lengua. Somos en su propia medida. Rasados por ella, somos, como afirma Carlos Fuentes, “en cierta manera, nuestro lugar común”.

2.-
Esa fórmula misteriosa, isotópica, manera de hacer la primera palabra, pudiera referir una contradicción. Frente a lo nombrado también expresamos el silencio. Pronunciar es callar, silabear lo indecible.
¿Quién me nombra y se esconde? Pareciera preguntarse el mono adánico. El gramático de Octavio Paz va un poco más allá, escribe con normas o las viola por conocerlas. La Biblia, ese extraordinario compendio plural, escrito desde el Otro, nos avienta al Popol Vuh, al wanadi amazónico, a la cábala del silencio cósmico. Hasta a El libro de muertos de los egipcios. Igual la vacuola darwiniana contenía un sonido, anunciaba la pronunciación de un ser que adquiriría competencia espiritual: una lengua, un universo de significados, una península de augurios donde el otro colectivo se multiplicó en vocablos. Los celtas y los íberos –atados al latín- convergieron para dotarnos de este dialecto que reúne el palimpsesto del padre Gonzalo de Berceo, manuscrito que subyuga porque nació en poema; la poesía se deslizó posteriormente en la transgresión de una traducción alquímica donde el polvo del tiempo y el dios cristiano jugaron papel primordial. Estamos hablando del siglo XII. De fechas que van de 1195 a 1264. Estamos hablando de casi mil años de proceso, de papeles que repiten la misma voz, la presencia de alguien que nos sacude en el momento de entrar en el territorio de nuestros imaginarios. Un “otro” que nos persigue dentro del poema, al borde de la imagen. Ese curita que elevó la vos a Los Milagros de Nuestra Señora, que habló de La vida de Santo Domingo de Silos, de La vida de Santa Oria, fue el primero en dejar sentado que ese dialecto contenía y contiene el aliento que nos repite. Con esa riqueza viene la palabra que nos define, pero también la que nos interroga desde los labios de la otredad.

3.-
Herederos de quien nos hace otros, en esa química del mestizaje, revisamos constantemente la aventura de la ficción, la imagen traducida por los vocablos que desaparecieron de paredes y bocas de España.  La fecha cercana a la llegada de Cristóbal Colón, la mirada de Thomas Moro en los designios cabalísticos de la jodienda sefardita. Colón y sus hombres en una odisea donde el tiempo y la tradición identificaron a los otros que somos en bandidos extraídos de cárceles y retenes de viciosos. Las primeras palabras tenían sabor y olor de Dios y penitenciaría. Somos herederos de rufianes de muchas nacionalidades; de la vulgaridad, de una germanía atascada en las costas del Nuevo Mundo.
Con ese barro sucio también venía Berceo, el otro que nos inventó. Cervantes y su carga demencial, exagerada, lúbrica y catequística, mosquetera. Catecismos, libros de misterio, ocultos en otro que renunciaba a su origen judío. Escritos de marinerías, cosmología, libros de prohibiciones, cantos y maldiciones. La poesía reducida a un silencio destapado en la conjugación posterior de las sangres. Y con ellos, los árabes, la cultura más delicada que haya arribado a la península. La visigoda, con su carga de voces impronunciables, que luego se hicieron castellano gustoso, sonido brillante por la sonoridad de los sueños, el placer y la muerte.
Y aquí estamos hoy, en medio de tantas palabras que siguen llegando y a diario alimentan el castellano, el espíritu que nos repite, criba de aceptaciones, la democracia de los vocablos y sus significados.

La palabra que nos oculta
                                     
                                      Del hebreo al español: de una narración ritual que el niño sabe
                                 de memoria, el narrador pasa a otro episodio, a un tema diferente
                                   (el del jardín y la lengua alemana), pero que sí está emparentado
                              con el anterior, pues el autor emplea el relato del Éxodo justamente
                      para introducirse en el área temática de la multiplicidad de las lenguas…
                                                            Entre el silencio y la palabra. Francisco Rivera.

Reconocerse en las palabras del otro, en sus gestos. En su origen verbal. Hurgar en la voz de ese lejano anónimo, funda en nuestra poesía un campo multiplicado: desplazamiento de imágenes que recrean la posibilidad que brinda el yo enfundado de quien traduce el universo literario.
Laberinto, inventario de vocablos que estructuran un espacio llamado cultura. La poesía contemporánea venezolana ha transitado diversos estadios: desde el paisaje material hasta la hondura de una intemperie interior donde una voz solitaria intenta motorizar sus referentes. Desde ese adentro reconstruye un pasado, atemporiza la disposición de los sentidos, hasta dar con los signos que transparentan una “realidad”. Esta, acosada por recuerdos, objetos, pistas, exilios, represiones y pérdidas reinventa el universo, la espacialidad de vocablos que renuevan el mundo referencial, los trastocan y transforman en un síntoma: nuevos signos, palabra que establece “las posibilidades y límites de nuestra mirada”, como señala Víctor Bravo.
Nuestro imaginario (ese lenguaje: espacio donde no estamos) nos ha sido dado para acercarnos a esa reconocimiento. De esos tantos yos incuestionables nace la posibilidad de ser dominio en otras voces, en diferentes consciencias: la “identidad” es sólo la maceración de contenidos: paisajes, voces, atmósferas, climas, gestos corporales, acentos, posturas del alma. Manoseada para muchos fines, la identidad ha sido tomada por asalto por quienes quieren reinventar la personalidad colectiva e individual de nuestros ámbitos culturales.
Nuestro éxodo, ese del exilio dentro del mismo país, revela la multiplicidad de una lengua que cambia siempre. Del Caribe al español, del taíno al castellano. De todas esas lenguas que hoy fortalecen el continente de habla española. El americano de este lado, el proveniente de España, Portugal e Italia, ha sido responsable de ese fortalecimiento. De allí que nuestra literatura siempre interrogue al otro desde el otro que negamos. Negamos una cierta identidad, una sombra que no se identifica. De esta manera inventamos una dinámica de espacios. El otro, a fuerza de mixtificaciones, se hace nuestro otro, a veces falso, a veces ambiguo, el que faltaba en la mirada profunda saturada de utopías. Nuestra memoria mantiene el paraíso perdido en manos de una infancia ideológica que siempre choca con el vacío. Esta complejidad contradictoria propició la continentalidad, la terrenalidad, el telurismo, hasta desembocar en el espíritu que cada texto fundacional ha tratado como transmigración: de un espacio a otro hasta construir una poética aún en ciernes, pero poética al fin. La poética de la incertidumbre, como práctica, porque los textos sucumben frente al que nos refleja.
El yo es demoníaco. Es tan insocial que ha tenido que recurrir a esa multiplicación. Proteico, el fenómeno poético venezolano, por no decir latinoamericano, ha frecuentado los canales de un silencio que finalmente trasciende en su estado pendular y en la búsqueda permanente de su lenguaje, aunque hayamos pasado por la crisis de ser una zona peligrosa, copiada de esos epígonos que hoy comienzan a caer con los disparos de una crítica a veces despiadada. Nada es definitivo: otredad e identidad forjan ¿o forcejean? El mismo espacio, la misma habitación donde perviven legítimamente hasta conciliarse, pero desde  esa perspectiva, desde la mirada del otro, sin darle tregua al silencio y a los campos encontrados de la falsa propuesta de la identidad terrena, sacudida últimamente por sus detonaciones ideológicas. La identidad es el otro traducido por la voz y miradas de quien siempre ha estado extraviado.

Una definición

Los signos de la otredad (alteridad: verificación de que más allá de nuestros límites hay un abismo donde volvemos a repetirnos, pero de manera distinta. Sísifo con varias máscaras, la misma piedra) señalan también la confusión.
La poesía se ha valido, desde Rafael cadenas hasta Armando Rojas Guardia, desde la tiranía del yo objetivo, aislado por la persistencia, hasta la mirada de Dios, escondido detrás del biombo, detrás de la sorpresiva aparición de lo místico para desencadenar vertientes que le han dado a nuestro ars poetica ese paisaje interior, ese “afuera” desde “adentro”, signado por la paradoja, por la simulación –válida para demostrar que seguimos íngrimos- por la incertidumbre: nuestros yos, nuestros otros siguen solos en nosotros mismos. De manera que la identidad no es más que el deseo de multiplicar los bienes espirituales de una lengua que no termina de pronunciarse a través de la palabra de aquel niño que Elías Canetti dejó sentado frente a su viejo idioma y que entró en otro para enriquecerse, para hacerle frente a la pesadilla, al dolor, al crimen contra su cultura. 

Un vocablo: Identidad
                                                                                                    Quien lee, se borra, es.
                                                                                                                                   AH

El ropaje que nos designa es la lengua, cuerpo que no construye frases, que no tiene “sintaxis”, al decir de María Fernanda Palacios.
¿Quién está detrás de la voz que se pronuncia ella misma? Hay otro, una mirada ajena, anónima que desfigura el texto porque la voz es el tejido que rubrica la presencia de quien repite permutativamente una entonación interior muchas veces en sincronía con el tiempo. Su diacronía está en mirar –desde la otredad- que alguien nos semeja, nos asemeja, nos hace suyo, nos viaja desde  el pasado y nos convierte en órganon del futuro. La voz, la que hace el poema un lenguaje polivalente, es el espejo del tiempo: el poema, el esqueleto, contiene la trama de la poesía, que es el espíritu, que es el discurso que selecciona la eternidad del otro. Contextualmente, una fuerza centrífuga que relata nuestro adentro: enseña al que está desde el poema, el otro que nos identifica y nos marca sus símbolos.
Marcel Proust, citado tantas veces, llegó a decir, seguramente maravillado por su propia experiencia, que “En realidad, cada lector, cuando lee, es el propio lector de sí mismo”. Sí, pero teniéndose como el otro que una vez fue antes de abordar la lectura. La lectura contiene la carne y el espíritu de quien nos relata. Ese profuso espejo que nos refleja lentamente, que nos hace el otro siendo otro con distinto ropaje.
Detrás la voz convertida en lectura, hay alguien que nos convoca. La poesía, diálogo sincrético, augura una convocatoria. De seguro la auspiciada por Mallarmé, todos los otros haciéndola, carnavalizándola, haciéndola presente continuo.
Ser uno en el poema es la única posibilidad de que el término identidad adquiera el otro que está afuera, pero igual el que está en el interior, la alteridad.
El encuentro entre otredad y alteridad es lo que promueve la isotopía, la mirada en el espejo desde la poesía, la escritura, el relato, el drama, destaca el intratexto, la voz tercera que amaga con deconstruirnos. En este sentido, nos fragmentamos para desmitificar  la multiplicación de los signos y sus significados: somos, en definitiva, un espacio demarcado. “Porque el verdadero diálogo no consiste tanto en entender lo que otro dice sino en atenderlo” (hacerle sitio)”, María Fernanda Palacios dixit.
Un sonido nos hace otro. Primera persona. Al ocurrir tal evento me arriesgo: paso a formar parte de ese misterio en el poema, en el relato. Me incorporo con otro yo a ese espacio que he reservado. Entonces, soy otro. Adquiero una nueva nacionalidad, me permuto: Gregorio Samsa sobre el papel, insecto reflejado, animal, bicho y bestia frente al espejo: lector.
De adquirir conciencia, me hago de una lengua, de un lugar, de un laberinto como el de Creta, de una resurrección. Me identifico plenamente con lo que je dejado de ser para ser el sitio donde habita el relato, el poema. Sus sonios revelan, ritualmente, una ausencia: he allí la tan manida identidad. América es una ausencia porque ha tenido una voz, a veces invisible, otras veces es el esqueleto del texto por hacerse. Jean Claude Milner, citado por María Fernanda Palacios, dice: “Desde cualquier ángulo que se la considere, la lengua es otra que ella misma, incesantemente heterotópica”. Reflejos, ella misma, eco. Un eco puede salirse del espacio, revelarse como muchas porque no está atada a un solo cuerpo. Es decir, es susceptible de no identificarse, a la manera de Lacan. Porque la lengua, la que se mira el rostro, contiene la pasión, la revelación de su sonido, los pliegues hondos de esa utopía por deshacerse de los modelos y ser la presencia única de su multiplicación, porque no es un todo. Sólo nos identificamos en lo que tenemos de fragmentarios, de voces que nos individualizan en medio una multitud.



PALACIOS, María Fernanda. Sabor y saber de la lengua. Monte Ávila Editores, Caracas, 1987.

FUENTES, Carlos. El espejo enterrado. Editorial Taurus de bolsillo. México, D.F.,  2005.

RIVERA, Francisco. Entre el silencio y la palabra. Monte Ávila Editores, Caracas 1986.

Ponencia leída en la Universidad de San Diego, California, Estados Unidos.
Abril de 1997.  



Alberto Hernández (Calabozo, Guárico, Venezuela, 1952) Poeta, narrador y periodista v escribe la crónica de la literatura contemporánea a través de la reseña de los libros que hoy por hoy nos salvan del olvido. Egresado del Pedagógico de Maracay, Hernández realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar, en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio Juan Beroes por toda su obra literaria. Ha representado a su país en diferentes eventos literarios: Universidad de San Diego, California, Estados Unidos, y Universidad de Pamplona, Colombia. Encuentro para la presentación de una antología de su poesía, publicada en México, Cancún, por la Editorial Presagios.
Miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo. Se desempeña como secretario de redacción del diario El Periodiquito, de la ciudad de Maracay, estado Aragua. Mantiene el blog Puertas de Galina.


Alberto Hernández: Sam Hamill, Ojos bien abiertos y otros poemas.





Sam Hamill










  










El alma debe aprender a perdonar aquello que la boca canta.
                                                                                                                      S.H.
                                                                                                                                                            
1.-
Sam Hamill es un hombre de fuertes  pasos, de sonrisa fácil e inglés sonoramente firme. Su pronunciación alberga una pasión casi impulsiva. Se trata de un poeta norteamericano que no cree en las políticas de su país. Se trata de un poeta cuestionador,  que canta sus experiencias desde la dureza de la realidad y desde un espíritu afectivo que tiene raíz en su condición de budista. Se trata de un poeta  profundamente humano tocado  por la orfandad, por el dromómano  afán de ser universal,  mundano y enemigo del odio y la muerte, ocasionados por la guerra.
Sam Hamill se aproxima desde el reflejo de sus anteojos, con los párpados casi cerrados para evitar el relámpago del trópico o la luz criminal de una bomba en el corazón de una ciudad indefensa.  Y digo del trópico por mi experiencia con él en Valencia durante el X Encuentro Internacional de Poesía de la Universidad de Carabobo (2012) en el que coincidimos y nos conocimos brevemente. Y digo de las bombas por su rechazo absoluto a las guerras, escrito en sus poemas y en la piel de sus palabras, por sus críticas rotundas contra la administración Bush y contra todo lo que huela a pólvora y metralla. De modo que es un poeta militante, un poeta vigoroso, un hombre entregado a la vida, a las letras, a la disidencia, al mundo. Después de oírlo y mirarlo, queda el sonido, el estruendo de su pronunciación, el verbo encendido de sus versos, algunos reunidos en el libro Ojos abiertos y otros poemas, publicado por la Colección El Cuervo del Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo, en 2006, con traducción del también poeta, el argentino Esteban Moore.
2.-
El primer poema de este libro -suerte de anzuelo-  pesca a quien lo lee. El lector es un pez invisible. “Las redes” anima la imagen de un pescador que recoge y desenreda las cabuyas de una atarraya. La metáfora aproxima nuestra lectura al deseo, al espejismo del agua y a la sangre que brota de los dedos del hombre de mar. Es un poema donde el tiempo y la distancia elaboran la presencia de un ser humano frente al universo, frente al océano. Las pesadas redes del deseo…, instancia que encierra el pensamiento y también los sonidos que contiene el mundo. Un hombre solo desenreda las horas de su silencio.
Una página más adelante nos aborda con “Viejos huesos”, un texto dividido en tres partes en los que Hamill recuerda a algunos poetas cercanos a él: Snyder, Pound y Lu Chi aparecen mientras el poeta que habla modela el mango de un hacha. Luego, Hui Neng protagoniza el segundo texto desde el polvo de sus huesos. El tercero recuerda a Basho y la fábula del agua y la rana. Es decir, Hamill resume la paz del mundo en pocas líneas: tiempo y memoria, espacio y sonidos retraídos hacen posible este hermoso instante verbal.  
3.-
“Un dragón en las nubes”, “El don de lenguas”, “El ganado de Dresden”,  “Dos pinos”, “Montañas y ríos sin fin”, “Lo que sabe el agua”, “Perdido en la traducción”, “La flor de la orquídea”, “Discurso inaugural ante la asamblea legislativa, 2003” y “El poema de Nueva York” abren la puerta de acceso al extenso texto “Un canto pisano”, donde Hamill se pasea por diferentes instancias de su vida, su ideología, sus gustos por las culturas clásicas, la griega y la latina, y su paso por la china y japonesa, sus viajes bajo la luz de los Cantos Pisanos de Ezra Pound. Pisa es la escenografía por donde ocurren las palabras del autor. Un poema de largo aliento que le hace decir: Yo no soy Odiseo, sólo un monje en una orden de poetas, /un viajero hacia la Toscana, un turista en Venecia…. Nombra y dice de los poetas maltratados Akhmatova, Hikmet, Tu Fu, presos y exiliados. Un canto dolido que también tiene en el tao, un camino a seguir. / Mis colegas poetas lo sostienen, / he apuntalado mis muros/ he invitado a mis barricadas/ a aquellos que abrazan la tradición.
En otro lugar del poema asiste y canta: Kannon, Kannon, / perdonar es una cosa, / olvidar otra. Se pasea por los campos de concentración, por los bombardeos contemporáneos, por el acento de Confucio…hasta llegar al poema, a la pulpa del poema como músculo y aire, como humano proceder: El templo de las palabras, / el poema es el amo./ El poema. Únicamente. / El poema”.// Es el sendero a la iluminación (…) allí donde todo es música, / todo es luz. Largo viaje por el cuerpo sonoro de este hombre que ha sabido sobrevivir.
“La flor de la orquídea” se queda flotando en la memoria. Un poema donde Sam Hamill ha dejado parte de su vida: una flor que pasa por la vida, una flor que muere. Este poema tiene que ver con el fallecimiento de su esposa. La lectura nos obliga a citar: En el instante en que me pregunto/ si la orquídea va a morir/ ella florece//…abriéndose en el apogeo del verano/ pequeña, perfecta en su plenitud// Incluso para un poeta/ de cabellos blancos y rostro curtido, / ella es en su pureza, erótica, //…Ella es erótica/ porque en el corazón del nacimiento/ la muerte afirma su existencia. Un poco más adelante, remata: quien a cada momento se vuelve más bella/ simplemente porque uno de nosotros ha de morir.  Un poema en el que Hamill aguanta la respiración un rato y mira alrededor del mundo que lo estrecha.
4.-
El poema que le da título al libro, “Ojos bien abiertos”, insiste en el mismo viaje, en el mismo tema: un canto desde una joven mujer para entrar en su historia japonesa en Okinawa, donde fue marine norteamericano. Y habla de su niñez, de su llanto nocturno, de Homero y los muertos, de El arte de la guerra de Sun Tzu. Todo dicho “con tus ojos bien abiertos”. Y así, agudo en la denuncia, escribe “Sobre la muerte de James Oscco Anamaría”, en el que desnuda la aventura de un crimen cometido por la mano de un poder desconocido, aunque se presume de una sigla que siempre ha metido las suyas en ámbitos ajenos.
Cuando hallaron su cuerpo/ en el basural/ cerca del puente Pachachaca/ en Abancay, // nadie pudo decir/ quien fue el que/ le arrancó/ las uñas de los dedos,// quién le rompió las piernas/ quien le extirpó el ojo/ o quién finalmente lo degolló…. Es un poema desnudo, duro, amargo, pero también amoroso. Oscco Anamaria era un poeta joven quien sabía/ que la poesía es amor, / y en este mundo/ el amor es cosa peligrosa.
En “A partir de Borges”, el poeta Hamill descarga toda su batería crítica contra el poder, contra el abuso del pasado, contra quienes se creen  que son “la madre patria”. Y escribe: No, no hay héroes, excepto aquellos/ que despiertan para saludar al amanecer con las manos vacías/ y el corazón agobiado en un tiempo brutal. Más adelante: Ésta no podrá ser hallada en la grandilocuencia/ de los pomposos imbéciles del pueblo que aspiran a cargos públicos/ sólo porque desean el poder. Muy claro para advertir que estamos en un presente parecido.
Al final, “Paseando por la calle Florida”, Sam Hamill lee los árboles, la cara de la gente, los pasos que Neruda y García Lorca dieron por Buenos Aires, por la rúa donde Alfonsina se encontró/ con su antiguo amante. Calle-mercado de paquetes e ilusiones, de nombres, de Borges y sus Obras Completas, de Perón, de la Plaza de Mayo, de la bienvenida a todos aquellos que la visitan.
Este libro de Hamill, el poeta de la orfandad, el poeta viajero y traductor, nos encuentra con los “ojos bien abiertos” mientras otros poemas van y vienen en la imaginación de un hombre que sabe que el  mundo seguirá siendo redondo pese a las pestes que la habitan. 

 


Alberto Hernández


Alberto Hernández (Calabozo, Guárico, Venezuela, 1952) Poeta, narrador y periodista v escribe la crónica de la literatura contemporánea a través de la reseña de los libros que hoy por hoy nos salvan del olvido. Egresado del Pedagógico de Maracay, Hernández realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar, en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.
Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio Juan Beroes por toda su obra literaria. Ha representado a su país en diferentes eventos literarios: Universidad de San Diego, California, Estados Unidos, y Universidad de Pamplona, Colombia. Encuentro para la presentación de una antología de su poesía, publicada en México, Cancún, por la Editorial Presagios.
Miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo. Se desempeña como secretario de redacción del diario El Periodiquito, de la ciudad de Maracay, estado Aragua. Mantiene el blog Puertas de Galina.