martes, 6 de octubre de 2015

Gabriel Jiménez Emán: NIHILISMO Y CRÍTICA SOCIAL EN ALLEN GINSBERG


Allen Ginsberg




 

I

Hay dos figuras referenciales en el mundo de Allen Ginsberg: Walt Whitman y Vachel Lindsay. Ambas sembraron en él nutrientes para construir una poética alimentada con las mejores fuentes de rebeldía en los Estados Unidos. A Whitman lo encuentra cien años después en los pasillos de Un supermercado en California hurgando entre frutas, duraznos, el neón, las penumbras y los corredores con maridos o bebés, donde de paso se topa a García Lorca junto a las sandías. Ginsberg puede pintarnos a Whitman, viejo solitario y crápula, hurgando entre las carnes en el refrigerador y mirando de reojo a los muchachos del almacén. En este poema en prosa – donde Ginsberg se identifica con la homosexualidad de su maestro--  recorre con él el supermercado probando golosinas, y después fuera del local van ambos por las calles solitarias soñando con una América perdida. En este poema hay una prefiguración de otro que no por casualidad tiene el título de América: nación inmersa en la “guerra humana” que usa la bomba atómica y sobre la que el poeta se pregunta: “América, ¿por qué tus bibliotecas están llenas de lágrimas? / Me disgustan tus locas exigencias (…) Tu maquinaria es demasiado para mí / tú me hiciste querer ser un santo”.
            En Vachel Lindsay se inspiró Ginsberg para recorrer Estados Unidos leyendo sus poemas ante grandes auditorios, e intentando recuperar la condición de bardo de multitudes, de trovador acompañado de música y gestos teatrales, como lo hacía Lindsay yendo de casa en casa y diciendo sus poemas a cambio de comida o alojamiento. A Vachel le dedicó un poema “A Lindsay”, donde al final le ve sentado con sus tirantes en una cama: “la sombra de tu mano levanta una pistola sobre tu cabeza / tu sombra cae sobre el piso”, dice de modo conmovedor.
            Ginsberg y sus amigos del grupo Beatnik, (Ferlinghetti, Kerouac, Burroughs, Kesey y Corso, entre otros, no todos necesariamente escritores) emularon esta actitud de bardos públicos que combinaban su nihilismo con la crítica social en un momento tan decisivo para la cultura del siglo XX como la década de los años 60 en el siglo XX, en que la política bélica de las potencias y las megacorporaciones de Estados Unidos estaban causando estragos en el mundo (lo cual no cesa hoy, y es por ello, entre otras cosas, que están tan vigentes), los beatniks coparon entonces la escena con sus actitudes contestatarias, rebeldes y bohemias que motivaron y movilizaron no sólo a numerosos jóvenes de su país, sino de varios países americanos y europeos donde su radio de influencia se dejó sentir, especialmente en Francia y en América Latina. Venían los beatniks de admirar a los músicos de jazz (negros que habían logrado una expresión a contracorriente de la cultura blanca) y luego pasarían a formar parte de una serie de movimientos donde se destacan los hippies, el underground, los happenings, el camp, el action painting, la experimentación con drogas (que dio origen al arte psicodélico y al pop, y no a una mera drogadicción), el rock ácido y el cine francés de la nouvelle vague irían todos ellos a constituir un movimiento contracultural donde participaban movimientos filosóficos o psicológicos como el marxismo, el existencialismo, el budismo oriental y el psicoanálisis en autores como Jean Paul Sartre, Albert Camus, Theodore Rozack, Herbert Marcuse, Norman Brown, Alan Watts o Susan  Sontag. Tales experiencias atentaban contra la cultura institucional (rígida, heredada, diseñada y difundida por los mass media para que nada cambiara) y a la postre vendría a definir el mercantilismo aupado por el capitalismo, la dominación ideológica llevada cabo por el cine de Hollywood (al cual los beats llamaban disneynisación) y el uso de una tecnología desenfrenada, propiciadora del consumismo.
Justamente, Allen Ginsberg se convierte en uno de los adalides de esta nueva actitud, expresada  a través de sus desenfadados versos torrenciales, enumeraciones delirantes y un brillante coloquialismo, imperfecciones deliberadas que llevan implícitas una crítica al arte “hecho” o “equilibrado” que ostentan los perfeccionismos formales europeos como el clasicismo, el simbolismo y luego el modernismo hispanoamericano. En 1955, Ginsberg publicó su Aullido en Inglaterra y al año siguiente en San Francisco, donde se deja llevar por una marea de asociaciones libres de la mente, por un caudal que puede ser violento o estridente (aunque diferenciado del surrealismo) pero también musical y encantatorio, poblado de prosaísmos vigorosos que implican todos ellos una tensión. “Estoy contigo en Rockland / donde las facultades del cráneo ya no admiten los gusanos de los sentidos (…) Estoy contigo en Rockland / donde golpeas en el piano catatónico que el alma es inocente e inmortal y no debería morir impíamente en un manicomio armado.”
Asimismo, Ginsberg deja ver lo más desnudo de su condición judía en Kaddish y otros poemas (1960),  libro donde a partir del lamento por la muerte de su madre, hace una descarnada autocrítica donde predomina una visión caleidoscópica de la realidad que incluye descripción de calles, establecimientos, estaciones, oficinas, carreteras, bahías y paisajes de todo tipo; recurso que le permite la identificación plena de lugares determinados, y con ello la precisión de un topos muy suyo (Ginsberg nació en New Jersey en 1926) pero también una condición mental interior: “Polvosos sacos de correo llenándose / 1948 N.Y. octava avenida fue / o cuando Peter conducía el camión / de corres 1955 / desde el anexo rincón / resplandor de luces brillantes en el parabrisas / temblor de adrenalina en los hombros (…) No será ocioso anotar que Ginsberg, antes de estudiar en Columbia, fue portero, cafetero, marino y reseñador de libros en la revista Newsweek. También un activo fotógrafo y memorialista de su generación, con varios libros de fotografías editados. Muchas de éstas fueron expuestas en el Museo Whitney de Nueva York en 1995, dentro de una gran exposición que se dedicaría al revolucionario grupo. Otros libros suyos que debemos mencionar son Espejo vacío (1960), Sándwiches de realidad (1963) y Noticias del planeta (1969). El poeta dejaría de existir en 1997.
Creo que le debemos a este poeta el haber realizado una crónica alucinante de la realidad, una lectura transfiguradora que es a su vez una mirada lúcida y crítica de su país, con todo lo que ésta logra cuando desnuda desde conflagraciones bélicas hasta la vida en tugurios, burdeles y aventuras amorosas y existenciales, experiencias con drogas en textos que pueden parecer letanías, evocaciones o constituir en si mismos imágenes abigarradas de ciudades que revientan en su paradoja de lujo y miseria, de placer y muerte, de amor y de horror.

II

En el año 1985 estuve en Roma, Italia, asistiendo a un Festival Mundial de Poesía en Villa Borghese, junto a los poetas venezolanos Carlos Contramaestre, Ramón Palomares y Enrique Hernández D’ Jesús. Había escritores de diferentes nacionalidades. Entre los muy conocidos que recuerdo estaban Juan Gelman, Alberto Moravia, Allen Ginsberg, Gregory Corso (a quien Ginsberg salvó de la locura por medio de la catarsis poética) y Leroy Jones (Amiri Baraka) a quienes me acerqué un rato para charlar con ellos. Saludé a Ginsberg y a Corso; recuerdo que Corso libaba frenético de una botella de whisky y me ofreció un trago, que inmediatamente acepté. En cambio Ginsberg aspiraba extasiado un cigarrillo de marihuana; al rato subió al escenario pero no a leer sus poemas, sino a tocar el banjo. Acompañó con el instrumento a un grupo de jazzistas y cantantes country, y lo hizo muy bien.
En el fondo, los beatniks fueron unos trovadores que decían a la gente sus poemas o canciones, como lo habían hecho Whitman o Lindsay, y como luego lo harían Bob Dylan, John Lennon o Tom Waits; en América Latina serían Víctor Jara, Violeta Parra, Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, Alí Primera, Ismael Rivera, Juan Luis Guerra o Rubén Blades; en España Joan Manuel Serrat o Joaquín Sabina; en Francia Georges Moustaki y en Canadá Leonard Cohen. En fin, cantautores, trovadores y jazzistas influirían en un buen número de escritores y músicos en varios países; en Venezuela los ecos de Ginsberg y los poetas beat se hacen notar en la poesía de Víctor Valera Mora, Caupolicán Ovalles, William Osuna, Jorge Nunes, Julio Valderrey, Gabriel Jiménez Emán, Benito Mieses y Antonio Robles, entre otros. En el fondo, a quienes hacemos caso omiso de los convencionalismos cívicos y de las poses de poetas “exitosos” laureados o premiados por academias (incluyendo al aburrido Premio Nobel, al que Jean Paul Sartre rechazó con toda razón) le debemos algo a Ginsberg, principalmente por haber tuteado a nuestro abuelo Whitman e invocado al entrañable García Lorca, pero también por incluir en su lista nada menos que a Mahoma y a Cristo: los acercó a todos ellos a nosotros y con ello nos aproximó también a una actitud más fresca y sincera de apreciar la literatura; a ser más humanos y auténticos en el momento de asumir nuestras responsabilidades personales,  sino con el objeto asumir un compromiso social como agentes históricos que somos,  renunciando a los clisés e imposiciones del poder, y poder despojarnos de prejuicios para vislumbrar, con mayor ecuanimidad, caminos más libres de transitar la condición humana.


G.J.E, E.M., Caracas 2015
Gabriel Jiménez Emán (Caracas, 1950), escritor venezolano destacado por su obra narrativa y poética.Los dientes de Raquel (La Draga y el Dragón, 1973), Saltos sobre la soga (Monte Ávila, 1975), Los 1001 cuentos de 1 línea (Fundarte, 1980), Relatos de otro mundo (1988) Tramas imaginarias (Monte Ávila, 1990), Biografías grotescas (Memorias de Altagracia, 1997), La gran jaqueca y otros cuentos crueles (Imaginaria, 2002), El hombre de los pies perdidos (Thule, España, 2005) y La taberna de Vermeer y otras ficciones (Alfaguara, Caracas, 2005) Había una vez…101 fábulas posmodernas (Alfaguara, 2009) y Divertimentos mínimos. 100 textos escogidos con pinza (La parada literaria, Barquisimeto, 2011), Consuelo para moribundos y otros microrrelatos (Ediciones Rótulo, San Felipe, Estado Yaracuy, 212), Cuentos y microrrelatos (Monte Ávila Editores Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, Caracas, 2013), Gabriel Jiménez Emán. Literatura y Existencia. Valoración Múltiple de su obra Varios autores (Imaginaria, San Felipe, estado Yaracuy, 2013).
En el campo novelístico es autor de La isla del otro (Monte Ávila, 1979), Una fiesta memorable (Planeta, 1991), Mercurial (Planeta, 1994), Sueños y guerras del Mariscal (Tres ediciones: Sueños y guerras del Mariscal, Ediciones B, Bruguera, Caracas, 2007; Sueños y guerras, Fondo Editorial Eugenio Espejo, Quito, Ecuador, 2010; Sueños y guerras, Alba Bicentenario, Narrativa, Editorial Arte y Literatura, La Habana, Cuba, 2012)), Paisaje con ángel caído (Imaginaria, 2004) y Averno (El Perro y la Rana, 2007).
Sus libros de ensayos literarios son Diálogos con la página (Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1984), Provincias de la palabra (Planeta, Caracas, 1995), Espectros del cine (Cinemateca Nacional, Caracas, 1998), El espejo de tinta (Fondo Editorial Ambrosía, Caracas, 2007), Una luz en el camino. Fundamentos de ética para adolescentes (Biblioteca Básica Temática, Ministerio del Poder Popular para la Cultura, Caracas, 2004), El contraescritor (Editorial El perro y la rana, Caracas, 2008) e Impreso en la retina. Crónicas de un adicto fílmico (Universidad Experimental de Yaracuy, San Felipe, Estado Yaracuy, Venezuela, 2010).
Es autor de los libros de poesía Materias de sombra (Premio Monte Ávila de Poesía, 1983), Narración del doble (Fundarte, Caracas, 1978), Baladas profanas (La oruga luminosa, San Felipe, Estado Yaracuy, 1993) y Proso estos versos (Círculo de Escritores de Cojedes, 1998), Historias de Nairamá (Fondo Editorial del Caribe, 2007), Balada del bohemio místico. Obra poética 1973-2006 (Monte Ávila Editores, Caracas, 2010).
Ha realizado una amplia labor como investigador y antologista, entre cuyas obras se encuentran: Relatos venezolanos del siglo XX (Biblioteca Ayacucho, 1989), El ensayo literario en Venezuela (La Casa de Bello, Caracas, 1988), Mares. El mar como tema en la poesía venezolana (Banco Unión- Ateneo de Caracas, Premio ANDA, 1990), Ficción Mínima. Muestra del cuento breve en América, (Fundarte, Caracas, 1996), Noticias del futuro. Clásicos literarios de la ciencia ficción (Fundación Editorial El perro y La rana, 2010), En Micro. Antología del microrrelato venezolano (Alfaguara, Caracas, 2010). Es traductor de poesía de lengua inglesa y editor independiente. Dirige la revista y las ediciones Imaginaria, dedicadas a lo inquietante y lo fantástico. Dirige Imagen. Revista latinoamericana de Cultura, publicación del Ministerio del Poder Popular para la Cultura (Caracas, Venezuela, 2013).
Vivió cinco años en Barcelona y ha representado a Venezuela en eventos internacionales en Atenas, París, Nueva York, México, Sevilla, Salamanca, Oporto, Buenos Aires, Santo Domingo, Ginebra y Quito. En el terreno cuentístico es autor de






Café La Poesía:Muestra poesía Ilustrada


sábado, 3 de octubre de 2015

Novedad Editorial: Ernesto Simón






Argentinos por nada es un libro donde los fantasmas del pasado vuelven a gravitar en una suerte de historia cíclica que se va colando en cada una de las tramas. Tal como dice en la contratapa el humorista gráfico Sergio Langer: “un grupo de argentinos exiliados en París, arrojados a la soledad y al resentimiento, y un final pesadillesco con Sui Generis de fondo marcan el ritmo de Argentinos por nada, uno de los cuentos que da título al nuevo libro de Ernesto Simón”. Y agrega: “La historia argentina de los últimos 50 años pasada a través de una minipimer monstruosa que en apenas segundos nos tritura y nos teletransporta al desastre”. Allí aparecen personajes que parecían olvidados pero que de un modo inexplicable recobran vida en estas páginas, tal el caso de Vandor, López Rega, Firmenich, Perón, Alfonsín, Menem, De La Rúa, Duhalde, Néstor y Cristina.
“El asado y el vino barato, a granel, convocan a los fantasmas del pasado”, explica Langer, y remata: “la frustración y la rabia harán el resto. Argentinos por nada es un viaje al todo, un viaje al corazón de nosotros mismos”.

Este es el segundo libro de Ernesto Simón, quien en 2013 publicó las microficciones 77 historias, periodista nacido en San Juan donde actualmente reside y ejerce. Escribe además para diario Perfil, para el diario mendocino MDZ y para diferentes revistas de rock del país.





martes, 29 de septiembre de 2015

Fernando Aínsa:



Fernando Aínsa






















Mamá sentada en el sofá

con un vaso de whisky en la mano



Por eso (y por más cosas)
recuerdo muchas veces a mi madre
Ángel González, “Primera evocación”


En el sofá
—bajo el gran espejo comprado al borde de una carretera,
ante la granja desahuciada
aquella tarde gris de nuestro deambular dominical por la provincia—
se sienta mamá todas las tardes.
Espera que volvamos de trabajar con un vaso de whisky en la mano.
Las piernas cubiertas con una manta,
dice que hace frío en nuestra casa.
Se queja que nuestra calefacción es antigua,
funciona mal y la bajamos por ahorrar.

Mamá viene del Sur
—donde hay pinos y sol—
a visitarnos dos veces al año,
cada vez más cansada y más ausente.
Hace un esfuerzo al que llama “deber”
cuando baja del tren con un maletín como todo equipaje.

En casa, mira por la ventana cómo llueve sin parar, aunque parece                        distraída,
tal vez piensa en otra cosa.
“Así es nuestra ciudad, fría y lluviosa.
¡Qué le vamos a hacer!”,
le digo al regresar por las tardes.
Mi  rostro reflejado sin querer en el espejo,
me siento a su lado e intento escucharla,



Promediado el vaso de whisky,
—según ella, prescrito por el médico para regular su tensión y el corazón agitado—
hilvana recuerdos, muchas veces los mismos:
aquel rencor no superado contra mi padre,
mi infancia, cuando era inocente y tenía bucles dorados,
mi vida actual alienada por el trabajo
y la cantinela “te alimentas mal, demasiada carne y poca fruta”.
No falta el recuerdo reiterado de su hermano
—mi tío Alfonso ejecutado en la guerra civil —
y la llama temblorosa con que ilumina su foto en uniforme     republicano
sobre una vieja cómoda en la casa del Sur.

La voz de mamá se aleja y se pierde en la confusión y la niebla
de un pasado deshilvanado.
(Yo también estoy ausente y pienso en otra cosa)
En los pequeños sorbos de su vaso retoma el aliento
y siento cómo los años se amontonan en desorden.

La recuerdo hermosa y enérgica,
cambiaba los muebles de lugar en noches de insomnio,
iluminaba la casa de madrugada para una fiesta sin sentido.
Así era mamá,
buena cocinera, capaz de zurcir un calcetín en la dura posguerra,
de lavarle el pelo a mi padre, sentado satisfecho al sol en la terraza,
la espuma jabonosa en una vieja palangana.
Macetas con hierbas aromáticas regadas con cuidado y un canario
trinando sin parar en la ventana.
En las horas de ocio, que no eran muchas, tejía bufandas y chalecos
para toda la familia.
Así era mamá,
antes del estallido familiar y la partida sin reconciliación,
como esa guerra que nos dividió sin otro consuelo que la memoria.

Cuando mamá baja del tren con su maletín de cuero
                        (muchos medicamentos encierra)
o cuando se sienta en el sofá con un whisky en la mano,
es otra.
Su mundo se reduce a medida que el frío le sube por las piernas.
Algún día me pasará lo mismo
—me decía, ya entonces—
cuando ella no venga más a vernos, tal como la recuerdo ahora
—treinta años más tarde—
lejos de aquel sofá y su mirada,
pero ante el mismo espejo donde solo veo reflejado
—no sé por qué—
un granjero desahuciado y su hija pequeña, al borde de una carretera de provincia, vendiendo sus muebles, una desvencijada bicicleta
y este espejo,
ahora incapaz de reflejar el duro presente que nos acongoja.


Ver pasar autos sentados en la acera


           
Hemos estado mirando coches últimamente
Raymond Carver

Los tres amigos de antaño
                        —Alvaro, Eduardo y Fernando—
sentados en la acera de la rambla
adivinan las marcas, años y modelos de los autos que pasan.
Gana el que acierta primero
              —Studebaker del 54, Austin Seven del 52, Packard del 48
o el magnífico descapotable Chevrolet Belair amarillo…—
y lo anotan con palotes en un cuaderno que agita el viento
como si fuera la pizarra del billar del bar Bambi donde se refugian
cuando llueve.

Detrás,
la rambla y la playa otoñal, donde vaga un perro abandonado
y un paseante solitario.
Escenografía que la memoria reconstruye, tiñendo de color verde esmeralda aquellas olas grises.
Privilegio del tiempo que ha pasado desde entonces:
embellecer las cosas.

Sentados en la acera,
ríen cuando uno se equivoca
(el error ajeno causa siempre gracia)
con esa alegría que tenían los adolescentes en aquellos años.
Son amigos desde hace tiempo y lo serán para siempre,
                        aunque la distancia y la muerte los haya separado.

Desde lejos atisban los diseños y lanzan su apuesta,
(suele ganar Alvaro, aficionado a los motores,
pero siguen jugando).
Lo que importa es estar juntos, mientras cae la tarde
y hace cada vez más difícil adivinar en la sombra
la marca del auto que ha pasado raudo a su lado.

Desde aquellos años,
              —fines de los cincuenta, Bill Halley y sus Cometas—
lejos de aquella rambla y aún más lejos de aquel tiempo,
conservo el gusto de adivinar años y modelos.

Lo hago sentado en un banco de la plaza de la ciudad donde vivo.
Pero ya no es un juego entre amigos:
Apenas el obsesivo solitario de un viejo que cree reconocer en el Opel Insignia del 2012 al Opel Kapitan de 1956; en el Citroen C2, el clásico dos caballos de extenso recorrido en el calendario y en el nuevo Ford Fiesta, al Ford A con el que la clase media descubrió la sociedad de consumo.

Fernando
—desde la plaza San Francisco—
apuesta ahora contra sí mismo para decirse que siempre gana,
aunque sea lo contrario.


La casa de aquella infancia



De aquella casa en la que viviera una feliz infancia,
vecina al Parque del Prado y su descuidada rosaleda,
guardaba el rencor que siguió al desahucio:
los muebles, la ropa, los libros, los trastos en la calle,
la tenue llovizna otoñal empeorando la escena para mejor grabarla en la memoria,
El Alguacil del juzgado ha levantado el acta de la misión cumplida,
sellada la puerta con lacre sobre el pasado.
En ese momento
—con sus catorce años recién cumplidos,
jura a su desconcertada madre,
venganza.

Viven luego en un cuarto piso sin ascensor no muy lejos de aquella casa.
Una sola ventana abierta a un ruidoso patio interior da respiro;
de allí el mayor empeño con que sigue estudiando
se inclina sobre textos que hace suyos mascando tenaz las palabras.
Pasan, sin poderlo remediar, los años.
El padre desaparecido en la nebulosa de una quiebra mal gestionada,
manda de tanto en tanto una modesta mesada y promete volver,
eso sí,
                        sin mayor entusiasmo.
La madre absorta en un melancólico silencio, hace de la resignación triste consuelo.
Sigue sin entender lo que ha pasado.

Para alimentar aquel lejano rencor y evitar que el tiempo lo atenúe,
—como suele hacer con tantas otras cosas que va desgastando—
pasea los domingos con su madre y sus pasos inevitables lo llevan al parque y a la esquina de la casa de su infancia.
La contemplan, ahora habitada, recién pintada de verde claro, y se sientan en un banco a lo lejos, mascullando fragmentos de recuerdos mal digeridos.
Buscan en sus muros alguna grieta, el resquicio para recuperar lo perdido, una forma de volver hacia atrás.

Un día, ya funcionario de un juzgado, notificador de testigos y sentencias, paseando frente a la casa de siempre,
ve a un niño asomado a la ventana del que fuera el cuarto de su infancia.
Las miradas se cruzan.
Desconcertado,
cree adivinar en su perfil un extraño parecido con el suyo y su pasado,
para decirse:
“Un joven de aquella edad mía,
un joven que no soy yo”-
Tal es la intensidad de ese intercambio que al cabo de un instante,
fogonazo intenso de la memoria revivida,
está en la piel de aquel niño que pudo ser él,
—que tal vez lo sea—
y todo ha sido un mal sueño,
“Como si un espejo velado por los años
                                   —dijera el poeta Alvaro Miranda[1]—
inesperado, se revelara”.
Una pesadilla proyectada desde un turbio pasado
al presente del que nunca debiera haber salido.

Está ahora asomado a la ventana
            —un hombre lo observa desde la acera—
sus padres conversan en el patio,
sobre los restos de un asado recién hecho en la barbacoa del fondo,
como se debe en un domingo asoleado.
El rencor y la sed de venganza
—si los hubo—
aparcados, lejos de esta bonanza recuperada después de tanto tiempo.
La respira con alivio junto a su madre rejuvenecida y a su padre que ha regresado,
esta vez para quedarse.

(de Capitulaciones del silencio y otros recuerdos, 2015)




Fernando AINSA, escritor y ensayista uruguayo de origen aragonés. Reside actualmente
entre Zaragoza y Oliete (Teruel) consagrado a la escritura y actividades editoriales y docentes. Autor de numerosos ensayos sobre literatura y cultura de América Latina. El último es Palabras nómadas. Nueva cartografía de la pertenencia (2012). Tiene en prensa Ensayos, sobre el ensayo como género.
En 2007 publicó su primer libro de poesía, Aprendizajes tardíos, seguido de Bodas de Oro (2011) y Clima húmedo (2012). Poder del buitre (Olifante), con prólogo de Francisco Ferrer Lerín, ha sido elogiosamente recibido por la crítica.
Aínsa es Miembro Correspondiente de las Academias de Letras de Uruguay y Venezuela y fue Director Literario de Ediciones Unesco (1991–1999). Recientemente ha sido galardonado con el Premio Imán otorgado por la Asociación Aragonesa de Escritores.

 





[1] Alvaro Miranda., del poema “En aquellos años de mi adolescencia”, (Yo mismo soy un extraño aquí, Montevideo, Ediciones del Mirador, 2005)

martes, 22 de septiembre de 2015

CÉSAR FERNÁNDEZ MORENO (LAS PALABRAS)

Êdoctum: Encuentro. Jorge Luis Borges I

Entrevista a Jorge Luis Borges en 'A Fondo' (1976)

Fina García Marruz: Poemas



Fina García Marruz








































Cine Mudo

NO ES QUE LE FALTE
el sonido,

es que tiene el silencio.



Toda la poesía,  allí
    (El chicuelo)

DESDE CUÁNDO,
cálido, tierno,
a la luz de hogar
del quicio de una calle,
Jackie Coogan está
sentado siempre
para nunca
irse.

Desde cuándo
toda la poesía
allí, en aquel quedarle
tan dulcemente grande
la gorra ladeada.


En las sombras de la noche

                                                                       lost old songs will be new


EN LAS SOMBRAS de  la noche cantaban los violines del cinematógrafo, las
rubias del vodevil Gold Diggers. Ruby Keeler bailaba el tap. “Los gatos
maúllan detrás de los bancos del parque, detrás de las vallas de anuncios
lumínicos, pasan junto a tu verja…” Marineras blancas como las de las
niñas de la Superior. Haya buen o haya mal tiempo. Mediodía del domingo
en el amarillo de la matiné, cuando se sale luego y ya es tarde, y ha llovido.
Dulce Neptuno. Pastelillos triangulares de “El Indio”. Violines  en las sombras
de la noche. Como después en un poema de Cristina Rossetti. Efectos de cine
baratos y luminosos como los bombillos eléctricos. La tarde quieta,  mientras
dan vuelta los discos Edison. (Sus botines  altos, respetuosamente auditivos,
asentían tartamudeando.) Las viejas canciones perdidas volverán a ser nuevas.
We are in the Money! Habían entrado en el oro, las pobres muchachas bailando
en el cuarto pequeño, ensayando en sus shorts. Sus dorados cabellos de coristas.
Locos, alegres ritmos de confianza indecible. Hemos entrado en el oro! Déjame
cantar una melodía. En las sombras de la noche. En las sombras del cine. En las
sombras.


Fina García Marruz (La Habana, Cuba, 1923 ) Poeta y ensayista. Integrante del Grupo Orígenes. Entre otros volúmenes de poesía ha dado a conocer: Poemas (1942): Visitaciones (1970); Créditos de Charlot (1990) y Habana del centro (1997). 

Mariela Laudecina: Poemas





Mariela Laudecina




























He parido un ternero
pequeño y rosado
y me lo han robado para matarlo
He dado a luz en la calle
luego de pujar por horas
Gente que pasa mira con asco
un hombre se acerca
y dice: rápido, corten el cordón
La placenta se desliza
como otro animal
Una mujer lo carga
pido que me lo devuelva
Vivirá, contesta y le creo
En el asfalto, sola y vacía
me veo correr junto a él
en un prado de margaritas.

*

Reparten peces en la calle
La gente se agolpa
hay disturbios
Una mujer me entrega un pez medio muerto
respira con dificultad
Es grande, gordo y brillante
Lo cargo como a un bebé
su vientre se infla en pequeños espasmos
Corro, quiero salvarlo
Llego a una casa
lleno un fuentón con agua
Se recupera, lo acaricio
Me muerde la mano.

*
Anoche
en un barrio desconocido
una ola gigante
arrasó a mi madre
a mis abuelas y a mí
Mamá dijo:
Vamos a congelar el agua
mirala fijamente
concentrá tus fuerzas
y el agua se detuvo en un iceberg
Duró poco
el hielo se partía y el mar nos alcanzó
Nos abrazamos
mi madre, mis abuelas y yo
La primera vez que no temo morir.

*

Estoy tan triste
como si hubiese muerto alguien, dije
Vos me veías llorar, desesperabas
yo insistía, se me va a pasar
Pero no
el llanto ascendía hasta rajar el techo
caían pedazos de cielo raso, de ladrillos
y vos me cubrías con los brazos primero
luego ponías el cuerpo
no te importaba el dolor
Y cuando al fin silencio
yo exhausta, vos magullado
nos sacudíamos el polvo
limpiábamos el living
y nos acostábamos abrazados.

*

Una vez tuve dos penes
Sufrí porque soy mujer y no los quería
No tenía idea de cómo habían crecido
en cuánto tiempo
Al costado de mi vagina
colgaban como chorizos
Me tranquilicé, sabía que podía operarlos
Freud se equivocó. No nos falta nada.

*

Estoy muy enojada
Papá no me deja salir de casa
Mamá guarda silencio
está de acuerdo
Cierra la puerta con llave
A tu habitación, dice él
Tengo cuarenta años, grito
Siento la ofuscación en el cuello.

*

Vuelo hasta un árbol de hojas plateadas
El sol, un convite    
la brisa, fresca y mínima
Es un país de construcciones antiguas
Desde una rama veo gente que pasea
planeo, doy tumba carnero en el aire
Descubro que los pensamientos son catapultas
con solo imaginar un lugar aparezco en él
Cuando soy voladora, soy profesional.

Yaugurú, Montevideo, 2015
Mariela Laudecina Mendoza (1974) Reside en Córdoba. Publicó Hacia la cavidad (poesía + música - 2006) Ciruelas (poesía - 2007) ambas por editorial Llantodemudo. Intiyaco (poesía - 2009) El cielo es para los ángeles (nouvelle - 2009. Textos de cartón. Borde Perdido 2013) Tomo las decisiones con los pies (poesía - 2011). Perfume de jarilla (poesía - 2013) Editorial Llantodemudo.
La culpa es del sueño (poesía – 2015) Editorial Yaugurú. Coordina talleres de poesía y narrativa. Escribe en el blog:  www.eldeseodeservolcan.blogspot.com