jueves, 3 de mayo de 2012

Roberto Raschella: Poemas.





Roberto Raschella

















                                     

                                                                             …e dove non ho potuto trovar variationi
                                                                             nelli affetti ho cercato di variare il modo di
                                                                             concertarli…*
                                                                             Claudio Monteverdi





Sí, otra vez el pensamiento de ti,
otra vez el pensamiento del mundo.
Fue en la noche vulnerable,
cuando en el sueño oscuramente turbado
por tu presencia, a la altura
de mis ojos apareció ligera
la vida nueva, y de ella floreciste,
como si fueras la grama de las nupcias
en los pueblos de montaña.
Lejos, muy lejos, algún pisador
destrozaba los granos en el justo tiempo.


* […y donde no he podido encontrar variaciones en los afectos he tratado
de variar los modos de concertarlas…]


****

Era bogador de arenas.
Te encontré echada, verdeabierta, acecho
que se rompió como una queja blanca.
No este jardín. No germinaba el esqueleto,
en el suelo febrilmente frío, bajo mis restos
de blandas glicinas que desaparecen. Éramos,
compañeros de nadie. Las palabras no gozaban.
Nuestras manos crecían la malía de deslumbradas cuestas.
No, no sabes todavía. Era ausencia el bajel de conventos
voladores y mezcladas naves. Subir al árbol,
formar un valle infame donde la pértiga muere,
en oscuras voces todavía agrarias.
[y un hombre, un bastón curvos te amenazan]
Iamunindi. Inmaduros, odiando.

Fábula del hato. Huso luminoso. Epitafi o de aceite.
Sonrisa de paja. Malla de iguales y antiguas quietudes;
y el haba que reluce por el hambre de mayo.
Casa desventurada y negra.
Dura ciudad. La mujer renga se quedó en el pueblo.
Iamunindi.

Dinastía de cítricos costeros. Tierra bailarina
de algodón y madera. Bandada, sin aire.
Iamunindi: sólo el cielo no parte.

Y un hombre
se me revuelve por las calles. Delirio de conocer,
y no ser conocido. Feroz, en las colinas, vendimia helada.
Austral espiga. Marcha con el fémur, marcha con la tibia.
Polifemo por dos ojos. Madrigal borracho. Gris luz sarracena.
Horda de cachorros ante los padres transparentes.
Lleno de rojo, y envuelto, y rojo. Con las cabras
del alma, negra alma. Trepaba buscando
la fl or sudada, los palacios
de mármoles sin ojos. La mujer, en navajas.
Pasión de ella, pasión de ti.
El vino, el alba gregoriana, el cuerpo hambriento,
el iris que no se quiebra, la tos desolando muros,
nos llevan, todo sueño matinal.
Y corren sobre los agujeros negros.
Las mujeres eran azules. Las mujeres son negras.
Poesía, vienes de lo negro,
Los nudos se aceleran. Cedo ante el pasado.
Cada cosa es,
fija imagen. Aplasto la entraña,
de nácar, de asco. Desciendes.
Si debes enlutarte,
enluta.
No mueras.
No vuelvas.

****
Y fuera del tiempo, hay fiesta.
Ellos buscan sus cadáveres, ese tiempo.
La mujer en clausura
baja a los blancos patios.
Los espantajos no quieren levantarse, y se levantan.
En la brisa, en la líquida quietud,
un texto eterno el orden de la luz,
el grado de tristeza sobre la pestada sangre.
¿Por qué ocultaste hoy el temor al lamento?
Bulto de fabulosa Límina, bulto pleno
de un hombre solo. El hueso regresa al borboteo perdido.
Necesito la claridad de la sinovia estéril,
sus infi nitas variaciones, el arcano
de bisabuelos, que ya no tienen nombres.
Y rueda el sonido, la sanguina lenta.
Los coloquios mudos, las caricias de mente.
Atados, atados. Mi espejo carnal,
una desnuda paz de abandono.
El naranjo es hondo, la alegría ha muerto.
Ángeles arruinados se acuestan y arrastran
a siglos malados, a un rubio cafarnaum de pasiones,
a una ceguera violenta. El riacho corre,
el común telar está deshecho, yemas de ocaso
amenazante. Regular, asidua, entre ruinas,
la exhalación de las madres. Sentir frío, ser cubierto.
La duda que empieza y es silencio.
[Nos reconocemos. Ni siquiera entiendes la extrañeza
–¿pero no es así más extraño?–:
el pez nuevo y claro de la feria ignota. En los hornos,
junto al espíritu de las semillas]
Resplandecían las mañanas caprinas,
los ópalos de silbidos en las campañas.
La malva no envejece sobre los muros,
sobre los pálidos oráculos. El espectro se hunde por el
                                                                              catarrato.
Un mismo silencio, de desesperados; el círculo se interrumpe.
Las plantas despilfarran vida:
suelo de octubre es, madre. Tus gufos llegan
a la ciudad destruida. Persiguen trópicos marinos y carnados.
Hilan tejidos secretos y un hastiado escribir,
resurrecciones, lejanas. [Sonaba el gloria en el harmonio,
y voces de campesinos oscurecidos, piedras lanzadas que
ensordecen de odio. Después granaba la tarde, la plaza,
los hombres, y saturados olivares desangraban]
Roen graves.
Descubrimos la verdad, la nada
de siempre por siempre. Apenas he vivido las leyendas.
Y alguien confi nado recoge la obstinada pobreza.
Meditar no es hacer.

Hay un trigo batido, y un ocre,
y la niebla que cierra. La consangre.
Piénsanos, madre, hasta el alba final.

(de  La casa encontrada, poesía reunida, 1979-2010, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2010.)

Roberto Raschella, Esteban Moore; foto Alejandra Correa.
Roberto  Raschella  (Buenos Aires, 1930). Poeta, novelista, ensayista, guionista,   crítico de cine y traductor.  Ejerció la docencia como maestro de grado durante treinta años. Ha publicado en poesía: Malditos  los gallos,  Buenos Aires, 1978; Poemas del exterminio,  Buenos Aires, 1988;  Tímida hierba de agosto, Córdoba, 2001 y La casa encontrada, poesía reunida, 1979-2010, publicada por el Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2010.  En novela: dio a conocer: Diálogos en los patios rojos, Buenos Aires, 1994; Si hubiéramos vivido aquí, 1998 y La historia que nunca les conté (con Mariano Fiszman), Buenos Aires, 2005.
Colaboró como guionista en varios filmes de corto-metraje y como ensayista y crítico, colaboró en la revistas  Cuadernos de Cultura, Tiempo de Cine, CinecríticaCinema Nuovo de Milán, dirigida por Guido Aristarco.  Colabora en una decena de cortometrajes, especialmente con el grupo "Taller de Cine", integrado por Jorge Macario, Félix Monti,  Jorge Tabashnik, Arsenio Pica y Nemesio Juárez.  En 1969 se estrena en Buenos Aires El ejército, cortometraje dirigido por Nemesio Juárez con guión de Raschella. Su obra ha sido distinguida con el premio Boris Vian, Buenos Aires, 1999 y  el segundo Premio Nacional de Literatura, Buenos Aires, 2004. En 2005 obtuvo la Beca Guggenheim. 


Javier Naranjo: Poemas.





Javier Naranjo
















 





Destierro del día


                                         Un mono

                                       El pequeño mono me mira…
                                     ¡quisiera decirme
                                     algo que se le olvida!

                                                                   José Juan Tablada.


Entro a la nata espesa del día, levanto la cabeza y
miro con otra atención. La luna desde temprano
está puesta en el cielo, la cabeza se eleva desde
todo eso y siento que de la grisalla se alza una
vida más espléndida, que afuera hay una vida
 más alta.

Respiro el mismo día que los demás, voy
como ellos, vivo vano triste. Pero hay algo más,
casi lo puedo tocar…pero no… lo olvido y
sigo caminando con el rostro del que ha sido
expulsado.



Reunión de trabajo


Toda la tarde me acompañó un poema. Me recogí  
en él mientras hablábamos de enseñar a leer y a
escribir…Qué patetico empeño.

Y en el grupo era unánime la sensación de no  
estar del todo mientras conversábamos de cosas
ajenas a nosotros con una verdad que se revolcaba
bajo la mesa. Un animal de discordia que
nos lamió y enroscó la cola. Torció los argumentos
 y nos dejó arrimados a la intemperie.



¿Cuerpo o palabra?


Untarnos para siempre de esa cosa que tienen
las palabras.

Los animales que lamieron de sí, ahora reposan
y se olvidan, porque es menester abandonar lo sólido,
entrar en aire.




Irse del animal


Tu mano en despedida
tu boca

tu espalda
que se alza de tu grupa

tu largo dorso
yegua




Hender el aire


Es difícil hender el aire, tocar el día,
cuando en la noche giramos esperando
en zozobra el milagro de la luz.


Es tan difícil salir erguidos,
compuestos, afeitados, si no hay
sosiego y sólo islas y sólo náufragos
 y mar abisal.
 


Javier Naranjo (Medellín, Colombia, 1956) Poeta, gestor cultural, promotor de lectura y docente. Dirige la Biblioteca y Centro Comunitario Rural Laboratorio del Espíritu, en El Retiro, Antioquia. En poesía a dada a conocer: Silabario (1994), Lugar de cuerpo ciego (2006),  y A la sombra animal (2011).  Ha participado en Ferias y Festivales internacionales. Artículos y poemas suyos han aparecido en diversas revistas, periódicos y antologías.

viernes, 27 de abril de 2012

Affonso Romano de Sant'Anna: Los hombres aman la guerra.




Affonso Romano de Sant'Anna


























Los hombres aman la guerra. Por eso
se arman alegres en coro y colores
para el dudoso deporte de la muerte.

Aman y no lo disfrazan.
Alardean ese amor en las plazas,
crean manuales y escuelas
alzando banderas y recogiendo cajones
entonando slogans y sepultando canciones.

Los hombres aman la guerra. Pero no la aman
sólo con el coraje del atleta
y el orgullo militar, sino con la piadosa
voz del sacerdote, que antes del combate
–sirve la Hostia de la Muerte.

Fue así en Crimea y Troya
en Eritrea y Angola
en Mongolia y Argelia
en Siberia y Ahora.

Los hombres aman la guerra
y mal soportan la paz.

Los hombres aman la guerra, profana
o santa, lo mismo da.

Los hombres tienen la guerra como amante
aunque desposen la paz.

Y qué arrobos, ¡Dios mío! En ese encuentro voraz,
qué placeres, qué gemidos, qué ayes!
qué sublimes perversiones urdidas
en la mortaja de las sábanas, agostando
la cama o campo de batalla.

Durante siglos pensé
que la guerra sería el desvío
y la paz la ruta. Me equivoqué. Son paralelas,
márgenes de un mismo río, la mano y el guante,
el pie y la bota. Más que gemelas,
son siamesas, par e impar, suerte y pesar
son el uróboro-serpiente circular
devorándonos eternamente.

La guerra no es un intervalo
es parte del espectáculo, y no sólo es tragedia,
es comedia, real o popular.
La guerra no es cruel imprevisto.
Es reincidente vicio. Es un rito
lleno de riesgos. Por eso
es mejor que el circo:
–es donde el alegre trapecista
vestido de kamikase
salta sin red ni soporte,
se quiebran todos los platos
y el contorsionista se parte
en el Kamasutra de la Muerte.

Pero la guerra no es el revés de la paz,
es su cuna, y seno complementarlo.
Y el horror no es el revés de lo  bello. El horror
no es oscuro, es la contrapartida de la luz,
Lucifer es Luzbel, brilla como Gabriel
y el terror seduce. Nada más seductor
que Cristo muerto en la cruz.
Por lo tanto, la guerra no es sólo misa
que oficia el padre, ciencia
que alucina al sabio, deporte
que fascina al fuerte. La guerra es arte.
Por eso con ardor de vanguardistas
frecuentamos la Bienal del Horror
e inauguramos la Bauhaus de la Muerte.

Pero sobre la carnicería no hay cuervos,
chacales, buitres, hienas.
Hay lindas garzas de aluminio, serenas
en un electrónico ballet.

Tal vez fuese la danza de la muerte, patética.
Pero no lo es. Apenas es otra lección de estética.
Por eso los soldados modernos
son como médicos e ingenieros
y ningún ministro de guerra
usa ropa de carnicero.

Guerra es guerra
–decía el invasor violento
violando la monja en el convento.
Guerra es guerra
–decía la estatua del almirante
con su boca de cemento.
Guerra es guerra
–decimos en el radar
degustando al enemigo
al norte del paladar.

Por lo tanto, no es preciso disfrazar
el amor a la guerra, con historias de amor a la Patria
y defensa del hogar. Amamos la guerra
y la paz, en bigamia ejemplar.
Yo, poeta moderno y el eterno Baudelaire,
yo y hasta vos, hypocrite lecteur
mon semblable, mon frère.

Queremos la batalla, aviones en llamas
navíos hundiéndose, el espectacular enfrentamiento
de mañana abrimos vísceras de peces
con la punta de las bayonetas,
y al son del culinario clarín
hundimos nuestras dagas en los chanchos
y adornamos de medallas
a los muertos sobre la mesa.

Si es posible, la carne limpia, sin sangre
que el misil, lanzado a la distancia,
en silencio, no salpique nuestra ropa.
Pero si fuera preciso un “baño de sangre”,
como decía Terencio: “Soy humano
y nada de lo que es humano me es extraño”.

La muerte y la guerra, por lo tanto
ya no me toman de sorpresa.
Inscribo su efigie en la piedra
como si el dado de mi suerte
ya no rodase al azar.
Como  si se pasase del blanco
al negro y al blanco retornase
sin ensombrecerme jamás.

Que venga la guerra. Cruel. Total.
El atómico clarín y la génesis del fin.
Cauto como conviene a los sabios,
primero gritaré contra ese hecho.
Pero voraz, como conviene a la especie,
al ver que invaden mis huertas
de las hojas del banano inventaré
la ideológica bandera
y haré estallar el cuerpo de mi enemigo
antes que ataque.

Y si él no tira ni viene, aprovecho
su descuido de hombre débil, invado su casa
saciando mi hambre de caníbal
rugiendo bajo mi máscara de hombre.

–Terrible es tu discurso, poeta!
Escucho a alguien decir.
Terrible fue elaborarlo,
ahora me siento libre.
La muerte y la guerra
Ya no me pueden alarmar.
Como Edipo perplejo
las descifré en mis vísceras
antes que la dudosa esfinge
me pudiese devorar.

Ni cínico ni triste. Animal
humano, voy en marcha, danzas, rezos
para el gran carnaval.
Soldado, penitente, poeta
–la paz y la guerra, la vida y la muerte
me aguardan
–en un atómico funeral.

–Se acabará la especie humana sobre la Tierra?
No. Han de sobrar un nuevo Adán y Eva
para rehacer el amor, y dos hermanos:
–Caín y Abel
–a reinventar la guerra.

(Traducción de Nahuel Santana)
Principio del formulario



Affonso Romano de Sant'Anna (Belo Horizonte,Brasil, 1937). Poeta, docente, periodista, cronista y crítico. Ha publicado más de cuarenta libros y dictado clases en universidades de Brasil,  Alemania, Francia y los Estados Unidos de América.
Desde mediados de la década de los 60 participó activamente en “pensamiento, palabra y obra” en los movimientos de renovación de la poesía brasileña, lo que lo ha llevado a ser reconocido como una de las voces más importantes de su país y del continente. Le han sido concedidos innumerables distinciones a su obra y en 2012 se hizo merecedor del Premio de Poesía Brasilia.  Le fueron otorgadas las becas de las fundaciones Ford, Guggenheim, Gulbelkian y DDAD. En 2007 la editorial L&PM de Porto Alegre comenzó a publicar su obra reunida de la que se han lanzado a la fecha dos volúmenes.  

 

Final del formulario

lunes, 23 de abril de 2012

William Osuna: Epopeya del Guaire.




William Osuna













 

El río Guaire tiene malos modales, cuando va
en los autobuses nunca le cede el puesto
a las parturientas, se sienta primero que las
damas, en los entierros grita más alto que
las viudas, dice impertinencias del muerto, cuentos de
los otros ríos.

A mí que no me nombre, dice el
Orinoco, grumete en La Invencible ni
pudo unir  sus aguas a los siete mares de China.
Los indios lo taparon con  concha de  totuma
para que los españoles no se lo bebieran.

No se parece a los ríos   de   don Jorge Manrique.
La mar océano   no   lo soporta; respecto a
él filosofa como un sabio chino: “Un río que no sabe
             morir es un golfo”.

¿Quién lo maleó?

No lleva doblón ,  ni sencillo, ni baúl de
pirata en  sus    dominios.
Tampoco rabo de tigre, tiene la carne peluda.

No trabaja, no canta.
Se monta en un perol de leche o
sobre el capó de un carro a mirar
los colores de la ciudad: es un río
que contempla, no para que lo contemplen.
Tan pobre: si la luna de los amantes
se atreviera a conversar con él ningún puente
la aceptaría; que no le vaya a pelar
los ojos a la laguna negra, el poeta
Acevedo sería capaz de encerrarlo en un soneto.

Bronca de ríos y que hermanos. No me
meto en esos líos familiares. Así me
enseñaron en la escuela. No es mi problema.

 Por el camino que da a la selva,
donde se gesta un remolino de caimanes;
y  el árbol de caucho brilla   como un
estuche de precioso bisturí , Andrés Mejía le fue
a meter chirimbolos del Guaire al Magdalena:
el Magdalena tan reilón  con sus dientes de
oro y muelas de esmeralda lo dejó beber
ron durante tres días. No le paró.
Lo emborrachó, le silbó una cumbia, un bambuco.

Y así lo envió al Motatán, metido en
un guacal de manzanas para la casa de
Hermes Vargas. Cuentos de Andrés. Más sabe Andrés
por Andrés que el Magdalena y sus pedrerías.
La flor fétida, el aceite de las refinerías, la
garcita urbana y una nevera desportillada
son cifras que acompañan. En algunos casos el
sol es un golpe de espuelas contra las
aguas revueltas.

El río Guaire es mi amigo. Yo le
pido la bendición. Él es como un burrito
indómito que atraviesa la ciudad cargado de botellas 
           vacías:

ningún río de las Francias y de las
Alemanias se le  compara. Está enamorado de la
quebrada de Catuche. Qué  amores
intercambian bacinillas detrás de los estacionamientos,
           si los vieran.
El Dumbo Márquez no lo quiere: su Harley Davidson
se ahogó en sus aguas. Yo sí lo
quiero, no es  como  el Orinoco que se
alimenta de músicos; se tragó  toda una orquesta,
y las cartas de amor de Argenis Daza Guevara;
y si no quería cantar y amar, ¿por qué lo hizo?
Qué desperdicio. Tan pedante.

En mi infancia yo quería al Orinoco.
En ese cruce había un araguaney, donde se
enlazaban los gatos, que lo miraban a uno
con sus ojos de oro. El viento corría
por ahí: hablaba como duro cartón. Bajaba gruesa
neblina por la Puerta de Caracas. Todos los
autobuses pasaban de largo y se metían al cine.

Mi infancia que tenía más colores que los
de un poeta de provincia en su provincia,
no distinguía las aguas, todas eran iguales.


William Osuna (Caracas, Venezuela, 1948) Poeta, docente y editor. Ha publicado: Estos 81 (1978), Más si yo fuese poeta, un buen poeta (1978); 1900 y otros poemas (1984); Antología de la mala calle (1990 y 1994); San José Blues + Epopeya del Guaire y otros poemas; Miré los muros de la patria mía (2004).
Su obra ha sido distinguida con el Premio Nacional de Literatura (2007); Primer Premio, Bienal José Antonio Ramos Sucre, 1976; Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, Distrito Federal, 1983 y el Premio Bienal Manuel Díaz Rodríguez, Mención Poesía, Concejo Municipal del Distrito Sucre, 1984.