miércoles, 8 de enero de 2014

Kathy Durán: Las geografías de una piel.


Kathy Durán





















I

¿Cómo desatarme de tu boca,
de ese húmedo placer  que teje mis brillantes cabellos
enredados en la tibieza de tu piel?

Indescifrable son tus brazos rodeándome
sublimes, perfectos,
en las noches inmensas y agitadas
como mareas.

¿Cómo sucumbir al olvido  de tu olor
si en la penumbra imagino cada gestos de placer,
tu fuerte respiración,
tu esplendor vehemente que me asecha,
tan adherida a mis ganas
que a en ti hallo mis fuerzas?

Extasiarme en la profundidad de tus ojos,
en ellos me ilumino,
me envuelven tan tibiamente, poderosamente,
me encuentro entre el rápido ritmo de tus latidos
en la luz que nos atropella sin notarlo.

Te presiento y soy toda deseo
y en estos recuerdos hechos de aroma
soy el susurro más seductor que mi cuello sueña,
el sabor más ardiente,       
el más profundo.

Debo permitirme ser tomada de ese modo,
toda entera, labios y sueño
dejarbme llenar del sabor de tu fuego,
balacearme en tu rígido ímpetu,
sentirme moldeada al antojo de tu deseo,
excitándome, volverme forma en tus dedos,
morderte, saciarme en los oscuros rincones
y que me respires, me sonrojes,
que  colmes esta maravilla.

No negaré nunca este irrebatible sueño,
ni esta noche de la que estoy hecha,
si cuando soy,  eres, somos…
me liberas.

II

Mira hacia el mar,
es tuyo,
escucha al ruiseñor del atardecer entre las olas,
pero recuerda que soy yo
la que siendo hondo rumor, brisa fresca, acaricio tu piel encendida,
soy quien te sueña despierta en la roca, 
espero que llegues,
que me acerques a tu oído
y selle con este verso mío en tus labios
el calor de mis besos.

III

Cuéntame, ¿qué tan arduo será
construir esa piel de tus palabras
en mis ojos ávidos de nuevos amaneceres
para mis geografías?

IV

En las noches los ojos sueñan
lo que la razón impide,
que la realidad no admite,
que el alma no entiende,
y que las palabras no alcanzan a nombrar.

 Ahora, sólo ahora,
comencé a soñar de día,
a ser alba,
a ser vigilia,
pero en algún momento lograré encontrarme
con otra noche,
la noche en la que fui por primera vez,
y tendré  valor para desafiarme,
para alejarme de todas las cosas
sin mirar atrás.

V

Dos cuerpos frente a frente
son a veces raíces
en la noche enlazadas.
Octavio Paz

No hay respuestas,
ninguna fantasía podría compararse con nuestro momento.
Yo dejo de ser de tiempo y de destiempo,
soy ahora,
también soy aquí.

No me desates,
quedo encendida para siempre en tu abrazo,
sólo en tu baluarte yo encuentro el fuego genuino.

Despojados estamos de toda inhibición
porque el amor nos redimió.
Siente el pálpito de mi sangre –cual caudaloso río
enrojecido y rugiente,
como delta apasionada,
ansiosa de ti.

Mi piel tibia tiembla,
vibra vehemente,
tus besos se esparcen como semillas por mi piel ondulante
en las perfectas noches de pasión desbordada.

Quédate en mi ardor perpetuo...
No dejes de amarme
Y te ofrezco la exaltación de mis poros,
extendida, sin medida,
ni fronteras, sin interrogantes,
sólo con el alma encendida,
porque mis suaves palabras serán sólo
para tus oídos ávidos de luz.

VI

Soñé contigo como si fueras un ser inmortal en mis caderas.
Me aferraste, unías tus labios de luna a mis geografías, 
anclaste incesantemente en mi piel.

Comenzaste a besar cada cosa que era mía,
cada gesto como sombra
fijaste tu mirada en mí y sin decir nada,
tus ojos hablaban de amor.

Luego tus manos jugaban con mis pechos,
tu boca en mis pezones,
tu mano arrebató mi ropa,
arrancó mis bragas mágicamente,
y ya estabas desnudo,
todo erguido,
era placentero escuchar cómo mi respiración
encendía tu deseo.

Era noche cerrada,
pero había arena alrededor de nosotros,
el mar sublime iba,
venía al compás de nuestros movimientos.
Una ola sigilosa se unió
a nuestros cuerpos desnudos
y te pregunté: -¿Es cálido?
–Sí, muy cálido- respondiste. 

Tus manos vigorosamente apretaban mis muslos trémulos,
abriste tu boca para que entrara el susurro de la noche
y todo lo que eres lo dejaste 
en mi cálido y húmeda forma que las olas golpeaban.

Vi una estrella caer en el mar
y tú apacible encontraste mis brillantes ojos, 
extenuado,
rodeándome con tus brazos,
en un dulce y seductor momento
nos hicimos uno.

Nuestros cuerpos marcaron la arena
y sobre ella quedó el rastro del cielo,
en ese mismo cielo carmesí donde una estrella fulguró,
y todo terminó en ese destello,
despertando con el sol en mi rostro,
húmeda entre mis sábanas que te conocieron
de la misma forma como mi sueño te tuvo
como un ser inmortal.

VII

Mírame sin los días que me quedan,
sin estas arrugas que me faltan,
sin el credo que mis sueños te dictan,
sin esas pesadas noches que ya son olvido,
sin tiempo cuando vagaba por los bosques lluviosos
buscando un refugio para el alma solitaria.

Aunque sea,
mírame con tu risa antigua,
con el niño cautivo que llevas en tus ojos.

Mírame a pedacitos,
si lo prefieres…
Mírame que mi amor fluye
cual dulce como erección.
Mírame aunque fuese con tus letras escribiendo mi nombre.

No es el desierto el que buscas,
no es la noche ausente de astros por donde quisieras volar,
no es en el acostumbrado día en el que ansías caminar,
ni albergar el frío que acumulan tus manos
ahora que en la soledad te detienes.

Mírame sin reparo,
sin ni siquiera saber si duermo desnuda.

Soy la misma que te mira y te desea,
La que se siente llamarada y aroma.

VIII

Te veo detrás de cada sueño
Llamándome como en el rostro de los demás.

Y yo desde el otro lado,
                       aún más triste
                                    aún sin máscara,
                                                       aún sin ti.

 
IX

Piel cómplice o mezcla de sangres
cuando roza el centro de suave paloma.
Manos que también dicen adiós.

María Mercedes Carranza



Que agonía tejerme entre tus brazos,
beber tu aroma en la proximidad de tu piel, estanque perfumado,
sentir tus dedos en la sutil seda que desnuda mi cuerpo,
porque el amor suscitando por tus labios al amanecer se marchita,
porque es tu ausencia la casa que construiste como mi guarida.

Dejar que incendies mi paraíso con tu espada
de fuego es mi pena,
porque es otro paraíso al que amas,
otro árbol perfumado tiene tu verdadero fuego
sin que el tiempo se precipite a robarle tus besos,
porque no hay medida ni distancias en aquella que es tu casa.

Amarte con mis lágrimas,
porque aunque sienta que el mundo se reduce
a dos cuerpos que se aman,
aunque mis tersos muslos se abran a la levedad
del deseo con tu sola mirada,
aunque tu respiración entrecortada diga
mi nombre con tantas ansias,
aunque te ame sin deber entregando mi desnudez ardiente,
vistiéndote de besos,
sé tú cual viajero, cual pájaro emigrarás a tu nido
y sólo te tendré en las cavernas de mi solitaria imaginación.

Y mayor es mi tristeza,
porque seguiré deseándote perdida en el placer que seduce mis labios,
quemándome en el calor de tu mirada sobre mi cuerpo,
con el alma desnuda en tu suspiro,
esperando que aquellas palabras
que no fueron posibles construir en mis oídos,
algún día dejen de ser mi eterna condena.

X

Hoy cerraré mis ojos,
esconderé mis miedos,
exorcizaré las batallas que mi mente propicia,
para mañana abrir mis labios
y nombrar lo que provoca mi sentido al tacto,
dejar salir el calor de mi piel, sofocarme,
seguir sintiendo,
sin permitirme,
sin conceder.


LAS GEOGRAFÍAS DE UNA PIEL, POESIA DE KATHY DURÁN.

La poesía llega como un relámpago y llamea en las orillas del papel, sucumbe a cada gesto del lenguaje y se detiene, ingrávida, en un recodo del paisaje dibujado en la mano de Kathy Durán, la mano con la que escribe o con la que tira las barajas. Anochece. Una luz verbal camina como un duende, se yergue, bebe junto a la fuente. Es el poema recorriendo los cadenciosos mapas del caribe, buscando entre sílabas a la ebria musa de los trópicos.  Hace años, desde que aún era niña, Kathy Durán está hecha de adjetivos intensos y de colores profundos que sofocan el paisaje, que sofocan las mareas.
En la poesía  de Kathy Durán hay una exacerbada  e intensa relación con los instintos, con la fábula del cuerpo, con la frágil soledad de las palabras y sus emociones. Cada vez que Kathy Durán toca un verbo irregular, la página respira agitada, lucha con sus emociones.  Entrar en sus marcadas geografías es perderse en arduos continentes de amor y belleza, en el caótico esplendor de una ansiedad inaudita. Veo crecer sus íntimas relaciones con el lenguaje, su comercio intimo con las sombras, veo un mar hechizado atravesando sus sílabas, en mar en llamas que nombran sus labios al llegar la noche, el mar que va y viene a sus espaldas, mientras en el sueño dos cuerpos trazan bajo los astros la topografía de un deseo, la geografías de una piel.

Fernando Denis










domingo, 29 de diciembre de 2013

Nadezda Ivanova: 2 Cuentos.







Nadezda Ivanova



 


Arte anatómico
  
Creo que tenía once o doce años aquel verano. Estaba sola en nuestro apartamento de Moscú ese caluroso día del mes de julio. El aire se percibía pesado y polvoriento, y las cortinas estaban cerradas para atajar el sol de mediodía. No sé exactamente dónde se habían ido todos, o porqué me habían dejado sola; muy rara vez me quedaba sola en casa, y recuerdo que me paseé de habitación en habitación, a esperas de que llegasen los adultos de la casa.
Mientras deambulaba de lugar en lugar pasé frente a un gran espejo en el pasillo y mi propio reflejo me llamó la atención. Me acerqué al plateado vidrio para verme desde más cerca. Cosa rara, puesto que nunca he sido ese tipo de niña que se pasa horas frente al espejo. ¿Quién sabe? quizá no tenía esa costumbre porque era el único espejo grande en mi casa y siempre había gente caminando de un lado al otro; la palabra ‘privacidad’ no figuraba en el diccionario familiar.
Pero ese día estaba sola y podía darme el lujo de mirarme en el espejo. Lo que descubrí en primera instancia me sorprendió: mi cuerpo se veía diferente; me resultaba familiar, pero a la vez había algo nuevo en él. Mi curiosidad me llevó a deshacer el cinturón que ceñía el vestido alrededor de mi cuerpo, desabroché el frente, con ambas manos descorrí el escote y dejé que la ropa descendiera lentamente y revelara mi cuerpo desnudo. Ese cuerpito desnudo era lo que se reflejaba en el espejo ahora, y lo observé con renovado interés.
Mi pecho ya no era plano, lo observé brevemente y de repente tomé entre los dedos el lápiz labial de mi madre que estaba al alcance de mis manos. Comencé a pintarme los pechos salientes y muy pronto mi piel se hallaba cubierta de figuras en forma de flor, y los pezones se convirtieron en corazones, también en forma de flor. Me resultaba tan divertido todo eso que ni me di cuenta del correr de los minutos; no sé por cuánto tiempo pasé frente al espejo jugando con mis pechos.
Pero el juego se vio interrumpido por el sonido del ascensor que subía; el temor de ser descubierta por mis padres hizo que corriera hacia el baño para quitarme la pintura de labios de mis pechos. Para mi sorpresa, me tomó bastante tiempo deshacerme del color rojo. Me restregué los senos repetidas veces con jabón y con una esponja; mi piel hasta llegó a irritarse. Me sequé con una toalla, rápidamente dejé que el vestido volviera a cubrir mi cuerpito desnudo, corrí hacia la sala de estar, me senté en el sillón, y traté de asumir mi apariencia normal, como si mi mente estuviese vacía.
Al rato llegaron mis padres, el apartamento retomó su ritmo normal, y con orgullo me di cuenta de que nadie había notado el cambio que en mí había tenido lugar ese mediodía. Había dejado de ser una niña. Tenía mi primer secreto de adulto.




Pintura fresca

De niña casi nunca me gustaba la ropa que tenía: era incómoda, de colores apagados, y me hacía sentir horrenda. Hay que tener en cuenta que en aquella época en la Unión Soviética la ropa para niños era difícil de conseguir (bueno, en realidad lo mismo ocurría con la ropa para adultos) y los padres se consolaban con la idea de que la ropa prolija y abrigada era más importante que la de estilo o la que proporcionaba cierta comodidad.
No era fuera de lo común que en una familia los niños más jóvenes heredaran la ropa de
los mayorcitos cuando éstos crecían, y de esa manera más de un niño se veía beneficiado. Cada prenda se cuidaba sobremanera, a fin de que durase por mucho tiempo, y al cumplir mis seis añitos me convertí en la heredera de un abrigo a cuadros verdes y marrones, con capucha y cinturón de cuero. A pesar de que el abrigo no era muy cómodo, puesto que las sisas eran demasiado ajustadas, me gustaba cómo lucía en mí.
Una tarde de sábado, en un día de noviembre, algunos parientes vinieron a visitarnos y como la temperatura era agradable mi madre sugirió que todos diésemos un paseo de a pié. Con entusiasmo me puse mi abrigo a cuadros, alguien me ayudó a ajustarme el cinturón, y nos fuimos de caminata. Al salir de nuestro apartamento noté que uno de los bancos de afuera había sido recién pintado, y advertí a todos de que el banco tenía pintura fresca y que debían evitar sentarse en él. El paseo habrá durado más o menos una hora, y durante ese tiempo pude disfrutar de algunas de mis actividades favoritas al aire libre, como las hamacas y el hacer equilibrio sobre las vigas, pero esa diversión fue breve porque a los adultos de golpe les entró hambre y decidieron regresar al apartamento.
A medida que nos acercábamos a casa cada vez más me sobrecogía el cansancio y más y más me venían los deseos de tirarme en algún lugar y descansar; así fue que ni bien vi el banco recién pintado corrí hacia él y mi senté sin siquiera pensarlo dos veces. Pero una vez sentada me invadió ese típico sentimiento de que algo no estaba del todo bien – de pronto me hallé pegada como con cola sobre el bendito banco. Mi madre, al ver la expresión en mi rostro, corrió en mi ayuda y me despegó del banco mientras yo comenzaba a sollozar para finalmente descollar en pleno llanto en el ascensor.
¿Qué puede ser más irónico que no seguir mis propios consejos? ¿Por qué ninguno de los adultos presentes me advirtió en cuanto a la pintura fresca de la misma manera que yo les advirtiera a ellos una hora antes? ¿Qué habría de ser de mi abrigo favorito? ¿Podría pasárselo a otro niño de la familia una vez que me quedara chico a mí? me sentí totalmente desolada al no poder responder a ninguno de mis interrogantes.
Afortunadamente mi abuela pudo quitarle todas las manchas de pintura a mi abrigo, y éste quedó sin rastro alguno que atestiguara en cuanto a mi infortunio, pero no por ello dejé de sentirme molesta con todo el mundo durante el resto de ese día. Estaba absolutamente convencida de que los adultos no me advirtieron respecto a la pintura fresca a propósito, para luego reírse de mí. ¿Quién sabe? quizá este incidente me sirvió para darme cuenta de que jamás habré de pensar que los demás me protegerán de nada. En cuanto al abrigo, al llegar la siguiente primavera ya no me cabía, y otro niño de la familia lo heredó – quizá ese niño también podrá contar algún día su propio cuento sobre su abrigo.

( traducciones del inglés Jorge R. Sagastume)



Nadezda Ivanova nació en Moscú, donde se crió y estudió música, literatura, e ingeniería química. Pasó luego a los EE.UU. para realizar sus estudios de posgrado, donde vive desde el 2004. Es además poeta y cuentista y escribe tanto en ruso como en inglés.

Jorge R. Sagastume nació en Buenos Aires en 1963. Se doctoró en filosofía y letras en la Vanderbilt
Jorge R. Sagastume
University, y además de dictar clases universitarias de literatura hispanoamericana en los EE.UU. se dedica a la escritura y la traducción.