miércoles, 23 de enero de 2013

Guillermo Bianchi: Poemas.







Guillermo Bianchi
















 

Conclusiones

este amor que no empuño ni reclamo
este deseo que resguardo en vos
como una medallita de la suerte
este amor de sonámbulos y espías
de aliento contenido
de sangre en movimiento
una sombra pegada a la pared
trepando por la furia del espejo
amor que no es abrigo
ni sábana
ni oxígeno
sino una cuerda
que intenté sujetar
para no ahogarme
y repentinamente
se enredó en mi garganta.


Transformaciones

en la tierra de todos
      el viento ya no sopla
duerme cruzado de alas
      sobre la piel del aire
el lenguaje rechaza su condición de humo
hay ríos que se alzan como mares
hay mares que convergen como ríos
la serpiente
      le exige a dios sus patas
los poetas reclaman su corona de espinas
y el cordero le clava
      los colmillos al lobo.


Orfandad

hace noches que arrastro este cadáver
hemos bebido juntos del furor y la bruma
hemos acariciado la muerte a contrapelo
aliviado el dolor en madrigueras
donde la realidad pasa de largo
un ala negra sobre el cielo puro
batiendo contra el pecho
su avidez de relámpago

casa por casa fuimos
a derramar la hiel de nuestra angustia
hemos visto la calle sin ventanas
donde van a besarse los suicidas
antes de transformarse en certidumbre
hemos amanecido con un tiro en la frente
y un puñal escondido en la garganta

hace noches que intento abandonarlo
envolverlo en mi abrigo
y acostarlo en su espanto
como quien deja a un niño
                                                 a los pies de una iglesia.




Guillermo Bianchi (Buenos Aires, 1970)  Poeta. Ha publicado  La luz de los vencidos (2012). En 2009 obtuvo el primer premio en Certamen Internacional Orillera (Buenos Aires);  y ha resultado finalista en los premios  Internacional de Poesía Videncia (Cuba),  Literario Revista Axolotl,  Ediciones Ruinas Circulares, Internacional de Poesía Patagonia Sur del Mundo y en el premio Internacional de Poesía Olga Orozco, con un jurado integrado por Juan Gelman, Jorge Boccanera, Antonio Gamoneda y Gonzalo Rojas.


lunes, 21 de enero de 2013

Novedad Editorial: En negro y negro, Ignacio Fernández de Palleja.



























(Estuario Editora-Colección Cosecha roja, Montevideo, Diciembre, 2012)



Ignacio Fernández de Palleja (1978) es poeta, narrador, periodista cultural y profesor de literatura española y de lengua portuguesa en la escuela media. Este es su tercer libro, el primero de cuentos. Los anteriores fueron Poemas desde un Peugeot rojo y una carretera quieta (2012) y Poemas altibajos (2012).
En los tres libros, pero en este en especial, refleja que también es “un sensible y agradecido lector” (Borges dixit), un estudioso del estilo y las técnicas, de las corrientes y de la historia de la literatura, atento a la sintaxis y a sus juegos. Intertextualidad o guiños, como se le quiera enfocar (y llamar), la lectura atenta de estos tres libros muestran a un escritor documentado, de poderosa cultura, la que sabe procesar sin hacer ostentación.
Tenemos aquí ocho cuentos. En todos ellos sobresale el ingenio. Y aquella fórmula universal de “muestra tu aldea y...”, muchas veces mal aplicada y por ello gastada,  la que encuentra en cambio en este libro el realce y la confirmación de su segura certeza, su verdad.
Llamar “cuentos policiales negros” a los ocho relatos de diversa extensión y estructura que reúne el libro posiblemente sea caer en un reduccionismo o en una banalización (como lo sería llamar novela policial o de tema policial a Crimen y castigo de Dostoievski, Thérèse Desqueyroux de François Mauriac, o la pieza Corrupción en el Palacio de Justicia de Ugo Betti, o a novelas de Dürrenmatt o Sciascia y alguna que otra de Balzac, para poner algunos ejemplos extremos).   
La novela negra y el relato breve negro están más vinculados a lo policial, y si bien lo policial está presente en la mayoría de estos cuentos, la presencia imperativa es la de la hipocresía, el crimen, la injusticia (aunque finalmente la justicia, de una u otra forma, prevalece). En Negro y Negro el autor se aparta de los esquemas de la novela o relatos policiales. La frontera común que pueden tener con la novela negra sólo se percibe en la atmósfera asfixiante, la incertidumbre, la violencia reprimida y la injusticia relativa.
 Lo que prima en estos cuentos es el claroscuro humano y social. Ya en el primero (“El intendente”) se define, se marca, diría que se proclama el estilo y la intención estética que regirá el libro: combina un refinado realismo (el social de las lacras y el individual secreto), con la mirada crítica, sin hacer concesiones pero sin caer en simplismos, mirada que se detiene en el crimen, la mentira, la hipocresía, sin por ello renunciar al humor sutil, y siempre recurriendo al suspenso.
 Los relatos son “duros”, los llamaría “secos” o “enjutos”. No hay una palabra de más, el narrador de tanto en tanto deja caer alguna mirada piadosa, pero no por ello estamos ante un autor que mira la humanidad sin esperanza. Muy lejos de esto último. El pedazo de tejido que  pone bajo el microscopio sigue los pasos de un forense que disecciona la parte enferma de un tejido (más bien los casos se aproximan a una autopsia).
La perspectiva, decíamos, es crítica y refinada, pero sin ser cínica; lo social no empaña lo literario, no cae en juicios facilongos, contraponiendo el blanco del negro, no juega a maniqueísmos: muestra, describe, cuenta... Y cuenta nutriéndose de la literatura que ha leído y de la que a lo largo del libro nos lanza varios guiños. Sus lecturas procesan en su mirada la vida incierta, desconocida y hasta confusa de nuestros pueblos, de nuestros personajes cotidianos, anónimos, oscuros muchos de ellos. Nos sugiere otro Peugeot que sigue rodando por la carretera, y como aquel carruaje al que aludía Stendhal, nos va mostrando lo que ocurre en las veredas, seleccionando con ojo inteligente, eje de una estética, de un fundamento. La carga de contenido mostrada en el Peugeot se mantiene en este libro de cuentos, que presenta una unidad ocular y filosófica firme y constante a lo largo de todos los relatos.
Su mirada es lúcida, pero no necesariamente pesimista, no hay tortuosas historias sobre la derrota de la justicia y no prevalece la podredumbre de un sector de la sociedad, aunque el sarcasmo sea cáustico y el retrato amargo; las metáforas corrosivas, las tensiones y la ironía denuncian males ancestrales, consustanciales a nuestra historia nacional y a nuestro interior nacional profundo. Cada una de las historias está armada de manera que va creciendo en su desarrollo, se complica, gana en enigma y suspenso, en todas los temas de la justicia (al filo de la imposibilidad de que la justicia se imponga) está como escenografía dominante, como reflejo y diagnóstico sobre un repertorio de la realidad social uruguaya.

Horacio Verzi


jueves, 17 de enero de 2013

Alicia Salinas: Tres Poemas.





Alicia Salinas


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

Gallina ciega

Antes de comenzar el juego conoció el fulgor.
Pero le quitaron el brillo, las brasas. Se reveló
entonces la ajenidad de las aureolas: la luz
no es de nadie, la oscuridad
de todos.

No importa quién vendó, de dónde
la recomendación de la tiniebla.
Es hora de (vol) ver.
Esta gallina se rebela a la ceguera, al titubeo.
Otros fuegos se esparcen en la noche.

Doloroso tendal traman los pasos,
y sin embargo a su través se atisba
el final del túnel.

Hoy nadie puede la indiferencia
ante semejante voluntad
de abjurar La Sombra.

Duda

 

de dejar esta piedra en la orilla o llevarla conmigo.
Una lengua de luz la dora, otra hace brillar la mica.
El agua devora los contornos.

¿Puede la mano alzar de su cuna milenaria
un pequeño gajo desprendido del continente?

Duda de alterar el destino del mundo, el curso 
universal de las cosas perfectas. Sin embargo
tanto la deseo: nuevas e invisibles membranas
nacen en el cuerpo.

El aura en ascuas inquieta todo.
Vocación de atesorar lo ajeno, de no permanecer
indiferente. Creer que por levarla la poseo; no
conformarse, en fin, con el recuerdo.


Ama de casa

Cocer la masa, excusa
para golpearla antes, retorcerla
como al cuello de la gallina sacrificada,
a la trenza de una hija pequeña.

Cocer la masa, epílogo
de mazazos que derraman harina
en toda la alacena. Marcas dejan,
como las caricias del hombre de la casa.

Cocerla y ver su forma
henchiéndose caliente, torturada
por perder su condición de cosa cruda.

Por la tarde, servirla en un plato con flores
pintadas en la losa blanca. El té
hirviente sobre el mantel de lino.

Y que admiren mis serenos modos
de revolver
con la cuchara el azúcar.



Alicia salinas (Rosario, Santa Fe, 1976) Poeta y periodista. Ha dado a conocer dos volúmenes de poemas: Gallina Ciega (2009) y La  Sumergida (2003). Sus textos han sido incluidos en distintas antologías.




jueves, 10 de enero de 2013

Mary Jo Bang: Qué Bello.





Mary Jo Bang



















Una lente personal: los rayos combados por el cristal
que le brindaban a uno las noticias del día
repitiendo cada día y  todos los días

sólo recuerda que estás parado
en un planeta que está en evolución.
Cuánta belleza, pensó, lo que la distancia

hace por el agua, la perspectiva
brindada por la altura o la distancia.
En el sueño de anoche, ellos habían regresado
nuevamente al principio. Ella era una niña

y él era un niño.
Un avión descendió y la dejo allí.
El frío aclara el cielo blanco con un blanco más intenso.

Luego un escalpelo la abrió de lado a lado para que  todo el mundo
fuera un océano.

(versión Esteban Moore)


Mary Jo Bang ( Waynesville, Missouri, EEUU, 1946) Poeta, traductora, docente universitaria. Ha publicado varios volúmenes de poesia entre los que destacan Apology for Want (1997); Louise in Love (2001); The Downstream Extremity of the Isle of Swans (2001); Elegy (2007) y  The Bride of E (2009). Actualmente trabaja en la traducción del Infierno de Dante. Su obra ha sido distinguida en su país con la mayoría de los premios más importantes.

lunes, 7 de enero de 2013

Paul Auster: Búsqueda de una Definición (Habiendo visto una pintura de Bradley Walker Tomlin).






















Siempre el  más pequeño  de los actos


posible
en este tiempo de  actos


más grandes que la vida,  un gesto
hacia la cosa que pasa

apenas entrevista. Un viento suave

perturbando una fogata, por ejemplo,
que  accidentalmente
hallé el otro día

en la pared de un museo. Allí 
no hay casi nada: algunos vestigios
de blanco

arrojados con desgano sobre
el negro puro del fondo, nada más
que un pequeño gesto
intentando ser nada

más que él mismo.  Y sin embargo
no está allí
y a mis ojos nunca se transformará
en la cuestión
de tratar de simplificar

el mundo, pero sí  un modo de buscar un lugar
para entrar en él, una manera de estar
presente
entre las cosas
que no nos desean –pero que necesitamos
en la misma medida que necesitamos
de nosotros mismos. Sólo un momento antes de que
la hermosa

mujer
que estaba parada delante de mí
había estado diciendo cuanto deseaba
procrear y cómo el paso del  tiempo
le estaba jugando en contra. Dijimos:
cada uno de nosotros debe
escribir un poema utilizando
las palabras ‘Un viento
suave

perturbando una fogata’. Desde entonces
nada

ha significado tanto como el pequeño
acto
presente en estas palabras, el acto
de intentar hablar

palabras

que significan casi nada.  Hasta el mismísimo final
quiero  ser igual
a lo que fuera que mi ojo me traiga, como si
yo pudiera finalmente verme
abandonarme
en las cosas casi
invisibles

que nos llevan con  nosotros mismos y todos
los niños por nacer

a ingresar en el mundo.

(versión Esteban Moore)


Paul Auster (Newark, New Jersey, EEUU, 1947). Novelista, poeta, traductor  y ensayista. En ficción se destacan, entre otros títulos:  The New York Trilogy (1987), Moon Palace (1989), The Music of Chance (1990), The Book of Illusions (2002), and The Brooklyn Follies (2005); en tanto en poesía ha dado a conocer: Disappearances: Selected Poems (1988); Ground Work: Selected Poems and Essays 1970-1979 (1991) y Collected Poems (2007). Ha traducido  a Stéphane Mallarmé y  a Joseph Joubert.














miércoles, 2 de enero de 2013

Jorge Pimentel: Rimbaud en polvos azules.




Jorge Pimentel










  


                                                                                   a Charo Arroyo





Rimbaud apareció en Lima un 18 de julio de mil
            novecientos setenta  y dos.
Venía calle abajo con un sobretodo negro y un par de
             botines marrones.
se le vio por la Colmena repartiendo volantes de apoyo a
             la huelga
de los maestros y en una penosa marcha de los obreros
             trabajadores
de calzado El Diamante y Moraveco S.A., reapareciendo en
             la plazuela
San Francisco dándole de comer a las palomas y en un
             cafetín donde rociaba
migajas de pan en un café con leche mientras entre atónito
             y estupefacto
releía un diario de la tarde. Las personas que lo vieron
              aseguran que denotaba
cansancio y que fumaba como un condenado cigarrillo
              tras cigarrillo.

Pálido como una hermelinda, de contextura delgada, entre
              las manos portaba
un libro de tapa gruesa. Luego hizo un ademán con la
              mano pidiendo la  cuenta.
Pagó 13 soles y 50 centavos y luego partió y una
              muchacha al reconocerlo le tendió
la mano  y le ofreció posada y su cuerpo a lo que él
              respondió invadiéndola
de luces anaranjadas. Llovía. Y las pocas personas que en
               esos momentos
contemplaban la escena —serían unas 15, de 20 no pasan—
                reunidas bajo el toldo
de la chingana armaron un tremendo barullo llamándolo
                Arturo Arturo Rimbaud.
Y sus pasos fueron lentos mientras enrumbaba por el
                Jr. Leticia y la calle Caquetá
en el Rimac. Casi todos los que se encontraban reunidos
                coincidían en afirmar
que su aparición podría traer funestas consecuencias al
                sistema y al orden
establecido y que mejor era dar parte a la policía. Y la
                descripción que de él
dio un político coincidía con las que se dan para atrapar a
                 un maleante.

La del empleado del Ministerio de Educación fue que en su
                 abundante cabellera
pendía un turbante turco y una argolla de bronce aparecía
                 en una de sus orejas.
A lo que un joven estudiante de San Marcos prorrumpió
                  amenazadoramente aseverando
que todos ellos estaban siendo alienados y que más bien
                   había que cumplir
al pie de la letra la aseveración de Juan Nicolás Arturo
                   Rimbaud “Hay que cambiar
la vida” para lo cual había que destruir todo un sistema
                   inhumano injusto y atroz.
¡Linda manera de hacerse oír!, terció la voz de un anciano,
                   y un muchacho
de secundaria dijo: ¡Bueno tío, y la muchacha que fue
                   invadida de luces
anaranjadas extrajo un lápiz de labios de su cartera
                   corriendo hasta llegar
a un muro donde inscribió esta significativa palabra

                                             FIN



Jorge Pimentel (Lima, Perú, 1944). Poeta y periodista. Ha publicado: Kenacort y Valium (1970), Ave Soul (1973), Palomino (1983), Tromba de Agosto (1982)  y Primera Muchacha (1997).
Una reciente reedición de Ave Soul  (2008) lleva prólogo del escritor chileno Roberto Bolaño.
          

     
 














sábado, 29 de diciembre de 2012

EL PSOE DE VILLARROBLEDO EN CONTRA DEL FRACKING

Tierra de gas - Josh fox [Subtitulado español - Castellano] Completo

La Sombra del Fracking GAS NO Convencional

No al fracking en Europa

¿Que es el Fracking? ¿Que es la fractura hidraulica?

El G.A.N. presenta: NO al Fracking en Entra Ríos

Verso & Jazz.














A “Dizzy” Gillespie


El ángulo de su trompeta te delata,
el corazón hacia lo alto, la sonrisa,
el sonido quebrado, el juego de vivir,
los ojos negros, la tristeza,
el aire de tu boca, los ruidos del alma.

Imagen de lo distinto, de nuevo la sonrisa,
el paso cambiado y el ritmo de los bolsillos,
el instante,  la mueca y el oro sobre el pecho,
gorra de colores sobre el sueño,
cosas sin definir: la libertad.

Javier Domínguez (Málaga, España, 1953).


El cantante mudo

Despedidas, despedidas Berini
Chet Baker cayendo como un ángel sin alas
y sin dientes –hermoso- intentando
recordar la letra antes de que termine la canción.
Camarón pidiendo un pitillo con duende
Machado una tumba al sol de los hombres sencillos
Lester y Billie desdiciendo sus apellidos
excepto cuando el jazz los absuelve del tiempo
Y aquel viejo escultor de calaveras y ataúdes
llamado James “Son” Thomas
que soplaba su harmónica contra el viento idiota
y el conformismo blanco y canalla.

Fernando Garcín (Valencia, España, 1959).


Don Cherry, el Gato, Paquito…

En escenarios iluminados -ellos ofrecen
el eco aislado de una nota musical
/lo descomponen
hablándole al vibrante metal de sus instrumentos
en soplos
              el susurrado aullido de sus preguntas
preguntas que no requieren respuestas inmediatas
quizás tan sólo -nuevas preguntas/ así ellos
frasean su respuesta -en el armónico plisado
                                      de unos sonidos


Esteban Moore
Esteban Moore (Buenos Aires, Argentina 1952).





















Jazz de verano


Escucho jazz a medianoche,
entre el calor y el deseo
mi vecina va desnuda a  la nevera.

Jesús Zomeño
Jesús Zomeño (Alcaraz, Albacete, España, 1964).

Luis Fernando Chueca: Salamandra.



Luis Fernando Chueca

















Por años fui confundida con los santos
“bestia maravillosa de raza divina, me decían,
capaz de atravesar el fuego sin arder.”

Cierto es,
combinaciones genéticas caprichosas han querido
que sea flama incombustible,
encendida humedad sobre el ardor eterno de las piedras.
        Sylio, stellion, salamandra,
        pequeño lagarto o ave multicolor,
        habitante del fuego con el que lucen todas las estrellas.
Admirada por los hombres
he bebido de grandes privilegios:
los infames no atinaban a fijarse
en mi pelambre impura,
en mis ojos saltones
o en las inscripciones de mis huellas.

Pero soy
metáfora sutil de los infiernos,
castigo de los dioses,
espejo impronunciable
y escondido,
lujuria de Magdala.
Y me impiden regresar a mi forma original:
       mujer maravillosa
       piel de seda
       y hermosas redondeces.

Fui destinada a servir a las piedras calcinantes
ya  que un día desdichado
los hombres quisieron atraparme
junto al fuego.
Desde entonces ven en mí
un mensaje majestuoso de la luz
pureza de los incandescentes eternos
la magia, la fe o  la verdad
de los señores del eterno paraíso.


Luis Fernando Chueca (Lima, Perú, 1965) Poeta, ensayista y docente universitario. Ha publicado, entre otros títulos: Rincones-anatomía del tormento –(1991) y Animales de la casa (1996).

viernes, 21 de diciembre de 2012

Alfonso Reyes: Yerbas del Tarahumara.



Tarahumaras









Han bajado los indios tarahumaras,
que es señal de mal año
y de cosecha pobre en la montaña.

Desnudos y curtidos,
duros en la lustrosa piel manchada,
denegridos de viento y sol, animan
las calles de Chihuahua,
lentos y recelosos,
con todos los resortes del miedo contraídos,
como  panteras mansas.

Desnudos y curtidos,
bravos habitadores de la nieve
—como hablan de tú—,
contestan  siempre así la pregunta obligada:
—“Y tú ¿no tienes frío en la cara?”

Mal año en la montaña,
cuando el grave deshielo de las cumbres
escurre hasta los pueblos la manada
de animales humanos con el hato a la espalda.

La gente al verlos, gusta
aquella desazón tan generosa
de otra belleza que la acostumbrada.

Los hicieron católicos
los misioneros de la Nueva España
—esos corderos de corazón de león—
Y, sin pan y sin vino,
ellos celebran la función cristiana
con su cerveza-chicha y su pinole,
que es un polvo de todos los sabores.

Beben resgüino de maíz y peyote,
yerba de los portentos,
sinfonía lograda
que  convierte los ruidos en colores;
ylarga borrachera metafísica
los compensa de andar sobre la tierra,
que es, al fin y a la postre,
la dolencia c omún de las razas de hombres.
Campeones del Maratón del Mundo,
nutridos de la carne ácida del venado,
llegarán los primeros con el triunfo
el día que saltemos la murallas
de los cinco sentidos.

A veces, traen oro de sus ocultas minas,
y todo el día rompen los terrones,
sentados en la calle,
entre la envidia  culta de los blancos.
Hoy sólo traen yerbas en el hato,
las yerbas de salud que cambian por centavos:
yerbaniz, limoncillo, simonillo,
que alivian las difíciles entrañas,
junto con la orejuela de ratón
para el mal que la gente llama “bilis”;
la yerba del venado, el chuchupaste
y la yerba de indio, que restauran la sangre;
el pasto de ocotillo de los golpes contusos,
contrayerba para  las fiebres pantanosas,
la yerba de la víbora que cura los resfríos;
collares de semilla de ojo de venado,
tan eficaces para el sortilegio;
y la sangre de grado, que aprieta las encías
y agarra en la raíz los dientes flojos.

(Nuestro Francisco Hernández
—el Plinio Mexicano de los Mil y Quinientos—
logró hasta mil doscientas plantas mágicas
de la farmacopea de los indios.
Sin ser un gran botánico
don Felipe Segundo
supo gastar setenta mil ducados,
¡para que luego aquel herbario único
se perdiera en la incuria y en el polvo!
Porque el padre Moxó nos asegura
que no fue culpa del incendio
que en el siglo  décimo séptimo
aconteció en el Escorial.)

Con la paciencia muda de la hormiga,
los indios van juntando en el suelo
la yerbecita en haces
—perfectos en su ciencia natura.

Pliego Suelto, Buenos Aires, Imprenta Colombo, 1934.

Alfonso Reyes (1889-1959) Ensayista, poeta,   y crítico. “Los astros fueron generosos con Reyes. En la República Argentina hemos pasado del francés al inglés y del inglés a la incomunicada ignorancia; a Reyes le tocó una zona sensible a la gravitación del inglés y una época que no había perdido aún la costumbre de las letras francesas. Años de España lo acercaron al ayer de su sangre y una noble curiosidad lo hizo ahondar en el ayer latino y helénico. Sabiamente usó  las tres armas que se permitió Stephen Dedalus: silencio, destierro y destreza.” 

Jorge Luis Borges .
Sur, Buenos Aires, Nº 264, 1960.