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| (versiones Esteban Moore) |
Blog sin fines de lucro (Non Profit)de la palabra poética, traducción, crítica literaria, Charles Bukowski, Raymond Carver, Sam Hamill, Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, cultura,costumbres y el buen asado criollo. edmundokirk58@gmail.com. Colaboradores: Demian Paredes, Alejandro Elissagaray; Vanesa Malrossa; Maggie Culligan; Antonio Meloni; Ignacio Oliden; Edmundo Kirk, Patricia Ogan Rivadavia. Contacto: edmundokirk58@gmail.com
miércoles, 14 de noviembre de 2012
Novedad Editorial: Allen Ginsberg.
Labels:
Alción Editora,
Argentina,
Novedad Editorial,
Traducción
lunes, 12 de noviembre de 2012
Jorge García Sabal: Poemas.
Charla del viejo
Habla de aquello que no hizo,
lo que estuvo al alcance de la mano
y no pudo tocar.
Es confuso ese parloteo que sólo él entiende,
es áspero cuando dice ¨eso sí valía la pena¨.
Habla de aquello que no hizo,
como esas tortugas al revés,
expuestas al sol, la panza blanca,
las uñas arañando el aire.
Insomnio
Sálvate de tu madre y del padre de tu madre
y de la madre del padre. Sálvate de tus hijos
y de los hijos de tus hijos. Sálvate, de la traición
de la escoria. Sálvate por el hallazgo, por la ambición
de entrar solo por una puerta que da a un lugar solo.
Sálvate y queda mirando ese desierto : ciénagas de hambre
ciénagas de sombra:
sé un sueño solo sin voces ni gritos: tu huésped.
Pasante
Que parezca que se ha plantado. Que parezca
que hay árboles en el jardín y flores y también
mala hierba. Que parezca que se plantó y creció
un árbol y flores, hierba. Que parezca, siempre,
porque es verdad, que hicimos lo necesario para
alcanzar, ahora, a esta hora, lo que somos:
un desvío, algún remordimiento.
Maniobras
Ahora esa mujer habla del mar.
Sorpresiva, casi sin voz, dice y mezcla
unas palabras incomprensibles, ajenas.
Dice y tartamudea que el mar, que la noche
que un día, que pájaros, que el amor
y el silencio del silencio, que la muerte.
Dice y se va, como si nada.
Que sea así. Prefiero que no esté
con sus anuncios inconsolables y emigrada,
sin respuesta -mientras la vida avanza
a grandes pasos, lejos de uno- vuelva
y mire, lúcida, un objeto material
hecho de un grupo de palabras abstractas,
de nombres propios y voces:
sólo una escritura en voz baja, hecha
de arrepentimientos, agregados, decepciones.
Poema I
Los hombres y las mujeres de este pueblo
andan descalzos, pisan desnudo.
Ni el sol ni la lluvia ni la sombra
los hace felices o tristes; ellos
pisan desnudo, sin codicia.
Los hombres y mujeres de este pueblo
afilan piedras, engendran, festejan
con vino, tienen sueños nocturnos, mueren.
En silencio miran y pisan la tierra desnuda,
la aprietan, amontonan huesos, los tapan.
La gente de este pueblo es pobre y no
piensa más allá, no habla al futuro:
sólo apisona, ni feliz ni triste y
con huesos, piedras, sueños, cubre
y descubre lo que un día ha de nombrar:
memorias, involuntarios recuerdos, épicos
asuntos.
Jorge
García Sabal
(Balcarce, provincia de Buenos Aires,1948- Buenos Aires, 1996) Poeta. Publicó: El Fuego de las aguas, 1979 (Premio
Fondo Nacional de las Artes, 1978); Figura
de baile, 1981; Mitad de la vida,
1983 (Primer premio Certamen de Poesía “Miguel Hernández”, 1982); Lugares propios, 1987; Tabla Rasa, 1991 (Premio “La Nación”,
1990; Jurado: Octavio Paz, Olga Orozco, Enrique Molina, Roberto Juarroz, Jorge
Cruz); Sutura, 1994; Antología
Poética, 1996.
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Argentina,
Jorge García Sabal,
Poesía
sábado, 10 de noviembre de 2012
Víctor Redondo: Poemas.
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| Víctor Redondo |
Inferno
El retiro abierto, las hojas entornadas señalaban
una antigua ausencia.
Dar unos pasos por la habitación para convencerme
de la existencia del viejo olor aún sobre los muebles.
Aguardar la caída de la tarde para volver a recordar
las vulgares, estúpidas ciudades del mediodía.
Y por sobre toda la ansiedad, el manto, el manto
de olvido para borrar las horas.
La estúpida ventana de las ciudades del
mundo, la estúpida ansiedad.
El calor, la sed.
El amor como una ventana,
abriéndose, cerrándose, abriendo, cerrando, callando.
La alegría del amor desierto.
El sol, a veces, como un gran sexo en éxtasis.
Las paredes blancas como la piel de un niño,
dos árboles —uno viejo, el otro joven—
y la gran línea del horizonte encerrándonos en el mundo.
No había frutos en esos árboles, despedían por la tarde
un triste perfume de Dios,
y bebían gotas de nube de plata.
¡Cólera, cólera contra estos tiempos!
El arder de la vida
por el gran pantano de luz de aquellas islas.
Quijada
Quiero escribir palabras como quijada.
Destruir los complejos que se tienen al encarar cada
palabra,
como quijada.
Es decir, señor periodista,
yo escribo como un mestizo
o como tal al menos quiero llegar a escribir.
¡Las palabras tienen a veces una sangre tan confusa!
Quisiera tener un aparartito en la cabeza que
fuera moliendo
esa misma quijada que estoy usando como ejemplo
y dejara relámpagos temblando
en la palma de mi mano, sobre esa máquina que allí ve.
Usted está ahí, con ese perfecto grabador,
y yo aquí, frente a sus preguntas,
midiendo con mi otro ojo la distancia que aún me
separa del abismo.
Se reiría si le dijera lo que yo realmente pienso
de la literatura.
Apenas estómagos débiles en cuerpos enfermos.
Nada más.
Por eso busco palabras como quijada
para que bien mastiquen tanto polvo.
El retiro abierto, las hojas entornadas señalaban
una antigua ausencia.
Dar unos pasos por la habitación para convencerme
de la existencia del viejo olor aún sobre los muebles.
Aguardar la caída de la tarde para volver a recordar
las vulgares, estúpidas ciudades del mediodía.
Y por sobre toda la ansiedad, el manto, el manto
de olvido para borrar las horas.
La estúpida ventana de las ciudades del
mundo, la estúpida ansiedad.
El calor, la sed.
El amor como una ventana,
abriéndose, cerrándose, abriendo, cerrando, callando.
La alegría del amor desierto.
El sol, a veces, como un gran sexo en éxtasis.
Las paredes blancas como la piel de un niño,
dos árboles —uno viejo, el otro joven—
y la gran línea del horizonte encerrándonos en el mundo.
No había frutos en esos árboles, despedían por la tarde
un triste perfume de Dios,
y bebían gotas de nube de plata.
¡Cólera, cólera contra estos tiempos!
El arder de la vida
por el gran pantano de luz de aquellas islas.
Quijada
Quiero escribir palabras como quijada.
Destruir los complejos que se tienen al encarar cada
palabra,
como quijada.
Es decir, señor periodista,
yo escribo como un mestizo
o como tal al menos quiero llegar a escribir.
¡Las palabras tienen a veces una sangre tan confusa!
Quisiera tener un aparartito en la cabeza que
fuera moliendo
esa misma quijada que estoy usando como ejemplo
y dejara relámpagos temblando
en la palma de mi mano, sobre esa máquina que allí ve.
Usted está ahí, con ese perfecto grabador,
y yo aquí, frente a sus preguntas,
midiendo con mi otro ojo la distancia que aún me
separa del abismo.
Se reiría si le dijera lo que yo realmente pienso
de la literatura.
Apenas estómagos débiles en cuerpos enfermos.
Nada más.
Por eso busco palabras como quijada
para que bien mastiquen tanto polvo.
(publicado en Faro Vacío)
Víctor Redondo nació en Buenos Aires, Argentina en 1953. Integró
los grupos de poesía El sonido y la furia y Nosferatu. Publicó Poemas
a la Maga
(Ed. Sunda, 1977); Homenajes (Ed. Ultimo Reino, 1980), que obtuvo el
Primer Premio de Poesía Nicolás Guillén en conmemoración del Milenario de la Lengua Castellana
(España) en 1978; Circe, cuaderno de trabajo 1979-1984 (Ed. Ultimo
Reino, 1985) y Mercado de ópera (Ed. Ultimo Reino, 1989. Editó también la
novela Las Familias Secretas (Ed. Catálogos, 1985). Varios de sus libros
tienen re-ediciones. Dirige desde 1979 la editorial de poesía Último Reino,
que ha editado 400 libros en los últimos veinte años.
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Argentina,
Poesía,
Víctor Redondo
lunes, 5 de noviembre de 2012
Philip Larkin: Viento de Bodas.
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| Pilip Larkin (1922-1985) |
El
viento sopló con fuerza el día de mi casamiento,
y
mi noche de bodas, fue la noche del viento
de su desatada violencia;
el
viento que golpeaba ruidosamente la puerta del establo,
y
él tuvo que levantarse para ir a cerrarla,
dejándome,
atontada, a la luz de las velas,
a
solas con los sonidos de la lluvia,
observando
mi rostro en el candelabro retorcido,
sin
ver, a mi pesar, nada.
Cuando
regresó al lecho comentó que los caballos
estaban
inquietos, yo sentí tristeza al pensar
que
en una noche como ésta a hombre o a bestia, cualquiera,
les
faltara la felicidad que me poseía.
Ahora a plena luz
del
día bajo el sol, todo se ve revuelto por
el viento.
Él
ha ido a recorrer las tierras inundadas
y yo llevo un balde abollado al gallinero,
apoyándolo
en el suelo miro a mi alrededor.
Todo
es viento que penetra los árboles,
sacude las nubes
levanta
mi delantal y agita la ropa tendida.
¿Puedo
soportar este viento que encarna mi felicidad,
arrastra
mis actos uno tras otros, como el hilo a las cuentas de un collar?
¿Me
será permitido dormir ahora que la perpetua mañana
comparte mi lecho?
¿Podrá
la muerte secar estos charcos recién formados
concluir
nuestra adoración, al igual que la del ganado, arrodillándose,
para
beber de las aguas todo-generosas?
(Versión
Esteban Moore, P. Ogan Rivadavia)
Philip Larkin
(1922-1985) Poeta, novelista y crítico
musical inglés. Publicó en poesía: El engaño (1955), El barco del
norte (1945), Altos ventanales (1974) y Las bodas de Pentecostés
(1964). Entre oros títulos.
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Inglaterra,
Philip Larkin,
Poesía
sábado, 3 de noviembre de 2012
viernes, 2 de noviembre de 2012
Ángela García: 7 poemas.
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| Ángela García |
Un verbo
Camino
sobre la iniciada
fermentación
de las hojas
con
el viento frío en la punta
de
la nariz.
Mi
paso es un sendero
por
donde el aire que entra
me
esculpe,
modela
en mí el verbo.
Respirar,
interno tacto.
¿Cuántos somos quienes?
Una
sola frase repetida durante
cinco
minutos,
con
el rumor de fondo de la noche
Legiones
de grillos
grandes
y pequeños
son
voces al comando
gritando
a un dios diseminado.
Los afanes de Narciso*
El
periquito en su jaula tiene mucho que hacer
le
han puesto para su diversión un espejo
del
que cuelga una campana.
Ha
descubierto al otro.
Su
instinto de defensa empezó el cortejo,
con
picotazos tentó la conversación,
incisivo
metía la cabeza en la campana
y se masturbaba
creyendo
que también el otro le hacía la corte.
Enamorado
de esa lealtad incondicional,
hoy
le ha dado de sus propias reservas
semillas
celosamente humedecidas en el buche.
Pronto
el espejo se atiborra de amasijo,
un
asqueroso depósito de escombros
sepulta
vivo al intocable reflejo.
Con
alarmados picotazos clama
por
el que le ha vuelto la espalda.
*He leído que las
aves se aparean juntando sus cloacas.
Mercurial
Una
burbuja henchida del instante
se
descubre a sí misma en el espejo.
se
reconoce cuerpo palpitante
sangre
circulante
pensamientos
que ruedan
ojos
brillando delante de sí mismos.
Todo
en el instante.
La
burbuja quisiera perdurar,
tener
a mano el tiempo,
más,
desaparece.
Súbitamente
sólo una humedad
se
disipa en el espejo.
La mudez del polvo
La
brisa deposita su bagaje de residuos
por
doquier.
Limadura
de roca, resumidero del vuelo
de
legiones de golondrinas.
En
callado descenso, los minutos pasan,
las
horas se asientan tras las uñas.
No
alcanzamos a oír la agonía
de
los insectos en la telaraña
o
la huída de los que se salvan.
No
tiene sonido la arquitectura de las
juiciosas
tejedoras en los pliegues
o
en los vértices, entre la fronda.
El
viento no tributa sonoridad
a
esas viejas redes desiertas que cuelgan
con
su inútil provisión de vellos, pestañas,
antenitas,
alas de moscas, trozos de plumas,
pelusilla
de flores, esporas secas.
Oficioso
fantasma remedando el color de
las
cosas,
invisible
cautela de la muerte.
El sello
El
cuerpo avanza por calles encapotadas de espuma celeste
En
las puntas de los senos flamea azul el deseo
tea
atizada por los copos que caen.
El hambre es plenitud:
la
sonrisa que flamea
sella
un pacto.
Agua
Me
pides que hable
Pero
no puedo detenerme,
Sólo
sé moverme cambiar correr
ascender
o caer.
A
veces estoy en lo secreto
recogida
en la entraña muda
debajo
del desierto.
No
soy historia soy siempre instante:
Bonanza.
| E.M., Ángela García, Medellín, 2010. |
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Ángela García,
Colombia,
Poesía
jueves, 1 de noviembre de 2012
Carlos O. Antognazzi: Novedad Editorial.
Se presenta
en Rosario
Las estaciones
(poesía)
de Carlos O.
Antognazzi
Coordina:
Alejandra Méndez
Presenta:
Lisandro González
Lunes
12 de noviembre, 20:00 hs.
Lennon
(Urquiza
1493, esq. Paraguay)
Carlos
O. Antognazzi (Santa Fe, 1963). Reside en Santo Tomé. Ha publicado los libros Historias de
hombres solos (Cuentos, 1983), Punto muerto (Cuentos, 1987), Ciudad
(Novela,1988), El décimo círculo (Cuentos, 1991), Llanura azul
(Novela,1992), Narradores santafesinos (Ensayo, 1994), Apuntes de
literatura (Ensayos y entrevistas, Banco Bica, 1995), Cinco historias
(Nouvelles, 1996), Mare nostrum (Cuentos, 1997), Zig zag
(Cuentos, 1997), Road movie (Cuentos, 1998), Inside (Poesías,
1998), Al sol (Cuentos, 2002), Arte mayor (Poesías, 2003), Los
puertos grises (Novela, 2003), riverrun (Poesías, 2005), Señas
mortales (Novela, Castalia, Madrid, 2005), Triplex (Nouvelles, UNL,
2008), Ahab (Poesías, 2009), Interludio (Cuentos, 2010), Leve
aire (haikus, UNL, 2010), Las
estaciones (Poesías, 2012). Obtuvo, entre otros, los premios «Alcides
Greca» 1992 y 2007; XII Premio «Ciudad de Huelva» (España, 2003); VII Premio
«Tiflos» Novela (España, 2004); “José Rafael López
Rosas” 2009. En 2004 fue declarado «Ciudadano Santafesino Destacado» por el HCM
de Santa Fe.
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Novedad Editorial,
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