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viernes, 1 de agosto de 2014
martes, 29 de julio de 2014
John Berryman: Algunos Cantos del Sueño y El Destino de Henry
![]() |
| John Berryman (1914-1972) |
1
Henry malhumorado
ocultó el día,
sin calmarse Henry mostró su enojo. Yo entiendo
su punto de vista, un
intentar ponerle fin a las cosas.
Era el pensamiento de ellos que pensaban que
podían hacerlo que transformaba a Henry en
maligno y lejano.
Pero él debió haber salido y haber hablado.
Todo el mundo como una amante de lana
alguna vez pareció estar del lado de Henry.
Luego sobrevino un
partir.
Desde entonces nada cayó como pudiera o debiera.
No entiendo cómo Henry, abierto a la fuerza de lado
a lado para que todo
el mundo lo viera, logró sobrevivir.
Lo que él tiene para decir ahora es una larga
maravilla que el mundo puede soportar y ser.
Una vez en un sicomoro yo estaba feliz
todo en la altura de su copa, y entonces canté.
Duro contra la tierra firme se desgasta el fuerte mar
y vacías crecen todas las
camas.
4
Llenando su compacto y delicioso cuerpo
con pollo a la paprika, ella me miró
dos veces.
Desfalleciendo con interés, le devolví hambrientas miradas
y sólo el hecho de su esposo y otras cuatro personas
impidieron que me
lanzara sobre ella
o caer ante sus pequeños pies gimiendo
‘Sos la más sexy por años de noche
que los ojos aturdidos de Henry
han gozado, Esplendor. Yo avancé sobre
(desesperanzado) mi spumone. Sr. Bones: rellenado,
el mundo está, de jovencitas que son alimentadas.
—Negro cabello, cutis latino, enjoyados ojos
miran hacia abajo….
el cerdo a su lado
festeja…. ¿Sobre qué maravillas
está sentada ella, allí?
El restaurante zumba.
Ella podría estar en Marte.
¿Dónde salió todo mal?
Debiera existir una ley contra Henry.
—Señor
Bones: la hay.
14
La vida, amigos es aburrida. No debemos decir eso.
Después de todo, el firmamento destella, el gran mar
suspira,
nosotros mismos destellamos y suspiramos,
y además mi madre me dijo siendo niño
(repetidamente) ‘Si confiesas alguna vez estar aburrido
significa que no tienes
Recursos Internos.’ Concluyo ahora que no tengo
recursos internos, pues estoy sobrecargado de aburrimiento.
Las gentes me aburren,
la literatura me aburre, especialmente la gran literatura,
Henry me aburre con sus problemas y quejas,
tan malas como las de aquiles,
quien ama a las gentes
y el arte intrépido que a mí me aburren.
Y las sosegadas colinas, y la ginebra, se parecen al tedio
y de algún modo un perro
se ha llevado a sí mismo y su cola considerablemente lejos
dentro de las montañas o el mar o el cielo, dejando
atrás: a mí, truhán.
1- En minúscula en el
original, minimizando la alusión al hijo de Tetis y Peleo.
46
Yo estoy,
afuera. Un pánico increíble reina.
La gente a los puñetazos
aporreándose unos a otros sin misericordia.
Los cocktails están hirviendo. Helados
cocktails están hirviendo.
Cuanto peor se sienta alguien, lo
peor
tratado será. Los tontos
eligen tontos.
Un hombre inofensivo en un cruce de calles susurró:
“¡Cristo!”
Esa palabra, así hablada, afectó la visión
de, cuando al día
siguiente cuidando el paso se dirigen al trabajo, tenderos
que fueron y les fueron recetados anteojos.
Disfrutaron ellos entonces una apariencia de amor y orden.
El sonido y el olor del milenio flotando en el aire —uno,
uno—eh, eh…
Sus anteojos les fueron quitados, y ellos vieron.
El hombre ha emprendido la más trascendental de las labores,
son fin.1 Buena suerte.
Yo mismo caminé en el funeral de la ternura.
Siguieron otras muertes. Entre las últimas,
como la memoria de un hermoso coito,
fue: Do ut des .2
[1] Su final.
2 Doy para que des.
67
No opero con frecuencia . Cuando lo hago,
las personas toman nota.
Las enfermeras muestran su asombro. Ellas pálidas.
El paciente es devuelto a la vida, o algo así.
La razón por la que no hago esto más a menudo (yo cito)
es: tengo un vivir
para fracasar —
debido a mi mujer e hijo — para mantenerlos alejados de mi salario.
-Mr. Bones, eso yo lo veo.
Ellos por estas cirugías sólo le agradecen a Ud. ¿qué?
no le pagan las
—Correcto.
En pocas ocasiones ha sido Ud. tan comprensivo.
Ahora existe asimismo
una dificultad con la luz:
Yo estoy obligado a realizar en la completa oscuridad
cirugías extremadamente
delicadas
sobre mi yo.
—Sr. Bones, Ud. aterroriza a mí.
No es de extrañar que no le paguen. ¿Habrá de morir Ud.?
—Mi
amigo, más luego tuve éxito.
El destino de Henry
Todos los proyectos fracasaron, en la tarde de agosto
estaba acostado y se maldijo y maldijo a los suyos
como lo hizo el muchacho de Housman.1
Una brisa a veces llegaba allí. La quemadura de sol producía
comezón.
Su esposa había salido a hacer los mandados. Suspiro y se
rascó.
Las niñas pequeñas estaban jugando con el teléfono.
Ellas querían dulces, los que él les dio.
Su alma entera se retorcía con la flema.
El sol se quemaba descendiendo.
Fotografías suyas desesperado inundaron el pueblo
o ciudad. Guardó luto por sus muchos amigos, o algo así..
Las niñas pequeñas estaban jugando con el piano.
Aplastó el cigarrillo apagándolo. Lo aplastó a él apagándolo
sorprendiendo a Dios, al fin, en un parpadeo de tiempo.
Su alma fue enviada.
Adressat unbekant.2 Las niñas pequeñas con un grito
le dieron la bienvenida
al deslumbrante paquete. En rima oficial
el veredicto oficial fue: fallecido.
[1] Alusión a El joven de
Shropshire, de A.E. Housman.
2 Dirección desconocida.
(Versión y nota Valeria Malrossa-Esteban Moore)
John Berryman nació en 1914 y murió en 1972. Se suicidó arrojándose desde el puente
de la avenida Washington que atraviesa el
río Mississippi conectando las llamadas ciudades mellizas de Minneapolis
y St. Paul, en el estado de Minnesota. La crónica del suceso publicada en
diversos periódicos locales da cuenta de algunos pormenores y opiniones acerca
del hecho: “Berryman no cayó en el agua,
lo hizo sobre la base de una las columnas que sostienen el puente… es extraño
pero sus anteojos permanecieron puestos… no murió en el acto… seguramente no
supo elegir el sitio desde donde lanzarse hacia las aguas, como lo han hecho
otros suicidas”. Su muerte es el último capítulo de la vida de un hombre
que se propuso una renovación de la poesía contemporánea en lengua inglesa.
Luego
de finalizar sus estudios secundarios se inscribió en la Universidad de
Columbia, Nueva York, donde bajo la guía del poeta y crítico literario Mark Van
Doren (1894-1972) se vuelca decididamente hacia la creación poética, publicando
sus primeros poemas en importantes medios como el Columbia Review y The Nation.
Se graduó con honores y se trasladó a Inglaterra, donde en la Universidad de
Cambridge se sumergiría en la tradición literaria inglesa, particularmente en
la obra de William Shakespeare. Allí conoció a T.S. Eliot, Dylan Thomas, W.B.
Yeats y W.H. Auden. Años más tarde
reconocería que tanto Yeats como Auden fueron figuras importantes en el
desarrollo de su propia poética.
En
1939 comenzó su carrera docente en la Universidad de Wayne (Chicago, Illinois), fue editor de poesía en The Nation y reunió sus primeros poemas, que fueron incluidos en Five Young American Poets (1940).
Posteriormente publicó Poems (1943) y The Dispossesed (1948) que obtuvo el premio Shelley, otorgado por la Sociedad de Poetas de
América. En los años siguientes Berryman
publicaría una biografía psicológica: Stephen Crane (1950) y se establecería como un referente crítico y
académico. Escribió
sobre la obra de William Shakespeare,
Henry James, F. Scott Fitzgerald, Robert
Lowell, Christopher Marlowe, Monk Lewis, Walt Whitman, Theodore Dreiser, Saul Bellow y Ezra Pound.
La
revista Partisan Review da a conocer
en 1953 su extenso poema dedicado a la poeta puritana de la época colonial
norteamericana Anne Bradstreet (1612-1672): Homage
to Mistress Bradstreet, reeditado en un volumen individual en 1956. Este
complejo poema consta de cincuenta y siete estrofas de ocho versos rimados cada
una, y está dividido en cinco secciones: la invocación a la poeta muerta, un
monólogo de la poeta, un diálogo entre Berryman y la poeta, un segundo monólogo
de la poeta y finalmente el cierre del poema en la voz de Berryman. La crítica
celebró este texto augurando que posibilitaría nuevos rumbos para la poesía
norteamericana; el poeta y crítico Robert Fitzgerald lo consideró el poema de
su generación; otros sostuvieron que a partir de este libro Berryman se había
convertido en una de las figuras centrales de la literatura de su país.
John
Berryman, que ya había recibido diversos
reconocimientos, entre ellos el premio del National Institute of Arts and
Letters (1950) y una beca Guggenheim (1952), dictó en estos años clases en las
universidades de Washington, Cincinnati y en el programa de poesía de la Universidad de Iowa.
De esta última institución fue exonerado sin honores debido a sus recurrentes
borracheras y varios arrestos por perturbar la paz pública. Sin embargo,
su alcoholismo no le impidió ser, en las
palabras del poeta Philip Levine, un profesor “brillante, intenso, articulado”.
También, durante breves períodos, trabajó en las Universidades de California
(Berkeley) y en la de Brown (Rhode Island).
Desempleado
debido a su alcoholismo su suerte parecía echada. Sin embargo, sus amigos el
novelista Saul Bellow y el poeta y crítico Allen Tate intercedieron ante las
autoridades de la
Universidad de Minnesota en Minneapolis, consiguiéndole una
cátedra en el departamento de Humanidades. Tate había solicitado para él en
primer lugar una posición en el departamento de Literatura. No obstante, éste le habría sido negado debido a las
discrepancias que otros ‘profesores-poetas’ mantenían con Berryman en el campo
de la creación poética. La mudanza a la ciudad de Minneapolis reviviría
dolorosas circunstancias que lo atormentarían durante toda su vida adulta, producidas por el suicidio de su padre,
quien había nacido allí.
Es
en Minneapolis donde comienza a escribir Los cantos del sueño (The
Dream Songs). Este poema largo, considerado así por el propio autor, que con
el tiempo llegará a sumar 385 partes, es un rotundo punto de inflexión en su
obra, una divisoria de aguas que lo distancia de su anterior formalismo. En
1964 se publicó la primera serie,
titulada 77 cantos del sueño,
que causó cierto revuelo en los medios literarios. En la ocasión Berryman
confesó que su modelo fue otro gran poema norteamericano, el extenso Canto a mí
mismo de Walt Whitman.
Los cantos del sueño formulan una poderosa declaración
contra el lugar común, en primer lugar de la poética tradicional, de la idea
implícita en la lírica de la existencia de una voz única. En ellos la voz, el
yo poético, se fractura, se multiplica, asume una pluralidad de voces. Entre
poema y poema la temática varía, esquizofrenia, psicoanálisis y vodevil; en
este proceso una voz es reemplazada de continuo por otra, produciendo, si se
quiere, textos ruidosos, volubles y dramáticos.
La figura central es Henry, a quien no pocos
han considerado el alter ego del poeta, opinión rechazada con vehemencia por
Berryman. A pesar de ello, el autor no pudo negar que el discurso de su
personaje se alimenta de su propia y lacerada personalidad y los temas que lo
obsesionaron intensamente: el suicidio de su padre, una libido incontenible, la
blasfemia, el alcoholismo y el
psicoanálisis.
El
poema, sostuvo en una entrevista otorgada al Paris Review, “se desarrolla a partir de mis observaciones
de las experiencias de Henry, su medio y sus asociados, en parte debido a mis
lecturas teológicas.” Henry es un truhán,
un norteamericano de mediana edad que habla de sí mismo en primera,
segunda y tercera persona. La comisión de pecados capitales no despierta en él
ningún sentimiento de culpa. Debido a ello, su amigo el Sr. Bones, otro
personaje central, representando de algún modo lo que podríamos denominar una
conciencia social, en ocasiones le llama la atención, intenta corregir su
comportamiento. A Henry tampoco le molesta no ser ‘políticamente correcto’, se
burla de la poesía amorosa tradicional,
parodia distintas costumbres establecidas, y como un Al Jolson de la
poesía, imita el modo de hablar de la comunidad afroamericana; cuestión que
muchos relacionaron con una forma oculta de racismo. Asimismo, Berryman utiliza
diversos aspectos de los estereotipos del teatro de variedades, elementos de la
alta cultura y de la cultura popular, del blues y del jazz, para definir el
tono y la prosodia de su personaje.
En
1968 dio a conocer Su juguete, su sueño,
su descanso (His Toy, His Dream, His Rest). Este volumen culmina el ciclo
de Los cantos del sueño y fue
reconocido por su desenfado con el premio Bollingen y el National Book Award.
En su discurso de aceptación de la última de las distinciones recibidas explicó
su estilo iconoclasta de la siguiente manera: “Los cantos del sueño son una
manifestación de mi hostilidad hacia todas las tendencias visibles tanto en la
poesía norteamericana como en la inglesa.”
En
la opinión de Robert Lowell Los cantos
del sueño son desconcertantes y difíciles de comprender, pero, sentenció,
“cuando no te hacen llorar, te harán reír, y eso es una novedad”. Dijo asimismo
que Berryman era un exponente típico de su generación, una generación
estudiosa, henchida de nuevas convenciones.”
Si
bien Berryman compartía con sus contemporáneos la actividad académica y la
investigación, su actitud ante la poesía lo diferenciaba de ellos. Él no
buscaba el éxito, discípulos o una cátedra universitaria; todo esto le había
sido otorgado por lucidez y talento. Las recurrentes crisis nerviosas, las prolongadas
internaciones (a razón de una por año en el hospital local) debido a su
alcoholismo, no pesaron en el balance general. Tampoco tuvo demasiada
importancia la alteración de las buenas costumbres y del orden público, ya sea
en la sala de profesores o en los bares de Minneapolis. Quizás porque Berryman
perseguía más que el éxito, la portada de una revista o los premios literarios
la gloria misma. Y comprendió que para alcanzarla debía hallar una voz, alterar
la sintaxis convencional de la lengua, abolir el lugar común e integrar las
diversas variantes lingüísticas del habla coloquial. En cuanto a su sintaxis,
ésta parece adoptar la fórmula utilizada por los guionistas de ciertas
películas como las de Tarzán o aquellas en las que aparecen
pieles rojas, en las que los personajes hablan en una lengua que se pretende
primitiva o alteran los términos del
enunciado.
En su ensayo El hombre de letras en el mundo moderno, su amigo Allen Tate se pregunta qué debería hacer en
nuestro tiempo el escritor, y contesta: “…debería
reconstruir para su época la imagen del hombre, y debería difundir modelos por
medio de los cuales otros hombres puedan poner a prueba esa imagen, distinguiendo lo falso de lo verdadero.”
Su mayor responsabilidad, agrega, “… es
la vitalidad del lenguaje…distinguiendo la
diferencia entre la mera
comunicación y el redescubrimiento de la condición humana…” Ésta fue la
apuesta de John Berryman, que llevó adelante con la colaboración de Henry y el
Sr. Bones.
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Poesía
lunes, 28 de julio de 2014
Charles Simic: Belleza
Te
lo estoy diciendo, esta era la cosa real, la misma que ellos
echaron a patadas de la Estética, le dijeron que
no existía.
O
sí, inocente criatura, indefinible, inefable, y tantas otras cosas.
Me gusta tu delantal negro, tu nuevo peinado
de muchacha china. También
me gusta dormir la siesta,
el vino bien enfriado, la reyerta entre
filósofos.
Qué alegría, que felicidad nos
das cada vez que estirás tu cuerpo
sobre el mostrador para
agarrar nuestro dinero, así podemos atrapar
el aroma
de tu aliento. Has estado
comiendo galletas con sésamo y salame con ajo,
divina criatura.
Cuando escuché al viejo Plotino
decir algo acerca de que “cada alma
deseaba poseerte”, le
respondí con una mirada obscena y me fui corriendo
a casa para desenvolver y besar el rosado
jamón que cortaste para mí con
tus propias manos.
Charles Simic
(Belgrado, Yugoslavia, 1938, actualmente, Serbia) Poeta,
ensayista y docente universitario .Emigra a Estados Unidos en 1954. En el presente un importante representante de
la poesía a en lengua inglesa, a la que le suma un bizarro y extraño humor.
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Poesía
martes, 22 de julio de 2014
Arthur Rimbaud: El relámpago
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| Arthur Rimbaud, 1854-1891. |
¡El trabajo humano!
explosión que ilumina
mi abismo de
vez en cuando.
“Nada es vanidad;
¿hacia la ciencia, y adelante!,
exclama el
Eclesiastés moderno, es decir Todo
el mundo. Y sin embargo
los cadáveres de los
malvados y de
los holgazanes caen sobre el corazón
de los otros…
¡Ah! rápido, un poco rápido; allá lejos,
más allá de la
noche, esas recompensas futuras,
eternas… ¿las
eludiremos?
–¿Qué puedo hacer?
Conozco el trabajo; y la
ciencia es
demasiado lenta. Que la plegaria
galopa y la luz
brama… bien lo veo. Es demasiado
simple y hace
demasiado calor; prescindirán de mí.
Tengo mi deber,
pero me enorgullecería como muchos,
dejándolo a un
lado.
He malgastado mi vida. ¡Vamos! Finjamos, holguemos,
¡oh piedad! Y
existiremos divirtiéndonos, soñando
amores
monstruosos y universos fantásticos, quejándonos
y combatiendo
las apariencias del mundo, saltimbanqui,
mendigo, artista, bandido, –¡sacerdote! Sobre
mi lecho
de hospital, el
olor del incienso retornó a mí tan potente;
guardián de
aromas sagrados, confesor, mártir…
Reconozco en todo esto la
sucia educación de mi infancia.
¡Y qué!...
Andar mis veinte años, si los otros andan veinte años…
¡No! ¡No! ¡ahora me rebelo contra la
muerte!
El trabajo
resulta excesivamente liviano para mi orgullo:
mi traición al
mundo significaría un suplicio demasiado breve.
A último
momento atacaría a diestra y siniestra…
Entonces. –¡oh! – pobre alma querida,
¡la eternidad
no se habría perdido para nosotros!
Versión castellana de Oliverio Girondo –
Enrique Molina.
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lunes, 21 de julio de 2014
O.W. de Lubicz Milosz: La extranjera
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O.W. de Lubicz
Milosz
|
Yo nada sé de
tu pasado. Has debido soñarlo.
—Sí, has debido
soñarlo, de seguro.
Solo vislumbro
tu rostro en la irisación grisácea
de la lluvia.
Noviembre
sepulta el paisaje. Y mi vida.
Nada sé y nada
quiero saber de tu pasado.
Tus ojos me
hablan de brumosas ciudades últimas
que no he de
ver jamás
y cuyos nombres
jamás oiré en tu voz.
Noviembre cae
sobre mi alma. Y también sobre
la
llanura.
Yo te veo, oh
desconocida, a través de un tiempo
Otro.
Son cosas,
desde hace mucho muertas
—¡irremediablemente
muertas!
músicas sofocadas,
ajadas lujurias.
Podría asegurar
que noviembre aguarda tras
la puerta.
Veo además
vivir en tu pecho aquello que tu
corazón
olvida.
Lejos, muy
lejos de aquí está tu alma. Tu alma
extranjera
es una noche de bruma,
de bruma y de llovizna sucia sobre los arrabales,
donde la vida tiene el color frío de la tierra,
donde hay hombres que morirán sin haber
conocido
el amor.
Tú ya me has encontrado en otro tiempo,
¿recuerdas?
Sí, en un
tiempo Otro, tristemente Otro,
en el país de
los viejos libros y de las músicas
antiguas,
en el azul
crepúsculo de una mansión tranquila
con ventanas
letárgicas.
El fantasma de
los vocablos que ya no recuerdas
o que quizá no
pronunciaste
da a tu
distante presencia un sentido demasiado
singular.
Yo descifro en el libro de tu silencio
tu historia muerta para siempre, aún para ti.
Mi desvaída razón es sólo un anhelo de lucidez,
un día de sol antiguo
sobre el sendero donde tu dicha se encontró con
tu dolor.
Quizá todo esto no ha ocurrido jamás,
pero si yo te lo afirmase, tú
te morirías de espanto.
Es cosa triste como día de invierno en los
suburbios
donde transita la muerte de la ciudad,
como enfermedad y desconsuelo en una casa de
prostitución,
como un ruido de pasos en una
morada extraña,
como el vocablo “antaño” cuando cae la sombra
sobre el
mar.
Nada quiero saber de tu pasado. Veo
extinguirse el día,
el último día sobre tu rostro, sobre tus manos.
Déjame ignorar dulcemente los senderos
donde supo el azar conducirte hasta mí.
Encuentro otra vez en tus ojos realidades de
sueños,
de sueños soñados en un ya viejo tiempo
y visiones abiertas al sol de la vida.
En la penumbra envenenada de la lluvia
diríase que una eternidad concluye.
Yo reconozco en ti a seres misteriosos,
a viajeros con rumbo secreto
encontrados otrora en la bruma de las estaciones
donde todos los ruidos adquieren inflexiones de
adioses.
Te vuelves otras veces para mí una atmósfera
de feria
con sus luces lloronas y sus relentes
de enmohecimiento y vicio;
con su miseria y con el gozo enfermizo de sus
músicas.
Recuerdos de nostálgicos garitos
mezclánse entonces al caos de mi enervamiento.
Si yo intentase salir, si solamente cerrase tras de
mí la
puerta,
dí, ¿qué harías?
Seria tal vez como si tus ojos no me hubiesen
conocido
jamás.
El ruido de mis pasos moriría sin eco en la calle
y únicamente podría advertir la noche en tus
ventanas.
Es como si debieses abandonarme hoy,
en un de pronto y para siempre,
sin soñar en decirme de dónde vienes ni
adónde
vas.
Llueve sobre los grandes jardines desnudos;
mi alma
está aterida;
noviembre sepulta el paisaje. Y mi vida.
Versión
castellana del francés, Lysandro Z.D.
Galtier.
Oscar Wladislas de Lubicz Milosz (Čareja, Lituania, 1877-Fontainebleau, Francia,
1939). Poeta,
novelista y ensayista. Escribió la mayor parte de su obra en francés.
novelista y ensayista. Escribió la mayor parte de su obra en francés.
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O.W. de Lubicz Milosz,
Poesía
jueves, 17 de julio de 2014
Efraín Huerta: Desencanto al pie de un aparato telefónico
![]() |
| Efraín Huerta, 1981 |
Esta
Dama de Elche que todas las semanas
me
dice que la llame la semana entrante,
de
manera que cada semana es en mi leve hundimiento
como
una catedral sin asesinatos, un estadio de fútbol
/entre
semana,
una
nada hecha de ciudades adheridas a un futuro extenuante.
Me
digo que así no se vale; que no se puede ni se debe;
que
yo la hice bella, doblemente, triplemente bella
hasta
la insensatez, para que ahora me salga
con
una hilera de semanas como columnas dóricas.
Me
revelo a mí mismo que la semana entrante no existe.
¿Existo
yo o soy una ventana cerrada a piedra o lodo,
como
mi propia, desencantada poesía?
¿Qué
existe diariamente, mejor, semanaria y semanalmente?
Una
mujer desnuda, un caballo salvaje,
un
malentendido, un terremoto; ella, quizás,
existe
debajo de mis brazos, como un libro ilegible.
Hembra
salvaje, yegua de piedra, hechicera frente de mármol:
hinca
las rodillas en un miércoles
y
desátame, deshazme de la tortura
de
marcar números idiotas y escucharte
decir
esta semana de miedo que te llame
la
aterradora semana entrante.
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Efraín Huerta,
México,
Poesía
miércoles, 16 de julio de 2014
Raymond Carver: 2 Poemas
![]() |
| Raymond Carver |
La buhardilla
Su cerebro es una buhardilla donde a través de los años
se han almacenado muchas cosas.
De tiempo en tiempo su rostro aparece
en las pequeñas ventanas de la mansarda de la casa.
El rostro triste de una mujer que ha sido encerrada
y olvidada.
Sala de autopsias
En esos
tiempos yo era joven y la fuerza
de diez hombres habitaba mi cuerpo. Para
lo que mandaran, eso
pensaba.
Trabajaba en el hospital en el turno noche
y una de mis responsabilidades
cuando el forense terminaba su trabajo
era la de limpiar la sala de autopsias.
Ellos no tenían horario, algunas veces
terminaban temprano, otras demasiado tarde.
Y, dejaban objetos olvidados en la mesa de trabajo
construida para esas tareas en particular.
Un pequeño bebé quieto como una piedra
y más frío que la nieve. Otra vez un negro corpulento
de pelo blanco con el
pecho partido al medio
todos sus órganos vitales
en una bandeja a un costado de su cabeza.
La manguera derramaba
agua.
Las luces colgadas del techo encandilaban.
Una vez dejaron sobre la mesa una pierna,
una pierna de mujer, pálida y bien formada.
Yo sabía para qué era la pierna,
en ocasiones los había observado.
A pesar de eso me quedé sin respiración.
Cuando regresaba a mi casa tarde en la noche mi mujer
me decía “Dulce, todo va a salir bien. Podemos permutar
esta vida por otra.” Pero, no era así de fácil.
Ella agarraba mi mano entre las suyas, con fuerza,
yo me reclinaba en el sillón y cerraba los ojos.
Yo pensaba en... cualquier cosa. No sabía en qué.
Yo dejaba que ella llevara
mi mano a su pecho.
En ese momento yo abría los ojos y miraba el cielorraso o el
piso,
Entonces mis dedos se arrastraban hacia su pierna, tibia
y bien formada, que ante la más suave caricia temblaba
lista para elevarse
con delicadeza. Mi mente
estaba confundida y cómo decirlo ¿sacudida?
No pasaba nada. Todo estaba pasando. La vida
era una piedra, moliéndose, tomando filo.
Raymond Carver (1938-1988)
Poeta y narrador.
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Poesía,
Raymond Carver
martes, 15 de julio de 2014
sábado, 12 de julio de 2014
Reynaldo Sietecase: Vou-me embora
Los
poetas vuelan
por
lo menos
algunos
poetas vuelan
Carlos
Miranda
mi
amigo vuela
Egoísta
pretendo
retenerlo
Tomarlo
de la mano
Aferrarlo
a la tierra
Se
burla del intento
De
un Salto se acerca
a
Manuel Bandeira
a
Drummond de Andrade
a
Vinicius
Los
poetas vuelan
por lo menos algunos
Los
que tienen de aire la ilusión
Los
que saben reír y pensar
Los
domadores de anfibios
Carlos Miranda vuela
se
va
y
a mí me duele el corazón
la
piel
la
dentadura
saber
de su destreza
de
su apasionada levedad
de
su infinita tristeza
Nos
faltaban caipirinhas
que
beber
Abrazos
que cruzar
Sambas
por descubrir
Libros
que disfrutar
Bahiano
de Serrinha
Marxista
a lo Garrincha
Como
Xango celoso
de
justicia y verdad
estaba
en guerra
Carlos
Miranda vuela
mi
amigo vuela
atraviesa
el cielo azul
de
Río de Janeiro
liviano
como el polen
saluda
con la mano en alto y dice
“Vou-me embora pra Pasárgada,
Lá sou amigo do Rei
Vou-me embora pra Pasárgada
Aquí eu não sou feliz”.
(de Los Poemas, Ediciones en Danza, 2011)
N.A.:
“Ya me voy para Pasárgada/ Allá soy amigo del
rey/
ya me voy para
Pasárgada/ Aquí yo no soy feliz”
Manuel Bandeira
Reynaldo Sietecase (Rosario, Santa Fe, 1961) Poeta, narrador, cronista
y periodista. En poesía ha dado a conocer los siguientes títulos: Y
las cárceles vuelan (1986); Cierta
curiosidad por las tetas (1989); Instrucciones para la noche de bodas (1992);
Fiesta rara (1996); Pintura negra (2000); Hay que besarse más (2005); Los
poemas (2011).
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Reynaldo Sietecase
Presentación: Poesía Completa, Javier Adúriz.
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Javier Adúriz,
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presentación
domingo, 29 de junio de 2014
Washington Benavides: A medida que puja…
![]() |
| Washington Benavides |
El señor tiempo tratando,
inútilmente, de encontrarnos, Macedonio, más debo recurrir a la dispersa
bibliografía sobre sus divertidos y patéticos pasos en el Zapallo que llaman
Cosmos.
Usted, dispersando con una
energía de labrador, su pensamiento. El suyo y el de todos los que alimentaron
su cabeza despeinada. ¿Usted siempre fue viejo como lo muestran las fotografías
y dibujos que intentan apresarlo? Claro que no.
Cuando usted y otros acólitos
del misterio (el padre de Jorge Luis, entre otros) llevaron a cabo (y rabo) la
cruzada libertadora del Paraguay; para fundar allí (me imagino) una república
socialista utópica, y ante la coalición de ríos serpentarios, bosques del
Wahalla y mosquitos como aviones, cedieron el terreno y regresaron a Santa María
del Buen Ayre. Allí abandonó la abogacía. Según Ud., ella dijo:”Muchas
gracias”.
Anduvo por el litoral de
nuestro País, y allí (en Mercedes) conoció a una muchacha llamada Mecha que lo besó:
Y, un caballo que intentó montar en
Pocitos lo mordió en el hombro: “Y casi me extrajo de encima. Qué animal
paciente: tironeaba y seguía tirando, pero como era tan largo…entre los dos no
conseguíamos salir de él.” Sobre su nacimiento, dispersó noticias contradictorias,
pero la verdad es “El Universo o Realidad y yo, nacimos el lº de junio de 1874”. Nacer (no París) para
Macedonio era una fiesta, tal vez, por ello, juega con nosotros a modificar sus
fechas.
Ud. es un gran poeta. Escribió,
cuando muere su esposa Elena de Obieta, un poema fundamental. Poema que según
el crítico Roy Bartholomew “justificaría un país, una cultura”. Es verdad. Y
olvidado durante años en una absurda lata de bizcochos:
“No eres, Muerte, quien por misterio
Pueda a mi mente hacer pálida
Cual eres. ¡Si he visto
Posar en ti sin sombra el mirar
De
una niña!”
Y a la par, escribía: “Un
paciente en disminución”, apólogo feroz, que
como otros Pasajes,
integran el cauce sin cauce de la novela “Papeles de Recienvenido”: “El Sr Ga había
sido tan asiduo, dócil y prolongado paciente del Doctor Terapéutica que ahora ya
era sólo un pie….”
Desde muchacho lo leí.
Vaya a saberse cómo!
Llegó a mis manos su libro
de Poemas, editado en México, Editorial Guarania. Colección Nezahualcoyotl,
1953.
Y como dice su más adelantado
discípulo (Borges) Ud. reunía, a los hermanos Dabove y a Jorge Luis, en una Confitería de la calle Jujuy, y allí ,como
otros grandes maestros del pensar, su conversación bailaba del tango al Yo y al
Idealismo.
Aquel muchacho del Norte
que lo leyó como a una Nuevas Escrituras descubiertas, lo siguió leyendo y lo
lee, hoy, con 84 años sobre el lomo. Sigue Ud.
siendo un buen compañero de camino, vayamos a Santiago o Canterbury, al Bar de
Guillama o al Estadio Centenario.
Y si revuelvo mis papeles
en una lucha similar a la suya con el caballo de Pocitos, siempre lo reencontraré,
taimado, lúcido, con su humorismo metafísico y su conclusión que “La Realidad y La Nada comulgan: El Yo, Materia,
Tiempo, Espacio, son los faltantes en el mundo.”
Hasta mañana, Macedonio.
(Junio del 2014.
Montevideo)
| W.B., P.O.R., E.M. |
Washington Benavides (Tacuarembó, Uruguay, 1930) Poeta, traductor y
músico. Ha publicado, entre otros títulos: Tata Vizcacha (1955); El poeta
(1959); Poesía (1963); Las milongas (1965); Los sueños de la razón (1967);
Poemas de la ciega (1968); Historias (1970); Hokusai (1975); Fontefrida (1979);
Murciélagos (1981); Finisterre (1985); Fotos (1986); Tía Cloniche (1990);
Lección de exorcista (1991); El molino y el agua (1993); La luna negra y el
profesor (1994); Los restos del mamut (1995); Moscas de provincia (cuentos,
1995); Canciones de Doña Venus (1998); El mirlo y la misa y Los pies clavados
(2000).
Entre los autores que ha traducido se cuentan:
Guimarães Rosa, Oswald de Andrade, Carlos Drummond de Andrade y Affonso Romano
de Sant’Anna.
Sus poemas y canciones han
sido musicalizados y grabadas por: Alfredo Zitarrosa, Daniel Viglietti, Eduardo
Darnauchans, Héctor Numa Moraes, Carlos Benavídez, Los Olimareños y Los Zucará.
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Poesía,
Uruguay,
Washington Benavides
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