lunes, 6 de agosto de 2012

Eugenia Cabral: Ars Erótica.


Eugenia Cabral


















En las primeras páginas del códice
se adiestra a la mujer en el arte de ofrendarse
y excitar la voracidad masculina.
Es la apertura hacia las arterias
que transportan el deseo y adormecen la racionalidad.
Esta es la fase lunar, femenina.

La mujer, dice el libro, debe ser vista por el varón
como la elegida que llegó casi fortuitamente,
en el momento preciso, pero sin hambre ni sed,
a una celebración concertada bajo la Luna,
desde alguna ocasión pasajera –poco gravosa-
para que el encuentro resulte provocador y no acuciante.
Será un período de aproximación y alegría
donde el antiguo Dionisos recibirá las primicias
como suaves melenas bañadas de luz selenita.
La sed progresará poco a poco y sin pausa.
Dionisos beberá el líquido de a sorbos.
Las yemas de los dedos sumarán células sensibles
milímetro a milímetro,
hasta cerrar la cifra de la erección.
Los labios entreabiertos irán derramando
el tibio maná de la saliva con mesura,
como abonando la tierra para que brote
del mismo maná en la otra boca,
la boca del hombre cuya carnadura comenzará a tensarse
desde las plantas de los pies hacia la nuez de Adán
y, del mismo modo que el bíceps o el dorsal,
el pene se irá dilatando al tiempo que roba calor
del cuerpo que lo roza con la pierna, con la mano, el pubis,
en un deslizamiento natatorio,
puesto que el bullente oxígeno de origen salival
irá humectando el aliento que de ellos emane.
La exultación dionisíaca culmina ahí.

El varón, ya enhiesto su falo
por gestión de la caricia que simula
no reclamar resolución ni satisfacción
entrará en la fase apolínea, la etapa viril.
La exigencia masculina, los designios de Apolo
serán el motor de las prácticas.
El calor se tornará apetencia,
la erección irá encendiendo la sed.
Durante este lapso, según el texto citado,
las fobias tienden a convertirse en enemigas potenciales
de la armonía entre los amantes.
Ninguna astucia alcanzará a disimular
los profundos rechazos –rayanos en desprecio-
y, no obstante, involuntarios, que pueden llegar a producirse
mutuamente el hombre y la mujer.
El ano decidirá la suerte de la supremacía.
El semen querrá penetrar más como violador
que como enamorado; si penetra o es repelido,
igual habrá presentado su moción.

Hasta el clímax, la mujer irá optando –señala el texto-
entre el esclavismo y la cooperación;
durante el orgasmo, el varón habrá de pagar
en moneda corriente y de contado.
Los dioses y semidioses, asomados a sus respectivos palcos,
observadores desde el panteón olímpico, el Hades,
la orilla de la laguna Estigia o los campos Elíseos,
apostarán por turno a su campeón preferido;
ellos serán los idólatras y los amantes sus divinidades.

Con los jugos dionisíacos, las articulaciones de la pelvis
se habrán aceitado a manera de mecanismos psíquicos;
durante la agonía regida por el dios de las flechas
los plexos solares sufrirán embates más o menos ecuánimes.
Las neuronas que gobiernan la maquinaria
oprimirán las coyunturas ejerciendo mayor o menor presión
a medida del proyecto hegemónico
o el ansia de placer que las domine.
De ahí en adelante, la posición de los miembros,
la cabeza, la posición decúbito dorsal o ventral,
constituirán el resultado de una transacción
o la admisión de un acceso indeseable.
Llegados a esa instancia, puntualiza el libro,
la grosería de las demandas y la compulsión de los actos
llenarán la escena de humanidad.

El reinado de Apolo habrá exhibido
-en progresión constante- sus atributos castrenses:
la apolínea verga, el peto defensivo,
los brazos combatientes, los pies que hienden la arena.
Ella, entretanto, habrá preparado la fase
que el apologista denomina de la Sirena:
la partición de las piernas que hará del sexo indiviso
mitades conexas por el canal vaginal.
De la antigua unicidad sólo ha de sobrevivir
la huella del clítoris, esa breve prominencia
donde acechan el gemido y el bramar.

Apolo, que no es Ulises,
doblegará a la Sirena haciéndole parir de sí misma
a una mujer, a cuenta de los partos venideros.
No habrá seducción posible mediante la voz ni los gestos
de la anti-hembra mitológica.
El macho intuirá claramente la amenaza de castración
y antes matará a la que pudo haber sido su madre
que ceder ante melindrosos requiebros
de quienes, por dulces, no son menos peligrosas.
El anti-Edipo se volverá contra Yocasta
y presentará disculpas a su padre.
Aguerridas, las flechas traspasarán los velos.
La agresión será la forma de la castidad y de la ley.
Todavía obnubilada, esa mujer recién nacida
escuchará la orden que la expulsa de la histeria sin remisión.
Será una desalojada de su mansión familiar.
El murmullo de la verdad emergerá impertinente hacia la luz.
Los dioses, colmados, se retirarán a sus templos.

El último capítulo de esta pedagogía
describe el cuadro donde la que otrora fuese Diana
y devino Afrodita se convierte en Eloísa razonable.
Junto a la ventana, contempla la ciudad donde residen
(aunque él en realidad está de paso, rumbo al Norte)
y que fue contexto de esa noche;
luego, mira al semidiós
que abandona el aquietado oleaje de las sábanas,
la toma por la cintura y besa levemente sus hombros.
Él ya no es aquel fauno que horas antes
celebraba danzando y bebiendo,
pero tampoco ha de volverse un Ares
puesto que es hijo de Prometeo.
Los dos seres humanos se abrazan,
ya entregados a la polis y a Mercurio;
de mañana, ella hará de Palas Atenea
para complacer a su Abelardo
y él mudará de Jaguar en Quetzal.

Otras muchas metamorfosis han de imponerles
a posteriori nuevas gradaciones y degradaciones.
A pesar de ello, seguirán llamándose
con el mismo nombre
y no habrá cambios visibles en sus cuerpos.
Bajo cada apariencia persistirán tatuajes,
heráldicas subcutáneas. Rastros adorables
de revelación y lucidez; del amor, en suma: del erotismo.
Sólo la muerte será dueña de transformar
sus figuras y verter sus nombres en el olvido.
Ellos perecerán y el deseo habrá de trascenderlos.
“Amor constante más allá de la muerte”,
la princesa y el plebeyo,
el deseo en flor, en vuelo, por siempre jamás.



Eugenia Cabral (Córdoba,  Argentina,1954) Poeta. Ha publicado: El Buscador de Soles ( 1986); Iras y Fuegos – Al margen de los tiempos. Poemas en prosa (1996); La Almohada que no duerme (relatos, 1999); Cielos y barbaries (2004) Tabaco (Córdoba, 2009) En este nombre y este cuerpo (2012)



EUGENIA CABRAL- CORDOBA 1954. Ha publicado entre otros "El Buscador de Soles" 1986."Iras y fuegos-al margen de los tiempos" 1996.                               Dirigió la revista IMAGINERA- desde 1991 a 1993.                                                Colaboró en el suplemento literario de la voz del Interior del 1993 al 2000.               Ha publicado en antologías nacionales y en publicaciones de  

Adrían Cuassolo: jack in yorkshire(und pputia).



Adrían Cuassolo














  

 


romilio de luces cajú, entrecortadas, encocorada la petrosián,
pabilo lucesón che culiau ramiro camilo pistilo de rocolas vaquería
trip-pop-country ledesma le
lezama el barman ortus conclusus rinaldo caodisíaco
pornocálido llorenz interview lorenzo intenso vejel entoldal glunz pilden or
nixj
nito romualdo geráis bulinastro fosfeto, romilio de barretos a barrotes:
fora! fora! enel ayre vueno bantú tri star votiva lus linternaba el ur
camino a un eccilio cícifooooo ontario otario oklahoma ocanto si sil vina
oh cantos por qé e lla por qé el filamento no restalla en mil cacas iuna bruna
púrpura pulpa pupa huga hulla cecierneSobrenos
alejaos
alexandre de alejandrinos glacé le as pira el asma en la pira e cha dedictos
entes herbívoros acogotados por el cuello ecclesial (eclécticos si adorados
les depositan por indulgencias i o tros service) banano mirlo su name se lo
guarda en un hánjel de jel (punk retro su risa es una ristra de
mirtos carmesí)
i simplemerde vésace con un cojudo colimba vuchón batracio puesto de cara
a una exclusa (su excusa) i todos lo cojemos por romilio de tabúes tules qen
tre eucalíptus forrea su
canesú le gritamos ya está yaestá las mariposas torpederas
somos prostituidas sólo por un vientre de madre padrillo 

---
 
jack, degüéllalos. enyégualos. ennebraska nievanavajos; navajas. jackcida.
sui-de generis, OMITO, llamarte homi; torso vómito;

“undesnudo noes entero

sinoes, tanvién, pordentro”

-thank, streaper

-thank, jack.por tusdestripes

gay-de-lo-trave hAGo de-tripa-corazón. bulto bull strass a gas naqecomer
comtesse es chal rubendariano comejenes ciego pack poejack enunirvana sta no
che motel:las dos:en london
no! : jackinyorkshire

kiero kuliarte/nieblo
cool arte destripálpame juntos batientes puertos del salón
líqidos persopajes maceDorio enel museo de la nobella de la eterna

conaNDoyle
nos fifa frida nictálope hai justicia en tus blancas armas manos no
ves qe muero, jackSida! de Havre, de fineza, de peer, de no ser(lacan se cagah),
has justice, jackporn.

jack, degüéyalos
enllégualos: ponles cannabis mariqus en suszapat-pastito de navidad
-han
cerrado entu isla de mierda los funerales de opio?
yo no sé si esto es adán buenosayres o adriana buenos aires o
adriano cachorro puto

¨ el vientre ilusorio de una de las parcas:

                átropos

                cloto

                láqesis

(apuñalar con una x al qe cojesposa)
jack, esa horca de qé extraña entraña estáecha, espara
mí?

Jack falsificador, jack falo





Adrían Cuassolo (Carrilobo, Córdoba, Arg.) Poeta. Publicó Jack in Yorkshire und pputia (2007), Camalyón Culiau (2008), Sampler(2008), Lezarmadero ( 2009), y Temen creppúsculos de nalgas (2010).
 

jueves, 2 de agosto de 2012

Gustavo Guerrero: La música necesaria de Eugenio Montejo.


(Caracas, Ve. 1938-Valencia, Ve. 2008)







Conozco a Eugenio Montejo desde hace ya más de veinte años. No recuerdo cuándo ni dónde nos vimos por primera vez, pero sí sé que su amistad fue uno de los más espléndidos obsequios que llevé conmigo a París en 1981. Desde entonces la conservo como el aura de una presencia que ha sido constante a pesar de la distancia y de las contadas horas que hemos pasado juntos en las últimas dos décadas. Y es que pocos e infrecuentes han sido, en verdad, nuestros encuentros. Alguna vez coincidimos en una mesa redonda en Alemania, en otra ocasión nos vimos en España y, si no me equivoco, en los Estados Unidos. Cada vez que paso por Caracas lo busco fielmente aunque no siempre lo encuentro; pero luego me llegan noticias suyas, a través de nuestros amigos comunes, desde México o Ginebra. También me llegan puntuales sus libros de poesía, que leo y releo con un secreto fervor teñido de admiración y de afecto. Quisiera que estos dos sentimientos guiaran mis breves palabras de homenaje, pues, como enseñan los románticos y como ha escrito el propio Eugenio, “nada ayuda tanto como la emoción para esclarecer lo que de verdad es necesario”. En ella reposan, efectivamente, las claves de una forma de conocimiento que hace de la comprensión una intensa experiencia e inscribe sus certidumbres en el nivel más profundo de una subjetividad compartida.
Leer a Eugenio ha sido, para mí, una de las principales vías de acceso a ese conocer otro de la poesía: el enigma de una muy particular descripción del mundo que sólo se vuelve plenamente inteligible como un eco de nuestra sensibilidad. Somos nosotros los que sancionamos la validez del poema a través de una respuesta interior que tiene el carácter de un juicio; pero es el poeta el que es capaza de suscitar, con la palabra más personal, la reacción más general: la comunión de los lectores en torno a una misma experiencia. De pronto, nos reconocemos en algo que desconocíamos pero que ahora forma parte de las palabras -y las cosas- de la tribu. Borges afirmaba que la más difícil maestría consistía en “hermanar lo privado y lo público, lo que mi corazón quiere confiar y la evidencia que la plaza no ignora”. La fuerza cognitiva de la poesía de Eugenio -su poder de revelación- procede en buena medida del logrado punto de equilibrio que consigue entre la tradición y el asombro, entre la lengua común y el habla más intima,  entre lo que pertenece a todos y lo que es único e intransferible. Conquista mayor, es ésta, sin lugar a duda, una de las características más destacadas y más singulares de su poesía dentro del contexto contemporáneo. Y es que, como poeta de nuestra tardía modernidad, Eugenio escribe en un tiempo de aguas revueltas y de vientos sin norte: el tiempo de la crisis del sentido. Fase última de la utopía libertaria del romanticismo, otoño de las vanguardias y de sus poderes de negación, como dijo Paz, nuestro presente traduce a menudo el viejo combate contra el academicismo y la preceptiva estética en las expresiones más torpes y perezosas de una creación tópicamente espontánea y desprovista de cualquier sistema de regulación interna. Pero, como solía afirmar Roland Barthes, “el régimen del sentido es el de la libertad vigilada. Si la libertad es total o nula, el sentido no existe”. Innumerables son los artistas que ignoran hoy esta verdad, incontables los poetas que la desconocen. Eugenio, como los antiguos orfebres, tiene, por el contrario, una muy alta conciencia de su oficio y sabe que el principal reto del poeta actual es la producción de sentido.

                 En todas las palabras de un poema -escribe- ha de leerse siempre su 
             necesidad, vale decir, que una por una deben convencernos de que están
             allí porque son más necesarias que otras no empleadas, incluso, lo que 
             todavía es más complicado, son más válidas que el mismo silencio.

Piedra angular de su poesía, esta necesidad recorre cada uno de sus versos y los va asociando en la límpida arquitectura de exactas prosodias que  conforma el poema. No en vano destacaba Guillermo Sucre, en La máscara, la transparencia, la pasión constructiva de Eugenio, una de las más notables cualidades de su obra que aparece ya con su primer libro, Elegos (1967), y de allí se compara con la labor de una araña. A través de los años, en Muerte y memoria (1972), en Algunas Palabras (1977), en Terredad (1978), en Trópico absoluto (1982), nuestro poeta no ha cesado de tejer sus espléndidas estructuras rítmicas y verbales. Pero su empresa no sólo tiene un contenido estético, sino que expresa además una ética de la escritura. Como él mismo señala en uno de sus ensayos, “ la simetría con que la araña reproduce cierto orden innato es la base de subsistencia de su especie, como también en el poeta establece el lenguaje una cierta simetría, que constituye una parte ciertamente vital para la pervivencia de todos.” Cabe preguntarse, sin embargo, por qué considera Eugenio que es tan “ciertamente vital” esta construcción de redes o correlaciones. La respuesta está en esos memorables poemas de sus libros donde la rigurosa música de las palabras pone en marcha, una y otra vez, la gran cadena del ser  que nos une a nuestro destino terrestre y, ante el vacío de la historia, nos recuerda que no estamos solos, que somos una criatura entre las criaturas. Como en una espiral infinita, pasan y vuelven hombres, pájaros, astros, árboles y ciudades enlazados en un canto de claro designio religioso que viene de muy lejos y avanza contra el tiempo: el antiguo canto de Orfeo. Aunque a veces se tiña de ironía moderna, aunque a veces se quiebre ante la duda agónica, la voz del mítico vate persiste en la voz de Eugenio y le aporta un sentido y un fin: su profunda vocación unitiva. De ahí que a menudo se tenga la impresión de que nuestro poeta ha escrito desde siempre un solo y único poema bajo el signo de la reconciliación; de ahí que, con no menor frecuencia, fiel a su herencia romántica y simbolista, nuestro poeta se enfrente con los límites del lenguaje y, como su heterónimo Blas Coll, sueñe con escribir con el rumor del viento, o con la solidez de la piedra o el perfume de una taza de café. Alfabeto del mundo (1996) es el lugar privilegiado de esta utopía mimológica  que se realiza al fin de un modo prodigioso e inesperado en la reciente Partitura de la cigarra (1999), uno de los libros más importantes de nuestra poesía en los últimos años. En él, el poeta no sólo nos habla del paisaje sino desde el paisaje: lenta e insensiblemente, su voz se va convirtiendo en el canto mismo de la cigarra, que se repite y se renueva a través del tiempo, de generación en generación.
Algo queda, nos dice Eugenio: esa música de la vida más necesaria que el silencio, esa música que, en cada uno de sus poemas, se despliega en una hermosa trama de palabras. No es ésta, sin embargo, la única enseñanza que retengo de su poesía. A lo largo de estos veinte años lejos de Venezuela he aprendido leyendo a Eugenio otras cosas. Sé, por ejemplo, que “esta tierra feraz, sentimental, amarga, /  que no se deja poseer, / no será de nosotros ni de nadie / pero hasta en la sombra le pertenecemos”.  También he comprendido que, en cada uno de mis viajes, “estoy contemplando esta tierra como si la viese / por primera vez / o fuese a dejarla”. Y, cuando escribo, lo hago ahora con la conciencia de que mi tradición es pobre y muy grande mi soledad: “Poeta expósito, errando a la intemperie, / mi único padre es el deseo / y mi madre la angustia del huérfano en la tierra”.
Varias veces me he preguntado cuál sería el elogio más adecuado para cerrar este breve homenaje sin apartarme de las reglas del género. Creo que lo mejor es repetir algo que ya he escrito en otro lugar, y enunciarlo no sólo como un brindis sino como un gesto de reconocimiento: Venezuela no tuvo un poeta modernista de la talla de Martí, de Darío o de Lugones ni una figura que brillara en los furiosos años de las vanguardias, pero terminamos el siglo XX con dos o tres nombres que son hoy indispensables para entender la historia más reciente de la poesía hispanoamericana. Entre ellos está, por supuesto, el de Eugenio Montejo. Nuestra deuda para con él, en estos tiempos de aflicción para Venezuela,  es gozosa e inmensa.

(2001)
Tomado, con la debida autorización del autor,  de “La religión del vacío y otros ensayos”,  Fondo de Cultura Económica, México, 2002. 

Gustavo Guerrero
Gustavo Guerrero (Caracas, Venezuela, 1957) Poeta, ensayista, crítico literario y docente universitario. Especializado en la historia cultural y la literatura de América Latina. Reside en Francia donde  también es asesor literario de  la Editorial Gallimard. En ensayo ha publicado, entre otros títulos: "La estrategia neobarroca" (1987), "Itinerarios" (1997), "Teorías de la Lírica" (1998) y "La religión del vacío y otros ensayos" (2002) y, en poesía, "Círculo del adiós" (2006). Su ensayo “Historia de un encargo: La catira de Camilo  José Cela, literatura, ideología y diplomacia en tiempos de la hispanidad (2008) obtuvo el premio Anagrama. Es autor de varias antologías y colaborador habitual de las revistas Letras Libres, Cuadernos Hispanoamericanos y Encuentro de la cultura cubana.







Novedad Editorial: Griselda García.


Novedad Editorial: María Chemes.


martes, 31 de julio de 2012

Lawrence Ferlinghetti: Lo primero y último de todas las cosas.






Lawrence Ferlinghetti




















El primer y magnífico amanecer sobre la tierra    
El primer llanto del hombre en la luz primigenia
La primera luciérnaga titilando en la noche
La primera canción de amor y cuarenta llantos de dolor
La primera travesía de los vikingos hacia el oeste
El primer avistamiento del Nuevo Mundo
       desde el carajo del vigía de  una carabela española
El primer cara pálida encontrándose con el primer norteamericano nativo
El primer comerciante holandés en Mannahatta
El primer colono en la primera frontera
El primer Hogar Dulce Hogar tan querido
El primer tren de  carretas dirigiéndose al oeste
La primera vez que Lewis y Clark vieron las aguas del Pacífico
La  primera vez que alguien midió la profundidad del Mississippi y gritó
                “Mark, Twain!”*
El primer acto de integración de Huck y Jim navegando de noche en una balsa
La primera cabeza de búfalo en una moneda y el último búfalo
El primer alambrado de púas y el fin de las llanuras abiertas
El último vaquero cabalgando en la última frontera
El primer rascacielos en Norteamérica
El primer jonrón en el estadio de los yanquis
La primera salchicha con mostaza en un estadio
La última guerra para terminar con todas las guerras
El último obrero sindicalizado y el último anarquista católico
El último sobreviviente de la brigada Abraham Lincoln
El último bohemio con su boina
El primer político hecho en casa y el primer fraude electoral
El primer avión en estrellarse con la primera de las torres gemelas
El nacimiento de una vasta  paranoia nacional
El primer presidente en convertirse en un asesino internacional
                     por cometer crímenes contra la humanidad
                           transformando a Norteamérica en un estado terrorista
El oscuro amanecer del fascismo corporativo norteamericano
La próxima a desaparecer última estación de radio que ejerce la libertad de expresión
El próximo a desaparecer último periódico independiente que remueve el avispero
La próxima a desaparecer última librería independiente con criterio propio
El próximo a desaparecer último izquierdista que busca el nirvana de Obama
El primer grandioso día de la ocupación de Wall Street
para establecer en este continente una nueva nación!

(inédito)
Versión Esteban Moore

*Mark, Twain: Mark: marca;  Twain: dos (arc.): Marca, dos brazas. Término que Samuel Langhorne Clemens adoptó como nom de plume.

 


Lawrence Ferlinghetti (Yonkers, Nueva York, EEUU, 1919) Poeta, narrador, traductor, ensayista y editor. Realizó estudios de literatura en la Universidad de Carolina del Norte (Chapel Hill) y en la Sorbona (París, Francia). Durante la Segunda Guerra Mundial, como oficial de una unidad antisubmarina  de las fuerzas aliadas, se dedicó a entrenar en Escocia a marinos noruegos que habían logrado huir de su país, ocupado por los nazis. Participó en la invasión de Normandía y fue luego trasladado al Japón. Allí pudo observar personalmente el devastado paisaje  de la ciudad de  Nagasaki,  sólo unas semanas después de la explosión nuclear, una experiencia que ha dejado cicatrices profundas en su  espíritu.
En 1953 se radicó en la ciudad de San Francisco donde abrió la ahora emblemática librería  City Lights Bookstore y dos años más tarde fundó la editorial de mismo nombre que se constituiría en uno de los motores que impulsaron al movimiento Beat y la literatura de vanguardia. Esta casa editorial publicó el primer libro de Allen Ginsberg Aullido (Howl, 1956) y en 1958   lanzó  su Coney Island of the Mind (Un parque de diversiones de la mente) que a la fecha  lleva vendidos más de un millón y medio de ejemplares.
La obra de Lawrence Ferlinghetti puede ser considerada un extendido proceso de reescritura, en el sentido de que todo procedimiento literario lo es si se aventura en la exploración de sus propias raíces. En este trayecto en particular nada es desechado, su discurso se halla sembrado de variadas referencias literarias y culturales, en muchos casos evidentes, en otros de una profunda oscuridad, que sin embargo, refulgen en una nueva luz.