sábado, 31 de julio de 2010

Martín Espada, poemas.






















La república de la poesía

Para Chile

En la república de la poesía
un tren lleno de poetas
rueda hacia el sur bajo la lluvia
mientras los ciruelos se mecen
y los caballos patean el aire
y las bandas de los pueblos
desfilan por el pasillo
con trompetas, con tongos,
seguidos por el presidente
de la república
dándole la mano a cada uno.

En la república de la poesía
los monjes imprimen versos sobre la noche
en las cajas de chocolate del monasterio,
las cocinas de los restaurantes
usan odas de receta
(de la anguila a la alcachofa)
y los poetas comen gratis.

En la república de la poesía
los poetas les leen a los babuinos
en el zoológico y todos: los primates,
poetas y babuinos, aúllan de placer.

En la república de la poesía
los poetas arriendan un helicóptero
para bombardear el palacio de la Moneda
con poemas impresos en marcadores de libros
y cada uno en el patio,
ciego de llanto,
se apura a agarrar un poema
revoloteando del cielo.

En la república de la poesía
la mujer guardia del aeropuerto
sólo te permite dejar el país
después que le declamas un poema
del que dice: Ah! Hermoso.


La piscina de Villa Grimaldi
Santiago, Chile


Más allá del portón donde las caravanas derramaban su cargamento
de prisioneros vendados y las celdas demasiado estrechas para recostarse
y los cuartos donde la electricidad convulsionaba el cuerpo
amarrado a la parrilla hasta que los huesos se rompían
y el estacionamiento donde los interrogadores rodaban camionetas
sobre las piernas de los subversivos que no hablaban
y la torre donde los condenados escuchaban por el muro
la canción de otro preso la mañana de la ejecución,
hay una piscina en Villa Grimaldi.

Aquí los guardias y oficiales reunían familias
para los asados. El interrogador entrenaba a su hijo:
patalea. Gira la cabeza para respirar.
Las manos del torturador sujetaban el vientre de la hija
aprendiendo a flotar, debatiéndose en la lección.

Aquí el chapuzón de los niños, ojos rojos
con demasiado cloro, subía para alcanzar
a los presos en la torre. La policía secreta
hacía desfilar a las mujeres de las celdas desde la piscina,
diciéndoles: Bailen para mí. Aquí el anfitrión
servía galletas de chocolate y Coca-Cola
al prisionero que permitía que los nombres de sus compañeros
sangraran por su mentón, y los pulmones del prisionero
que se rehusaba a decir una palabra se inflaban
de agua, cabeza abajo al final de la soga.

Cuando un disidente tirado del pelo de una cubeta
con orina y excrementos clamaba por Dios y su clamor
acribillaba las hojas, los nadadores se sumergían bajo la superficie,
tocando el fondo de un silencioso mundo azul.
Desde la escalera a la orilla de la piscina podían mirar
a los prisioneros marchando vendados por el paisaje,
una mano en el hombro del próximo, camino
a la comida de mediodía y de regreso. Los vecinos
colgaban sábanas en las ventanas para mantener los fantasmas a raya.

Hay una piscina en pleno centro de Villa Grimaldi,
escalones blancos, azulejos blancos, donde seres humanos
se zambullían y chapoteaban hasta que en ellos lo humano
para siempre se había disuelto, desvanecido como los prisioneros
arrojados de helicópteros al océano por la policía secreta,
los vientres rebanados para que los cuerpos no pudieran flotar.


Algo se escapa de la fogata

Para Víctor y Joan Jara

I. Porque nunca moriremos: Junio de 1969

Víctor cantó su plegaria del labrador:
Levántate, y mírate las manos.
Las manos del padre de Víctor enguantadas en piel dura
petrificadas como puños empujando el arado.
El Estadio Chile lo celebró, delirante como un hombre
que sabe que ha arado su último terreno
para otro y que oye una canción contándole
lo que sabe con los hombros.

Joan, la bailarina, que giraba frente a las multitudes
en las mismas poblaciones donde Víctor cantó,
se inclinó hacia adelante en su asiento para escucharlo:
Primer premio en el Festival de la Nueva Canción para Víctor Jara.
Estas son las noches en que no dormimos
porque nunca moriremos.
Cómo fue entonces que él pudo atisbar hacia lo oscuro,
más allá de la fila trasera, levantar su guitarra
y cantar: Juntos iremos, unidos en la sangre,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


II. El hombre con todas las armas: Septiembre de 1973


Vino el golpe y los soldados arrasaron a los enemigos del estado:
manos en la cabeza, en fila india, a través del estadio.
Rostros condenados sangraban su luz en los pasillos
del Estadio Chile. Todavía la luz flota allí.
También los asesinos tenían su luz: cigarrillos espectrales
centelleando en cada corredor, especialmente El Príncipe,
así los prisioneros le llamaban al rubio oficial
que sonreía en su trabajo como si le cantaran iglesias en la cabeza.

Cuando Víctor ingresó al pasillo,
lejos de los miles apretando las rodillas contra el pecho
mientras esperaban el cigarrillo en el cuello
o escrutaban a las ametralladoras que los escrutaban,
conoció a El Príncipe, quien debe haber escuchado un canto en su cabeza,
ya que reconoció la cara del cantante, rasgueó el aire
y tajeó su garganta con un dedo.
El príncipe sonrió como un hombre con todas las armas.

Más tarde, cuando los otros prisioneros entendieron
que no había alas sobre sus hombros
para volar lejos del pelotón de fusilamiento,
Víctor cantó Venceremos
y el canto prohibido levantó hombros
mientras la cara de El Príncipe se enrojecía en un grito.
Si su propio grito no podía aquietar la canción
latiéndole en las venas de la cabeza
entonces, razonó El Príncipe, lo harían las ametralladoras.

III. Si sólo Víctor: Julio de 2004

Resquebraja la esfera de cada reloj en el Estadio Chile.
En este lugar, treinta y un años se miden
por el último aliento de Víctor. Un momento,
como en momento, la última palabra del último canto
que escribió antes que se plagara de balas
el panal de sus pulmones.

Todavía los ojos de ella arden. Su lengua todavía se congela.
Por Joan de nuevo los helicópteros rugen,
la música militar redobla por el dial,
los soldados les dan culatazos a las mujeres en la cola del pan.
De nuevo encuentra el cuerpo de su esposo en la morgue
entre los cadáveres apilados como ropa sucia
y alza las oscilantes manos fracturadas de Víctor en las suyas
como para comenzar un vals.

Sí, ahora le pusieron su nombre al estadio donde lo mataron,
sí, sus palabras flotan en la piedra a lo largo de la pared de la entrada,
sí, hay acróbatas chinos haciendo piruetas aquí esta noche,
pero ella arrancaría el letrero que florea su nombre,
echaría abajo la pared con sus palabras
y dispersaría a los acróbatas por las calles
si sólo Víctor entrara a la sala
para terminar con la discusión de por qué
él andaba tan lento de mañana
haciéndola casi siempre llegar tarde a clase.


IV. Algo se escapa de la fogata: Julio de 2004

Al sur de Santiago, lejos del Estadio Víctor Jara,
bajo una carpa donde los goterones de lluvia repiquetean sobre la tela,
un muchacho y una muchacha nacidos años después del golpe
se recuestan sobre una silla del escenario para llenarse los ojos de la cara del otro.
La cinta resuena y la voz de Víctor
serpentea delicada como papel quemado hacia el cielo
cantándoles sobre el silencio de un amante a los bailarines
que desencrespan los zarcillos de sus cuerpos.

Algo se escapa de la fogata
donde los generales se entibian las manos:
brazas de papel quemado, cintas enterradas,
voces rebosando en el silencio
como invisibles criaturas en un vaso de agua,
igual que una bailarina gira con la música en su cabeza,
sola salvo por el cosquilleo de unas yemas en el codo.


Los soldados en el jardín

Isla Negra, Chile, septiembre de 1973

Después del golpe
los soldados se aparecieron
una noche por el jardín de Neruda
levantando linternas para interrogar a los árboles,
maldiciendo las piedras que los hacían tropezar.
Desde la ventana del dormitorio
podrían haber sido
los conquistadores de hundidos galeones
de vuelta del mar para acabar
de saquear la costa.

El poeta se moría:
el cáncer destellaba por su cuerpo
y lo tenía dándose vueltas en cama para matar las llamas.
Aún así, cuando el teniente irrumpió en el piso de arriba,
Neruda le dio la cara y le dijo:
aquí hay un solo peligro para usted: poesía.
El teniente se llevó el casco al pecho,
le pidió disculpas al señor Neruda
y se apresuró a bajar las escaleras.
Las linternas se disolvieron una por una entre los árboles.

Por treinta años
hemos andado a la búsqueda
de otro ensalmo
para hacer que los soldados
se esfumen del jardín.


Ciudad de vidrio

Para Pablo Neruda y Matilde Urrutia
La Chascona, Santiago, Chile


La casa del poeta era una ciudad de vidrio:
vidrio de arándano, vidrio de leche, vidrio de carnaval,
copas rojas y verdes fila tras fila,
relumbre negro de vino en botellas,
barcos en botellas, un zoológico de botellas,
gallo, caballo, mono, pez,
latido de relojes rebotando contra el cristal,
ventanas iluminadas por los blancos Andes,
un observatorio de vidrio sobre Santiago.

Cuando el poeta murió
trajeron su ataúd a la ciudad de vidrio.
No había puerta: la puerta era mil puñales,
más allá de la puerta un antiguo mundo en ruinas,
vidrio ahora puntas de flechas, hachas, trozos de cerámica, polvo.
No había ventanas: dedos de aire
buscaban vidrio como el rostro de un amante desaparecido.
No había zoológico: las botellas eran medias lunas
y cuartos de luna, caballo y mono
destripados con cada reloj, con cada lámpara.
Huellas de botas hiladas en un tango lunático por el suelo.

La viuda del poeta dijo: No vamos a barrer el vidrio.
Su velorio es aquí. Reporteros, fotógrafos,
intelectuales, embajadores pisaron el vidrio
crujiendo como un lago helado, y soldados también,
los mismos que saquearon la ciudad de vidrio,
regresaron a hablar por su general:
tres días de luto oficial,
anunciados al final del día tercero.

En Chile un río de vidrio burbujeó, se enfrió,
se endureció y se levantó en láminas, sólo para romperse y elevarse de nuevo.
Un día, años después, los soldados se dieron media vuelta
para encontrarse dentro de una ciudad de vidrio.
Sus rifles se volvieron vidrio de carnaval,
las balas se disolvieron reluciendo en sus manos.
Desde el zoológico del poeta oyeron chillar monos;
desde el observatorio del poeta oyeron
poema tras poema como un llamado a orar.
La lengua del general se quemó con astillas
invisibles al ojo. La lengua del general
era color de vidrio de arándano.


El rostro en el sobre
para Julia de Burgos (1914-1953)

Julia era alta, tan alta, decían los murmullos,
que los sepultureros le amputaron las piernas por la rodilla
con tal de meter su cuerpo en el ataúd citadino
del entierro en Potter’s Field.

Muriendo en una calle de East Harlem:
sin haber sido dada de alta
del hospital Goldwater Memorial,
sin cartas de Puerto Rico, sin poemas.
Sin su nombre, sólo tres palabras
como tres centavos robados de su cartera
mientras se dormía la última botella de ron;
el ataúd de Julia navegó a un puerto
donde los muertos se quedan de pie bajo la lluvia
pacientes como olvidados paraguas.

Todos sus poemas fluían azul de río, café de río, rojo de río.
Su Río Grande de Loíza era un pedazo azul de cielo caído;
su río era una franja ensangrentada siempre que el torrente
estallaba y los montes vomitaban lodo.

Un monumento se levantó en el cementerio de su pueblo.
Hubo parques y escuelas. Se la recordó.
Pero sólo los desconocidos, los nombres arrancados mientras sus rostros
se apartaban de trabajo o de sueño, podían devolverle su nombre a Julia
con la gracia de un vagabundo regresando la billetera de un extraño.

Años más tarde un desconocido de Puerto Rico,
encarcelado en una ciudad llamada Hartford, leía su poema
acerca del gran río de Loíza hasta que el río se desbordó
por la llave de la cañería en su celda y roció su cuello.
Lentamente, cada noche, mientras la luz fluorescente se preocupaba
y amenazaba con irse, él pintaba el rostro de Julia
en un sobre: su pelo en ondas negras, sus labios rojos,
sus cejas tan delicadas que casi temblaban. Finalmente,
meticuloso como un ladrón, inscribió las palabras: Julia de Burgos.

Nunca habría podido guardar tal tesoro bajo la almohada
así que deslizó una carta en el sobre
y lo envió todo lejos, volando por lo oscuro
a encontrar mis sorprendidas manos.


Regreso
245 Wortman Avenue
East New York, Brooklyn


Cuarenta años atrás sangré en este pasillo.
La media luz amarilleaba el ladrillo
como el ángel de la vivienda pública.
Esa noche llamé a cada puerta y escuché tras cada una:
en 1966 había una guerra en la televisión.

Sangre goteó sobre el piso como un aceite de mi propio motor.
Sangre se precipitó por una resquebrajadura de mi cuero cabelludo.
Sangre se espumó en mis dos manos; sangre arruinó mis zapatos.
El muchacho que disparó la lata a mi cabeza en la calle
le imprimió la sangre que pudo a sus evasivas piernas.
Yo golpeé en cada puerta para pedir ayuda, esparciendo una plaga
de huellas sangrientas por el camino al departamento 14F.

Cuarenta años más tarde me paro en el pasillo.
El ángel tenue de la vivienda pública anda demasiado exhausto
para recibirme. Mi mano presiona
contra la puerta del departamento 14F
como un pulpo que se pega al vidrio de un acuario,
la sangre repica detrás de mis orejas.
Escucha tras cada puerta: hay una guerra en la televisión.


El dios de rostro curtido
para Camilo Mejía, objetor de conciencia

Los dioses se reunieron:
el dios de las cruzadas se sacó el casco,
el dios guerrero del desierto paró su escudo en la esquina,
el dios hacedor de espadas se sentó entre ellos afilando cuchillos,
el dios bombardero desplegó sus mapas sobre la mesa,
el dios que colecciona cabezas infieles intercambió trofeos
con el dios que colecciona cuero cabelludo pagano,
el dios del oro abrió su pañuelo
para que el dios del petróleo se secara su mentón goteante,
el dios que castiga el pecado con furúnculos se rascó los furúnculos
y dio comienzo a la sesión.

Y los dioses dijeron: Guerra.

El sargento Mejía oyó al prisionero quejarse bajo la capucha
mientras los guardias lo empujaban a un closet de acero y después golpeaban
con un mazo la puerta hasta que los quejidos se acabaron;
oyó fuego de ametralladoras rebanando cabezas de cuellos
con un rugido que envidiarían las espadas;
oyó un soldado sollozando en el baño por el muchacho sin cabeza
que abría los ojos cada vez que el soldado cerraba los suyos.

A veces una canción se eleva
a través de los quejidos y los mazos,
las ametralladoras y el sollozo.
A veces una voz flota sobre el pandemonio
como una gaviota flota sobre barcos que se queman.
El sargento Mejía oyó la canción de su padre,
la misa campesina de Nicaragua:
Vos sos el Dios de los pobres,
el Dios humano y sencillo,
el Dios que suda en la calle,
el Dios de rostro curtido.

Irak andaba repleta de los rostros de este Dios.
Miraban cuando el sargento Mejía les dijo no a los otros dioses:
palabra minúscula, un guijarro, un grano de arroz,
pero la palabra volteó la mesa en el consejo de guerra
donde el dios de los bombardeos le había recién dado
la última mano al dios del petróleo
y cartas con fechas de nacimiento y muerte,
como pequeñas lápidas, volaron lejos.
Ya no más un sargento, Camilo Mejía caminó a la cárcel.

Los comandantes le sirvieron la palabra cobarde
a los olisqueantes micrófonos de los periodistas
que repitieron obedientemente: cobarde.
La celda se llenó también de rostros, viajeros no vistos
llegando de paso por un siglo de cárceles:
sindicalista, huelguista de hambre, pacifista,
agitador de esquina, objetor de conciencia.

El dios de rostro curtido,
vestido como un prisionero trapeando el piso,
un día ingresó de contrabando la llave y Camilo Mejía
se fue con él por la reja de la epifanía.


Por qué mis huesos odian el hielo

Por esto mis huesos odian el hielo:
hace diez años tropecé sobre ese espejo blanco
y me quebré el pie.
Pude oír el tobillo en la bota
crujiendo como un bocado de hielo.
Rodé por entre el tráfico a la cuneta
y los autos pararon, los conductores temerosos
de aplastar un tapabarros contra el abominable hombre de las nieves
arrojado de su escondite en el bosque.
Más tarde, los huesos me hablaron
a través de la morfina, la gran traductora:

Esa podría haber sido tu cabeza,
otra calavera de azúcar mexicana
del Día de los muertos
con tu nombre inscrito en letras rojas.
No eres nada más que un Neandertal
y esta es la nueva era de hielo.
Tus huesos se amontonarán
con todos los otros huesos
bajo el hielo de diez mil años.
Tu pie se momificó, envuelto
para el viaje al otro mundo
y tus ancestros te saludan con sus sombreros
desde la orilla de un país donde el hielo no existe
llamándote a la manera de tu abuelo:
Ven acá.

Ahora necesito mi bastón para caminar por un sendero en el bosque.
El arroyo está congelado, trenzando la luz al mediodía
y el agua negra pulsa entre grietas de blanco
donde el hielo es una civilización perdida de fuentes y catacumbas,
colmillos de tigres de dientes de sable, un arrecife de coral de vidrio.
Por eso mis huesos aman el hielo.


Letanía en la tumba de Frederick Douglass
Cementerio Mount Hope, Rochester, Nueva York
7 de Noviembre, 2008

Esta es la longitud y la latitud de lo imposible,
este es el epicentro de lo impensable,
esta es la encrucijada de lo inimaginable:
la tumba de Frederick Douglass, tres días antes de la elección.

Este es el mundo desprendiéndose de la gravedad de siglos,
donde la sepultura de un esclavo fugitivo se ha transformado en altar.
Esta es la tumba de un hombre que nació en calidad de posesión, que aprendió a leer en secreto,
raspando las letras de su nombre con tiza en la madera; ahora en la piedra aplanada por el yunque
un distintivo de la campaña llena la O de Douglass. La insignia dice: Obama.
Esta es la tumba de un hombre encadenado, que dejó sus huellas
en la garganta del negrero para que su látigo nunca esculpiera su espalda de nuevo;
ahora una camiseta de un sindicato se desdobla sobre la piedra: la ofrenda
de una enfermera, un conserje, un chofer de micro. Un adhesivo en la manga dice: Yo Voté Hoy.
Esta es la tumba de un hombre que sacó su llamado a la acción en la prensa,
escrutando por espejuelos el titular abolicionista; ahora un periódico
se despliega más arriba de la fecha de su nacimiento y muerte. El titular dice: Gana Obama.

Esta es la quietud en el corazón de la tormenta que comenzó en el cuerpo
del primer esclavo, arrastrado en el primer barco a América. Hojas amarillas
descienden en olas y el periódico se agita sobre la tumba, como las velas
que Douglass vio en la bahía, como los ojos cerrándose de un esclavo que se ve
escapar con la marea. Los que creen en espíritus verían las páginas temblando
sobre la piedra y dirían: mira como el muchacho esclavo aprende solo a leer.
Yo digo una oración, la primera en años: que aquí enterremos lo que llamamos
imposible, impensable, inimaginable, ahora y para siempre. Amén.


(Traducción de Oscar D. Sarmiento)




Martín Espada nació en la ciudad de Nueva York, de ascendencia puertorriqueña, en 1957. Entre sus poemarios se encuentran Rebelión es el giro de manos del amante (1990), Ciudad de tos y radiadores muertos (1993), Imagina los ángeles de pan (1996), Alabanza (2003) y La república de la poesía (2006), finalista para el Premio Pulitzer. En 2006 le fue ortogada la beca Guggenheim. Actualmente es profesor en el Departamento de Inglés de la Universidad de Massachusetts-Amherst, donde enseña creación literaria y la obra de Pablo Neruda.

















viernes, 30 de julio de 2010

Gustavo Pereira, poemas.















ASPIRACIONES DE LETRADO

Aprender un idioma para estarse callado
Callar
por ejemplo
en sánscrito.



DESGRACIADO DE AQUEL QUE ANTE LOS MUSLOS

Desgraciado de aquel que ante los muslos desnudos
de la amante en el lecho
es capaz de mandarse un discurso.

HISTORIA ÍNTIMA

Pasados los diez fui otro
pero a los veinte era el mismo
Pasados los treinta no era el mismo
pero tampoco fui otro
A los cuarenta comenzó la cosa
pero a los cincuenta no sabía qué
Pasados los sesenta parecí otro
pero a los setenta seguía siendo el mismo
A los ochenta todo fue ganancia
que no supe muy bien qué era
hasta pasados los cien
en que se es sólo historia íntima.


PISADA

La hallé esta mañana en la arena
Ni la alta marea ni los vientos pudieron llevársela
Brillaba como una moneda nueva en medio de la playa
húmeda.

SOMARI

De saber que te llamabas penumbra
yo habría sido escondite
agujero
o zanja solitaria
Pero te hiciste llamar mediodía
y no te hallo
en el resplandor.



SOMARI

Hay un poco de mí en ti
pero es mucho más que lo poco de ti que hay en mí
Mi orgullo está en
saber que esta vez
he dado más que lo que recibo.


SOMARI CON PEZ Y PÁJARO

En mi cabaña conservo un pez de arcilla
y un pájaro de sombra
A ellos acudo para librarme del hastío
El pez habla por los cuatro costados el pájaro me alumbra
Sobre nosotros sólo el loco firmamento es perfecto
Cuando todo duerme
el pez despierta a los lagartos amordaza las arañas y conforta a
los náufragos
Y mientras el cielo nocturno se desliza
el pájaro de sombra sube hasta el costado del cosmos impasible
y regresa convertido en punzada.


SOMARI DE LA ETERNIDAD

Todo empieza y termina en la eternidad
Pero la eternidad no sabe de nosotros
Sus pobres soñadores.



SOMARI DE LA REINA O EL GOLPE DEBELADO


En el turbio Café de mi barrio donde empezaba un poema para ti
pasó a mi lado la más perfecta de las diosas
Dio unos pasos de sílfide me miró de soslayo sonrió y se sentó
(con otro por supuesto)
Seguí con el poema
Tú seguías reinando.


SOMARI DEL PERIÓDICO

Cada mañana recojo el periódico en la esquina
¿Cuánta mala noticia abatirá
las esperanzas del día?
Los diarios viven como buitres
de muerte y de carroña.


Gustavo Pereira nació en Punta de Piedra, Isla de Margarita, Venezuela, en 1940. Poeta y crítico literario, se Doctoró en Estudios Literarios en la Universidad de París. Fue fundador del Departamento de Humanidades y Ciencias Sociales y del Centro de Investigaciones Socio-Humanísticas de la Universidad de Oriente. Formó parte del grupo “Símbolo” (1958). Fue director y fundador de la Revista Trópico Uno de Puerto La Cruz. Ha publicado más de treinta títulos, entre ellos: Preparativos del viaje (1964); En plena estación (1966); Hasta reventar (1966); El interior de las sombras (1968); Los cuatro horizontes del cielo (1970); Poesía de qué (1971); Libro de los Somaris (1974); Segundo libro de los somaris (1979); Vivir contra morir (1988); El peor de los oficios (1990); La fiesta sigue (1992); Escrito Salvaje (1993); Antología poética (1994); Historias del Paraíso (1999); Dama de niebla (1999); Oficio de partir (1999) y Costado indio (2001).. Ha recibido algunos reconocimientos, entre ellos, el Premio Fundarte de Poesía (1993), el Premio de la XII Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre (1997) y el Premio Nacional de Literatura (2001).







Frac Torres Vergel, poemas.
























EL INVENTOR

En aquel instante
alguien afirmó que era débil.
Al escuchar aquella epifanía de una voz casi enemiga
miró la nada
inventó el tiempo y el espacio
y creó seres de varios mundos.
Al final de todo, supo
que sólo se había recreado a sí mismo.

ATARAXIA

Durante el dolor
el espíritu encarnizado sabe
que otra esfera
es la que en verdad lo gobierna.
No aquélla de los círculos de Dante,
ni la de los cotos de la crucifixión;
sino una particular que une moléculas
y células,
una que sólo salva una vida a la vez,
que es distinta a las otras defensas
pues no es ella en sí defesa alguna.
Ella sabe que posee el mundo claro y mágico
y sabe que él es su espejo.


SOLEDAD

Nadie te dice que no entres.
La cama vacía te acoge entre brazos.
El suelo murmura la bienvenida.
Cada pared siente aquello que no tiene.
Los muebles erizan sus nidos y tu boca
los devora entre empalagos.

Falta el hombre o la mujer que se siente a tu mesa.
Tú no perdonas la ausencia de él o de ella pues
son ellos tu única tentación.
La forma humana te impone una condición o una línea
que te inspira igual que el hastío o la nada.

Un desconocido te regala de pronto un grito a la distancia.
Él no sabe que ya se ha perdido en ti.
No sabe que ahora la indiferencia del resto tramitará
su pasaporte al miedo.

Adentro, sin embargo, cada palabra se cae.
Sólo tus enemigos saben cómo guardarse tus pensamientos:
La cópula, por ejemplo, se hace un organismo que te traiciona
bajo la música de las pulseras y de las hojas que rozan la ventana.

Yo te observo
desde la grandeza de un instante inválido,
practico mi estrategia,
me peino con detalle
y gobierno el sombreado espacio que engendra
tu cobija de invierno.

Tal vez cuando crea que eres irreal
me cure de tu tiempo inviolable.
Entonces otro quizá me hable y me pregunte
por ti, a lo cual yo responderé que siempre habrá un ruido en la eternidad.


AGUACERO

Mi ciudad es gobernada por aguaceros.
Su ejército de cristales ha secado el sol.
Los habitantes hemos inventado
cúpulas con la tiesura del sufrimiento.
Dentro de este espacio
somos huéspedes de la tempestad
que desde distintas direcciones nos dispara manías infantiles.
Ustedes, los inhabitantes de este suelo,
han entendido mal nuestras razones de no huir.
Antes de volver a explicarles
permítanme proteger una vez más el agua clara
de la suciedad de la tierra.
No me tardo.



FOLIO 97 REDIVIVO
He extraviado el folio 97
de mi libro de poemas sin publicar
y he rehusado perderlo.
A rajatabla lo encontraré
igual que he hallado mi cordura
más de diez veces en el estanque
olvidado del amor.
Este poema no es más que un conjuro
que tercia el odio causado
por la estólida aseadora o tal vez
por el gamberrismo de mi hermano menor.
El cotilleo de ambos me demuestra dos cosas:
uno, si sus rostros no mienten,
que ninguno lo hizo adrede;
y dos, si sus caras son falsas
(porque la maldad presenta muchos semblantes),
que toda la impostura enfilada desde el balbucir
de cada uno al momento de replicarme
oculta la culpa que me haría por algún tiempo infeliz
pero más fuerte a la vez.
No obstante debo tener algo bastante claro:
que quien perdió el benditamente maldito folio 97 fui yo,
no ellos,
este mismo poema lo afirma en el verso inicial.

No lo tecleé,
no lo anillé,
no lo memoricé,
no reproduje copia alguna,
sólo lo marqué en la ristra con la cifra 97.

No sé de qué manera me dice este poema
que todo este tema es una futilidad propia de un petulante.
Será porque sólo la poesía describe, retrata y descorre
el velo de lo subliminal,
o será porque soy el único estúpido
que aún cree que la poesía
puede hacer milagros materiales.



EL INCENDIO

No me digas que el infierno tiene llamas o candela.
Según la teoría del pecado, sólo a través de un espejo
puede verse claramente el fuego.



REDOLOR LIBRESCO

El lector descorrió la última página
del libro,
carraspeó,
dio la cuarta calada al puro
y pensó en Freud.
Dostoievski tenía razón
alcanzó a decir,
el pecho redolente
¡Chaladura! boqueó, ¡Qué cacumen, hijo de perra!
Esbozó una sonrisa culpable, desoladora.
Atisbó el cenizal
y volvió a carraspear pero exiguamente.
No cejes, no dimitas, se dijo.
Ahora el miedo es inevitable y desmesurado.
Es fácil desmentirse, imputó Fiódor
espetándole el lado izquierdo
del pecho redolente.

STUCK

No confundan mi quebranto
con las grávidas sombras de un amor despreciado.
Pasa que mis manos y mis palabras ya no producen suspiros, sino sonidos.



AMORECE

No necesitas que los cielos
extiendan fiebres y desmayos sobre el suelo
para poder amarte.

Sólo necesitas amarte
para que existan fiebres y desmayos
en los cielos.


EL AMOR NO ES ABSTRACTO

El amor no es abstracto.
La gramática se equivoca cuando nombra sin misericordia
aquello que no debe ser enmarcado.

El amor no es abstracto.
Las personas se equivocan cuando vuelven intangible
la categoría más pura y concreta de la realidad.

El amor no es abstracto.
El tiempo se equivoca cuando quiere acabar
aquello que se alimenta de la infinitud y la eternidad.

El amor no es abstracto.
La filosofía se equivoca cuando desea explicar el elemento
que define su única razón de ser, la sola esencia de su verdad.

El amor no es abstracto.
Me equivoco yo, como siempre, tratando de hallar un
camino diferente para alcanzarte a ti, Poesía.



FIGURA DE DUELO

El golpe gigante halló la flaqueza sin broquel,
le anudó las manos canijas, los ojos fatuos,
el tránsito entre paréntesis.

El gran golpe reveló el segundo indefectible
del cadáver insepulto admirado entre espantos.

Todos los otros marchitan en silencio
el sepulcro en el laberinto de la linfa.

¡Oh, Blandura de Túmulo, disfraz del fragmento,
quién pudiera tragarte bocarriba!

¡Quién pudiera abrirte los ojos de espanto
y dejar tu almohada grande hecha saco de luna!

Óyeme entonces impuesto viajero
enloquecido al final del puerto.



POETA INFINITO

“Siempre he entendido el agua que cae y se quita
las sombras de las frondas.
Su lenguaje empero sólo nombra rocas y hojas.
El viento le musita entonces suspiros,
seca las lágrimas de sus yerbecitas
y sucumbe en la soledad de sus ondas.
Así te conviertes, Poesía.”
Frak Torres Vergel


I

Bajo este astro sin verbo, Poesía,
nuestra voluntad es una circunstancia de fe domada.

Bajo este dominio tuyo, Poesía,
el bardo se imagina como un hombre a solas y solo.

De esas soledades están hechos los mundos y sus profundidades.
De esas soledades están conformadas las materias de las ficciones.
De esas soledades están habitadas las calles sin nadie.

Yo no soy poeta.
Intento codificar mi vida.
Hago eso con la palabra secreto.

Hoy puedo ser la larga nada.
Mañana te diré si he trillado la eternidad:
Mi lugar en este territorio se desdobla igual que una imagen moviéndose o una
ilusión cayéndose.

Que digan que soy delirioso es conocido por todos.
Dime tú dónde está la puerta de salida
y haré que la cierren desde afuera:
Soy un simple elemento tuyo.

Sucede a veces que puedo ver el horizonte
sin hacer pacto alguno contigo,
pero entonces el prisma se pierde en el sendero de tu luz.

Nunca podré traicionarte.
Mi estado consiste en descubrirte.
Mi movimiento reside en buscarte.

Todo pertenece a tu suma,
incluso tu ausencia es la resta del infinito,
eso también es poesía desde el principio hasta el fin.

Hay posibilidades que nunca se prefieren;
tú no eres una posibilidad.


II

Alguien se tumba, gime, pide entregarse al sueño,
reconstruir un sitio, unas manos,
perderse aceptando la continuación,
imaginando siquiera escaleras,
mitades de amor
y cuartos de existencia.

Pero este otro alguien renuncia,
recuerda las ciencias del bachillerato,
el modo y sus consecuencias,
sintiéndose una causa, no el misterio,
pues la causa es humana
y el misterio es mágico.

Frente a frente se olvidan del tú y del yo,
y del cristal que habla con voz temblorosa,
uno espera que el otro pronuncie la primera palabra,
la oscuridad le da a ambos miedo,
detenidos por un ángel que ignora la sombra
y no sabe que lo único que hace daño es la incesante confusión.

Ninguno remedia la situación.
El mutismo adquiere entonces un cuerpo, una mente, un escenario mentiroso:
¡Nada!

III
La poesía se parece a los ojos blancos de la arena marina:
Transmite el calor de las piedrecillas a las plantas desnudas.

La poesía se parece a la parda piel de la arena en la orilla:
Hunde el reflejo en espejos de agua.
Pie desandado en el hueco del fango,
canto vano cantado,
escueto espejuelo en desvelo.

Te pareces Poesía acaso al ocaso, acaso a la luz, acaso al tacto.
Te pareces, Poesía mía, pérfida amiga,
en duda absoluta, al dado tornado de seis sentidos.

IV

Intento recordar todo lo que
has querido escribirme:
Las 25 formas más fáciles de suicidio
y las 52 más brutales;
todo tu pasado en sólo un verso;
la sucesión de cada caída del sol;
la vida verdadera;
la desazón al perder aquella chica de la eterna primavera,
quizá me acuerdo, mejor que tú, de su flor elegida:
el crisantemo amarillo.

Has intentado escribirme también otras culpas menos graves
y otros sueños más reales:
el juego inofensivo de morirse temprano o tarde;
la despedida y la traición a dios;
el miedo arraigado;
el miserable olvido;
los ojos sórdidos del Tiempo
que con sólo un atisbo oprimen
el dolor y la felicidad.

¿Qué más me puedo escribir, poeta?
que no soy tu enemigo;
que antaño eras más feliz que ahora;
que has dejado de creer en ti mismo;
que a veces no te entiendes;
que a veces no me entiendes
e ignoras que soy el otro, la otra, los demás.

¿Qué te puedo decir?
sólo que, como ves,
he terminado escribiéndome a mí mismo,
y ya que tampoco has podido hacerlo
he terminado escribiéndote a ti también,
al fin y al cabo
qué más somos, amigo poeta,
sino un poema contemplando su propia creación.


V

No ha sido el umbral el inicio del comienzo
como dice pleonásticamente el amanecer.

Ha sido él el despertar al oír
la voz del ruido que se hace silencio
un segundo después de morir el sueño.

No han sido los ojos
lecciones de los sesos
ni esferas inspiradas de destino.

Han sido ellos el oficio del mal cuidado,
largas escenas de hechos
y mentiras degeneradas.

Algunos dirían, tal vez, que
sólo soy un eterno solitario que
no ha sabido traspasar el pórtico simétrico que
conduce hacia la luz lechosa de rápidos ensueños;
mientras otros cavilarían con
rostro exigente sobre el vívido punto hecho con
letras de molde y traje de dormir.

A todos les diré
que no soy la sucesión;
que no estoy obligado a creerme
individualista ni colectivo;
que me disuelvo así
borrasca
en
mar
irisada.

A ellos les diré
que todo lo mínimo es máximo;
que la velocidad no depende de la fuerza sino del ingenio;
que prefiero escaparme verso por verso para
morirme de bruces al sol que
me encandila con su rostro imaginado.

Que quede claro
que sólo invento un escrito
que
mire
y
no
que
hable,
que sólo invento un escrito
que
viéndose
al
espejo
se reconoce invisible
y extraordinariamente atroz;
que viéndose al espejo
ve lo que no es cierto
igual que una bromita de loco o payaso.

Que quede claro que
no es demasiado esencial escribirme a trazos
como una pintura de palabras;
que me vuelvo mentiroso y acrecido
sólo si escribo a lo Balzac o a lo Joyce;
que nunca he usado sombreros indiferentes de cerebro;
que cuando observo el cristal
la mirada triunfa en las pupilas del vidrio.

Que quede claro que
no he buscado la verdad
sino el silencio más de mil veces;
que me he convertido
en la página de un libro,
en la calle más larga de esta ciudad,
en la quinta guerra mundial,
en la teoría del árbol,
en aquella existencia bajo el puente.

Que quede claro, enemigos míos, que
me he convertido en muro y viento,
en lluvia y melancolía,
en el monólogo y su secreto
para que al final
quede claro también
que me he convertido en nada,
en nada, en nada.

VI

Una tarde
la conciencia del ocaso letárgico de agosto
se inquietó con los ojos indómitos del anochecer
y empezó a ser
ímpetu,
vuelo,
río,
éter,
caminante,
zafir.

Y pudo sentir en sí el límite
a través de la piel recién nacida de la noche curiosa.

Y la vio asombrarse de su traje nebuloso
colmado de nebulosas,
golondrinas,
ritos y
oráculos.

Y quiso tocar sus cabellos oriónicos
acabados de nacer
como una aparente lucidez.
Pero media hora después
supo que estaba rodeada
por siniestras honduras y vagos espantajos.

Supo que todo el orbe era un vasto ojo
en el cual la luna negra no era luna
sino pupila del silencio
y el día era un sol esclerótico
isótopo del iris
de donde venían todos los colores.

Y ahogado a intervalos desolados
por la vecindad del aire durmiente
de la noche escalofriante,
el ocaso al borde de la penumbra
dijo para sí
la más claroscura de todas sus secuencias:

Me condeno al letargo residente que corrompe mi delirio
y al paso imprevisto en mis cielos de locura.

Me condeno al frío condensado de mis huesos en vergüenza
y a la morada imaginada maniatada en la inconsciencia.
Me condeno conocido, regalado y contemplado,
me condeno crepitante, decorrido y alocado.

Me condeno alucinante, puntilloso y cerebrado,
me condeno mutante abatido derrumbado.

Me condeno a ti, Sombra diáfana de mi aire,
hecha de cuitas y turbaciones,
de sueños y abrazos antiguos,
de sumas y lunas goteantes.

Me condeno presunto del día postrero,
demasiado tembloroso y desconocido
ante el incierto de tu alma suprema y eterna,
de tus ojos de niebla consumada.

Me condeno lleno de Tiempo y Universo,
avenido de impulsos y lamentos,
desvanecido, sombrío y denso.

Me condeno amándote desde el suelo,
apagado en el agua,
respirando cada celosía compartida contigo
a través de misterios e inquietudes.

Te condeno ahíta de amores y ardores,
de miradas empañadas
y lágrimas despobladas.

Te condeno lanzando locuras,
tragedias y comedias(no hay dramas en el amor),
burlas y alburas,
ruidos y silencios.

Al escucharlo en secreto la noche agujereada
cubrió todas las casas y los árboles,
la tierra y el jardín,
los océanos y los desiertos.

Cayó entonces la tarde
en el pecho del mundo
desplomada
apagando la tenue lámpara desolada,
haciéndose más oscura,
llena de misterios y multitudes,
de voces y tinieblas,
reducida al espacio inextinguible
de sus recuerdos en tránsito,
de sus latidos grises, invisibles
y penetrantes – gritos de tambores –,
como una verdad conjurada,
como un horror imperdible,
como una ventura anhelada.


Frak Torres Vergel. Santa Marta, Colombia 1976.

Michael Augustin, poemas.

















Algunas preguntas sobre poemas

para Pearse Hutchinson y Martin Mooij



¿Pueden los poetas cambiar el mundo?

--Gottfried Benn

¿Es la poesía

un continente

o un océano?


¿Hay más poemas escritos

o más no escritos?


¿Cuánto cuesta

la producción

de un poema?


¿Qué poema

dice más sobre su autor:

el primero o el último que escribe?


¿Cuántos poemas mensuales

necesita una familia

media de cuatro

para poder salir adelante?


¿Debe un poema

contener todo

lo que viene en el periódico

o todo lo que

no viene en el periódico?


¿Qué palabras

no han aparecido

nunca en

un poema?


¿Si se pone

un libro de poemas

sobre una báscula

y muestra 300 gramos,

indica esto

el peso del papel

o de los poemas?


¿Qué es

lo contrario

de un poema?


¿Son los poemas

más bien sonoros

o silenciosos?


¿Cuántos poemas viejos

caben en uno nuevo?

¿Y cuantos nuevos

en uno viejo?


¿Dónde radica la diferencia

entre un poema con título

y uno sin título,

cuando se considera

que uno tiene título

y el otro no lo tiene?


¿Dónde se encuentra

en un poema

la fecha de caducidad?


¿Se da la posibilidad

de prolongar la vida

de un poema antes

de que se le llegue la hora?


¿Pueden los poemas

resucitar a los muertos?


¿Tiene un poema

más o menos vidas

que un gato

y cuantas vidas

tiene un poema sobre gatos?


¿Se puede uno

vacunar

contra los poemas?


¿Adónde deben conducir

entonces los poemas?


¿Qué posibilidad hay

de que un poema

que se tiene que aprender de memoria

se vuelva a olvidar completamente?


¿Cómo se pueden

defender los poemas

de ser enjaulados

en antologías?


¿Qué requisitos

tiene que cumplir

un poema para

convertirse en un favorito?


¿Pueden los poemas

reproducirse

por autopolinación

o precisan siempre un poema sobre abejas?


¿Tiene que ser bueno en la cama

un poema de amor?


¿Qué poemas de amor

son mejores:

los pre coitales

o los post coitales?


¿Están los poemas de amor

unidos a una persona

o son transferibles?


¿Hasta dónde

puede llegar un poema corto

para que no peligre

ser confundido

por uno largo?


¿Se pueden reproducir

los poemas artificialmente?


¿Cuántos poemas

se pueden leer, como máximo,

si se tiene que conducir?

¿Cómo se pueden

prevenir los poemas?


¿Puede un poema

darse cuenta

cuando se le borra

de la historia de la literatura?


¿Se deben

dar poemas

con el apéndice de

“por favor borrar lo que no corresponda”?


¿Deben los poemas

rechazar la evidencia?


¿Se debe lanzar

poemas a los que se ahogan?

¿Qué recuerdan

los poemas memorables?


¿Representan

los poemas políticos

los intereses de

poemas apolíticos?


¿Qué calidad debe tener un poema

para ser prohibido?


¿Se evaporan los poemas

cuando el libro

permanece demasiado tiempo abierto?


¿Es la Tierra

el único planeta

en el que se

encuentran poemas?


¿Se debe

hacer uso de poemas

en lugares de crisis?


¿Se ha asegurado

a la población

el abastecimiento

de poemas?


¿En caso de emergencia

hay reservas de poemas

y cuánto

durarían?


¿Cuánto puede

sobrevivir

un ser humano

sin poemas?


Michael Augustin ( Lübeck, Alemania 1953). Poeta y Traductor.

Traducción Ingrid Martínez-Rico