martes, 23 de junio de 2020

Leopoldo Lugones: A Buenos Aires



Leopoldo Lugones


























Primogénita ilustre del plata,
en solar apertura hacia el Este
donde atado a tu cinta celeste
va el gran río color de león;
bella sangre de prosperas razas
esclarece tu altivo linaje,
y en la antigua doncella salvaje
pinta en oro su noble sazón.

Arca fuerte de nuestra esperanza,
fuste insigne de nuestro derecho,
como el bronce leal sobre el pecho
asegura al país tu honra fiel.
La genial Libertad en tu cielo
fino manto a la Patria blasona,
y eres tú quien le porta en corona
el decoro natal del laurel.

En tu frente, magnifica torre
de la estirpe, tranquila campea
como amable  paloma la idea
de ser grata a los hombres de paz.
Tu esperanza la impulsa, y parece
cuando así su remonte acaudalas,
que de cielo le empluma las alas
aquel soplo pujante y audaz.

Joya humana del mundo dichoso
que te exalta a tu bien venidero,
como el alba anticipa al lucero
aún dormida en su pálido tul:
cada vez que otro día dorado
te aproxima a la nueva ventura,
se diría que el sol te inaugura
sobre abismos más claros de azul.

Tenga el agua veraz de tu fuente
cada labio sin sed por testigo,
y el honesto vigor de tu trigo
cada buen corazón por raíz.
Y en el licito patio de todos,
al encanto social de tu alianza,
como el gusto del pan la confianza
sea el goce del día feliz.

Ser la Villa del Plata que tiene
la franqueza por llave sonora,
y por puerta de calle la aurora,
en visión de solícito Edén;
dar a todos los tristes consuelo,
sin dejar de ser noble y ser bella,
como no se aminora la estrella
porque haya ojos que amantes la ven.

Esa es la misión que el destino
en la patria futura te asigna,
como ayer por valiente y por digna
fue la gloria tu prenda de honor.
Para ser la feliz y la justa,
que tu propia esperanza nos debe,
haz que sean el amo y la plebe
mies pareja del buen sembrador.

Que en la misma igualdad de justicia
se confundan la plebe y el amo,
cual la flor y la espina en el ramo
que vincula olorosa virtud.
Lo que pena en tu siglo naciente,
es dichoso dolor, ansia tierna,
con que la honda delicia materna
fructifica en triunfal juventud.

No relegues por vana quimera
 la esperanza que en ti puso el triste.
Es más arduo ser libre, y lo fuiste
al tajar de la espada veloz.
Tu labor de ideal odia al hierro,
mas no olvide su noble fatiga,
que el lozano vigor de la espiga
necesita buen filo en la hoz.

Mientras llega a ese triunfo la hora
de cantarlo el poeta futuro,
y el capuz de su germen obscuro
tu simiente de luz rompe al fin;
cobre el timbre filial de mi canto,
precedente elocuencia en tus bronces,
y el Pampero le preste hasta entonces
valeroso y ufano clarín.

Leopoldo Lugones ( 1874 -1938)






sábado, 20 de junio de 2020

Esteban Moore: Jorge Rivelli; Las calles terminan en los bares Editorial PapelTinta, 80 págs. Buenos Aires, 2005.



Esteban Moore, Jorge Rivelli, Reynaldo Sietecase, presentación Café Monserrat, Foto Daniel Grad.














En el prólogo a La seducción de la barbarie incluido en el primer volumen de las obras completas de Rodolfo Kusch, Guillermo Steffen, refiriéndose a 1983 como un nuevo capítulo de la historia argentina, o si se quiere... un punto de inflexión de la misma, escribe: “El brutal retorno de lo reprimido y lo negado obliga a poner las cosas en su lugar. No hay que intentar suprimir la barbarie: hay que mantener la oposición, vivir, como en el proyecto sarmientino del Facundo, en el juego perpetuo de su seducción, sin ceder a ella pero sin tampoco pensarse desde ella”.
Esta actitud, de compleja realización, implicaría al mismo tiempo en un imaginado equilibrio del pensamiento, no dejarse seducir por su contrario, la civilización; al fin de cuentas, nada más que un velo ficcional tendido ante nuestra mirada por el aparato cultural —cada uno de nosotros tiene la más amplia de las libertades para imaginar los fines de esta instalación.
Jorge Rivelli comprende la situación plenamente. Elige deslizarse en el vaporoso límite trazado entre ambas concepciones; no tiene una tesis, no intenta una síntesis, como hombre intuitivo que es, comprende que un proyecto de esta índole lo llevaría a pecar de soberbia o ser acusado de estar poseído de una infantil inocencia.
En Las calles terminan en los bares (Tercer Premio de Poesía, Fondo Nacional de las Artes, 2004) —un libro cuya temática va más allá de los significados de su título, éste no conforma una nomenclatura de las vías que finalizan su recorrido en los expendios de bebidas alcohólicas, mucho menos una nómina de éstos— nos brinda el testimonio de una mirada oblicua, sesgada si se quiere, acerca de lo inmediato, la vida urbana y las transformaciones culturales producto de la crisis recurrente que atraviesa nuestra sociedad. Como lo indica el título, el autor ha elegido, como mirador o punto de observación, los bares, desde allí traduce las imágenes que capturan sus ojos.
La poesía para Rivelli parece ser, al igual que en el campo de la ciencia, un proceso de prueba y error, en el cual la posible respuesta es necesariamente una nueva pregunta. Su método interrogativo se conforma con el hallazgo de preguntas, consideradas éstas como “respuestas suficientes”, su objeto renovar la incitación. Su preguntar va más allá de las posibles conclusiones, se renueva constantemente alimentado por la duda. Dudar, nos está diciendo repetidamente, es saludable, ni afirmar ni negar.
Aquellos que hayan leído a Rodolfo Kusch, particularmente Charlas para vivir en América, sentirán cierta extrañeza de que haya citado a este autor al comienzo de esta nota, pues este original pensador argentino, en uno de los capítulos del libro mencionado, confiesa que “La vida de café es negativa”, este ámbito es para él el lugar del “dejarse estar”, el sitio donde el sujeto deseante teje los sueños que irremediablemente olvidará al salir nuevamente al tránsito y rumor de las calles.
Pero, para Rivelli, este dejarse estar le sirve para hurgar en esa máscara civilizada que encubre nuestros actos, él ausculta desde la mesa de un bar aquello que ésta oculta. En este movimiento lo único que se establece como “real” o “realidad” es la imaginación y no con el objeto de rendirle un claro homenaje a William Carlos Williams. No obstante, se podría inferir en estas páginas la existencia de este homenaje y otros, ya que Rivelli va enhebrando, en los ecos de voces distintas y diversas, un intenso proceso dialogal.
La clara del huevo, batida una y otra vez, con desesperación, llega a su punto nieve en Arte poética, en este poema nos propone que la tradición poética argentina es UNA, UNA y TRINA, como el Espíritu Santo si se quiere, pero UNA al fin. La moneda tiene para él siempre dos caras, pero es un solo objeto. Rivelli es un fullero honesto, cuando juega, no juega para ganar, se pone en manos del azar y el destino.
La contradicción está siempre presente, somos eso, nos dice Rivelli; recordándonos aquellas palabras de Allen Ginsberg: “muy bien, me contradigo; ¿tiene importancia?” para agregar whitmaneanamente, “Tengo buen tamaño, puedo contener a todos”.
El reconocimiento de las contradicciones le permiten saberse, SER, constituir una voz. Esta voz reconoce la contradicción principal y otras que han pasado a denominarse como de carácter secundario, cuya existencia no necesariamente responde a la existencia de la primera.
El poeta parece susurrarle al lector través de sus textos, cuidáte de la estupidez humana; las cuestiones de las minorías sexuales, étnicas y religiosas, de la ecología existen, pero no te encandilés olvidándote de quiénes son los verdaderos dueños del mundo. Un tópico que en la época de la globalización mediática parece haber caído en el lado oscuro de nuestra memoria.
El juego de los contrarios, de las oposiciones filtradas a través de un humor pleno de ironía, ácido y absurdo —elementos vitales a la poesía moderna— le sirven al YO poético para constituir una imagen tanto de nuestra sociedad, como de nuestros políticos e intelectuales; un ejemplo acabado de este procedimiento es el poema en el que narra en primera persona su último encuentro con Carlos Marx en un bar de Londres.
Allí en los bares, en su dejarse estar, entendido éste como ocio creativo, escribe, narra, relata. Una situación, las cosas, un objeto, algún acontecimiento le permiten evocar la emoción que producirá el efecto poético. Su instrumento, el lenguaje, es sometido a la función propia de la poesía, en palabras de Guido Guglielmi: “Liberar el lenguaje del automatismo de los actos del hablar cotidiano”. Elevar la lengua cotidiana, coloquial, lo vernacular a su estadio poético. La voz que se expresa en primera o en tercera persona del singular puede también adoptar el plural. Busca integrar un conjunto de voces, el nosotros. Esta persona multiplicada justifica nuestra existencia, parece decirnos.
En su poesía Jorge Rivelli realiza un claro homenaje a Ezequiel Martínez Estrada, César Fernández Moreno y H. A. Murena; influencias que le permiten sortear las tormentas de la escritura sin naufragar en el gemido elegíaco, ni en el objetivismo literal, o en el yoísmo llorón de tantos.
Este poeta que no le teme a la densidad de la lengua, ni al cotidiano absurdo, ni al decir y nombrar, sabe a lo que se enfrenta, él mismo lo ha dicho en un texto que releva nuestras actitudes frente a la vida: “pensamos como Murena / y actuamos / como giorgina barbarosa”.

Letralia, año XI, N° 151, Venezuela, 2006.





domingo, 7 de junio de 2020

Ricardo Daniel Piña: Rocas superpuestas y Quiero desviar la atención del centro de mí mismo







Ricardo Daniel Piña




























Rocas superpuestas

Me esfuerzo buscando rocas en esta naturaleza,
en las pendientes, la quebrada, en los senderos, los caminos…
Las transporto por la pendiente del cerro.Las subo o las bajo.
La razón que funda el comenzar el trabajo, es el lugar donde a uno lo elige la roca más grande.
La base del monolito.
Lo que llegará a ser la base del “menhir”.
El coloso que sostendrá la columna.
Coloso de Rodas es la espuma de la madrugada.
Las descubrí apoyadas en los troncos de los cebiles.
Estaban escondidas bajo el mantillo del monte,
camufladas entre los montículos de hojas secas.

Se presiente algo de magia y poderío originario en sonidos, colores,
movimientos dela pendiente.
Así debí sumarme y respetar el enojo de la piedra.
Sentirla enel tacto y en sus rugosidades.
Cómo serían los dioses del valle?Campanas en la luna…
Estaré manipulando sus hijos sus lágrimas sus escalones sus astillas.
Su saber decidir cada lado de apoyo.
Me esfuerzo al moverlas una sobre otra, de un lado a otro. Y encimándolas.
Los perfiles, con sus caras y en mi cintura pelviana y escapular.
Termino pensando, cómo serían los dioses y silencio del agua en la lluvia?
Pájaros como manchas saludan, y les hacemos un espacio en la roca.
Las rotamos sobre su eje. Las giramos sobre sí mismas.
Las apoyamos percibiendo el peso que descargan sobre la anterior.
Sentir y contener el desmoronamiento.Eso es la gravedad.

(Esta es la misión del poeta: percibir y salvar el desmoronamiento de las cosas y los sentidos.)

Contenerlo con la propia fuerza, y volver a comenzar todo, otra vez.
Levantarlas, amarrarlas y buscar el equilibrio de probar la fricción con el aire,
la justicia divina de la semilla en el viento. Y el jugo de la mano revestida de barro
y transpiración.

(…y tus manos resbalarán a cada lado de tu cuerpo que apenas me entiende, y se cifra de retiros espirituales y gestos celestiales. Coagulando eternamente en aquel abuso de infancia.
Y te alejarás cada vez más de mí, por ser un  hombre…)

El peso del lodo fundador de la creación.
Y el punto de apoyo, suele desprevenirnos, a medida que se enciman otras piedras.
Como un enunciado de poder, sorprendido en el poema de amor.

El menhir en formación se convierte en un helipuerto de grillos y escarabajos.
Nos inseminamos de materia y memoria. Como una forma de sobrevivir a los fantasmas.
Una delicada manipulación de la roca, desde la humedad en los intersticios justo por debajo
del apoyo por el que ha permanecido pegada a la tierra toda su vida.
Nos enseña la rutina de asirla sin que resbale y nos caiga encima de una pierna o un pie.
La roca es indócil como un niño salvaje. Juega a la liviandad. Se cree con alas de insecto.
Piedras de tamaños distintos, rozagantes o de facciones filosas.
Como gestos de fastidio o alegría. Sobresalen del mundo por sobre la superficie
en pendiente del cerro.
Son los testigos de todo.
Corroboran en silencio lo que presenciaron.
Suman a su peso las insatisfacciones del tiempo de intemperie.

He seleccionado las mejores.

Toda suma de rocas dice algo de inclusión, tensión y expansión.
Se va formando con la superposición y la suma, una figura antropomorfa mineral.
De vigía. Que ahora nos mira desde el bosquecillo de cebiles pequeños,
el vigilante de los días y las lluvias torrenciales.
Apenas camina un poco por el lugar, cuando nadie lo ve
y vuelve a ocupar su puesto de centinela y protector.
Y mientras tú, no tienes valor de aparecer frente a mí.
Y mirarme a los ojos para explicarme lo que sigues espejando de la crueldad
de mi comportamiento. Puedo recordar tu discurso iracundo sacudiéndome las sienes.
Puedo ver tus dedos. Tu pelo marrón rojo y amarillo.
Puedo saber tu deseo de que no debería haber sido así. 

Los nidos de lombrices, serpentinas escarbadas en su base.
Las arañitas refugiadas en los pisos de arriba.
El agua de la lluvia resbalará.
Los rumores de aves y de insectos sobrevolando.
El recuerdo  de mi viejo que me sigue por el aire
como una órbita de un planeta de polen.

Aparece siempre que me falta el momento y mira desde lejos.

03.04.2020 // 06.04.2020
Calle España Salta- Rescate epidemiológico


Quiero desviar la atención del centro de mí mismo.

Las inquietudes de trabajo con la palabra.
Las apetencias poéticas.
Y el experimento con mis necesidades actorales.
Por eso ahora, busco aquellas imágenes de estrellas negras en la oscuridad cerrada,
de la quebrada salteña, que se iba abriendo al atravesarla a las 11 de la noche, al volver de Colomé.

Dani, Vero, Salo y yo

Bajando de la Cuesta del Obispo en una alfombra tejida de asfalto y ripio violeta serpenteante
de 4 metros y medio de ancho y colgada en 3700 metros de altura sobre el nivel del mar.

Bajábamos en la Cangoo y Salo nos contaba la historia de alguien
que en el medio de esa eternidad densa, negra y azul explotada de estrellas,
presenció un encuentro del 3er tipo.
Eran dos tipos grandes.
Estaban a unos 200 metros, cuando los divisó.
Uno estaba de cuclillas como buscando algo en el piso
yal lado el otro estaba parado, de espaldas. Ese individuo, se dio vuelta y lo miró
y le dijo algo a la distancia, y él entendió que debía irse de ahí...
Recuerdo las palabras de Salo.
Recuerdo la lejanía y el vacío.
Y no puedo evitar que me baje un dolor caliente por el estómago.
Darme vuelta en el auto y alcanzar a verlo a Salo en la oscuridad
con sus ojos brillando por los reflejos de la ruta y los pocos autos
que nos cruzaban despacito en subida a 20 km x hora.

Hicimos silencio hasta Cachi. Nos dormíamos en esos instantes.

Teníamos soroche. (Falta de oxígeno en la sangre, producto de la altura.)
Yo quería permanecer atento. Acompañando a Verónica que manejaba la Cangoo.
El sueño era lapidario. Era como una nube de arena en los ojos.
Y pesada como una tonelada de oro en el desierto.
Tenía que sostener la mirada en el haz de luz por el infinito perfecto,
sin límites ni casas ni precipicios ni ranchos ni cabras ni perros
ni nada que tuviese el valor de recordar la intemperie.
Iba imaginando y viendo colores y formas en la sangre agolpada en los ojos,
jugueteando con el poco oxígeno de la altura que nos quedaba en la cabina.
Sólo densidad acaramelada acariciándonos
por fuera,
en el frío del parabrisas,
debajo de las ruedas
y  con el ruido de alguna piedra suelta en la cinta transportadora negra que venía desde el cielo.

Supe que mi alma estaba vacía.
Tuve miedo.
Y adiviné miedos de los otros, en el auto.
Sus huecos en el alma, eran como el mío.
Supe que el camino era vacío.
Nada de nada en el devenir.
El ahora era una luz delante y oscuridad.
Nada en el hueco del corazón.
Nada de Nada en la ilusión de bajar al valle.
Hacía frío.
Nada en los cambios de la luz. Los baldíos  en el desierto de Salta.
El vacío en los bordes del alma. El auto bajando por la vía láctea.
Piedras en el hueco de la boca. El sueño como una aparición, acariciándonos.
El cosmos y esos seres del más allá.
Nada era para siempre.
Todo vacío en nuestros corazones.

Sábado 14 de marzo de 2020,
Estudio España 2558- Pandemia City.
(Un recuerdo del 2018)

Ricardo Daniel Piña ( Ciudad de Buenos Aires, 1962) Poeta y escritor. Ha publicado: La
Bicicleta (2010), Sentimiento Bielsa (2005) también publicado por Yiyi Jambo de Paraguay, Ortega No Se Va (2009) publicado también en La Propia Cartonera de Uruguay (2010). Y Sufrimientos de Actualidad y Ejercicios de Belleza (2009) en Ñasaindy, la editorial cartonera de la provincia de Formosa. Luces y sombras para Sofía (2012), fue editado en Julieta Cartonera, de Toulouse, Francia. Ortega No Se Va, Pekerman Saborizado y Sentimiento Bielsa están editados en la cartonera Niña bonita de Zaragoza, España, por David Giménez.
Integró la antología de poesía joven argentina, Poesía En La Fisura, de Ediciones del Dock. (1995), antologada por Daniel Freidemberg. Vive en Vaqueros, Provincia de Salta, donde integra la Fundación Cultural Cebil, con su proyecto de residencia de artistas y espacio poético en el monte.  Dirige la editorial “La Juana Cartonera”, en Salta.  Dicta clínicas de experimentación y producción de poesía, como también, talleres de autoedición.


Fabrício Corsaletti: Poemas




  Fabrício Corsaletti
















Everything is broken

la calle está quebrada
mis botas
están quebradas
mi voz
está quebrada
mi pensamiento
está quebrado
las puertas
están quebradas
el despertador está quebrado
la noche está quebrada
la mañana
será quebrada –

hay una persona en el mundo
que no está quebrada
y yo estoy a su lado
como si no estuviese quebrado –

la alegría
está quebrada
el cansancio
está quebrado
todo está quebrado


Variaciones sobre un desconocido

1
un desconocido está parado frente a un restaurante
el mismo desconocido no está más
parado frente a un restaurante

2
un desconocido está parado frente al mar
el mismo desconocido no está más
parado frente al mar


Variaciones n° 4

1
lo que está hecho está hecho
mi sol de fuego no puede destruir
mi sol oscuro

2
lo que está hecho está hecho
mi sol oscuro no puede destruir
mi sol de fuego


Transparencia

el foco
de la luz
del día
me atraviesa

la luz
de la noche
se dispersa
en cuanto paso

transparente
como un fantasma


Como he vivido

de noche tengo pesadillas
de mañana escribo
después trabajo ocho horas
iba a decir seguidas
pero no es verdad
existe una pausa para el almuerzo

existen otras pausas también –

la pausa de las caminatas
la pausa de afeitarse
la pausa del alcohol
la pausa del sexo
la pausa de la música
la pausa del amor
la pausa de las vacaciones
la pausa del fin de semana

algunos hablan en la pausa de la muerte
pero no lo suscribo

de noche tengo pesadillas
y de mañana escribo
después trabajo ocho horas
con pausa para el almuerzo


Poesía y realidad

el azúcar de tu voz
no saldrá de mis huesos –

mi vida será triste
perderé a mis amigos

venderé a mi familia
por un vaso de cachaza

vagaré por las ciudades
pidiendo limosna y perdón

olvidaré mi infancia
no recordaré mi nombre

moriré como indigente
no seré reconocido

mi cuerpo lleno de costras
será lanzado al mar –

el azúcar de tu voz
no saldrá de mis huesos

[poemas de Esquimó, 2010]
[Versiones: Demian Paredes, Buenos Aires, 2020]

Fabrício Corsaletti (1978) nació en Santo Anastácio (San Pablo). Entre sus libros se
encuentran: Estudos para o seu corpo (poesía, 2007), King Kong e cervejas (cuentos, 2008), Baladas (poesía, 2016), y Zoo (2005) y Zoo zureta (2010), de poesía infantil.