Blog sin fines de lucro (Non Profit)de la palabra poética, traducción, crítica literaria, Charles Bukowski, Raymond Carver, Sam Hamill, Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, cultura,costumbres y el buen asado criollo. edmundokirk58@gmail.com. Colaboradores: Demian Paredes, Alejandro Elissagaray; Vanesa Malrossa; Maggie Culligan; Antonio Meloni; Ignacio Oliden; Edmundo Kirk, Patricia Ogan Rivadavia. Contacto: edmundokirk58@gmail.com
martes, 13 de octubre de 2015
martes, 6 de octubre de 2015
Gabriel Jiménez Emán: NIHILISMO Y CRÍTICA SOCIAL EN ALLEN GINSBERG
![]() |
| Allen Ginsberg |
I
Hay dos figuras
referenciales en el mundo de Allen Ginsberg: Walt Whitman y Vachel Lindsay.
Ambas sembraron en él nutrientes para construir una poética alimentada con las
mejores fuentes de rebeldía en los Estados Unidos. A Whitman lo encuentra cien
años después en los pasillos de Un
supermercado en California hurgando entre frutas, duraznos, el neón, las
penumbras y los corredores con maridos o bebés, donde de paso se topa a García
Lorca junto a las sandías. Ginsberg puede pintarnos a Whitman, viejo solitario
y crápula, hurgando entre las carnes en el refrigerador y mirando de reojo a
los muchachos del almacén. En este poema en prosa – donde Ginsberg se
identifica con la homosexualidad de su maestro-- recorre con él el supermercado probando
golosinas, y después fuera del local van ambos por las calles solitarias
soñando con una América perdida. En este poema hay una prefiguración de otro que
no por casualidad tiene el título de América:
nación inmersa en la “guerra humana” que usa la bomba atómica y sobre la que el
poeta se pregunta: “América, ¿por qué tus
bibliotecas están llenas de lágrimas? / Me disgustan tus locas exigencias (…)
Tu maquinaria es demasiado para mí / tú me hiciste querer ser un santo”.
En Vachel Lindsay se inspiró
Ginsberg para recorrer Estados Unidos leyendo sus poemas ante grandes
auditorios, e intentando recuperar la condición de bardo de multitudes, de
trovador acompañado de música y gestos teatrales, como lo hacía Lindsay yendo
de casa en casa y diciendo sus poemas a cambio de comida o alojamiento. A
Vachel le dedicó un poema “A Lindsay”, donde al final le ve sentado con sus
tirantes en una cama: “la sombra de tu
mano levanta una pistola sobre tu cabeza / tu sombra cae sobre el piso”, dice
de modo conmovedor.
Ginsberg y sus amigos del grupo
Beatnik, (Ferlinghetti, Kerouac, Burroughs, Kesey y Corso, entre otros, no
todos necesariamente escritores) emularon esta actitud de bardos públicos que
combinaban su nihilismo con la crítica social en un momento tan decisivo para
la cultura del siglo XX como la década de los años 60 en el siglo XX, en que la
política bélica de las potencias y las megacorporaciones de Estados Unidos
estaban causando estragos en el mundo (lo cual no cesa hoy, y es por ello,
entre otras cosas, que están tan vigentes), los beatniks coparon entonces la
escena con sus actitudes contestatarias, rebeldes y bohemias que motivaron y
movilizaron no sólo a numerosos jóvenes de su país, sino de varios países
americanos y europeos donde su radio de influencia se dejó sentir,
especialmente en Francia y en América Latina. Venían los beatniks de admirar a
los músicos de jazz (negros que habían logrado una expresión a contracorriente
de la cultura blanca) y luego pasarían a formar parte de una serie de
movimientos donde se destacan los hippies, el underground, los happenings, el
camp, el action painting, la
experimentación con drogas (que dio origen al arte psicodélico y al pop, y no a
una mera drogadicción), el rock ácido y el cine francés de la nouvelle vague irían todos ellos a
constituir un movimiento contracultural donde participaban movimientos
filosóficos o psicológicos como el marxismo, el existencialismo, el budismo
oriental y el psicoanálisis en autores como Jean Paul Sartre, Albert Camus, Theodore
Rozack, Herbert Marcuse, Norman Brown, Alan Watts o Susan Sontag. Tales experiencias atentaban contra
la cultura institucional (rígida, heredada, diseñada y difundida por los mass media para que nada cambiara) y a
la postre vendría a definir el mercantilismo aupado por el capitalismo, la
dominación ideológica llevada cabo por el cine de Hollywood (al cual los beats
llamaban disneynisación) y el uso de
una tecnología desenfrenada, propiciadora del consumismo.
Justamente, Allen
Ginsberg se convierte en uno de los adalides de esta nueva actitud,
expresada a través de sus desenfadados
versos torrenciales, enumeraciones delirantes y un brillante coloquialismo,
imperfecciones deliberadas que llevan implícitas una crítica al arte “hecho” o
“equilibrado” que ostentan los perfeccionismos formales europeos como el
clasicismo, el simbolismo y luego el modernismo hispanoamericano. En 1955,
Ginsberg publicó su Aullido en
Inglaterra y al año siguiente en San Francisco, donde se deja llevar por una
marea de asociaciones libres de la mente, por un caudal que puede ser violento
o estridente (aunque diferenciado del surrealismo) pero también musical y
encantatorio, poblado de prosaísmos vigorosos que implican todos ellos una tensión.
“Estoy contigo en Rockland / donde las
facultades del cráneo ya no admiten los gusanos de los sentidos (…) Estoy
contigo en Rockland / donde golpeas en el piano catatónico que el alma es
inocente e inmortal y no debería morir impíamente en un manicomio armado.”
Asimismo, Ginsberg
deja ver lo más desnudo de su condición judía en Kaddish y otros poemas (1960),
libro donde a partir del lamento por la muerte de su madre, hace una
descarnada autocrítica donde predomina una visión caleidoscópica de la realidad
que incluye descripción de calles, establecimientos, estaciones, oficinas,
carreteras, bahías y paisajes de todo tipo; recurso que le permite la
identificación plena de lugares determinados, y con ello la precisión de un topos muy suyo (Ginsberg nació en New
Jersey en 1926) pero también una condición mental interior: “Polvosos sacos de correo llenándose / 1948
N.Y. octava avenida fue / o cuando Peter conducía el camión / de corres 1955 /
desde el anexo rincón / resplandor de luces brillantes en el parabrisas /
temblor de adrenalina en los hombros (…) No será ocioso anotar que
Ginsberg, antes de estudiar en Columbia, fue portero, cafetero, marino y
reseñador de libros en la revista Newsweek.
También un activo fotógrafo y memorialista de su generación, con varios
libros de fotografías editados. Muchas de éstas fueron expuestas en el Museo
Whitney de Nueva York en 1995, dentro de una gran exposición que se dedicaría
al revolucionario grupo. Otros libros suyos que debemos mencionar son Espejo vacío (1960), Sándwiches de realidad (1963) y Noticias del planeta (1969). El poeta
dejaría de existir en 1997.
Creo que le debemos
a este poeta el haber realizado una crónica alucinante de la realidad, una
lectura transfiguradora que es a su vez una mirada lúcida y crítica de su país,
con todo lo que ésta logra cuando desnuda desde conflagraciones bélicas hasta
la vida en tugurios, burdeles y aventuras amorosas y existenciales,
experiencias con drogas en textos que pueden parecer letanías, evocaciones o
constituir en si mismos imágenes abigarradas de ciudades que revientan en su
paradoja de lujo y miseria, de placer y muerte, de amor y de horror.
II
En el año 1985
estuve en Roma, Italia, asistiendo a un Festival Mundial de Poesía en Villa
Borghese, junto a los poetas venezolanos Carlos Contramaestre, Ramón Palomares
y Enrique Hernández D’ Jesús. Había escritores de diferentes nacionalidades.
Entre los muy conocidos que recuerdo estaban Juan Gelman, Alberto Moravia,
Allen Ginsberg, Gregory Corso (a quien Ginsberg salvó de la locura por medio de
la catarsis poética) y Leroy Jones (Amiri Baraka) a quienes me acerqué un rato
para charlar con ellos. Saludé a Ginsberg y a Corso; recuerdo que Corso libaba
frenético de una botella de whisky y me ofreció un trago, que inmediatamente
acepté. En cambio Ginsberg aspiraba extasiado un cigarrillo de marihuana; al
rato subió al escenario pero no a leer sus poemas, sino a tocar el banjo.
Acompañó con el instrumento a un grupo de jazzistas y cantantes country, y lo
hizo muy bien.
En el fondo, los
beatniks fueron unos trovadores que decían a la gente sus poemas o canciones,
como lo habían hecho Whitman o Lindsay, y como luego lo harían Bob Dylan, John
Lennon o Tom Waits; en América Latina serían Víctor Jara, Violeta Parra,
Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, Alí Primera, Ismael Rivera, Juan Luis Guerra o
Rubén Blades; en España Joan Manuel Serrat o Joaquín Sabina; en Francia Georges
Moustaki y en Canadá Leonard Cohen. En fin, cantautores, trovadores y jazzistas
influirían en un buen número de escritores y músicos en varios países; en
Venezuela los ecos de Ginsberg y los poetas beat se hacen notar en la poesía de
Víctor Valera Mora, Caupolicán Ovalles, William Osuna, Jorge Nunes, Julio
Valderrey, Gabriel Jiménez Emán, Benito Mieses y Antonio Robles, entre otros.
En el fondo, a quienes hacemos caso omiso de los convencionalismos cívicos y de
las poses de poetas “exitosos” laureados o premiados por academias (incluyendo
al aburrido Premio Nobel, al que Jean Paul Sartre rechazó con toda razón) le debemos
algo a Ginsberg, principalmente por haber tuteado a nuestro abuelo Whitman e
invocado al entrañable García Lorca, pero también por incluir en su lista nada
menos que a Mahoma y a Cristo: los acercó a todos ellos a nosotros y con ello
nos aproximó también a una actitud más fresca y sincera de apreciar la
literatura; a ser más humanos y auténticos en el momento de asumir nuestras
responsabilidades personales, sino con
el objeto asumir un compromiso social como agentes históricos que somos, renunciando a los clisés e imposiciones del
poder, y poder despojarnos de prejuicios para vislumbrar, con mayor
ecuanimidad, caminos más libres de transitar la condición humana.
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| G.J.E, E.M., Caracas 2015 |
Gabriel Jiménez Emán (Caracas, 1950), escritor
venezolano destacado por su obra narrativa y poética.Los dientes de Raquel (La Draga y el Dragón, 1973), Saltos
sobre la soga (Monte Ávila, 1975), Los 1001 cuentos de 1 línea
(Fundarte, 1980), Relatos de otro mundo (1988) Tramas imaginarias
(Monte Ávila, 1990), Biografías grotescas (Memorias de Altagracia,
1997), La gran jaqueca y otros cuentos crueles (Imaginaria, 2002), El
hombre de los pies perdidos (Thule, España, 2005) y La taberna de
Vermeer y otras ficciones (Alfaguara, Caracas, 2005) Había una vez…101
fábulas posmodernas (Alfaguara, 2009) y Divertimentos mínimos. 100
textos escogidos con pinza (La parada literaria, Barquisimeto, 2011), Consuelo
para moribundos y otros microrrelatos (Ediciones Rótulo, San Felipe, Estado
Yaracuy, 212), Cuentos y microrrelatos (Monte Ávila Editores Biblioteca
Básica de Autores Venezolanos, Caracas, 2013), Gabriel Jiménez Emán.
Literatura y Existencia. Valoración Múltiple de su obra Varios autores
(Imaginaria, San Felipe, estado Yaracuy, 2013).
En el campo novelístico es autor de La isla del otro (Monte Ávila, 1979), Una fiesta memorable (Planeta, 1991), Mercurial (Planeta, 1994), Sueños y guerras del Mariscal (Tres ediciones: Sueños y guerras del Mariscal, Ediciones B, Bruguera, Caracas, 2007; Sueños y guerras, Fondo Editorial Eugenio Espejo, Quito, Ecuador, 2010; Sueños y guerras, Alba Bicentenario, Narrativa, Editorial Arte y Literatura, La Habana, Cuba, 2012)), Paisaje con ángel caído (Imaginaria, 2004) y Averno (El Perro y la Rana, 2007).
Sus libros de ensayos literarios son Diálogos con la página (Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1984), Provincias de la palabra (Planeta, Caracas, 1995), Espectros del cine (Cinemateca Nacional, Caracas, 1998), El espejo de tinta (Fondo Editorial Ambrosía, Caracas, 2007), Una luz en el camino. Fundamentos de ética para adolescentes (Biblioteca Básica Temática, Ministerio del Poder Popular para la Cultura, Caracas, 2004), El contraescritor (Editorial El perro y la rana, Caracas, 2008) e Impreso en la retina. Crónicas de un adicto fílmico (Universidad Experimental de Yaracuy, San Felipe, Estado Yaracuy, Venezuela, 2010).
Es autor de los libros de poesía Materias de sombra (Premio Monte Ávila de Poesía, 1983), Narración del doble (Fundarte, Caracas, 1978), Baladas profanas (La oruga luminosa, San Felipe, Estado Yaracuy, 1993) y Proso estos versos (Círculo de Escritores de Cojedes, 1998), Historias de Nairamá (Fondo Editorial del Caribe, 2007), Balada del bohemio místico. Obra poética 1973-2006 (Monte Ávila Editores, Caracas, 2010).
Ha realizado una amplia labor como investigador y antologista, entre cuyas obras se encuentran: Relatos venezolanos del siglo XX (Biblioteca Ayacucho, 1989), El ensayo literario en Venezuela (La Casa de Bello, Caracas, 1988), Mares. El mar como tema en la poesía venezolana (Banco Unión- Ateneo de Caracas, Premio ANDA, 1990), Ficción Mínima. Muestra del cuento breve en América, (Fundarte, Caracas, 1996), Noticias del futuro. Clásicos literarios de la ciencia ficción (Fundación Editorial El perro y La rana, 2010), En Micro. Antología del microrrelato venezolano (Alfaguara, Caracas, 2010). Es traductor de poesía de lengua inglesa y editor independiente. Dirige la revista y las ediciones Imaginaria, dedicadas a lo inquietante y lo fantástico. Dirige Imagen. Revista latinoamericana de Cultura, publicación del Ministerio del Poder Popular para la Cultura (Caracas, Venezuela, 2013).
En el campo novelístico es autor de La isla del otro (Monte Ávila, 1979), Una fiesta memorable (Planeta, 1991), Mercurial (Planeta, 1994), Sueños y guerras del Mariscal (Tres ediciones: Sueños y guerras del Mariscal, Ediciones B, Bruguera, Caracas, 2007; Sueños y guerras, Fondo Editorial Eugenio Espejo, Quito, Ecuador, 2010; Sueños y guerras, Alba Bicentenario, Narrativa, Editorial Arte y Literatura, La Habana, Cuba, 2012)), Paisaje con ángel caído (Imaginaria, 2004) y Averno (El Perro y la Rana, 2007).
Sus libros de ensayos literarios son Diálogos con la página (Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1984), Provincias de la palabra (Planeta, Caracas, 1995), Espectros del cine (Cinemateca Nacional, Caracas, 1998), El espejo de tinta (Fondo Editorial Ambrosía, Caracas, 2007), Una luz en el camino. Fundamentos de ética para adolescentes (Biblioteca Básica Temática, Ministerio del Poder Popular para la Cultura, Caracas, 2004), El contraescritor (Editorial El perro y la rana, Caracas, 2008) e Impreso en la retina. Crónicas de un adicto fílmico (Universidad Experimental de Yaracuy, San Felipe, Estado Yaracuy, Venezuela, 2010).
Es autor de los libros de poesía Materias de sombra (Premio Monte Ávila de Poesía, 1983), Narración del doble (Fundarte, Caracas, 1978), Baladas profanas (La oruga luminosa, San Felipe, Estado Yaracuy, 1993) y Proso estos versos (Círculo de Escritores de Cojedes, 1998), Historias de Nairamá (Fondo Editorial del Caribe, 2007), Balada del bohemio místico. Obra poética 1973-2006 (Monte Ávila Editores, Caracas, 2010).
Ha realizado una amplia labor como investigador y antologista, entre cuyas obras se encuentran: Relatos venezolanos del siglo XX (Biblioteca Ayacucho, 1989), El ensayo literario en Venezuela (La Casa de Bello, Caracas, 1988), Mares. El mar como tema en la poesía venezolana (Banco Unión- Ateneo de Caracas, Premio ANDA, 1990), Ficción Mínima. Muestra del cuento breve en América, (Fundarte, Caracas, 1996), Noticias del futuro. Clásicos literarios de la ciencia ficción (Fundación Editorial El perro y La rana, 2010), En Micro. Antología del microrrelato venezolano (Alfaguara, Caracas, 2010). Es traductor de poesía de lengua inglesa y editor independiente. Dirige la revista y las ediciones Imaginaria, dedicadas a lo inquietante y lo fantástico. Dirige Imagen. Revista latinoamericana de Cultura, publicación del Ministerio del Poder Popular para la Cultura (Caracas, Venezuela, 2013).
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Gabriel Jiménez Emán
sábado, 3 de octubre de 2015
Novedad Editorial: Ernesto Simón
Argentinos por nada es un libro donde los fantasmas del pasado vuelven a gravitar en
una suerte de historia cíclica que se va colando en cada una de las tramas. Tal
como dice en la contratapa el humorista gráfico Sergio Langer: “un grupo de
argentinos exiliados en París, arrojados a la soledad y al resentimiento, y un
final pesadillesco con Sui Generis de fondo marcan el ritmo de Argentinos
por nada, uno de los cuentos que da título al nuevo libro de Ernesto
Simón”. Y agrega: “La historia argentina de los últimos 50 años pasada a través
de una minipimer monstruosa que en apenas segundos nos tritura y nos
teletransporta al desastre”. Allí aparecen personajes que parecían olvidados
pero que de un modo inexplicable recobran vida en estas páginas, tal el caso de
Vandor, López Rega, Firmenich, Perón, Alfonsín, Menem, De La Rúa, Duhalde, Néstor y
Cristina.
“El asado y el vino barato, a
granel, convocan a los fantasmas del pasado”, explica Langer, y remata: “la
frustración y la rabia harán el resto. Argentinos
por nada es un viaje al todo, un viaje al corazón de nosotros mismos”.
Este es el segundo libro de
Ernesto Simón, quien en 2013 publicó las microficciones 77 historias, periodista
nacido en San Juan donde actualmente reside y ejerce. Escribe además para diario
Perfil, para el diario mendocino MDZ y para diferentes revistas de rock
del país.
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Novedad Editorial
jueves, 1 de octubre de 2015
martes, 29 de septiembre de 2015
Fernando Aínsa:
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| Fernando Aínsa |
Mamá sentada en el sofá
con un vaso de whisky en la mano
Por eso (y por más cosas)
recuerdo muchas veces a
mi madre
Ángel González, “Primera evocación”
En el sofá
—bajo el
gran espejo comprado al borde de una carretera,
ante la
granja desahuciada
aquella
tarde gris de nuestro deambular dominical por la provincia—
se sienta mamá todas las tardes.
Espera que volvamos de trabajar con un vaso de
whisky en la mano.
Las piernas cubiertas con una manta,
dice que hace frío en nuestra casa.
Se queja que nuestra calefacción es antigua,
funciona mal
y la bajamos por ahorrar.
Mamá viene del Sur
—donde hay
pinos y sol—
a visitarnos dos veces al año,
cada vez más cansada y más ausente.
Hace un
esfuerzo al que llama “deber”
cuando baja
del tren con un maletín como todo equipaje.
En casa, mira por la ventana cómo llueve sin parar,
aunque parece distraída,
tal vez piensa en otra cosa.
“Así es nuestra ciudad, fría y lluviosa.
¡Qué le
vamos a hacer!”,
le digo al
regresar por las tardes.
Mi rostro
reflejado sin querer en el espejo,
me siento a su lado e intento escucharla,
Promediado el vaso de whisky,
—según ella,
prescrito por el médico para regular su tensión y el corazón agitado—
hilvana recuerdos, muchas veces los mismos:
aquel rencor no superado contra mi padre,
mi infancia,
cuando era inocente y tenía bucles dorados,
mi vida
actual alienada por el trabajo
y la
cantinela “te alimentas mal, demasiada carne y poca fruta”.
No falta el recuerdo reiterado de su hermano
—mi tío
Alfonso ejecutado en la guerra civil —
y la llama temblorosa con que ilumina su foto en
uniforme republicano
sobre una vieja cómoda en la casa del Sur.
La voz de mamá se aleja y se pierde en la confusión
y la niebla
de un pasado
deshilvanado.
(Yo también
estoy ausente y pienso en otra cosa)
En los pequeños sorbos de su vaso retoma el aliento
y siento cómo los años se amontonan en desorden.
La recuerdo hermosa y enérgica,
cambiaba los muebles de lugar en noches de
insomnio,
iluminaba la casa de madrugada para una fiesta sin
sentido.
Así era mamá,
buena
cocinera, capaz de zurcir un calcetín en la dura posguerra,
de lavarle
el pelo a mi padre, sentado satisfecho al sol en la terraza,
la espuma
jabonosa en una vieja palangana.
Macetas con hierbas aromáticas regadas con cuidado
y un canario
trinando sin
parar en la ventana.
En las horas de ocio, que no eran muchas, tejía
bufandas y chalecos
para toda la familia.
Así era
mamá,
antes del
estallido familiar y la partida sin reconciliación,
como esa
guerra que nos dividió sin otro consuelo que la memoria.
Cuando mamá baja del tren con su maletín de cuero
(muchos
medicamentos encierra)
o cuando se sienta en el sofá con un whisky en la
mano,
es otra.
Su mundo se
reduce a medida que el frío le sube por las piernas.
Algún día me
pasará lo mismo
—me decía,
ya entonces—
cuando ella no venga más a vernos, tal como la
recuerdo ahora
—treinta
años más tarde—
lejos de aquel sofá y su mirada,
pero ante el mismo espejo donde solo veo reflejado
—no sé por
qué—
un granjero
desahuciado y su hija pequeña, al borde de una carretera de provincia,
vendiendo sus muebles, una desvencijada bicicleta
y este
espejo,
ahora
incapaz de reflejar el duro presente que nos acongoja.
Ver pasar autos sentados en la acera
Hemos estado mirando
coches últimamente
Raymond Carver
Los tres amigos de antaño
—Alvaro,
Eduardo y Fernando—
sentados en la acera de la rambla
adivinan las marcas, años y modelos de los autos
que pasan.
Gana el que
acierta primero
—Studebaker del 54, Austin Seven
del 52, Packard del 48
o el
magnífico descapotable Chevrolet Belair amarillo…—
y lo anotan
con palotes en un cuaderno que agita el viento
como si
fuera la pizarra del billar del bar Bambi donde se refugian
cuando
llueve.
Detrás,
la rambla y la playa otoñal, donde vaga un perro
abandonado
y un
paseante solitario.
Escenografía
que la memoria reconstruye, tiñendo de color verde esmeralda aquellas olas
grises.
Privilegio
del tiempo que ha pasado desde entonces:
embellecer
las cosas.
Sentados en la acera,
ríen cuando uno se equivoca
(el error
ajeno causa siempre gracia)
con esa alegría que tenían los adolescentes en
aquellos años.
Son amigos desde hace tiempo y lo serán para
siempre,
aunque
la distancia y la muerte los haya separado.
Desde lejos atisban los diseños y lanzan su
apuesta,
(suele ganar
Alvaro, aficionado a los motores,
pero siguen
jugando).
Lo que
importa es estar juntos, mientras cae la tarde
y hace cada
vez más difícil adivinar en la sombra
la marca del
auto que ha pasado raudo a su lado.
Desde
aquellos años,
—fines de los cincuenta, Bill
Halley y sus Cometas—
lejos de
aquella rambla y aún más lejos de aquel tiempo,
conservo el
gusto de adivinar años y modelos.
Lo hago
sentado en un banco de la plaza de la ciudad donde vivo.
Pero ya no
es un juego entre amigos:
Apenas el obsesivo solitario de un viejo que cree
reconocer en el Opel Insignia del 2012 al Opel Kapitan de 1956; en el Citroen
C2, el clásico dos caballos de extenso recorrido en el calendario y en el nuevo
Ford Fiesta, al Ford A con el que la clase media descubrió la sociedad de
consumo.
Fernando
—desde la plaza San Francisco—
apuesta ahora contra sí mismo para decirse que siempre
gana,
aunque sea
lo contrario.
La casa de aquella infancia
De aquella casa en la que viviera una feliz
infancia,
vecina al Parque del Prado y su descuidada
rosaleda,
guardaba el rencor que siguió al desahucio:
los muebles,
la ropa, los libros, los trastos en la calle,
la tenue
llovizna otoñal empeorando la escena para mejor grabarla en la memoria,
El Alguacil del juzgado ha levantado el acta de la
misión cumplida,
sellada la
puerta con lacre sobre el pasado.
En ese momento
—con sus catorce años recién cumplidos,
jura a su desconcertada madre,
venganza.
Viven luego en un cuarto piso sin ascensor no muy
lejos de aquella casa.
Una sola ventana abierta a un ruidoso patio
interior da respiro;
de allí el mayor empeño con que sigue estudiando
se inclina sobre textos que hace suyos mascando
tenaz las palabras.
Pasan, sin poderlo remediar, los años.
El padre desaparecido en la nebulosa de una quiebra
mal gestionada,
manda de tanto en tanto una modesta mesada y
promete volver,
eso sí,
sin
mayor entusiasmo.
La madre absorta en un melancólico silencio, hace
de la resignación triste consuelo.
Sigue sin entender lo que ha pasado.
Para alimentar aquel lejano rencor y evitar que el
tiempo lo atenúe,
—como suele hacer con tantas otras cosas que va
desgastando—
pasea los domingos con su madre y sus pasos
inevitables lo llevan al parque y a la esquina de la casa de su infancia.
La contemplan, ahora habitada, recién pintada de
verde claro, y se sientan en un banco a lo lejos, mascullando fragmentos de
recuerdos mal digeridos.
Buscan en sus muros alguna grieta, el resquicio
para recuperar lo perdido, una forma de volver hacia atrás.
Un día, ya funcionario de un juzgado, notificador
de testigos y sentencias, paseando frente a la casa de siempre,
ve a un niño asomado a la ventana del que fuera el
cuarto de su infancia.
Las miradas se cruzan.
Desconcertado,
cree adivinar en su perfil un extraño parecido con
el suyo y su pasado,
para decirse:
“Un joven de aquella edad mía,
un joven que no soy yo”-
Tal es la intensidad de ese intercambio que al cabo
de un instante,
fogonazo intenso de la memoria revivida,
está en la piel de aquel niño que pudo ser él,
—que tal vez
lo sea—
y todo ha sido un mal sueño,
“Como si un espejo velado por los años
—dijera
el poeta Alvaro Miranda[1]—
inesperado,
se revelara”.
Una pesadilla proyectada desde un turbio pasado
al presente del que nunca debiera haber salido.
Está ahora asomado a la ventana
—un
hombre lo observa desde la acera—
sus padres conversan en el patio,
sobre los restos de un asado recién hecho en la
barbacoa del fondo,
como se debe en un domingo asoleado.
El rencor y la sed de venganza
—si los hubo—
aparcados, lejos de esta bonanza recuperada después
de tanto tiempo.
La respira con alivio junto a su madre rejuvenecida
y a su padre que ha regresado,
esta vez para quedarse.
(de Capitulaciones del silencio y otros recuerdos, 2015)
Fernando AINSA, escritor y ensayista uruguayo de
origen aragonés. Reside actualmente
entre Zaragoza y Oliete (Teruel) consagrado
a la escritura y actividades editoriales y docentes. Autor de numerosos ensayos
sobre literatura y cultura de América Latina. El último es Palabras nómadas. Nueva cartografía de la pertenencia (2012). Tiene
en prensa Ensayos, sobre el ensayo
como género.
En 2007 publicó su primer libro de poesía, Aprendizajes tardíos, seguido de Bodas de Oro (2011) y Clima húmedo (2012). Poder del buitre (Olifante), con prólogo
de Francisco Ferrer Lerín, ha sido elogiosamente recibido por la crítica.
Aínsa es Miembro Correspondiente de las Academias de Letras de Uruguay y
Venezuela y fue Director Literario de Ediciones Unesco (1991–1999).
Recientemente ha sido galardonado con el Premio Imán otorgado por la Asociación Aragonesa
de Escritores.
[1] Alvaro Miranda., del poema “En aquellos años de mi adolescencia”,
(Yo mismo soy un extraño aquí, Montevideo,
Ediciones del Mirador, 2005)
martes, 22 de septiembre de 2015
Fina García Marruz: Poemas
![]() |
| Fina García Marruz |
Cine Mudo
NO
ES QUE LE FALTE
el
sonido,
es
que tiene el silencio.
Toda la poesía, allí
(El chicuelo)
DESDE
CUÁNDO,
cálido,
tierno,
a
la luz de hogar
del
quicio de una calle,
Jackie
Coogan está
sentado
siempre
para
nunca
irse.
Desde
cuándo
toda
la poesía
allí,
en aquel quedarle
tan
dulcemente grande
la
gorra ladeada.
En las sombras de la noche
lost old songs will be new
EN
LAS SOMBRAS de la noche cantaban los
violines del cinematógrafo, las
rubias
del vodevil Gold Diggers. Ruby Keeler bailaba el tap. “Los gatos
maúllan
detrás de los bancos del parque, detrás de las vallas de anuncios
lumínicos,
pasan junto a tu verja…” Marineras blancas como las de las
niñas
de la Superior. Haya buen o haya mal tiempo. Mediodía del domingo
en
el amarillo de la matiné, cuando se sale luego y ya es tarde, y ha llovido.
Dulce
Neptuno. Pastelillos triangulares de “El Indio”. Violines en las sombras
de
la noche. Como después en un poema de Cristina Rossetti. Efectos de cine
baratos
y luminosos como los bombillos eléctricos. La tarde quieta, mientras
dan
vuelta los discos Edison. (Sus botines
altos, respetuosamente auditivos,
asentían
tartamudeando.) Las viejas canciones perdidas volverán a ser nuevas.
We are in
the Money! Habían entrado en el oro, las pobres muchachas bailando
en
el cuarto pequeño, ensayando en sus shorts.
Sus dorados cabellos de coristas.
Locos, alegres ritmos de confianza indecible. Hemos entrado en el oro! Déjame
cantar una melodía. En las sombras de la noche. En las sombras del cine. En las
Locos, alegres ritmos de confianza indecible. Hemos entrado en el oro! Déjame
cantar una melodía. En las sombras de la noche. En las sombras del cine. En las
sombras.
Fina García Marruz (La Habana, Cuba, 1923
) Poeta y ensayista. Integrante del Grupo Orígenes. Entre otros volúmenes de
poesía ha dado a conocer: Poemas (1942): Visitaciones (1970); Créditos de
Charlot (1990) y Habana del centro (1997).
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Poesía
Mariela Laudecina: Poemas
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| Mariela Laudecina |
He parido un ternero
pequeño y rosado
y me lo han robado para matarlo
He dado a luz en la calle
luego de pujar por horas
Gente que pasa mira con asco
un hombre se acerca
y dice: rápido, corten el cordón
La placenta se desliza
como otro animal
Una mujer lo carga
pido que me lo devuelva
Vivirá, contesta y le creo
En el asfalto, sola y vacía
me veo correr junto a él
en un prado de
margaritas.
*
Reparten peces en la calle
La gente se agolpa
hay disturbios
Una mujer me entrega un pez medio muerto
respira con dificultad
Es grande, gordo y brillante
Lo cargo como a un bebé
su vientre se infla en pequeños espasmos
Corro, quiero salvarlo
Llego a una casa
lleno un fuentón con agua
Se recupera, lo acaricio
Me muerde la
mano.
Anoche
en un barrio desconocido
una ola gigante
arrasó a mi madre
a mis abuelas y a mí
Mamá dijo:
Vamos a congelar el agua
mirala fijamente
concentrá tus fuerzas
y el agua se detuvo en un iceberg
Duró poco
el hielo se partía y el mar nos alcanzó
Nos abrazamos
mi madre, mis abuelas y yo
La primera vez que no temo morir.
en un barrio desconocido
una ola gigante
arrasó a mi madre
a mis abuelas y a mí
Mamá dijo:
Vamos a congelar el agua
mirala fijamente
concentrá tus fuerzas
y el agua se detuvo en un iceberg
Duró poco
el hielo se partía y el mar nos alcanzó
Nos abrazamos
mi madre, mis abuelas y yo
La primera vez que no temo morir.
*
Estoy tan triste
como si hubiese muerto alguien, dije
Vos me veías llorar, desesperabas
yo insistía, se me va a pasar
Pero no
el llanto ascendía hasta rajar el techo
caían pedazos de cielo raso, de ladrillos
y vos me cubrías con los brazos primero
luego ponías el cuerpo
no te importaba el dolor
Y cuando al fin silencio
yo exhausta, vos magullado
nos sacudíamos el polvo
limpiábamos el living
y nos acostábamos abrazados.
*
Una vez tuve
dos penes
Sufrí porque
soy mujer y no los quería
No tenía idea
de cómo habían crecido
en cuánto
tiempo
Al costado de
mi vagina
colgaban como
chorizos
Me tranquilicé,
sabía que podía operarlos
Freud se
equivocó. No nos falta nada.
*
Estoy muy
enojada
Papá no me deja
salir de casa
Mamá guarda
silencio
está de acuerdo
Cierra la
puerta con llave
A tu
habitación, dice él
Tengo cuarenta
años, grito
Siento la
ofuscación en el cuello.
*
Vuelo hasta un árbol de hojas plateadas
El sol, un convite
la brisa, fresca y mínima
Es un país de construcciones antiguas
Desde una rama veo gente que pasea
planeo, doy tumba carnero en el aire
Descubro que los pensamientos son catapultas
con solo imaginar un lugar aparezco en él
Cuando soy voladora, soy profesional.
![]() |
| Yaugurú, Montevideo, 2015 |
Mariela Laudecina Mendoza (1974) Reside en
Córdoba. Publicó Hacia la cavidad (poesía + música -
2006) Ciruelas (poesía - 2007) ambas
por editorial Llantodemudo. Intiyaco
(poesía - 2009) El cielo es para los
ángeles (nouvelle - 2009. Textos de cartón. Borde Perdido 2013) Tomo las decisiones con los pies (poesía
- 2011). Perfume de jarilla (poesía -
2013) Editorial Llantodemudo.
La culpa es del sueño (poesía – 2015) Editorial Yaugurú.
Coordina talleres de poesía y narrativa. Escribe en el blog: www.eldeseodeservolcan.blogspot.com
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