lunes, 16 de noviembre de 2020

Enrique S. Discépolo: Tangos

 


Enrique S. Discépolo














 

Qué Vachaché


Piantá de aquí, no vuelvas en tu vida.

Ya me tenés bien requeteamurada.

No puedo más pasarla sin comida

ni oírte así, decir tanta pavada.

¿No te das cuenta que sos un engrupido?

¿Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos?

¡Si aquí, ni Dios rescata lo perdido!

¿Qué querés vos? ¡Hacé el favor!.


Lo que hace falta es empacar mucha moneda,

vender el alma, rifar el corazón,

tirar la poca decencia que te queda...

Plata, plata, plata y plata otra vez...

Así es posible que morfés todos los días,

tengas amigos, casa, nombre...y lo que quieras vos.

El verdadero amor se ahogó en la sopa:

la panza es reina y el dinero Dios.

¿Pero no ves, gilito embanderado,

que la razón la tiene el de más guita?

¿Que la honradez la venden al contado

y a la moral la dan por moneditas?

¿Que no hay ninguna verdad que se resista

frente a dos pesos moneda nacional?

Vos resultás, -haciendo el moralista-,

un disfrazao...sin carnaval...


¡Tirate al río! ¡No embromés con tu conciencia!

Sos un secante que no hace reír.

Dame puchero, guardá la decencia...

¡Plata, plata y plata! ¡Yo quiero vivir!

¿Qué culpa tengo si has piyao la vida en serio?

Pasás de otario, morfás aire y no tenés colchón...

¿Qué vachaché? Hoy ya murió el criterio!

Vale Jesús lo mismo que el ladrón...



Cambalache


Que el mundo fue y será una porquería

ya lo sé...

(¡En el quinientos seis

y en el dos mil también!).

Que siempre ha habido chorros,

maquiavelos y estafaos,

contentos y amargaos,

valores y dublé...

Pero que el siglo veinte

es un despliegue

de maldá insolente,

ya no hay quien lo niegue.

Vivimos revolcaos

en un merengue

y en un mismo lodo

todos manoseaos...


¡Hoy resulta que es lo mismo

ser derecho que traidor!...

¡Ignorante, sabio o chorro,

generoso o estafador!

¡Todo es igual!

¡Nada es mejor!

¡Lo mismo un burro

que un gran profesor!

No hay aplazaos

ni escalafón,

los inmorales

nos han igualao.

Si uno vive en la impostura

y otro roba en su ambición,

¡da lo mismo que sea cura,

colchonero, rey de bastos,

caradura o polizón!...

¡Qué falta de respeto, qué atropello

a la razón!

¡Cualquiera es un señor!

¡Cualquiera es un ladrón!

Mezclao con Stavisky va Don Bosco

y "La Mignón",

Don Chicho y Napoleón,

Carnera y San Martín...

Igual que en la vidriera irrespetuosa

de los cambalaches

se ha mezclao la vida,

y herida por un sable sin remaches

ves llorar la Biblia

contra un calefón...


¡Siglo veinte, cambalache

problemático y febril!...

El que no llora no mama

y el que no afana es un gil!

¡Dale nomás!

¡Dale que va!

¡Que allá en el horno

nos vamo a encontrar!

¡No pienses más,

sentate a un lao,

que a nadie importa

si naciste honrao!

Es lo mismo el que labura

noche y día como un buey,

que el que vive de los otros,

que el que mata, que el que cura

o está fuera de la ley...



¿Qué Sapa Señor?

 

La tierra está maldita

Y el amor con gripe, en cama.

La gente en guerra grita,

Bulle, mata, rompe y brama.

Al hombre lo ha mareao

El humo, al incendiar,

Y ahora entreverao

No sabe dónde va.

Voltea lo que ve

Por gusto de voltear,

Pero sin convicción ni fe.


Hoy todo dios se queja

Y es que el hombre anda sin cueva,

Volteó la casa vieja

Antes de construir la nueva...

Creyó que era cuestión

De alzarse y nada más,

Romper lo consagrao,

Matar lo que adoró,

No vio que a su pesar

No estaba preparao

Y él solo se enredó

Al saltar.


¡qué "sapa", señor...

Que todo es demencia!...

Los chicos ya nacen

Por correspondencia,

Y asoman del sobre

Sabiendo afanar...

Los reyes temblando

Remueven el mazo

Buscando un "yobaca"

Para disparar,

Y en medio del caos

Que horroriza y espanta:

La paz está en yanta

¡y el peso ha bajao!...

¿qué "sapa", señor,

Que ya no hay borbones,

Las minas se han puesto

Peor que los varones;

Y embrollan al hombre

Que tira boleao;

Lo ven errar lejos

A un dedo del sapo

Y en vez de ayudarlo

Lo dejan colgao?.

Ya nadie comprende

Si hay que ir al colegio

O habrá que cerrarlos

Para mejorar...


Diseño y realización Jorge Muscia, Alfredo Martínez, Estación Corrientes Línea H, Subterráneos de Buenos Aires.




Enrique Santos Discépolo
(Buenos Aires,1901-1951) Letrista, dramaturgo, guionista y actor.  Autor de letras de tango emblemáticas de la ciudad de Buenos Aires cantadas y grabadas por distintas voces, entre ellas, las de Tita Merello y Carlos Gardel.



 


miércoles, 11 de noviembre de 2020

Horacio Castillo: 3 poemas

 

Horacio Castillo















El cinocéfalo

Devoraste el ángulo de ciento ochenta grados

                 que teníamos delante,

devoraste la seguridad de lo absoluto,

devoraste la posibilidad de afirmación,

devoraste el prestigio de  lo real.

Y ahora, a mis pies, esperas el resto,

miras como pidiendo compasión,

como intuyendo

-hocico de perro, corazón de mono-

que no existe culpable.



Amanecer junto al árbol de la carroña


Toda la noche velamos junto al árbol de la carroña,

el  ojo en vilo, la boca en llamas,

los miembros animados por un desconocido temblor.

Toda la noche velamos bajo sus ramas,

la nariz dilatada, el oído al acecho,

frotándonos los cuerpos unos contra otros

para evitar el frío que viene desde el espacio.

toda la noche velamos, toda la noche,

inmóviles junto al árbol de la carroña,

como blancos cuervos espantando  la nada,

soplando la trompeta de la descomposición.



Homenaje a la palabra alcanfor


La palabra alcanfor, por ejemplo en la frase:

muertos empapados en alcanfor,

¿es una realidad distinta del ojo, la mano o el olfato?

Otro extraerá de ella un río que lleva el ágata y la peste,

¿vírgenes entregadas a los extranjeros en húmedos lienzos?


Muertos empapados en alcanfor:

un idioma estará también bajo la tierra,

descarnándose como nuestros huesos,

antes y después sin interlocutor posible.


Horacio Castillo (Ensenada, Buenos Aires, 1934- La Plata, Buenos Aires, 2010).  Poeta y traductor. Es autor,  entre otros títulos de:  Descripción (1971), Materia acre (1974), Tuerto rey ( 1982) y Alaska (1993).

  





Roger Gilbert-Lecomte: poemas

 



Roger Gilbert-Lecomte





 











Testamento

Vengo de lejos de mucho más lejos

    De lo que pudiera creerse

Y los confines nocturnos de los desiertos del hambre

    Saben mi historia

 Aquella que está en todas partes con sus uñas con sus dientes

    Me hizo mal

Y sobre todo sobre todo su horrible mirada de barro

    Me hizo mal

Si ahora duermo anclado

    Al puerto de la miseria

Es porque no supe decir basta

    A la miseria

Estoy en el fondo del mundo

   Sin antorchas

Caído al fondo del olvido lleno de piedades inmundas

   Solo para mí hermoso


 

La eternidad en un abrir y cerrar de ojos


                                                               a Arthur Adamov


Aquel que vea frente a frente a su doble debe morir


Final del drama del vidente solitario 

Espejo un ojo mira un ojo que lo mira

Ofrecido y rechazado puro don y duro rechazo 

De la intrusa que no puede más no puede más

Donante abrevada en la fuente de insultos


Obsesión del reflejo glacial sombra vana

De ese doble probado más sí-mismo que uno 

Simulacro negado de luz mentirosa

Perdida en las ondas de sombras en las aguas sombrías de muerte

  

Milagro de mirada que mira al ojo que lanza 

Una mirada inversa vigilante asesino

Provocador 

Asesinato suicidio en el juego mortal


Inmortal que pasa a través del espejo

Pupila que contrae un acto puro destruir

Es la estrella fantasma de alma de fuego negro

Punto nulo vibrando en su propio interior


El ojo devorará al ojo en el punto nulo eterno



El vacío de vidrio


Un palacio con muros

De viento


Un palacio con torres

De llama en el gran día


Un palacio de ópalo 

En el corazón del cenit


El pájaro de aire pálido

Vuela rápido hacia allá


Dejando una línea blanca 

En el espacio negro


 

Encrucijada del coma

Angustiado, agonizante, cuando veas

En el cielo: un domo de oro salpicado de puntos negros                                                                      

Estelares, y la luna como una negra pastilla

Sobre un gran vientre de luz,

El momento habrá llegado: tu muerte última

Y tu nacimiento primero.



Cuando llegue el día del gran viento

El viento se mueve apenas en el extremo del cielo

Pero al crecer

Al imaginarse más poderoso 

Vasto y activo puede de un momento a otro

Aterrorizar 

Las cumbres de fuego del cielo  Pánico

Tu corazón de mármol negro oh rosa de sombra noche

Nutre en sobresaltos bruscos sofocantes

El árbol tonante de las venas 

El espectro de coral de las arterias 

Tu corazón que siente que algo toca en él

En el centro oculto

La perla desconocida


Es este el gran viento que mezcla ahora las capas

Del espacio

Cabo de sombra en el umbral de las noches donde parte el meteoro

Vaivén de arco iris sobre el cristal de la tarde

Lo que va lo que viene es el hacha de alas

Que corta el espacio ebrio de  negros retazos  

Caos que engulle los rostros y las máscaras

Es este el momento del silencio que aúlla  Relámpago

El escalofrío de la tierra devora las mareas

Bajo el viento de los fantasmas 

La tierra es recorrida por temblores de muerte

En las playas altas de la extensión

En las cavernas de éter del fuego 

En la roca que bulle celeste 

El gran viento de metamorfosis

Esculpe las formas

Monstruos policromos hidras de arcoíris 

Estrellas de mar y de cielo

Estrellas de aire separadas del aire por ninguna membrana

Cambiantes ideas multiformes


Cuando el gran viento penetre 

Nadie sabrá qué color tendrá la luz

Sobre el aspecto prodigioso de los bellos monstruos creados 

Qué eclipse de miedo qué incendios de horror

Provocará el gran viento 

Sobre los espacios inferiores donde deambula el sol

Rey de mundos bajos. 



Extraído de Roger Gilbert-Lecomte, Œuvres Complètes II, Gallimard, 1977. Versiones de Adrián Bollini. 

   Roger Gilbert-Lecomte nació el 18 de mayo de 1907 en Reims. Poeta francés, fundador, junto a René Daumal, Roger Vailland y el artista plástico Josef Šíma, de la revista de vanguardia Le Grand Jeu, donde dio a conocer ensayos como Après Rimbaud la mort des arts (1929), Monsieur Morphée empoisonneur public (1930) o L’Horrible révélation... La seule (1930). 

   Publicó dos libros de poesía: La Vie l’Amour la Mort le Vide et le Vent (1933) y Le Miroir noir (1937). La adicción a la morfina lo sumió progresivamente en la pobreza y el aislamiento. Murió de tétanos, por el uso de agujas hipodérmicas mal esterilizadas, el 31 de diciembre de 1943 en París.

   En 1974 éditions Gallimard editó sus Œuvres Complètes en dos volúmenes. Sobre su poesía Antonin Artaud dijo: “En una época antipoética entre todas, donde la poesía escrita parece un secreto perdido, un poeta auténtico finalmente se nos ha revelado”. 


Adrián Bollini (Bragado, Buenos Aires, 1988). Poeta y traductor. Publicó por Alción editora (Córdoba) los libros de poesía Escritos de Dédalo, Sísifo y Pandora (2009) y Ascética de Heuzek (2015).  



martes, 10 de noviembre de 2020

Vicente Franz Cecim: Canción de Arena*

 


Vicente Franz Cecim













Después, el silencio volvía. Las voces paraban.

Y entonces, fue que comenzaron a oír, comenzaríamos a Oír aquel canto.

En él, tú verás, aquellos adormecidos irían a hablar con la carne, decirle cosas, hacer preguntas a ella.

Uno de los adormecidos, abriendo los labios, dejaba oír, en un murmullo: Canción de arena

Y el canto estaba comenzando, en la Residencia en las Tinieblas:


Vivir cada día el más extraño oro, ellos cantaban

Ellos cantarían: La concebida arena.

y al caminante alrededor de la piedra, la arena

y el viento alrededor de la piedra


y en la arena

y reunida la arena, la carne


Y la concebida del ala,


y en la arena todavía

la reunida arena


Volvía el silencio. Una pausa. Y el canto volvía


Fuimos aquellos que primero aullaron para ti,

en la primera noche, el que primero rio en los tiempos

Fuimos a nuestros arrepentidos huesos curvos

pues tú trituras amorosamente lo que contienes, e incontenida


Silenciosos bajo el silencio de la hierba: sensibles

al dolor y a tu hierba

Silenciosos hasta la altura de las ramas vueltas

para el naciente, grande es la cara que te espía de la otra orilla


Pues si de las cosas tenemos un sol caído, y la descendida

Sombra

y el canto degradado de la voz ronca

y todavía los ojos de la primera vez

de la primera, ay inolvidable

y sin podernos ver


tumbados sobre el silencio de la hierba, y sensibles a lo que somos

Al aullido a los huesos a la cara a la hierba


Nuevo silencio. Y el canto:


Por los tiempos y los glaciares,

Animales hicieron la curva luminosa de tu espalda


Verano sobrenatural: no damos un paso

sin tu compañía


Por lo espeso: de él la espesura se desprende

en la forma de los olores salvajes que tanto

empalidecieron la noche:

cada uno de nosotros es un destello visto a la distancia


Tú eres el escándalo de dios que se deshizo

del lado mudo de sus goznes. Y se abre

la puerta oscura de este hombro,

fatigado por los campos

sembramos nuestros huesos más humanos

en los lugares donde tenemos labios y se resecan de la oración


El canto, Los adormecidos


Si estás acostada, es cuando eres la belleza


aunque en el cuerpo en movimiento habite un músculo

de seducción


Si viene la muerte:

es que te estás ejercitando en el cansancio


Cayese algo allí, pero estando de espaldas no verías


Si se curva el árbol, el agua reduce

su ritmo de la música

a cada hombre otro de la mano

Si las piernas lo abandonan,


la oscura luz que asusta


Pues vuelto el rostro para una pared

y tu vida está pasando y ves

pasar un insecto

salido del más extraño sueño, que es estar vivo


Existe un paso que no existe


Volvía el silencio, toda la cada parecía adormecerse,

pero la boca de uno de los adormecidos hacía nuevamente

aquel sonido de aguas, y volvía el canto:


Porque tuya es la sombra,


y tu desierto recorrido dice:

la concebida de la arena


y en la arena la reunida arena, la carne


El canto otra vez elevándose:


Tu lentitud me atraviesa por el camino mío,

los pasos son antiguos en este oro


y aunque se tenga un sol y una baranda de apoyo

para todo

al ausente esmerándose

a la sombra


No pasaría si otro conspirase

En el nombre que es la señal de la inmensa floración


aunque una vena da sentido a lo único


Capas tras capas, las invisibles tintas cubriéndote,

no sabría un hombre nunca cual sería: la nave la Floración

desde que un pie arrastrado por la luz

se quiso allí en las aguas, el árbol de tu savia viniendo

al encuentro de los más jóvenes, emergiendo


Si debíamos estar vestidos para la fuente,

es que la transformación del oro en hierros, en todo eso,

es lo que menos nos oprime el ancla de la vida


El canto. Sus cantos. Aquello sería así en aquella casa entre árboles. Este otro ahora:


Tu agua estancada está bebiendo en lo oscuro

un animal de bruma

Los ausentes dejaron sus aromas


allí, unos huesos esperan sólo la fiebre para desmoronar

Aquí la piel es la residencia, en ella habitan

una alegría, y zarzas, el músico


Su música: tus animales están pateando

la música: paredes que golpean unas en otras


El cuerpo es sólo un hombre junto a su piedra de ternura


Aquellos adormecidos hablando con la carne. El canto:


Estás acumulando lentamente una herida en la espada Real

de tu verano


Desde aquí podemos ver que el día coagula


Y aves como hombres baten las alas, para elevarse

nuestro anzuelo de nubes

un rostro y piedra mirando para el cielo

un paseo de monstruos caminando dentro

Baja la sombra de la sentencia sobre la mano que agita adiós


Que no pase el próximo minuto sin que suene

la voz de la deshojada

La espada es la oferta de un grito: por los ojos,

cuando es aún más bella la estación de las fiebres,

por los tiempos, se fue la más antigua raíz que dio frutos


El canto: eso nos retiene, eso nos retiene, eso nos retiene


Tenemos para ti la consideración de un vaso

donde está depositada la especie


pero abriéndose, la tierra Se muestra al bosque de los hombres

que se extiende


La piel, la helada residencia

Y el cuerpo busca otros pasajes clandestinos

para la región del fondo del pecho,

su Claridad de incendios,

fluctuando en un mar de corchos, cediendo

a los silbidos de esta noche


Ritual de velos: el lodo

Pues sueñas en ti mismo tu visibilidad

si sueñas el barro


Una ave nuevamente estaría revoloteando en su jaula,

tal vez otro sueño de la carne perseguida,

y nosotros

continuábamos allí oyendo aquel canto,


la carne de los

adormecidos hablando con la carne


Pues si también es forma sólida de la música: o sino,

y el hombre es la planta en su temporada de fruta


de lo alto de las atenciones simuladas, sin el artificio nulo

conspirando por el tallo de tu cuerpo

perdida está toda la cosecha


Te llama la voz anunciando la quebradiza que se dobla,

inmóvil junto a un muro está el mudo


-Señal, entonces anunciaría una voz entre los adormecidos. Y todos los adormecidos respondían:

-La señal es no soñar tu nombre.


Y el canto, prosiguiendo:


Libélulas de los huesos, libélulas de la cara cuando la

medianoche se estremece de ansiedad en sueños

El revuelo de tus deseos me supera

en mucho las costas vueltas para la casa

de mis padres: el reloj antiguo de sombras


El canto: eso nos invade, quiere habitarnos los oídos para siempre


Pues es tu sombra y la sombra


y en la arena

la reunida arena, la carne

Y la concebida ala,


y en la arena aún la reunida ala de arena


¿Iríamos también a adormecernos oyendo aquel canto, aquellas voces? ¿Nunca más, nunca más saldríamos de aquella casa?

Saber que la carne tenía que decirnos,

sí, eso nosotros queríamos.  ¿Pero vendría entonces a nosotros, negro, un miedo


Que nunca más saldría de aquí? El canto:


No nos deja olvidar la casa alta,

allá el tiempo repite: cortezas,


aunque nacidas piel clara e incluso

se yergue en el aire a nuestra infancia


Y hay vientos en las ramas, la arena de tu sueño


Pues una es la ley severa que se expresa: si

reverdecen inclinándose hacia la muerte serán hombres

si oscurecen y puntiagudas son espinos

Pero la floresta genuina se extrañará


Tenemos las aberturas del ser para observar de los ojos

a los otros seres,

tanto mejor para la euforia de la tierra

Hierba del destino suculento, ven a mí, lenta

antes de la noche lenta


¿No terminará nunca aquel canto, no iría nunca a acabar?


En ti estoy plantado por los huesos hasta los sueños,

temeroso de las lluvias, y un extraño para los peces,


aquellos adormecidos cantaban.


Andaba cantaba para la carne en aquella casa.

Y antes de adormecernos para siempre, nos apartaríamos de allí


Pues tuya es la sombra

y en la arena la reunida arena, la carne


aún oiríamos, lejos



* Literatura Imaginal, de Viagem Andara oO livro invisível


Versión: Demian Paredes, Buenos Aires, 2020

Material enviado por Edson Cruz, poeta y editor del sitio web “Musa Rara” (www.musarara.com.br).


 Vicente Franz Cecim/Cecim da AmazoOnia (1946) nació y vive en la Amazônia, en Belém. La transfigura en la región metáfora de la vida Andara: una Floresta Verbal. Es el creador de Viajem a Andara oO livro invisível, no libro, no escrito, puramente imaginal, de donde emergen los libros visibles de Andara, estos, los que el autor escribe desde 1979. Recibió de la Asociación Paulista de Críticos de Artes el Gran Premio de la Crítica, en 1988, por Viagem a Andara, y Revelación de Autor, en 1980, por Os animais da terra y, con su libro K O escuro da semente, fue uno de los cuatro finalistas al mejor libro de poesía, en 2016. Fue publicado en Brasil y en Portugal.



Beatriz Casucci: Azules...Necesidad de Vos

 













Beatriz Casucci (Buenos Aires, 1933). Poeta, narradora,  pianista y cantante. Vivió en Mendoza y Buenos Aires. Actualmente reside en Resistencia, Chaco. 

En poesía ha dado a conocer: Trama Abierta (1992). En cuyo prologo el poeta Arturo Cuadrado sostuvo: "En este libro los hilos invisibles, ensueños o deseos, van tejiendo un mundo de raíces y vuelos, donde se forja el misterio de la vida (...) compartir todos los acontecimientos de lo real y espiritual, es don divino o un deseo de la naturaleza. Y amanece el milagro". 

En 2016, publicó Azules...Necesidad de vos , ilustrado con cuatro dibujos de su autoría. 

En tanto narradora en 1995 publica un libro de relatos Ojos ciegos de mirar. En su obra conviven los valores ancestrales, el amor y el erotismo, que encienden, elevando la temperatura de sus composiciones. 

Beatriz Casucci, estudio dibujo y pintura en la Fundación Artes Visuales dirigida por Hermenegildo Sábat, donde asistió a los talleres del maestro Horacio Spinetto. 


 

  

 



lunes, 2 de noviembre de 2020

Rafael Felipe Oteriño: Apostillas sobre el lenguaje de los poetas

 

Rafael Felipe Oteriño









El poeta escribe con las palabras de todos los días algo que solo de manera refleja expone el horizonte de “todos los días”. Porque la suya es una palabra impregnada por la transfiguración: dice esto para significar aquello, dice aquello porque no puede comunicar esto. En ambos casos violenta el “esto” y el “aquello” al sacarlos de su dimensión natural para darles otra vida en el lenguaje. 

Comúnmente, el poeta deja de lado el adverbio “como” en su definición de las cosas, revalidando el rimbaudiano recurso de aunar lo uno en lo otro (aplicación del conocido “Je est un autre” del poeta francés), con lo cual devuelve al lenguaje su función originaria de dar nombre a las cosas. En su lenguaje esto es aquello, tal como lo fue en el orden primitivo.

Esto relaciona la poesía con el regalo de la musa (o don o inspiración o precipitado psíquico o tropel de palabras o mera voluntad de crear algo donde no hay nada: como quiera llamársele al acto creador), que lleva al poeta a expresarse, primero, por la percepción intuitiva; luego, a través de figuras de la imaginación; y al cabo, mediante la pieza verbal con la que corona la pulsión de ir más allá de sí mismo.

Un poema de amor, por ejemplo, no requiere la referencia al autor ni la descripción del ser amado. Tiende a valerse de hechos aparentemente extraños al autor y al ser amado (el poema de Macedonio Fernández dice: “Amor se fue. / Mientras duró de todo hizo placer. / Cuando se fue/ nada dejó que no doliera.”). Lo que expresa, en primer lugar, es el amor que el poeta siente por las palabras.

La poesía pone al descubierto el hiato existente entre la vida diaria, donde las cosas ocurren como una sucesión de hechos físicos, temporales y fugitivos, y la vida presentida, intuida e ideada del escritor (o meta-vida), donde la escritura suspende el tiempo lineal, enmarca una situación y confiere a esas mismas cosas un sentido complementario y revelador.

Alguna vez escribí que para tomar dimensión de la poesía hay que alejarla provisoriamente de las bellas letras. Me explico: evitar la exaltación de lo que es adorno, descripción, sujeción servil al motivo del poema. Esos extremos en los que de ordinario se tiende a ver lo poético, con olvido del misterio de eso que está ahí, ofreciéndose y negándose, y que es el verdadero tema del poema.

La poesía tiende a ir más allá del sujeto y del objeto, y eso pone de manifiesto una dimensión que no es tanto metafísica como inexpresada (latente, oscura, velada), hacia la que el poeta se asoma y de la que se aleja durante la escritura, como en un juego de aproximaciones. Ese renglón ulterior cuyo depositario es la forma poética, entendida como custodia, fuente y espacio de develamientos.

Refugiada casi con exclusividad entre quienes la cultivan –parlamento solo interrumpido por el diálogo con el lector-, la poesía pone en práctica su principal función que es decir lo otro. No definir ni pontificar ni sentenciar, sino decir lo otro. Lo que estaba llamado al olvido, lo que era refractario al discurso, lo deliberadamente callado. 

Con la plasticidad propia de su palabra, la poesía se constituye en una defensa de la interioridad. Perdida su incidencia en la Historia, abandonada su práctica como gracia nemotécnica, alejada de las costumbres mundanas, devuelve la atención sobre la vida privada, en una época entregada a la idolatría del mercado, con la consiguiente aniquilación de los lenguajes familiares, hechos de sobreentendidos, acentuados por la emotividad y atravesados por la discreción y el silencio.

La poesía aporta conocimiento. No conocimiento de lo patente y discernible, sino de los modos y de las relaciones, de los fragores y los matices de la persona individual. Adoptando los tres modos de conocimiento –el natural, el analítico y el revelado- se enfrenta a la realidad mediante la creación de una concordancia distinta de la ofrecida por los usos prácticos, utilitarios y convencionales de las palabras. 

Para alcanzar esa otra realidad (que no es abstracta, sino sensible y concreta), la poesía opera el lenguaje de conformidad a un uso alusivo, sometiéndolo a pruebas extremas, giros audaces, metáforas, retruécanos y sinonimias. “Ver en la muerte el sueño, en el ocaso / un triste oro” escribe Borges, instituyendo una existencia verbal que, por encanto de la sintaxis, escuchamos como perteneciente al mundo natural. 

La acción poética se traduce en una reflexión sobre la vida vivida y sobre la vida presentida, ya que los vínculos con el lugar y con el mundo de la conciencia resurgen en ella transfigurados. Esa variación emplaza una mirada nueva sobre los hechos y las cosas. Así ensanchado el horizonte, el primer efecto de la poesía es experimentar la propia vida en su temporalidad. 

Gottfried Benn apunta: “A menudo se piensa que con una pradera o un crepúsculo y un joven o una joven en estado de ánimo melancólico nace una poesía. No, así no nacen las poesías. Las poesías nacen, por lo contrario, muy rara vez. Las poesías se hacen. Si de una composición rimada extraen ustedes lo ligado al estado de ánimo, lo que queda, suponiendo que algo quede, eso es tal vez una poesía.” (…) “La lírica es un producto artístico”. 

De la experiencia de los sentidos se habrá pasado a la experiencia verbal. Del yo-biográfico al yo-literario. De una historia personal, a otra animación en la que el tiempo habitual se ve interrumpido. En el proceso, el sujeto real se desdibuja y pasa a ser otro: la voz poética (que ya no es la voz del autor, sino el fundido de muchas voces, entre las que se encuentra la lección dejada por los libros leídos y los escritores amados).

Se escribe, pues, desde imágenes proporcionadas por la vida, pero no para quedarse en ellas, sino para trascenderlas. Se remite lo desconocido a lo conocido, a fin de volverlo familiar. En un abrirse al mundo y frente un abrirse del mundo, el poeta va a través de las cosas (piedra, viento, río, lluvia) hacia lo aún no pronunciado, en procura de darle entidad verbal. 

El poema organiza todos esos elementos de manera sorprendente, dando lugar a una realidad verbal que se superpone a la realidad contingente. Los saltos del pasado al presente, la organización del recuerdo, la unificación de lo múltiple, la creación de futuro en muy pocas líneas, hablan de atributos que concentran una información que cualquier otro registro lingüístico demoraría muchas páginas en conseguir.

Por eso, no es la preceptiva y sus variantes –oda, himno, sextina, copla, canción, con sus metros, rimas y sílabas pautadas- la que revela la presencia de la poesía, sino las constantes que la acompañan desde el fondo de los tiempos: intensidad, concentración y velocidad, y que confluyen en otra más terminante: inevitabilidad (que lo dicho por el poema no pueda ser expresado de otro modo).

La distribución de las palabras en la página y la voz del intérprete durante la lectura son avisos de que nos hallamos en presencia de algo que excede la significación normativa. Que a partir de ello se ha de participar de un rito en el que los aspectos informativos del lenguaje serán traspasados, violentados, transfigurados. Una ceremonia en la que se oirá la otra voz, esa latencia que acompaña la penumbra de lo aún no pronunciado. 

El poema habrá instaurado una realidad distinta, de algún modo autónoma, en la que las referencias objetivas serán puentes para una significación anidada en los pliegues del lenguaje. Todos los matices de las palabras operan en ella, sin respetar otro orden que el de su conjugación feliz, lo cual es el primer paso hacia esa presencia todavía no mencionada: la belleza.

A su vez, las cosas de las que habla el poeta se convierten en disparadores de la imaginación antes que en corolarios de la conciencia. Y la realidad contada está más cerca de la ficción, parábola o leyenda, que de la naturaleza tal como la vemos, oímos y tocamos. El poema instaura una existencia verbal cuyo primer efecto es reinventar el perfil de personas y cosas.

Se trata de una experiencia en los límites del lenguaje. Lo que de ella se extrae es un acompañamiento, no certezas. La sensación de que ese algo más que nos excede tiene su aliado en las palabras. Que con ellas es posible evitar las aporías de lo inexpresable, reunir el aquí y el allá en pocas líneas, dar saltos temporales, y con imágenes que corren en paralelo con la realidad objetiva, entronizar la alteridad como escenario. 

Capacidad que nos enseña que las palabras, emisoras y receptoras de sentido, también obran de modo independiente, mediante una cierta magia técnica sostenida por sus componentes visuales, semánticos y sonoros. Esto es: como puesta en escena, simulacro, pequeño teatro, en los que se procura comunicar lo inexpresado, y en los que se expone la difícil tarea de comunicarlo.

Al amparo de su irreductible subjetividad, la pregunta por la belleza es seguida de una respuesta solo atinente a la forma: excelencia de la composición y maestría en cuanto al lenguaje. Lejos de cualquier sobrecarga sobre el objeto y de toda idea concerniente a pompa o lujo –encaminada a enlazar el mundo y la lengua en una sola unidad-, lo bello se traduce en el goce de compartir su suficiencia. 

Excelencia de la composición: por la eficacia de la palabra aislada, el encabalgamiento feliz, la distribución afinada de los versos. Maestría en cuanto al lenguaje: por el manejo sin igual de las palabras (“Tornasolando el flanco a su sinuoso / paso va el tigre suave como un verso…”, escribe Enrique Banchs, replicando magistralmente el paso sigiloso del animal). Lo demás es adorno o idealización. 

En cualquier caso, la poesía aporta algo que es indispensable en la hechura del mundo: una positiva libertad, una cuota de imaginación asociativa y un afán constructivo que permiten elaborar la palabra que falta y encontrar en ella el horizonte reparador que nos conduce a buscar abrigo en las palabras. 

En suma: la creación de un objeto nuevo sobre la tierra, en el que se aúnan la revelación de un hecho puntual, el acto de darle cabida en el lenguaje, y la sintaxis que permite llevar a cabo dicha operación. El resultado no es otro que el de aparejar una visión refrescante, menos condicionada. Una “metáfora ascendente”, para decirlo con palabras de Matsuo Basho.

En esta dirección, Brodsky apunta que “El arte es un espíritu que busca carne, pero encuentra palabras”. Agamben estira auspiciosamente la idea: “el hecho poético no nos devuelve la vida, (pero) nos deja la literatura”. Wallace Stevens lo había anticipado en términos realistas: “Todo poema es un poema dentro de un poema: el poema de la idea dentro del poema de las palabras”.

Bajo estas condiciones, la poesía crea un espacio de fe. La confianza en lo que apareja el lenguaje, la fascinación por los puertos que toca, la bruma que despeja en el recorrido de la lectura, son conquistas en el continente de lo decible. Esa otra victoria de las palabras que es natural y extraordinaria a la vez. 

Ello muestra a la poesía como una invitación a creer más que como un escalón de la certidumbre. Y de su mano, a la confianza de que ella es la experiencia. Lo múltiple le gana a lo único, las vísperas al orden, la novedad a lo desconocido, mientras la perplejidad adquiere la categoría de un valor y el extrañamiento el de un norte.

Se le ha llamado revelación, podríamos denominarlo descubrimiento. Es una experiencia que se cumple en el corazón del autor y que es revivida por el lector. Versos que no se llegan a entender, seducen por su musicalidad; palabras que conforman imágenes, transportan a una realidad viva, inmediata, distinta. 

Controvirtiendo la enigmática frase de Mallarmé “Un golpe de dados jamás abolirá el azar”, el poema suspende momentáneamente el azar, dando paso a un testimonio no lógico ni discursivo (“efecto de verdad”, se le ha denominado) directamente emparentado con la forma poética, convertida, de este modo, en la primera articulación del pensamiento.

(Inédito)


Rafael Felipe Oteriño (La Plata, Buenos Aires, 1945) Poeta, ensayista, crítico y  docente universitario. En poesía ha publicado: Altas lluvias, 1966; Campo visual, 1976; Rara materia, 1980; El príncipe de la fiesta, 1983; El invierno lúcido, 1987; La colina, 1992; Lengua madre, 1995; El orden de las olas, 2000; Ágora, 2005; Todas las mañanas, 2010; Viento extranjero, 2014; Y el mundo está ahí, 2019. En 2016 reunió una serie de ensayos sobre poesía: Una conversación infinita (2016).

Entre otras distinciones a su obra poética se cuentan: Premio Fondo Nacional de las Artes (1966); Primer Premio Regional de Poesía de la Secretaría de la Nación (1988);  Premio Konex de Poesía (1993); Consagración, Legislatura de la provincia de Buenos Aires (1996);  Premio Nacional Esteban Echeverría (2007); Gran Premio de Honor, Fundación Argentina para la Poesía (2014); Premio Rosa de Cobre, Biblioteca Nacional (2014).  Es miembro de número de la Academia Argentina de Letras. En 2020 fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.



lunes, 26 de octubre de 2020

Sebastián Jorgi: Roberto Glorioso, una estilística de lo hermético


RobertoGlorioso (Azul, Buenos Aires, 1951-2018)


    Sí, después de leer y releer los poemas de Tierra no prometida de Roberto Glorioso, traté de esbozar como una definición, aunque, obvio, en la poesía nada es fijo, inamovible. Y me dije: Una estilística de lo hermético. Nada excluyente esta idea. A través de sus visiones, Glorioso se indaga y se contesta en imágenes “sin resto de dicha ”¿Escepticismo? Lo dejo ahí, para que el lector de Tierra no prometida imagine a un cazador en “pleno agobio de muerte” y presienta la “tristeza del bosque” o una estadía de “hotel vacío a la hora del amor”.

     El manejo, por así decirlo, de cromatismos e iluminaciones(¡acaso extraídas del loco Rimbaud?) oficia sustratos íntimos de un discurrir dialéctico. En una sucesión de poemas cuasi-aforísticos, el poeta cuenta el mundo donde “el hambre desboca/obradores sin pan” y donde el hombre también es víctima y victimario” como quien sutura la puerta de su celda”.

    Fuego, hogueras, incienso, celdas, guijarros, cepos, precipicios, prefiguran acumulaciones de lenguaje donde para Roberto Glorioso “ocurre el mundo”, el lugar de todos, “donde muere sin tregua lo que amamos”. ¿ Ojo nietszcheano? ¿Zaratustra nos vigila? Conjeturo. Está en íntima, acaso infranqueable verificación para nosotros del “significado” de esas extrañas aleaciones semánticas. Sí: “todo a ciegas…y nadie responda…” Es muy posible que nadie responderá, se desborda todo cauce, el hombre va sin “salvoconducto, suplicante de asilo”. ¿ Estará el extranjero de Camus esperando la condena tras el yo-poético en la tierra no prometida?

    Esa subjetividad lacerada de mundo, de época, de crucialidad, de abismos donde es imposible el salto y atreverse a atisbar precipicios.

    Así se mueve la poética de Glorioso, en el límite existencial de lo insondable de la condición humana. Me juego vislumbrar algún campo creacionista de índole huidobriano, como lúcidamente reparó Hugo Mujica en la contratapa, extrayendo estos versos de nuestro poeta: “Atardece/ como si alguien rezara/ una canción de trenes/ sin cargamento de distancias”. Bella concatenación de imágenes de ese atardecer propio de la serenidad de provincias. Un refugio espiritual para soportar cualquier “sopa de ortigas” que ornamenta la mesa como “un plato único”.

   Inconformismo y una (¿implícita?)  rebeldía refracta la poesía de Roberto Glorioso.

(Diario EL TIEMPO de AZUL, Buenos Aires,  2005)


Sebastián Jorgi: FRANCISCO MATOS PAOLI, poeta en Puerto Rico

 


El cerco de Dios, Poesía – Antología, Ediciones Mairena, 1995.

     Esta antología consta de 157 páginas y fue editada en Puerto Rico, en la colección que dirige Manuel de la Puebla, que también escribe un importante estudio preliminar y que nos deja una de las semblanzas más precisas sobre el gran poeta de Puerto Rico. “Para la antología presente de Ediciones Mairena” – aclara Manuel de la Puebla – “he preferido una distribución distinta a la cronológica, con el propósito de llegar un mejor conocimiento del poeta y a los aspectos fundamentales de su obra”. Tal enfoque es un logro, ya que el compilador ha elegido el camino más espinoso, al mismo tiempo el más certero para asomarse al mundo poético de una de las personalidades más grandes de la poesía en lo que va del siglo. Una personalidad y un quehacer original de la poesía poco conocido en el cono sur, un tanto por las politizaciones sacralizadoras con respecto a algunas figuras “comprometidas” y otro tanto por el desconocimiento, la ignorancia de una crítica engolada, híbrida, “profesional”, cuando no, tamizada en el prejuicio. Francisco Matos Paoli, candidato permanente al Premio Nobel de literatura por su país, Puerto Rico, presenta su obra recién publicada, El cerco de Dios, a los lectores argentinos y merced a esta humilde intermediación periodística de mi parte, en nuestra columna de LA CAPITAL, de Mar del Plata. 

     Pero… ¿cómo nos asomamos a la ductilidad creativa, a la verba in situ y al numen lírico de Francisco Matos Paoli? Podemos hacerlo despacito, tímidamente, como el niño que hace la travesura y enseguida se repliega. Porque nos sentiremos en falta ante el atrevimiento. Sí, nada más que asomarnos, atisbar, esa “abertura/del alma que se puebla/ de todas las fragancias de la tierra”. Escribe en Canto de la esperanza: “Yo me abrí en la montaña…/ Más tarde me tuvo el mar…/ Desperté, manumitido por la gracia”: tres instancias del poema que se resuelven en el íntimo derrotero trazado de “la huella que rutila en la esperanza” y en “el Dador del cielo”, línea esta resumidora de una entrega a la Palabra-Dios. 

     Otro poema, Destino, nos da el poeta en estado de encantamiento: “Apenas yo me toco. Soy la brisa/ disfrazada de cielo”, personificación que se continúa en el desafío “¿Quién dijo que mi cauce se vacía?” para llegar a la constatación física, existencial y de fe en sí mismo: “Aún vivo: soy: me creo”. Y me retrotraigo a las lecturas de Karl Naspers y su fé filosófica: “Para tal fe, nuestro ser en el tiempo es encuentro de existencia y trascendencia, de lo eterno que somos a título de ser coreados y de lo eterno en sí”. Claro que no es fácil la poesía de Francisco Matos Paoli y se la ha tildado de hermética – con alguna gratuidad -, pero tal hermetismo deviene del estado de imaginación dictadora y del misterio mismo de una poesía elevada, de un corpus-lenguaje caudaloso y plurisignificativo. Entonces, ¿cuál es la perspectiva posible del “crítico” para la interpretación, pretenciosa  vivisección? Ninguna, cuando se trata de la gran poesía, afortunadamente. Y echo mano a unas líneas de Hugo Friedrich, en su estudio sobre Mallarmé: “Se cimenta por vía ontológica, la moderna hegemonía de la palabra, pero también la de la fantasía ilimitada. La palabra, así entendida, es el hecho creador del espíritu puro” y la próxima parada será en el poema La identidad espiritual, el que Francisco Matos Paoli catapulta con una interrogación; “Soy yo quien doy los pasos/ hacia la arena móvil del poniente?” para después consustanciarse el poeta con las “dulces laderas” del monte  y definirse en función del prójimo, “soy los otros”. Así, entre lenguaje y naturaleza – “A veces me paseo/ como una gran palabra/ que pertenece a todos” o “al ver multiplicadas las palomas/ encuentra las pupilas tan primeras/ de todo amanecer”- el poeta se va abriendo camino y se autoconstata en un espasmo contra-nihilista: “Sobre la nada elevo/ las alas insepultas: yo respiro” leemos en el poema El Tiempo, porque “sobre la nada elevo/ el fijo resplandor”, imagen de antítesis, de oposición, imagen de trabajo en la noche espiritual, me refiero a la noche creadora de San Juan de la Cruz. Claro que en Francisco Matos Paoli se tratará de una noche americana, nacida en Lares y continuada en el martirio de la prisión La Princesa, en donde Don Marcos estuvo confinado. Y de aquel tiempo de sufrimiento, porque mucho le dolía Puerto Rico, puede decirse que el 4 de enero de 1955 marca una especie de subida al Monte Carmelo en Matos (al igual que San Juan), una suerte de entrada “en el vuelo azul” para convertirse y escribir un Arte Poética elíptica en Sin nombre: “Yo ya soy un cielo ido/ sólo un cielo de palabras” y si recalamos en ese poema antológico, El exilio espiritual, un tono de humilde autorretrato, una parada existencial, un requerimiento ético para decirnos: 

     Pero al mismo tiempo hay una poesía de combate, contra toda hipocresía, contra toda mediocridad, “Soy como soy/ uno que se rebela contra la uniformidad/ contra la multitud/ y ya estamos en el poema Soy un cobarde, donde el poeta tomará distancia porque “vive de soledades innombrables”. Y qué no decir del estado de emoción dialéctica con Dios, esa deliberada enajenación creadora – “Porque me olvido de mí/ acudo al invisible titilar de la rosa” – en el poema La Felicidad, ese estado de ensoñación, “yo no vivo casi/ porque los sueños florecen cada vez más altos”, ese transitar anhelante de Dios, esa levitación celeste y terrenal al mismo tiempo – porque Jesús fue Dios y también hombre verdadero – y porque ahí están Lares, el pueblo natal, Puerto Rico y su dolor y también está, siempre emergente, la figura inolvidable del patriota, don Pedro Albizu Campos, su compañero de infortunios en la cárcel La Princesa en los años cincuenta. Bien lo expresa en el estudio preliminar y las introducciones a cada sección del libro el profesor Manuel de la Puebla, con genuina posición, sin impostaciones intelectuales, de manera que nos acerca esa gran figura de las letras americanas – como diría nuestro poeta Rubén Vela, esa América “sin el Arco del Triunfo”, esa profunda América, “nuestra madre sobre las aguas”-. Y nos lo acerca don Manuel de la Puebla con fina sensibilidad de crítico, pero sobre todo porque él es esencialmente poeta.

    Pero voy a terminar esta nota – parte de lo que será mi humilde homenaje a Don Francisco Matos Paoli – recordando un párrafo del capítulo sexto de la Subida al Monte Carmelo de San Juan de la Cruz: “Habiendo, pues, de tratar de inducir las tres potencias del alma, entendimiento, memoria y voluntad, en esta noche espiritual, que es el medio de la divina unión, necesario es dar a entender en este capítulo las tres virtudes teologales: Fe, esperanza y caridad…la fe en el entendimiento, la esperanza en la memoria y la caridad en la voluntad”. Se me disculparán mis citas, pero todo no es más que un intento de acercamiento al gran poeta que acaba de cumplir 80 años, una recordación gozada de su poesía, ese fluir constante de él mismo encarnado en lenguaje – hasta se me ocurre una explosión rubendariana cien años después – para orgullo de nuestra América toda y de la tierra borincana, porque “sin la memoria/ el vaso de los soles se disipa/ en el desconocimiento”. 

Sebastían Jorgi (Lanús, Buenos Aires, 1942) Novelista, cuentista, dramaturgo, ensayista, poeta, letrista, investigador y docente. Ha ejercido el periodismo deportivo y cultural en los medios más importantes del país. En 2011 se publicaron sus cuentos completos: Por Todo el Camino. Su obra ha sido distinguida en varias oportunidades con los premios: Eduardo Mallea (Municipalidad de Buenos Aires), PEN Club (Argentina), Villajoyosa (Alicante, España), Iberoamericano  Javiera Carrera (Chile), entre otros reconocimientos.



lunes, 12 de octubre de 2020

Demian Paredes: “Cuatro notas sobre el poeta Enrique González Parra” y breve selección de poemas

 

Enrique González Parra








Se destacan en la poesía de Enrique González Parra (Michoacán, 1951) la observación y la razón poéticas. Una "razón", por lo tanto, no-instrumental, ni meramente comunicativa-utilitaria, sino, por el contrario, expresiva, sensible, creativa-creadora, en combinación con una aguda mirada, detallista por momentos, atenta a las contradicciones y paradojas. En ¿A dónde van los pájaros? se puede apreciar una hábil, sutil e inteligente capacidad de protagonizar o de presenciar, de escuchar, de recordar e imaginar; destilando, con breves versos, pequeños poemas. En ellos se "narran" acontecimientos: una voz y su circunstancia (en la casa, en la calle, en un café, en viaje…) en torno a los ajetreos cotidianos de la vida, al deseo y a la memoria; episodios que suelen derivar en alguna "conclusión" u observación, generalmente irónica o autoirónica. Otros poemas recuerdan anécdotas familiares y de infancia: el discurso autobiográfico, con sus vivencias y experiencias particulares (el poeta como lector de Borges en "Oferta", o la típica conversación telefónica con una persona remota convocando a reunirse con antiguos amigos para recordar épocas escolares en "La llamada"). Algunos ponen de relieve temas "abstractos" y reflexivos, como "Fuga": "Huir/ olas adentro/ por el líquido tibio,/ batiente,/ lleno de resplandores/ que de pronto se opacan", y originales objetos, como en "Diccionario": "Oí de un diccionario/ que sólo recopila/ palabras olvidadas". Y hay apenas unos pocos que acuden a la metáfora, especialmente aprovechada para rematar con humor -generalmente con cierta mordacidad- algún final. Como en "Control de plagas", donde se menciona lo que dicen los expertos en la materia sobre las cucarachas: sin cabeza pueden vivir "hasta por cuatro días"... ¡como los enamorados! -estos últimos, incluso más-; y en "Tarde", donde se pronostica a una señora "muy mayor", tras un cruce casual, el destino de una taza -cualquiera- de té: finalmente romperse, hacerse trizas. Luto ineluctable.

* * *

Enrique González Parra no desdeña para nada el humor, entonces: con él, en su poesía, se dan la ironía y la risa -incluso por momentos- tragicómica, ante las circunstancias de la vida, y especialmente ante el final de esta: la muerte, sea la propia (venidera) o la de un acontecimiento familiar o de amistades. El inevitable deceso, más temprano o más tarde, que deberá afrontar cada ser humano: tema/preocupación permanente de las comunidades y civilizaciones, desde las antiguas a la "moderna" nuestra, y, claro, también de poetas y artistas, y además, en particular, de la cultura mexicana, ya desde su tradicional Día de Muertos. En el terreno de la poesía se podría mencionar a José Carlos Becerra en "El azar de las perforaciones", a Gabriel Zaid en "Tumulto", a Jaime Sabines en "Algo sobre la muerte del Mayor Sabines", a Manuel Calvillo en "Libro del emigrante", a Margarita Michelena en "La desterrada", entre tantos y tantas más (Amado Nervo, Octavio Paz, Xavier Villaurrutia, Carlos Gorostiza, Elías Nandino…). Sin ninguna duda, los libros de Enrique González Parra forman parte de esta cultura, de esta tradición; es una dimensión fundamental-fundante de su poesía. En ¿A dónde van los pájaros? se encuentran, por ejemplo, "A pulso", "Redondilla" y "Bajo el agua". También "Agencia", donde se puede solicitar un servicio: con los tratamientos estéticos correspondientes se adecenta a cualquier muerte que haya tenido el atrevimiento de instalarse sobre un cadáver. Otro es "Abismo", recuerdo de infancia sobre una sensación o pensamiento inquietante en torno a la "invitación" de un hondo pozo, con agua, a saltar dentro suyo. Está también "Se busca", donde se trata la muerte/ desaparición individual en torno a la colectividad. "Fosa", donde se pregunta por un presente donde hay restos: una calavera, una tibia, analizada por los forenses, y se las contraponen -con una pregunta- con el ayer de la vivencia habitual, entre vecinos. "Luto", que alude a la muerte de un perro doméstico. Y "Sin ruido", a la propia: "a mí me va tomando/ la sigilosa/ por los pies."

* * *

La experiencia, la vida toda decanta, y el poeta canta. Y afrontando "el drama estético del creador", como lo llamara Eduardo Lizalde. No escribir poesía como una "cosa ociosa", meramente repetitiva, sino depurando y precisando cada uno de los versos. La poesía de Enrique González Parra pertenece a esta clase: despojada, apela a la concisión. Hay marcas, puntos de partida, referencias autobiográficas (como en "Corto", donde camino a un velorio un cartel indicador en un andén sirve para cruzar o mimetizar una dimensión con la otra, o en "Primo", donde el parecido con el pariente vuelve a alterar las dimensiones establecidas: "me vi difunto/ en otro cuerpo"), pero el remate del poema, la tendencia a la generalización, deviene en reflexión y en alguna clase de conclusión, no necesariamente "concluyente". No casualmente, hablando de un libro anterior de González Parra, Antonio Deltoro escribió acerca de "la sequedad de una mirada iluminadora", que incluso llega "al filo del aforismo". Por otra parte, el tiempo, lectura e interpretación del poema potencialmente no tienen fin: el "mensaje" y sus efectos, surgidos de la combinación, polisemia y ambigüedades de las mismas palabras, expresiones, parafraseos, y la interacción de distintos "sistemas" que pueden hallarse dentro de casi cualquier poema (léxicos y semánticos, fonéticos, gráficos, espaciales, etc.), lo configuran como un objeto textual, un generador de discursos, multidireccional, abierto a todos los sentidos. Aun si en algunos poemas se puede percibir que se piensa, escribe y habla desde la soledad, la voz del poeta se dirige, de cualquier modo, al mundo. Es decir, a quien se anime y encare su lectura. Es posible apreciar varias veces en González Parra un movimiento que va de lo particular a lo general; de un punto a la inmensidad de las cosas, al modo de la conformación, por sumatoria y acumulación, de las constelaciones… Allí se encontrarán, una y otra vez, las huellas de la vida que la poesía mira.

* * *

¿A dónde van los pájaros? es el quinto poemario de Enrique González Parra, donde la sucesiva reaparición de las aves a lo largo del libro funciona como una apelación a -y una muestra de los sentidos, a lo recibido, pero también a lo presentido, imaginado y proyectado (en un poema, unos pájaros "inesperadamente/ alzan todos el vuelo/ y traspasan la luz/ como cuchillos"). Este libro sucede a Ajena geografía (1987), Como el que deja un cuerpo (2009), Mi padre y otros muertos (2013) y El rastro del prodigio (2016), los tres primeros publicados en México y el último en España. En todos ellos también el deseo y la mirada casual o más o menos escrutadora recorren geografías, momentos e historias (véase el humor en "Y punto", o "Bolero", con sus truncados anhelos, en el presente volumen). Y cada cual con sus características: Ajena geografía (nos) trae la palabra "rastro" varias veces, cual búsqueda o interrogación de un primer poemario, aun con tanteos, con felices logros -incluyendo una sección autobiográfica titulada "Siete apuntes porteños en la dictadura"-. Como el que deja un cuerpo comienza a delinear con mayor precisión los temas de González Parra: la anécdota familiar y la perteneciente a "la Historia", con el humor puntuando y acentuando finales. Mi padre y otros muertos apela nuevamente, como ya anuncia desde el título, a las vivencias propias del pasado, donde se balancea y reevalúan las experiencias, donde se dan cita la anécdota y la observación irónica y hasta cáustica, varias veces en diálogo posmortem con la figura del progenitor masculino. Y El rastro del prodigio se organiza en sus "secciones" desde el color -actuando desde la mirada directa y también desde la metáfora-, donde la voz poética se reconcentra nuevamente, desarrollando sus temas con un lenguaje delicado, sucinto, preciso.
Ahora, en Argentina, desde la provincia de Córdoba, gracias a la editorial Alción, la voz de este poeta comenzará a circular por el país -surcando el cielo: cada poema, un pájaro en vuelo-, y es de esperarse que pronto, más ampliamente, por los demás países del Cono sur.

Demian Paredes
Septiembre de 2019

“A modo de epílogo” para ¿Adónde van los pájaros?, de Enrique González Parra, volumen próximo a publicarse por Alción Editora.




Identidad

Hoy volví a platicar
con Guillermo
en su hijo póstumo;
las mejillas
repetían los hoyuelos
que su padre lucía en el salón
medio siglo antes;
y la misma sonrisa
que le ganaba voluntades.

El hijo,
que jamás vio a Guillermo,
reprodujo ante mí
pasmosos ademanes
de quien no lo moldeó
con su presencia diaria.

Hay sin duda un azar
del que apenas sabemos
y, creyendo ser únicos,
volvemos a meternos en las carnes
de cualquier bisabuelo
al que no conocimos ni en retrato.


Truco

Se corre el maquillaje
aunque no llueva
ni broten lágrimas.

Del hombro
resbala la correa
que sostenía
una mochila, un bolso.
Sin los botones,
¿cómo llevar una camisa?

Faldas
y pantalones,
quien no los asegure
los verá dar en tierra.

Es inútil
colmarlo de amuletos:
el cuerpo está desnudo.


Control de plagas

De acuerdo
con entomólogos
y peritos
en manejo de pestes,
una cucaracha,
perdida la cabeza,
puede sobrevivir
hasta por cuatro días.

¡Cuánto más
-y quién dudalos
enamorados!


Metamorfosis

Un viejo
de barba blanca,
mejillas rojas
y perfil aguileño,
se acomoda un gorro
de lana en la cabeza,
calza a mitad
de la nariz sus lentes
con aros de oro,
saca de la mochila
una torá enorme
arropada en un lienzo
y la lee tan impávido
que no logro advertir
si tiene devoción
o sueño.

Ha erigido un santuario
al lado mío.


Buenos Aires

La luz se pasma
sucia y fría
como plata oxidada.

Mientras bebo café,
al otro lado del cristal
se arremolina gente
bajo árboles sin hojas.
Traen paraguas, abrigos;
en su prisa, se estorban.

Ajeno a sus afanes,
al ciclo de sus estaciones,
veo sus zapatos
enlodados, hundirse
en la boca del metro.
Una nostalgia
de repente me oprime:
en cosa de tres días
quedará lejos
esa prisa que hoy pasa ante mis ojos.



Marcelo Ariel: poemas

























El espantapájaros
Para los niños

en medio del basural

visto de lo alto

un pantalón y una camisa

Son la
evocación del cuerpo
de un hombre 
sin zapatos

sus manos

dos buitres desgarrando un saco

su cabeza

un rato


Motor discontinuo

La máquina de despertar
dentro de la máquina
de respirar
La máquina
de hablar
Dentro de la máquina
de pensar
La máquina
de andar
Dentro de la máquina
de cansarse
En la máquina de ser
La máquina de estar
Dentro de la máquina de dormir
y soñar con
La vida afuera
de la máquina de morir
En la máquina de soñar


Cangrejos aplauden Nagasaki
Para Gilberto Mendes & Mano Brown

(Villa Socó)
Cuerpos en llamas se tiran al barro
mujeres y niños primero
cangrejos aplauden Nagasaki
bebé de ocho meses es calcinado
en cuanto Beatriz
ahora entiende el poema último
Beatriz madre soltera antes de morir dio un inútil puntapié en la puerta

En el aire
gritos mudos
la noche blanca de humareda envuelve todo
alguien en el bar de la esquina
piensa en Hiroshima
en las voces
horror y curiosidad despertaron la ciudad
mezclándose
dentro del infierno ojos claman
por teléfono
el ministro es informado
–El fuego los consume…
La sirena de las fábricas no
silencia
Dos serafines pasando por el lugar
susurran en el oído
del Creador
“Villa Socó: mi amor”
Una vieja permaneció acostada
alrededor de la cabeza en la aureola
el último pensamiento pasa
el coro de las sirenas
en medio del campo iluminado
una garza vuela asustada
con los humanos y su infierno creado
en el manglar el viento mueve las hojas

Un bombero grita:
–¡KSL! El fuego está contra el viento. Cambio…

Fue Dios quien quiso
dice el mendigo
que sobrevivió porque estaba durmiendo en la alcantarilla de la avenida.
Un orgasmo es cortado al medio
cuando la pareja percibe el fuego
quemando el espejo.
Retrocediendo en el tiempo
lamentamos
el movimiento del gas
ligerísimo iceberg
que convirtió fuego en fuego, horror en horror

Villa Socó
Estacionó en la Historia
al lado de Pompeya, Joelma y Andrea Doria
Pensando en eso
levanto en este poema un memorial
para nosotros mismos
víctimas vivas
del tiempo
donde se moviliza la muerte esparciéndose en el paisaje
como el gas
que también incendia al sol
(bomba de extensión infinita)

Beatriz se sentó cerca de la puerta y quedó mirando el fuego.
Hasta que invade la escena la luz suave de otro sol frío.
Fin del juego.

(Lo que no quema)

Beatriz ahora es otra cosa y contempla:
rayos negros en un cielo negro
después blancos en un cielo blanco
suavemente penetré en un jardín
donde un único árbol existe.

(El incendio acaba y la garza se posa en el mangue, donde los ángeles sueñan)

En aquella noche uno se despertó
anduvo en medio de las llamas
y las llamas
lo quemaron.


Sueño que soy João Antônio soñando que es Fernando Pessoa

En un subterráneo Letes o en un Éufrates interno
Tocando ramas de invisible agua o haciendo círculos con piedritas tiradas en un Tejo etéreo
No importa…
La quimera-esfinge me espera en todas las márgenes teniendo a su derecha a Sá Carneiro y Antero que ríen de la risa de Cerbero, cuando entre ellos paso, soy cercado y como si soñase voy al encuentro de Adília Lopes que está danzando desnuda en la fuente rodeada por una aureola de cucarachas blancas. Adília me señala una fila de hormigas subiendo a los cielos, donde nubes forman el rostro de Dante, sentado acá abajo y esta vez despierto, veo un ángel tuerto de ocho alas leyendo cerca de la casa de Adélia Prado. Sabiendo de la existencia de una iglesia allí enfrente, pregunto al ángel: “¿Y entonces, mi hermano, viniste para la misa?”.  El ángel dijo: “No, yo vine por las hormigas”. “¿Y Dios?”, vuelvo a preguntar. “Está allá oyendo Bach”. Voy hasta la iglesia, empujo la puerta y entro en un terreno baldío donde ángeles sin alas juegan a la pelota con mocosos sin remera, todos muy felices como si realmente existiesen.


Sin señales para las cenizas en el agua
“De las cosas lanzadas al azar, la más bella, el cosmos”
Heráclito

La luz del ser es como el agua
también vino del Sol
donde todos los planetas quieren entrar

Dentro del Sol
El ser es inmóvil
como la gratuidad de un éxtasis
parecido a la respiración

Fuera del Sol
el ser es móvil
Tiempo eternidad
y tiempo cronológico


El agua es el Alma
dentro del cuerpo
En un cuadrado
hay un triángulo
de fuego
un eneagrama
de aire

En nosotros
el agua
es lo que ama
en cuanto el aire piensa
y la emoción es la llama
que el incendio da muerte
alimenta

El agua es lo que sueña
lo que el tiempo dibuja
los círculos que somos
creados por la piedra
que se hunde
cuando despertamos

El Yo
es el vapor que se desprende
del hielo:
esa ilusión llamada identidad
en el fuego del Ser disolviéndose
Cuando decimos Yo
el alma que es el agua duerme
y lo que perdemos es la nube
de lo que no sabemos


Es música todo
lo que el agua piensa
En el rastro de las nubes
se esconde la armonía
de esa sentencia, igual en la tempestad
el relámpago
rasgando el aire
es un silencioso canto
pero el trueno, quiere nuestro despertar
y fracasa, ese rugido estelar
que despierta en nosotros, apenas miedo y espanto,
hacia la estrella retorna
silente furia
que no comprende
nuestro llanto


Versiones: Demian Paredes, Buenos Aires, 2020.
Material enviado por Edson Cruz, poeta y editor del sitio web “Musa Rara” (www.musarara.com.br).

Marcelo Ariel (1968, Santos, SP), poeta, performer y teatrólogo. Autor de Com o Daimon no Contrafluxo y Ou o Silêncio Contínuo poesia reunida 2007-2019, entre otros. Fue actor/guionista del film Pássaro transparente, de Dellani Lima, y grabó el disco de spoken word Contra o nazismo psíquico con “Projeto Scherzo Rajada”. Su blog: http://teatrofantasma.blogspot.com/ 







 

Gabriel Jiménez Emán: EL HOMBRE ABSURDO, LA FILOSOFIA REBELDE DE ALBERT CAMUS





La idea de un mundo absurdo, de una existencia absurda o una realidad absurda siempre han tenido cabida dentro de mí. Desde que comencé a escribir y a observar el mundo, la idea de contrariedad, paradoja o ambigüedad surgieron coetáneas o compañeras de aquella: leí textos del absurdo como los de Alfred Jarry o Eugene Ionesco; novelas absurdas como las de Samuel Beckett y Franz Kafka; poemas absurdos como los de César Vallejo o cuentos absurdos como los de Virgilio Piñera; observé cuadros absurdos como los de René Magritte o  Max Ernst o películas absurdas como las de Luis Buñuel; pero nunca leí razonamientos absurdos tan diáfanos como los de Albert Camus en su obra El mito de Sísifo (1942), donde el escritor francés de origen africano nos pasea por el mundo del absurdo casi sin dejarnos respirar.
Dueño de una las prosas más bellas de la lengua francesa, (que aun en las peores traducciones se disfruta), Albert Camus está ubicado como hombre y como escritor en el corazón de la filosofía pura. Sus novelas, ensayos y artículos respiran y transpiran ideas como si éstas fuesen connaturales con el ritmo de su prosa, y nos abisman e inquietan tanto como pudiera inquietarnos la prosa de un Nietzsche,  que es la prosa más tersa de la lengua alemana. Esta belleza implícita en su manera de escribir es un arma de doble filo, porque jamás logra herirnos con sus dagas sino que nos motiva desde el centro del mismo filosofar, sin que para ello tenga que crear categorías o sistemas.
Ello es lo que hace justamente en El mito de Sísifo: crear un espacio para la sensibilidad absurda, abarcándola desde varios puntos de vista. Por ejemplo, Camus nos dice que no hay espectáculo más bello que el de la inteligencia en lucha con una realidad que la supera: se trata del espectáculo del orgullo humano, que es inigualable. La presencia constante del hombre ante si mismo es un espectáculo. Para el absurdo no hay mañana; el hombre absurdo es el hombre-tiempo: rechaza la añoranza. Esta razón lúcida que comprueba sus límites y que reconoce sus razones al término de ese camino; para el hombre absurdo el hombre no es racional o irracional, sino irrazonable. El hombre razona, quiere ser  fiel a la evidencia que la obra estimula, y esa evidencia es lo absurdo; hay un divorcio entre ser que desea y mundo que lo decepciona. El libro está repleto de ideas de este tipo, dichas de distintas formas. Arranca, de modo inesperado, desde la figura de Don Juan, seductor ordinario y superficial que no cree en el sentido profundo de las cosas, y por tanto es un héroe absurdo. Lo que no puedo negar, lo que no puedo rechazar, eso es lo que importa. Puedo negar todo, menos el caos del presente, el infierno del presente, la vida no tiene sentido pero debería tenerlo, aunque en el fondo, si bien lo vemos, se la viviría mejor si no lo tiene.
La idea del absurdo está asociada también a la de rebelión, que Camus ha abordado y desarrollado ya en su libro El hombre rebelde. La rebelión adquiere entonces un valor filosófico, pues la rebelión metafísica extiende la conciencia a lo largo de la experiencia. Dentro del rango del amor, Don Juan ha elegido no ser nada; el amor es esencialmente deseo, ternura e inteligencia: Don Juan es incapaz de amar y termina en un convento (lo contrario, acoto del Casanova italiano que amaba a todas las mujeres y terminó loco). Se hunde y reconoce que no hay pasión sin lucha, poniendo el ejemplo del joven Werther (el célebre personaje de Goethe) que se suicida por el amor imposible de Carlota.
Lo comprensible es aquello que puedo tocar, e incluso puedo negar todo, menos esa fractura entre el mundo y el espíritu. Para Camus, la conciencia perpetua  renovada entra en la vida de un hombre, y encuentra su fractura en el presente: el presente es un infierno, en cierto modo. Es arduo hablar sobre las cosas a las que alude Camus en este libro, sin usar sus propias palabras y sin usar sus giros verbales tan precisos, con ese estilo suyo tan delicado, pero es el que dice las cosas más terribles. Si la vida debe tener un sentido para vivirla, y se la viviría incluso si no tiene sentido: he ahí la naturaleza de lo absurdo.
Por otro lado, la posición filosófica el absurdo sería la rebelión, ya que la rebelión metafísica extiende la conciencia a lo largo de la experiencia. Cuando habla de la comedia, nos dice que esta es el espectáculo donde queda atrapada la conciencia y que el hombre, inconsciente, se precipita a la esperanza, mientras que el hombre absurdo comienza ahí donde termina el hombre inconsciente. Son, ciertamente, ideas filosóficas. Cuando se refiere al Actor, nos dice que éste cumple un destino absurdo en la medida en que representa otras vidas. El actor vive una gloria efímera que pronto se convertirá en polvo, Es una gloria engañosa la que vive: hace nacer y morir al ser sobre las tablas de un teatro, ese es un buen ejemplo de absurdo. Cuando el actor se asemeja al viajero, símbolo de lo perecedero, pues aquél no se ejecuta ni se perfecciona sino en la apariencia. En todo caso lo que importa no es una vida eterna, sino una permanente vivacidad.
Estas son sólo algunas de las ideas, torpemente transcritas, de las desarrolladas por Camus en este libro, que impacta por la rotundidad de sus imágenes, las cuales giran en torno a otras como aquella del Individuo que se define mas por las cosas que calla que por las cosas que dice; el individuo se torna marginal; para el individuo absurdo no valen las causas victoriosas sino las causas perdidas, pues éstas exigen “un alma certera”. Para Camus el amante, el comediante y el aventurero encarnan el absurdo; la grandeza de aquello que ejecutan está en la protesta (la rebelión) y en el sacrificio sin porvenir, pues una revolución se realiza siempre contra los dioses.
Prometeo sería, entonces, el primero de los angustiados “modernos”. La revolución de los pobres no es sino un pretexto para hacer una revolución. El hombre es su propio fin. La inteligencia (o la lucidez) es preferible al genio; la inteligencia domina ese desierto con fe en el que nos regodeamos, que muere al mismo tiempo que el cuerpo; sin embargo él tiene una libertad, y esa libertad consiste en saberlo. Entonces, el sabio sería el hombre que vive de lo que tiene y no aquel que aspira a algo, o especula sobre aquello que no tiene.
Existe, pues, una rebelión absurda, como homenaje que el hombre ejecuta a su propia dignidad, y este vendría a ser el goce absurdo por excelencia. Hace una alusión a Nietzsche cuando el gran filósofo alemán nos dice que “tenemos al arte para no morir de verdad.” Siempre tenemos el rostro de nuestras verdades, y el hombre absurdo no necesita explicar ni realizar nada sino disentir y describir cosas: sí, solamente describir: esa es la sola ambición del pensamiento absurdo. Tenemos, pues, que dentro del universo  magnífico (y pueril) del creador, la obra de arte no es un refugio de lo absurdo sino que ella misma es un fenómeno absurdo, y no ofrece solución al mal del espíritu. Y es por eso que para Camus, en el fondo, no habría una oposición clara entre arte y filosofía. Se trata, ciertamente, de un punto muy polémico; para el escritor francés el arte expresa una sola cosa bajo distintas formas; el artista y el pensador lo hacen de su obra una ósmosis, un solo problema estético y esta idea es nueva; se produce una exigencia total entre el artista y su obra; por supuesto el mundo no es nada claro; si lo fuera, no existiría la obra de arte.  Para Camus toda gran obra es esencialmente filosófica, porque a fin de cuentas pensar es sobre todo crear un mundo. Los grandes novelistas son novelistas filosóficos, y si no, son sólo novelistas de tesis; en el creador la ética es una rigurosa confidencia; en este orden de ideas, y aunque se trate de Kant, es un creador porque inventa sus propios personajes, esencialmente porque todo principio de explicación es inútil. Camus entonces nos dice que hay una felicidad metafísica de la defensa de la absurdidad del mundo y que la rebelión absurda es un homenaje que el hombre tributa a su dignidad.
En el fondo, el mal del espíritu no tiene solución, no ofrece respuesta alguna. Llega Camus al extremo de afirmar que, consciente de esta gratuidad, la rebelión no debe suscitar la esperanza y que en el mundo ficticio la conciencia del mundo real es más fuerte; en la creación, la más eficaz de todas las escuelas es la paciencia y la lucidez.
Se trata en El mito de Sísifo de un abigarrado conjunto de ideas, expuestas con una claridad que podemos calificar de crispante, basadas buena parte de ellas en el mito griego de Sísifo, personaje que se halla condenado de por vida a levantar y arrastrar una pesada roca hacia una cima; trabajo en el que gasta sus fuerzas y su tiempo, un trabajo penoso que le agobia. Cuando al fin ha conseguido llevarla hasta arriba, debe arrojarla otra vez cuesta abajo por el abismo. Sísifo entonces es el ser que se dedica a no acabar nada: ese es el precio que debe pagar por las pasiones que ha tenido en su existencia: es un personaje trágico pero con una conciencia de ello; es un bandido y a la vez un sabio prudente aunque esté encadenado a la muerte, es un trabajador inútil de los infiernos. Pero es también por excelencia el héroe absurdo, porque a la par de estar encadenado a la muerte, es un apasionado por la vida; se encuentra agazapado en las guaridas de los dioses y a la vez constituye un momento revelador de la conciencia. El destino le pertenece y la roca es su casa. Entonces el hombre absurdo, cundo contempla su tormento, hace callar todos sus ídolos. Pero para expresar el absurdo, para hacerlo ver, hay que ser coherente, usar un edificio bien estructurado de ideas y de palabras. Entonces Albert Camus pasa luego a ilustrar su idea del absurdo con un breve acercamiento a la obra de Franz Kafka. En la filosofía moderna, lo trágico está unido a lo lógico y a lo cotidiano, y Kafka ha descubierto esto. Gregorio Samsa es un viajante de comercio y no le preocupa sino lo que su jefe va a reclamarle al ausentarse de su trabajo, más que el hecho de haberse convertido en un insecto monstruoso. Mientras en El castillo los detalles de la vida cotidiana vuelven a ganar terreno hasta hacerse infinitos, interminables: nada termina, todo recomienza, al alma sigue indagando.
Las consideraciones de Albert Camus sobre el escritor checo son filosóficas en la medida en que lo conectan con una concepción  absurda del mundo. Y a esta concepción se interpone la idea de esperanza. Comienza Camus a decir que el arte de Kafka consiste en obligar al lector a releer, que la ausencia de desenlaces en su obra supone explicaciones, pero éstas no se revelan con claridad y obligan al lector a releer constantemente: surgen varias posibilidades de interpretación de diversas lecturas. Kafka lleva a cabo una obra llena de símbolos. En El proceso, Joseph K es acusado pero no sabe por qué. Quiere defenderse, le nombran abogados, lo juzgan, lo condenan y él apenas se pregunta por qué. Lo llevan a un arrabal, lo degüellan y antes de morir, el condenado dice solamente: “como un perro”. Joseph K nunca se sorprende; nada le asombra. Y esa falta de asombro es una contradicción y es sobre todo un signo de lo absurdo. En El castillo Camus ve la aventura individual de un alma en busca de su gracia, y le reclama a los objetos que les revelen su secreto real, y a las mujeres los signos de Dios que duermen en ellas; mientras que en La metamorfosis existe la imaginería de una ética de la lucidez: el hombre se convierte en monstruo, en una bestia, sin esfuerzo alguno. Kafka se convierte en el maestro de estas oscilaciones permanentes entre lo natural y lo extraordinario, el individuo y el universo, entre lo cotidiano y lo sobrenatural. En la condición humana, nos recalca, hay una absurdidad fundamental, y al mismo tiempo una grandeza implacable. He aquí el punto nodal de la separación entre el alma y el cuerpo, entre los goces de éste y las intemperancias de aquella. En este sentido, el absurdo en Kafka “se expresa mediante lo lógico, y nunca exagera cuando desea expresar este absurdo, que procede con la mayor precisión y mesura; lo trágico se torna natural, casi sosegado.” 
Para expresar el absurdo, Kafka debe ser coherente, éste debe ser descrito con lujo de detalles. En El proceso la carne triunfa, la desesperación, la rebelión respira todo el tiempo. ¿Dónde entra aquí la esperanza? El proceso plantea un problema que resuelve El castillo bajo una forma científica. El proceso diagnostica y El castillo imagina un tratamiento. Pero el remedio que se propone en él no cura. Lo único que hace es que la enfermedad entre en la vida normal. Ayuda a aceptarla, dice Camus. Recordemos que desde la aldea es imposible comunicarse con el castillo. K no consigue el camino. Cientos de páginas emplea Kafka para describir diligencias, astucias, rodeos, mientras K se empeña en ejercer su oficio de agrimensor.
Camus llama a los personajes de Kafka “autómatas inspirados”. Son unas metáforas de nosotros mismos, privados de diversiones y entregados a la humillación de los dioses. Aquí, Camus pone a Kafka a competir con Kierkegaard: aparece la esperanza. Cuanto más trágica es la situación, más provocativa se hace la esperanza. Lo absurdo en El proceso es más conmovedor que en El castillo. La conclusión es que hay que haber escrito El proceso para escribir luego El castillo.
En este sentido, Kafka, Kierkegaard, Chejov y los filósofos existencialistas (incluyendo al propio Camus) se hallan orientados hacia lo absurdo. Y descubren un gran grito de esperanza. “La esperanza se introduce por medio de la humildad”, dice Camus. En la parte final del ensayo Camus asoma esta idea en Kafka, diciendo que éste niega a su Dios la grandeza moral, la bondad y la coherencia, pero para arrojarse mejor a los brazos de lo absurdo, aceptándolo. La esperanza estaría entonces en escapar a esa condición; el pensamiento existencial está repleto de esperanza, similar a la del cristianismo. Sin considerar propiamente absurda la obra de Kafka, dice que ésta ha sabido simbolizar el paso de la esperanza a la angustia y de ésta a la sensatez.

Gabriel Jiménez Emán (Caracas, 1950). Escritor venezolano destacado por su obra narrativa y poética, la cual ha sido traducida a varios idiomas y recogida en antologías latinoamericanas y europeas. Vivió cinco años en España y ha representado a Venezuela en eventos internacionales en Atenas, París, Nueva York, México, Sevilla, Salamanca, Buenos Aires, Santiago de Chile, Santo Domingo, Ginebra y Quito. En el terreno cuentístico es autor de varios libros entre los que destacan Los dientes de Raquel (La Draga y el Dragón, 1973; Monte Ávila Editores, 1993), Saltos sobre la soga (Monte Ávila, 1975), Los 1001 cuentos de 1 línea (Fundarte, 1980), Relatos de otro mundo (1988) Tramas imaginarias (Monte Ávila, 1990), Biografías grotescas (Memorias de Altagracia, 1997),  La gran jaqueca y otros cuentos crueles (Imaginaria, 2002), El hombre de los pies perdidos (Thule, España, 2005), La taberna de Vermeer y otras ficciones (Alfaguara, Caracas, 2005), Había una vez… 101 fábulas posmodernas (Alfaguara, 2009). Ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Municipal de Narrativa del Distrito Federal, el Premio Romero García de Narrativa del Consejo Nacional de la Cultura y el Premio Nacional de Narrativa Orlando Araujo y el Premio Solar de Ensayo de la Fundación de Cultura del Estado Mérida (Mérida, 2007) por el libro El espejo lúcido y el Premio Nacional del Libro (Cenal, 2004). 
En el campo novelístico nos ha ofrecido La isla del otro (Monte Ávila, 1979), Una fiesta memorable (Planeta, 1991), Mercurial (Planeta, 1994), Sueños y guerras del Mariscal (Comala, 2001; Ediciones B, Bruguera, 2007; Campaña Nacional de Lectura, Quito, Ecuador, 2008), Paisaje con ángel caído (Imaginaria, Yaracuy, 2004), Averno (El Perro y la Rana, 2007), Limbo (El perro y la Rana, 2017), El último solo de Buddy Bolden (Menoscuarto Ediciones, España, 2016). Sus libros de ensayos literarios son Diálogos con la página (Academia Nacional de la Historia, Caracas, 1984), Provincias de la palabra (Planeta, Caracas, 1995), El espejo de tinta (Fondo Editorial Ambrosía, Caracas, 2008) y Una luz en el camino. Fundamentos de ética para adolescentes (Biblioteca Básica Temática, Caracas, 2004), Espectros del cine (Cinemateca Nacional, Caracas, 1998), El Contraescritor (El perro y La rana, Caracas, 2008), La palabra conjugada (Fábula, 2016), Mundo tórrido y caribe. Literatura y cultura en Venezuela (Fábula, 2019). 
Como poeta es autor de los libros Materias de sombra (Premio Monte Ávila de Poesía, 1983), Narración del doble (Fundarte, 1978), Baladas profanas (La oruga luminosa, 1993) y Proso estos versos (Círculo de Escritores de Cojedes, 1998), Historias de Nairamá (Fondo Editorial del Caribe, Anzoátegui, 2007). Balada del bohemio místico. Obra poética 1973-2006. (Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2010), Solárium (Casa Nacional de las Letras, 2015) y Los versos de la silla rota (Fábula, 2018). 
Ha realizado una amplia labor como investigador y antologista, entre  cuyas obras se encuentran: Relatos venezolanos del siglo XX (Biblioteca Ayacucho, 1989), El ensayo literario en Venezuela (La Casa de Bello, Caracas, 1988), Mares. El mar como tema en la poesía venezolana (Banco Unión- Ateneo de Caracas, Premio ANDA, 1990), Ficción Mínima. Muestra del cuento breve en América, (Fundarte, Caracas, 1996), y antologías literarias con sendos estudios sobre Víctor Valera Mora, Luis Fernando Álvarez, John Lennon y Bob Dylan, Brian Patten, Baica Dávalos, José Lezama Lima, Vicente Huidobro, Ludovico Silva, Salvador Garmendia y Adriano González León. Es traductor de poesía de lengua inglesa y editor independiente. Dirigió la revista y las ediciones Imaginaria, dedicadas a lo inquietante y lo fantástico y la revista Imagen en el Ministerio de Cultura, es Coordinador General de la Fundación “Elisio Jiménez Sierra” y director de Fábula Ediciones (Coro, Venezuela). Organiza desde hace ocho años el Festival Internacional de Poesía Palabra en el Mundo desde el Estado Falcón. Recibió en 2019 el Premio Nacional de Literatura correspondiente a 2016-2018.
En 2019 obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Venezuela por el conjunto de su obra.