martes, 30 de septiembre de 2014

Elena Lafert: En Alaska




Elena Lafert






















En Alaska
la gente detiene el auto y bajan
al costado de la ruta
para ver

una familia de osos
en la nieve
los alces mordisqueando
las cortezas de los árboles o
un cielo danzante de auroras


algunos grandes animales
mueren cruzando la ruta
en accidentes brutales
los carnean ahí mismo
sin desperdiciar nada

roja la nieve  el hielo



Desde la ruta vemos
un gran avión
-fuera de lugar-
en el fondo de una casa


un film
en blanco y negro
-la vida en Alaska-





Movimiento del frío en el norte


tres pasos en el frío
y se escarchan los
bigotes del perro

se oye a la nieve
caer en capas






Movimiento de una despedida


entre montañas
espesas plumas
de polución
aplastan
la ciudad nocturna

en el cielo
como una vía
a otro lugar
ondula
una aurora

en la cápsula
del auto
viajo lejos
de tierra
y cielo




Morir de frío. En el paisaje blanco, me imaginaba en el bosque, sentada bajo un árbol, las ramas pesadas de nieve. La muerte silenciosa que llega como el sueño, sin darte cuenta de que no despertarás.

Me parecía una buena muerte (en caso de necesitarla).



Elena Lafert (Buenos Aires, 1949) Poeta.  Ha dado a conocer en poesía: La hora violeta, civiles iletrados, 2003; Lugar de Origen—Place of Origin, bilingüe, en colaboración con Melina Draper, Oyster River Press, 2008; Munanaku: 8 poetas miran a Bolivia, colectivo de poetas, Ediciones Aldebarán, 2009;  Un mundo diferente, civiles iletrados, 2010; El filo de la luz, civiles iletrados, 2013.
Miembro del Consejo Editorial de la Revista U.  Miembro del grupo Altavoz Poesía Parlante seleccionado por los Fondos Concursables para la Cultura, MEC, en 2012, 2013 y 2014.
Obtuvo entre otras distinciones el Primer Premio Poesía del 1er concurso Literario, Casa de la Cultura de Rosario, Uruguay y el Primer Premio de Poesía Bilingüe otorgado por Internacional Latino Book Award, New York, USA, por el libro Lugar de Origen- Place of Origin, en coautoría con la escritora estadounidense, Melina Draper. Reside en Uruguay.






domingo, 28 de septiembre de 2014

Juan Manuel Roca: Elogio de la poesía



Juan Manuel Roca







Texto presentado y leído en la ceremonia de entrega del 
Doctorado Honoris Causa, 
por la Universidad Nacional de Colombia. 
Bogotá, septiembre 25, 2014
  
Buenas tardes. Quiero manifestar mi gratitud hacia el Consejo Superior Universitario de la Universidad Nacional de Colombia por esta distinción en la que se habla, entre otras cosas, “de un reconocimiento a una vida dedicada a la poesía”. Que una Universidad valore, más allá de que esto recaiga en mí, el ámbito de la lírica, me resulta a todas luces alentador, cuando en muchos espacios de la vida académica se minusvalida todo lo que no sea pragmático o fácilmente comprobable. La poesía, que según Saint John Perse, es “el pensamiento desinteresado” no suele ser llamada con frecuencia al festejo académico ya que no pocas veces se ve como una religión sin feligreses. Por lo menos,  estos reconocimientos escasean para mi escindida generación.
Mi generación ha oído y recibido más nombres que una pila bautismal. Para seguir en el juego nominal, que parece el de las muñecas rusas que tienen adentro otras que a su vez contienen una más, he propuesto para ella el nombre de Poetas del inxilio, en razón de que sus obras aparecen y se consolidan en los años de mayor desplazamiento en Colombia.
El inxilio es una suerte de exilio interior, un despojo de núcleos humanos, de familias desplazadas a las que les han usurpado sus tierras. Quienes padecen el drama del exilio interior saben que muchos de estos generadores de expulsión -paramilitarismo, guerrilla, violencia estatal y paraestatal-, han sido atrapados por el negocio de la guerra y por los políticos venales.
También la poesía ha sido desplazada de los medios impresos con contadas excepciones y, más aún, de los grandes sellos editoriales. Así que inxiliada en su propia búsqueda, esta generación sabe que el desplazamiento humano es el mayor drama colombiano actual.
El inxilio quizá tenga unos rasgos de enajenación y de expolio peor que el de quienes tienen que exiliarse. Es la pérdida del país dentro del país mismo, tener que habitar en la periferia como un único territorio posible, sentirse ciudadano de ninguna parte, exiliado de sí mismo, pertenecer a un no-lugar.
Colombia es uno de los países con más número de desarraigados en el mundo. En 2013 se señala la cifra de 230 mil personas entre hombres, mujeres y niños obligados a abandonar sus tierras. Mi generación ha asistido de manera dolorosa a ese inmenso desalojo. Y no pocas veces lo registra en sus poemas. Naturalmente, el desplazamiento que da nacimiento al inxilio colectivo no es privativo de estos tiempos y podríamos remontarnos a la violencia de los años cincuenta, pero nunca este drama ha sido más cruento que a partir de los años en los que esta generación se ha venido expresando. No es un capricho. En aras de señalar un período de nuestra historia, el nombre de Poetas del Inxilio podría ser una forma sencilla de recordar  nuestro drama colectivo. Quizá sea cierto lo que afirma el más citado de los poetas argentinos: “la realidad no es verbal”. Pero aún así, creo que hay que nombrar a los desplazados internos una y otra vez, hasta que se acaben la guerra y el desarraigo.                                                
La poesía se mueve en los terrenos de la duda, en algo que avasalla todos los géneros artísticos hasta el punto de poder señalar que donde no hay poesía difícilmente hay arte, desde la plástica y la cinematografía hasta la narrativa y la dramaturgia. Y es que esta anómala forma del pensar que nunca ha debido escindirse de manera radical de la filosofía, parece que más que escribirse, sucede.
He sido cauto a la hora de señalarle un papel mesiánico a la poesía y a pedirle de manera irrestricta una utilidad inmediata. Pero como soy de la creencia de que  es algo más que un género literario, que es más bien una forma de andar por el mundo, de respirar al unísono con los demás, me resulta impensable que no atendamos aún sin un “deber ser” programático a nuestra historia, que en nuestro caso está atravesada por una suma interminable de violencias. Por un absurdo temor a la ambigüedad, a las verdades que no pertenecen al orden de lo inmediatamente comprobable, por la falta de rigor científico y otros aparatos del concepto lógico, algunos le enrostran a la poesía una falta de tratos con la realidad en otra forma de violencia cultural, de imposición. Creo, con Raúl Gustavo Aguirre, que “lo inexpresable también forma parte de la realidad del hombre”.
Aimé Césaire, un poeta que se sentía torturado y humillado en cada hombre o mujer torturados o humillados, se asumía como víctima pensando que somos parte los unos de los otros y que no vivimos en un mundo abstracto, enajenados de la realidad.  Es poco probable que haya un pensamiento de orden filosófico que no se pregunte por lo que nos sucede en los demás, en sus alegrías y desvelos. Lo mismo ocurre con la más alta poesía.
Pensar que hay miles de estrellas muertas en el cielo que nos siguen alumbrando conduce a pensar en los cientos de poetas muertos que aún nos siguen, de la misma manera, alumbrando.
La sola imaginación es subversiva y casi sin premeditación se vuelve una suerte de resistencia espiritual. Ahora, es bien sabido, como decía César Fernández Moreno, que como no se ha podido poetizar la política se ha politizado la poética. Y hay ejemplos de grandes poetas que se manifiestan políticamente en sus versos sin perder de vista su alto rigor estético, como René Char, César Vallejo, Yannis Ritsos, Carl Sandburg, Osip Maldestam, Vladimir Holan, Anna Ajmátova, Nelly Sachs, Bertolt Brecht, Paul Celan y tantos otros que no cabrían en esta página. Si hago este breve listado, es solo porque generalmente y de manera maliciosa, desde la orilla de los manieristas sólo se recuerda a los malos poetas políticos, que también son legión, y de esa forma despachan y rehúyen el asunto de una necesaria impureza lírica que también hace parte de la vida.
En cuanto al poder transformador de la palabra, el mejor ejemplo lo encontré en una cárcel de Chile, donde un preso me expresó el más alto elogio de la poesía que haya escuchado.  Allí, en un lugar que parece negar de entrada la libertad, me contó que todas las noches se escapaba de su celda y saltaba los cuatro muros cardinales mientras leía los poemas místicos de San Juan de la Cruz.
A lo mejor podría haber sido otro poeta el que leyera,  pero el efecto de transformación del ánimo y por tanto de la realidad, podrían haber sido los mismos. El reo chileno me hizo dudar de algo que siempre he afirmado en contra de los mesianismos, aquello de que intentar cambiar la realidad con poesía es como intentar descarrilar un tren atravesándole una rosa en la carrilera. Una condena al fracaso. El hombre enjaulado volaba encima de los muros sin que le aplicaran la ley de fuga, gracias a la voz de un remoto poeta.
Y vuelvo al territorio de la duda. En poesía una verdad mal dicha fácilmente se vuelve mentira mientras que una ficción bien lograda puede volverse para siempre verdadera, como Hamlet, Sherezada o Moby Dick, y digna como ese personaje del coronel que no tenía quien le escribiera y que no usaba sombrero para no tener que quitárselo ante nadie, según la magnífica novela de García Márquez. No le basta con las verdades fácilmente compartibles y arrulladoras, pues al igual que la filosofía su territorio de exploración natural está en la duda. La poesía se pregunta cómo andar al mismo tiempo en dos orillas de la realidad, en medio de lo que Simone Weil llama “una comunidad ciega”, una aturdida comunidad dividida entre la realidad y el deseo.
A cada rato, cuando se habla de la utilidad de la poesía en un medio de naturaleza violenta como el nuestro, se acude una y otra vez a una pregunta del romántico alemán: “¿para qué la poesía en tiempos de penuria?” Creo que es mejor cambiar, invertir la pregunta y decir ¿para qué la poesía en tiempos que no sean de penuria? ¿Como simple adorno? ¿Como manierismo? ¿Como un mero esteticismo? De ser cierto que la poesía no tiene sentido en tiempos de penuria nunca se habría escrito, pues todos los tiempos del hombre han sido de penuria.
Un aparente escollo para la poesía tiene que ver con la crisis de la palabra, en particular por su constante manoseo. La palabra es la primera baja en una crisis social: para qué el vocablo pan si no remplaza al pan, para que la palabra libertad si tantas veces está en los labios de los carceleros. Sin embargo esto, antes de crearle un desaliento obliga al poeta a buscar la palabra justa en el inmenso pajar del lenguaje y a habitar de nuevo las palabras que el mal uso ha ido volviendo huecas, calcáreas. Es paradójico, hasta la libertad en el poema resulta tantas veces contradictoria por el hecho mismo de querer fijarla en palabras. Como es paradójico que estando la poesía construida con vocablos aspire al silencio.                                                                
La poesía, y tomo acá su nombre de manera genérica para toda creación artística, como un epicentro de todas las artes, parece recordarnos que resulta tan precaria, tan irrisoria la llamada realidad  (y “realidad” es una palabra que al decir de Vladimir Nabokov siempre debería ir entre comillas) que a cada momento tenemos que inventarla. Esto hace que la poesía no sea tan lejana de la ciencia, no obstante sus búsquedas se den en diferentes estadios del pensar, en diferentes gabinetes de la imaginación. (Aldo Pellegrini, dixit).                                                                          
Lo que hace más rica y diversa a la poesía escrita es que las verdades estéticas que se agolpan en la interpretación de la lírica nunca han podido, a pesar de credos y de manifiestos cerrados, del aluvión interpretativo, imponer un sentido único a la expresión creadora. Que no tenga nunca el rango de fórmula matemática, sino que el sentido de lo impersonal y de lo abierto la visiten, hace que la poesía resida más allá del poema, aún en los linderos del lenguaje, en los bordes de la palabra que se calla.                        
Previene René Menard sobre “dos clases de poetas sin porvenir: los que protestan por el Paraíso Perdido y los que prometen una Edad de Oro. Los primeros lisonjean sueños que el hombre persigue desde su madurez; los segundos seducen hasta el momento en que demuestran su espíritu de tiranía”. Habla el mismo Menard de “los poetas ideólogos” para quienes “el fanatismo o la esterilidad son su refugio”. La poesía es algo más que un catálogo de ideas. Los francotiradores del inmediatismo político veían mal a Rubén Darío porque cruzaba en medio de gallineros en Managua pero los imaginaba cisnes, veía indígenas chorotegas sin dientes pero creía que eran princesas de una corte de Versalles, con lo cual también condenarían a cualquier caballero de triste figura capaz de trocar, como todo gran poeta, molinos en gigantes, mujeres de espléndida fealdad en arquetipos de belleza. “La verdadera poesía no consuela de nada”, decía René Menard.                                                                                                                                                                                                                                                                               
Aunque el poeta sabe que, más temprano que tarde, será como todos los hombres victimizado por la realidad, le opone la palabra al nombrarla, tiene clara conciencia de que pastorear lo real, domesticar lo real para sumergirse en zonas de significado mitológico, es una función devoradora. Ese “cambiar la vida”, la vieja divisa de Rimbaud, cada vez parece asistirlo menos. Pero es su aspiración el encuentro con la esencia, la búsqueda de una ética ligada a la belleza superior lo que lo pone en contacto con la eterna fugacidad, con lo que huye llevando en sí jirones de otras realidades más complejas. Realidades que, al cambio feroz de los días y aún de los milenios, exigen particularmente unos nuevos tratos con el lenguaje.                                                                                             
La poesía se parece, en su calidad invasora, a la araña que sube por la escoba que la barre: pone un contrapunto a la razón. Y es en esa satanización de lo poético en aras de la realidad que pregonan los tiempos y que pregonan las sociedades hipnotizadas por el miedo a pensar, donde -de nuevo la araña trepa a la escoba- le queda a la poesía su antigua y renovada condición de resistencia. De ese centro brota el hombre negado a la clonación o al autismo. Es ahí, en el reino paradojal, donde la poesía expulsada de la República de Platón, que en nuestro caso podría ser la República de Plutón, tiene un reino de individuos insumisos.                                                                                                                                                                                                
Ser poeta en un país salvaje es elegir una larga cuarentena, guardar como un talismán la palabra más breve y, por momentos, la más bella. Esa que en Colombia parece olvidada, la rotunda voz que casi nadie dice, que casi nadie oye, las dos letras que conforman la palabra no.
Nunca antes la poesía y el poeta -y no hablo desde la ideología- tiene mayores estímulos para diferenciarse del país que no desea suyo. No es un deber ser, no es algo programático, pero qué necesario es enfatizar la distancia frente al crimen, no tanto por sentirnos más buenos como por sentirnos lejos de los pases hipnóticos de la muerte espiritual y del gregarismo tribal frente a la nada.                                              
Libertad y poesía son dos palabras siamesas: la una conduce a la otra y difícilmente se pueden separar para que tengan vidas escindidas. A no ser que al enunciarse se trate de una falsa libertad, como la que está casi siempre en labios de carceleros y liberticidas, de una parte, y de la impostación poética, de otra.
Esas dos palabras, esos dos conceptos por los cuales han corrido verdaderos mares de tinta, me parece que han sido muy bien definidos por una dupla de escritores de talantes afines y de percepciones cercanas al anarquismo. Albert Camus, que decía que la libertad es el derecho a no mentir, y Henri David Thoreau, quien afirmaba que la poesía es la salud del lenguaje.
Lo contrario, la servidumbre intelectual del poeta y la docilidad del ciudadano, no es otra cosa que la práctica de una voraz autofagia, una forma de devorarse a sí mismo. Es la muerte del que disiente, el destierro del outsider, el exilio del fuera de lugar o del perpetuo insatisfecho. En realidad, más que en un exilio, el outsider vive ahora su  periferia, el convertirse en extranjero en su propia tierra, muchas veces hasta el extremo de verse arrinconado en los límites del lenguaje. Todo por saber que la poesía puede llegar a convertirse en un territorio autónomo, algo así como la banda sonora de la desobediencia. Por supuesto que ejercer ese derecho a no mentir es castigado de una y mil maneras por bedeles y comisarios.
La idea orwelliana de que “si la libertad significa algo es el derecho a decir a los demás lo que no quieren oir”, en sociedades ensimismadas por el  unanimismo conduce hasta al extremo de poner en riesgo la vida del ejercitante. Del que se atreve a decir, a pesar de todo, lo indecible.
Cuando John Donne afirma que nadie puede dormir en la carreta que lo conduce de la cárcel al patíbulo, podría estar hablando también del poeta. El poeta es el que canta en medio de las encrucijadas, el insomne frente al destino colectivo que no obstante hace del sueño su irremplazable alimento. A lo largo de mi vida de escribano no he intentado otra cosa que ejercer la libertad y con ella la independencia. Libertad de culto, de ideología, de fortuna, de banderas y esteticismos. La libertad de ejercer la imaginación sin pagar aduanas, sin el soberano permiso de nadie.
Soy de la idea de que mientras persista la imaginación, la capacidad de fabular más allá de la espesa nata de la uniformidad y el gregarismo, mientras la poesía sea arena y no aceite en las maquinarias ideológicas y cerradas de un mundo sin matices, el hastío, el miedo y la miseria, ese trípode en el que se monta la visión del mundo actual, no extenderá del todo su aire espeso, el agujero negro de la satisfacción y el aturdimiento colectivo que tanto exaltan los tartufos.
Creo en los poetas de la intemperie, en los que no sufren la claustrofobia de su mundo intimista, en los que tienen al mismo tiempo que muchas reflexiones y lecturas, un tramado de calles, de retículas y trazados por los que transitan los hombres.
Que la poesía es una religión sin feligreses se nos repite a cada tanto en los medios y en los bufetes, invocando la inutilidad y llamando al desaliento, y tras manifestarlo corren a reunirse y a hablar en el esperanto de la tontería y los lugares comunes, en una religión cuyo único dios tiránico es el embotamiento de los sentidos, la pérdida irreparable del sentido de la individualidad creativa y la aventura.
Quisiera repetir con René Char que “en todas nuestras comidas en común invitamos a la libertad a sentarse”. Y agregar en consenso con el poeta  que “el lugar permanece vacío pero el cubierto está puesto”. A esto conduce la mejor poesía.
Para Alfredo Molano   

(TEXTO ENVIADO POR León Gil)





jueves, 25 de septiembre de 2014

Alejo Carbonell: 2 poemas


Alejo Carbonell











Lo notable es cómo llega la savia hasta las ramas más altas

Buscando un espiral subí a un banquito
para mirar arriba de la heladera
y encontré un porro bastante entero
entre las hebras de pelusa engordadas por la grasa de la cocina.

Ni mis padres ni mis hijos
saben que en esta casa se fuma marihuana
son muchas las cosas que dejamos sin decir
las cosas que no sabemos.

Papá tiene ochenta y un años
sesenta de servicio al partido
sale a caminar de esquina a esquina  con un bastón
la gente grita y él levanta el brazo
con el reflejo de un caudillo,
ni escucha las palabras ventosas que llegan
desde una motito cincuenta, una bicicleta
saluda sin voltear la cabeza
para no perder el equilibrio
y los días que anda bien me cuenta puteríos
de los escritores que admiro y con los que compartió
una reunión clandestina o una pensión.

Papá y yo somos una célula.
Ahora adhiere al gobierno nacional,
tenemos una hipótesis de conflicto en el seno familiar.
Claramente su posición está alineada
con el partido, alineado
pero hay un manto de piedad sobre la cuestión.
No es un tema de fondo
estamos de acuerdo en que este gobierno
apuesta por desclasar los sujetos y los objetos.

Sus amigos del pueblo quieren declararlo ciudadano ilustre
y un poco prendió la idea.
El otro día me pidió una opinión:
le dije que sus amigos querían inaugurar
una larga lista de ciudadanos ilustres que los incluya.
Mamá salió de la pieza como un rayo
para agregar que él no luchó tanto
para que le entreguen un certificado.
Ella es el brazo obrero del asunto
la que impide que esteticemos la pobreza
la que exige que hagamos literatura
sin apología del entorno.

Soy un adulto en su meseta expansiva
y la espalda de papá es una curva libre y veloz.
Ya hace años que me delegó
las tareas de un secretario político
así que fue al bar
que no es un bar sino la cantina de un club
y en pleno aperitivo del sábado
dijo en la mesa numerosa
que se pierdan la ciudadanía ilustre por el culo.
Así están las cosas
le dije que no acepte un premio
de las instituciones burguesas
y me guardé que no podré llorar su ausencia
ni remotamente como la de Spinetta.


A cada Gramsci su Vaticano

Discutamos esto:
ante los conatos revolucionarios
el vaticano doméstico fue el progresismo.
Cuando la derecha avanza
el que otorga créditos a la orgánica manzanera
es el progresismo.
Hace rato  que los peronistas
no tienen un gesto que los nombre
                                        –meter las patas en la fuente hoy
                                        sería una intervención artística–      
dos bombas de estruendo y todos a militar por internet.
El auxiliar contable de la historia
el que le pone nombres pretenciosos a sus herramientas
el que baja las persianas del boliche cuando se corta la luz
es el progresismo.
Ya lo dijo el gaucho con hemorroides:
quien tiene culo, tiene miedo.


Alejo Carbonell (Concepción del Uruguay, Entre Ríos, 1972) Poeta, narrador, guionista de historietas y editor. En poesía ha  publicado: No nada nunca (1995); Pescados (2007); Rocamora (2008); Sendero luminoso (2013). Participa en la editorial Caballo negro y es miembro del staff organizador del Festival Internacional de Poesía y del Festival Internacional de Literatura de la ciudad de Córdoba.





miércoles, 24 de septiembre de 2014

Esteban Moore: “en lo profundo de la noche”






Ilustración Diego Bianki









el agua contenida en la pava
hierve sobre el fuego
en la noche todo es silencio
cada uno de nuestros dioses goza
la otorgada quietud de la noche
el agua en la pava se evapora
sus silbos punzan el silencio
este silencio de  la noche
en el que una multitud
de cuerpos sin rostro
se desplaza en las sombras
el ardiente metal de la pava
separa
          las llamas del fuego
de los borbotones
                              del agua
los cuerpos no hacen ruido
sus pisadas nunca retumbarán en tus oídos
en el silencio
nadie
nadie responde
a los nombres que lento repito
la multitud de cuerpos desnudos
se desliza en las tinieblas
en la negra noche eterna
siempre abismal
donde el silencio crece
como un dios
todavía desconocido

  

 

Esteban Moore (Buenos Aires, 1952) Poeta, traductor y periodista. Sus últimos títulos en poesía son: Antología poética (Colección Poetas Argentinos Contemporáneos, Fondo Nacional de las Artes, 2004); Partes Mínimas-uno/dos- (Córdoba, 2006); El avión negro y otros poemas (Fondo Metropolitano de las Artes y las Ciencias de la Ciudad de Buenos Aires, 2007); Veinte años no son nada (Córdoba,  2010) y  Pruebas al canto (Córdoba, 2012).
Ha traducido a:  Lawrence Ferlinghetti,  Craig Czury, Charles Bukowsky,  Sam Hamill,  Raymond Carver, Jack Kerouac,  John F. Deane, Anne Waldman, Allen Ginsberg, Paul Muldoon  y John Giorno, entre otros.
En ensayo y crónica publicó: Primer Catálogo de Revistas Culturales de la Argentina (2001), Lecturas y apropiaciones (Córdoba, 2012) y es coautor de Librerías de valor patrimonial de Buenos Aires (2003); Pizzerías de valor patrimonial de Buenos Aires (2007) y Lecturas y apropiaciones (2012).
Colabora con publicaciones del país y del extranjero, es miembro del consejo editorial de la revista de poesía Prometeo del Festival Internacional de Poesía de Medellín.  Ha sido parcialmente traducido al inglés, italiano, alemán, lituano, portugués y albanés. En 2012, la Universidad de Carabobo, Valencia, Venezuela, distinguió su labor poética, otorgándole la condecoración Alejo Zuloaga.







 


Luis Pereira Severo: Adelanto de 'Poemas para mi novia extranjera' (publicará VOX)


Luis Pereira Severo





















Oración bolchevique al supremo del comité central:
haz camarada que venga a mi encuentro
que se conecte por chat
que sugiera vayamos a la vinería del mercado
querido supremo, sé que no sufres por causas de amor
aun así te ruego consideres este estado de cosas:
un corazón intervenido, bandas de irregulares que ya llegan al
estado mayor
la incapacidad de pensar en estrategia alguna
querido camarada: sé que puedes fusilar a los contrarios
no te pido eso
sólo hablale de los desfiles
las canciones republicanas
de las tomas en blanco y negro
sólo hazle saber
mi poderoso deseo
la clase de categoría del amor
que ella constituye.


frío
con los ojos cerrados puede ser cualquiera
cualquier ciudad el rumor de los motores
la ventanilla del asiento treinta y siete
la carretera a Tandil
el trayecto a Buenos Aires a las tres de la mañana
los monoblocks de la avenida Batlle y Ordóñez en la película de Rodrigo Plá
afuera es igual
y siempre es afuera
la piel del viajero
del que no pertenece
no se sabe los rumores locales
las formas del gemido las guaridas los murmullos los embrujos
los olores a inventariar
el frío
es eso


tienes falta de solvencia amor para el engaño
no has amado como yo a un guerrillero
un poeta un funcionario
no has sido puesto de frente a la balacera
ni han sido marcados tus muslos  con un número
no eres solvente para el amor querido luis
no siempre es por la entrada principal
aun así resultas bienvenido
se alcanza a disfrutar del
espectáculo.


La granizada sobre las chapas
el chaperío el kennedy el barrio la

humedá
el caserío cartón piedra la
chapa de perdedor
los que nunca, fueron, propietarios
ni de la palabra
propietarios
el zanjón
la granizada, el lluverío sobre el caserío
las sobras
una moneda por dios para las sobras
qué hay, de romántico, en la granizada
por dios,
qué hay en el lluverío
cuando todo se inunda las muñecas los
juegos de mesa la número cinco
todo
el traperío se inunda
los animales de la casa             entristecen



Lo hicieron los perros y los capitanes
Aullaban gritaban festejaban alardeaban
Muy hábiles muy diestros muy verdugos

Muchas veces lo repitieron encima de los jergones de la mugre de los camastros del hormigón

Los perros y los coroneles
Los perros y los oficiales
Los perros y los edecanes

Los machos vitoreaban

Al tercer día recordé el nombre de Isabel
La del tercer piso
De la calle Inca
La que dejaba cretonas en la ventana

Los perros y los brigadieres

¿Conoces a Isabel la de la calle Inca la que deja cretonas en la ventana?

Los perros y los secretarios
Los perros y los abogados
Los perros y los alcahuetes

Y las coreutas del coro municipal

Al tercer día recordé a Fernando y a Pedro y a Antonia y a Reynaldo y a María
Todos dejaban cretonas en la ventana

Cuidaban sí quitarme antes los piercing
Cuidaban sí quitarme antes los pendientes
Cuidaban sí quitarme antes los zapatos rojos

¡Oiga todos dejan cretonas en la ventana!
¡Oiga todos tienen gatos y discos de Alfredo!

Al tercer día los jergones siguieron allí
Y las cuerdas las roldanas las piletas
Los perros como en celo

Al tercer día recordé una tarde de gloria
Chalanas arenal un puente ferroviario
Oíamos a Alfredo en un aparato en mi cuarto en
La calle Paysandú.




Luis Pereira Severo (Paso de los Toros, Uruguay, 1956)
Es autor de Murallas (Libros de Granaldea, 1980), Señales para una mujer (Ediciones Programa, 1985 y La Tinta del Alcatraz, Toluca, Méjico, 1993), Memoria del mar (Destabanda, 1988), Poemas de acción y mujeres delgadísimas (Ediciones de Uno, 1992), Retrato de mujer azul (civiles iletrados, 1998), Manual para seducir poetisas (civiles iletrados, 2004) y Pabellón Patrio, Serie de Relatos Íntimos (Yaugurú, 2009). En 2011 publicó una primera antología de su obra, Fenómenos de Animación Bailable (Trópico Sur, mini libros 50).
En 2001 y 2008 obtuvo mención de honor en las respectivas convocatorias del Premio de Poesía convocado por la Intendencia de Montevideo. Integra la antología Nada es igual después de la poesía, cincuenta poetas uruguayos del medio siglo, 1955-2005 (Centro de Difusión del Libro, 2005).
Formó parte de las revistas Nexo (1975), Destabanda (1977-1979), Cuadernos de Granaldea (1980-1983) y Tranvías & Buzones (1987-88). En 1988 y 1989 integró el grupo literario Fabla. Fue colaborador del suplemento cultural del diario La Hora, y corresponsal del semanario Brecha de Montevideo. Es editor de la colección civiles iletrados.
Desde 2005 ha estado al frente de la Unidad de Programación Cultural de la Intendencia de Maldonado, Uruguay. Como tal ha sido coordinador del Encuentro de Escrituras.