La omisión del conector entre las dos palabras del título, “Léxico” y “Laiseca”, es la operación más representativa del trabajo de Demian Paredes. Porque esa ausencia es un espacio para pensar vínculos que permitirán el siempre esquivo propósito de escribir sobre la obra de Laiseca con inteligencia. Así entonces, entre un término y el otro, el libro se ofrece como un léxico (empecemos) sobre Laiseca, pero también léxico de, contra, desde, en, hacia, y/o (incluidos también estos) alrededor de Laiseca.El anterior no es solo un ejercicio preposicional: Paredes habilita y despliega todas estas posibilidades en una propuesta que desborda con mucho lo que el título a simple vista propondría: enlaza, trae a cuento, recuerda proximidades olvidadas. Elige los términos, recordándonos así, de paso, el enmascarado funcionamiento de todo léxico (enciclopedias, diccionarios…): la doble operación crítica en la que quizás la más relevante no sea definir términos, sino elegirlos. Truculenta totalidad, mentida objetividad que este libro aprovecha, en su truco y en su mentira, para extender lo aprovechado tanto hacia lo crítico como hacia lo artístico (libro bifronte: crítico y literario). Su léxico describe, pero también informa (estamos con Paredes, es pertinente recordarlo, ante el mismo autor de Noticias de la literatura), prolifera en citas que se bastan a sí mismas (“crudos” relevantes), vuelve contiguos autores, voces, conceptos, antes lejanos.
Paredes es riguroso hasta lo paródico: en lo formal, este libro imita tanto la clasificación de los términos en orden alfabético como ese otro gesto propio de diccionarios y enciclopedias: el de derivar. Así, el primer término del volumen, “alligators”, remite (con el “véase” correspondiente) a “caimanes”, doce páginas más adelante, y “caimanes”, a su vez, remite a “cloacas”, cuatro páginas más adelante aún. Pero el tono, que en algunos pasajes replica ese efecto de transparencia sin autor de los diccionarios (utopía final de un realismo en crisis, o sea: vivo), estira hasta lo irreconocible las posibilidades estilísticas y Paredes opera aquí desde lo más clásico, la definición de términos, hasta lo más enigmático, es decir lo poético: el acercamiento de conceptos que uno nunca supuso que pudieran juntarse y que forman algo así como un misterio (la caracterización es de Lorca, y para la poesía). Fuera del diccionario, y dentro de lo creativo, lo de Paredes no es exhaustivo sino derivacional, y en sus derivaciones, inventivo. El tono es a veces el de un enlistador desesperado ante el infinito, a veces el de un calmo compositor de vínculos literarios (entre los más sorprendentes: Eduardo Álvarez Tuñón dedicando “La fuga” a Laiseca; el testimonio de Darío Canton sobre la existencia de una Los sorias todavía inédita; el acercamiento (crítico) de Hilda Paredes, Fausto Nilo, y José Edmundo Clemente a la obra de Laiseca…). Por el lado del desarme, esto es, en la fuga respecto de su propia composición paródica, el libro remite a los apuntes que todo lector con urgencias realiza en los márgenes de un libro, en lo que esas captaciones anotadas tienen de balbucientes y de íntimas. Lo (ya no el) informe, sin embargo, transcripto. Curaduría casi inconsciente, radicalmente rigurosa. El gesto del volumen es, acaso, el de un “aquí hay esto; allí, hay lo otro”, o sea, el gesto más bien mudo de la mano que señala.
Quizás haya, en este señalar, en esta pequeña muestra de infinito del Léxico Laiseca, una propuesta de lectura de la obra del autor de Los sorias. Si así fuera, la propuesta parece del todo pertinente ante una tendencia a resolver, en la obra de Laiseca, aquello que todavía no se ha señalado con precisión. Paredes vuelve al gesto crítico, y con él poético, primigenio: el del hombre, todavía mudo, que señala, y que en el señalar, puede decir mucho más que aquellos que hablan.
* En Hispamérica. Revista de literatura nº 164 (año LV), pp. 125-127.