martes, 3 de agosto de 2021

Jorge Castañeda: EL LIENZO VACÍO

 

Jorge Castañeda















Las capas del dolor
Prefieren ser llaves,

Nudos de vacío…

Sedas humeantes.

Sube el lienzo hacia el aceite,

La constelación se altera,

La estatua se desvanece,

El icono se descompone para el alivio del oleo
Que sabe meditar sobre un pájaro de fuego.

La fosa  del rojo orden del mundo
Es ilegible al color de tu lienzo
Que traga 
Vivamente la suspensión sellada a tus pies.

Estamos sellados
Bajo la lengua del sol,

Los cuadros palpitan bajo el tejido expatriado
Unidos a las lamentaciones…a un puñado de tejidos sedientos.


¿Por qué
  Metal de hombre
  Harto el río no-brilla?

El lienzo crece en una jaula
A mil kilómetros de tus pies…

La del artista
Grita con la primicia del rayo…

El oleo pesa tanto
Como el ojo hablándole a la presencia
Indiscutible de la sangre


…y arrastraban el lienzo sobre las cúpulas de nieve
Lienzos fatigados por su vacuidad de sueño y memoria
Eran como pequeños peces adormecidos por el oleo 
Que  no llegaba nunca, y  todos agitábamos los ojos
Para saber los tonos del universo. 
Hordas de visionarios acuáticos se manifestaban 
Para la liturgia del Sabbat, no sabíamos con qué frecuencia
El cielo se acercaba a la cabeza del artista…pero imaginábamos
El lienzo vacío sobre su oído y la descarga de los truenos
Bajo la línea de cangrejos oscuros…los colores del mundo 
No existían…los ríos mudos engendraban lactancia para los insectos…
Las almas poseían ácidos en porciones iluminadas y el óleo
Pautaba enigmas a un atril oscuro.


…y eran eclosiones subyugadas por el vacío del lienzo…
Pulsión de óvulos arcaicos…lirios ayudados por espejos
Que apuntaban al cielo andino para su nacimiento.
Una creación hecha en el más absoluto silencio…
La severidad de ulceras arquitectónicas y el oleo
De Las Meninas empujando la lámpara que murmura
En tono mediterráneo…


Si…hay obras maestras en todas partes…
En los ríos…
Bajo el signo impecable de una seta…
En la dolorosa brisa que el fuego consume…
En los ruidosos parpadeos de un ciego…
En la serpiente que devora un elefante…

En las exigencias del cielo para humanizar al hombre…

Sobre los animales videntes…
En las aldeas más cercanas a la tierra.


¿Dónde estamos?

¿Sobre los helechos electrizantes de un profeta?

Un pintor se consumió a la entrada de un templo
Sus entrañas despedían óleo
                                            Para el mural de los muertos,

El lienzo se consumía
Como el último inmortal.


…habiendo apoyado el lienzo sobre los peldaños de la fundación
Subí por entre los distintos soles del mar ebrio de siglos y guerras…
Seguía la marcha de los antiguos que habitaron el cosmos, los umbrales
Del puerto y las sedientas embarcaciones de óleo.
Pisaba los enormes girasoles que se ofrecían a la salutación de los pintores…
Necesitaba la tremenda soledad artística para cantar como el pájaro
De huesos matemáticamente representados a unas simples águilas
Sin nombres sobre maderas templadas…
Así fuimos comprendiendo la posición de los astros
Donde el humano no entiende de Deus Sive Natura.

En la cuarta posición del lienzo dormido, las aguas colmaron los trigos
Para la necesidad de la mano que apuntaba a su pecho…no estábamos
No existía nadie…el sopor pálido de las colinas incandescentes
Se espaciaban bajo los amontonados cuervos.

No estaba el pueblo para su bendición
Había un cumulo de artefactos oxidados
Y una fermentación de carne sin exilio…ornamentaciones
De mujeres para el extranjero… para templar los tambores
Se arrastraban frutos secos en redes sin aliento…

Y regrese
Poseído por el clamor de una hoja seca.


El oleo torcido…
Único aceite entre nosotros,

Ayer
Un duelo de ortigas
Se hacían cenizas en mi lienzo…

La puerta del sol se quiebra.

Un médico no resiste sobre su cabeza
El volar de un cuervo…

Y si detiene los antidepresivos
¿Es posible que lagrimee desnudo
Frente al lienzo vacío?

Ya…el aroma de los pinceles
Se extirpa en el granizo
Que aquí duerme.


La cárcel envenenada ya no es montaña pero se oculta
Al destino de las agujas sostenidas por panales coagulados…
Tratábamos de esculpir un pétalo rosado, pero nuestras manos
Se hundían en un crujir de huesos…tragando espinas y no-ruinas.

Lienzos extensos se introducían por entre las piedras del muro…la
Sal del desierto aun no separada de sus crías 
Se quitaba el polvo de los ojos.

El cielo se expande en el lienzo vacío como un juego de niños resucitados…

Por la noche los insectos merodean las antorchas de los umbrales
Jactándose de poseer los lirios soberbios de las bestias…
Mientras en la próxima estación esperábamos el cráneo pálido de Picasso
Para mejorar las sombras del cielo.

¿Quién succiona la boca de la abstracción
  Donde por equivocación se anuda el viento?

No es posible doblegarse sin el océano como testigo…sin el horario
De los pescadores devotos del sol, así como devotos de la soledad.

Vinculo derivado hacia los ciegos oradores
Hacia el vestigio del último lienzo precolombino
Hacia el redoble de tambores perpendiculares
Y viajeros silenciados al llamado de las parcas.

…de toda esta montaña poseída, una mano huesuda tiende el corazón
Para la tranquilidad de las ruinas…
La  lluvia azota los arrozales y reúne un brillo lunar
Para la momificación de los ancianos.


Solo…
Distante del humo
Festejamos bajo los acantilados.

La tristeza supone un trazo en el oído del cielo.

¿Por qué ocultar la zona?
 
De los ojos del escorpión
Hacia las voces de niños…hay un paso.

Debajo del lienzo
La bebida se multiplica con harina,

Piedra hecha roca
Vientres envueltos bajo un poro sepultado,

A su manto lo obsesiona
Unas manos afiladas.


Otra vez el lienzo acabado por navíos de polvo…
Agasajado por cruces de mimbre…tocado por ráfagas
De un oriente cercano a nosotros.
Así…todos los puertos se refugiaban como pájaros envueltos
Para el desayuno secreto de los profetas.

Un lienzo soportaba terrible soledad…
Lluvias y enigmas forjaban literatura
En la humareda de arrastre hacia la colocación de murales,
Hombres con signos de pincelar bacterias…
Hombres que a través de pequeños ojos de óleo
Aplastaban las gotas del espíritu  (contra las sombras)…

…y volvía el arrastre de lienzos a través de los viñedos
A través del polvo de los girasoles…
Era inevitable.


Todas estas obras se silencian
En el fuego,

No todas
Merecen olvidar el guijarro dormido,

El día parece agitar su luz
En nuestras venas.


El lienzo yace bajo el río,
En la superficie
Las raíces brillan sobre el óleo,

La plenitud de la palabra
Está en el cuenco de estos huesos.

Un meridiano pertenece a una mar en potencia
Una fugaz membrana 
No merece concluir en lluvia,

La lejanía prefiere un invierno con nieve,
Donde todo ocurrió
Se lo llevo el orgasmo petrificado.

Había  música en la cabeza del artista y  apunta a varias direcciones
Es como cabalgar bajo las estepas de un eco y no perder el circular
Lamento de una oruga.
Matiz abierto al movimiento de los que habitan el lienzo vacío…
Allí reposaban con su quietud que abrazamos.
Si seguimos bajando hasta llegar a la luna parcial del éxtasis
Habríamos visto que no se podía llegar a la nausea, sino tan solo rozar el débil
Crepitar del oleo.

La inmensidad de Rothko trae niebla fresca a nuestras manos
Cerca de la complicidad mística…al borde de la oración
Hasta volverse  completamente abstracto
Fluyendo con el río de la circuncisión.

“Sin título” es el nombre más perfecto para un Kadish que mezcla
Doscientos metros de pintura sobre un lienzo vacío…
Dijo:” llevo pintando templos griegos toda mi vida sin siquiera saberlo…”
y bajaron para compartir el ruido seco del atlántico
que brinda muertos en polvo sobre un puñado de transeúntes.


Allí abajo 
Hay un fuego constante
No temas
La extremidad del óleo persigue víctimas…


Aunque el cuchillo se hunda en nuestras manos
Y lavemos con sangre nuestros huesos…
Aunque la tristeza se mezcle con el viento
y el viento en la mañana no llegue a tocar nuestros pensamientos…

La noche merece ser reconocida.  


El circuito de la obra se está quebrando, quedan pequeñas
Alucinaciones aferradas al lienzo vacío…
Los paisajes acumulan deidades que flotan en el río…

Ante cada agradecimiento particular las velas vuelven a
Quebrar las hojas…pesadas como el buda arcaico de los
Presagios de muerte.

El lienzo procesa la posibilidad del demiurgo
¡La distancia es enorme, la realidad no!

Un pájaro duerme y se lamenta
Sus alas ya no hacen ruido…

…y no es que sobre los arrozales se desplieguen
Insectos protectores…no

Todos tuvimos nuestra profecía para las noticias
Que nos vendían…

Todos fuimos portadores del virus de la melancolía.


…se repiten las sedas humeantes…
La estructura del jardín gira en un oído y se lastima
Como los huesos que caducan en invierno…


En torno al cielo, el báculo se expresa en silencio…
“no es tiempo todavía”


El oráculo expuesto al crujir del lienzo muere de tristeza
Buscando toda la vida la sal en la boca de marfil...
Los panes no se habían multiplicado para la cremación de los ojos
La temeridad de los hombres no dejaba de comer el coral de las orillas
A la vista de todos los orfebres que gemían en tabernas
El lienzo perduraba a la reflexión de un filósofo sin nacimiento.


…el puño de estos vientos que desean acumulación de espíritu
Para que la liturgia de los colores sea fragmento de constelaciones
Y pueda maniobrar el desorden…la caravana de la aurora…
Los caballos naturales con sus huesoso demoledores…la leche viva
Que producen las fabulas en bloques de arena…
Toda comprensión de los invernaderos que mueren con el solo soplo
De los que matan: ¡siglo verde sin sustancia!
La solida agrupación de enfermos pasa de la gran estaca a la mañana
Con su espuma flotante.


¡Lienzo vacío – tierra en trance!

¡La garganta muere por tus vertebras!

¡La materia se aproxima a tus pulmones
Para clavarse en el glaciar más lejano de Dios!

¿No debí poseer los minerales
Y luego quedar a merced de los huesos?


¡Lienzo vacío!
Que se levanten las vías de acceso para que el rio sin dioses
Permanezca abierto al transportador oculto
Y seguir así la secuencia del destino…

Premonición del movimiento que implica dolor y tristeza…

Oxigenación de amuletos acudiendo a la hospitalidad
De estos miembros…sin huesos…

Siembren la depresión constante de Van Gogh…


La alimentación de las estaciones espantadas y los reptiles
Nobles del amanecer jamás fueron tan bien recibidos
Como cuando arriba nuestro se desayunó…alondras.


En la próxima puesta de los planetas a orillas del ánimo constante 
Las almas del mundo fijaran el lienzo…marcaran sobre el manuscrito
Una agitación mediática…

Era la quinta fusión en la mezcla de colores
Estábamos atormentados…el cansancio se prolongaba
En el extenso mural de los muertos…
Nadie ausente.

Los pinceles gemían en los atardeceres lluviosos…
Y llevado súbitamente por un camino de sal oscura, me desvanecí…


El oleo húmedo…

La corteza seca para el trasplante no-humano…

¿Está bien el color del lienzo?


La lluvia sin aliento…

Los tubérculos sin espacio…

¿Es bueno el canto de los muertos?


No somos nosotros los de este lado del río
Son sombras de helechos sin rostro.


¡Lienzos vacíos-vientres sufriendo
Aglomerados para un ofrendado sin ojos!
Quizá ese vientre no sea nada…



…y surge un lienzo en el desierto…vacío y rodeado por 
 un coro obseso que muerde aceite…
Aumentamos el fluido para disecar la luz que huye…
Manteniendo el silencio en una mano ciega…

Vi el ojo del lienzo vacío, era un gran juego de palabras
Puestas en vertical…
Se podía respirar bajo sus minerales…en presencia de su despliegue
La obra se agarraba para no leer el lado anverso del ojo…
Un puñado de hojas aun atraviesa el patio
Su murmullo hueco…perecedero…angustiado…
Pude imaginar y arrastrar el lienzo hacia la orilla del río…
Acumular el oleo...

Prolongar los latidos que bajaban 
Para ahuyentar
El espejo tallado de los otros…




Jorge Castañeda (1951) Poeta, narrador y periodista. Reside en Valcheta, Río Negro.





































viernes, 16 de julio de 2021

René Char: Artina

 

 
René Char (1907-1988)












 





                                      Al Silencio de aquella que permite soñar

En la cama que me prepararon había: un animal sanguinolento y maltrecho del tamaño de un bollo, un caño de plomo, una ráfaga de viento, un molusco helado, un cartucho sin pólvora dos dedos de un guante, una mancha de aceite; no había una puerta de prisión, pero sí el sabor de la amargura, un diamante de vidriero, un pelo, un día, una silla rota, un gusano de seda, el objeto robado, una presilla de sobretodo, una mosca verde domesticada, una rama de coral, un clavo de zapatero, una rueda de ómnibus.

Ofrecer un vaso de agua al paso de un caballero que se lanza a rienda suelta en un hipódromo invadido por la multitud supone, de una y otra parte, una falta absoluta de habilidad; Artina traía a los espíritus que visitaba esa aridez monumental.

El impaciente se daba perfecta cuenta de la clase de sueños que en adelante frecuentarían su cerebro, sobre todo en el dominio del amor cuya actividad voraz se manifestaba de ordinario fuera de la época sexual. La asimilación alcanzaba su desarrollo en la noche profunda de los invernaderos herméticamente cerrados.

Artina cruzó sin dificultad el nombre de una ciudad. Es el silencio que hace surgir el sueño.

Los objetos designados y reunidos con el nombre de naturaleza-concreta forman parte del escenario en el cual se desarrollan los actos de erotismo de las series fatales, epopeya cotidiana y nocturna. Los ardientes mundos imaginarios que circulan sin interrupción por la campiña en la época de las cosechas tornan el ojo agresivo y la soledad intolerable para aquel que dispone del poder de destrucción. En los cataclismos extraordinarios, resulta directamente preferible apelar sin reservas a ellos.

El estado de letargo que precedía a Artina suministraba los elementos indispensables para la proyección de impresiones sorprendentes sobre la pantalla de ruinas flotantes: edredones llameantes precipitados en el insondable abismo de tinieblas en perpetuo movimiento.

Artina conservaba a despecho de los animales y de los ciclones una inagotable frescura.
Al andar adquiría una transparencia absoluta.

Por más que surja en medio de la más activa depresión el aparejo de la belleza de Artina, los espíritus curiosos no dejan de ser espíritus furiosos, los espíritus indiferentes, espíritus extremadamente curiosos.

Las apariciones de Artina superaban el marco de esas comarcas de sueño donde el pro y el pro están animados de igual y asesina violencia. Ellas evolucionaban en los pliegues de una seda quemante poblada de árboles con hojas de ceniza.

El carruaje de caballos lavado y renovado superaba casi siempre al departamento tapizado con salitre cuando se trataba de acoger en una velada interminable a la multitud de los enemigos mortales de Artina. El semblante de leña muerta era particularmente odioso. La carrera jadeante de dos enamorados al azar de los grandes caminos se volvía de golpe una distracción suficiente para permitir que el drama se desarrollara, de nuevo, a cielo abierto.

A veces una maniobra imprudente hacía caer sobre la garganta de Artina una cabeza que no era la mía. El enorme bloque de azufre se consumía entonces lentamente, sin humo, presencia de por sí e inmovilidad vibrante.

El libro abierto sobre las rodillas de Artina sólo era legible en los días lóbregos. A intervalos regulares los héroes acudían a informarse de las desgracias que de nuevo se abatirían sobre ellos, de las sendas múltiples y terroríficas por las cuales sus irreprochables destinos se empeñarían nuevamente. Sólo preocupados por la Facultad casi todos tenían un aspecto agradable. Se desplazaban lentamente, se mostraban poco locuaces. Expresaban sus deseos mediante amplios e imprevistos movimientos  de cabeza. Parecía además que se ignoraban totalmente unos y otros.

   El poeta ha asesinado a su modelo.
 

Versión de Aldo Pellegrini

lunes, 12 de julio de 2021

Omar Castillo: Poema escrito en Bizancio en el siglo XII y atribuido al Estratega Alar el Ilirio

 

Omar Castillo





















 
Escombros en la sierpe del tiempo.
Escombros, muñones y delirios.
Voces ahumadas por el fuego y los abruptos.
 
Cuencas donde los ojos fueron desterrados,
Tras ellas sólo el melancólico brillo
De quienes han sentido el filo
Blandiendo su furia, obligando al miedo,
Amordazando con su jerga rabiosa.
 
Perturba ver los escombros y las ruinas
Tras el paso de quienes buscan el poder.
Perturba ver como siembran ignorancia
Y fanatismo en muñones ruinosos,
Esperando ver crecer su aridez retorcida.
 
¡Ah, tiempo del tiempo donde todo se repite,
Cada vez de manera más hiriente y deforme!
 
Así, sólo queda tras el ocaso y la mansalva
Avanzar hasta el amanecer antes que caer.
 
Omar Castillo
26 de mayo de 2021.


 
Omar Castillo (Medellín, Colombia 1958). Poeta, ensayista y narrador. Algunos de sus libros publicados son: Huella estampida, obra poética 2012-1980, el cual abre con el inédito Imposible poema posible, y se adentra sobre los otros libros publicados por Omar Castillo en sus más de 30 años de creación poética, Ambrosía Editores (2012), los libros de ensayos: En la escritura de otros, ensayos sobre poesía hispanoamericana, Editorial Pi (2014) y Al filo del ojo, Fondo Editorial Ateneo, (2018) y el libro de narraciones cortas Relatos instantáneos, Ediciones otras palabras (2010). De 1984 a 1988 dirigió la revista de poesía, cuento y ensayo Otras palabras, de la que se publicaron 12 números. Y de 1991 a 2010, dirigió la revista de poesía Interregno, de la que se publicaron 20 números. En 1985 fundó y dirigió, hasta 2010, Ediciones otras palabras. Ha sido incluido en antologías de poesía colombiana e hispanoamericana. Poemas, ensayos, narraciones y artículos suyos son publicados en revistas y periódicos de Colombia y de otros países.


viernes, 9 de julio de 2021

Ricardo Lísias: “La generación que despreció a los viejos” (Brasil, 2020)

 

Ricardo Lísias























[fragmentos]
Los lectores no nativos de lengua portuguesa se comprometen a no divulgar públicamente ningún fragmento de este libro en el idioma original (portugués). Traducciones pueden ser divulgadas, con la debida autorización del autor, mientras no sea en editoriales, sitios web o vehículos de asedio en Brasil o direccionados primariamente al público brasileño. Los lectores no nativos adhieren también a este compromiso.


INVOCACIÓN

El poeta, exnovelista,
no se siente bien y
entonces avisa: aquí tendrán
de todo, inclusive abuso,
menos poesía lírica.
No hay necesidad
de contar con redondilla.
Mi género es la dis-
topía: el mundo sin
ningún viejo más.
No es teatro griego y
tampoco acepto que
sea un poema épico.
Si fuese a pedir alguna
cosa para la musa, le iría
a hablar de remembranza. Sólo
que no olvido el auto
de un lado, y del otro
el niño yendo para el
orfanato. Que ella me
permita una breve y
fuerte imagen: yo soy
esclavo de la necesidad
de vivir para la muerte.
No pido a la musa que me
inspire ni que me dé el buen
verso. Aviso: yo quiero rever
al niño. Es apenas eso.


EN BRASIL,

no hay lugar para Homero:
mataron a todos los viejos.
Fue eso mismo lo que yo dije:
para nosotros, jamás un Ulises.
Ni tampoco pudimos antes
ser el propio Infierno de Dante.
Un país con tanto alocado
no tiene por regla un Bocaccio.
Si no tuvimos una epopeya
(nunca aprendemos a resistir)
ahora no tendremos ni la vieja
forma de balada. El Brasil siempre
fue esa enorme valla. El mundo
se volvió alérgico a nuestro país
antiépico. El cínico imperio
latinoamericano viró
un amontonamiento de sádicos.

Con la poesía no me meto.
A veces, sólo un soneto,
más bien rápido lo olvido
y escondo el enorme tropiezo.

¿Estás con vergüenza? Cuenta.
No, ya me protejo de tanta
energía destructiva. ¿Espanta
eso que mi verso planta?

No, para quien argumenta
que el arte es siempre violento
y tiene el gusto de la muerte.

Si usted la busca, joven
o viejo, sepa que jode
la vida en nombre de la leyenda.


CANTO UNO

Consigo demarcar el
año 2020, sin embargo
no arriesgo la fecha
de hoy. Puede ser un
mes o bien después.
Fue todo muy rápido,
sólo demoró un detalle:
el pánico que tal vez nos
despierta fue sustituido
por un grito aquí, un
repudio allí y nada de
concreto. Comienzo la
narrativa de nuestro en-
tierro con el presidente
sádico. Todos con miedo.

Luego vivimos la primera
crisis: el presidente dice
que todo era una gripe.
Por lo demás, si usted es
Atlético (como él es,
afirmó el sádico) no
tiene problema. Inteligente,
pasó la culpa hacia los
gobernadores, que parti-
eron para la lucha. A aquella
altura, 3 o 4 mil muertos.
Allí después de un mes no
había más camas en la UTI
pública. ¡Uso al convenio,
tengo dinero! Pero era
necesario no correr el
riesgo de los riesgos no tener
dónde tratarse. Comenzaron
las invasiones, recuerdo bien.
Quien ataca un hospital
para salvar a la propia madre,
queda enfermo también. El
sádico mandó la policía,
que en inicio reacciona. Que
el soldado acaricie al rico es
normal, el empleado
se agarra la gripe del patrón
amado, que sólo repetía:
es necesario salvar la
economía (el presidente de
Argentina avisó que
éramos un problema)
Hasta la Corte Suprema
el sádico hizo un paseo con
empresarios. Un ministro,
que era rico, atravesó la
frontera, otro fue
cancelado en el Estado de
Mato Grosso. Una parte
del ganado giró el rostro a los
pocos para el mito. Era
necesario recuperar la popula-
ridad. Alguien mandó un
meme en el whatsapp: ¿sabe cuál
es la solución? Los viejos están
ocupando todas las camas,
hechos hormigas en la tierra. Si es
guerra, ellos van primero,
y no los jóvenes. Al cruzarse
con un viejo ustedes pueden
abrir una vacante de UTI.
Hacer así: darle una patada.
El Congreso hizo un repudio,
el sádico dice que no tenía
nada que ver y el Supremo, bien
ameno, abrió una investigación.

[...]

Francisco es viejo, pero no
brasileño. El mundo entero
espera la misa. Él reza,
por ahora solitario y
escondido. Es argentino.
Un técnico arregla la trans-
misión. Otro cuida de la luz.
Son apenas tres y un padre
auxiliar. Ya cayó la tarde y
el cielo está claro. Francisco
llora: sabe lo que el mundo
vive. Siquiera sueña que el
Brasil, su vecino, se va a aca-
bar. Por eso, no hace un
pedido especial. Para nada
más. Francisco no es un
avaro, rezaría hasta por la familia
del presidente ordinario.
Las palomas habían vuelto
a cubrir el piso azul de la plaza.
Francisco las adoraba, incluso
al tipo más arisco: el que
corría el maíz que el Papa
guardaba para los días de
paseo. Francisco vino
lentamente hacia la nave de la iglesia
improvisada. Es la modernidad:
el live sagrado necesita comenzar.
Francisco es católico. Incluso
así tiene odio, entonces pide al
Cristo que le disculpe el pecado.
“No pude ser más fuerte, Señor,
soy Papa, pero antes hombre.” La
rabia desaparece así que la plaza le
aparece, inmensa, vacía en el medio
de la lluvia. ¡Oiga! La fe ocupa todos
los espacios. Su cuerpo viejo, los
pájaros que se abrigan en lo bajo
de la columna, la plaza, cada piso
resbaladizo, la guardia, los fieles
que corren frente a la TV.
Y las travestis que adoran a ese
hombre: según el papa lindo,
somos hijas de Dios. Francisco
para un instante. La misión le
parece pesada: el tiempo de
confinamiento es duro. Aquí la fe se
desparrama, (¡ese tipo!), y va de la plaza
al mundo. Todo. El Papa está cansado,
pero sabe que llegó el momento.
Helada, la plaza San Pedro recibe
a ese tipo: el Papa siente miedo y el
mundo, mucho respeto. Oremos.
Francisco nunca tuvo tanta
dificultad con una oración.
[...]


CANTO DOS

La gente llama general
de piyama a los que se jubilan
pero intentan mantener el poder
de cualquier manera: temo que
cambien las armas por las
charlas desastradas y el com-
portamiento estridente que
sirve para proteger al
presidente. Sólo que de repente
comenzó el motín y en fin
se hizo obvio: si es viejo,
aunque militar, es tóxico.

Mi 6° sentido insiste: ella
no murió de COVID. Los
ojos están quietos, entonces
no tenía nietos. Peinó los
cabellos, tenemos la respuesta:
cerró la puerta con gestos
tranquilos y contó los
comprimidos. Sin dolor,
tiró de las mantas y terminó
con toda la trágica fiesta.

Intenté crear para ella una
Historia. Encontré algunas
fotos viejas y un porta-
-retrato al lado de una
mesa con un crucifijo.
De ella debe ser la hija que
está con el marido. En la
computadora, no encontré
nada. En el resto de la sala,
algunas revistas. Pocas
ropas, todas ordenadas.
Tal vez fuese alguien que
pretendiese viajar. Todavía
faltan las bolsas y un
cuarto con las cajas de
zapatos. Pero el olor
es fuerte. Incluso con el
predio vacío (insisto en que
no oigo nada), luego me
descubren. Entonces salgo
afuera sin saber siquiera
cuál era su nombre.

Cuando supo que la Argentina
sería la primera en cerrar la
frontera, el sádico rio: qué
disparate, allá el gobierno es de
izquierda. Olvida, nunca
fuimos hermanos. No ne-
cesitamos de peronistas. Fue
el comienzo de la lista: el Paraguay
vino después. ¿Ellos también?
pregunta el mito para el ganado
y asegura: ¡no suelto la mano de
mi amigo Donald Trump!

El mundo tiene razón:
cierren bien la puerta
para el Brasil infecto.
Si el pueblo vota a ese
tipo de político, no
importa el país que se
protege: es ridículo si
expone por cualquier
cosa, aún más
por causa de ese bestia
de asesino que
festeja la muerte riendo.

¿La señora duerme hasta esta hora?
No, yo estoy muerta.

Y yo tengo miedo.
¿Por eso te levantas tan temprano?

Ni siquiera dormí bien, casi nada.
En otra época yo diría bien hecho.

¿La señora tiene rabia?
Ahora no siento más nada.
[...]


CANTO TRES

No tenemos más espacio
para la jubilación
pero el Brasil continúa
cansado. Este país
que devino un orfanato.

Duerma niño
porque aquello
un día pasará.
Su abuelo era
lindo, usted no
recuerda. Cierra
los ojos incluso
llorosos e
imagina los abra-
zos de los viejos.
Duerma ahora
quién sabe vendrá
el día de rever
a toda la familia.

No funciona y
el más viejo
queda nervioso. 
Los ojos del hermano
abiertos, quien
sabe ciegos.
[...]


CANTO CUATRO

Quien tenía doce
estaba dejando
la infancia. Ahora,
es como si fuese
adulto. Para esa
gente los viejos
tienen dieciséis.
Agarran al adoles-
cente de las espaldas.
Comenzó con una
gripecita, acabó
con el Brasil, un
país de cobras, de
Niños asesinos.
En la frontera, ni
salida: parece vieja,
acaba su vida. El
adolescente grita y
alguien lo oye
Él no es más nue-
vo. Muere, estorbo.

siempre fue importante
ahora bien más que antes

la literatura no vale nada
(a decir verdad, todo arte)

es apenas una forma de barbarie
que acumula siglos de daños

estamos ahora delante de otro
y aún así sólo muero

después del último libro pronto.
el problema no es de hecho ese

y si el encadenar de exclusiones sin
límite, el fingimiento, la gente insiste

en todo tipo de dolor falso y lo que
pasa es sobre todo el genio de autor.

CORO: con usted es lo mismo, o peor,
porque sabe bien el guion...
LÍSIAS: no merezco ningún reconocimiento
pues adelanto: soy cobarde, desgraciado y violento.
CORO: de nuevo, vas a ser adulado por haber dicho eso.
Es algo inevitable.
LÍSIAS: yo sé, coro desgraciado, pero voy a intentar
estropear este poema.
CORO: ¡Inténtalo! Y si lo consigues, irá también para la
historia.
LÍSIAS: ¡¿El único modo es salir afuera?!
CORO: parece que usted entendió que la literatura
es joda.
LÍSIAS: hallé su rima una bosta. Voy a economizarlas
y quedar sólo con un conjunto sonoro.
CORO: no sea bobo, todo lo que haces acabará
componiendo la obra.
LÍSIAS: ¿es un círculo sin salida?
CORO: eso, y usted aún jode con la vida
de mucha gente.
LÍSIAS: el coro es siempre un exagerado,
pero explíqueme.
CORO: no sea falso, la explicación es suya.
LÍSIAS: Te doy voz y espacio.
CORO: ¡Payaso! Eres tú quien me crea y  escribe
sólo lo que quiere.
LÍSIAS: pero pongo otro punto de vista.
CORO: ahí viene el artista y sus artificios gramaticales.
LÍSIAS: es mucho más que eso. Wittgenstein.
CORO: correcto, vamos a hablar de filosofía.
LÍSIAS: pongo la voz de otro en mi trabajo.
CORO: ¡qué bastardo! ¿Usted engaña a quién con
esa fórmula vieja?
LÍSIAS: voy a representar en el arte a algún niño
de la favela.
CORO: Allá viene ella, la literatura: una construcción
cualquiera, una voz invertida, palabras medio ausentes
del mundo de los lectores.
LÍSIAS: ¿cuál es el otro modo, dígame?
CORO: es usted, el artista...
LÍSIAS: yo sé y sé que no tengo salida.
CORO: finja control y háganos
callar la boca, pucha.
LÍSIAS: correcto, aprovecho mi poca
vergüenza.
CORO: y usted no se exponga tanto.
LÍSIAS: ¿qué lindo, dándome consejo?
CORO: ¡no tenga miedo!
LÍSIAS: no tengo, viraré un santo,
el papa cojo del primer canto.
CORO: eso no tiene chance. Y la rima
quedó pésima.
LÍSIAS: avisé que iba a estropear la pieza.
CORO: no es pieza, es poema.
LÍSIAS: tiene la misma intención: la sonoridad.
CORO: mire Lísias, muy poca...
LÍSIAS: ¡es hueso! ¿aún no callarán la boca?
CORO: típico vanidoso: quedó nervioso. Sólo
depende de usted, nuestro poeta.
LÍSIAS: espera, una última cosa.
CORO: con esa súplica, está correcto. Diga,
si te anima.
LÍSIAS:

Por una o dos veces
llegué a pensar que
todo eso no pasa de
una fiebre. Olvida,
esos niños ahora
están así para siempre
solos. ¿Quién irá
a recibirlos? Tenemos los
vecinos que volvieron la
frontera un precipicio.
Eso cuando no colocaron
minas terrestres en el piso.
A poco el mundo va
olvidándose que un día
el Brasil existió. ¿Quién
sabe el fútbol, turismo
sexual, el sol de las playas?
Así eso es sustituido.
No vivo más tan lejos,
es verdad. Digo que sólo abren
el foso cuando este país
de mierda deviene un desierto.
Ahí tal vez lleguen a un
puerto lindo en busca, de
nuevo, de nuestro oro. Y
esta vez sin un indio.
[...]


Versión: Demian Paredes, Buenos Aires, 2021.
Ricardo Lísias (1975) es escritor y doctor en Literatura Brasileira en la USP, autor de las novelas O céu dos suicidas, Divórcio y A vista particular, entre otros libros. En 2020 publicó Diário da catástrofe brasileira: ano I – o inimaginável foi eleito, y ya apareció el segundo volumen que lo continúa.
En Argentina fueron traducidas al castellano y publicadas El libro de los mandarines (por Adriana Hidalgo) y Divorcio (por Corregidor). Y su cuento “De los nervios”, en Cuentos en tránsito. Antología de narrativa brasileña (Alfaguara).
Una entrevista reciente, y un fragmento del Diário da catástrofe... traducido, en el suplemento “Radar libros” del diario Página/12: https://www.pagina12.com.ar/298922-la-catastrofe-de-brasil-entre-la-pandemia-y-bolsonaro 




 

lunes, 21 de junio de 2021

Demian Paredes: Reseña Reunión de Extraños de Esteban Moore

 

Demian Paredes 







*Demian Paredes reseña en Hispamérica. Revista de literatura, nº 148 (2021), pp. 125-126


Esteban Moore, Reunión de extraños: Borges, Buenos Aires, el café, Jack Kerouac y otras cuestiones, Córdoba, Alción Editora, 2020.

Este volumen misceláneo de Esteban Moore —poeta, traductor y ensayista— contiene textos de los últimos tres lustros, provenientes de presentaciones, prólogos, artículos, y un trabajo inédito, referido a Inventando a Irlanda, la literatura en la nación moderna, de Declan Kiberd. Titulada por el editor Juan Carlos Maldonado, esta Reunión posee un hilo conductor, una preocupación constante del artista: su interés e indagación por la palabra, su producción, traducción, proliferación y consolidación en torno a autores, épocas y espacios, con tratamientos, enfoques, tonos y énfasis que varían de acuerdo al contexto en el que fueron surgiendo.
Así, se abre con “Borges, el escritor poeta”, ensayo donde Moore subraya el reconocimiento a Roberto Arlt por parte de Borges, repetidas veces, contra el planteo —bien establecido y algo maniqueo— del enfrentamiento literario entre dos bandos: “Florida contra Boedo”. Por el contrario, Moore sostiene que las corrientes literarias más que combativas, terminan siendo colaborativas. De ahí un planteo de orden general: “Las poéticas no se imponen unas a otras: interactúan, cooperan, se hibridan, como en las ciencias se fundan en aquello que las precede”. Moore defiende la tesis de que la poesía –como poética– constituye la médula de la escritura borgeana, y recupera un comentario de Jaime Rest, sobre cómo cada fragmento u obra aislada, en Borges, “se integran en un solo argumento sostenido”.
“El café porteño: espacio de la lengua cotidiana” se enfoca en la dinámica urbana,
en el intercambio y surgimiento de lo inesperado en la socialización cultural. Tal como pasó con Witold Gombrowicz, quien, varado en Buenos Aires, se propuso traducir, sin conocer el idioma local, su novela escrita en polaco. Llevando algunas páginas traducidas con esfuerzo, de la pensión al Rex, dice Moore: “se produjo un milagro propio de un café porteño. La mesa en la que trabajaban comenzó a ser rodeada por poetas, escritores, curiosos y algún parroquiano, que aportaban sus opiniones. Hubo días en que se reunía una pequeña multitud a su alrededor, por lo tanto, la versión argentina de Ferdydurke podría ser considerada el resultado de una tarea comunitaria, social y abierta a varias voces, sólo posible en un lugar público”. Otro texto referido al ámbito del café, observa su aporte al surgir de la voz —todas las letras— del tango, desde la conversación animada al soliloquio, del sentir al decir (y luego cantar).
“La escritura de la dorada eternidad, un legado trascendente” y “El ángel de las
musas” son introducciones a traducciones del propio Moore, presentando obras de Jack Kerouac y Gregory Corso, respectivamente. Sustentadas en documentación
fundamental (biografías y correspondencias), Moore expone, comenta y recrea “vida y obra” de los autores, enlazando sus biografías al contexto, con el desarrollo de sus propios proyectos literarios, etc., en aras de una mejor/mayor comprensión de la obra en cuestión.
Más allá del aporte de cada escrito, de su enfoque y tema particular, todo el volumen permite conocer y palpitar los ritmos de la literatura, y de la ciudad, como una cultura viva, abierta y plural. En permanente movimiento y cambio.




Rafael Felipe Oteriño: Zoom


 

Novedad editorial: Juan Carlos Escalante





habitar los días
     
     una palabra venida de no sé donde puede
            empujarme a la experiencia inevitable.
                                                           ionesco

traer la imaginación o el deseo cautivo
desarreglar los sentidos quiso un poeta
gracia fragante alquimia del verso
y que con muchos dones al libro migre

la sorpresa de la palabra aparece
queda en la mano la obsesión bajo la lengua
pasearla escondida hasta dejarla por otra

el morbo viene en plenitud
bajo la mano aparecen el abismo
la palabra el sonido y su aspecto



complacer a una sombra*

la palabra es la que crea el sueño en el que vives.
                                                              miguel ruiz

rumiar por el silencio de una resolana
el archipoeta completo en ese estar
hizo con puño y letra
acantilar versos bien hablados
porque él no vaga sino que se da tiempo
así su caligrafía mide el paso el paso que se contempla

atravesado de darse instantes verdaderos
y relecturar palabras insólitas
ensancha su corazón enamorado de poesía
no entiende la vanagloria y se robustece
al dispensarse la dicha tranquila
de dibujar palabras y del ocio lector

* título de un ensayo de brodsky


la osa mayor

el infierno es en realidad un poderoso estimulante.
                                                              dos passos

luciferan palabras
arrecian maneras de merecer
la identidad que al poema identifica
palidece la disfunción de malasombra
tiende al vicio que da oído
la polifonía de cada letra

la belleza de lo distinto
como rastros que deja la emoción
en la arena bajante del río
la opulencia del tiempo abarca
sinuosidades de lo expresivo
cualidad misma de lo escrito
celebra exuberancias de exquisitos sabores



Juan Carlos Escalante (Buenos Aires, 1945). Poeta, novelista y periodista. Colaboró con el diario La Prensa y participó en las radios Belgrano, Argentina, Ciudad y Cultura. Fue secretario de la Casa de la Provincia de Buenos Aires. su obra figura en el Diccionario de poetas latinoamericanos- Segunda mitad del siglo XX editado por la Universidad Autónoma de Madrid. Entre su obra publicada se destacan: Laberintos en la  otra luz -Poemas-, Corregidor, 2001 (Premio Fundación Nuevo País, 2002); Lugares en la distancia - Nouvelle-, Corregidor, 2009; Territorios el límite de la cicatriz -Poemas-, Sol del Sur, 2015; Viaje al perfume de una espina- Antología de poemas y novelas-, Sol del Sur, 2016 y Lenguajes -Poemas-, Sol del Sur, 2017.


En su nuevo libro, las horas más enteras, Juan Carlos Escalante presenta una selección de veintiún poemas : habitar los días, complacer a una sombra, la osa mayor, heráclito el oscuro, ático, vieux colombier y andanzas de von dassel son algunos de ellos. 
Escalante como todo poeta verdadero es un estudioso de las palabras, su caso además es el de un erudito:  "desde que vocablo gana la duda / se impacienta / imparte recursos / entrega transparencias  y su lento encanto..."  
"...la sorpresa de la palabra aparece..."  Las usa y desusa, para relecturar latencia luciferando jodientas trizaduras.
Estamos ante un breve, conciso y bello tratado poético. Bienvenido.
Julio Vidal Calude



 

miércoles, 2 de junio de 2021

Juan Manuel Roca: LA CASA SIN SOSIEGO (Palabra y Guerra)

 

Juan Manuel Roca















“Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”.
                                                                      José Eustasio Rivera
 

Crear arte en Colombia, y tomo la poesía como nombre genérico para él, muchas veces nos remite a la divisa que René Char dejó registrada para hombres de diferentes entornos y sociedades: “La lucidez es la herida más cercana al sol”.

Ejercer esa lucidez en medio de un país cruento, donde la guerra siempre viene después de la postguerra, no resulta propicio cuando ese mismo país parece fijo, como una bicicleta estática, a un paisaje de barbarie acrecentado por diferentes fases de la violencia: la partidista, la guerrillera, la de la delincuencia común, la del terrorismo de estado y sus eslabones paramilitares, la del narcotráfico... La masacre de hoy borra la masacre de ayer pero anuncia la de mañana.

El creador de poesía tendría que ser muy ciego para que todo ese entorno no se filtrara en su obra. Aunque hay quienes parecen habitantes del país de Catatonia. Son muchos los que operan a la inversa del hombre que come una alcachofa: éste la deshoja hasta encontrar su centro, su corazón. Los poetas en mención, por el contrario, le agregan hojas y hojas a ese centro hasta ya nunca percibir su aliento, su respiración. Por supuesto que la falsa y preconcebida poesía, que quiere a todo trance hacer el registro sociológico de la vida del país, anclándose en una mirada puramente historicista, ha dejado momentos de precaria realización, en los que cuenta más el qué decir que el cómo hacerlo.

La pregunta de Hölderlin, “¿para qué la poesía en tiempos sombríos?”, acá tiene unos matices particulares, lo que nos llevaría a un silogismo y a pensar que nunca tendría sentido la lírica en estos feudos. No voy a intentar, ni lo quisiera, hacer una vez más el diagnóstico de nuestra violencia. Trato, mejor, de señalar esta escindida razón de ser de la poesía en tiempos en los cuales está en crisis la palabra.

Esta doble condición parece antípoda: por una parte el deseo del canto en medio de la guerra, por otra la expresión poética ahogada dentro del caos y la crisis que jalona la falta de credibilidad en el lenguaje, cuando la palabra pan no reemplaza al pan, cuando la palabra libertad casi siempre está en boca de carceleros, cuando la palabra paz está deshabitada. Con la palabra paz, o con la idea de que impera la paz, nos estamos engañando “sólo porque todavía podemos salir a comprar el pan sin que nos acribille un tirador emboscado”, dice Hans Magnus Enzensberger ante las guerras civiles posteriores a la Guerra Fría. Son palabras, ojalá globalizadas, que debían tener fuerte resonancia en un país como Colombia donde, cada vez más, la guerra toca a nuestras puertas, cerca de los reductos urbanos en los que nos creemos a resguardo de una mayor barbarie.

Palabra en crisis

Por esa suerte de vasos comunicantes, casi siempre paradójicos, que hay entre la realidad más inmediata y la poesía que intenta trasgredir y ampliar la realidad, la crisis de la palabra resulta un difícil estímulo —riesgoso o delirante pero estímulo— para buscar el habla justa y las esencias que hay bajo su piel. Se trata de intentar un lenguaje que no sea cortina de humo a la manera de los políticos de tribuna, gentes de la contingencia inmediata que tienen el dudoso don de hacer espuria toda palabra.

Si nos adentramos un poco en la poesía colombiana del siglo pasado, a partir de la llamada generación del Centenario, podemos encontrar cambios estéticos en la manera de abordar uno de los temas más recurrentes en la vida republicana: la violencia. No en vano parece un lema, una divisa para el país, la frase de Rivera que encabeza este texto: “Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”, con la que comienza La vorágine, publicada en 1924. Pero aun en tiempos de los centenaristas, confundían la oratoria y la poesía. El tono altisonante de una y de otra retrasaron la entrada en la modernidad lírica de un país siempre a deshoras.

Decir que cada sociedad comporta su estética no es más que una tautología, una reiterada verdad. Acá la premisa de Walter Benjamin[1]: “Hay una esfera hasta tal punto no violenta de entendimiento humano que es por completo inaccesible a la violencia: la verdadera y propia esfera del entenderse, la lengua”, se intuye poco practicable. Las palabras que no se cumplen, los falsos entendimientos y acuerdos en nuestra vida política, son otra forma de la violencia. De ahí la eterna pregunta sobre el quehacer de la poesía en un medio de tal naturaleza ilegítimo e intolerante. Parece ser que la pregunta canónica del poeta romántico, “¿para qué poesía en tiempos sombríos?”, se respondiera a sí misma, como si fueran de la misma materia lo sombrío de todos los tiempos y la necesidad de oponerle, sin grandes ademanes optimistas o mesiánicos, el poema.

La poesía que en Colombia se ha referido a la violencia resulta menos estudiada que su narrativa. Pero hay muestras claras de ese registro desde la Colonia, como el poema “ cautiva”, de Torres y Peña, que escribía versos contra Simón Bolívar, a quien llamaba “fiera que aborta Venezuela”, y en las “Sextinas” escritas por indígenas paeces, donde se registra la violencia española y se elogia al Libertador. Me remito a este paraje tan lejano con el fin de señalar las diferencias al mirar el tema de las luchas violentas que desde la fundación del país nos han asolado. Violenta fue la forma como Luis Vargas Tejada pedía descuartizar a Bolívar para encontrar la paz, durante los sucesos septembrinos de 1828. Vargas, poeta y autor de sainetes teatrales y políticos, participó con otros poetas en la conspiración contra Bolívar. Así trazó sus versos:

Improvisación

(En la última junta que precedió a la conjuración del 25 de septiembre)

 
Si a Bolívar la letra con que empieza,

y aquella con que acaba le quitamos,

oliva, de la paz símbolo hallamos.

Esto quiere decir que la cabeza

al tirano y los pies cortar debemos,

si es que una paz durable apetecemos.

La guerra toca a la puerta

Suenan muy lejos los perdigones de esas guerras frente a las nuevas violencias, después del 9 de abril de 1948, cuando sube el calibre de las balas, pocas veces recogido en poemas. El poema de Jorge Artel, “El 9 de abril en Colombia”, cuyo título, de puro escueto parece noticioso, no resultaría particularmente memorable de no ser uno de los pocos escritos a la muerte del caudillo liberal. La vehemencia de sus versos, que señalan lo que Vidales llamó “la insurrección desplomada”, esto es, la falta de norte de la revuelta gaitanista, le otorgan a Artel una voz para ironizar sobre los líderes que, según su entender, “se cruzaban de brazos”: Eduardo Santos y Darío Echandía, son su blancos preferidos y, por supuesto, Mariano Ospina Pérez, son descritos con nombres propios en algo que podría llamarse poesía, de emergencia, aquel mandato individual o colectivo que obliga al poeta al habla sin mediar ni el reposo ni el rigor. Como si en su arrebato no recordara que casi siempre es más importante la mano que borra que la que escribe.

Entre los poetas que señalaron su hora de violencias, Darío Samper, miembro de la generación de Piedra y cielo, logró poemas de mayor fortuna, en ritmos cercanos a las coplas populares, donde se rastrean duras huellas de la violencia. Y lo mismo ocurre con Eduardo Cote Lamus, de la generación de Mito.

“Como si todos los Rivera, Nicanor, Eustaquio, los Granados/ don Ignacio juntos se mataran sin por qué;/ como si todos los niños no nacidos/ y esparcidos en la imaginación de las muchachas/ comenzaran a llorar; como si los árboles/ de pronto se volvieran horcas”. Así veía Cote Lamus la violencia desde una aproximación goyesca, en un poema, “Bábega”, que además es una evocación al hombre del campo. Cote Lamus era militante del Partido Conservador, como algún otro de los escritores de la revista Mito, pero su poema no resulta sesgado ni partidista. Registra allí la violencia de los años cincuenta, tratada por la novela hasta el punto de convertirse, a veces, en un mal endémico de la literatura colombiana.

Lo mismo hace Jorge Gaitán Durán cuando habla del guerrero: “Lleva la muerte en su espalda quien por amor debe morir/ O matar lo que ama, magnánimo en su pena/ Pues no busca olvido sino infierno./ Si el arma hunde en otro pecho, en su pecho la aloja,/ Mas la carroña no es suya sino definitivamente ajena”.

Héctor Rojas Herazo, el poeta que en su novela Respirando el verano traza una saga familiar con el telón de fondo de una de nuestras guerras civiles, decía alguna vez, en un gesto de hondo humanismo, que “ninguna gran idea merece un cadáver”, entre otras cosas, porque los muertos no tienen ideología y pasan a ser militantes del vacío.

Ya Luis Vidales había denunciado el espejismo de la paz donde se esconde el cuchillo: “Lejos, en las ciudades populosas, la paloma de la paz ponía huevos de víbora y había hecho su nido sobre el techo de Tartufo”.

Sí, ocurre que contra las lenguas del terror, la palabra poética, muchas veces sin pretenderlo, sin un acento programático, se opone al “empleo sin escrúpulos de la violencia”, aunque muchas veces sea ella misma, la poesía, una forma de la violencia transgresora de la realidad inmediata. Hablo, claro está, de la poesía insumisa, de la que está lejos de la hipnosis que sufren los poetas cortesanos, siempre alquilando la cabeza para comprarse un sombrero, siempre tras el mejor postor, que casi siempre es el mayor impostor; “cadáveres aplazados”, según el decir de Pessoa. Por algo, Samuel Vásquez dice que sobremuere “en este país que es paisaje, pero nunca patria” y que, a veces, agregamos, ni siquiera es paisaje, ante la imposibilidad del viaje a zonas vedadas por la guerra.

Las diferentes formas de la violencia no tienen ese carácter puramente físico que hacen los largos empadronamientos de muertos desde el trasunto de la historia y de la sociología. No es ese su único registro. También la educación, esa empresa tantas veces deformadora, es un estadio larvado de la violencia institucional, aunque no deja huellas tan evidentes como las de la guerra, tal como ocurre con la crítica sesgada y caprichosa, aquella cuya mayor carencia es su carácter “doctrinario”. Esa supuesta crítica, a veces peor que la ausencia total de ella, es otra cara de la violencia, tiene el acento paródico de la corte. Y a todas estas, “los disparos son la partitura del himno nacional”, diría un poema de Mery Yolanda Sánchez.

La lectura de la poesía colombiana desde el ámbito de la violencia lleva a pensar que no es sencillo para el poeta realizar su obra, tan llena de intuiciones, de alumbramientos muchas veces dictados por la esfera de lo irracional, para, a un mismo tiempo, volcarse hacia el ejercicio de una reflexión sobre su época. En el cuerpo de esta poesía ocurre a veces, como sucede con la plástica, que hay atmósferas abstractas de violencia, pero otras veces se establece una suerte de figuración. Atmósferas veladas, como las de Carlos Obregón: “Todo es la lucha, la violencia del sueño/ donde una fuerza ciega nos crece y nos integra/ en el rumor del bosque/ y en su lenta espesura hoy se escucha el viento/ venir desde más lejos, venir/ vivir la tierra, sus huesos siderales/ los héroes y los potros que marcaron las sendas”. O descarnadas atmósferas figurativas en las que José Asunción Silva habla de un recluta muerto: “Destrozada la cabeza/ por una bala de rémington;/ con la blusa de bayeta/ y la camisa de lienzo,/ un escapulario santo/ colgado al huesoso cuello/ los pantalones de manta/ manchados de barro fresco,/ y la sangre, ya viscosa/ pegándole los cabellos”.

Acá bien vale la pena preguntarse por el trato de lo social en el poema, ¿cómo hacer para que esa irracionalidad a favor, que algunos llaman inspiración o rapto poético, pase por una suerte de aduana del pensamiento y se pueda mirar un entorno, un rastreo de lo que nos ocurre en el otro? ¿Cómo creer en las voces que le piden a la poesía una única utilidad pública y programática, si muchas veces la utilidad de la poesía es de otro orden, de un orden que hace tangible lo intangible? ¿Cómo andar al mismo tiempo en dos orillas de la realidad? ¿Cómo moverse en medio de lo que Simone Weil[2] llama "una comunidad ciega", escindidos entre la realidad y el deseo? Se puede hacer una relación estrecha entre lo que señala la misma Weil: “cuando se sabe que es posible matar sin arriesgar castigo, ni censura, se mata; o por lo menos se rodea de sonrisas de invitación a hacerlo a los que matan”, y un poema de Omar Ortiz titulado "El espejo":

 

No es verdad que los ojos sean el espejo del alma.

Si tal ocurriera, los asesinos caerían fulminados

y nada sucede cuando el torturador cruza y se peina.

 

Es una clara alusión a esa "comunidad ciega" que no se reproduce en los espejos, que no es castigada por el reflejo de la culpa.

Si bien ya no se expulsa al poeta de La República de Platón, que en nuestro caso podría ser la república de Plutón, el disenso incomoda a los generadores de violencia, por una parte, y a los agentes de una supuesta paz, por el otro. El temor a la ambigüedad, a las verdades que no pertenecen al orden de lo comprobable, la falta de rigor científico y otros aparatos del concepto lógico que le enrostran a la poesía, es otra forma de violencia cultural, es decir, de imposición.

Cómo no señalar a estas alturas al elusivo, al evocador poeta del Sur, Aurelio Arturo. Los primeros poemas suyos, publicados a finales de los años veinte y comienzo de los treinta, son poemas que registran de manera lírica la violencia en Colombia. Su tono, sus no pocas atmósferas, los usos de un lenguaje transparente, son una suerte de umbral que anuncia su espléndida obra de Morada al sur. La recopilación que hizo Santiago Mutis Durán en un pequeño cuaderno titulado Primeros poemas, publicado en 1994, revela la preocupación que nuestro gran lírico tenía entonces por la suerte del país levantado en armas. Baladas como la dedicada a Juan de la Cruz Varela, el legendario guerrillero del Sumapaz, o como la “Balada del combate”, rematan con la “Balada de la Guerra Civil”.

Si me apresurara a decir dónde radica el poder transformador de la poesía, diría que está en lo que queda por fuera de lo ya visto, en lo que suscita la duda. El poema de Fernando Charry Lara, ya citado, "Llanura de Tuluá", es una larga pregunta sobre la muerte violenta vista desde un estadio amoroso. En su lenguaje hay una andadura entre dos orillas que crean una atmósfera de trágica belleza y la narración episódica de un hecho. Esas dos orillas se mezclan en una condición elusiva del lenguaje, en una sutil manera de pastorear silencios. Se trata de uno de los más intensos poemas de la violencia colombiana, que no hace concesiones a lo tópico, al lugar común, a una simbología de fácil recibo que en poetas como Carlos Castro Saavedra se hace en exceso repetitiva: "fusiles y luceros". Y no hay en esto una repulsa a la memoria, la desmemoria histórica es una forma de la violencia: mientras la memoria pone cimientos, la viga maestra, la techumbre a su casa, la desmemoria socava sus bases, pudre sus vigas, destecha lo que podría darle cobijo a una identidad.

Por eso el intenso poema de Emilia Ayarza, "A Cali ha llegado la muerte", sobrecoge. Hay allí una memoria de sangre y polvo, cuando el estallido de un camión de dinamita durante el régimen del general Gustavo Rojas Pinilla estremeció a la capital del Valle del Cauca: “La ciudad era un racimo de plomo derretido/ y la muerte le salía a bocanadas”.  

De alguna manera, lo que más impregna la poesía de la violencia en el pasado de Colombia es la muerte provocada por segmentos partidistas, liberales y conservadores. Ya esto no ocurre, porque como bien lo señala Enzensberger[3] en su lúcido ensayo “Perspectivas de guerra civil”, “en las actuales guerras civiles ha desaparecido todo vestigio de civilización. La violencia se ha desligado totalmente de las justificaciones ideológicas”. ¿No parece hablar del momento colombiano? Ahora, entreverados los conceptos de víctimas y victimarios, opresores y oprimidos, desvanecidas las orillas para la fundación de una tercera orilla del horror, la violencia nace de la lucha por un botín particular. Ante esto, el escritor, aturdido y perplejo, opera como el hombre incongruente que al ver su casa sucia y sabiendo que la van a quemar, duda entre limpiarla o luchar. Pero una cosa es la duda saludable y otra la impotencia castradora. Tal vez por esto, en la poesía colombiana, repito, hay atmósferas que van desde un expresionismo abstracto —poetas que esconden el tema pero no lo ignoran— hasta poetas figurativos que se vuelcan de manera más explícita; esto es, de la elusiva carga de violencia interior ya señalada en Carlos Obregón, a la descripción violenta en poemas como el de Cote Lamus.

En la más reciente poesía colombiana aparece la violencia al unísono con los cambios del tramado social. Así se filtra el tema de los sicarios; de esa forma pérfida de la guerra, ya no sólo en el campo, sino en las ciudades. Algo que me hace recordar el fragmento de un poema escrito por un niño de Medellín: "El mundo es grande para la guerra y pequeño para la vida". Dice un poema de la poetisa antioqueña Liana Mejía anunciando la abominable presencia de estos nuevos señores de vidas y de bienes:

Desde las alcantarillas

sicarios que se saben
cobradores de viejos

errores

asedian la ciudad. (“Desde las alcantarillas”)

Lejos de la ya un tanto resabida fórmula de la novela de sicarios en Colombia, que en buena parte se ha vuelto, al igual que cierto cine, una especie de complejo de Eróstrato, de éxito asegurado para el voyerismo de la violencia, los tratos del lenguaje, de la imagen y el distanciamiento de la crónica roja, hacen que el poema sacuda nuestra indiferencia sin un naturalismo de jergas y cuchillos. No le hace eco a aquello que señala Enzensberger: “La masacre se ha convertido en entretenimiento de masas. El cine y el video compiten por convertir al sicario, al secuestrador, al asesino, en héroe público”. El perverso trato de héroes que se hace de los sicarios, la sociopatía apoyada por los medios de comunicación que valoran un filme por el número de actores muertos después de filmado (Rodrigo D., no futuro o  La vendedora de rosas), la mitología exacerbada del terrorista y del mafioso, hacen diana en las mentes adolescentes que piensan con ironía que “tiene más futuro la semana pasada” y que por ello cultivan de manera fundamentalista una pasión por la muerte. “La espera de lo que vendrá —señala Simone Weil— ya no es esperanza, sino angustia”. Todo esto deviene en miedo. Ni qué decir del método facilista de la sicaresca antioqueña, la de los sicarios y sicarias de todos los tamaños y edades adosados a narraciones  a lo Rosario Tijeras.

Ese mismo miedo, que es una especie de hijo bastardo de las violencias, aparece en una buena lonja de poemas recientes: “La ciudad por entonces ardía en los puñales/ y el miedo se quedaba tras los pasos” (Luis Aguilera); “Miradme; en mí habita el miedo” (María Mercedes Carranza). De la misma Carranza ya registramos un poema que registra la muerte del político liberal Luis Carlos Galán y que resulta una suerte de pintura tenebrista.

Es el sobresalto, la irrupción del victimario que en Jaime Jaramillo Escobar asalta sus palabras: “Voy a dar la vuelta cuando ¡zas!, el hombre,/ me lo encuentro a boca de jarro, detrás de una columna,/ me está esperando para matarme, tiene el cuchillo en la mano/ me coge por la cabeza,/ en la ventanilla de los tiquetes no hay nadie,/ el asesino, tranquilo, me mira”. Se trata de la violencia urbana del extramuro, la de los nuevos asentamientos de gentes desplazadas cuyo temor es el otro. Es la atmósfera de terror que se recoge en “La balada de los pájaros” de Mario Rivero y que en uno de sus fragmentos habla de la “Medianoche de toque a muerto/ del tañido a sangre/ del hombre turbado en su sueño”. Pájaros era el nombre que se daba en los años cincuenta a los que hoy se llaman paramilitares: gavillas de asesinos amparados por algunos terratenientes y políticos. O la violencia registrada en los números fríos de las estadísticas, a los que Piedad Bonnett quita hibridez para hacerlos materia poética.

Nuestra larga guerra ya no tiene heroísmos ni grandeza, está lejos de cualquier épica, tanto de las gestas libertarias de Independencia como de una romántica y legendaria guerrilla que en el imaginario del país engloba el talante altivo de Guadalupe Salcedo al de Camilo Torres Restrepo. Quizá sea por esa falta de grandeza en la contienda que haya cierta actitud refractaria a cantar desde la épica.

En todo esto parecen ponerse de presente los vasos comunicantes que existen entre la realidad —no necesariamente como una forma de servil naturalismo— y el sentir individual, que a fuerza de necesidad se hace colectivo. “A la lectura de tanteo y falansterio”, de la que hablaba José Martí, le han salido autores que intentan no escamotear lo que tiene ocurrencia en sus conglomerados sociales. Si bien en Colombia siempre está en vilo la vida, como en pocas partes, sí es una aventura descabellada intentar una cultura orgánica en un país inorgánico, y a sabiendas de lo expresado por Borges acerca de cómo “la realidad no es verbal”, hay zonas jamás nominadas por la palabra a las que aspira a llegar la poesía.

La vertiginosa violencia que en los últimos años ha cambiado el perfil de esta nación nos obliga a algo casi siempre desdeñado en el medio, a una permanente reflexión. Si Hegel señalaba que el primer paso en la comprensión de algo está en negarlo, en verlo desde su negación crítica, a la violencia, que ya hemos empezado a llamar una forma de cultura, es posible negarla desde la afirmación del arte. Decía César Fernández Moreno que “la poesía se politiza en vez de poetizarse la política”, algo que como hecho programático podría resultar lamentable. Como lamentable resulta —valga la digresión— que se satanice la poesía política: adiós Ritsos, Hikmet, Char, Cesaire, Brecht, Vallejo y hasta Rimbaud, desde la orilla de los satisfechos.

La violencia en la poesía muchas veces está más bajo la piel del lenguaje, en las atmósferas y en los silencios, que en los enunciados directos, propagandísticos, de quienes adhieren a la idea de ser boca de partido. Pero es rastreable la violencia en la poesía no partidista ni panfletaria; como en los versos de un poema de Samuel Jaramillo que dan cuenta de la geografía de un país en acoso:

Odiamos a quienes nos regalan

con esta cosecha siniestra.

La poesía nos aproxima a esa pulsión entre la palabra y el morir. Aldo Pellegrini, el poeta y ensayista argentino que impulsó el surrealismo, decía que “como organismo vivo, toda cultura está expuesta a la ley de la evolución y de la muerte”. Si acá lo está a causa de los múltiples factores sociales que generan la violencia, resulta cierto que ella intenta crear sus defensas, su estado de alerta o de emergencia para vigorizarse e interpretar la realidad. La poesía ha dado cuenta de esto, quizá de manera no menos explícita que a través de quienes realizan una escritura testimonial o novelar, y como respuesta a una sociedad de viejo cuño. Y no por adentrarse en temas que para algunos aparecen como vedados a la lírica, es decir, por quienes creen ver en ella un aparato verbal distante de lo cotidiano, deja, en los casos que he citado y en otros momentos que se me escapan, de tener un rigor formal.

Nadie, desde la poética, querría señalar la violencia como si fuese un prontuario. No imagino a alguien pensando: voy a escribir un poema sobre la violencia en la lucha de clases o sobre la violencia del poder, uno más sobre las insurrecciones populares y la violencia revolucionaria, acá alguno sobre las guerras civiles, la delincuencia o el crimen organizado del narcotráfico. Sin embargo, es difícil que una de esas formas, o varias, no golpeen y se filtren en las preocupaciones de quien intenta una expresión artística. La crítica política sólo considera un balance de los contenidos, de sus fines. La poética piensa que una verdad mal dicha puede volverse mentira. Piensa, con Raúl Gustavo Aguirre, que “lo inexpresable también forma parte de la realidad del hombre”.

Pero no puede negarse que en la poesía colombiana se refleja el campo minado de nuestra violenta realidad, como ocurre en el poema “Los que tienen por oficio lavar las calles”, de José Manuel Arango:

 

Los que tienen por oficio lavar las calles

(madrugan, Dios les ayuda)

encuentran en las piedras, un día y otro, regueros de sangre

 
Y la lavan también: es su oficio

Aprisa

No sea que los primeros transeúntes la pisoteen.

 

El poeta, como los lavadores de calles del poema de Arango, ha madrugado en una visión franca del país y lo registra como una memoria en tiempos del olvido. El inxilio, el exilio interior, es posible que lo asedie, pero aún le queda el exorcismo del poema.

“Es un tiempo en que resulta aterrador estar vivo, cuando es difícil pensar en los seres humanos como racionales. Donde quiera que dirijamos la mirada veremos brutalidad y estupidez, tal parece que no hay otra cosa que ver: por todas partes un descenso a la barbarie, que somos incapaces de contener”, dice Doris Lessing en Cuando en el futuro se acuerden de nosotros.

Habría que agregar que si hay futuro, si hay quien se acuerde, si merecemos llamarnos nosotros, a lo mejor alguien pensará que a pesar de todo, y de ser tan inútil como el intento de descarrilar un tren atravesándole una rosa en la carrilera, la poesía se dio en tiempos aciagos, en tiempos de muerte y de letargo.

[1]              Walter Benjamin, escritor y filósofo nacido en Berlín en 1892. Se suicidó en 1940 en Portbou (España), tras ser detenido por paramilitares franquistas cuando huía con un grupo de perseguidos judíos.

[2]              Simone Weil (1909 – 1943), escritora, filósofa y revolucionaria francesa de origen judío. Luchó en la Guerra Civil española en el bando republicano escribiendo la legendaria columna anarquista “Durruti”.

[3]              Hans Magnus Enzensberger, poeta, humanista, nacido en Alemania en 1929. Quizá su más grande poema sea “El hundimiento del Titanic”.zo grande

(publicado en revista La Otra, México, 2021)

jueves, 27 de mayo de 2021

Carlos Mastronardi: LUZ DE PROVINCIA

 

Carlos Mastronardi (1901-1976)










                           





                                                                                                   a Eduarda Beracochea


Un fresco abrazo de agua la nombra para siempre,
sus costas están solas y engendran el verano.
Quien mira es influido por un destino suave
cuando el aire anda en flores y el cielo es delicado.

La conozco agraciada, tendida en sueño lúcido.
Da gusto ir contemplando sus abiertas distancias,
sus ofrecidas lomas que alegran este verso,
su ocaso, imperio triste, sus remolonas aguas.

Y las gentes de ahora, que trabajan su dicha,
los vistosos linares prometiendo un buen año,
las mañanas de hielo, los vivos resplandores,
y el campo en su abandono feliz, hondura y pájaro.

Las voces tienen leguas. Apartadas estancias
miden las grandes tierras y los últimos cielos,
y rumores de hacienda confirman lo apacible,
y un aire encariñado, de lejos, vuelve al trébol.

Gracia ordenada en lomas y en parecidos riachos.
En su anchura, porfían los hombres con la suerte,
y esperan suave fronda y unas tardes eternas
y los dones que piden a los cielos rebeldes.

Preparando cada uno los colores del campo,
capaz el brazo, justa la boca, el pecho en orden.
Para el ganado buenos pastajes y agua libre,
creciendo en paz la bestia, la tierra dando al hombre.

Lindo es mirar las islas. Una callada gente
en cuyos ojos nunca se enturbia el claro día,
atardece en sus costas o cruza con haciendas,
dichosa en la costumbre y en la amargura, digna.

La vida, campo afuera, se contempla en jazmines,
o va en alegres carros cuando perfuma el trigo
cortado, cuando vuelve la brisa a trenzas jóvenes
y el ocio, en la guitarra, menciona algún cariño.

Se puede, es un agrado, saludar la esperanza.
que suele quedar sola, y los medidos actos
del hombre que se afirma con la reja en la escarcha
o rige noche y día la marcha del ganado.

Cruzan como dormidos los troperos, al paso,
tras largas polvaredas; vuelven de las tormentas,
de los bañados cuando la provincia es del viento,
de unos campos ardidos por la luz veraniega.

Leguas, y en ese brillo la torcaz y el aromo,
pausado el movimiento del otoño flotante,
y luego auroras de agua, temporadas de sombra
y el tedio hacia las tardes que los vientos deshacen.

El inconstante cielo, las plagas vencedoras,
los nacientes sembrados que empiezan la alegría,
los anhelos atados a un destello del campo,
el riesgo, siempre hermoso, y el valor que no brilla.

Las revueltas de las manadas que arrecian libremente,
y después la incansable dulzura, la honda calma,
y el esplendor desierto donde se abisma el pájaro,
donde se pierde el claro vivir de las estancias.

Es bueno ver los hombres, allí, alegres de campo,
rigiendo altos motores, sudando entre las parvas.
Estas gentes descifran su futuro en el cielo,
y sus mansas acciones confirman bestias y albas.

Conocen duras penas y alguna vez la dicha,
entienden las tormentas, las promesas del campo,
los soles y los tímidos modales de esa tierra
de ocioso color suave.  (La he mirado despacio.)

Cariñosas distancias, favores del silencio,
poblados que hacia fuera relucen en jardines,
unas casas extremas y solas frente al llano,
cercos de fronda, huraña dulzura de unos lindes.

La siesta es un arrullo cansado en esa fronda
donde otra vez aquieto mis tardes de luz viva.
Rosas proporcionadas al poder del verano,
convocando muchachas aclaran más el día.

Por los pueblos, abiertos en yuyales que apuran
la campaña y la noche, lentas almas rehacen
unos sabidos rumbos que igualan toda suerte.
Sólo cambian los cielos y unos crespos tapiales.

Calles de intimidad sin nadie, olvido y sol,
y siempre unas bandadas atristando el oeste,
y ese vals en retreta, pobre encanto en la noche:
nos busca su florido pesar, su voz nos quiere.

Cuando el aire se duerme, llega un rumor de juegos
del arrabal, o acaso de unos queridos años;
y claras van entre árboles despaciosas mujeres,
festejando colores, arreglando algún gajo.

Busca cielo y riberas el ocio del domingo.
Conozco esas mañanas populares y agrestes.
La soledad se aviva de remos, de agua en fiesta,
y, esperanzando mozas, se lucen los jinetes.

La flor de la glicina sobre quietas morochas
miré en las hondas quintas.  Allí una luz incierta
reposa, y por sonoros maizales llega el viento
con el rumor quebrado de lejanas haciendas.

El ocaso desgana las voces, y algún hombre
queda en la brisa pura, bajo el cansado cielo.
La vida se apacigua contemplando la hora
distraída sobre aguas, sembrados y altos ceibos.

La tarde, ausencia y fuego, se pierde en los arroyos:
y allá están, los he visto, unos lacios juncales
que agravan de sombría delicia y de secreto
el verdor extendido, la dulzura incansable.

Estos serenos campos fueron selva y ternura
de cantos extrañados en los días sin hombres.
Después, las almas libres; me acuerdo que pasaban
con haciendas cerriles o ganaban los montes.

He vivido en las costas y anduve un año entre islas.
Las crecientes traían animales extraños
y la grata zozobra de escuchar agua brava
entre el clamor extremo de los campos ahogados.

Mecido cielo de árboles, luz de mi tiempo: vieron
la suerte de mi gente.  Yo estaba y lo querido.
Nuestro culto y nuestro ánimo era un hombre de afuera.
Las frondas  encerraban el vecindario antiguo.

Perdido pueblo, noches de ladridos y viento;
por los ranchos lejanos, miserables canciones,
el alba entre campanas y los mojados carros,
calles de luz más sola, la plaza como un bosque.

Con buen tiempo llegaban las noticias del campo
que animaron tertulias de señores felices
y un pájaro bastaba para alegrar el pueblo.
Luz agreste y cantada, la vida entre jazmines.

Recordando mi casa y unos queridos años
digo: era el agua próxima rumor en la roldana,
llegaba algún dichoso, las fiestas nos juntaban,
nuestro padre salía temprano a la campaña.

Tuvimos un gran árbol, para un barrio su efluvio.
Adentro iba una voz disponiendo esplendores
y en los patios duraba la sombra de los nuestros…
Entonces, los regalos venían de los montes.

La dicha entretuvimos mirando unas amigas.
Lentas, bajo sombrillas de colores, llegaban
a pasar con nosotros un cariñoso día
de manos ocurrentes y flores visitadas.

Son recuerdos.  Ese árbol queriendo todo el patio,
aquellos que no vuelven a su sombra, otras voces,
las tardes que venían oliendo a campo.  Lejos
quedaron, en la vida reservada de entonces.

Me alegré de jinetes que entraban siempre al alba.
Vi esquinas resignadas a un caballo y a un poste,
luz de rosales, calles con lunas más cercanas.
También vi guitarreros borrachos en la noche.

De lejos, en las fechas respetadas, venían
paisanos que orillaban las alegres reuniones.
Llegaban de los montes a embravecer las fiestas,
la mirada filosa y el destino en las voces.

Una vez se miraron y se entendieron dos hombres.
Los vi salir borrosos del camino, y callados,
para explicarse a fierro: se midieron de muerte.
Uno quedó; era dulce la tarde, el tiempo claro.

Yo saludé varones sufridos que agrandaron
los confines riesgosos de una hirsuta provincia.
Tras la hacienda bravía o en los montes quedando,
vivieron sin asombros sus penas y delicias.

El campo se ofrecía misterioso, y sus hombres
ganaron soledades, removieron la gracia
descuidada y ociosa de unas tierras tupidas,
la luz extraordinaria y ociosa de otras albas.

He cruzado sus leguas de alta fronda, y recuerdo
un sosiego de estancias perdidas en la dicha
y tormentas de pájaros obedientes al alba.
Era un agrado estarse contemplando esa vida.

En ceibales y costas quedan rumores de antes
y viene hasta mis noches como una queja antigua.
Persiste un rudo encanto que me despeja el alma,
entre arroyos ocultos y en las calladas islas.

Los ocasos devuelven al ayer.  Reconozco
luz de una tarde mía en las tardes de ahora.
Otra vez me convidan los silencios del campo
y un confín oscilante de linos me recobra.

Alabo estas distancias, que imperan con dulzura
y dicen que el olvido, bajo su fronda, es suave.
Suelo buscar, gustoso, su paz consecutiva,
sus aguas remolonas, su octubre, sus maizales.

Aquí un desamparado valor mueve a los hombres
desde la luz primera, que impone la hermosura.
Hay brazos que renuevan los colores del campo,
y destinos que en soles y nublados se buscan.

Hablo de mi provincia.  Vuelvo a querer sus noches,
sus recias claridades y sus albas de hielo.
Miro el cauce anchuroso de sus almas iguales,
su resplandor de espigas y su varón sereno.

De nuevo me convida la mansa luz agreste,
y el rocío en los huertos que guardan la frescura.
Me ofrezco a unos lugares de follaje y silencio,
al escondido tiempo de las quintas profundas.

Otra vez nos conducen las tardes pueblo afuera.
Por las costas cercanas –uno ausente- nos vemos
en los pastos tirados, sin apuro remando…
Suelo volver del monte, perdido, un grito espléndido.

Yo soy una alabanza de esa fronda que ampara
un vivir agraciado de secreto y sin mundo.
En su hondura, mi paso libre de horas, absuelto,
y en calles que se pierden junto a los campos mudos.

Vuelvo a mirar confines de abandonada gracia,
pueblos fieles al gesto de antiguas gentes muertas,
y piadosos lugares que halagan el recuerdo,
por donde se alejaba mi pena paseandera.

Vuelvo a ser de las noches, que hondamente me han visto.
Me acompaña una brisa de campo en esas horas,
cuando busco la extrema quietud, ruinosas tapias
y calles semejantes a mi destino, y solas.

Conozco unos lugares que enternecen mi andanza
y donde la provincia ya es encanto sin tiempo.
Frondas, callados pueblos, suaves noches camperas.
Soledad, hermosura: frecuencias de mi pecho.

Vuelvo a cruzar las islas donde el verano canta,
y un aire enamorado de esa extensa delicia
en cuya luz diversa y en cuya paz se anuncia
la querida, la tierna, la querida provincia.

Larga dulzura creada para entender la dicha,
durable rosa, quieto fervor, gajo de patria.
¡Qué mansa la presencia de la brisa en sus tierras!
¡Qué sonora en mi pecho la efusión de sus aguas!

Dulzura, sí, llaneza cordial, grato sosiego,
amplitud primorosa  y honor de la mirada.
En su anchura, el olvido reconoce a los suyos,
y en su tierno abandono mi persona se aclara.

¡Qué vistosas se ponen sus leguas cuando el aire
perfuma, y la tarde alza como dormidos velos!
Yo pondero esos campos, los nombra el afectuoso.
Mi corazón es dádiva de su amable silencio.

Siento una luz absorta y unos muertos rumores;
reconozco este ocaso perdido en los trigales,
y fuera de los años miro su gracia inmóvil,
su delicado fuego sobre los campos graves.

Luz absorta que viene del pasado, y me acerca
unos rostros, un pueblo y esa fecha rezada
en que anduve más solo por los patios silvestres...
(Un Septiembre elogiado con glicinas, estaba).

Este ocaso confunde mis tiempos. Vuelve un canto
siempre dulce. La dicha se parece a esta ausencia.
Quedo en la brisa, tierno de campo, libre, oscuro.
Una vez yo pasaba silbando entre arboledas.