sábado, 8 de agosto de 2026

CHRISTOPHE MANON, PUERTA DEL SOL (Extractos) Traducción de Mariano Rolando Andrade

 

Christophe Manon

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              



Llegado a Perugia, Umbría, Italia, en julio del año de Cristo 2019,
tras las huellas de mis bisabuelos maternos,
con la ayuda de una beca de escritura
otorgada por el Instituto Francés,
de verdad les digo, durante mi estadía,
me vi sobre todo confrontado de forma desastrosa
a la soledad y a la angustia frente a mis propias infamias.
Había superado hacía ya mucho tiempo el meridiano de nuestra vida
y no sé bien lo que esperaba encontrar
en ese viaje lejano. Había partido de París
en un estado de agotamiento y de tensión
que nunca antes había conocido,
tras meses particularmente difíciles y laboriosos.
Partía hacia los infiernos, llevaba todo el mal
que había cometido en mi contra; en mi contra y en contra de los otros.
 Y había llegado a Perugia medianamente afectado,
al término de un largo y penoso periplo,
luego de numerosas vicisitudes,
retrasos de trenes, conexiones perdidas,
líneas ferroviarias cortadas entre Francia e Italia
a raíz de un desprendimiento causado por las inclemencias climáticas.

*

Intentaba escribir, pero al proyecto
para el cual había venido le costaba tomar forma.
Me lanzaba sobre una pista, y la abandonaba enseguida
por temor a perder el poco tiempo del que disponía.
Incluso los libros, los abría y los dejaba con turbación.
Las palabras no llegaban a mi entendimiento,
tropezaba con ellas como con pesadas piedras
que bloqueaban un sendero escarpado.
Se me habían vuelto completamente opacas
y no tenían ninguna resonancia en mi espíritu.
No veía en ellas más que un laberinto
indescifrable de símbolos de los cuales era
incapaz de percibir el significado.
Era como si hubiese sido condenado a errar
solo sin fin en esta ciudad donde vivieron mis ancestros,
como si estuviese perdido en uno de los círculos
del infierno cantado por Dante,
y no en el paraíso.
Estaba muy exaltado.
Caminaba rápido, más rápido que los fantasmas.
Rondaba las calles vestido de cilicio
y la cabeza cubierta de ceniza.
¿Por qué deambular una y otra vez
por caminos difíciles y penosos?

*

La muerte estaba por todas partes a mi alrededor,
y la vida perdida de los muertos que se convierte en la muerte de los vivos.
Eran órganos sexuales con calaveras,
cuerpos con calaveras,
los senos tenían calaveras como pezones.
En todas mis miradas, estaba la muerte.
Torrentes de sangre rezumaban de los muros
y corrían a través de las calles. ¿Por qué tanto pavor?
¿Por qué tantas bajezas?
Me acostaba tarde, embrutecido por el alcohol, me levantaba temprano.
Mis noches, aunque bien breves, eran muy agitadas,
llenas de crímenes y mutilaciones, de orgías de todo tipo,
mi sueño era sin cesar bruscamente
interrumpido. Me daba vuelta y volvía a darme vuelta
de espaldas, de costado, boca abajo,
aferraba mi almohada contra mí
en un abrazo a la vez doloroso y ferviente.
Así incubaba mi desasosiego.
Ya no estaba ni siquiera seguro de haber
conocido el calor de un cuerpo humano contra el mío.
Estaba hundido en este estado, lo recuerdo.

*

Morí en tres ocasiones.
Tres veces mientras recorría
las estrechas calles de Perugia
y atravesaba la Puerta del Sol,
suspendiendo un breve instante mi errancia
para contemplar desde lo alto de las escaleras
en la hora tranquila del crepúsculo el panorama
sobre la ciudad y la campiña circundante,
quedé deslumbrado por bellezas tales
que mi conciencia se desvaneció
fuera de ella misma
a tal punto mi exaltación me había vuelvo sensible
a la gracia y a los esplendores del mundo.
Mi deseo era tan ardiente, mi turbación tan grande,
que tres veces tuve el espíritu quebrado
y fui objeto de un súbito vértigo
que me hizo perder conocimiento ante la vista del cielo
encendido por vivos destellos que se enroscaban
en un torbellino de colores resplandecientes.
Era como si de repente el tiempo
y el espacio ya no tuviesen medida.
Y percibí entonces en mis oídos el eco
lejano de un canto de una inefable dulzura.
Era por así decirlo una lluvia
centelleante de notas de luz parecidas
a los astros que brillan en el firmamento.

*

Los monstruos, los espectros, los cuerpos atormentados y bajo suplicio
habían desaparecido tan bruscamente como habían surgido.
Ya no me sentía asediado por visiones lascivas.
El cielo ya no estaba repleto
de serafines y grifos,
ya no había lucha
entre los ángeles y los demonios.
Incluso los vencejos habían cesado
su vertiginosa coreografía.
Mi corazón latía de nuevo con normalidad.
El clima también había cambiado,
las nubes se habían disipado,
el cielo era ahora invariablemente azul.
El alcohol ya no tenía el mismo efecto.
Permanecía estupefacto, vagamente preocupado.
Sentía una inmensa tristeza,
me sentía profundamente desamparado.
¿Qué había pasado realmente?
¿Qué tempestad se había levantado de tal forma en mí?
¿Qué exaltación?
Una vida cambiante, múltiple, una inmensidad violenta.

*

Pero no creo haber sido víctima
de algún síndrome de Perugia,
un presunto shock estético
que sería en suma el mismo
más o menos que el que experimentó
Stendhal en Florencia cuando
se encontraba de rodillas
en un reclinatorio, la cabeza echada
hacia atrás para contemplar,
en la basilica Santa Croce,
el fresco de la cúpula
de la capilla Niccolini
pintado por Volterrano.
Todo hace pensar más bien
que me había embarcado
demasiado en el camino
que nos conduce directamente
más alla de las lágrimas
hasta la muerte.

*

Porque las distancias creadas
por el tiempo son infranqueables.
Corriendo atrás de fantasmas,
por más familiares que sean,
solo se atrapa viento, en el mejor de los casos.
Había venido sin embargo con mucho amor,
que no me fue de ningún auxilio.
“¿Raíces? Todo el mundo tiene raíces”,
dice William Carlos Williams,
eso no representa el menor interés.
Hay que dejar descansar en paz
a aquellos cuyo recorrido aquí abajo terminó
y no intentar saldar las cuentas del pasado,
bajo riesgo si no de agitar nuestros propios espectros.
Los muertos son insensibles a las historias,
no necesitan ser tranquilizados,
donde están ya nada los concierne.
Eso que removemos,
eso que buscamos obstinadamente,
eso sobre lo que investigamos sin descanso,
no son más que ensoñaciones, frágiles apariencias
desprovistas de cuerpo y de realidad
que solo interesan a los vivos.
Los muertos, ellos, no tienen historias,
al menos, creo,
ya no buscan tenerlas.

*

Solo los vivos reclaman historias
y las palabras que utilizamos
están animadas solo por nuestro deseo
de querer a todo precio despertar a los muertos
por su invocación sonora,
porque tememos ser al final
como ellos indiferentes al impenetrable
desorden de los acontecimientos.
Mantener desde luego el recuerdo,
pero no hay nada que restaurar,
nada de verdad que pueda ser reparado.
¿Conservar un registro, testimoniar? ¿Pero de qué?
En el fondo, las crónicas de los tiempos pasados
quizás solo son escritas para confirmar
nuestro propio sentimiento de existencia.
Y si a veces hacemos un alto,
si estamos tentados a veces
de darnos vuelta un instante
para echar una última mirada hacia atrás
sobre aquellos que amamos,
cuidémonos sobre todo de no permanecer
petrificados por lo que vemos, y procuremos
lo antes posible continuar por el mundo
la trayectoria que nos es asignada.

Extraído de Puerta del Sol, Editorial Yaugurú, Montevideo, 2026.



CHRISTOPHE MANON (Burdeos, 1971) ha publicado una veintena de libros, entre ellos Au nord du futur (Nous, 2016), Jours redoutables (Les Inaperçus, 2017), Testament, d’après F. Villon (Dernier télégramme/Bisou, 2020), Provisoires (Nous, 2022), Signes des temps (éditions Héros-Limite, 2024), Tout disparaîtra (éditions  Sun/Sun con el Museo Albert-Khan, 2024) y Élégies mineures (Nous, 2025). Es autor de una trilogía en Éditions Verdier: Extrêmes et lumineux (2015), Pâture de vent (2019) y Porte du Soleil (2023).
Cuatro de sus libros han sido publicados al español, tres de ellos traducidos por Mariano Rolando Andrade: El idio(s), (Cuadrivio Ediciones, México, 2019, traducción de Daniela Camacho), Testamento (Editorial Leviatán, Argentina, 2022), Al norte del futuro (Escarabajo Editorial, Colombia, 2023) y Puerta del Sol (Editorial Yaugurú, Montevideo, 2026). 
También se han publicado traducciones de sus poemas en las antologías Poblar la intemperie, 20 poetas contemporáneos de Venezuela y Francia (Fundación la Poetaca, Venezuela, 2023) y El gallo y la serpiente. Poesía francesa actual (Círculo de Poesía Ediciones, Mexico, 2023).


MARIANO ROLANDO ANDRADE (Buenos Aires, 1973) ha publicado Los viajes de Rimbaud (Editorial Vinciguerra, 1996), Canciones de los Mares del Sur (Buenos Aires Poetry, 2018), Aristas, relatos en los confines de Europa (Ediciones La Parte Maldita, 2021), Baladas de los Mares del Norte (Editorial Leviatán, 2023) y A pie con Stevenson y Rimbaud (Ediciones La Parte Maldita, 2026).
Como traductor, además de las obras ya mencionadas de Christophe Manon, publicó Poesía Beat (Buenos Aires Poetry, 2017), antología de 40 autores de la Generación Beat.
Como editor, se encargó de la curadoría de Luisa Futoransky: Los años argentinos (Leviatán, 2019), Luisa Futoransky: Los años peregrinos (Leviatán, 2022) y Luisa Futoransky: Los años Leviatán (Leviatán, 2025).


martes, 21 de julio de 2026

Novedad Editorial: Fernando Butazzoni, Máxima Pureza

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                «La línea recta no existe. La nada tampoco. Todo es curvo en el universo y contiene algo que nunca es lo que aparenta».

Pasta base, cocaína, puñaladas. Este es un libro feroz. Cada párrafo nos atraviesa como una herida. Máxima pureza habla del fracaso y cuenta historias de drogas y drogones. No se interesa demasiado en el tráfico, sino en las sustancias más vulgares y en los adictos más salvajes. Trata de amores y sueños. De muertes y vidas miserables. Del desprecio de unos y la indiferencia de otros.

En el relato, Montevideo no es una ciudad sino un laberinto de mugre y espanto. Quien quiera dormir sin sobresaltos no debería asomarse a estas páginas, reales como la vida cotidiana.

Butazzoni conoce la manera de vagar como un adicto sin futuro ni redención posible. «Cemento y roña», confiesa. Nunca sabemos lo que ocurrirá, salvo que será algo horrible. Sin asco ni vergüenza enlaza su propia historia con la de un amigo enganchado a la pasta base que durmió en la calle, comió restos de basura, recibió palizas, intentaron matarlo, se armó con una espada y quiso cambiar su destino.

«Es un despojo que nos arrastra con gritos y órdenes que provienen de algún rincón perdido de nosotros mismos, de la infancia o de antes, del útero o de antes, de los ancestros o de antes, de una cueva quizá, de una caverna donde aún no existía el verbo».                                                                                                                                                                                                                                                                   




Fernando Butazzoni (Montevideo, 1953) es escritor, periodista, dramaturgo y guionista de cine. Entre sus libros destacan Las cenizas del Cóndor, Una historia americana y Nosotros los vencidos, todos publicados por Alfaguara. Varias de sus narraciones han sido adaptadas al cine con singular éxito. Durante décadas su trabajo periodístico lo llevó a remotos escenarios para cubrir guerras, desastres ambientales y conflictos fronterizos, y también para investigar violaciones a los derechos humanos en el Cono Sur. Por su obra ha recibido numerosas distinciones en Uruguay y en el extranjero.


miércoles, 24 de junio de 2026

Diane Di Prima: ODA A KEATS

 

Diane Di Prima

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

                                                                                                                                                                           
Si hubieras vivido más allá de tus escasos 26 años
vos, también, habrías llegado a eso que es como un muro—
que la belleza que observaste fue adquirida
a un precio demasiado alto
incluso en aquellos días:
las tejedoras, Irlanda, la miseria en calles oscuras
la tierra desgarrada
las ricas tierras fértiles abandonadas 
chozas reproduciéndose como hongos
hogares para los niños de los pobres.

De los cuales yo soy una.
De los cuales vos sos otro.

Seremos, realmente, bienvenidos en Millbrook
en las grandes residencias de campo
cuyas molduras se desintegran, los paneles de madera
                                                                 /están rayados
por lápices  y las horquillas para el cabello en las manos
                                                   /de los niños de los pobres
Seremos, realmente, bienvenidos a los frutos de la tierra

Jirones, retazos de terciopelo y satén, trozos de viejos cristales,
                                                                               /la opulencia 
Restos de una cultura rota, vos también, incluso entonces
lo habrías percibido en el caso de haber vivido más años.

Y habrías gritado, como algunos gritamos ahora, ¡Limpien!
limpien la tierra de toda la basura maloliente de las chozas
limpien las grandes casas antiguas de las hordas bárbaras
que duermen sobre colchones en todos sus pisos
que en este momento están quemando en los hogares
antiguas sillas españolas con altos respaldos 
quienes se agolpan en las playa ocultando el rostro del mar
vos diciendo tus oraciones sobre las prímulas, colgando
                                                                 /a Shakespeare
en la isla de Wight, justo vos, el hijo del lacayo—
¿Sabías vos quienes nos seguirían cuando abrimos la puerta
para internarse en la opulencia, y soñar entre estas cortinas? 
¿Y somos responsables? ¿Sí, y ante quién?


 
(Versión Patricia Ogan Rivadavia-Esteban Moore)


DIANE DI PRIMA (Nueva York, 1934- San Francisco 2020) Poeta, dramaturga, editora, docente, fotógrafa y artista plástica. En 1955 entrevistó diariamente durante dos semanas a Ezra Pound (“il miglior fabbro, T.S. Eliot dixit), detenido entonces en el St. Elisabeth’s Hospital, con el fin de analizar su poética.  Asimismo inició un intercambio epistolar con Lawrence Ferlinghetti y Allen Ginsberg. Coeditó junto a Amiri Baraka (Leroy Jones) la revista literaria The Floating Bear (1961). Por textos publicados en la misma que fueron considerados obscenos, fue arrestada por el FBI. Fundó el Teatro de poetas de Nueva York y desarrolló diversos proyectos editoriales. En 1967, con sus hijos a cuestas, recorrió en una Kombi Volkswagen su país en un viaje de 32.000 kilómetros, realizando lecturas de poesía en discotecas, bares, frente a comercios, universidades y galerías de arte. En 1968 se muda a San Francisco, donde trabajó varios años en el Programa de Poesía en las Escuelas, estudió zen con el maestro Susuki y fundó el Instituto de Artes Mágicas y de Sanación cuyo objetivo era estudiar las tradiciones espirituales de Occidente.  Publicó más de una treintena de volúmenes de poesía siendo sus Cartas revolucionarias y Loba sus libros más difundidos. Ferlinghetti sostuvo que Loba entroniza nuevamente a la mujer, salvo que en esta ocasión, a diferencia del pasado, lo logra ella misma.
En 2009 fue Poeta Laureada de la ciudad de San Francisco.













lunes, 22 de junio de 2026

Fernando Buby Kofman: Partes Mínimas, Esteban Moore

 

Fernando Buby Kofman

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                


  Los glaciares, la planicie desolada, ofrecen seco, pequeñas ciudades, mínimos refugios del fuego, y de los campos rotulados emergen la imperfección, el murmullo del canto rodado. Como un sismógrafo que registra a veces lo irrelevante del paisaje, Moore percibe botellas, tornillos, piedras, conjuntamente con cuerpos que habitan la desolación. Casi como apropiándose de los hallazgos de la música concreta, rastrea el deletreo en más de un motor, el zumbido de los insectos. Otra música oscila en esta poesía, aleatoria, como la que propone John Cage, cuando los ciclos del sonido emergen de altas cúpulas. Los yuyos, las malezas a un costado de la autopista disponen silencios que son resonantes como los silencios de una música entrecortada. Las codornices no registran el tumulto de los torrentes, como los insectos no perciben la amenaza de las lámparas eléctricas, seres que deambulan en el vacío. Este vacío vuelve a flotar, con el radar perceptivo de Moore en los rieles abandonados, en los tambores de gasoil viejos, como espectros que deposita la noche. Es que la filigrana del aire que corre entre esa llanura desértica, la cordillera y el mar, se repite como en ciertas composiciones de Philip Glass. Se repite, y de tanto en tanto, surge una variación, para dejarnos más desolados. Lo ocre que tiñe el pajonal nos revela una osamenta, que adquiere el mismo color y donde la mirada queda cegada por los destellos de ese color. 
  Si este libro fuera una ópera, habría una coreografía que persiste: la ruta con su brillante asfalto, las tierras desoladas y volcánicas, el rumor perpetuo de los camiones. Y cada tanto, las palabras, como en el piano de Cage cargado de tuercas, las palabras apenas se formulan. Una palabra-pedazos demora en consolidarse. Es que si la música se compone de aire, lo que aquí se muestra en esta primera parte de un aire abatido, como el que sufrió Londres durante la guerra-relámpago. Ese aire, que no es ajeno a los alambres telefónicos y las trivialidades de charlas de los viajantes de comercio, o el rumor frecuente de las playas con turistas. La primera parte se cierra con una repetición: las olas, la marea que se reproduce en la oscuridad, y que no declina al amanecer.
  La segunda parte se abre incluyendo diálogos sobre situaciones cotidianas, tales como un café aguado, pero tiene otra notación musical: barras que se aproximan al silencio, ese sitio donde no gravitan las palabras, pero en esas barras también asoma la musicalidad. La sucesión de objetos que merodean en la playa se superponen como en la primera parte: profilácticos, algas, envases de plástico, pero aquí la partitura ha cambiado el ritmo, las rayas son como el silencio, a veces obran como espacios muertos. Sin embargo aquí aparece un elemento que no se apreciaba al principio: el tiempo, que lleva a la introspección, planteándonos que hay un principio y un final. En este punto el libro toma un giro. La temporal está presente. Es la noción de ida y vuelta. De principio y final. De explorar lo que se vivió y lo que se va a vivir. Las barras de los poemas imponen una música. Es como si Cage hubiera sido desplazado por el Philip Glass de “Einstein en la playa”. Las evocaciones dan lugar a percepciones más contundentes. Es como si el autor sugiriera preguntas: ¿qué hay detrás de esos espacios muertos? ¿Muertes, o sólo sombras? La ruta es presentada como una nueva cartografía temporal. Un verso dice: “que la ruta es una interminable recta, sobre cuyos márgenes crece el silencio”. Lo que nos lleva a pensar en el tiempo del país, como una interminable recta. Sin proponérselo, lo aciago flota en estos poemas. A veces, en un poema asoma Cage, porque más que sonidos son ruidos, crepitantes, pajonales encendidos. En otro poema asoma Basho. Pero ya esta segunda parte tiene un giro donde lo fantasmal de la noche, de las cruces al borde de la ruta nos acercan a la tragedia. Los griteríos de un tero alertan por la supervivencia. Es él o sus pichones. Siempre sobrevuela una amenaza. Siempre hay voces que desgarran la noche y nos pueden sorprender en un hotel de la ruta. Pero cómo recordar cuándo fueron dichos. Cómo interrumpir su asedio. La muerte y sus formas flotan aún en la brisa del verano. Flota aún entre las trivialidades que anuncia el diario local, dejado por la camarera. Esta segunda parte concluye como la ópera de Glass, “Einstein en la playa”: la oscuridad, la gran metrópoli, millones de seres que repiten números, y se han olvidado de las palabras.
junio 2026                                                                                       FERNANDO Buby  KOFMAN nació en Posadas, Misiones, en 1947. Dirigió la revista “Sátura” en los ’80. Y la revista de filosofía y poesía, “FrankBaires” entre 2005/07. Poeta y ensayista. Algunos de sus títulos: Caída de la Catedral, De Bell a Campana, Mi primer ratón, Zarza remueve, publicado en Inglaterra, en Arc Publications. Sus últimos dos títulos: Le pregunté a mi sombra, 2023, y Acabo de dejar este cementerio, 2025.  


Miguel Ángel Zapata : Poemas para violín y orquesta

 

Miguel Ángel Zapata
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     





MORADA DE LA VOZ

A José Durand


El sol alumbra la ciudad y el cielo cae a lo lejos. Es cuando salgo a caminar por las calles y me pierdo entre los inmensos arboles de Woodland. Me protejo con un pequeño paraguas de las briznas del otoño, llevo chaqueta azul y zapatillas de tenis. Estas brisas te pueden hacer escribir poemas que reproduces en la pantalla de tu mente, y aparecen y desaparecen en una o dos cuadras como espejismos verdes. Por eso trato de entender la caligrafía de las hojas regadas por los suelos, la placidez de los robles que vigilan las casas y dan sombra a los viandantes que en los días de sol salen a vivir al aire libre. Pero todos huimos cuando el sol no tiene conmiseración de nadie e incendia todas las calles durante los veranos que son de fuego por estar muy lejos de las aguas del Pacifico. 

2

Salgo a caminar diariamente por estas anchas calles para olvidarme de todo y de nada, solo para sentir el sol otoñal sobre la piel, ese solcito que no lastima los sueños ni los poemas que se te presentan en fila por los aires, los ves ya construidos en el papel sin ninguna coma como edificios llenos de ventanales, y toda la gente mirando desde el vacío su altura y su andamiaje sin poder entender la arquitectura, los ladrillos, los adobes lentos que levantaron el poema. Caminas para volar y sentirte solo en un país desconocido, y para que puedas leer sus hojas amarillas por el tiempo. Para que entiendas que las temporadas son sabias mensajeras del poema, y que tu vieja ciudad no tenía otoño ni te fue propicio escribir ya que las palabras se entrecortaron y la emoción se perdió entre la niebla espesa y sus abismos, entre los malecones donde creciste amando el idioma que escondía su luz.

3

Hoy sales a ser ave. Toda la tarde has estado leyendo poemas de Theodore Roethke, maquinando el pensamiento que deseas escribir sobre sus vuelos, los poemas que quisieras escribir como él para satisfacerte, colmarte con la benigna y sana envidia, ahora que esta delgada tranquilidad te fascina y puedes leer las hojas de la calle, limpiar tu jardín y prender el fuego de la casa, reír con las niñas y ser el rinoceronte feliz, rey de toda la jungla. Por eso sales a caminar cada día para que los árboles comprendan tu silencio, el ocio que da frutos en este continuo movimiento, dando saltos ágiles contra el viento que mece al mundo, imaginando la dulzura del amor bajo los ficus, comiendo una manzana en cada interludio de besos.

4

Salgo alado a sobrevolar la ciudad. Eres el pájaro chismoso que otea las tiendas y los parasoles de los bares, los bosques de gente agolpándose ante la novedad del día. Desde arriba brillan los edificios, una fosa verde se siente al amanecer, en todos los polos crecen las ramas enormes recubriendo el paisaje. Entonces piensas en los elevados pinos de Tahoe y la apacible sensualidad de Albinoni que tanto te hacía llorar de alegría, y puedes ver nuevamente a los venados desfilando con sus cornamentas en alto, todos bajo el cielo todopoderoso, pisando las hojas amarillas, el sol que es tu sol con todos los árboles empecinados en darnos consuelo eterno.
 
5

¿Cómo cerrar el día sin haber escrito una letra? ¿Cómo retirarse a dormir si la pluma de ave reclama su vuelo cuando todos duermen? Solo basta oír el aire que silba para borrar el ritmo de lo narrado, dejar salir al alma y el espíritu a recoger los lirios, las huellas de las sombras que cubren la visión del gallo en la madrugada, bailar en el Oráculo y ser esclavo de tus propios hechizos, pez henchido que sale a flote una y otra vez cuando el sol alumbra la ciudad, y sales en busca de la respuesta que te aprisiona y que encuentras en la calle, cuando estas lluvias precipitadas te muestran la morada de la voz.


E L  A I R E
(Robert Bly)

BIENAVENTURADO el canto que viene del aire articulado, el
laúd que recoge las sílabas del alma y las dispone para nosotros
sobre los campos.

De ahí a cosechar la selva, en el mar o en la ciudad la pupila de
la voz como un oboe enamorado. Sin la música el aire no calienta,
no circula el agua en su centro, el cristal no se ve en la fuente.

Bienaventurado el canto del sinsonte, los globos de los niños en
un día de sol cayendo libremente por las plazuelas, los veleros se
pierden tras las olas se marchan, nunca dejan huella sobre la
arena.


ALHUCEMAS DE WILLIAM CARLOS WILLIAMS

El olor a limpio a través de la ventana, alhucemas sahumando el paisaje de la casa, golpes de máquina dando forma al poema de los yates, al mundo que rebota exhausto en la flor del sahumerio. Al sonar las campanas, las aguas verdes flotan y entra un olor a limpieza por la ventana, las ideas con el salmo de los dioses: flores amarillas cambiadas por cortinas blancas, el sol que se opaca en la tarde, la jarra de cristal donde leo estos versos luego de alumbrar un nuevo niño: el temor de caer con el mundo, me refugio en las hojas de los pobres, en los hospitales solitarios, en tu cintura, tus rodillas, en la hierba que crece hasta tus tobillos.


CUADRO SINCRÓNICO

El sol del verano 
para un arte 
poética del amor. 
Sonido de viola 
bajo la arena:
un
cuerpo de mujer 
sobre las espumas 
del mar brillándome
el pensamiento.
 

(POEMAS PARA VIOLÍN Y ORQUESTA se publicó por primera vez bajo los auspicios de Premià Editora, México 1991. Agradezco la generosidad sin límites de Fernando Tola de Habich, editor de la colección, quien fue además poeta e historiador de nota.  Ahora, después de 35 años aparece en Lima (Ediciones Códice de Poesía) esta segunda edición con una nota introductoria de Carlos Germán Belli)  



MIGUEL ÁNGEL ZAPATA, poeta y ensayista peruano, es una de las voces hispanoamericanas más destacadas de las últimas décadas, y sin duda un referente ineludible de la poesía en lengua española actual. Sus poemarios y antologías han aparecido en diferentes países del mundo, especialmente en el ámbito de habla hispana. De entre sus títulos recientes destacan Poemas para violín y orquesta (Códice, 2026, 2da edición),  Escribo caminando. Antología poética 1983-2025 (Pre-Textos, 2025),  El florero amenaza con hablar (2024), y Un árbol cruza la ciudad (2019). De sus últimos ensayos destacan Usted no sabe cuánto pesa un corazón solitario. Ensayos sobre poesía (2023), y Trilce. Ensayos (2023). Ha preparado ediciones críticas y florilegios de autores como César Vallejo, Carlos Germán Belli, Blanca Varela, Mario Vargas Llosa o Antonio Cisneros, entre otros. Su obra ha sido traducida a numerosos idiomas. Por su trayectoria, ha merecido premios como el Latino de Literatura (2011), el Premio Nacional Enrique Anderson Imbert (2023), o la Medalla José María Eguren (2025). Ejerce la docencia como catedrático de literatura hispanoamericana en Hofstra University, Nueva York. Dirige Códice-Revista de Poesía.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 







domingo, 14 de junio de 2026

Osvaldo Rossler: Jorge Luis Borges

 

Osvaldo Rossler

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          



       Borges, desde su juventud, supo que el poeta máximo es el que inventa un idioma o, al menos, el que ordena con el más renovado grado de lo sensible todas las excelencias pasadas y presentes del idioma, y de la suma logra un nuevo límite de expresividad. Esta secreta aspiración mueve a unos y a otros ¿pero a quiénes, en suma, les está dado renovar o transformar desde el fondo el lenguaje? ¡Cuántas virtudes y hasta cuántos azares son necesarios para alzanzar tal hazaña! Casi todos repiten, hurgan con varia fortuna en el arsenal de las más prestigiosas lecturas y sólo unos pocos enriquecen con un tono, con un énfasis —y esto es bastante— el hecho literario básico que anida en el pasado.

       Podríamos pensar que Borges no pretendió fines como los propuestos. Sus primeros libros muestran a un sensitivo que busca describir antes que interpretar. Buenos Aires es el motivo general, el vínculo que determina a casi todo poema. El poeta, nunca compilador grosero de lo real sino sujeto que testimonia su gradual experiencia entre las cosas, procede por reconocer por partes el ámbito donde ha nacido. Surge así no el conjunto caótico, indeterminado, sino aquellas particularidades, esos pequeños universos de la calle, del patio, del zaguán, del baldío, tan fáciles de querer por ser abarcables, por íntimos y, por ende, de ser reconocidos con palabras.

               El tono familiar que invade los versos tolera con holgura divagaciones sobre el espacio y el tiempo, sobre el ser y no ser, como asimismo esos recuerdos que invocan el pasado glorioso de algún antepasado comprometido en la guerra de la independencia o en las luchas internas de la patria. Una coherencia interior, tan pendular como lo exige el tratamiento vario de la realidad, producto de la educación con su secuela de hábitos y de valores, liga con naturalidad al gustador de calles solitarias con el lector de Berkeley y Schopenhauer; el amor a la pampa con la execración de Rosas; la curiosidad por la mitología y la cosmogonía con la emoción que determina el rasgueo de una guitarra; la mención del amigo con la devoción del bisabuelo cuya audacia fue la costumbre de su espada.

       Humildad y prestancia, sencillez y orgullo coexisten o se enfrentan, dotan de gamas personales a una poesía habitualmente clara y que sin ser efusiva puede llegar a conmover. No se advierten renovaciones profundas de lenguaje que el ultraísmo, movimiento bajo el cual Borges inscribe sus primeros entusiasmos, no estaba en condiciones de suministra. El verso no se sujeta a rimas y rigores métricos, y en esa libertad, que exhibe con una decorosa discreción, cabe apuntar su más grato resultado artístico. Donde se advierte el mayor aporte de originalidad, y esto se acentuará con el crecer de la obra y asumirá su máximo esplendor en los relatos, es en los juegos de la imaginación que, por la delicada estructura metafísica con que se envuelven, seducen al lector a la manera de una magnífica novelería sobre la suerte del destino humano.

        ¿Juegos o inmolaciones, devaneos mentales o exposición de un drama? Aquí los términos no se oponen, confirman las verdades alternadas con que se gesta el arte. Porque hay una fruición por las palabras, por los lujos que exige la materia literaria, pero esto no hace más que apuntalar la seriedad de fondo, el desarrollo grave de los contenidos.

         Hay un horror en Borges por la muerte, que la afición por la ironía o por la conjetura disfrazan momentáneamente. Las concepciones cíclicas de la existencia, la devoción por simetrías y fórmulas matemáticas, símbolos son, adornos otras veces, salidas apremiantes en casi todos los casos con que diluir esa obsesión primera, que cuando se establece en uno gira por los espejos, anida en calles y aposentos, coarta la libertad de los actos, arrastra a la alucinación, convierte a cada cosa en un enigma, invita a elaborar, entre el dolor y el sueño, nuevas teorías sobre el tiempo.

         La muerte último drama que nos convoca a todos, es lo que torna heroica cada existencia, lo que convierte a cada vida en un destino poético: La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos conmueven por su condición de fantasmas, cada acto que ejecutan puede ser último;  no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. (“El inmortal”)

        Este párrafo corresponde a un relato, pero su clima poético es notorio. En estos fragmentos decididamente líricos, dispuestos a lo largo de ensayos, cuentos o divagaciones se hallan a mi entender, las más afortunadas palabras de Borges. No limitado en estas ocasiones por la cadencia rítmica del endecasílabo, el pensamiento se hila con soltura, la forma conceptual encuentra su espacio más propicio, la erudición gravita menos. Se asiste, entre otras excelencias, a una delicia de enumeraciones: Hechos que pueblan el espacio y que tocan a su fin cuando alguien se muere pueden maravillarnos, pero una cosa o un número infinito de cosas muere en cada agonía, salvo que exista una memoria del universo, como han conjeturado los teósofos . En el tiempo hubo un día que apagó los últimos ojos que vieron a Cristo; la batalla de Junín y el amor de Helena murieron con la muerte de un hombre. ¿Qué morirá conmigo cuando yo muera, que forma patética o deleznable  perderá el mundo? ¿La voz de Macedonio Fernández, la imagen de un caballo colorado en el baldío de Serrano y de Charcas, una barra de azufre en el cajón de un escritorio de caoba? (“El testigo”)

        Las explicación de una teoría se plantea con símbolos, con ilaciones de la fantasía. La agrupación de las palabras en prosa o en verso es algo incidental, el hecho imaginativo que las inviste es permanente: El tiempo es la sustancia de lo que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges. (“Nueva  refutación del tiempo”)

       No hay otra solución que el apelar al sueño organizado de la literatura. Sueño como tensión, como ejercicio. Así, escribir tendrá más forma de ahondamiento que de fuga, y todo se convertirá en materia o aspiración de poesía. El orbe borgiano de este modo se ordena como un todo artístico. Una conciencia lúcida preside desde la iniciación cada momento verbal, cada recreación de autores y de libros, cada una de las adquisiciones de la personalidad, y por estar no sólo el verso sino cada comentario, cada análisis, cada argumento de destinos humanos realizados con una tal ansia de verdades y de síntesis de medios, sin olvidar al hombre que se nos revela por instantes en toda su desnudez, puede decirse de esta obra que es como un acto poético en torno de la literatura. Vive de ella, trabaja con sus episodios, extrae de su complejidad categorías. Urde una imagen con su historia.


       En un época en la que el oficio literario como actividad teñida de intelectualismo, ha sido escarnecido por sus propios creadores en nombre de la aventura, delos sueños, o de un mandato social, Borges nos reconforta con una franqueza nada exenta de coraje: Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me ha ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra. (Epilogo de “El hacedor”)

          Quien descubrió su mayor felicidad al amparo de los grandes textos puede decir sin sombra de arrepentimiento, con la llaneza de quien se identifica ante los colegas que lo honran por un premio obtenido: …me crié en un jardín, detrás de un largo muro, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses. Añadirá: suelo pensar que esencialmente, nunca he salido de esa biblioteca y de ese jardín. Qué he hecho después, qué haré sino tejer y destejer imaginaciones derivadas de aquellas.

       ¡Timidez, cobardía, pobreza de la voluntad frente a las posibilidades de una existencia más abierta a los azares y a sus consiguientes riesgos? De pronto, la sospecha puede asaltar a algún observador. ¿Construir palabras no será el fruto mezquino del ocio y de la comodidad? ¿Cuál es, entonces, la raíz moral del hecho de escribir? Pero no. Que la sinceridad de nuestro autor no nos convierta en cómplices de esa actitud que juega a la literatura como una actividad o fin que no se bastan a sí mismos. Ante las pruebas de un destino realizado, ese jardín y esa biblioteca vividos como un límite, en vez del juicio negativo o del desdén ¿no deben merecer más bien aprobación y simpatía por haber sido los ámbitos y las reverencias que posibilitaron el dichoso desenlace de una vocación? Porque además, este hombre cuya tarea fue escribir algunos libros, sabe muy bien, como ninguno, de la precariedad, la contingencia que rodea a cualquier gesto o idealidad forjada por los seres. Ningún enigma queda revelado con el mecanismo de las frases; sólo unos artificios, unas pequeñas glorias. Borges no se consuela totalmente con esa eternidad que finge la belleza y eso lo precipita al solo deleite de ser nadie, al culto de lo anónimo. Se muestra ajeno, incluso, a los resultados de su propio hacer; no advierte autonomía en esos vínculos que ordena, al punto que coloca a modo de introducción, en una de sus antologías, estas palabras: Si las páginas de este libro permiten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que seas tu el lector de estos ejercicios y yo su redactor.

       Siempre el azar, hasta en ese orden intimo y aparentemente legislado por la voluntad que entraña la faena de hacer versos. El azar o el no azar, porque este vivir nuestro, real e ilusorio, infinito y fugaz que fluye con el tiempo, muestra sobre la piel del mundo y de sus hechos la presencia de un dios o de unos dioses, de un espíritu eterno que condiciona y estimula las acciones de la criatura humana. En esta cadena de contradicciones toda realidad es el reflejo de otra excelsitud, dimana de un orden cuya entonación platónica se advierte claramente en estos dos versos:
          A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires
          La juzgo tan eterna como el agua y el aire.

          La Fundación Mitológica de Buenos Aires

     Este poeta, que en su juventud no mereciera de Lugones el juicio elogioso, la aprobación que, en cambio, fuera prodigada a otros compañeros, desdén o indiferencia que acaso sintió siempre  y lo llevó en su madurez a elaborar sonetos que reparasen los desmanes de  la juventud: acaso porque la práctica deficiente importa menos que la sana teoría. Este voraz, profundo observador del espectáculo de la literatura; este lector y original interprete de la filosofía idealista, de Platón a Hume, de Spinoza a Leibniz, más alla de sus convicciones o de sus descreencias puede hacer suyas las palabras últimas del viejo, atormentado Swift, que el propio  Borges recuerda en una de sus prosas: Soy lo que soy. Así caminará por la ciudad natal, o por los arrabales que fija la memoria y, hombre como cualquiera, héroe de su leyenda, dirá, repetirá: Soy lo que soy.

     Borges, en fin, no es un fantasma, sino ese ser ya claudicante, enceguecido, que veo dirigirse en esa hora del ocaso ciudadano hacia la plaza San Martín. Borges es ese cuerpo que tropieza, esa figura intransferible, ese bastón, ese concreto paso que avanza cada día por la calle Florida, con aire absorto y a la vez atento, complejo y simple, temeroso y seguro; ése que simplemente está como los otros y debe responder por unos sentimientos, por unas costumbres, por la memoria de unos nombres, por el amor a unas casas. Así se advierte —se lo advierte— real y puede devolverse a todo el universo de su desventura. Entonces será igual construir o no correspondencias, laberintos, esa poesía que como la vida de los hombres, es inmortal y pobre.

(Convergencias, Osvaldo Rossler, editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1976)

OSVALDO ROSSLER (Buenos Aires, 1925-2004) Poeta, letrista, cantor, periodista y ensayista.
























































































































 

lunes, 8 de junio de 2026

Guillaume Apollinaire: 5 poemas

 

 Guillaume Apollinaire

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            



UNA NOCHE

Un águila descendió de este cielo blanco de arcángeles  
       Sosténganme
¿O dejarán a esas lámparas temblar por mucho tiempo?
      Recen recen por mí  

La ciudad es metálica y es la única estrella  
      Ahogada en tus ojos azules  
Cuando los tranvías pasaban luces pálidas brotaban  
      Sobre pájaros con sarna  

Y todo lo que temblaba en tus ojos de mis sueños  
      Que un solo hombre bebía  
Bajo luces de gas rojas como una falsa oronja  
      Oh vestida tu brazo se acurrucaba  

Mirá al actor sacándole la lengua a los obedientes
      Un fantasma se suicidó  
El apóstol cuelga en la higuera y babea lentamente
      Juguemos pues con este amor a los dados   

Campanas de claro sonido anunciaban tu nacimiento  
                               Mirá  
Los caminos florecen y las palmeras avanzan  
                               Hacia vos.


 EL PUENTE MIRABEAU

Bajo el puente Mirabeau pasa el Sena  
Y nuestros amores  
¿Hará falta que lo recuerde?  
La alegría siempre siguió a la pena.  

      Viene la noche suena la hora  
      Pasan los días y sigo acá  

Las manos en las manos cara a cara sigamos  
Mientras debajo  
Del puente de nuestros brazos pasa  
De miradas eternas la ola agobiada  

      Viene la noche suena la hora  
      Pasan los días y sigo acá  

Como esta agua que fluye
Se va el amor se va el amor  
Cuán lenta es la vida  
Y violenta la Ilusión  

      Viene la noche suena la hora
      Pasan los días y sigo acá  

Pasan los días también las semanas  
Ni tiempo pasado  
Ni amores regresan  
Bajo el puente Mirabeau pasa el Sena

      Viene la noche suena la hora  
      Pasan los días y sigo acá
                                                              1913

EL VIENTO NOCTURNO                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       
Las cimas de los pinos crujen al chocarse  
Y sentimos el lamento del austro   
Y cerca del río con voces triunfales   
A los elfos reír al viento o vociferar a las ráfagas  
Atis Atis Atis encantador y descuidado  
De tu nombre en la noche los elfos se han burlado
Porque el viento gótico bajó uno de tus pinos   
A lo lejos huye el bosque como una antigua armada
Cuyas lanzas oh pinos se agitan al girar  
Los pueblos a oscuras meditan ahora mismo  
Como las vírgenes los viejos y los poetas   
Y no despertarán ante el paso de nadie   
Ni cuando sobre sus palomas caigan los gipaetos

                                                                                  1913



LAS VENTANAS

Del rojo al verde el amarillo muere 
Cuando cantan los loros en los bosques natales 
Abatís de pihis
Hay un poema por hacer sobre el pájaro que sólo tiene un ala 
Vamos a mandarlo por teléfono 
Traumatismo gigante 
Hace llorar los ojos 
Ahí una bonita joven entre jóvenes turinesas 
El pobre joven se sonaba la nariz en su corbata blanca  
Levantarás la cortina 
Y verás que se abre la ventana  
Arañas cuando las manos tejían la luz 
Belleza palidez insondables violetas 
Trataremos en vano de tomar un descanso 
Se comenzará a medianoche 
Cuando se tiene el tiempo se tiene la libertad 
Caracoles Rapes múltiples Soles y el Erizo de mar del poniente  
Un viejo par de zapatos frente a la ventana 
Torres  
Las torres son las calles  
Pozos 
Pozos eso son las plazas  
Pozos 
Árboles huecos que albergan mulatas errantes 
Mestizos cantan canciones hasta morir 
A las mestizas pardas 
Y la oca cuá-cuá trompeta al norte 
Donde los cazadores de ratones  
Raspan las pieles  
Reluciente diamante 
Vancouver  
Donde el tren blanco de nieve y luces nocturnas huye del invierno 
Oh París 
Del rojo al verde el amarillo muere  
París Vancouver Hyères Maintenon New York y las Antillas  
La ventana se abre como una naranja 
El fruto hermoso de la luz


OTOÑO ENFERMO

Otoño enfermo y adorado
Morirás cuando el huracán sople en los rosales
Cuando haya nevado
Sobre los huertos

Pobre otoño
Morís en blancura y en riqueza
De nieve y frutos maduros 
Al fondo del cielo
Los halcones planean
Sobre cándidas nixes de cabellera verde y enanas
Que nunca han amado

En las lindes lejanas 
Los ciervos bramaron

Y yo amo oh estación yo amo tus rumores
Los frutos que caen sin que nadie los levante 
El viento y el bosque que derraman
Sus lágrimas en otoño hoja a hoja 
                          Las hojas 
                          Que uno pisa
                          Un tren 
                          Que avanza
                          La vida
                          Que pasa

                                                                            1913


Extraídos de: Guillaume Apollinaire, Alcools, Gallimard, Paris, 1984, y Guillaume Apollinaire, Calligrammes, poèmes de la paix et de la guerre, 1913-1916, Mercure de France, 1918. Versiones de Adrián Bollini.

Guillaume Apollinaire. Poeta, escritor, teórico y crítico de arte francés. Nació en Roma el 26 de agosto de 1880. Fue uno de los grandes renovadores de la poesía francesa de principios del XX y un ferviente difusor y teórico de vanguardias artísticas como el cubismo, el fauvismo y el orfismo. A su pluma también se atribuye la invención del término “surrealismo”. Entre sus obras poéticas, destacan Alcoholes (1913) y Caligramas (1918). Combatió voluntariamente por Francia durante la Primera Guerra Mundial. Murió a causa de la gripe española en París, el 9 de noviembre de 1918.

Adrián Bollini. Nació en 1988 en Bragado, Provincia de Buenos Aires. Poeta y traductor. Publicó por Alción Editora (Córdoba) los libros de poesía Escritos de Dédalo, Sísifo y Pandora (2009), Ascética de Heuzek (2015) y Poesía genealógica 2006-2021 (2022). Tradujo a Paul Valéry, Ezra Pound, Roger Gilbert-Lecomte, Dino Campana, Charles Cros, Germain Nouveau, Tristan Corbière y Robert Frost, entre otros. Administra junto a los hermanos Guillermo y Andrés Romero von Zeschau el sitio web Navis fracta – Literatura y Arte.