viernes, 21 de noviembre de 2014

Ignacio Di Tullio: Famiglia





Ignacio Di Tullio
























REPUBBLICA ITALIANA
Passaporto per l´ estero
7 Genn 1950

El padre de mi padre me mira fijo desde el papel amarillento. Quiere escapar de la fotografía. Su pasaporte dice manovale, figli di Enrico e di Giovanna. Pondrá manos a la obra, cruzará el océano, bajará de un barco. Con esa mirada podría arrancar orejas con los dientes. Quiere desgarrar, fornicar, comer tierra. Vulnerar el corazón de una nación. Un hombre capaz de comerse a otros.
¿Pero qué culpa tenía tu hijo de todo esto? ¿Por qué no puede pronunciar tu nombre? Me contaron acerca de las trompadas en las orejas. Y ahora a mi padre le falta oído para algunas respuestas.
En la foto de la renovación tampoco quiso hablar. Luce cansado. Viste saco y corbata, se ha sacado el bigote. ¿Cómo será vivir en las fotografías descargando golpes en la cabeza?
Yo debería poder decir nonno. Mi padre, hablar de vos. Pero tiene tu nombre empozado en una mano. Y cada vez que lográs escapar de las fotos, la cierra.

*

Recuerda siempre al hombre
que cada sábado te despertaba
para que lo ayudaras con la casa.
Decía para qué llamar a alguien
si el único problema
que no tiene solución
es la muerte.
Recuerda su cara crecida de sombra
y los ojos achinados
por el humo del cigarrillo.
Subía a altillos y tejados
pero lo esperabas al pie de la escalera
con la caja de herramientas.
Fuiste su instrumentista.
Odiaste a ese cavernícola
que decía dejá y pedía
que le alumbraras con la linterna.
Parecía que no enseñaba pero recuerda
cuando arreglaba las cosas
te pedía que lo acompañaras.
Recuerda
su catequesis

*

Mi padre se da cuenta de la muerte de su madre

Estaban tus nietos, tu nuera.
Estaba tu hijo, el que no lloraba,
y no muchos más.
Tu familia te había sobrevivido.
Te miraban pasar adentro de un cajón,
el cuerpo de la matrona más gorda del mundo,
la gran ballena blanca
que el calor de un horno
volvería a convertir en polvo.
Sin saberlo, mi padre citaba a Auden:
“Fue mi papá, mi mamá,
 mi socia, mi amiga, mi esposa”.
Después, lo perdí de vista
hasta que alguien me tocó el hombro.
“Andá con él”. Y entonces
vi el maleficio roto.
Lo vi llorar a los gritos contra una pared.
Ese día, mi padre
vació los bolsillos del mundo,
desacreditó a todos
los señores del jurado,
con la sentencia más lunfarda
jamás conocida.
“La puta madre -dijo-
todos dicen qué lástima,
todos hablan, pero nadie sabe
qué cagada
que se te muera tu vieja”.  

*

Mi padre elige frutas en el mercado.
Detuvo su coche camino al trabajo
para bajar a tocarlas.
Desoye las recomendaciones del vendedor:
sus manos sabias bien educadas
prescinden de consejos
saben que se someten a una cuestión moral.
Presiona con sus yemas la piel de un durazno,
verifica la blandura de su carne.
Después pesa una pera en el hueco de su palma.
Con la otra mano envuelve  una ciruela
y se adueña del mundo.
También su padre elegía las frutas camino al trabajo.
Entraba con mi padre y sin decir palabra
sujetaba una fruta en cada mano, las pesaba
y lo educaba en el ejercicio de la duda.
Era una escolástica muda y presencial.
Las frutas maduras siempre son las más dulces:
Ahora es mi padre quien deja caer el proverbio.
No me mira al hablar. Piensa en voz alta
y espera que me agache a recogerlo
y lo elija, si quiero.

*

El arquitecto

Los domingos al mediodía
el hombre encendía el fuego.
Sus hijos ya crecidos
tenían edad para conseguir
sus alimentos, pero el hombre
acomodaba cuidadosamente
las maderas. Medio cuerpo
adentro de la parrilla.
Poco papel y mucha madera
las palabras brotaban del interior
de la cueva. No miraba a nadie
sólo hablaba y dejar siempre
espacio para que entre el aire
así respira el fuego
Así respira el fuego,
eso decía. Debajo de la parrilla
ha edificado una prolija
vivienda inflamable.
Nosotros ya conocemos
el resto de la historia:
al terminar de hablar
el hombre incendiará
palabras y casa
--el holocausto de costumbre—
y desde la mesa todos sentiremos
lástima al ver arder la bella casa.
Pero en el día del señor
esa es la ofrenda del hombre,
el precio que le pone al hambre
que él mismo inventa.
¿y si no agarra? preguntamos.
Sonríe. La vista
clavada en su obra. Un arquitecto.
Va a agarrar, responde.
Y enciende un fósforo.

*

Pienso en mi padre:
cuarenta años visitando la misma peluquería,
retomando las cosas, su callado ritual.
Ese hombre golpea siempre en el mismo sitio:
trabaja para tener las manos limpias,
escribe el largo poema de su reincidencia.
Otra vez, mi padre.
Confiándole su vida a un desconocido,
cortándose el pelo:
hay dos tijeras que silencian muchedumbres a cada susurro;
dos filos parecidos a dos riesgos cualquiera.
Y una inocencia reflejada en el espejo.
una inocencia de humano abatido:
casi una resignación.
También un peluquero, hace cuarenta años,
viene escribiendo el mismo poema.
Allí se marcha mi padre. Está vivo una vez más.
Cierra la puerta a espaldas de una fatiga de tijeras
y de un hombre de manos limpias que barre los cabellos
de los hombres.
*
Después de cenar se recuesta en su silla
y repite el ritual. Sin sacarme los ojos de encima
los dedos largos buscan el paquete. 
Ya en su boca, mientras habla
el cigarrillo se mueve hacia cualquier lado,
las palabras salen como pueden.
Después de un rato así, lo aprieta bien
entre los labios y acerca cigarro y boca
a  la llama del encendedor.
Y en una mismo gesto técnico
la boca se le llena de humo
la brasa queda ardiendo fuerte
apoya el encendedor sobre la mesa.
Envuelve la rodilla con una mano,
el brazo que cuelga sostiene el asunto
entre el índice y el pulgar.
Y cada vez que quiera fumar, va a apoyar
casi todos los dedos de la mano sobre el cigarrillo
y va a repetir esa pose de galán maduro
los ojos entrecerrados
para evitar que les entre humo
y va a mantenerse así
a lo largo de toda la conversación.
Sin moralejas. Sólo cenizas.
Las maniobras tranquilas de mi hombre viejo
y sus dos cigarrillos diarios.

*

Hay un plato de fideos olvidado
enfriándose sobre la mesa.
Siempre decías que era una ofensa
no comer lo que a uno le servían.
Nosotros limpiábamos los platos
en nombre de tu hambre.
Aquella noche estabas del otro lado de una puerta
en una cama de hospital
esperando que se desarrollara el trámite.
Un pulmón fuera del cuerpo te ayudaba a respirar.
Mi madre tomaba tu mano derecha
 a mi padre le había ganado el sueño.
Yo envolví tu otra mano
y me gustó pensar que aún ausente
los dedos se te cerrarían apenas.
Recordé cuando de chico me veías venir
corriendo hacia vos.
Decías mi amore: me llamabas como al amor.
Entonces noté que por primera vez en mucho tiempo
respirabas por tu cuenta
la boca abierta
como queriéndote meter
todo el aire de aquella noche.
Cerré los ojos
para buscarte en esa oscuridad
que habitan los que se van.
Me escuchaste.
Abriste un poco más la boca
y empezaste a respirar el alma hacia afuera.
Todavía hoy escucho esa música pareja y regresiva
y vuelvo a recordar que sos mi nonna.
Cuando abrí la boca, sonreías:
En el fondo te daba gracia
esa burda retórica con que van cargados
los adioses.
Mi madre bajó la mirada.
Despertá a tu padre y avisále, dijo.
Pero mi padre está tranquilo en su sillón de acompañante.
Apenas lo toco se despierta y sonríe.
Viene de encontrarse con vos
en ese lugar oscuro y último
donde las madres despiden a sus hijos.
Afuera, algo había cambiado:
En un hospital alguien había aprendido a respirar,
en tu casa las cosas empezaban a dejar de pertenecerte.     

*

El sudor de mi padre
Cuando yo tenía siete años, todas las mañanas después del ejercicio, mi padre dejaba su remera colgando del perchero, secándose. Mientras se duchaba, yo entraba a su habitación y olfateaba con curiosidad biológica. Varias veces al día regresaba a comprobar cómo variaba el olor del líquido seco en su ropa. No tenía la violencia del uniforme de los desconocidos. Con el correr de las horas, la ropa de mi padre se transformaba en el sudor seco de sus respiraciones. Mismas ropas, vueltas a sudar, cada día, durante semanas. Otras veces, después del trabajo, en sus camisas, la calle: los lugares donde había estado. Cuando yo tenía doce años, en la intemperie seca en su ropa, la esencia densa y concentrada de quien él era. Mi padre, sus jugos: no recuerdo el día exacto en el que todo el proceso se convirtió en un solo aliento. El día de la transpiración: agua y palabras brotando de una misma sangre.


Ignacio Di Tullio (Villa Adelina, Buenos Aires, 1982) Poeta y ensayista.  En poesía ha dado a conocer Abrazo a la distancia (2006) y  Famiglia, (2010).  En ensayo publicó La música sin nombre (2013) una selección de ensayos escritos para diversos blogs literarios

martes, 18 de noviembre de 2014

Horacio Cavallo: Poemas



Horacio Cavallo


















Ritual

Buscar la claraboya –raro cielo–,
andar casi sin ropa, atardeciendo
por los muros crecidos de la casa,
entre juguetes rotos y alaridos
que sobrevuelan sobre toda infancia.
Andar, y andando así, entristecido
oír en los tablones de madera
el paso del abuelo hacia la nada,
la radio borroneada en la cocina.
Oír al heladero en las veredas
de todos los domingos que retengo.

El estirón, el rostro demacrado,
el miedo de crecer sin evitarlo, 
los carros vibrando en los adoquines.

No hay cómo rescatar esos veranos
con la ventana abierta y las revistas:
las muchachas perdidas en las ramas
de los árboles altos y frondosos,
y nosotros –soy yo, y los que me habitan–
perdidos en las nubes, en los charcos,
sonando una guitarra en solitario,
queriendo retener y sin remedio
la verdadera vida, que se pierde
irremediablemente con las horas.

Y llegan los disfraces, las costumbres
que deben repetir los hombrecitos,
el fingido ritual, la mansedumbre
que se empoza en la boca, amargamente.


Rezar

Vuelto de trabajar, anocheciendo,
miope don nadie entre la muchedumbre
apuro el  paso.
Busco tu desmemoria, tu pereza,
la curva de tu espalda acucharada
donde hincarme a rezar en buen lunfardo.


Claustro

Hay noches que quisiera
cerrar puertas, portones, ventanales,
oírme respirar,
creerme un poco.


Alberto

El padre de mi padre está sentado
en un sillón de mimbre, un mediodía,
inmerso entre la luz que da el pasado,
bajo una claraboya que llovía.

Mira la nada, bebe adormilado,
hojea el diario, tose en su manía
de descifrar las letras. Cualquier lado
donde olvidar los lentes le servía.

Abre un álbum y busca entre las fotos
a su madre muriendo calcinada
–un primus que revienta, ya no hay modo–

o al hijo, a las mujeres, nada, todo
lo que recuerda olvida, en la gastada
mesa del bar con sus compinches rotos.


María Isabel

La madre de mi padre balbucea
atada a la baranda de la cama.
Reclama sus zapatos, gruñe, llama
al dios que alguna vez la volvió atea.

Evoca Sangineto, la marea,
il papo, il fratello, la sua mamma.
Después todo se vuelve melodrama:
Jura que cada uno la apedrea

Una abeja se posa en un anillo.
Se casa, se descasa. Rencorosa
se mira en el reflejo de un cuchillo.

Sus perras enterradas y sus nietos,
el hijo, los apuntes, la borrosa
sombra que cae sobre sus ojos quietos


Espuma

Quiero traer un niño de diez años
debajo de esta ducha.
No mirará a su padre que lo enfrenta
mientras oye caer el chorro de agua.
Nadie más andará por los vestuarios.
Acaso alguna voz llegue de lejos
a confirmar que nadie está soñando.

Es sábado después del mediodía.

Siento que la felicidad va a parecerse
a la espuma en el pecho de mi padre.


Sigo siendo ese niño bajo el chorro de agua.
Los dedos arrugados en las puntas
y una pregunta clara que no suelto.

Durazno abierto

Estoy temblando, madre,
como me sacudía una tarde
con un durazno abierto
en medio de las manos.

Estoy temblando, madre,
parado sobre el charco,
con los ojos abiertos, madre, padre,
y una palabra oscura al borde de la lengua.

Madre que estoy temblando,
bajando la escalera con pasos de reloj.

Te estoy pidiendo agua, madre.
Agua.

Alto en la noche

Alto en la noche busco sus dos ojos
y hay un espejo y una cama prestada
en donde el movimiento del plexo,
de las manos, como si soñara
con perros que no encuentran acomodo,
o con una Meharí en la que viajaban
el viejo y Dorotea y sus silencios.
El plexo y sus dos manos, le decía,
encierran una forma de la dicha.
Hay otras entre medio:
La ventana y el carro entre las sombras,
el agua en la botella del ciervo y de la cruz,
la forma en que se hamaca mientras fuma,
o cuando vuelve rugosa la curva de su espalda
y dibuja con su boca una O como una invitación
a descender  al maelström.
Esas cosas que cuando todo tenga su límite preciso
-todo se va a algún lado con el tiempo-
flotarán en lo alto de la noche.


Horacio Cavallo: Narrador y poeta uruguayo nacido en Montevideo el 31 de diciembre de 1977.
Ha publicado El revés asombrado de la ocarina, poesía, Ediciones de la Crítica, 2006, (Premio Anual de Literatura MEC, Ministerio de Educación y Cultura 2006); Oso de trapo, novela, Trilce, 2008, Premio Municipal de narrativa 2007; Sonetos a dos (en coautoría con Francisco Tomsich), poesía, Trilce, 2010,Premio Fondos Concursables para la Cultura 2009 (MEC); Fabril, novela, Trilce, 2010, Premio Fondos Concursables para la Cultura 2009 (MEC); Piano solo, relato, Trópico Sur, 2011; Clementina y Godofredo (con ilustraciones de Daniela Beracochea), infantil, Topito Ediciones, 2012, Premio Fondos Concursables para la Cultura 2012 (MEC); Cenizas, relatos, La Propia Cartonera, 2012; El jorobado de las alas enormes (con ilustraciones de Pantana), infantil, Trilce, 2012, Descendencia, poesía, Ediciones del Estómago Agujereado, 2012, El silencio de los pájaros, Alter ediciones, 2013, relatos, y Figurichos, junto al Ilustrador Sebastián Santana, Ediciones de la Banda Oriental, 2014, Premio Bartolomé Hidalgo en Libro Álbum. Integra varias antologías tanto en poesía como en narrativa. 

Sonali Datta: Poemas

























LA LLUVIA

y por fin se vino .

Esperábamos con ojos secos,
con hojas arrugadas,
con la sed enorme,
con un montón de las  palabras tácitas,
con un gran ardor en el corazón,
con las nubes pálidas y cansadas en el cielo,
con noches insomnes y días sin sueños

 y por fin se vino.

Su bata gigante había cubierto el cielo…
bailando con sus flechas vidriosas.
Estaba sonriendo con destellos,
riendo con los truenos,
estirando su mano para abrazar el mundo.
La hierba consiguió el regalo del cielo
y prometió dar un campo más verde.
El río consiguió el regalo también ,
aseguró a luchar contra la sequía.
Nos empapamos y reunimos la fuerza
para aguantar la vida

y  se sonrió  y dijo—
vacié yo mismo para haceros fresco.
He derramado muchas gotas ;
¿ derramaréis  una o dos para mí ,
mis amigos?

 UNA TARDE

Alguien apagó todas las lámparas de la ciudad.
En la acera los zapatos tropezaron,
en el camino
todos los coches perdieron sus direcciones.
Los cuerpos altos, cortos, delgados, gordos
comenzaron a moverse como fantasmas
pero no podían ir adelante.
La luna fue detrás de la nube,
los perros de la calle comenzaron a gritar;
Era un lugar perfecto del terror.

De repente vino la luz;
¿ la lámpara? No.
Vino Ud.
Dos ojos brillantes,
algunas uñas afiladas…
¿Quién es usted?
 Yo no lo sé.
Los hombres y mujeres,
ahogados en la oscuridad densa,
vieron un espíritu ardiente …
adelanta por el camino
con pasos duros.


EN UNA CIUDAD SOLITARIA

El edificio ha tocado el cielo,
estoy parado aquí
tocando el edificio
pero nadie me toca.


HE

Escribe desde el otro extremo del mundo
Me envía el mensaje de la vida
Sonríe con los rayos del sol
Asegura con la gran confianza
Estira su mano con una rosa
Nunca dice—no
Viene sólo en sueño
pero lo encontré en mi corazón cada momento.
¿Quién es? ¿Sabes?


EL REGALO

Quería darle algo ;
fui a la tienda a comprar.
¿Qué debo comprar?
Yo estaba confundido.
¿Qué puede ser tan precioso como un regalo
 que más le convenga?
 Salí y regresó a la casa ;
 Abrí mi guardarropa-- ¿Hay algo?
 ¡No!
 Vacié mi bolso-- ¿Hay algo?
 ¡No!
 Ah -- ¿qué te daré ahora?
 Estaba cansado y deprimido;
 me senté en mi cama y empezó a llorar.
 Entonces alguien susurró en mi oído---Gracias.
 Este es el regalo, lo que quería.


Sonali Datta (Bengala, India, 1974) Poeta y docente en lengua inglesa y española. Ha traducido a diferentes autores al bengalí y al inglés.

Robert Edward Gurney: Escupiendo sangre




Robert Edward Gurney
























Escupí sangre     
en la noche     
y me encontré esperando   
una radiografía    
leyendo el poema de Carver   
sobre el perro de su hija   
que fue atropellado.    
       
Y luego escribió un poema   
contando cómo le escribió ese poema. 
       
Luego leí algo de su padre,   
cómo murió,
y pensé en mi padre,    
muerto      
y lloré.

Robert Edward Gurney vive en St Albans, Inglaterra. Libros: La poesía de Juan Larrea, Poemas a la Patagonia, Luton Poems, Nueve monedas para el barquero, El cuarto oscuro y otros poemas, La libélula y otros poemas / The Dragonfly and Other Poems (bilingüe), La casa de empeño y otros poemas / The Pawn Shop and Other Poems (bilingüe), A Night in Buganda: Tales from Post-Colonial Africa. Traducción: The River and Other Poems (El río y otros poemas, Andrés Bohoslavsky, Argentina). Sus tributos a Dylan Thomas, To Dylan (2014) y Dylan’s Gower, se publican con motivo del Centenario del poeta galés.