lunes, 21 de agosto de 2017

Jorge Arbeleche: Cuaderno de las conjugaciones



Jorge Arbeleche








                                                 



                                                   Postales de Ansedonia

                                                      A Martha Canfield y David Antoniucci


Conjugación del agua

Así,
sin prisa ni ansiedad
sin muro vertical sin base
sin límite de altura, sin vidrio
astillado —alabastro, tal vez—,
donde contorno y perfil se difuminan,
entonces,
percibo entre el jardín de piedra y sombra
el liquen asombrado y alegre ante mi paso
donde paso revista a todo lo que fue
a lo que pudo ser sin haber sido
al vestigio aún ardoroso de la llama
—la que fraguó al carbón
en infinitos instantes de vértigo y asombro—
hasta tornarlo canto, mano, diamante,
llaga encendida por la ausencia
que solo en el sueño se mitiga.
Porque ardió la ceniza, el eco de la llama
aún quema. Y la ausencia desborda
su lava lacerante.

En el vergel de herrumbre, así como el gusano
se torna mariposa, una bahía nace. Respira. Serena como el aire.
Un velero blanco —tan lejos como cerca—
surca una mar perfecta. Para siempre.
Desterrados los puntos cardinales.
Sin más rumbo
que el aliento de Dios sobre sus ondas.

Ansedonia, 18/08/2016



Conjugación del poniente

Es el mismo y es otro.
Nunca un milagro se asemeja al mismo.
Sabemos que cada atardecer retorna
se esconde y en sosegada espera
lo aguardamos. Nos descifra la noche
a los insomnes. Nos traduce la luz
y nos descubre el pentagrama sonoro del coral.
Respeta el contumaz encierro de la perla.
Todo parece cerrarse bajo el agua.
En tanto, abre la espuma
el ritmo
único y primero del canto
y su silencio.


Conjugación del sueño

Enfermo el mar, exhausto el aire,
el viento trae aliento fétido de culpa,
sobre la piel del agua se escucha
la sigilosa cifra de la máscara.
Expande sus alas la traición
bajo cada perfil de sus disfraces.
En un racimo de uvas húmedas
urdió su trama la mentira.
La gloria de luz de la manzana
oculta el alerta silbido de la sierpe.
Su agudo cascabel se enciende y apaga intermitente.

Cuando la noche escale y suba al día
y en su cumbre se unan
la vertical escarpada del engaño
con la serena horizontal de la piedad,
el ángulo exacto del perdón
abolirá sus llaves y serán uno
perdón y perdonado.

Una orden vendrá de la Armonía.
Podrá volar el pez, nadar el ave,
nacer la flor por tallos y raíces
guardiana la corola será
de semen y semilla.

(A fuerza de soñar un sueño
tras el otro, a fuerza de golpear
un sueño contra otro, a veces,
los sueños se vuelven realidad,
a fuerza de soñarlos).
Conjugación de la fe

De tanto bien lo que no entiendo creo.
Garcilaso de la Vega

La copa del jardín más alta oculta
el lacio palpitar de la bahía.
El peso de su fruto anuncia
el abono futuro del follaje
y en paralelo fiel,
la vocación de altura de la rama
enlazada al enigma circular de su corola.

Velero o pájaro, bajel o trino,
sin ancla ni velamen sin ala
ni la pluma, el río de la luz navega
el aire, surca las fogatas, descubre
la gruta de las algas,
se oculta
detrás del infranqueable muro de madréporas.

Entonces
se cree en lo que se ignora.
Conjugación de la sal

anoche Martha preguntó
si estaban demasiado salados
los tomates

¿Cuándo —si acaso lo sabemos—
estaremos seguros del perfecto sabor
de cada cosa? ellas están
en el exacto ritmo del respiro
de cada una en su sitio
desde la cascada de luz de su esplendor.

A veces son avaros los granos de la sal.
La llaga abierta se consume pero no se cierra.

“En un perfecto acuerdo de la balanza”
en la nueva ensalada se compensan.

Anoche los tomates colmaron
de roja delicia la cena y el reposo.

En un perfecto acuerdo de balanza
Juana de Ibarbourou, Azor
Conjugación sonora

El bosque del coral entona a veces
su turbia melodía, alguna vez es roja
como relámpago de furia, crespo el aire,
otras, semeja blanca como un hilo de nube
o grave, como la sombra aleve de máscara
y mentira o límpida, como clave o señal
de manantial. Se entreveran se mezclan
se confunden los acordes de una música
con otra y el oído no distingue
los compases oblicuos de agudo claroscuro.

Porque es bifronte la Belleza y ciego
es el ojo que la mira pero no la ve.


Conjugación del Mare Nostrum

Aquí vieron su inicio el mar y los marinos.
Paralelos, nadaron por vez primera y única
la sirena y el pez. Aquí nació la luz.
El reposo de la sombra equilibró con el sueño
la vigilia. Los hombres de la orilla bautizaron
el Agua. Descubrieron la llama detrás
de las Fogatas. Supieron del diamante
en la palpitante ceniza del carbón.
Cultivaron la oliva, el vino, el trigo,
el alevoso puñal de la traición la espada
criminal y la conquista. La ruina
el apogeo la historia y la memoria.

Galope y vuelo. Centauro con paloma
en nupcias de alta cumbre.

Gota por gota modelaron sus ondas
la perfección de Venus. Fundaron
la Casa del Amor. El Templo.
Guardián de las plegarias.

Mañana tras mañana echa su red
al mar un pescador. Se oficia
ese ritual en gesto fiel
de asombro y gratitud. Perpetuas.
Conjugación del canto

Se despereza temprano la mañana.
Sosiego entre la niebla, detrás
el monte, lejos el bosque, siempre
el mar en empapado ecuador que los rodea.

Deshojada la Rosa de los Vientos.

El zafiro de Oriente se engarzó
en el Oeste, el Norte respira
como el Sur y el Sur respira
con el Norte, los ríos retornan
a ser dioses y los jóvenes vuelven
a ser ríos. Estrenan la hermosura.
La fundan. Vuelve a nacer el mar.

Abierta queda la morada del canto.
Conjugación de un hombre

Una rosa.
La aurora y el poniente.
Un gesto de coraje
un acto heroico.

Sin pausa ni sosiego
la aurora va al poniente
y el poniente retorna hacia la aurora
en el preciso ritmo que el círculo
dispone en el orden exacto de las cosas.

Adentro del círculo
galopa el mediodía.
La rosa exhala
la plenitud circular de su fragancia.

Se huele su perfume
se presiente el húmedo temblor de cada pétalo.

Fuera o dentro del círculo
la cifra exacta de la Rosa
se anuncia. Pero no se ve.

A David Antoniucci, con gratitud y en préstamo


Conjugación del mirlo

el mirlo canta
la rama donde se posa, canta
—su horizontal perfecta es eje del color y la forma—
a veces
pasa del agudo al grave
a veces
pasa del agudo al silbo
pájaro
canto
abajo suena
sonido de pisadas de ruedas o pezuñas
ni canto ni pájaro lo escuchan
se eleva con las alas, allí se posa
ya dueño de la rama del follaje
del árbol entero, sombra y fruto
el canto se desprende de la rama
es nube brisa murmullo de la sombra
pluma más allá del ala
pistilo y estambre en combustión
pezón estremecido ovillo de la luz
juguetón cachorro mañanero
estrenando color de madrugada


Conjugación del trasluz


Alejado del sueño, distante de las horas, miro la ausencia en acecho constante, estudio y calculo cómo crece su sombra detrás de su carcaza, milímetro a milímetro en progresión geométrica, arrastra el eco del barullo procaz de la rapiña, aturde su zumbido incesante, acribilla los bordes de la noche descose el hilado de la luz y se derrumba el día sobre las ruinas del tábano en el barro.

Cerca, o atrás, tal vez a la derecha o a la izquierda fulgura cierta luz —a veces alta— me sigue me persigue me envuelve me quema o ilumina me enciende el día me conduce en lo oscuro alcanzo a ver las cosas al trasluz traduzco su derecho y su revés me colma la sed o me ahoga de arena la garganta, desata la voz encadenada, tartamuda, no conoce camino de salida, se atraganta escupe piedra, no percibo si es latido o estertor lo que me tiembla. Escarpado el terreno y la ruta. Sin señales. Oculta el punto de llegada.

El Aire fluye. Por delante, alegre, triste por detrás.
Refresca a veces. También a veces quema. Pero siempre salva.



Jorge Arbeleche (Montevideo, Uruguay, en 1943) Poeta y ensayista . En poesía ha publicado:  Sangre de la luz (1968),Los instantes (1970),Las Vísperas (1974),Los ángeles oscuros (1976),Alta noche (1979)La casa de la piedra negra (1983),El aire sosegado (1989),Ejercicio de Amar (1991),Ágape (1993), Alfa y Omega (1996), El guerrero (2005).En 1993, se edita  Ágape, una antología que, conmemorando 25 años de una incesante tarea poética, restituye escritos de los ocho libros editados hasta ese momento. Es miembro de número de la Academia Nacional de Letras del Uruguay y Premio Nacional de Literatura (1999).

Cecilia E. Collazo: Lonja de real





Cecilia E. Collazo



























Escribo
con garras de tigre
que marcan la tierra.

A veces soy sutil
Otras descarnada.

…………………………………………………………………..

La rima
que empalaga
el verso.

La regla
que lo azuza.

Y si la poesía
volara
libre
como el pájaro.
………………………………………………………………………

Del poema velado zen,
prefiero
la encarnadura de tu cuerpo
en la palabra.
…………………………………………………………………….

Pretende
las manos sin sangre,
mientras recoge
sus cristales rotos.
……………………………………………………………………….

Te acaricia
el sol del otoño,
y si un día
descubrieras
que es veneno.
………………………………………………………….........

Baja la mirada
al verla.

Y ella, se da
una media vuelta.

…………………………………………………………………………

Luciérnaga:

Pequeña
luz intermitente
brilla en la oscuridad
por propia fuerza.

……………………………………………………………………….

Pasa el otoño,
la grulla
se hará vieja.
……………………………………………………………………………….

Puso las flores
en la taza
como en un florero.

Y dio vida a la casa.
……………………………………………………………………………

Una mujer:

Esa gaviota
que cruza
 el océano
sin mirar.
…………………………………………………………………………….

Vuela
tu luz
que un pájaro
 lleva.

……………………………………………………………………………...

Prestame
 tu río
para navegarlo.

………………………………………………………………………………………


Movimiento

El agua del estanque
no tiene vida.
En el río
nadan los peces.
………………………………………………………………………

En el Bosque de las letras
descubre que no hay
un Guardián de las palabras.
……………………………………………………………………….

Apenas
 asoma el hocico,
 se congela.

………………………………………………………………………….

Su pensamiento
es tormenta
ó claridad de nube blanca.
…………………………………………………………………………..

El poema
se torna mirlo:
 canta al vacío
 y se hace eco.

…………………………………………………………………………

Mariposas

Vuelan
en su regazo
 anuncian
su llegada.

……………………………………………………………………………….

Pava

Cómo puede al ocaso del día
calentar el agua
y regalarnos su encuentro.
……………………………………………………………………………


Flor

Quizá porque está sola.

Parada allí en el agua,
con su tallo
esculpida.

Cabellos rojos como pétalos,
acompañan su estatura.

Firme en el agua
la gerbera.
…………………………………………………………………………

No sabe hacer con el lenguaje
Ni lo pretende.
Sólo escribe poemas.
………………………………………………………………………….

Cae el sol de la tarde
dejando su luz
como un resto.
……………………………………………………………………………

No le gusta lo que tiene.
Tampoco sabe lo que quiere.

…………………………………………………………………………
Mide, cuenta, guarda…y
se le rompe la regla.

…………………………………………………………………………

Olvidándose de sí
perdió la memoria.

Recogió las amarras
 que anclaban
 lo vivo.

…………………………………………………………………………


Trepa, trepa…
para ser olvidado.
………………………………………………………………………….

Ay la luna
que con su lana blanca
le teje al niño una manta
para cubrir
su sueño.
…………………………………………………………………………

El hombre
simple como la flor,
huele a rosas.
…………………………………………………………………………

El aura violeta
cubre el suelo
que pisa su paso.

Los pies sin ruido
colorean la tarde,
como un regalo.

………………………………………………………………………….

Arrogante la margarita
cree por simple,
ser la más bella.

La mariposa,
lo certifica,
con su certeza
de bailarina.

………………………………………………………………………….

Colibrí

Con táctica
mete su fino pico
en la campanilla
y bebe el néctar.

Cuida el aire,
no se lo robe.
…………………………………………………………………………

Ayer tenía un vestido.
Hoy nada tiene.

Se levanta
con un vacío en la garganta.
…………………………………………………………………………….

La tijereta
defiende
con énfasis
su nido.

Pobre de aquel
que camine
cerca.

…………………………………………………………………………….

Luz oída
en el desierto.



Cecilia Elsa Collazo. Nació en La Plata. Buenos aires en 1962. Poeta.Ha publicado los libros de Poesía. Poética Despiadada (2013) y Éxtimos de Imaginante Editorial (2013). Dueloinvento. Obra de autor/editor (2016). La Rosa de Cobre. Letra Viva Editorial (2014). Lonja de Real. Modesto Rimba. (2017)¿Qué escucha un analista? Grama Ediciones. (2007) Psicosis y autismo infantil. Letra Viva Editorial. (2013)
Sus poemas han sido publicados en varias antologías y en páginas web; así como en Perú, México, Brasil, Argentina, España y Portugal.































































miércoles, 16 de agosto de 2017

Roger Munier: Contra la imagen



Roger Munier







Nuestra civilización se halla bajo el signo de la imagen. En las revistas ilustradas, en el  cine, en la televisión, la imagen sustituye a la forma escrita, constituyendo un medio de expresión global cuyo poder sugestivo es considerable. ¿Ha terminado la edad del verbo y nos hallamos en el despertar de una cultura nueva, en que la imagen terminará por reemplazar totalmente al discurso?

En el origen de tal revolución está la fotografía. Su técnica contiene ya en germen todos los desarrollos futuros. Al permitir una reproducción objetiva de las cosas tal como son, la fotografía instaura una forma nueva de la visión y, por tanto, de  la presencia del hombre en el mundo. En la fotografía, la forma tradicional se halla invertida y es el mundo  el que toma, en cierto modo, la iniciativa. La imagen fotográfica sólo habla del mundo cediéndole la palabra. Al discurso sobre el mundo, que colocaba al hombre ante el  objeto para nombrarlo, la fotografía sustituye la simple aparición de las cosas por una especie de “discurso” del mundo. Una fotografía de un árbol no dice sino “este árbol”; es una tautología, en suma. No expresa nada ni más acá ni más allá del árbol: coincide con él. Al fin de cuentas, no “dice” nada del árbol: es el árbol quien dice en ella.

Aquí radica toda su diferencia con la obra de arte, que reconstruye el mundo. Toda pintura es abstracción. Parte de lo real y  vuelve a alcanzarlo, pero por el rodea de una negación activa.  Incluso en el cuadro más figurativo, el pintor permanece libre ante el objeto, Su “copia” no es sino un pretexto. Lo que importa no es ya “este árbol” anecdótico, sino “el árbol”, tal como lo ve el pintor. La función del arte es significar: expresa menos las cosas  que la visión humana de las cosas. La fotografía, por el contrario se eclipsa ante lo real. No hace sino repetir simplemente —tautológicamente— el mundo. Incluso en la llamada fotografía “artística”, el fotógrafo permanece determinado. Podrá disponer a su antojo de los objetos que elija, naturaleza muerta o composición abstracta, pero su imagen no reproducirá estos objetos sino tales como son. Una vez terminado su montaje, el fotógrafo no tiene influencia sobre ellos. La reproducción es mecánica, es decir, ineludible, exacta.

Es aquí donde comienza la magia, pues al reconstruir las cosas tal como las cosas son, el fotógrafo les da un relieve y una presencia que ningún medio de reproducción había logrado. En la fotografía la realidad no está ya solamente representada (transpuesta), como en la pintura o en el dibujo, sino que se halla verdaderamente reproducida: presentada ante nuestros ojos llenando con su presencia el recuadro de papel gris. Reproducida con un relieve igual al que  tiene en el mundo, fuera de nosotros. Cada fotografía es como un pedazo de mundo que se repite indefinidamente, multiplicando su presencia y cercándonos. De aquí  el carácter hechicero de la imagen: ella es una presencia del mundo.

Sólo quiero hablar de la fotografía tradicional sin evocar ahora la foto en color, ni menos todavía la foto en “relieve”. Un desnudo fotográfico no es sólo una imagen de desnudo, sino una mujer ya próxima. Al contrario que un cuadro de desnudo, generalmente casto —lo que cuenta en él no es lo sugestivo, sino la trasposición plástica del cuerpo—la fotografía de desnudo posee una fuerza tal de sugestión que despierta el deseo. En su esencia, la fotografía es mágica. Lejos de ser una mirada sobre el mundo que nos libera del mundo, como es propio del arte (recordemos los Souliers de Van Gogh), la fotografía nos sumerge en el mundo, nos encadena a él.

Ahí es donde reside su originalidad. Si la pintura implica una negación activa, todo el “arte” del fotógrafo no puede ser otra cosa que sumisión.  Sólo cuenta en este terreno, el rostro que el mundo nos entrega de sí mismo, y la misión de   la fotografía no tiene otro cometido que el de permitir tal entrega. El lenguaje, aquí, no es el del fotógrafo, cuyo genio si lo tiene, consiste en anularse. Por esto la verdadera fotografía no es la llamada “artística”, en la que el fotógrafo registra sobre la placa sensible un cuadro previamente compuesto, sino la  que sorprende lo real en su propia vida, haciéndole hablar su lenguaje, una especie de lenguaje sin el hombre. Pienso ahora en esas fotos de Cartier-Bresson, en donde  toda composición es excluida y donde se hace “hablar” a las cosas, desde las ruinas de Hamburgo a las congestionadas calles de Shangai; en esas instantáneas que permiten captar  los fugaces detalles del objeto, imperceptibles para el ojo desnudo. Pienso en esas partes de un conjunto, aisladas por ampliaciones, que hacen resurgir rasgos insospechados;  en esos primeros planos que nos descubren, como en una pesadilla, una enorme cabeza de mosca o un ojo desmesuradamente agrandado. En tales fotografías, lo real habla casi sin intermediarios. No es exactamente el hombre quien capta la realidad; es ésta  que se le impone por sí misma, descubriéndose en su desnudez.

 Pero  no podía ser suficiente que la imagen reprodujera un mundo estático. Se necesitaba animar este mundo. Tal fue la labor del cine. Gracias a él, la representación adquiere movimiento, se enlaza con el ritmo de la vida. No se trata ya de un objeto petrificado. Tenemos ahora, ente los ojos, la vida misma. El poder de sugestión es total. Dominada por esa ola de realidad  en que se sumerge, la conciencia se halla fascinada. Una foto puede ser contemplada todavía, pero  la imagen en movimiento no permite reposo ni retroceso. El mundo se impone al espectador con una fuerza irresistible, casi brutalmente. En el cine, el hombre antes que hallarse delante de lo que se ve, se convierte, por así decirlo, en lo que ve. La realidad lo envuelve y se opera algo así  como una sustitución.

En realidad, el cine, mejor aún que la fotografía, es el lenguaje del mundo, de un mundo al cual presta, en su movimiento interno y en su pulsación, el medio de expresarse. En este sentido, el verdadero cine será siempre el mudo, que prescinde de la palabra humana. En él las cosas se explican por sí mismas, sin que nadie nos las refiera, y la realidad, para manifestarse, arranca de sus propios medios y se marca su propio contrapunto. En el verdadero cine, son las piedras mojadas de la calle las que se acuerdan del crimen, las olas del mar las que nos hablan de la violencia o de la pasión. Cuanto menos interpreta el escenógrafo, tanta más oportunidad proporciona a las cosas y más grande se nos aparece. El escenógrafo no es sino el médium que permite al mundo hablar su mudo lenguaje, literalmente “inaudito”.

Las nuevas técnicas,  orientadas hacia una sugestión cada vez más eficaz, acentúan todavía, aunque de un modo impuro, esa dialéctica, propia de la imagen de aprisionar la realidad. Recordemos una vez más las  fotografías en color y “en relieve”; recordemos el “cinemascope”, cuya ambición es ensanchar al máximo el campo visual y en el que la noción de “plano”, de encuadramiento, que implica la intervención del artista, desaparece: sólo existe la gran pantalla que entrega lo real en su abundancia y en su profusión. El “cinerama” va más lejos todavía y aspira a dar la ilusión de las cosas misma, la sugestión hipnótica de hacer creer al espectador que las figuras se escapan de la pantalla… La televisión, en fin, coloca la imagen al servicio de los acontecimientos en su actualidad temporal.  No bastaba restituir ante nuestros ojos un mundo no inscrito en su duración. La televisión hace posible una simultaneidad de la imagen y el acontecimiento que ella evoca: es la vida cuándo y cómo se produce, lo que nos trae. Aquí, la adecuación con el movimiento del mundo es total, por el giro del tiempo. Lo real no se expresa ya sólo en su verdad intemporal, sino desde su génesis.

Solicitado por las fotografías de periódicos y revistas, por el cine y la televisión, el hombre moderno se nutre de imágenes. Este hecho nuevo induce a reflexionar. Las conclusiones  son bastante previsibles   y acaso no sea quimérico suponer que las generaciones futuras, deseosas de una información cada vez más rápida, tiendan a substituir la expresión verbal por  la imagen. Las  consecuencias que provocaría tal estado de cosas no serían únicamente de orden “cultural”. A mi juicio, el peligro es sólo humano. Se trata menos de  la elección que el hombre haría de las imágenes en contra del verbo y el discurso, que de la supremacía del mundo imaginario sobre la conciencia y, en la cual, la autonomía de ésta se hallaría amenazada. En rigor no es posible la elección: las imágenes se nos imponen y los espíritus mejor prevenidos difícilmente pueden sustraerse a su hechizo. No es exagerado ver en tal fenómeno una especie de revolución de  las relaciones entre el mundo y el espíritu, análoga a la que se realiza en otros aspectos de la técnica, en que  las fuerzas liberadas por el hombre amenazan volverse contra él. Actualmente, somos testigos de una suerte de reflujo del universo que aparece como la protesta de un orden natural violentado. A este respecto, y por el rodeo extraño de la técnica y de la ciencia, volvemos poco a poco a la visión primitiva en que el cosmos se nos aparecía con un relieve  amenazador (meditemos en las reacciones de los testigos de la primera explosión atómica) y la conciencia personal se disolvía en el sentimiento alucinante y trágico de la totalidad. Yo veo, por mi parte, en la supremacía de  la imagen como presencia del mundo, un aspecto de ese fenómeno global. Por encima del hombre  ultracivilizado en que nos hemos convertido, el mundo reclama sus derechos e invade los sectores más diversos de la vida y hasta la misma intimidad de la  conciencia. La pintura también nos lo hace presente, pero de muy diferente manera: allí donde las artes plásticas representan una  continuidad, un sacro acuerdo entre las cosas y el hombre, la imagen fotográfica levanta lo real como un “frente a nosotros” discontinuo y fascinante.  Dicha imagen es el universo no-mediatizado, afirmado como un puro “afuera”, como lo otro del hombre, y  que le excluye tanto más cuando más se descubre como otro en su representación misma, es decir, en un terreno en que el hombre venía afirmando su imperio sobre el objeto;  de aquí, esa actitud pasiva de  la conciencia fascinada. La imagen fotográfica no soporta demasiado el dialogo. Más bien lo limita, habiéndose erigido ante el ojo en su plenitud y no ofreciendo otra alternativa que la aceptación incondicional o el rechazo.

Esta inmovilidad de la mente no ofrece sólo, repito, una incidencia “cultural”, sino  que encubre un peligro humano. Si el universo no-mediatizado  puede invadir el campo de la conciencia, pronunciándose él mismo aparte de todo enunciado, tal cosa representaría el fracaso de la función humana por excelencia, consistente en definir y nombrar, en introducir en el cosmos la mediación de la conciencia, la “herida”. Al espíritu corresponde descifrar lo real y no a lo real desentrañar  el espíritu. El hombre sólo existe en esa negación activa. Coincidiendo con las cosas, sumisa a la “impresión” de las cosas, la conciencia moderna es la conciencia inmediata y extendida. En su forma más valiosa, ella podría ser el acogimiento del mundo, cuya presencia, percibida sobre planos múltiples, en el espacio y en el tiempo (prensa, radio, cine, televisión), conferiría al espíritu una dimensión nueva. Pero tal asimilación activa es rara. El hombre medio se queda en el más bajo nivel de la “información” y se esparce en esta información, más que ella se deposita en el hombre para transformarse y humanizarse en él.

Aparte de este enunciado, la fotografía reproduce sólo lo que está por decir y, por este hecho, queda siempre “por decir”. Ella dispensa al espíritu del esfuerzo que implica la apropiación por el “discurso”. No Pretendo hacer ahora solamente la apología de la escritura, pues la pintura es también “discurso” en  el sentido en que yo lo entiendo, precisamente en la medida en que es abstracción. Pero es sobre todo al verbo a quien  la imagen perjudica. Basta, para convencerse, hojear cualquier revista ilustrada. El texto aparece cada vez más reducido  en provecho de la imagen y casi no tiene otra función que presentarla. La vista se deja llevar fascinada y, de  la misma forma que en la imagen nada se produce, fuera de la repetición de las cosas, nada se realiza tampoco en el espíritu “espectador”.[1] El “discurso”, por   el   contrario, es diálogo con el objeto, presencia activa en el mundo y, por la atención que implica, constituye, frente al mundo, la afirmación de la conciencia y el germen de su libertad. Hace, por tanto, las veces de salvaguarda de  la interioridad humana. Una civilización de la imagen sola, produciría una humanidad extrovertida y superficial, entregada a la pura magia de las cosas y sin dominio sobre ellas, pues en la captación visual inmediata lo real se retrae tanto como se da, mientras que la mediación progresiva del discurso es ya, en sí, una apropiación. El mundo, conquistado así lentamente, no se nos escapará: será convertido en nuestra sustancia.

Pero ¿y si el problema estuviese ahí, precisamente? ¿Y si lo propio de la imagen y su justificación última fuera, precisamente, poner fin a la interpretación “humanista” del mundo? ¿Y si esa huída del discurso llegara a la creación de un “lenguaje” nuevo, plenamente expresivo de  lo que, en la realidad, queda todavía inexpresable por los caminos del concepto?

Expresándose por el rodeo de la abstracción, el concepto “hiere” previamente lo que quiere expresar; él da con dificultad lo global del objeto (que hace que este sea tal árbol y no otro) y más difícilmente aun el carácter de las situaciones y de los seres. Además, sustituye lo real por un enunciado sobre lo real, que expresa,   finalmente, el punto de vista del hombre sobre el universo, más que un descubrimiento del universo mismo. La imagen actúa sin “herir”, pues ella es total inhibición ante las cosas y las situaciones, a las que permite expresarse por ellas mismas, sin intervención humana. No cabe duda que jamás podrá expresarse verbalmente el mar como lo hacen la fotografía y el cine, y una imagen de Buñuel manifiesta mejor el horror y la tragedia que todas las descripciones. Lo que no es posible expresar con palabras, la imagen lo traduce, repitiendo  la complejidad del mundo. Ella dice lo indecible sin proferir nada, sino dando a lo indecible el poder de manifestarse: es descubrimiento, pura revelación.

¿Será ése, realmente, el lenguaje nuevo? Puede que sí. Pero, para tal lenguaje, quedarían en pie todas las objeciones que hemos hecho. Sencillamente porque en él, el hombre está negado. Se trata de un lenguaje de las cosas más que del hombre, incluso considerando que es el hombre quien ha concedido a las cosas la facultad de decirse sin él. Y es, a fin de cuentas, un lenguaje mudo, que “dice” lo indecible, pero sólo en la exacta medida en que no dice nada. Pues si es cierto que la ley del lenguaje, como la del pensamiento, es desembocar en el silencio, la dignidad de los dos consiste en no consentirlo; en aceptar esta necesidad y mantenerla en el interior del decir, pero sin que por ello el decir mismo sea condenado. Al enigma de la expresión, la imagen no aportará nunca más que una solución de reemplazo, cuyos peligros, como hemos dicho, son evidentemente reales.

Pero es el hombre quien ha hecho la imagen y es él quien sigue siendo su amo. Al hombre incumbe inventar lo que salvará esta forma nueva de investigación, admitiendo que en este terreno como en todos aquellos en que la técnica fatalmente triunfa, existen todavía razones de esperanza.



Versión al castellano: Lorenzo Villalonga.
Poesía Buenos Aires, Número 26, Buenos Aires, Primavera, 1957.

Roger Munier.  (Nancy, 1923- Vesoul, 2010; Francia). Poeta,ensayista y traductor.
Tradujo del alemán, entre otros autores, a: Heinrich von Kleist, Rainer María Rilke y Martín Heidegger. Del castellano a Roberto Juarroz, Antonio Porchia y Octavio Paz.




[1] -A menos que éste no se vierta largamente sobre la imagen, como podría hacerlo en presencia de la misma cosa y no entre entonces en el discurso. Pero esto se halla fuera de mi tema. En estas páginas se trata, estrictamente, de la imagen considerada como modo de expresión global y satisfaciéndose a sí misma.