viernes, 21 de diciembre de 2012

Alfonso Reyes: Yerbas del Tarahumara.



Tarahumaras









Han bajado los indios tarahumaras,
que es señal de mal año
y de cosecha pobre en la montaña.

Desnudos y curtidos,
duros en la lustrosa piel manchada,
denegridos de viento y sol, animan
las calles de Chihuahua,
lentos y recelosos,
con todos los resortes del miedo contraídos,
como  panteras mansas.

Desnudos y curtidos,
bravos habitadores de la nieve
—como hablan de tú—,
contestan  siempre así la pregunta obligada:
—“Y tú ¿no tienes frío en la cara?”

Mal año en la montaña,
cuando el grave deshielo de las cumbres
escurre hasta los pueblos la manada
de animales humanos con el hato a la espalda.

La gente al verlos, gusta
aquella desazón tan generosa
de otra belleza que la acostumbrada.

Los hicieron católicos
los misioneros de la Nueva España
—esos corderos de corazón de león—
Y, sin pan y sin vino,
ellos celebran la función cristiana
con su cerveza-chicha y su pinole,
que es un polvo de todos los sabores.

Beben resgüino de maíz y peyote,
yerba de los portentos,
sinfonía lograda
que  convierte los ruidos en colores;
ylarga borrachera metafísica
los compensa de andar sobre la tierra,
que es, al fin y a la postre,
la dolencia c omún de las razas de hombres.
Campeones del Maratón del Mundo,
nutridos de la carne ácida del venado,
llegarán los primeros con el triunfo
el día que saltemos la murallas
de los cinco sentidos.

A veces, traen oro de sus ocultas minas,
y todo el día rompen los terrones,
sentados en la calle,
entre la envidia  culta de los blancos.
Hoy sólo traen yerbas en el hato,
las yerbas de salud que cambian por centavos:
yerbaniz, limoncillo, simonillo,
que alivian las difíciles entrañas,
junto con la orejuela de ratón
para el mal que la gente llama “bilis”;
la yerba del venado, el chuchupaste
y la yerba de indio, que restauran la sangre;
el pasto de ocotillo de los golpes contusos,
contrayerba para  las fiebres pantanosas,
la yerba de la víbora que cura los resfríos;
collares de semilla de ojo de venado,
tan eficaces para el sortilegio;
y la sangre de grado, que aprieta las encías
y agarra en la raíz los dientes flojos.

(Nuestro Francisco Hernández
—el Plinio Mexicano de los Mil y Quinientos—
logró hasta mil doscientas plantas mágicas
de la farmacopea de los indios.
Sin ser un gran botánico
don Felipe Segundo
supo gastar setenta mil ducados,
¡para que luego aquel herbario único
se perdiera en la incuria y en el polvo!
Porque el padre Moxó nos asegura
que no fue culpa del incendio
que en el siglo  décimo séptimo
aconteció en el Escorial.)

Con la paciencia muda de la hormiga,
los indios van juntando en el suelo
la yerbecita en haces
—perfectos en su ciencia natura.

Pliego Suelto, Buenos Aires, Imprenta Colombo, 1934.

Alfonso Reyes (1889-1959) Ensayista, poeta,   y crítico. “Los astros fueron generosos con Reyes. En la República Argentina hemos pasado del francés al inglés y del inglés a la incomunicada ignorancia; a Reyes le tocó una zona sensible a la gravitación del inglés y una época que no había perdido aún la costumbre de las letras francesas. Años de España lo acercaron al ayer de su sangre y una noble curiosidad lo hizo ahondar en el ayer latino y helénico. Sabiamente usó  las tres armas que se permitió Stephen Dedalus: silencio, destierro y destreza.” 

Jorge Luis Borges .
Sur, Buenos Aires, Nº 264, 1960.










miércoles, 19 de diciembre de 2012

Edward Hirsch: Simone Weil: El año de trabajo en la fábrica (1934-1935).



Edward Hirsch






 

 

 




Una copa de vino tinto que no ha sido tocada tiembla sobre
 la mesa y la luz de las lámparas cae cubriendo sus hombros.

Ella dirige su mirada al repollo en su plato,
observa el pan resquebrajado. Proposición:

la irreductible esclavitud de los obreros. “Trabajar
para poder alimentarse, alimentarse para poder trabajar.”

Ella piensa en el reloj para marcar tarjeta en su pecho, de
la noche que se profundiza en la correhuela y la gramilla,

en los vapores y átomos en la fábrica donde
una morsa de acero  le aprieta las sienes

diez horas por día. Ella no come.
Ella no duerme. Casi no piensa

ahora que ha rozado el amoratado
brazo del olvido y probado la sangre, ahora

que el horno ha rotulado su piel y ha
tatuado su frente como la de un esclavo romano.

Seguramente Dios viene a los torpes e ineficientes,
a soldadores con antiparras oscuras y obreros

no calificados que pasan los días que se les han asignado
retirando bobinas de metal al rojo vivo de las llamas.

Seguramente Dios se les aparece a los quebrados y
anónimos, a los humillados y a los afligidos

cuyas piernas se han desposado con el movimiento perpetuo
siendo sus  manos demasiado pequeñas para sus cuerpos.

Proposición: “A través del trabajo  el hombre se transforma
en materia, como Cristo lo hace  a través de la Eucaristía.

El trabajo es como una muerte. Debemos pasar
a través de la muerte. A nosotros nos tienen que matar.”

Debemos despertar para trabajar, para producir
y contar, para fracasar repetidamente, para entregarnos

al ritmo furioso de las máquinas, para sufrir
el pandemónium y habitar las repeticiones,

para transformarnos en la bestia sacrificial; el tiempo
penetrando el cuerpo, el cuerpo adentrándose en el tiempo.

Ella presiona la mesa con su frente: “Trabajar
para poder alimentarse, alimentarse para…

Afuera, las polillas brillantes se dirigen hacia las estrellas y
las estrellas se tensan  a través del cielo como las cuentas de un collar. 

Adentro, una copa de vino tinto tiembla
al lado del repollo frío y el pan resquebrajado.

Noche exhausta, ella es el líquido que se desborda
y la comida sin tocar. Desciende sobre ella.

(Versión Esteban Moore)


Edward Hirsch (Chicago, EEUU, 1950) Poeta, ensayista y crítico. Ha publicado ocho volúmenes de poesía, entre ellos, The Living Fire: New and Selected Poems (2010). En ensayo, entre otros títulos, dio a conocer en 1999  How to Read a Poem and Fall in Love with Poetry  que ha convertido a través de los años en un auténtico bestseller.
 






























sábado, 15 de diciembre de 2012

David Ferry: Dos Poemas Breves.



David Ferry

















Un Hechizo

Tengo un mellizo que porta mi nombre,
avergonzado lo lleva con él  a todo sitio;

él sigue un camino que yo no seguiría;
tiene conocimiento de cosas que desconozco;

cuando yo fui valiente él tembló de miedo;
él dijo la verdad, yo mentí;

lo que es dulce para mí a él le sabe amargo;
 mis amigos, mis amigos, él no los ama;

yo camino a la luz del día en su sueño:
él respira el aire de mis pesadillas.


En el Edén

Estás recostada en nuestra cama como si un huerto,
                         /frutales en flor nos cubriera.
Vos sos lo que ha caído de esas ramas fatales.
¿Adónde iremos cuando nos envíen lejos de aquí?




 David Ferry (Orange, Nueva Jersey, 1924) Poeta, traductor y ensayista. Ha publicado: On the Way to the Island (1960), Strangers: A Book of Poems (1983), Gilgamesh: A New Rendering in English Verse (1992), Dwelling Places: Poems and Translations (1993), The Odes of Horace: A Translation (1998), The Eclogues of Virgil (1999), Of No Country I Know: New and Selected Poems and Translations (1999), The Georgics of Virgil (2005), Bewilderment: New Poems and Translations (2012). Es miembro de la American  Academy of Arts and Sciences y de la Academy of American Poets. Su obra ha sido reconocida, entre otras distinciones, con el National Book Award (2012).  



jueves, 6 de diciembre de 2012

Horacio Preler: Poemas.






Horacio Preler




















Símbolos

Un extranjero recorre las calles
de una ciudad desconocida.
El misterio se encierra
en los extraños laberintos.
Los hombres pasan unos junto a otros,
sólo los viejos conocidos se saludan
con las ceremonias de costumbre.
Nos entendemos pobremente,
apenas delineamos los contornos del gesto
articulando símbolos heroicos
para superar el desamparo.


La Pared

Todas las mañanas un hombre
levanta las paredes de su casa.
Sube a los andamios; el sol brilla en su piel.
Abajo, sus hijos juegan en la arena.
Está solo.
Quizá piensa en la mujer que tuvo
o en la época en la que fue feliz.
Cuando termina su trabajo,
recoge sus herramientas
y regresa por el mismo camino que llegó.


Baratijas

El fuego arde y la materia es un axioma.
La energía engendra las cosas más extrañas,
las telarañas, los papeles,
el ojo denigrando la figura,
las puertas sin cerrojo,
la contextura ósea.
Hay personas mirando el horizonte
en una visión hueca,
puerto que recibe barcos cargados de riquezas
para rendir países,
monarcas que gobiernan un pueblo de fantasmas.
Los sueños ofrecen la ventaja de las cosas sencillas:
humildes baratijas
para vender en el mercado.


Casa Vacía


Alguien alguna vez hará el inventario de las cosas,
levantará papeles, abrirá los cajones de un escritorio
antiguo, revisará bibliotecas, estanterías,
muebles, aparatos usados, buscando explicación
a tanta fantasía.
Nada perdurará para dar testimonio.
Uno se lleva todo. Sus historias,
la clave de sus miedos, la lóbrega codicia,
la indiferencia, el odio,
los almanaques viejos.
Entonces encontrarán escobas en todos los rincones,
trapos de piso, humedad,
los restos de comida que han quedado en el plato.


Orden

Es bueno lavar los cuchillos en primer lugar,
todos juntos,
luego limpiar los tenedores,
todos ellos,
y, finalmente,
pasar a las cucharas,
para que la tarea sea más prolija,
para que sea más fácil
poner en orden el universo.


Horacio Preler (LaPlata, Buenos Aires, 1929). Poeta. Ha publicado: Institución de la tristeza (1966); Lo abstracto y lo concreto (1973); La razón migratoria (1977); El ojo y la piedra (1981); Lo real nuestra casa (1991); Oscura memoria (1992); Zona de entendimiento (1999); Silencio de hierba (2001); Casa vacía (2003); Aquello que uno  ama (2006) y  La vida se interroga (2012).
Su obra ha sido reconocida con diversas distinciones, entre ellas, el premio de poesía que otorga la Academia Argentina de Letras.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Graciela Maturo: Cantata del Agua.





Graciela Maturo






                                                                      


















I

 La fuente

                                  a Abel Posse
               


                        Agua dormida y sola
                                   no regada
                        agua escondida, resguardada, dulce,
                        cuerpo sin forma,
                        pez que te resbalas.

                        Agua que de tí misma te alimentas
                        matriz, pupila, llama,
                        plata líquida sólo por amor rebasada.
           
                  ( Yo era la hoja polvorienta lavada por la lluvia.
                  El viento convertía mis huesos en un arpa,
                  y descubrí la fuente, muy adentro.)


            Agua dormida y sola que en mí vives.
            Naufragué para siempre en tu lago llameante
            en tu seno de hielo.
           

II

La voz del agua en Compostela

                                 a Pierre Marcombe


                        Fina es la voz del agua en Compostela.
                       
                        Llueve un agua levísima
                        sobre la piedra gris
                        sobre la negra fuente                     
                        ensimismada.

                        Cuenta la lluvia historias
                        de peregrinos
                        que durmieron cansados
                        bajo los fríos soportales.

                        Canta la lluvia una canción de amigo
                        para el muchacho que se va
                        lejos
                        hacia las rías,
                        a la guerra.

                        Dice el agua que es suya esta ciudad antigua
                        que son suyos los atrios acariciados
                        las columnas
                        la plaza en que  la tarde bellamente reposa.


                        Me dice Rosalía:
                        Shove miudiño.

                        Llueve en  Santiago y lloran
                        suavemente las gárgolas.
                        Las campanadas miden
                        un tiempo sin relojes


III

Del agua danzante

                                       a Fray Domingo Renaudière de Paulis


            Agua lejana y jubilosa,
            danzante entre las viñas.
            Agua adolescente de espumas
            plena de sí, riente,
            hecha de la sonrisa de un niño
            agua que se deshacía por amor
            como un rosario de perlas.

            (Como el sol te entregabas a la vida:
            de tu cuerpo  nacían seres nuevos
            con cabellos de miel)

            Corazón de agua
                        cantante
            en tu vocación de vidamuerte.

            Quién dirá con su lengua tu luz de abismo
            tu felicidad de otro mundo
            tu canto de entresueño.
           
            Agua pura y huyente
            que alcanza las orillas de blancos cementerios
            donde rezan oscuros los cipreses.

            Agua-palabra, gracia cristalina,
            lava mi frente fatigada.


IV 

Aguas bravías

                               a Marta Zamarripa



                        Otras aguas me vienen a los ojos.
                        Son las aguas violentas del Paraná,
                        fuertes, verdes de selva, cargadas de resinas,                          
                        aguas que arrastran troncos, rojas flores,
                        bestias dormidas, coronas, osamentas,
                        astros caídos.

                        Ví las aguas bravías del Paraná
                        castigando coléricas la casa del hombre.
                        Vi sus brazos alzando los troncos del sauzal,
                        allá, en Colastiné,
                        donde sueñan salvajes las cañas bravas.
                       
                        Aguas del furor y la pasión,
                        aguas sombrías despeñándose desde un negro centro ,
                        esquivas,  melancólicas,
                        destrenzándose solas en las orillas,
                        aquietándose lentas, cansadas,
                        envejecidas.

                        Aguas del Paraná, dolientes,
                        lamiendo el costado de Santa Fe, la antigua.
                        Aguas de amor y  desamor,
                        aguas de trágico desencuentro.

                        Río que nunca vuelves al origen amado.


V

 Agua de azogue

                                   Hanna Houskowá



                        Agua sinuosa y verde del Vildava
                         lenta, sombría, luminosa, sola.
                        Agua de azogue, densa de misterios,
                        detenida en  la negra madera de los molinos.
                       
                       
                        Miro tus cisnes irreales sobre el mercurio         
                        tembloroso de lluvia.
                        Tus cisnes  negros, blancos,
                        custodiando el secreto silencioso del tiempo.
                       
                        Agua majestuosa del Vildava
                        cruzada de puentes, de peregrinos.
                        Puente Carlos, lugar sagrado,
                        templo a la intemperie.
                       
                                  
                        Volveré a esta ciudad que está en mi vida         
                        para encontrar la llave,
                        las puertas del castillo.

VI

 Puertas del mar
                                                                      
                                 a Héctor Villanueva



                        Mar abierto, redondo  como el cielo,
                        pórtico de la muerte
                        muertemar.

                        Mar de vida  que engendras la pureza del nácar
                        matriz del tiempo
                        cuna de corales.

                        Mar donde se destruyen los cuerpos y los tronos
                        mar biforme, cerúleo,
                        llano de infinitud.


                        Mar de  puertas abiertas
                        suelo sin lápidas      
                        donde los marineros  descansan entre rosas.

                        Seno materno
                        cueva
de pórfido sagrado,

                        origen, perla, tierra,
                        templo
                                                           puerto
                                                                                              llegada.
           
                                              


                        Praga, 1995.



Graciela Maturo. Poeta, ensayista y docente Universitaria. En Poesía ha publicado: Un viento hecho de pájaros, edición Laurel, Córdoba (Arg.) 1958; El Rostro, Montevideo, 1961, reed. Ciudad Gótica, Rosario, 2007; El mar que en mí resuena, Buenos Aires, Ismael Colombo, 1965; Habita entre nosotros, Mendoza, Azor, 1968; Canto de Eurídice, Buenos Aires, Último Reino, 1982; El mar se llama ahora con tu nombre, Último Reino, 1993; Memoria del Trasmundo, Último Reino, 1995, reed.1999; Cantos de Orfeo y Eurídice, Córdoba, Ed. El Copista, 1997; Nacer en la Palabra, Mendoza, Ediciones Culturales de Mendoza, 1997; Cantata del agua (plaqueta), 1998; Navegación de altura, Último Reino, Buenos Aires, 2004;  Antología Poética, Fondo Nacional de las Artes, Bs. As. 2008; Bosque de Alondras. Antología poética 1958-2008, Universidad Cecilio Acosta, Maracaibo, 2009. Jardín de arena, Buenos Aires, en prensa. 
En ensayo, entre otros títulos ha dado a conocer: Proyección del Surrealismo en la literatura argentina, Ediciones Culturales Argentinas, 1967; Julio Cortázar y el Hombre Nuevo, 1ª.ed. Sudamericana, 1968, 2ª ed. ampliada, Fundación Internacional Argentina, 2004; Claves Simbólicas de García Márquez,1972,  2º edición ampliada F.García Cambeiro, Buenos Aires, 1977; La literatura hispanoamericana, De la utopía al Paraíso. F.García Cambeiro, 1983; Fenomenología, creación y crítica, F.García Cambeiro, 1989, La mirada del poeta, Corregidor, Bs. As, 1996, 2ª edición ampliada, Madrid, Amargord, 2008; La identidad hispanoamericana. Problemas y destino de una comunidad, Tekné, Buenos Aires, 1997; Marechal: el camino de la belleza, Biblos, Buenos Aires, 1999; La razón ardiente. Aportes para una teoría literaria latinoamericana, Biblos, Bs As, 2004; Relectura de las crónicas coloniales del Cono Sur (directora), USAL, Buenos Aires, 2004; El humanismo indiano, (editora) UCA, Buenos Aires, 2005. Literatura y Filosofía desde América Latina, Universidad de Caldas, Manizales (Colombia), 2007; Los trabajos de Orfeo, EDIUNC, Mendoza, 2008; La opción por América, Editorial Ross, Rosario, 2009; América: recomienzo de la Historia, Biblos, Buenos Aires, 2010. El humanismo en la Argentina Indiana, Biblos, Buenos Aires, 2011. La poesía. Un pensamiento auroral. Alción, Córdoba, en prensa.
           

































Ricardo Zelarayán: Pioja y Gota.



Ricardo Zelarayán (1922-2010)















 



Pioja

Rezongado rezongo de palabra renga. Pelo y barro.

La horca... limpita. La horquilla puñalea seis veces por vez.
Puñaladas finas, bien clavadoras...¡Y a la puña!

Arado entiera y desentierra. Peine grueso y fino, suave y
 liendre, piojo nomás. No saltona pulga. Roña y sangre. La
piedra aguanta, aguantaraz.

Madera, ¡já! Madera y avispas clavadoras. Una siesta basta.
¿Seguro? La carne sin revés se las arregla. Cae una gota loca.
Dos, tres... A la baba nomás mientras el río corra.

Los huesos mentirosos se desencajan. Cris, cras... Pura agua
colonia. Pelo, pelambre, pelambruna. ¿Dónde hervir el huesito
salvador?

Puta, puta calandria. Avispa del chajá. Mancha que se borra al
despertar. Cae el pelo, uña caída, cherubichá.

Al chajá montero lagunas le sobran. Al diente por diente las
lomitas. Orilla amarilla y negra. Nunca bien te veo.

Vidrio, pelo, vidrio en los ojos, polvareda.

Filo contrafilo y punta. Coleteando en la atmósfera. Ladridos.
Burro. Burro empacado. Burro lengua ´e sal. Sapo bronceado bronce.

Sopa alharaca. Tuna. Liendre lisita. No hay peine pal pelo
que arde nomás. Huracaneados vamos, aplanados todos.
¡A la que vuelva y no vuelve! Polvo empiojado.

La miel de los pelos arde. El sapo se revuelve. Dientes no se
animan. La horquilla se queda guacha.

El galope saltea el diente que falta. Cigarro que se apaga al sol, el
agua mansa sabe que va al muere, pero se olvida.

Al fin se apagan las miradas. Viudas o brujas seguirán
mirando. El que afloja de mirar es diente suelto. la piedra es
piedra. ¡Y adelante!

Fuego que pasa de largo también se olvida. Rata nomás, rata
y sorda. Memoria. Hasta el cuchillo lagrimea. A la
larga afloja.

Orillas no son labios. Siempre se apartan.
Y a la última sombra se la comen los cuervos por arriba y
 los piojos por abajo. ¿Se acabó la negrura? Puro cuento.


Gota

Se viene... Hasta que el balazo se cansa, mas manso que una
gota.

Mano mansita, mosca aplastada. La mula mansa escupe jinetes
y el vuelo fracasa, nariz en tierra.

Se viene cabeceando de arriba sin costado. Piedra costra
cosedora no aguanta. El pato si no se acuesta patea
miel hasta que lo despierta el viento.

Se viene sin costa. A la reventada llaman.

Se viene hasta que la llama se apaga. De mientras, cuerpea.
Suspiro humea, huracaneado.

Sapo, sapón, reniega. Pero se viene, y al vuelo se arman puños
de hormigas.

Espina, balazo, todo es cuestión de tiempo, incansable campanita
sorda, gorda. Y flaco escopetón. Mierda. Y a la que sigue
que es la que se viene.

Se viene con o sin ruido, humo o viento, sapo desdentado.
Llovido o sudada gota, se viene filo sin lomo.
Se viene la gota al derecho y al revés de todos los reveses
de la dichosa gota.

Se viene el aplaste. De lo goteado espeso al filo.

Se viene con amanecer cambiado, aunque no se note mucho. Un día
nacido para ser olvidado, se viene suelto, entreverado,
disimulado entre las mulas tontas de la pendiente apenas
soleada.

Se viene para irse para siempre o como siempre. Pero esta vez
el tranco es corto para el despegue. Ceniza es cuero.
La tierra se cuartea sin humo.

Se viene desparejo entre tranco y tranco. Tiro al aire.
Y otra vez al balazo se muere nomás, buscando quien lo olfatee.

Madera y hueso arden, hojas aparte. Soplar lo seco,  quemarropa.
Se viene nomás, garrotes sin arder, sin rodillas, enteritos.
Y las tinieblas, oscuras borregas, buscan el sol que las
muerda.

Muerde mierda. Cruz ladeada al galope. El día se escapa,
la trompa arenosa.

Se viene la piedra dura, mientras todo vuela y lo que es lo
mismo, lo que se secó se aguanta hasta que le dé el cuero.


Ricardo Zelarayan (Paraná, Entre Ríos, 1922- Buenos Aires, 2010) Poetas, traductor, periodista. En su juventud se radicó definitivamente en Buenos Aires. Ha publicado: La obsesión del espacio (poesía, 1973, reeditado en 1997), Traveseando (cuentos, 1984), La piel de caballo (novela, 1986, reeditada en 1999), Roña criolla (poesía, 1991) y  Ahora o Nunca  (2009)  En la década de los 70 integró el comité de redacción de la revista Literal.
 

jueves, 22 de noviembre de 2012

Joaquín O. Giannuzzi: Poemas.





Joaquín Giannuzzi (1924-2004)




























Paisaje Urbano

Con mis piernas surcadas
por una especie de fracaso placentero
y una perspectiva de huesos lentos,
desde la ventana del bar contemplo esta furiosa esquina
donde los átomos se han enloquecido
y se cruzan interminables ríos de motores.
He aquí el mundo
componiendo una música tan excesivamente humana
que un accidente no modificaría la situación.
Yo bebo una cerveza y me pregunto
si valía la pena, si necesitábamos este tumulto,
si este vértigo de la materia triturada es digno de nuestra fe.
Me pregunto también
si está incubando un orden distinto, una desconocida naturaleza,
donde puedan instalarse los jardines
que giran prisioneros por mi cerebro irritado.


Por Alguna Razón

Compré café, cigarrillos, fósforos.
Fumé, bebí
y fiel a mi retórica particular
puse los pies sobre la mesa.
Cincuenta anos y una certeza de condenado.
Como casi todo el mundo fracasé sin hacer ruido;
Bostezando al caer la noche murmuré mis decepciones,
escupí sobre mi sombra antes de ir a la cama.
Esta fue toda la respuesta que pude ofrecer a un mundo
que reclamaba de mí un estilo que posiblemente no me
correspondía.
O puede ser que se trate de otra cosa. Quizás
hubo un proyecto distinto para mí
en alguna probable lotería
y mi número no salió.
Quizá nadie resuelva un destino estrictamente privado.
Quizás la marea histórica lo resuelva por uno y por todos.
Me queda esto.
Una porción de vida que me cansó de antemano,
Un poema paralizado en mitad de camino
hacia una conclusión desconocida;
un resto de café en la taza
que por alguna razón
nunca me atreví a apurar hasta el fondo.


Apuntes de Época

Frecuencia de tiroteos
En las inmediaciones de nuestro cuerpo.
Las noches llegan como amenazas secretas.
Explosiones, aullidos de ambulancias y neumáticos,
pasos que se precipitan.
Espasmos de una agitación avanzada.
La vieja época
pierde el ritmo cardíaco, boquea
en el estanque seco de su propia historia.
Detrás de las puertas
cerradas a doble llave, pasador y moral sin dientes
todo el mundo conteniendo el aliento.
Timbales y música a volumen crítico.
El baile de los muchachos
del otro lado de la pared.
Desde aquí no hay mucho que explicar:
acumulo muecas, examino ideologías
pero en conjunto ignoro
si son libres o felices,
qué heroísmo reclaman, qué sueños conciben.
A veces hay un accidente en el tocadiscos
y entonces los muchachos
con puños y pies golpean las paredes
para escapar de estos tiempos difíciles y oscuros.



Joaquín Giannuzzi, (Buenos Aires, 1924- Salta, Argentina, 2004) Poeta y periodista.  Publicó "Nuestros días mortales" 1958; "Contemporáneo del mundo" 1962,   "Las condiciones de la época" 1967;  "Señales de una causa personal" 1977; "Principios de incertidumbre" 1980; "Violín obligado" 1984;  "Cabeza final" 1991 y "¿Hay alguien ahí?", 2004: entre otros títulos. Su obra fue distinguida con el premio municipal y nacional de poesía.