Blog sin fines de lucro (Non Profit)de la palabra poética, traducción, crítica literaria, Charles Bukowski, Raymond Carver, Sam Hamill, Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, cultura,costumbres y el buen asado criollo. edmundokirk58@gmail.com. Colaboradores: Demian Paredes, Alejandro Elissagaray; Vanesa Malrossa; Maggie Culligan; Antonio Meloni; Ignacio Oliden; Edmundo Kirk, Patricia Ogan Rivadavia. Contacto: edmundokirk58@gmail.com
lunes, 7 de abril de 2014
Octavio Paz: ‘Decir: Hacer’
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| Octavio Paz |
a Roman Jakobson.
1
Entre
lo que veo y digo,
entre
lo que digo y callo,
entre
lo que callo y sueño,
entre
lo que sueño y olvido,
la
poesía.
Se desliza
entre
el sí y el no:
dice
lo
que callo,
calla
lo
que digo,
sueña
lo
que olvido.
No es un decir:
es
un hacer.
Es un hacer
que
es un decir.
La poesía
se
dice y se oye:
es real.
Y
apenas digo
es real,
se
disipa.
¿Así es más real?
2
Idea
palpable,
palabra
impalpable:
la poesía
va
y viene
entre lo que es
y
lo que no es.
Teje reflejos
y
los desteje.
La poesía
siembra
ojos en la página,
siembra
palabras en los ojos.
Los
ojos hablan,
las palabras
miran,
las
miradas piensan.
Oír
los
pensamientos,
ver
lo
que decimos,
tocar
el
cuerpo de la idea.
Los ojos
se
cierran,
las palabras se abren.
Ejemplo
La
mariposa volaba entre los autos.
Marie
José me dijo: ha de ser Chuang Tzu,
de
paso por Nueva York.
Pero la mariposa
no
sabía que era una mariposa
que
soñaba ser Chuang Tzu
o Chuang Tzu
que
soñaba ser una mariposa.
La
mariposa no dudaba:
volaba.
Octavio
Paz (1914- 1998)
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Poesía
William Carlos Williams: 3 poemas.
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| William Carlos Williams |
Entre muros
al
fondo
en
el ala
del
hospital
donde
ya
carbón
nada
crecerá
los
trozos
de
una botella
quebrada
brillan
verdes
A
manera de canción
Que
la culebra aguarde
bajo
el yerbal
y
la escritura sea
de
palabras, lentas rápidas, prontas
al
ataque, quietas en la espera,
insomnes.
—por
la metáfora reconciliar
gente
y piedras.
Componer.
(No ideas:
cosas.)
¡Inventa!
Saxífraga
es mi flor y abre
rocas.
El término
Un
chafado
pardo
papel
de
la longitud
y
el volumen
de
un hombre
lentamente
rueda
con el viento
una
y otra vez
en
la calle
un
auto la arrolla
y
contra el suelo
lo
aplasta. No
como
un hombre
se
levanta en el viento
una
y otra vez
se
enrolla desenrrolla
como antes
(Versiones Octavio Paz)
William
Carlos Williams ( 1883-1963 ). Poeta, narrador y ensayista.
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William Carlos Williams
Gabriel Jiménez Emán: POEMAS DEL SÁBADO EN EL BAR DE LA ESQUINA.
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| Gabriel Jiménez Emán |
Yo que me creía
Yo
que me creía un gran poeta
Que
me creía un hermoso imbécil con barba
Que
me creía un sol cotidiano
Ahora
me asomo al cuarto cerrado
De
mi espíritu
Y
veo peces dormidos bajo el agua
Veo
pájaros perdidos en la noche blanca
Veo
a mis ojos aparecer en la puerta de mi alma
Considero
también la posibilidad de irme por el cielo
A
beber cervezas con los amigos al lado de aquella nube
Que
me hace guiños detrás de la mejilla de Dios
Rasurado
Rasuro
mi piel con la maquinilla que ha rasurado tus piernas
En
la mañana deslizo la hojilla jabonosa por los poros de mi cara
Y
siento ahí la piel de tus piernas
Suavemente
la resbalo y ella narra la historia de mi piel
La
historia de tus piernas en mi rostro
La
narración de la ternura en mis bigotes
En
mi barba en mi nuca que se alebresta
Cuando
pasa de nuevo otra vez mojada
Del
agua salada de las lágrimas de mis ojos
Que
han pasado por la piel
De
tus piernas
El día se asoma
El
día se asoma a mí
A
ver un trozo de calma
Se
asoma a mi ventana a cantar
Con
los árboles de la mañana
Con
los pajaritos que engullen pétalos y gusanos
Tragan
sobras de pescado
El
día quiere devorar toda la música
De
mi pobre tocadiscos que se ha puesto a cantar
Como
un barítono
El día bendito me hace un guiño
Para
que le siga por los despeñaderos de las horas
Y
yo por supuesto
Acepto
su descabellada invitación
Bar
En
el bar de la esquina
La
silla traquetea resbala
chorreando
sol por la boca
chorreando
claridad por su ojo memorioso
Los
hilos perdidos en el recuerdo del otoño insomne
Los
ojos masticaban la soledad
Se
atragantaban de un azul dejado por los rincones
Donde
la música salía agazapada dando saltos de rana
Se
inicia de una vez la tenida en la barra donde las lenguas
Juegan
ardientes con las llamaradas de la costumbre
Con
los pies pegados a la tarde inmaculada
Especialista
en moldear realidades intangibles
Bar
barra bar testigo ciego de todos estos días
Dios
del ron del aguardiente y de las cervezas boquiabiertas
Botellas
con los cuellos repletos de sueños amarillos
Caracas
atolondrada en su cielo borracho
Paris
a lo lejos ahogada en su propia alma color vino
Tralalí
tralalá agüita dulce bocanada de sustos mañaneros
Desde
esta hermosa resaca
Que
juega con la marea de adentro
Hola Bukowsky
Dónde
aprendiste a boxear así Barfly
Dónde
aprendiste la técnica del insomnio
Ese
delirio conducido al escaño Hemingway
Al
escalón Lowry al rango Dylan Thomas
Te
seguimos como perros fieles Charles
Te
hacemos estallar en la madrugada urbana
Como
el Chino Valera como el viejo Caupolicán o el atarantado Pepe Barroeta
Y
los despatarrados pintores Edgar Giménez Emiro Lobo Ricardo Domínguez
Que
nos derribaron a patadas limpias y dulces
Con
un pie en el estribo directo hacia el abismo
Caídos
cada uno con un padrenuestro en la frente
La
mariposa de Bukowsky en los labios
Y
su verbo feroz cargado de esperanza
Perder
Perder.
Perder el tiempo
Perderse
en el cruce de caminos
Gastar
las horas no remendar nada
No
tener tan sólo desear
No
poseer tan sólo ocupar un espacio en el camino
O
delirar en el patio donde desperdiciamos la brisa ciega
Perder
ahí el tren o el andén
Perder
la billetera en el abismo del callejón
Perder
un amor sublime es esencial para el hallazgo
Para
situarse de lleno en la vía que no va a ninguna parte
Perder
el sentido
Perderlo
todo de un solo golpe
Gabriel Jiménez Emán (Caracas, Venezuela, 1950). Poeta, narrador y ensayista.
Obra publicada q.v. posts anteriores.
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Venezuela
jueves, 3 de abril de 2014
Jorge Luis Borges: Soneto para un tango en la nochecita.
| Jorge Luis Borges (1899-1986) |
¿Quién
se lo dijo todo al tango querenciero
cuya
dulzura larga con amor me detuvo
frente
a unos balconcitos de destino modesto
de
ese barrio con árboles que ni siquiera es tuyo?
Lo
cierto es que en su pena vi un corralón austero
que
vislumbré hace meses en un vago suburbio
y
entre cuyos tapiales hubo todo el poniente.
Lo
cierto es que al oírlo te quise más que nunca.
Arrimado
a la música me quedé en la vereda
frente
a la sola luna, corazón de la calle
y
entre el viento larguero que pasó arreando noche.
El
infinito tango me llevaba hacia todo.
A
las estrellas nuevas. Al azar de ser hombre.
Y
a ese claro recuerdo que buscan bien mis ojos.
(en
Caras y Caretas, Buenos Aires, 1926)
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| Jorge Luis Borges-Esteban Moore, (ca 1975) |
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Jorge Luis Borges,
Poesía
martes, 1 de abril de 2014
domingo, 23 de marzo de 2014
David Lagmanovich: Crueles provincias.
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| David Lagmanovich (1927-2010) |
Las estadísticas del Mandamás
Ante
las protestas del público, el ministro
de economía declaró que no había tal aumento del costo de vida, sino que todo
se debía a un mal manejo de las estadísticas. Cuando el Mandamás se enteró,
ordenó que todas las estadísticas fueran encarceladas, por difundir
rumores contrarios al bienestar general. El policía mayor, que
no se atrevía a aclarar la confusión de su amo, organizó una redada de jóvenes
prostitutas, a las que calificó como “estadísticas del malecón”. Las
presas fueron examinadas por el
Mandamás esa misma noche, en el sótano de la jefatura. Le gustó la estadística
más joven, una muchachita que afirmada tener 17 años pero no parecía pasar de
los 14, y se la llevó. En la madrugada, cuando el Mandamás dormía, agotado y
feliz por los ejercicios nocturnos, la chica lo mató con un cuchillo que
ocultaba entre sus ropas y desapareció. Días más tarde, entrevistada en la
televisión de un país vecino y rival, declaró que las estadísticas eran el amor
de su vida, y que la persecución sufrida justificaba sobradamente su reacción.
La caída del Mandamás
El
Mandamás se subió a una silla, frente a un gran espejo, para ensayar su próximo
discurso. La silla cedió ante el peso y el Mandamás se dio un porrazo. El
periódico oficialista, atento a toda noticia de palacio, informó sobre el
incidente con un gran título en que se destacaba la palabra “caída”. Gran parte
del pueblo, que había salido a la calle a festejar, fue ametrallada por la
policía. La silla no fue reparada.
Laprida
Subió
al taxi estacionado en la esquina de su casa y después de saludar al conductor
le dio la dirección: “San Martín y Laprida”. Mientras ponía en marcha el motor,
el hombre musitó; “Yo, Francisco Narciso de Laprida, cuya voz declaró la
independencia de estas crueles provincias”. El pasajero lo miró con asombro y
sintió la tentación de hacer una broma: “¿Usted es Laprida entonces?” El
conductor lo corrigió: “Yo fui Laprida. Ahora manejo un taxi”.
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David Lagmanovich,
Ficción
viernes, 21 de marzo de 2014
Gabriel Jiménez Emán:EL SECRETO DE BRAM STOKER.
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| Gabriel Jiménez Emán |
La fantasía
lírica, la fantasía simbólica, la fantasía gótica y macabra, la fantasía de
aventuras, la fantasía metafísica e incluso la fantasía modernista provienen
todas, tal y como las percibimos hoy, en mayor o menor grado, del romanticismo.
No hay zona de la fantasía occidental, sea ésta literaria, plástica o musical,
que no haya tenido origen, inspiración o rechazo en el romanticismo, el más
poderoso movimiento anímico de la historia de Occidente en los últimos
trescientos años. A él debemos lo mejor y lo peor, la inteligencia de Goethe y
las torpes sensiblerías españolas, le debemos Keats y las infames novelas
románticas hispanoamericanas. Le debemos el androide Frankenstein –surgido de
la imaginación juvenil de Mary Shelley-
y también el Drácula de Bram
Stoker, un símbolo del mal que funciona como imagen latente de seducción. Este
símbolo es a la vez el mayor de todos los mitos modernos. Nace, como el del
moderno Prometeo, literalmente de las cenizas, y es cultivado por igual en
Alemania e Inglaterra, primero en las plumas de los alemanes J.L. Tieck y E.T. Hoffmann. Ambos tienen a mujeres
vampiras como protagonistas de sus relatos, sobre todo el último, en su Tratado sobre la condición de los vampiros.
Estos se habían inspirado en leyendas centroeuropeas de succionadores de
sangre. El vampiro acabó por imponerse como una efectiva manera de introducir
las variantes mórbidas de la naturaleza humana en un solo animal –el
murciélago- creando un ente –el vampiro humano-
que es inmortal pero no es un dios; es de hecho una encarnación del
demonio, pero de un demonio culto, inteligente y extremadamente sensible.
Drácula es irreprochable. La perversión
vampírica que alude a la sexualidad y la expone como una forma de seducción,
nos confirma la imagen de la alteridad en lo romántico contemporáneo. Sobre
ello se ha escrito mucho y bien, desde análisis psicoanalistas firmados por el
mismísimo Freud, hasta acercamientos sociológicos o morales. A su vez, el
vampiro cuenta con la filmografía más variada de todos los monstruos modernos.
De éstos films, el Nosferatu de
Murnau y el de Werner Herzog le hacen justicia, y más recientemente, la
inspirada producción de Francis Ford Coppola. Tan fuerte ha sido la
personalidad de Drácula, que ésta terminó por vampirizar a su propio creador,
quien nació hace 150 años en Dublín y creó a su personaje hace 100, es decir,
que contaba con 50 años cuando lo hizo. Una buena edad, pienso, para madurar a
un monstruo tan recio.
Abraham
Stoker tenía un secreto entre varios: perteneció a una sociedad secreta: La
"Golden Dawn in the outer", un círculo de amantes del ocultismo donde
asistían William Butler Yeats, A. Conan Doyle y Robert Louis Stevenson, entre
otros. Pero antes de llegar a este nivel había sido un gris funcionario público
y un periodista. Datos de su vida nos informan que estudió en el Trinity
College de Dublín –la
Universidad protestante más célebre de Irlanda- (Oscar Wilde,
James Joyce y Samuel Becket pasarán por ella luego) desde 1861, y que fue buen
alumno en matemáticas. Dedicado desde la adolescencia a la filosofía y la
gimnasia, destacó en ambas. Fue Director de la Sociedad Filosófica,
a tiempo que se titulaba campeón universitario de atletismo. Según parece, esta
afición por la gimnasia provino de un grave problema de salud que causó su
invalidez siendo niño; le fue recomendada la gimnasia para rehabilitarse, y
entonces la practicó obstinadamente hasta convertirse en atleta.
Stoker
comenzó a escribir seriamente después de conocer a una figura clave en su vida:
el actor Henry Irving. La devoción hacia éste dio un giro radical a su
concepción del mundo. Trabaja como secretario de Irving desde 1878, después de
una larga década como funcionario público (1867-1877) de la que poco se sabe.
Comienza su afición al teatro y a la crítica de éste, en artículos que aparecen
en la prensa de Dublín. Irving poseía una fuerte personalidad, que apabulló al
principio a Stoker, lo cual hizo le hizo reaccionar radicalmente para librarse
de su exagerada influencia. Hay biógrafos de Stoker que establecen un paralelo
entre la relación de Stoker con Irving y la de Lord Byron y su médico y secretario John Pollidori. En una
apuesta en Villa Diodati, el grupo de románticos compuesto por Byron, Shelley y
Pollidori, a manera de reto lúdico se propusieron escribir historias de
vampiros y androides. Mary Shelley aceptó el reto y escribió Frankenstein; Pollidori el suyo y
escribió Vampyr. Poco después se
suicidaría, y Lord Byron popularizaría el Vampiro de Pollidori hasta casi
apropiárselo, gracias a su fama.
Algo
similar habría ocurrido entre Irving y Stoker, cuando ambos hablaban sobre la
posibilidad de recrear la historia de Vlad Dracul, de Transilvania. Irving
escribió una versión que está prácticamente olvidada, y en cambio su discípulo
Stoker la convirtió en la admirable novela que todos conocemos. Admirable
porque logra despojarla de un hálito romántico, y a través de una técnica
epistolar, de informes y diarios en contrapunto, crea un nuevo modo de contar,
fragmentario y nervioso, pero verosímil y objetivo. Tiene mucho de teatral,
nunca es lineal ni convencional, y me recuerda a las invenciones
pseudo-científicas de Poe.
Stoker hubo
de renunciar a sus funciones como Secretario de Irving para poder escribir su
novela. Tomó notas entre 1890 y 1895 y
apartó tiempo para escribirla en dos años. Según parece, fue un proceso
accidentado, donde realizó cambios y supresiones y donde el esquema narrativo
central no estaba nada claro, cuestión que resultó ventajosa a la larga, pues
crea ese efecto “nervioso” en el lector que produce el suspense. Stoker tomó en cuenta las narraciones orales del este de
Europa en su aspecto estilístico; se nutre de Carmilla, la obra de Sheridan Le Fanu, pero sin reconocer
expresamente el eco del escritor francés. De la presencia de la mujeres en Drácula se ha llamado la atención sobre
una posible misoginia de Stoker, por la manera brutal y despreciativa de
tratarlas que posee el Conde. Una lectura que podría desprenderse de la
“chupada” de Drácula es la de la tiranía del sexo, del vértigo que constituye
la interminable sed sexual, muy bien adaptada al consumismo de nuestro tiempo.
No es difícil advertir relaciones sádico-eróticas, algunas relacionadas directamente
con el coito, sobre todo a través de las sensaciones descritas por las mujeres,
como en el caso de una llamada Lucy: “tuve
una vaga sensación de algo largo y oscuro con ojos rojos y de pronto me rodeó
algo muy dulce y amargo a la vez, entonces me pareció que me hundía en agua
verde y profunda y escuché un zumbido tal como he oído decir que sienten los
que se están ahogando y luego todo pareció evaporarse y alejarse de mí, mi alma
pareció salir de mi cuerpo y flotar en el aire”. Finalmente, al vampirizar
a sus mujeres, Drácula las convierte en mujeres fálicas, despojándolas de sus
atributos mentales o espirituales o convirtiéndolas en poseedoras de pulsiones
eróticas sin ningún tipo de inhibiciones, dispuestas a chupar a otras mujeres
para convertirlas en nuevas mujeres fálicas. Recuérdese que Drácula jamás
muerde a los hombres: Stoker previene al varón contra el tipo de mujer
ninfómana. Sus heroínas no son tales, pues se desprecian de continuo a si
mismas y se presentan sumisas, maternales o inocentes, cuando no francamente
torpes. Sin embargo otra obra suya, La joya de las siete estrellas (alude a
la constelación de la Osa
Mayor), permite afirmar lo contrario: existe aquí una evidente afición hacia las
mujeres, una devoción casi enfermiza.
Drácula no sólo ha vampirizado a su autor,
sino a otras obras suyas como a esta Joya de las siete estrellas o La cueva del gusano blanco. La primera
la leí en inglés cuando era adolescente; la segunda la estoy leyendo ahora
gracias a la traducción de Javier Gómez Mompou en la edición de Montesinos
(Barcelona, España, 1987), advirtiendo en ella al comenzar su lectura que el
autor hace recaer sobre un gato las sospechas de un asesinato. Esta novela de
logros se desenvuelve en un ambiente de momias, egiptología y olores
embriagantes del pasado, y su estructura formal es perfectamente policial; el
suspense es tratado de modo maestro, y no deja lugar a dudas: Stoker es uno de
los grandes discípulos de Poe, e influyó notablemente en muchos escritores,
entre ellos a H.P. Lovecraft. Me parece más sobrio y menos adjetivado que
Lovecraft, y el conjunto de su literatura merece una relectura más allá de Drácula, que ahora está cumpliendo su
primer centenario. Sin embargo, conviene resaltar algunas cuestiones. Primero,
la ya citada resonancia no confesa de Le Fanu, que inspiró uno de los capítulos
del libro, titulado "El invitado de
Drácula", protagonizado por una vampira, que es también una Condesa, la Condesa Mircalla
(del que Carmilla es un anagrama); luego está el capítulo donde el castillo del
Conde es destruido totalmente, también suprimido pensando en una continuación
de la historia, que nunca tuvo lugar. Estos son datos comprobados.
Si alguien
que no haya leído el Drácula de
Stoker desea imaginar a su vampiro, debe tener como referencia al Nosferatu
calvo, con grandes uñas y pelos en las manos, dos grandes dientes filosos al
centro, (y no los colmillos caninos), y no al dandy refinado de las películas protagonizadas por Christopher Lee.
Lejos de cualquier purismo literario, creo que el Drácula cinematográfico ha
creado una iconografía propia, paralela, que debe respetarse, para mí tan
importante como la secuela producida en la literatura. El homenaje de Francis
Ford Coppola a Stoker me parece respetable, mucho más que el fallido tributo
que el mismo Coppola pretendió rendir al monstruo de Mary Shelley.
Bram Stoker
murió en 1912. Su novela había vendido para esa fecha más de un millón de
ejemplares, cifra astronómica entonces. Solucionó varios problemas económicos a
su autor, no todos, ni por asomo. El era un hombre con muchas deudas. ¿Cuáles
eran y por qué? Poco después de su muerte, -oh fatum- comenzaron las infinitas
reediciones, que no hay cesado hasta hoy. Su viuda Florence Stoker editó aquel
capítulo que su esposo había suprimido a última hora, haciéndolo pasar como un
relato independiente. Pero es justificable. Ella era su mujer.
Stoker
publicó 18 libros, poco citados en la literatura inglesa, aparte de Drácula. Los más logrados, al lado de los
ya citados, son quizá El misterio del
mar (1902), Impostores famosos (1910), Reminiscencias
personales de Henry Irving (1906) y ante todo La dama del sudario (1909), este último dedicado también al tema
del vampirismo, y poco divulgado. Por su parte, La joya de las siete estrellas ha corrido con mejor suerte, y ha
sido llevada al cine dos veces, primero por Seth Holt y Michael Carreras con el
nombre de Sangre en la tumba de la momia (1972);
luego por Mike Newell en El despertar,
protagonizada por Charlton Heston. Recomiendo ampliamente esta última. En La joya de las siete estrellas y
en La dama del sudario está el mejor
Stoker. Por su parte Drácula
sobrevivirá a las malas versiones fílmicas, pero en el fondo todas ellas
tendrán que reconocer a Stoker la autoría de una obra sólida. A él, al inválido
niño de Dublín, al adolescente atleta de Trinity College, al gris funcionario
que durante diez años incubaría el germen de una literatura que tendría que
diferenciarse forzosamente del primer prosista de su tiempo y miembro de la
"Sociedad del Ocaso Dorado": Robert Louis Stevenson, a la vez que
debía crear el nuevo género del horror gótico, que no había sido renovado desde
los tiempos de Ann Radcliffe. Con su obra, Stoker reacciona contra la literatura
de la época victoriana.
Admirable
resulta su obra en conjunto, su visión asombrada de la naturaleza humana, donde
no asoman las concesiones sentimentales ni los pretenciosos alegatos veristas
de lo cotidiano –de los cuales tenemos ya suficiente- , sino, todo lo
contrario: un afán controlado por penetrar en la conciencia de la finitud,
extrapolada y ampliada en la figura del muerto vivo, del vampiro inmortal,
-vivir en la muerte es un destino horrible pero también una suerte de
purificación- domando la fantasía en su condición omnipresente, y extrayendo de
ella plenas verosimilitudes. Ello nos permite también asomarnos al secreto
primordial del mal como posibilidad creadora; no como negación del bien, sino
como manera de imbuir el espíritu en su doble faz masculino-femenina de
seducción o placer, y de desnudarla
toda, en su triste y memorable acontecer.
© Copyright
2014 Gabriel Jiménez Emán
Gabriel Jiménez Emán (Caracas, 1950), escritor venezolano destacado
por su obra narrativa y poética, la cual ha sido traducida a varios idiomas y
recogida en antologías latinoamericanas y europeas.Vivió cinco años en Barcelona y ha representado a Venezuela en eventos internacionales en Atenas, París, Nueva York, México, Sevilla, Salamanca, Oporto, Buenos Aires, Santo Domingo, Ginebra y Quito. En el terreno cuentístico es autor de Los dientes de Raquel (La Draga y el Dragón, 1973), Saltos sobre la soga (Monte Ávila, 1975), Los 1001 cuentos de 1 línea (Fundarte, 1980), Relatos de otro mundo (1988) Tramas imaginarias (Monte Ávila, 1990), Biografías grotescas (Memorias de Altagracia, 1997), La gran jaqueca y otros cuentos crueles (Imaginaria, 2002), El hombre de los pies perdidos (Thule, España, 2005) y La taberna de Vermeer y otras ficciones (Alfaguara, Caracas, 2005) Había una vez…101 fábulas posmodernas (Alfaguara, 2009) y Divertimentos mínimos. 100 textos escogidos con pinza (La parada literaria, Barquisimeto, 2011), Consuelo para moribundos y otros microrrelatos (Ediciones Rótulo, San Felipe, Estado Yaracuy, 212), Cuentos y microrrelatos (Monte Ávila Editores Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, Caracas, 2013), Gabriel Jiménez Emán. Literatura y Existencia. Valoración Múltiple de su obra Varios autores (Imaginaria, San Felipe, estado Yaracuy, 2013).
En el campo novelístico es autor de La isla del otro (Monte Ávila, 1979), Una fiesta memorable (Planeta, 1991), Mercurial (Planeta, 1994), Sueños y guerras del Mariscal (Tres ediciones: Sueños y guerras del Mariscal, Ediciones B, Bruguera, Caracas, 2007; Sueños y guerras, Fondo Editorial Eugenio Espejo, Quito, Ecuador, 2010; Sueños y guerras, Alba Bicentenario, Narrativa, Editorial Arte y Literatura, La Habana, Cuba, 2012)), Paisaje con ángel caído (Imaginaria, 2004) y Averno (El Perro y la Rana, 2007).
Sus libros de ensayos literarios son Diálogos con la página (Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1984), Provincias de la palabra (Planeta, Caracas, 1995), Espectros del cine (Cinemateca Nacional, Caracas, 1998), El espejo de tinta (Fondo Editorial Ambrosía, Caracas, 2007), Una luz en el camino. Fundamentos de ética para adolescentes (Biblioteca Básica Temática, Ministerio del Poder Popular para la Cultura, Caracas, 2004), El contraescritor (Editorial El perro y la rana, Caracas, 2008) e Impreso en la retina. Crónicas de un adicto fílmico (Universidad Experimental de Yaracuy, San Felipe, Estado Yaracuy, Venezuela, 2010).
Es autor de los libros de poesía Materias de sombra (Premio Monte Ávila de Poesía, 1983), Narración del doble (Fundarte, Caracas, 1978), Baladas profanas (La oruga luminosa, San Felipe, Estado Yaracuy, 1993) y Proso estos versos (Círculo de Escritores de Cojedes, 1998), Historias de Nairamá (Fondo Editorial del Caribe, 2007), Balada del bohemio místico. Obra poética 1973-2006 (Monte Ávila Editores, Caracas, 2010).
Ha realizado una amplia labor como investigador y antologista, entre cuyas obras se encuentran: Relatos venezolanos del siglo XX (Biblioteca Ayacucho, 1989), El ensayo literario en Venezuela (La Casa de Bello, Caracas, 1988), Mares. El mar como tema en la poesía venezolana (Banco Unión- Ateneo de Caracas, Premio ANDA, 1990), Ficción Mínima. Muestra del cuento breve en América, (Fundarte, Caracas, 1996), Noticias del futuro. Clásicos literarios de la ciencia ficción (Fundación Editorial El perro y La rana, 2010), En Micro. Antología del microrrelato venezolano (Alfaguara, Caracas, 2010). Es traductor de poesía de lengua inglesa y editor independiente. Dirige la revista y las ediciones Imaginaria, dedicadas a lo inquietante y lo fantástico. Dirige Imagen. Revista latinoamericana de Cultura, publicación del Ministerio del Poder Popular para la Cultura (Caracas, Venezuela, 2013
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Ensayo,
Gabriel Jiménez Emán,
Literatura,
Venezuela
Fernando Denis: LA SUAVE MEMORIA DE LOS VIENTOS.
La
poesía es la búsqueda
de la primera palabra, de la primera voz, de la primera piel escrita en la aurora del
mundo; es el color de la especie dándole un sueño a la mirada, al agua
vertical, a los espejos; es el sonido
que viaja desde un símbolo hasta los
aromas de un jardín que lo recibe, que lo guarda para siempre, y a su vez
adquiere la forma que le da ese símbolo.
La poesía es la voz de la piedra hablando con la escultura que la habita, que
corrige sus formas, su ciega infancia en las orillas de un bosque antiguo o en
las riveras del sur o en la genealogía de un zafiro o de un ágata. La poesía descansa en el fondo de sí misma y
renace en cada suspiro de las sílabas, en cada gesto de la primera luz. Por eso
con el primer suspiro del lenguaje nacemos todos y la poesía nos gobierna.
El mejicano del siglo, Octavio
Paz, al comienzo de su hermoso
libro “El arco y la lira”, escribió para siempre: “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz
de cambiar el mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un
método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro”. Quizá por eso mismo el poema justifica cualquier circunstancia de la
vida de un ser humano, lo salva de sí mismo y convierte su biografía en una
mitología privada, lo devuelve al sueño
que lo mantiene vivo.
Hay un cúmulo de músicas, un
rumor de hojas que atraviesa el continente, en el poema de Florencio Salazar;
es una especie de caracola que se acerca desde hace siglos arrastrando con su sílaba el mar del
Golfo de México, el mar interior y el mar que está en las palabras.
Lleno de interrogantes sobre la
soledad de las palabras, y su vago sentido común, este libro
se abre como un crisol con un soplo
del Norte y trae el canto del
Quetzal, trae los matices de una lengua ancestral que le sirven para pintar el
rostro de lluvia, la intrincada geografía de un sueño, su mapa trazado en la
piel de alguna musa mejicana, y en su regazo, Florencio Salazar, el peregrino,
el poeta, ese judío errante y amanuense, inicia su recorrido al igual que Dante
en busca de algún tesoro, de alguna palabra escondida:
“Otra vez andar entre la selva y sus sonidos/
con la frescura de las murmuraciones líquidas/ entre el incendio solar y el
resplandor nocturno”.
Estos
versos poderosos de “Viento
de distintos lados”, intentan
justificar el desenfreno de ese trasegar por los mundos que son uno solo, recogidos en la mirada, en el núcleo central
donde duerme el ángel, allí donde los vientos recuestan su cabeza, pensativos,
tramando quizá la azul enredadera, el vespertino asombro donde Florencio
desnuda su plegaria y espera el hondo, el insomne, el intenso murmullo de la
hoguera para leerse en su llama, y
renacer de nuevo en una hoja en blanco, o en una hoja de laurel, como le
gustaría que fuera su página, la otra piel que lo habita.
El viento enciende
sus flautas junto a los estanques, gira en torno a un patio de Chilpancingo, y
el eco lo recoge Aurelio Arturo en su humilde cuarto del sur:
“He escrito un
viento, un soplo vivo
del viento entre
fragancias, entre hierbas
mágicas; he narrado el viento,
sólo un poco de viento”.
En el siguiente
verso que Aurelio Arturo no escribió, anochece. Para Marguerite Yourcenar la
noche es ese lugar donde vuelve a ser posible todo el universo. Y es ahí donde
los vientos recobran su nombre, los alisios,
los monzones, el siroco, los vientos anónimos que narran la biografía
del pájaro que desciende a la conciencia del poeta, las ráfagas que iluminan su
mente, los huracanes, los vientos planetarios que leen el tarot al llegar la
noche, vientos que compraría Saint-John Perse
bajo el crepúsculo antillano. El sueño se disgrega bajo la vertical
simetría de la lluvia, el verso se aferra a su madera como una guitarra, la que
espera la mano de nieve y su instinto secular;
la que va por sedientos corredores de mármol y abre todas las ventanas para que entre el
oído del tiempo, ese otro fantasma que
siempre nos corrige, que siempre tiene la razón.
Este verso
resuena en todos los balcones:
“…ansiedad y búsquedas pensadas/surgen del
ritmo llorón de la guitarra”.
Son
palabras que vibran en el viento, sostenidas por cuerdas, como cometas de
colores en la infancia, elevadas
sobre el Gólgota con el hilo de Ariadna, o quizá con el hilo de la razón,
aunque las palabras pierdan su equilibrio en la garganta. Otras veces el viento
llora en un arpa, esa suave sonoridad reconquistada en la sombra por la mano
ebria y desolada:
“Al mirarte mis manos enfebrecen /en el arpa
del viento /y el ansia se torna ardoroso sacudimiento”.
El dolor de
la madera bajo las cuerdas íntimas sacude el universo, lo distrae, lo envenena
de una nostalgia antigua y bienhechora, capaz de albergar toda la soledad de
Méjico y sus alrededores, la fervorosa humildad de sus rancheras y sus
corridos. El comercio íntimo de
Florencio Salazar con la música, con la soledad sonora que traducen los
vientos, lo libera y al mismo lo ultraja, lo obliga a tener un contacto más
sutil con la realidad, le impone el candoroso ejercicio del lenguaje, la
búsqueda inequívoca de su entronado yo en sílabas que sofocan el rigor de una
sensibilidad abigarrada, soñadora, cargada con los mitos de la infancia,
recogida en su Edipo y llevada con fluidez hasta la cólera del desierto, donde,
con marcado acento, se puede pedir un vaso de agua. Gira el viento, el ave
retira la forma de un color. Y mientras el poeta sucumbe
a la frugal inteligencia de su noche, al rigor de su noche, mientras
busca el verso alado, la metáfora
salvadora, el viento del sur, el Pampero, le trae noticias de Borges, de
Macedonio Fernández, de Pablo Neruda, y
también gestos distantes del campanario, y aullidos y matracas y el rechinar de
la rueda en la honda pesadilla, y el delgado silbido del desierto que lo
regresa a esa pregunta inicial que jamás ha tenido respuesta: ¿Cuáles son mis
palabras? ¿Con qué me defiendo? Aquí
vuelve a sentirse un estruendoso rumor de hojas: Octavio Paz toca todas las
puertas, se asoma al vacío desde donde se origina la palabra, desde esa orilla murmura:
“El poeta no escoge sus palabras. Cuando se
dice que un poeta busca su lenguaje no quiere decir que ande por bibliotecas o
mercados recogiendo giros antiguos y nuevos, sino que, indeciso, vacila entre
las palabras que realmente le pertenecen, que están en él desde el principio…”.
Y después, nos recuerda que “las palabras del poeta son también las de la tribu, o lo serán algún
día”.
Florencio ha
sufrido con humildad cada minuto de palabra interior, toda esta sed acumulada
durante años, cada agobiante secreto no revelado, cada retórica intención de
acercarse al idioma con el afán de ser recibido en su palacio verbal: no le es
tan grave una desilusión amorosa como una desilusión del lenguaje. Y esto me
recuerda un verso varias veces hermoso de Ezra Pound:
“Y hasta en sueños te me has negado
y sólo me has enviado a tus
doncellas”
“Vientos de distintos lados” es
el libro de un hombre que reclama su
porción de infinito al lenguaje, escrito a cuatro manos por la soledad y la añoranza,
aunque una soledad ingrávida corregida por el ángel, y en cuyo pulso aún sueña
despierto un paisaje perdido. Estos poemas suscitan una embriaguez interior,
aunque no desdeñan los pormenores de una vida sedimentada por el esfuerzo y la
cordura, plagada de una sensibilidad desconcertante, herida, estudiada y
corrompida por la belleza, calcando las simetrías de un asombro que lo llama
desde niño, que lo empuja a coleccionar instantes irrepetibles, a perdurar en
esa sílaba que va y viene como el mar, como la memoria de los vientos.
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